Globos de nieve

Por Pepe Monteserín (26 de abril, 2008)

Me fascinan las bolas de nieve, “snow gloves”; esas que exhiben pequeñas figuras dentro de una cúpula de cristal, llenas de agua con glicerina, que al agitarse imitan una tempestad digna de un relato de Pushkin. El ciudadano Kane dejó caer una de su mano, cuando expiró, en 1941; fue de las escenas más relevantes en la historia del cine. Conservo uno de esos juguetes mágicos con la Catedral de Oviedo y otro con la Escalerona de Gijón; los pongo del revés para que se cargue el trasdós de la bóveda y luego los vuelvo a su ser, como reloj de nieve, para que, suavemente, se cubran de copos la aguja renacentista de Gil de Ontañón y los escalones racionalistas de Díaz Omaña. Pero, más allá de que ese manto blanco sea de pureza mendaz (virutas de plástico), la nevada dura muy poco, cada año menos. Ha llegado el calentamiento global a los globos de nieve.

Categoría: General | Comentarios(1) | abril 2008 |

1 Respuesta a “Globos de nieve”

  1. Leonor Escribió:

    Mi bola de nieve contenía una bailarina con su tutú de tul de seda y sus rubios cabellos de fina porcelana recogidos en un sencillo moño alto, justo sobre la coronilla, rodeado de una diadema de florecillas blancas que lo adornaba y la embellecía.
    La permanente moradora de mi bola de nieve danzaba al son de un fragmento del Lago de los Cisnes que surgía de la pequeña caja musical incrustada en las entrañas de su peana y giraba, giraba, giraba…….mientras, al mismo tiempo y bajo los mismos compases, los copos de nieve descendían sobre ella lentamente, como caricias, temerosos tal vez de lastimarla o simplemente asustarla.
    Aquellos falsos copos de nieve me hacían soñar con los que no conocía, con los que nos envuelven cuando nieva como millones de bailarines danzando al son de una melodía cadenciosa, sin un solo acorde disonante.
    Mi imaginación de niña se desbordaba, las ensoñaciones se adueñaban de mi pensamiento y era así como podía imaginar una verdadera nevada, estando como estaba en una tierra muy cálida, de una luminosidad cegadora, una vegetación exuberante y unos coloridos casi insultantes.
    Mi bola de nieve se quedó allí, como tantos afectos, vivencias, paisajes, sabores, aromas….en aquella tierra rodeada toda ella por las aguas del mar de los antiguos piratas.
    Cuando llegué a esta tierra de los míos, y propia por herencia, aún eran años de nieves y, mi estimado Pepe, he de decirte que aquel diciembre del año de mi llegada, 1962, nevó y dejé que millones de bailarines descendieran sobre mi hasta embelesar mi alma de complacencia, hasta el punto de no recordar ninguna frialdad ni la mojadura que a buen seguro debió calarme hasta los huesos. Fue delicioso. Ah! Y estrené madreñes.
    Leonor

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