Nuestro hombre en La Habana

Por Alberto del Río Legazpi (24 de julio, 2009)

El asturiano Amado-Blanco, fue médico, poeta y embajador. Iguales profesiones y aficiones que el famoso Castelao gallego.

Un tipo fascinante, este español sin fronteras que nace en las Riberas de Pravia de las Asturias de Oviedo y que muere, en 1975, en la Roma caótica, católica y apostólica.
Las Riberas pravianas son un pozo con fondo literario. Verbigracia: fueron lugar de veraneo del gran Rubén Darío, padre, madre y espíritu poético del modernismo en lengua española. O lugar de nacimiento de Luís Amado-Blanco, poeta y prosista, médico y dentista, español asturiano y embajador cubano en El Vaticano. De novela, de Graham Greene, chico.
Este ribereño praviano criado en Avilés carecía tanto de límites que bien podría creerse que se trataba de tres personas distintas, pero finalmente ha resultado un solo personaje, muy entero y verdadero. Como médico, se ponía en la placa: Luís Blanco Fernández. En lo diplomático, era el embajador Luís Amado Blanco. En lo literario (periodista y escritor) firmaba como Amado-Blanco,
Su padre lo puso a estudiar peritaje mercantil en la avilesina “Academia de la Inmaculada” para que aprendiera a manejarse en negocios de ultramar, cosa que poco le gustaba. Por lo que aprovechó un guiño trágico familiar para terminar ejerciendo como médico, especializado en odontología, donde lo mismo reparaba los piños al personal que escribía sobre temas científicos, tan curiosos como: “Disquisiciones filosóficas sobre prótesis dentales”.
Pero por mucha metafísica que tengan los postizos molares, a Luís le tiraba más la narrativa, en toda la acepción del término. Así que en 1934 cuando fue a Cuba como enviado especial del diario “El Heraldo de Madrid”, allí se quedó.
Presumía de “ser un cubano nacido en Avilés”. Fue embajador del régimen Fidel Castro (venerado entonces por la izquierda europea) en Portugal, la UNESCO y la Santa Sede, donde llegó a ser decano del Cuerpo Diplomático y persona muy apreciada por el Papa Pablo VI, aquel de fama progresista, que imagino lo bendeciría con la mano izquierda, gesto muy diplomático por tan cómplice.
Hoy, cualquier ciudadano puede acercarse a labor literaria tan sugestiva como la de Amado-Blanco, al que hace seis años el Ayuntamiento avilesino sufragó la edición de tres de sus obras.
Ayer su hijo Germán, presentó en Avilés la reedición de “8 días en Leningrado”, fascinante estampa literaria que su padre hace de San Petersburgo, en pleno viaje de novios.
“En un lugar de Asturias de cuyo nombre me acuerdo muchas veces hay una villa tendida cerca del mar, pero a la que no llega el encaje de las olas…”. Es el comienzo cervantino-avilesino de “Un pueblo y dos agonías” otra de sus novelas, que me sirve, porque nuestro hombre en La Habana da para mucho, como final de esta columna.

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Avilés ¿Patrimonio de la Humanidad?

Por Alberto del Río Legazpi (17 de julio, 2009)

Lean, con calma, el presente artículo y luego, si les entra sofoco, báñense.

Hace quince días estuve paseando por el Avilés monumental con Rufina Moreno y Consuelo Vázquez, directivas españolas de la UNESCO, que eligió esta ciudad asturiana para celebrar un importante encuentro educativo.
No conocían Avilés y quedaron fascinadas -como tantos visitantes- por su casco histórico morrocotudo, recoleto y paseable, premisa fundamental de una ciudad-museo.
La conversación derivó hacia Federico Mayor Zaragoza, personaje brillante y trabajador infatigable, quien entre sus muchas actividades desarrolladas, destaca por haber sido director general de la UNESCO durante doce años. Doce, repito.
Hoy recuerdo la última vez que coincidí con Mayor Zaragoza: una comida en el Balneario de Salinas, hace cuatro años. Cuando se le sondeó sobre las posibilidades que tendría Avilés para acceder al máximo título internacional en materia patrimonial, sorprendentemente, afirmó que una vez reparado el casco histórico local, las posibilidades podían no ser tan remotas. Y precisó, que más que la cantidad de los monumentos primaba la “especialización” de los mismos. Reflexión me llevó a deducir que la opción de Avilés para aspirar a ser Patrimonio de la Humanidad, está en su “ciudad barroca”, compuesta por cuatro palacios y dos calles. Esa sería la punta de lanza del proyecto, porque detrás viene el resto: la ciudad-museo.
No piensen que esto es una elucubración mía actual, porque la vengo planteando desde hace años, en artículos, conferencias y expuesta en “TeleAvilés” en aquella magnífica tertulia televisiva dirigida por Ramón Baragaño, que tanto se echa de menos. Porque el arquitecto y urbanista, Carlos Ferrán, autor del Plan de Actuación del Casco Histórico de Avilés no se cansa de pedirle al Ayuntamiento que solicite la declaración de monumentalidad a la UNESCO. Ferrán fue autor de la rehabilitación del casco histórico de Alcalá de Henares, declarada hoy Patrimonio de la Humanidad.
Yo también insto al Ayuntamiento a pedir esa declaración para Avilés, ya que de momento y con solo optar a ella –si es que se admite el estudio a trámite- ya se conseguirían ayudas para intervenir en la ciudad.
Este asunto se ha internacionalizado. El 17 de febrero pasado, el diario “Berlingske Tidende”, publicaba un breve reportaje sobre Asturias que terminaba así: “Y Avilés, por la que la mayoría de la gente pasa de largo pensando que es una pesadilla industrial a causa de las vistas desde la autopista, tiene un centro de la ciudad que es un perla, y que un día será nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO”.
Repito mi viejo argumento: abordar este asunto es una cuestión de osadía política. Rara virtud que solamente lucen los mejores gobernantes.

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José Tomás, un sastre y un torero

Por Alberto del Río Legazpi (10 de julio, 2009)

Es este un verano español caliente de trajes y toros. Que hay un José Tomás, que es sastre y otro de igual nombre que es torero. Y que uno está en el mundo para hacer trajes y el otro para que se los destrocen. Tela.
Lo del modisto José Tomás no será coser y cantar en el juicio en el que testificará contra el presidente de la Generalidad Valenciana, Francisco Camps, hombre de risa floja y pestaña dilatada, que es presunto beneficiario de trajes regalados por amigos suyos (que lo apodan “el curita”) y que son presuntos integrantes de una presunta trama de negocios. Los ternos, que no son presuntos, sino de corte y confección, se los hacía a medida el alfayate José Tomás al político mediterráneo, quien afirma, (¡bendito de Dios!) que los pagaba en metálico, sin pedir factura, pero (mira que ya es casualidad) ahora no aparece la pasta en la contabilidad de caja de la firma comercial que ha despedido al sastre. Pastel costumbrista casposo, digno de Berlanga-Azcona, el protagonizado por un político levantino y un mesetario costurero.
Y costurones, aterradores, son los que recibe el torero José Tomás, que ha liado un barullo en el mundo taurino con sus formas. De aspecto triste y riñón forrado, José huele a ciprés. Porque con él la posibilidad de que el torero muera, a un palmo de tus narices, ha vuelto a los ruedos. Y eso ha creado polémica honda, ya que hay gente que piensa que se quiere dejar matar en el ruedo y que el arte es el dominio de la técnica taurina que evita el peligro de ser corneado. El matador colombiano Cesar Rincón señala que a José Tomás “si le cogen tanto es porque se pone donde los toros te cogen”. Morbo.
Joseto, es para muchos el purismo total. Pero el célebre Curro Romero -a quien bastantes espectadores que iban a verle, llevaban siempre consigo un par de rollos de papel higiénico que le arrojaban al ruedo cuando le daban sus famosas espantadas- tenía su particular filosofía al respecto: “Si yo siempre toreara bien no sería un torero, sino un currante”.
Estando así las cosas en esta España machadiana de cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, cosida entre un sastre que no gana para sustos laborales y un torero que gana cornadas a raudales, henos aquí en el Paraíso Natural, tierra de vacas casinas, siderurgias en ERE y gochos de diseño, esperando -desde aquel tiempo en que lo planificó Álvarez-Cascos- ese AVE María de los ferrocarriles celestiales.

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De la UNESCO al Niemeyer

Por Alberto del Río Legazpi (3 de julio, 2009)

Muchos no lo conocerán por su nombre, sino por su especial interpretación como el cruel emperador Nerón en la mítica película “Quo Vadis”. Hablo de Peter Ustinov, actor y novelista británico, personaje muy activo en programas internacionales. Yo lo asocio más al rol que jugó como embajador de Unicef y a su colaboración en proyectos de alfabetización de la UNESCO, que a su faceta artística.
Ustinov, se definía como un optimista recalcitrante e incluso militante y lo razonaba argumentando que “para no ser un loco el optimista debe saber hasta que punto el mundo puede ser un lugar siniestro. Sólo el pesimista descubre esto cada día”. Más razón que un santo.
Viene todo esto a cuento de que a algunos hay que estar recordándoles, continuamente, la cantidad y calidad de personalidades que está viniendo a esta ciudad (me refiero a Woody Allen, Paulo Coelho, Kevin Spacey y otros mediáticos universales) invitados por la Fundación Niemeyer. Quizá porque estamos empezando a acostumbrarnos a algo muy serio en lo que muchos no creían hace un par de años. Por eso me parece conveniente meterlo en el congelador de la memoria.
Igual que puede que no valoremos como se merece el número de congresos, de todas clases, que desde hace tiempo, se vienen celebrando en la ciudad. Una consecuencia directa de diez años de promoción turística del Ayuntamiento. Por esto y por aquello, me aprovecho de Kavafis para recomendar: “Ten siempre a Avilés en la memoria”.
Todo se contagia cuando hay un clima razonablemente positivo, pues también se implican distintos estamentos de la ciudad. Es el caso de algunos profesores del IES “Menéndez Pidal”, con Luchi Estaban a la cabeza, que han conseguido organizar aquí un Encuentro de Escuelas Asociadas de la UNESCO, asunto que me parece tan importante como trascendente.
En esta línea de confianza, de la que no me desdigo, están las opiniones de alguien como Julián Rus, que es gente competente a tope, manifestándose el otro día en una conferencia muy importante (organizada, como no, por la Sociedad de Amigos del País de Avilés) sobre el futuro del comercio de la comarca avilesina, al que Rus ve asociado al Centro Niemeyer.
Y así están las cosas: Avilés ya es una referencia consistente como ciudad de congresos y el Niemeyer no es ninguna entelequia, era una realidad virtual que ya empieza a ser palpable. Los que no lo crean que vayan a manchar sus manos con el cemento que están utilizando para levantarlo. Humphrey Bogart le diría al pianista: “Toca el Niemeyer, Sam, tócalo otra vez”.

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