De Asturias a Hollywood con Oscar

Por Alberto del Río Legazpi (27 de febrero, 2009)

De la región asturiana se ignoran muchas cosas, entre ellas sus maravillosas cualidades cinematográficas.

Esté usted aquí, por vivido, o en tránsito, ha de saber que Asturias es la región española y europea más conectada a Hollywood que se conoce. Mírelo como lo mire, que por otro lado es condición fundamental que exige el cine.
A “Azorín”, escritor seco por tristezas y enemigo, por extensión, del ensueño, las películas se la traían al fresco, tanto que un día le dio por escribir que hora y media de fantasía es demasiada fantasía. Se ve que este literato alicantino no conocía Asturias como es debido. Pero el madrileño José Luís Garci si que si. Él sabe que somos de cinemascope o sea fantásticos.
Y afirma que no le extraña que sean cada vez más los cineastas que se deciden a venir a Asturias a rodar, porque tiene de todo: mar, verde, una luz maravillosa, los Picos de Europa a media hora de ciudades fantásticas como Oviedo, Gijón o Avilés, y asombrosos colores. “Es Hollywood”, afirma.
Garci ganó un “Oscar” (de Hollywood), en 1982, con su película “Volver a empezar”, que es el más premiado intento de mostrar -a un nivel cinematográfico- Asturias al mundo entero. Es película de llorar a moco tendido, cosa que miran mucho los americanos por lo de recoger dólares a pañoladas. El filme transcurre, envuelto en la transparencia musical de Pachelbel y su Canon en Re mayor -del que terminas hasta el gorro- por los sitios anteriormente citados, más algunos añadidos como Covadonga y El Molinón, lugares de fervor asturiano, como es sabido.
Y hoy, en plena construcción, en Avilés, de la catedral cultural de San Oscar (Niemeyer), la actriz Penélope Cruz obtiene un Oscar (de Hollywood), por su participación en una película del santo mediático Woody Allen, que rodó gran parte de las escenas en Asturias.
Somos de cine, o sea guapos y salerosos aunque no salgamos a la calle con faralaes y tocando las castañuelas. Y debemos de jactarnos de que el único profesional del cine español que ha ganado dos “Oscar” (de los de Hollywood), es el luarqués Gil Parrondo, director artístico. No lo olviden: un asturiano, un par.
Y ahora hincamos un producto Oscar (Niemeyer), llamado a tener fama universal, a la vera de la ría de Avilés, que discurre encajonada en una falla tectónica tal que la de San Andrés, en California. USA., que es, como saben, donde dan los universales Oscar (de Hollywood). Una coincidencia de terremoto.
Así que cójalo por donde quiera y mírelo por donde le plazca, pero Asturias y Hollywood viven amarraditos a los Oscar. Quédese con la copla.

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Tiempo de excesos

Por Alberto del Río Legazpi (24 de febrero, 2009)

(EN TECNICOLOR)

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Estamos en tiempos de carnaval, tiempo de excesos.
La más espectacular, en mi opinión, portada de un local hostelero de la ciudad asturiana de Avilés, luce -durante todo el año- la leyenda que se ve en la foto y que está en consonancia con estas fechas festivas.
Y a veces me pregunto si tiene sentido tanto exceso, como el aquí pregonado por escrito, en un mundo ya de por sí excesivo.

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El chocante barroco boticario de Avilés

Por Alberto del Río Legazpi (20 de febrero, 2009)

Las singularidades de Avilés, que no cesan, comienzan a desconcertar a vecinos y visitantes de esta ciudad asturiana.

Dentro del encantamiento urbano que sorprende y cautiva a muchos de los visitantes que descubren Avilés, hay uno, en concreto, que no se da en el resto de Asturias ni en España. Y constituye un desconcierto que alcanza también a la mayoría de los avilesinos avispados.
El desconocimiento que había sobre el entramado histórico-artístico de esta villa asturiana, descubierta para el turismo hacia finales del pasado siglo XX, plantea este nuevo caso (del que ya tengo escrito) de originalidad artística superlativa que se puede denominar, un tanto chocantemente, como: “arte barroco boticario de Avilés”.
Su conjunto de mansiones, palacios y calles barrocas alcanza unos niveles tan notables como para considerarlo como candidato a Patrimonio Artístico de la Humanidad, categoría otorgada por la UNESCO y candidatura que el Ayuntamiento de la ciudad debería presentar para merecer tal honor.
Dice Guillermo Díaz-Plaja que el barroco es una técnica y un estado de espíritu. En Avilés quisiera verlo yo, explicando el curioso fenómeno constituido por que en un espacio tan raquítico -en el que apenas cabrían dos campos de fútbol- haya cuatro palacios del siglo XVII y todos cumpliendo una función social: ayuntamiento, hotel de cinco estrellas, escuela de arte y sala cinematográfica. Eso hacen el palacio municipal, el de Ferrera, Camposagrado y la mansión de García Pumarino (o palacio de Llano Ponte).
Rafael Alberti decía -y Francisco Umbral lo repetía mucho- que el barroco es la profundidad hacia fuera. A esta impagable galanura del exuberante poeta andaluz acudo para explicar que todas esas mansiones palaciegas tienen farmacia o botica en sus aledaños. Cualquiera puede comprobarlo sobre el terreno.
Tres de ellas tienen ubicada botica a su costado o muy cerca del mismo. Y el restante, el palacio municipal o ayuntamiento tiene dos. Cosa razonable ya que en tal edificio circula mucho personal que necesita acompañarse de aspirinas, calmantes, y astringentes. Pues son muchos los que salen descompuestos de tal mansión.
Botica y barroco. Barroco y botica. Original conjunción física y química, de piedra noble y herbolario medicamentoso, que destruye la teoría mantenida por el “malvado” escritor argentino Jorge Luís Borges -al que el autor cinematográfico aragonés Luís Buñuel, un poco gamberro él, imaginaba por su ceguera, alimentándose solamente de bocadillos de mortadela- y que mantenía que el barroco es condenable por razones éticas.
Pero nunca podría con el de Avilés, una frenética originalidad arquitectónica, que deberemos denominar (y registrarlo como tal): “barroco boticario de Avilés”, único en España y posiblemente en el mundo.
Y al que avalan razones éticas y estéticas, póngase Borges como se ponga. Pues hasta hubo un alcalde de Avilés apellidado con este último término.
Y ya terminé.

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El poeta Bernardo Guardado

Por Alberto del Río Legazpi (17 de febrero, 2009)

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El 21 de febrero se cumple el noventa y seis aniversario del nacimiento de Bernardo Guardado Rodríguez, poeta avilesino autor de varios libros: “Xente y barrios d’Avilés” (1973), “Coses y cosadielles” (1975) y “Cantando a Asturias” (1976). Aparte de esto Bernardo Guardado, también conocido como “Lalo” Guardado, obtuvo destacados premios y fue el primer pregonero, en bable, en la historia de las centenarias fiestas avilesinas de El Bollo, de cuya revista fue un asiduo colaborador.
Para un mayor conocimiento de su persona y obra, recomendamos visitar una magnífica página web (http://recuerdodeunpoeta.blogspot.com/2008/04/bernardino-guardado-rodriguez.html) a él dedicada por su hija Encarnita Guardado.

(Foto “Fran”)

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Pintor que pintas con fervor

Por Alberto del Río Legazpi (13 de febrero, 2009)

Las exposiciones, del gijonés Evaristo Valle en Avilés y del avilesino Favila en Gijón, se solapan en el tiempo.

Canta D. Antonio Machín aquello de “pintor que pintas con amor” en su “Angelitos negros”, un clásico de la canción ligera.
Yo no digo que Evaristo Valle y Favila no pinten con amor, que es muy posible. Pero si les supongo ardor, frenesí e incluso fervor, a la hora de hacerlo. Son dos artistas calientes en el ánimo expresivo, condición que juzgo fascinante.
Ambos exponen estos días, haciéndolo de tal forma que da lugar al trabalenguas de que Gijón y Avilés reciben a artistas plásticos de Avilés y Gijón. Y viceversa. Favila lo hace en el palacio gijonés de Revillagigedo y Evaristo Valle en el avilesino de Valdecarzana.
De Favila, artísticamente hablando, no se que admiro más, si su pintura o su facilidad (aparente) para plasmarla. Y me alegra un montón que a la vez que luce sus cuarenta años de pintura en el Revillagigedo, sus alumnos cuelguen en la Escuela de Artes y Oficios de Avilés sus trabajos de fin de curso, que a la fuerza llevaránn la impronta del maestro Amado González Hevia, que ese es el nombre del artista incansable que es Favila, el que dice aquello de “pinto lo que veo y no le doy más vueltas”. Ahora prepara exposición en el Miami de los USA, junto con Nardo Villaboy, donde pondrán en paralelo el mismo motivo, plasmado en lienzo e impreso en fotografía.
A Evaristo Valle me lo terminó de descubrir Francisco Carantoña cuando entre ambos hacíamos un guión para TVE sobre -lo que son las cosas- Nicanor Piñole. No se me olvida el entusiasmo del maestro Carantoña a la hora de hablarme de sus “Carnavaladas”. Y tal es el título de la magnifica exposición que la Sociedad Económica de Amigos del País de Avilés ha conseguido, con la colaboración de entidades oficiales, privadas y de particulares, colgar en el Valdecarzana avilesino. Que una sociedad privada, como los Amigos del País, tan corta de socios, sea tan larga en organizar acontecimientos culturales es algo que llama la atención y propende a la ovación. Armando Arias y Álvarez Balbuena son los culpables de esta muestra, que por su poderío artístico recuerda a aquella monumental sobre la obra de Darío de Regoyos.
Son absolutamente recomendables estas exposiciones pictóricas de Favila y Evaristo Valle, porque son dos excepcionales acontecimientos culturales. Decía Marcel Duchamp que “contra toda opinión no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros”. O sea que ármese usted con esta teoría del francés y acuda al Valdecarzana avilesino y al Revillagigedo gijonés para sentirse artista. Que nunca se lo pusieron tan fácil.
Porque cosas tan bien pintadas, no pasan todos los días por Asturias.

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Y el peregrino

Por Alberto del Río Legazpi (3 de febrero, 2009)

(EN TECNICOLOR)

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…Cruzó una gran plaza, que no supo si barroca o renacentista.
Y entró a una rúa de trazas tan arcaicas que parecióle haberse embutido en el túnel del tiempo.
Y después de caminar encajado entre soportales desembocó en una plaza chica donde se alzaba una iglesia románica que tenía cosidas, a sus costados, un par de capillas que se veían de marca gótica y barroca.
Y si no fuera por los faroles y los cables que los alimentaban y que tan fina, delicada y ordenadamente cruzaban la calle, hubiera jurado haber ingresado en algún lugar cercano a la Edad Media.
Y fue luego cuando le avisaron que aquella era villa conocida desde muchos siglos, y nombrada como Avilés y aún antes como Abilles y que tuvo Fuero del Rey.
Y a la calle la decían La Ferrería.

(“En er mundo” de Klaus Erich Morgenhausen)

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