Velada románica en Cangas de Onís

Por Pepe Monteserín (8 de agosto, 2008)

El pasado domingo, adornada con música de cámara, descubrí la románica iglesia de Santa María de Villaverde, cerca de Mestas de Con, en Cangas de Onís. Magníficas ermita y concierto; aquélla construida sobre cimientos romanos, con buenos sillares de los siglos XII-XIII y espadaña huérfana de campanas, el otro pleno de sensibilidad artística y buenas intenciones.
Al atardecer aparqué junto al pequeño cementerio, atravesé el atrio de cantos rodados, pasé bajo las arquivoltas ajedrezadas, recorrí la nave rectangular, iluminado su perímetro con cirios, y me senté cerca del ábside.
Estas piezas disfruté:
1. La “Sonata en do mayor”, de Bocherini, interpretada al chelo por Julia Castaño y Juan Cue, hizo vibrar las columnas de fustes lisos y los capiteles del arco de triunfo que separa la nave del ábside.
2. “Suite” de Corrette, allegro, sarabanda y allegro, recorridos por el violín de Ana López y la viola de José Manuel González Valdés.
A continuación, Óscar Allen, lector de circunstancias, recitó a Fernando Beltrán: “Yo algo sin alcohol, dijo ella al llegar”.
3. Ana y Cue siguieron con “Sonata en sol mayor”, de Boccherini, aire español e italiano que envolvieron los capiteles de hojas, piñas, espigas y aves de bien trabajado plumaje que devoraban un sapo atrapado en sus garras.
4. José Manuel Sanemeterio y Marco Antonio García de Paz interpretaron la “Sonata para dos violines”, de Leclair.
Todos ellos iban saliendo de la sacristía, construida a tiempo en el siglo XVIII.
Acogida por la cubierta de madera, a dos aguas, volvió la poesía de Beltrán-Óscar, con “Me quitaré el azul / te quitarás el rojo / seremos como un lápiz”.
5. Raquel Fernández Berdión, con “Syrinx”, de Debussy, tocó la última canción de Pan antes de morir; finísima, elegante, llenó la ermita de sentimiento, a mí de emoción y un punto de tristeza porque no sé tocar la flauta travesera.
Con melancolía siguieron mis ojos la bóveda de cañón y las pinturas barrocas, cenefas de motivos vegetales y geométricos, el crucificado y Santiago Matamoros (me contó Javier Remis, del Museo de Covadonga, que esta iglesia jalona una variante más meridional del Camino de Santiago, el del Norte, para salvar los estuarios de Ribadesella y Villaviciosa.
Regresó Allen con “El hombre capaz de lo mejor, el hombre capaz de lo peor, el hombre a secas, yo”, o sea, Fernando Beltrán.
6. Cue erizó al auditorio con el último movimiento del “Elogio a la eternidad de Jesús”, que compuso Messiaen preso en el campo de concentración de Silesia.
Los aplausos se mezclaban con la luz crepuscular que entraba por las saeteras.
7. Cue y Raquel, felizmente emparejados, tocaron “Sonata en mi menor”, de Telemann.
Dijo Beltrán, frente al ara de piedra: “Mi madre me enseñó a hacer trampas. Trampas para perder”.
8. La soprano Elena Rosso, los violines de Sanemeterio y Marco y el chelo de Cue nos asombraron con el “Aria de la Pasión según San Mateo”, de Bach.
No hacía falta más iglesia, pero tampoco hubiera quedado grande una Catedral.
Terminó el recital con este breve e intenso poema: “Estoy cansado, padre. Me duele todo. No puedo con tu alma”.
y 9. Con los últimos rayos de sol, Raquel, José Manuel y Cue, pusieron fin a la velada con “Badinerie”, la popular “broma” de Bach. Y todos terminamos sonrientes.

Categoría: Tengo de coger la flor | Comentarios(0) | agosto 2008 |

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