Menéndez Camina, padre e hijo

Por Alberto del Río Legazpi (16 de enero, 2011)

No piensen que insto al guerrero Pedro Menéndez de Avilés, a bajar del pedestal de su conjunto escultórico que tiene plantado en el parque del Muelle de la ciudad asturiana.

Esta es una columna, rotundamente arquitectónica, y especialmente dedicada a cientos de corporaciones que se han sucedido en el Ayuntamiento de Avilés, desde hace más de un par de siglos hasta hoy mismo. Miles de ediles que han ignorado, en estos cientos de años, las obras de unos autores que han ennoblecido esta ciudad. Nacieron y vivieron en Avilés. Y aquí -y por Asturias- trabajaron.

Si ustedes visitan la catedral de Oviedo, la primera capilla según entran a la izquierda está dedicada a Santa Eulalia. La hicieron ellos. Si ustedes van a ver alguna expo al palacio de Revillagigedo de Gijón, sepan que ellos trabajaron su fachada, hoy gastada de salitre. Si se adentran por las Asturias podrán ver iglesias y capillas que ellos diseñaron.

Pero tampoco necesitan salir de Avilés para admirar obras que el tiempo ha conservado y en las que perdura su maestría: La fachada sur del palacio de Camposagrado (para muchos especialistas el mejor ejemplo del barroco asturiano), el palacio de Llano Ponte (hoy, desgraciadamente, destrozado su interior y transmutado en minicines) el pórtico de la iglesia de San Nicolás de Bari… En todos esos sitios han dejado música congelada en piedra, para admiración propia y de extraños, que parecen admirarlos más que los propios.

Aunque de un modo vago todo esto era conocido, pero es que hace unos años que enseñantes de la Universidad de Oviedo (como Germán Ramallo o Vidal De la Madrid) nos han puesto su ingente obra delante de las narices.

Pero sigue siendo inútil. No hay nada que los recuerde: ni la más desangelada calle, ni una alejada plaza, ni un decente centro docente que lleve el nombre de esta saga de arquitectos impagables.

Se llaman, porque con ellos hay que expresarse en presente, Francisco Menéndez Camina, padre e hijo. Y el futuro, también les pertenecerá, mientras sus obras arquitectónicas sigan perdurando.

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Ciudadano Justo

Por Alberto del Río Legazpi (5 de enero, 2011)

(Ha fallecido Justo Ureña. Reproduzco mi artículo, publicado -en el diario La Nueva España, en la columna EN BLANCO Y NEGRO- el viernes, 19 de octubre de 2007, con motivo de la presentación del libro “Avilés en el pasado”, con fotos de Nardo Villaboy y textos de Justo Ureña)

Es un caballero singular, que vino al mundo en el marinero barrio avilesino de Sabugo. Cosa que ambos, personaje y lugar, se agradecen mutuamente.

Es la memoria viva y andante de esta ciudad. El sabio que busca y rebusca, que conoce y reconoce casi todo lo relacionado con Avilés. En determinadas materias es toda una autoridad nacional e internacional. Ejemplo de lo anterior es su exhaustivo estudio sobre la muralla medieval de la villa, labor a la que lleva dedicada más de sesenta años, o el de su conocimiento sobre la vida del marino y guerrero, Pedro Menéndez de Avilés, que tanto agradó a sus colegas americanos de San Agustín de La Florida.

Funcionario municipal jubilado es, desde hace 16 años, el Cronista Oficial de la Villa de Avilés. Ha publicado varios libros y numerosos trabajos relacionados con la historia avilesina y sus personajes más significativos. Habla por los codos y con mucha propiedad: unas 900 conferencias, más que menos.

Es amigo y maestro. O viceversa. El caso es que alegra la vida de cantidad de personas con sus conocimientos y anécdotas, envueltos en una prodigiosa facilidad de palabra. Tiene ese extraño don de hablar divirtiendo y enseñar polemizando.

También es pintor de exposiciones pictóricas y poeta de un par de libros publicados, cosa heroica ésta. Se acerca mucho a lo que se ha venido en llamar un hombre del Renacimiento, entendiendo por tal aquellos que son completos en casi todas las artes. Pero, a mí lo que más me importa es que, Justo el ciudadano, siga conservando y por mucho tiempo, ese carácter divertido y esa forma de ver la vida tan irónica y en ocasiones tan quevedesca. Eso si que son valores…

No es de extrañar, que con tanto bagaje, Justo Ureña y Hevia, ilustrado gentilhombre que tanto lustre da al panorama humano avilesino, fuera imprescindible para poner la prosa y el reconocimiento de paisajes y paisanajes anclados en el tiempo, que aparecen en el excelente libro de imágenes históricas de Nardo Villaboy, “Avilés en el pasado”, recién salido de la cocina editorial y que figura como menú del día en las librerías asturianas.

Justo, es de esos ciudadanos a los que apetece dar las gracias por su sola presencia y -como no- por su exquisito parlamento. Sería lo justo.

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