Asturias, el Pando y los tres osos

Por Alberto del Río Legazpi (25 de abril, 2008)

La historia de Asturias es una jaqueca geográfica cosida con acantilados, picos, cuevas y túneles. Y aliviada por las aspirinas coñonas de los lugareños.
Sin tirar de cavernas prehistóricos, que las hay de museo, podemos citar a Covadonga que, para algunos sesudos historiadores ortodoxos, fue la madre del cordero de la España actual. Cosa que podía aprovechar el alcalde de Cangas de Onís y reclamar la capitalidad del Estado español para su villa, en detrimento de Madrid.
Tenemos a nuestra patrona en una cueva, y somos tan grandones que nos permitimos llamarla la Santina, en todo un ejercicio de ternura.
Aquí, en Asturias la primera industrialización nos vino cuando el ilustre ilustrado, Jovellanos, nos convenció de que en el carbón estaba el futuro. Y nos dimos a extraerlo del subsuelo, como locos. Y como topos construimos cientos de kilómetros de galerías de túneles en las minas.
Las comunicaciones que antes fueron una ventaja, ya que al ser tan accidentadas eran nuestra mejor defensa ante los invasores, se convirtieron en inconveniente cuando nos llegó la industrialización moderna porque nos impidieron explotar lo que aquí extraíamos o producíamos en forma de acero. Y así los coches o lavadoras, se fabricaban fuera de Asturias. Nosotros hicimos el trabajo sucio para ellos y encima nos quedó una crisis del copón y pulmones, bronquios y demás familia como unos zorros.
Actualmente las comunicaciones son una vergüenza despelotada y ya no hablo de autopistas del Cantábrico y tal. El aserto se ilustra con lo que tenemos en la del Huerna: un túnel llamado Pando, calificado como el más peligroso de España y uno de los más ídem de Europa. Esta autopista, la única salida de Asturias a la mayor parte del resto de España, es de pago.
El gobierno del señor Zapatero prometió hace ya cuatro años y pico, eliminar el peaje. No solo lo ha incumplido sino que permite que la empresa que explota la autopista tenga túneles como el Pando (cerca de kilómetro y medio de largo) que carece hasta de bocas de riego. Se arreglará en 2014 (repito: dos, cero, uno, cuatro) manifestó la empresa concesionaria, que se sigue poniendo las botas con el peaje.
“No nos va a fallar, viene preparado y no tiene la pólvora mojada”, dijo -cambiando de tema- el presidente de Cantabria, anteayer, al hablar del oso que su Comunidad ha cedido temporalmente al Principado de Asturias, para la coyunda con dos osas asturianas y ver de que tengamos oseznos. Hay esperanza, al menos semántica, de que el oso cumpla ya que tiene un nombre idóneo para la misión a la que viene destinado. Se llama “Furaco”.
Armando Palacio Valdés tiene escrito en “Tristán o el pesimismo” que “Cuando no nos domina el tedio, nos hallamos en plena catástrofe”.
Pues tedio no tenemos, así que deduzcan lo que queda. A no ser que las dos osas queden preñadas, claro.
Vivimos pendientes de un furaco, ya sea un túnel, ya sea un oso.

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Destino Avilés, sin parada en Nueva York

Por Alberto del Río Legazpi (11 de abril, 2008)

Relaja bastante jugar con la videoconsola histórica. Hoy por ejemplo le introduzco el cartucho, también vale una tarjeta DS, correspondiente a Camposagrado-Avilés.
Se inicia el juego justo cuando amaneció esta villa rodeada de murallas, su antigüedad más palpable, ya que Avilés no tiene -de momento- partida de nacimiento. Pedazos de esta ancianidad empedrada, andan hoy por los suelos, protegidos por cristal blindado y que solamente se pueden contemplar en dos sitios de la calle llamada, claro, de La Muralla: en una sidrería -establecimiento asturiano de bebida del mítico líquido dorado, cuya cata puede que sea uno de los actos más democráticos que se conocen- y en el palacio de Camposagrado, que actualmente es algo así como una sofisticada biodiversidad cultural.
Tocando la tecla derecha de la videoconsola los sucesos comienzan a venir y me meten de un salto en el siglo XVII pasando por encima de los tiempos de templos románicos, palacios góticos, fueros, alfolíes y Reyes Católicos.
Porque fue en el siglo citado cuando vino a Avilés el invento del barroco, que originó una plaza mayor asombrosa y dos calles de película, Rivero y Galiana. Pero lo fetén de ese arte está reflejado en la fachada sur del palacio de Camposagrado que es el carajo la vela del tal movimiento arquitectónico que contemplarse puede en Avilés, Asturias, España y parte del extranjero.
Vino, luego, la invasión napoleónica, sangriento suceso que se llevó por delante la vida de más de doscientos habitantes de Avilés, que plantaron cara en Valliniello a la caballería francesa, que luego entró en la villa e instaló su cuartel general en el palacio de Camposagrado.
Vino, después, una mujer de mucho temple, la primera empresaria de la historia de Avilés, llamada Serrana Gutiérrez-Pumarino y montó al lado de Camposagrado, el hotel “La Serrana” donde, según Pérez Nieva, se almorzaba tan excelentemente como en el “Lhardy” de Madrid.
Vino, más tarde, el abandono infernal de Camposagrado y luego su resurrección gloriosa.
Vino, por fin, la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias a la que Román Antonio Álvarez, su Adelantado, hospedó en el Camposagrado. Y desde entonces comenzó a ganar categoría esta factoría creativa cuya último producto es una pequeña obra de arte, premiada en certamen al uso. Se trata de un libro titulado “Destino Avilés”, editado por el Ayuntamiento de la ciudad y diseñado por alumnos de este centro de arte, que no está ni en Berlín ni en Nueva York, sino en Avilés, como dije.
Vino, anteayer, la noticia en la prensa.
Vino… ¿vino? ¡Ah, si! Yo tomaría un rioja.

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El caco histórico de Avilés

Por Alberto del Río Legazpi (4 de abril, 2008)

A las ciudades se las conoce como a las personas, en el andar. Por eso enseguida deduje que aquel tipo anduvo en su visita por Avilés, con actitud bastante destemplada, lo que le hizo conocer la ciudad de un modo desequilibrado.
Vino el fin de esta “Semana Santina a la avilesina” de 2008 a conocer el casco histórico local, que tanto le habían alabado. Y me relató, acusadoramente, lo que vio.
Tal que: La iglesia vieja de Sabugo, con una edad de unos 800 años, está llena de matojos que crecen por los tejados, lo que originará grietas por donde que se colará a raudales el agua que la llevará a la ruina; la portada principal la utilizan los niños como portería de fútbol y allí estrellan los balones con el beneplácito de sus benditos padres libando, tan tranquilos, en las terrazas de los bares; el pequeño templo está rodeado de una espantosa superficie -que en su día quizás fue ajardinada- de color pardo, donde florecen latas, botellas, condones y vasos rotos.
Encolerizado, prosiguió, que en la iglesia de los Padres también luce vegetación dañina impropia de sus 900 años y que quizás por eso las hierbas salen ya por entre los sillares de la parte frontal. A su lado izquierdo hay una extraordinaria capilla, de unos 700 años, llamada de Las Alas, que en realidad forma parte de un desgraciado patio de luces de la trasera de un par de edificios de la calle de La Muralla, construidos hace bastantes menos.
Quejoso se refirió a la zona soportalada de la plaza del Mercado, donde su desconchado techo está cubierto por unas enormes telas blancas, que tal parecen vendas colocadas en todo el perímetro del singular espacio arquitectónico, seguramente que para que no le rompa la crisma al personal que circule por allí. Detalle que no han tenido en la iglesia de San Nicolás de Bari donde el techo del pórtico -en grave estado- caerá, por elemental ley de la gravedad, más pronto que tarde. Pídanle a Dios que no escuajeringue a nadie, añadió amenazante.
Irritado, me preguntó que porqué coño a los Caños de San Francisco lo llamamos fuente si apenas sale agua. Y, añadió, que por donde ya no sale ni gota es en el edificio del parque Ferrera llamado La Noria, donde su estanque, de 1826, es una exposición permanente de molicie cosa mala.
Enojado, me refirió que la calle Galiana (de unos 400 años de edad) parecía como que hubiese sido bombardeada recientemente, y además presentaba un detalle insultante para el buen gusto: unos horripilantes artilugios -a modo de barandillas- en todas sus escalerillas.
Y el tirilla, que me recitó lo anterior con furor no contenido, añadió que estuvo a punto de ser atropellado por un camión de reparto ya que los vehículos circulan como si tal cosa y a toda pastilla por las calles peatonales. Y concluyó de tal guisa: “Lo de ustedes no es un casco histórico ¡es un caco histórico! Porque malversa, roba o sustrae las alabanzas que sobre él están escritas en los folletos turísticos”.
Y se marchó con viento fresco. Tan atropellado que no me dio tiempo ni a preguntarle si era del Madrid o del Barcelona. Quizás eso hubiese aclarado las cosas, no se yo.

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