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22 d+00:00 agosto, 2008

Sobre la cárcel

Por Paco Redondo

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(Publicado en La Nueva España de Gijón el jueves 21 de agosto)

Cuando estuvimos de visita en la cárcel asturiana de Villabona con varios grupos de alumnos adolescentes, dentro del programa escolar de prevención de toxicologías, compartiendo sala y debate con los presos de la unidad libre de drogas, tuve la impresión paseando por los pasillos de que un tercio de los reclusos son inmigrantes y otro tercio drogadictos, retrasados mentales o enfermos mentales.

Ahora se ha reavivado en la sociedad española la polémica en cuanto a cuál debe ser el sentido de las cárceles, a propósito de De Juana Chaos, que cumplió sólo 18 años por 25 asesinatos, y la recogida de firmas por parte de padres para pedir la cadena perpetua revisable para los pederastas reincidentes. Además hay que considerar que los presidios españoles ya están masificados y la crisis socio-económica se va a agudizar este otoño.

La cuestión es si las prisiones deben servir como castigo de privación de libertad para las personas que delinquen, o también para reeducar y por tanto tratar de reinsertar socialmente a quienes se condenó por cometer delitos. Naturalmente la segunda parte no se opone a la primera y es deseable desde el punto de vista de la convivencia democrática avanzada; el problema real, que no siempre es posible.

Con frecuencia se parte del errado prejuicio según el cual toda persona es buena por naturaleza pero la sociedad le corrompe. Está científicamente demostrado que no es así, y nos toca tratar con un 1% de esquizofrénicos, un 2% de paranoicos… Algunos son curables y otros son enfermos mentales crónicos. No es tema de caer bien o mal o de faltas aisladas, sino de conductas dañinas, graves y reiteradas.

Es una falacia asociar delincuencia con razas de inmigrantes, como lo sería hacerlo con los altos o bajos, gordos o flacos. Hay que analizar las circunstancias sociales (enfermedad mental, obcecación…) y económicas (envidia, necesidad…). No toda idea ni todo comportamiento es tolerable en común desde su comprensión: ¿aceptaríamos legalizar a un Partido Caníbal, porque a sus militantes les gustara comer carne humana?

Otro tanto ocurre con la enseñanza, cuando se impone como dogma falsamente progresista que lo mejor es la integración en el mismo aula de todo el alumnado, aunque tenga características contrarias o contraproducentes. Los que pretenden resolver los problemas sin soluciones o difuminándolos en un grupo, se autoengañan: Lo justo no es tratar a todos por igual, sino a cada cual como necesita y merece.

Los delincuentes graves, múltiples y reincidentes no deberían redimir condena, y menos si presumen en público de sus fechorías, aún con coartada ideológica. Aunque se tiende a la integración social de los enfermos mentales –y ojalá fuera siempre posible-, pues los manicomios tenían mala fama, los potencialmente conflictivos no deberían estar ni en la calle ni en la cárcel, sino en un sanatorio psiquiátrico.

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