Asturias y sus animales turísticos

Por Alberto del Río Legazpi (27 de agosto, 2010)

Difícil que haya región española, en este aspecto, como la asturiana.

El lunes, un historiador argentino, me manifestó su sorpresa por el homenaje que dispensamos a los batracios en Asturias, bautizando al más grande de ellos con el nombre de Ranón. Tuve que deshacer los dos entuertos: Ranón es pueblo, pero nunca Aeropuerto Internacional de Asturias.
Pero el martes comprendí que llovía sobre mojado, al leer que en de Soto del Barco subrayan la gran importancia ecológica de un humedal, y que el croar de sus originales ranas, las de San Antón, podría ser utilizado con fines turísticos.
Sabemos que bastantes viajeros llegan a Asturias, principalmente, por ver -en directo- las coyundas entre el oso cántabro “Furaco” y las osas asturianas “Paca” y “Tola”. Fenómeno mediático que siguen alimentando las revistas rosas (“osas”, en este caso) y el periodismo amarillo.
El Principado, ya en 2006, contrató los servicios turísticos del famoso Oso Yogui y su inseparable Bubu. Asturias y sus “maravillosos paisajes, cultura y gastronomía asturiana” fueron esparcidos en las teles de la mano de estos animales.
En Colunga está el MUJA, museo jurásico que ha sembrado la controversia, amplificada por la revista “Quo”, que muestra dos esqueletos de tiranosaurio copulando, y que plantean al “ver dicha imagen es imposible evitar preguntarse: ¿cómo era la vida sexual de estos colosos antediluvianos asturianos?”. Histórico es que lo de la pasión es prehistórico.
Por otro lado tenemos la pesca de la trucha y salmón, como turismo activo. Y las visitas guiadas a la Rula de Avilés, como turismo pasivo.
Precisamente en Avilés los turistas se quedan pasmados cuando las señoritas que los guían, les muestran, entre capilla gótica y palacio barroco, la estatua -en el parque más clásico de la ciudad- de una foca. Y luego pueden ver multitud de réplicas, de este animal, artísticamente coloreadas (“Avilés’ Seal Parade”) en el colosal parque de Ferrera. Surrealismo bendito.
Ya no voy a hablar del acuario de Gijón, pero si del Aula del Mar de Luarca, que presume de ser el “museo de calamares gigantes más importante del mundo”. ¡Más madera!
Y sin embargo, de las aves nada. Y del AVE ni te digo.
Hasta estos días, en los que acaba de aterrizar en Gijón el famoso cuervo Rockefeller, personaje estrella del ventrílocuo José Luís Moreno, ahora productor de espectáculos, que quiere convertir la Laboral en una especie de “Zara cultural”, y hacer de ella “referencia turística mundial”.
Algunos maldicen y hablan de animalada con todas las de la ley. Bueno, legalmente, ha sido contratado por el Gobierno del Principado de Asturias.
Por todo ello, creo que esto de los animales (racionales e irracionales) y Asturias tiene mucha garambaina.

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Corridas, de toros, asturianas

Por Alberto del Río Legazpi (6 de agosto, 2010)

En Castrillón, antes que en Cataluña, ya hace dos años que están prohibidos los toros.

Menos lobos, los de aquellos que adjudican al Parlamento catalán la norma padre de la fiesta madre, con lo de la exclusión taurina en aquella autonomía española.
El Ayuntamiento asturiano de Castrillón, fue mucho más allá prohibiendo la utilización de “animales vivos en espectáculos, peleas y fiestas y otras actividades que impliquen tortura o sufrimiento”. Unos adelantados en lo del derecho de los animales (excluida raza humana, oiga).
Otros escriben que fue en la autonomía española del País Vasco, donde “se inventaron” los toros. Mentira podrida, también.
Porque aunque ahora, los asturianos conserven una escasa tradición taurina: Gijón, con una feria anual, y Oviedo ni media… fue en el reino de Asturias donde la “Crónica General” de Alfonso X, sitúa en el año 815 la primera mención de corrida de toros de la historia de España. ¡Pero si hasta toreó en Oviedo, en 1075, Rodrigo Díaz de Vivar, “el Cid Campeador”!
Los toros siempre fueron excusa para festejo y alimentación. Una corrida significaba abundante carne fresca.
Tomemos el ejemplo de Avilés, donde en su impagable Archivo Histórico están recogidas referencias a la llamada fiesta nacional. A comienzos del siglo XVII, las corridas tenían lugar en la plaza de “Fuera de la Villa” ”, hoy plaza de España, desnuda entonces del 90% de las edificaciones actuales. Carros y muralla perimetraban el coso, que ¡contaba hasta con servicios médicos! ya que el Hospital de San Juan estaba ubicado en el solar del inmueble donde hoy asienta Sabugo ¡Tate Quieto! (¡Tente Firme!) Una de las últimas corridas celebradas fue en una plaza portátil instalada, en 1953, exactamente donde ahora se levanta el Niemeyer. De tomar nota.
Y toreros asturianos: un par… de gijoneses: Severino Díaz “Praderito” al que no lo mató un toro, sino su apoderado de un tiro, que también manda calao, durante una discusión tabernaria, en 1920. Y Bernardo Casielles que palmó, el hombre, en un asilo de ancianos en 1983. O sea que de mitos, nada.
Algo escribieron de toros Gil de Jaz, David Arias, Evaristo Casariego y Pérez de Ayala del que recuerdo: “Si yo fuese dictador en España prohibiría las corridas de toros; como no lo soy, no me pierdo ni una”. El científico y escritor Adolfo Álvarez-Buylla era un detractor pertinaz del festejo. Como lo fue Jovellanos.
Hoy, los asturianos son más vacunos que taurinos.
Y sobre las medias verdades que circulan sobre las corridas: ¡toréelas! Parando, templando y mandando.
Porque manda muchos pitones, lo que escriben estos días, sobre las cosas del coso, una panda de bribones.
Hay más rimas, oiga.

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