Un trampantojo ¡carajo!

Por Alberto del Río Legazpi (27 de junio, 2008)

Avilés tiene un problema de imagen con trascendencia nacional e internacional, que tiene que resolver con urgencia.
Está localizado a 36 metros del Ayuntamiento, sede del gobierno local, y frente al palacio del Marqués de Ferrera, noble edificio que un día cambió sus dos escudos por cinco estrellas. Es un solar vacío que muestra -desde hace ya demasiado tiempo- su desvencijado esqueleto de madera. Y por supuesto, abandono.
Tan impresentable estampa en la plaza de España, corazón del casco histórico, constituye una vergüenza sentida por los avilesinos como un desprecio hacia el mismo. Encorajina esta pasividad resolutiva y resulta inexplicable que no se solucione este marrón y nos avergoncemos al contestar con evasivas a preguntas de los visitantes sobre las causas de tal ruinosa postal.
Así, de esta forma tan estúpidamente gratuita se está arruinando nuestra imagen de ciudad monumental, que tanto está costando promocionar -desde hace diez años- en España y en el extranjero. El hotel mencionado es, últimamente, lugar de residencia de visitantes famosos que están “calentando” el proyecto del centro cultural internacional Niemeyer. Estos personajes son como imanes para las cámaras, que se apostan a las cercanías del hotel a la caza de sus palabras o gestos.
Así que yo tengo visto a Woody Allen, en cadenas de TV y en portadas de periódicos de alcance mundial, con ese fondo espantoso y sobreimpresionado en la parte inferior el texto de “W. Allen in Aviles (Spain)”. Otro tanto ha ocurrido con Paulo Coelho, Kevin Spacey… o con Rita la portera, cuando aparezca por aquí, que todo se andará.
Contra este espantajo el remedio más rápido y eficaz es el trampantojo, que, como saben es una ilusión óptica que consiste en disfrazar algo haciendo ver lo que no es. Solución que ya se aplicó en las obras de restauración de los palacios de Ferrera y Camposagrado, a los que se cubrió con un artístico telón que imitaba su futura fachada.
Es increíble que no se haya aplicado aquí un trampantojo, no se si por la dichosa burocracia o lo que sea, pero en un caso así se revuelve Roma con Santiago. Ya pasa de castaño oscuro ver como trascurren los días y se sigue deteriorando la imagen de la ciudad, donde un famoso mirará a las cámaras, o paseará delante de ellas, con un fondo de ruinas y el pie de imagen “cantará” que está en Avilés (España).
Por cierto, estos días tenemos con nosotros a la famosa escritora marroquí Fatema Mernissi, que celebra un debate sobre el amor en el Islam. Supongo que la habrán informado de que esta ciudad tuvo un famoso chigre conocido como “Casa Mahoma”. Quizás por eso su seminario mahometano ha causado sorpresa en parte del personal, que se queda en una broma que en voz alta sonó en una tertulia: “Vaya por Dios, ahora que ya olvidé el padrenuestro ¿tengo que aprender el padrevuestro?”.
Corro un tupido velo, dicho sea en todos los sentidos.

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El epicentro histórico de Asturias

Por Alberto del Río Legazpi (20 de junio, 2008)

Está en Avilés.
Queda en el cauce urbano de la calle de La Ferrería, y en su tramo final cuando se abre en delta, formando una suerte de triángulo: hacia una elegante mancha forestal (parque del Muelle); una plaza (Carlos Lobo) que se afila y escapa por Los Alfolíes, estrecha calle con horizonte industrial, marino y cultural; y también por otra que fue la de las monjas bernardas.
Pocos lugares en Asturias como este, donde el eterno retorno y el imprevisible futuro se confunden. En este epicentro se pueda visualizar y husmear la historia.
Llegue, si la place al curioso que lee estas líneas, hasta la casa del filósofo de las curiosidades sublimes y ante la placa que recuerda a Estanislao Sánchez-Calvo, deténgase.
Contemple La Ferrería, calle mayor medieval, en toda su extensión, desde donde estuvo la puerta del Alcázar, allá al inicio, hasta la de La Mar, que es su final al fondo de la cuesta, y donde se emplazó durante siglos el puerto de Avilés, el más destacado -en el medievo- de todo el norte costero peninsular. Y que haciendo un arco terminaba donde muere la calle que tiene usted enfrente, que es la de Los Alfolíes, en árabe depósitos de sal, producto cotizadísimo que convirtió al Avilés amurallado y aforado, en lo más de lo más por aquel tiempo. Éramos ricos porque éramos muy salados, aunque esto últimó nos quedó.
Al final de Los Alfolíes, estaba la puerta del Puente, que conectaba con el que salvaba la ría para continuar a Luanco. En ese mismo horizonte, hoy se puede contemplar una chimenea de 103 metros de altura de la antigua ENSIDESA, el único resto de patrimonio industrial que la autoridad ¿competente? no dinamitó de todas las que componían la cabecera de esta siderúrgica, de las más destacadas del mundo.
Entre ambas puertas (mar y puente) de la muralla y en lo que fue una especie de colina sagrada, siguen estando la capilla de los Alas, del siglo XIV y la antigua iglesia de San Nicolás de Bari de unos novecientos años de edad y con muchas arrugas.
Y en el mismo horizonte de Los Alfolíes, podemos ver el terreno donde se está construyendo el centro cultural internacional Oscar Niemeyer, llamado a ser referencia mundial de Asturias.
Esta calle da para mucho, porque la primera casona barroca de la derecha, donde estuvo ubicado el famoso bodegón “El Llagarón”, será un hospedaje lujoso. De telarañas chigreras con solera, a un cinco estrellas sin golf, cosa que hoy es un tanto chocante.
En la plaza se ubicó la primera imprenta de Avilés y desde luego fue de los espacios más comerciales de Asturias. No es difícil imaginársela como un gran zoco, un corte inglés medieval con productos de La Rochelle y manufacturas flamencas, de cuando ésta villa era la más cosmopolita del reino.
Si asoma la nariz a la calle San Bernardo, en la esquina donde se está levantando un centro de interpretación histórica ¿Dónde iba a estar si no? podrá contemplar de refilón el palacio de Camposagrado, lo mejor del barroco asturiano.
Ya digo que aquí está el epicentro histórico de Asturias, aunque este domingo 22 de junio de 2008 se traslade, provisionalmente y durante un par de horas, a Viena donde Villa, un guaje de Tuilla y otros diez más, intentarán un triunfo de España. Un terremoto futbolero.
Así que pasen los siglos siempre estaremos de reconquista, los asturianos.

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La “colona” de la “mareona” en El Molinón

Por Alberto del Río Legazpi (13 de junio, 2008)

Para muchos sportinguistas el estadio de fútbol de El Molinón tiene tanto o más significado, que el que pueda tener la catedral de Oviedo no sólo para la capital sino para Asturias entera. Y es que en Gijón se vive histéricamente un histórico fenómeno social para estas latitudes: la globalización futbolística.
El último ejemplo de esta fe, esperanza y caridad ciega, es la de esa cola tremenda -o “colona”- formada por la miles de aficionados -o “mareona”-, que agotó en tres horas las 6.000 entradas puestas a la venta para el partido del domingo contra el Eibar. El partido del máximo riesgo cardiovascular. El de “solo ye un jodío puntín”. El de legionarios a luchar, legionarios a morir. El de “vais enterabos los de Oviedo”.
Porque se trata de subir a primera división, ascensión a un paraíso celestial con vistas a Europa y no seguir aparcados en el inerte purgatorio de segunda, aunque algunos sportinguistas purgan con gusto en esta categoría siempre que puedan ver desde allí, como se consume a fuego lento el Real Oviedo en el infierno de la tercera división. El Avilés que también se carboniza en tal categoría endemoniada no les cuenta, a estos efectos.
Es toda una religión la que se ha organizado en torno al Sporting de Gijón. Algunos “rojeras”, de los que fumaban celtas cortos cuando la dictadura franquista, no supieron ver la jugada, entonces, y calificaron al fútbol como el opio del pueblo. Pero ahora, instalados en el poder y fumando puros en el palco, lo definen como la fe de un pueblo por superar una deficiente situación no necesariamente deportiva. Contexto que te puede dar un caché social y una gratuita propaganda mediática, de la que hace años se carece en Gijón y Asturias. Sin citar el papel dinamizador que tiene el fútbol de primera.
Un deporte que engancha porque es sencillo, en apariencia, y ni hace falta tener la ESO para entenderlo. Y que aparte de ser imprevisible, concede el milagro de hacer posible que seas “reina por un día”. Todo esto lo tienen mejor dicho, y escrito, la gente que yo creo más entendida en esta materia: Toni Fidalgo, Jorge Valdano y Gonzalo Suárez.
En Gijón son normales los desplazamientos masivos para animar al equipo en campos foráneos (hablo de miles de aficionados, fenómeno conocido como la “mareona”), las procesiones laicas hacia el estadio, el uso del “Nunca caminarás solo”, quizás el himno más conocido ligado al fútbol y que han hecho famoso los seguidores del Liverpool que lo rescataron de un musical de Broadway.
Ritos y parafernalia universalista se desarrollan en El Molinón en torno a un balón: Asturias entra en la globalización futbolera. Así lo demuestran esas kilométricas “colonas” para conseguir una entrada o esas “mareonas” de forofos, en Gijón, ciudad que tiene una famosa “Escalerona” en su gran “playona”, situada en el centro de la ciudad, muy cerca de la “Iglesiona” del Sagrado Corazón.
¡Pero que grandones somos! Con lo pequeñín que ye Villa.
Un guaje.

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La dorada sardina a la avilesina

Por Alberto del Río Legazpi (6 de junio, 2008)

En aquel tiempo había un lugar habitado por gentes del mar, que fueron plantando sus casas a lo largo y a lo ancho de una colina abundante en sabucos, o saúcos, o sabugos, unas flores olorosas y de uso medicinal que abundaban por allí. Y le quedó Sabugo para siempre.
Por marinero era cosmopolita toda una bendición social y cultural, en aquella época de incomunicaciones y noticias tardías. De su importancia como poblado da fe -dicho sea en todos los sentidos- el hecho de que se levantara, en el siglo XIII, una iglesia consagrada al santo inglés Tomás de Canterbury.
Sabugo fue trazado con tiralíneas: la calle de Alante, hoy de La Estación; la de Atrás, ahora de Bances Candamo (autor de comedias de la corte del rey Carlos II), la de Enmedio, actualmente de Carreño Miranda (pintor de cámara del rey Carlos II) y la recoleta plaza con una iglesia, que todavía sigue siendo el monumento medieval mejor conservado de Avilés, y que entonces lucía un arrogante carbayo, una fuente pública y un cementerio adosado al templo. Era un pueblo aparte.
Fue en la segunda mitad del siglo XIX, al rescatar terreno al mar para ensanchar la zona urbana, construyendo el actual parque del muelle y la plaza del mercado, cuando Avilés engulló definitivamente a Sabugo. La “invasión” quedó completada al inaugurarse, en 1890, la nueva estación de ferrocarril, en terrenos ocupados antaño por los astilleros, de aquella llamados carpinteros de ribera, de Sabugo.
Hoy es uno de los barrios más concurridos de Avilés y muy dado a la hostelería. Está visto que la humedad nunca lo ha abandonado, ayer marinera y hoy sidrera. Ni los mareantes antiguamente, por cofradía pesquera, ni los mareados hoy, por los vapores etílicos.
Tuvo que ser en lugar tan singular donde se bautizó una agrupación folklórica, con nombre tan revoltoso como “Sabugo ¡tente firme!”, actualmente reconvertida en Fundación, y que una vez al año cocina una especialidad local consistente en unas sardinas que de tan doradas y bruñidas devienen en oro. Un guiso social que viene teniendo proyección nacional desde 1973 y que se prepara, exclusivamente, para premiar a personas o entidades de contrastada valía. Por ejemplo hoy, en el teatro Palacio Valdés, las probarán: Rodrigo Rato, ex presidente del Fondo Monetario Internacional; Francisco Javier Vallaure, destacado diplomático y la Universidad de Oviedo, que celebra su 400 aniversario.
Actualmente, Avilés -histórica villa del norte atlántico español- está en los albores de un posicionamiento de mucho tronío en el mapamundi cultural con su Centro Internacional Niemeyer, actualmente en su inicios constructivo y de lo mucho que de él se puede derivar, si se sabe aprovechar la jugada.
Pero no conviene olvidar que esta ciudad siempre ha tenido, antes (y lo pueden encontrar en libros y hemerotecas) y ahora, un bagaje culturalmente inusual.
“Sabugo ¡tente firme!”, es una de las variadas pruebas de ésta aseveración.

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