Otra inmersión con David Simon

Por Luis M. Alonso (7 de mayo, 2010)


«Treme», la serie ambientada en Nueva Orleans del guionista de «The Wire», retrata la lucha por la supervivencia tras el «Katrina»
El productor y guionista de televisión, David Simon, recibió todo tipo de elogios por The Wire y su brutal visión de Baltimore, una ciudad envuelta en graves problemas sociales y con uno de los mayores indices de delito de Estados Unidos. Estos días se estrenó Treme, su nueva serie marca HBO, un canto a la supervivencia que tiene como fondo el principal escenario de la tragedia norteamericana del siglo XXI: la Nueva Orleans que resurge como puede de sus cenizas tras el Katrina.

Treme, pronúnciese «tremei», también conocido por sus versiones francesas de Tremé o Faubourg Tremé, es el nombre de uno de los barrios más antiguos de la ciudad y el que primero recibió población de negros liberados de la esclavitud. El último censo de 2000 recogía casi nueve mil residentes, pero con la desbandada del Katrina es presumible que en la actualidad no sean tantos. Treme linda al este con el turístico Vieux Carré, y sus fronteras son las de las de la avenida Esplanade y las calles North Rampart, St. Louis, y North Broad, familiares en el callejero para quienes conozcan Nueva Orleans. Cualquiera que haya estado allí y le picase la curiosidad por ver algo más que el bullicio de Bourbon St. seguramente no habrá podido resistir la tentación de darse una vuelta por Congo Square, el parque Armstrong o la avenida Claiborne. No tenga ninguna duda entonces de que habrá estado en el corazón de las brass bands, el creole y la cultura afroamericana. En Treme vivió el incomparable Louis Prima, que empezó tocando la trompeta en un grupo llamado Little Collegiates.

He visto el primer episodio de la serie de David Simon. Treme arranca tres meses después del desastre del Katrina. En ella se cuenta la lucha por la supervivencia de los residentes del barrio tras el huracán, sus angustias y ambiciones, sin dejar a un lado el poso de crítica y resentimiento hacia la actitud de las autoridades y su falta de previsión en relación a la catástrofe. Se trata de una historia, a simple vista, menos compleja que The Wire, pero que igualmente exige cierta inmersión para poder situarse bien en ella.

Por ejemplo, para que a uno le guste Treme tiene que gustarle la música que allí suena, pieza esencial del motor de la trama. Nadie está pidiendo sacrificios, porque se trata de la gran música sureña, la de Louis Armstrong, Dr. John, Allen Toussaint, Fats Domino o Louis Prima, con la incorporación de artistas actuales como John Boutté, que firma la sintonía con la que se abre la serie, o Kermit Ruffins, uno músico nacido en el barrio -lo mismo que el desaparecido Alphonse Picou-, Eddie Bo, Steve Earle o Lucinda Williams. Jazz, funk criollo, cajun, zydeco o el sonido de las orquestas de metales (brass bands) habituales en los desfiles y funerales que se celebran en Nueva Orleans. Precisamente en ellas se busca la vida el trombonista Antoine Batiste, encarnado por Wendell Pierce (Buck Moreland en The Wire) que toca donde sea con el fin de sacar adelante a su familia y que representa el alma de una ciudad destruida y abandonada a su suerte. Batiste, como otros muchos que volvieron a casa tras la devastación, intenta salir a flote sin renunciar a su estilo de vida. Regatea con los taxistas y no puede resistirse a los encantos de las mujeres. Su ex esposa, Ladonna (Khandi Alexander) admite que se ha casado con un maldito músico incapaz de soplar en la dirección adecuada.

El portentoso John Goodman interpreta a un profesor universitario, Creighton Bernette, indignado por la chapucera gestión gubernamental en la construcción de los diques y en la crisis tras el huracán. Steve Zahn es Davis McAlary, un Dj, que intenta proteger el legado musical de la ciudad y, a la vez, hacerse notar. Para ello no duda en abordar en un club a Elvis Costello, que, como Toussaint o Dr. John, se prestó a colaborar en la serie en con cameos. Otro de los personajes es Kim Dickens (The Blind Side, Lost), en el papel de Jeanette Desautel, una cocinera que intenta abrirse paso con su pequeño restaurante. Hay muchos más, entre actores y espontáneos de Treme, pero el personaje que más destaca es esa ciudad perdida y mítica que intenta sobreponerse a la devastación, la codicia y el abandono. Así que atentos a la pantalla, juega David Simon. (en España, en TNT)

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La tradición del "fakelaki"

Por Luis M. Alonso (30 de abril, 2010)


La corrupción debilita en Grecia las finanzas públicas hasta el punto de llevar al Estado a la bancarrota
Se habla de la epidemia griega y del contagio que afecta a la deuda crediticia española, convirtiendo a España en uno de los países insolventes de la Unión Europea. El origen de la propagación de la citada epidemia está en un adelgazamiento excesivo del paciente. Y el paciente adelgaza, entre otras cosas, porque la corrupción en Grecia ha debilitado las finanzas públicas más que en otros lugares.

En griego, hay dos palabras para definir este estado de las cosas: fakelaki y rousfeti. «Fakelaki» significa «sobrecitos», sobornos; «rousfeti», favores políticos. Estos últimos prevalecen en todos los ámbitos, desde la educación a contratar polémicas operaciones inmobiliarias con monjes ortodoxos.

La corrupción y el amiguismo forman parte de la tradición helena de los últimos tiempos y han producido un estado, a la vez hinchado y desnutrido, y una crisis de confianza que sacude a toda Europa. Un estudio de Washington Brookings Institution considera que el soborno, el clientelismo y la corrupción pública son los grandes contribuyentes a la deuda del país. Por ese motivo, y según ese mismo estudio, el Estado griego pierde cada año el equivalente de, al menos, el 8 por ciento de su producto interior bruto, más de 20.000 millones de euros.

El propio George Papandreou, primer ministro de Grecia, reconoció, cuando tomó posesión a finales del año pasado, que el problema básico del país era la corrupción sistemática. Entonces prometió un cambio de mentalidad en la esfera pública para que el Estado no se siga viendo como un recurso para el saqueo. Grecia figura en los últimos lugares de un ranking de 16 naciones investigadas por el Banco Mundial en asuntos relacionados con las prácticas corruptas y es la última, empatada con Rumanía y Bulgaria, en la lista de los 27 países de la Unión Europea, de acuerdo con la encuesta realizada por Transparencia Internacional. Precisamente un informe de Transparencia señala cómo en 2009 el 13 por ciento de los hogares griegos pagaron en sobornos un promedio de 1.355 euros a funcionarios para obtener licencias de conducir, citas médicas y permisos de construcción, o para rebajar sus facturas de impuestos.

En los últimos tres años, numerosos políticos de primera o segunda fila dimitieron o fueron investigados por acusaciones que incluyen haber aceptado sobornos para la adjudicación de contratos, emplear a trabajadores ilegales y/o por la venta de bonos sobrevaluados en los fondos públicos de pensiones. Como suele ser habitual, la mayor parte de las operaciones corruptas no aflora, permanece en ese teatro de sombras en el que se mueven los hilos de la Administración.

La opinión helena recibió una fuerte sacudida en 2008, cuando altos funcionarios del Gobierno fueron acusados de favorecer a un monasterio ortodoxo en una operación inmobiliaria en la que unos terrenos públicos se valoraron por debajo de lo que realmente costaban. El erario perdió 100 millones, según se puso entonces de manifiesto. El escándalo contribuyó a la derrota electoral de los conservadores el pasado otoño.

La corrupción socava las finanzas públicas de muchas maneras. No hace falta recurrir a las grandes operaciones fraudulentas para darse cuenta de ello. Está fundamentalmente en el «fakelaki», el sobrecito. Los pequeños sobornos generalizados acaban por erosionar la autoridad del Estado sobre los contribuyentes. Engañar al Gobierno, especialmente en los impuestos, está muy extendido. Se paga por cotizar menos a la Administración o por evitar un impuesto sobre la construcción.

El visitante, en Grecia, se extraña cuando observa el gran número de edificaciones habitadas a medio construir que forman parte del paisaje y cuyos dueños no concluyen las obras para no tener que pagar la tributación anual. La costumbre está todavía más extendida en Creta, que tiene una legislación local aún más permisiva que la peninsular. Muchas casas siguen en pie gracias a los pequeños sobornos que reciben concejales o funcionarios de la Administración pública.

En Grecia, el acatamiento de las normas es una cuestión de deshonra. Al que cumple lo llaman estúpido. Convendría inmunizarse.

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Amenaza de incertidumbre

Por Luis M. Alonso (23 de abril, 2010)


La lentitud de respuesta de los ministros de la UE frente a la crisis del volcán prueba que el miedo bloquea las soluciones
El riesgo no necesita ya ser probado, simplemente es la confirmación del mundo en que vivimos. En la crisis de la nube de ceniza volcánica se ha vuelto a actuar en función de la incertidumbre, sin tener demasiado en cuenta las posibilidades. Anteayer se reabrió el espacio aéreo europeo después de 100.000 vuelos cancelados y el consabido caos en más de 300 aeropuertos.

La lentitud de respuesta de los ministros de la UE indica que el miedo desanima a los responsables a la hora de tomar decisiones. En la sociedad occidental contemporánea, la incertidumbre frente a los peligros desconocidos ha dado lugar a una forma radicalmente nueva de percibir y gestionar la amenaza. Como resultado, la tradicional asociación de riesgos y probabilidades se halla ahora en medio del fuego cruzado de una opinión pública que coincide en que la humanidad carece de los conocimientos necesarios para calcular el peligro de una manera acertada. Da la impresión de que los expertos en seguridad tienen más fe en los modelos informáticos especulativos que en la capacidad de la ciencia para emplear el conocimiento y transformar las incertidumbres en riesgos calculables. En esta vorágine del miedo, «¿qué podría salir mal?» se confunde frecuentemente con «es probable que suceda».

El rechazo de las posibilidades reales está motivado por la creencia de que los peligros a los que nos enfrentamos son demasiado abrumadores y catastróficos -el nuevo milenio, el terrorismo internacional, la gripe porcina, el cambio climático, etcétera- y no se espera a contar con toda la información antes de calcular los posibles efectos destructivos. La respuesta viene siendo «cortar por lo sano». En cualquier caso, se argumenta, ya que muchas de las amenazas son «desconocidas», que hay poca información para un cálculo realista de las probabilidades. Una de las muchas consecuencias lamentables es que la política destinada a combatir las amenazas está más basada en los sentimientos y la intuición que en las pruebas o los hechos. Otras veces interviene el negocio que se ha montado alrededor del apocalipsis, que siempre funcionó en el cine de Hollywood y en las producciones japonesas y ahora lo hace en la propia carne.

Los peores pensamientos animan a la sociedad a adoptar el miedo como uno de los principios fundamentales en torno al cual el público, el Gobierno y diversas organizaciones deben organizar sus vidas. Se ha institucionalizado la inseguridad y fomentado un clima de confusión e impotencia. A través de la popularización de la creencia de que lo peor puede ocurrir, se anima a la gente a sentirse indefensa y vulnerable ante una amplia gama de amenazas. Toda una invitación a la parálisis social.

La erupción del volcán de un glaciar en Islandia plantea problemas técnicos, por lo que los responsables en la toma de decisiones tendrían que haberse apresurado a encontrar la solución sensata. Pero en cambio, Europa ha decidido convertir un problema en un drama. Dentro de 50 años, los historiadores van a escribir acerca de la reticencia de la sociedad para actuar ante a los problemas prácticos. No debe de resultar fácil hacer frente a un desastre natural, pero comprometerse de esta manera con la incertidumbre, bien sea por desconocimiento o por negocio, representa la verdadera amenaza del futuro.

El volcán Eyjafjalla ha perdido un 80 por ciento de su actividad desde el pasado fin de semana, pero sigue siendo imposible predecir cómo evolucionará. La sensación de fragilidad también nos abruma, esta vez por motivos racionales.

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Katyn, la memoria doblemente herida

Por Luis M. Alonso (16 de abril, 2010)


El accidente aéreo que le costó la vida a la élite polaca reaviva la tragedia y el recuerdo de la matanza de 1940 encubierta por Stalin
No tiene que ser fácil, de hecho jamás lo será, para un polaco referirse a Smolensk, un nombre que ya se asocia por dos veces a la historia trágica de un país. Como ya saben, el pasado día 10, el avión donde viajaban el presidente de Polonia Lech Kaczynski, en compañía de miembros de la jerarquía militar y del Parlamento, se estrelló cerca de la ciudad rusa.

Murieron todos, precisamente cuando se dirigían a Kozielsk, en el bosque de Katyn, donde hace 70 años, en una primavera oscura teñida por la sangre, se produjo la matanza masiva de entre 15.000 y 20.000 polacos, prisioneros de guerra, asesinados de tiros en la nuca por orden de Stalin. Todo sucedió cuando este último y Hitler se repartían Polonia a principios de la Segunda Guerra Mundial. Inmediatamente, después de la ruptura entre nacionalsocialistas y comunistas, los primeros instrumentaron propagandísticamente a su favor la masacre para transmitir lo que ocurriría de caer Europa en manos soviéticas. Los segundos, una vez concluido el conflicto, intentaron darle la vuelta al argumento acusando a los vencidos de ser los causantes de los asesinatos. La mentira persistió hasta que con la llegada, en 1990, de la «Perestroika» la responsabilidad de la Unión Soviética quedó al descubierto. La relaciones maltrechas entre rusos y polacos nunca se repusieron de aquello; se fueron envenenando de manera progresiva, ayudadas por décadas de régimen totalitario comunista.

En 1943, en una colina cubierta de abetos con vistas al río Dniéper, cerca de Smolensk, soldados de la Wehrmacht habían encontrado, apilados en fosas comunes, los cuerpos de unos 4.000 oficiales de Polonia. Tenían las manos atadas detrás de sus espaldas y cada uno de ellos había recibido un disparo en la base del cráneo. Los nazis señalaron a los rusos como autores del crimen. Los oficiales polacos, aseguraron, habían sido capturados por los rusos cuando invadieron Polonia en septiembre de 1939. Los habían enviado desde varios campos de prisioneros, llevándose a cabo las ejecuciones en marzo, abril y mayo de 1940. A los oficiales les dispararon con pistolas tipo Walther, de fabricación alemana, suministradas por Moscú. A unos, los que lo pedían, los encapuchaban; otros eran aniquilados con el rostro descubierto y la última plegaria en los labios. Los asesinos trataban de tapar el ruido de las ejecuciones con el sonido ensordecedor de unos ventiladores. Los verdugos sólo descansaron el 1 de mayo.

La propaganda nacionalsocialista sobre la masacre de Katyn estaba encaminada a enturbiar las relaciones entre los rusos y el resto de los aliados. El Gobierno polaco en el exilio de Londres exigió una investigación urgente por parte de la Cruz Roja Internacional. Alemania estuvo de acuerdo, pero Rusia se negó. Los nazis enviaron equipos médicos de expertos, no alemanes, para corroborar sus hallazgos, e incluso invitaron a prisioneros aliados a ver los cuerpos.

Muchos años después de todo aquello, en 2007, el director de cine polaco Andrej Wajda quiso desvelar en una desgarradora película estrenada los detalles de la mentira con la que había crecido. De hecho, su padre fue uno de los ejecutados en Katyn. El veterano cineasta recordó días atrás, a propósito del terrible accidente aéreo de Smolensk, cómo a partir de 1945 el embuste bolchevique se convirtió en la base de la amistad entre Polonia y la URRS. «Los soviéticos querían hacernos creer que habían sido los alemanes los que cometieron las matanza, pese a que, poco a poco, fuimos conociendo la verdad. La mentira se nos contaba en las escuelas, en todas partes», dijo en una ocasión. La película Katyn fue programada por la televisión rusa en horario de máxima audiencia el día siguiente de que el avión presidencial polaco se estrellase cerca del lugar donde se produjo la masacre.

Lech Kaczynski, patriota, conservador y católico, ha sido uno de los hombres que con un sentido agudo de la historia persiguió desesperadamente la completa restitución de la verdad. Y cayó haciéndolo cerca de donde trataron de enterrarla. El dolor es unánime para uno de los pueblos más castigados por la historia, pero no ha existido unanimidad en enterrar al presidente caído en el lugar reservado a los héroes nacionales, los reyes y los poetas. Ni los grandes dramas nacionales son capaces de aunar la voluntad esquiva de los pueblos.

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La vida sigue después de la muerte

Por Luis M. Alonso (2 de abril, 2010)


Mucho antes del lucrativo invento de la plastinación ya existieron rentables y excelentísimos cadáveres en danza

El médico alemán Gunther von Hagens, inventor de la plastinación, una técnica que permite conservar cadáveres humanos y exponerlos en todo tipo de posturas con sus músculos, huesos o vísceras a la vista, comercializa sus creaciones para hacerlas llegar también a manos de particulares. El polémico profesor, que desató fuertes controversias con su muestra Bodies… el cuerpo humano como nunca lo has visto, cuenta con tal flujo de donantes de cuerpos que le sobra material para sus exposiciones.

El laboratorio de Von Hagens ofrece a facultades de Medicina y centros de investigación cortes de cadáveres plastinados en rodajas longitudinales, de la cabeza a los pies, a 13.1182 euros, y por 109.316 euros los ocho cortes que forman un solo cuerpo. Un cadáver cortado en 230 rodajas transversales se vende con fines científicos por 33.8845 dólares.

Pero antes de todo esto, hubo otros cadáveres rentables y excelentísimos. Está la historia de Elmer McCurdy. A McCurdy, que había robado un par de jarras de whisky y 46 dólares en el asalto a un tren en Oklahoma en 1911 y al que le pegaron un par de tiros, fue embalsamado tan bien que acabó teniendo de muerto la notoriedad que nunca hubiese adquirido en vida. Unos supuestos hermanos de la víctima pasearon la momia por todas las ferias hasta que decidieron vender sus restos a un museo del crimen.

El periplo del muerto siguió por el Museo de Cera de Hollywood y terminó siendo exhibido, entre el regocijo de niños y adultos, como «el hombre ahorcado» en la casa encantada de un parque de atracciones en Long Beach. Un día, coincidiendo con el rodaje de una serie televisiva, se dieron cuenta al manipularlo y quedarse con uno de sus brazos en la mano de que no se trataba de un muñeco, sino de auténtica carne momificada. En aquel momento, 65 años después de su muerte, decidieron jubilarlo y volver a enterrarlo en su lugar natal. Cuentan que para evitar una nueva «gira artística», el sepulturero lo cubrió de hormigón. Descanse en paz.

Hasta ese instante, McCurdy había competido como atracción de feria con la mujer barbuda, el hombre de dos cabezas y otros frikis, merecedores de protagonismo, en una película de Tod Browning. La primera vez que oí hablar del ahorcado de feria fue precisamente cuando la noticia saltó con motivo del rodaje del episodio televisivo El hombre de seis millones de dólares, una serie norteamericana exitosa basada en la novela Cyborg de Martin Cainin, sobre los trasplantes biónicos. El triste devenir de McCurdy me hizo meditar sobre la suerte de los cadáveres singulares que representan, en cualquier caso, una forma de relativizar la superioridad de la vida.

Pero nada en la intrahistoria supera el amor de Pedro I el Cruel e Inés de Castro, la doncella gallega de cuello de garza, asesinada por razones de Estado por los consejeros del padre del heredero de la Corona, a fin de que no pudiese acceder al trono de Portugal. Pedro I esperó a la muerte de su progenitor para cobrarse la venganza debida y perseguir, hasta acabar con ellos, a los asesinos: Alonso Gonçálves, Diego López Pacheco y Pedro Coelho. A este último, haciendo gala de un despiadado sentido del humor lo asó a la parrilla teniendo en cuenta su apellido, que en portugués significa conejo.

Como cuenta Antonio Tabucchi en Los volátiles del Beato Angélico, se podría decir que Pedro I estaba rematadamente loco, pero sería una evidente simplificación. A Inés de Castro, la amada, la coronó reina después de exhumar el cadáver, que paseó ante la curiosidad de la multitud desde Coimbra hasta Alcobaça. Juntos, el esqueleto de ella vestido de blanco y él saludando al pueblo, hicieron el recorrido de ochenta kilómetros en una carroza guiada por dos corceles con penachos de colores y cascabeles de plata. Luego vino, digo yo, la luna de miel que la pareja no pudo tener en vida. Cosas de la muerte.

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Ajuste de cuentas con Fritz

Por Luis M. Alonso (26 de marzo, 2010)


La historia desmiente la insistencia en negar los objetivos civiles en los bombardeos aliados sobre Alemania de la II Guerra Mundial

Los raids, dirigidos por el mariscal Arthur Harris contra las ciudades alemanes en la Segunda Guerra Mundial, fueron motivados, en gran parte, por el deseo de devolver el golpe y destruir indiscriminadamente. No hace falta que lo haya certificado con matices la pasada semana, después de cinco años de trabajo, la comisión de historiadores que investigó los bombardeos de Dresde, en el 65 aniversario del fin de la guerra. La estrategia era una respuesta meditada al dolor causado por la Luftwaffe en Londres, Coventry y otras poblaciones inglesas, según se sabe por los propios testimonios internos del llamado Bomber Command.

Los bombarderos de la RAF lanzaron su carga incendiaria -diez toneladas de bombas explosivas- en la noche del 27 de julio de 1943 sobre el puerto alemán de Hamburgo, que se vio envuelto en una de las peores tormentas de fuego de la historia. Los árboles fueron arrancados, los edificios destruidos y la gente saltó por los aires. Algunos perecieron abrasados en la calle o en sus hogares por la intensidad misma del calor. El asfalto se volvió líquido hirviendo. Miles de personas murieron asfixiadas por la falta de oxígeno, o por inhalación de humo al buscar refugio en los sótanos. Aquellos que lograron alcanzar los ríos o canales no tuvieron mejor suerte: el fuego se propagó a través de la superficie del agua por la explosión de los petroleros y los escombros de la quema de barcazas de carbón.

Los cronistas contaron que a la mañana siguiente, mucho después de que los atacantes se hubieran ido, la mayor parte de Hamburgo era un desierto ardiente de muerte. El humo borraba el sol. Había cadáveres en todas partes. De vez en cuando, a la angustia del rescate, se sumaba una figura desnuda, irreconocible, emitiendo leves y titubeantes sonidos de vida.

El ataque que causó este infierno fue uno de los que la Royal Air Force, apoyada por la Octava Flota Aérea de Estados Unidos, realizó sobre la zona residencial densamente poblada del este del Elba, dentro de la llamada «operación Gomorra». Murieron 45.000 personas, entre ellas 21.000 mujeres y 8.000 niños. Además, 1,2 millones de refugiados abandonaron la ciudad en el período inmediatamente posterior a los ataques, muchos de ellos con cicatrices mentales y físicas, recogió W. G. Sebald en Lukfrieg und Literatur.

En cuanto a masacre de civiles, la operación de Hamburgo fue el asalto más destructivo de la RAF en toda la Segunda Guerra. El número de muertos resultó superior al del ataque infligido a la ciudad barroca de Dresde, en febrero de 1945, donde se produjeron entre 18.000 y 25.000 víctimas mortales.

Ni la operación de Hamburgo ni la incursión de Dresde fueron casos aislados en la estrategia de la RAF que prevaleció desde principios de 1942 hasta el fin de la guerra. Todo parece basado en la creencia de que el régimen nacionalsocialista debía ser destruido por medio del asesinato en masa indiscriminado de la población urbana de Alemania. Pero, como escribió un testigo, el escritor judío Victor Klemperer, las bombas caían sobre arios y no arios.

Noche tras noche, la RAF atacó los barrios residenciales de las ciudades alemanas. Su eficacia mortal aumentaba a medida que la flota atacante, dirigida por los poderosos cuatrimotor Avro Lancaster, crecía en tamaño y las defensas del Reich se debilitaban. En la noche del 23 de febrero de 1945, cayeron 367 Lancaster sobre Pforzheim, causando otra tormenta de fuego que mató a 17.600 personas, un cuarto de la población, proporcionalmente mayor tasa de víctimas que en Nagasaki, Japón, donde la segunda bomba atómica fue lanzada meses más tarde.

En marzo de 1945, 225 Lancaster dejaron caer 1.127 toneladas de bombas sobre la ciudad medieval de Würzburg, en un ataque que duró sólo 17 minutos. Más de 5.000 personas murieron, 66 por ciento de ellas mujeres y 14 por ciento, niños. «Aquello se convirtió en una caldera de fuego. El ruido era ensordecedor y el humo asfixiante», escribió un testigo.

Tanto durante como después de la guerra, el Gobierno inglés sostuvo que nunca fue intención de Gran Bretaña bombardear civiles. «Siempre hemos observado el principio de atacar objetivos militares», dijo Archibald Sinclair, secretario de Estado para el Aire, en los Comunes en octubre de 1943. Las elevadas cifras de muertos civiles se presentaron como una consecuencia lamentable de los ataques contra las fábricas, plantas de energía, redes de transporte o instalaciones militares, no como un fin en sí mismo. Patrañas.

El odio a «Fritz» por parte del alto mando británico del aire se manifestó a veces con escalofriante sentido del humor. En una ocasión, durante los ataques aéreos a las ciudades alemanas, Arthur «Bomber» Harris, conducía su Bentley negro a alta velocidad por las calles de Londres cuando la Policía detuvo el vehículo.

-Podría haber matado a alguien-, le reprochó el agente a través de la ventanilla.

-Joven, yo mato a miles cada noche-, respondió ufano el líder de las tormentas de fuego pangermánicas.

«Toda guerra es brutal», solía decir «Bomber» Harris. Y lo decía con una pasmosa y heladora tranquilidad.

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Mozart, repelente para jóvenes

Por Luis M. Alonso (19 de marzo, 2010)


El Reino Unido, que cuenta con el 20 por ciento de las cámaras de circuito cerrado del mundo, difunde música clásica para disuadir a los antisociales
La Policía británica ha experimentado últimamente los métodos más sofisticados y extravagantes de seguridad para vigilar a la población: lo último consiste en utilizar la música clásica como elemento disuasorio. Pero no tiene por qué ser lo definitivo, teniendo en cuenta los esfuerzos en esta materia y que aproximadamente un 20 por ciento de las cámaras de circuito cerrado de televisión del mundo se encuentran en el Reino Unido, un logro notable para una isla que ocupa sólo el 0,2 por ciento de la superficie terrestre habitable del mundo.

Los adelantos para controlar al ciudadano se han precipitado de un tiempo a esta parte. Hace no demasiado, se presentó en Londres un aparato que emite un ruido equivalente al zumbido leve de un mosquito para las personas mayores de 20 años, pero que resulta penetrantemente odioso y odiosamente insoportable para los menores de esa edad. El cachivache está diseñado precisamente para alejar a los jóvenes airados y antisociales de los espacios públicos, sin embargo es tan brutalmente indiscriminado que, al mismo tiempo, ahuyenta también a los buenos chicos, aterroriza a las criaturas y despierta a los bebés.

La Policía del oeste de Inglaterra hace poco comenzó a utilizar luces halógenas brillantes, en ocasiones desde helicópteros, para cegar a los jovenzuelos que se portan mal. Los agentes de Liverpool se jactaron no hace mucho de llevar a cabo una detención mediante zumbido de vuelo no tripulado, inspirada en el modo de operar de los aviones robot de Estados Unidos en Afganistán. En esa ocasión, utilizaron un helicóptero de control remoto equipado con cámaras de seguridad para atrapar a un ladrón de coches.

Pero lo que nadie podía imaginarse dentro de esta escalada de vigilancia es que la música clásica, que tradicionalmente se ha enseñado a los jóvenes como una forma de elevar sus mentes y sus almas, fuese minada por su supuesto potencial disuasorio de la mala conducta. En enero se descubrió que en West Park School, en Derby, en la región central de Inglaterra, a los alumnos problemáticos que sufren las llamadas «detenciones especiales» se les obliga a escuchar a Beethoven y a otros. El director del centro señaló una mejoría entre los alumnos rebeldes, pero, como es fácil de entender, algunos psicólogos se han encontrado con que los adolescentes víctimas de esta peculiar terapia autoritaria encuentran insoportable la gran música.

Los críticos contra este tipo de represión han coincidido en que en la Gran Bretaña actual se enseña a los niños a pensar en el peligro cada vez que oyen, por ejemplo, el «Réquiem» de Mozart o cualquier otra pieza del genial autor.

Siguiendo la estela de Derby, algunos consejos locales e instituciones públicas se han lanzado a difundir música clásica a través de altavoces en paradas de autobús, en los estacionamientos, tiendas y diferentes espacios públicos.

Tyne and Wear Metro, empresa local de ferrocarriles, fue pionera de esta tendencia generalizada. A mediados de la década, programó descargas de Mozart y de Vivaldi para ahuyentar a los jóvenes que merodeaban las estaciones. Estos huyeron. «Parece que detestan la música», dijo orgulloso un responsable de la compañía. En el hit parade de la disuasión figuran, según Tyne and Wear Metro, la «Sinfonía Pastoral» de Beethoven, la número 2 de Rachmaninov, y el «Concierto de piano número 2» de Shostakovich.

En «La naranja mecánica», de Anthony Burgess, que filmó Stanley Kubrick en 1971, el joven protagonista llamado Alex es sometido a la terapia «Ludovico», que el Gobierno aplica a los antisociales. Lo fuerzan a tomar drogas que inducen a las náuseas, a ver películas violentas durante dos semanas y, al mismo tiempo, escuchar a Beethoven, el autor de su amada y gloriosa Novena. Alex maldice a su terapeuta, pero ya no es capaz de escuchar su música favorita sin sentir angustia. De la misma manera que el colegial de Derby se tapa los oídos cuando le ponen a Mozart.

El peligroso mensaje que se envía a los jóvenes es claro: son escoria y la música clásica no es una maravilla del mundo humano, sino un repelente contra los comportamientos antisociales.

La verdad es que no se les puede dar las gracias por entender el mundo de esta manera.

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Las caras de Lulú

Por Luis M. Alonso (12 de marzo, 2010)


La mujer fatal y la nínfula se funden en la niña mujer del triángulo amoroso que enfrentó a Freud, Kraus y Wittels

El ensayista satírico Karl Kraus (1874-1936) no había conocido aún a la joven de diecisiete años Irma Karczewska cuando, inspirado en el amor que le profesaba a su esposa, la actriz alemana Annie Kalmar, escribió en «Die Fackel» su artículo «En alabanza de la prostituta», donde predicaba el derecho y el deber de cada mujer de ser puta. Con Karczewska, hija de un portero de los arrabales de Viena, ordinaria y despreocupada de todo salvo de satisfacer su lujuria y dar rienda suelta a los caprichos que le consentían sus amantes, se percataría de lo prisionero que a veces puede ser un hombre de sus palabras.

Aquella niña hipersexuada incapaz de conocer el mundo de los adultos fue protagonista en la Viena que precedió al nazismo de uno de los triángulos amorosos que más han dado que hablar de la historia. Protegida de Karl Kraus y mitificada por su hijo artístico, el médico Fritz Wittels (1880-1950), acabaría siendo objeto de reflexión para Sigmund Freud y cayendo en los brazos de otros muchos hombres, entre ellos Sigfried Wagner, hijo del compositor Richard Wagner, y de Frank Wedekind, que se inspiró en ella para su personaje Lulú, de La caja de Pandora. La pequeña Irma excedía lo que la inspiración permitió imaginarse de ella. En Venecia, con motivo de un viaje de placer, le exigió a Kraus un piano de caoba de media cola que no sabía tocar y se interesó más por los dídimos de una enorme estatua de Hércules que por la obra de Tiziano. Al hijo de Wagner lo persiguió por todos los canales.

El mito de la mujer fatal tendría más de una cara. En aquel tiempo un inquieto reportero, Samuel Wilder, conocido más tarde como Billy Wilder, publicó detalles del triángulo amoroso por encargo del periódico donde trabajaba, «Die Strunde». En su cruzada contra Kraus, auténtico especialista en crearse enemigos, este diario husmeaba en la vida privada del corrosivo satírico. Ya en Hollywood, Wilder dirigió en 1963 una de sus populares comedias, Irma la dulce, protagonizada por una prostituta parisina, treinta y cuatro años más tarde de que Georg Wilhelm Pabst, llevara a la pantalla Die Büchse der Pandora, con la fascinante Louise Brooks en el papel de Lulú. Paul Auster eligió a Mira Sorvino para encarnar el mito en la película Lulu on the bridge. Y la mujer fatal tiene su vertiente más acusada en la Lolita de Nabokov, sin que ello signifique que las nínfulas no sirviesen de inspiración a otras decenas de autores.

Si Kraus tuvo tiempo para sentirse preso de su loa a las prostitutas por la carga insoportable que acabó siendo su protegida la mujer niña, como la definió Wittels, peor le resultó todo aquello al médico discípulo de Freud. Irma lucía con desparpajo los abrigos de pieles y las joyas que le regalaba Kraus, para seguidamente ofrecerla a sus mejores amigos. Según circulaba en los ambientes vieneses, el temido escritor satírico tenía por costumbre y placer recibir a las mujeres salidas de los brazos de otros hombres.

Wittels ejercía con la nínfula de enfermero y amante. Llegó a decir de ella que la tenía toda para él, en la medida que se puede monopolizar a una hetaira griega nacida fuera de época y carente de otro principio que no fuese no tener ninguno. El profesor se había prendado de su Lolita particular hasta el punto de descuidar las obligaciones profesionales contraídas y dedicarle encendidos elogios en la prensa que supusieron la ruptura con el circulo médico al que pertenecía. Los hombres de ciencia querían permanecer ajenos al escándalo que encendía Viena. En 1910, Wittels decidió escribir una novela (un roman á clef) sobre su protegida y, al mismo tiempo, responder a los ataques contra el psicoanálisis, de Kraus, con el que ya se había enemistado. Freud, tras leer el borrador, le advirtió de que desistiese de publicarlo. «Si no publica el libro no perderá nada, si lo publica lo perderá todo», le comunicó. El médico, encoñado, siguió adelante y ello le costó que su trayectoria científica quedase en una nebulosa, a pesar de haber contribuido al psicoanálisis con valiosas aportaciones, ser autor de una defensa pionera del aborto y de la libertad sexual, entre otros asuntos tabúes incluso en aquella Viena culta de entonces.

Freud sacó en limpio que las mujeres bellas, el crimen y las fieras alimentan nuestro narcisismo. Wittels, del que ahora se cumplen 60 años de su muerte en Nueva York, nos ha dejado unas memorias, Freud and the Child Woman, que son un monumento a la subcultura erótica fin de siècle.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | marzo 2010 |

La mala prensa de la guerra

Por Luis M. Alonso (5 de marzo, 2010)


El polémico periodista Christopher Hitchens se enfrenta a grandes tabúes y a la izquierda indulgente con el «fascismo islámico»
La lógica es para Christopher Hitchens (Portsmouth, 1949) un plato de espaguetis. El periodista y escritor, residente en Estados Unidos y auténtico maestro de la provocación, remueve los fideos con el tenedor varias veces antes de ensartarlos, llevárselos a la boca y zambullirse en un remolino de ideas polémicas sobre el amor, la pobreza o la guerra. Hitchens ha echado mano de un viejo proverbio para asegurar que un hombre jamás tendrá una vida completa hasta que no haya probado estas tres cosas. Cualquiera podría decir que, en general, no hemos tenido suficiente amor, pero pocos serían capaces de afirmar, como él, y sobre todo entre la izquierda, que la guerra y la pobreza han tenido muy mala prensa.

Hitchens es un hombre de izquierdas pero, al mismo tiempo, un heterodoxo. Dispara a discreción con la pólvora de su sentido del humor. «Los hombres deberían haber sido guerreros, o están orgullosos de haberlo sido. Y les gusta ver la pobreza como algo que superaron, o podrían haber superado», escribe en la primera edición española de Love, poverty and war, que incluye pequeños ensayos publicados en los últimos años en «The Nation», «Vanity Fair», «The Atlantic Monthly», «The New York Times Book Review» o «The Guardian». A éste le preceden otros libros incendiarios sobre la política y la religión (Juicio a Kissinger, The missionary position: mother Teresa in theory and practice, Dios no es bueno, etcétera), y sus artículos no dejan indiferente a nadie. A Hitchens se le odia o se le ama, la confusión que siembra con sus declaraciones no le ayuda precisamente a cultivar una imagen de intelectual equilibrado. Tampoco lo pretende. Hitchens no duda, si cree que hay que hacerlo, en insultar públicamente a alguien que se acaba de morir. No oculta sus borracheras: fuma y bebe como un cosaco. Son famosos sus chistes sobre sacerdotes, y su inteligente maldad le ha llevado a hacer un juego de palabras a costa de la Madre Teresa de Calcuta y la postura del misionero, en uno de sus libros que más escándalo han provocado. En el último número de «Vanity Fair» ha sido muy celebrada su revisión de los Diez Mandamientos. Peor sentó entre las feministas un artículo sobre la escasa predisposición de las mujeres a ser graciosas.

Christopher Hitchens ha adoptado una postura estoica y sostiene que las religiones no son beneficiosas para la sociedad, por la mala influencia sobre el mundo y sus ramificaciones en la política contemporánea. Irán, por ejemplo, es un mal que combatir por ser un Estado religioso. A Corea del Norte la tiene por una tanatocracia o necrocracia, cuyo líder muerto y su descendencia forman una Santísima Trinidad. La religión es un corredor poblado de fanáticos por el que fácilmente se llega la guerra, y la guerra para Hitchens es fácilmente justificable frente al «fascismo islámico» o, lo que es lo mismo, «un Gobierno como el de Irán, compuesto por una banda mafiosa de mulás con armas nucleares». No esconde el diagnóstico más duro para el conflicto más grave. Ha insistido en que no le importaría que se le considerase «un halcón de la libertad».

Al igual que sucede con otros intelectuales de su generación, Hitchens no es ajeno a una deriva condicionada por la amenaza de los hechos. Estudió Filosofía, Políticas y Económicas en Cambridge y Oxford. Entró en el Partido Laborista en 1965, pero fue expulsado en 1967 por criticar el apoyo a la guerra de Vietnam. Formó entonces parte de un minúsculo grupo trotskista próximo a Rosa Luxemburgo y empezó a trabajar como corresponsal en publicaciones de izquierda. «Sigo siendo marxista, no sabría cómo acercarme a nada sin la ayuda de una concepción materialista de la historia», ha repetido más de una vez. Sin embargo, en 2001, poco después de la publicación de su libro sobre Kissinger, en el que pedía que el ex secretario de Estado americano fuese procesado por crímenes contra la humanidad, el trotskista Hitchens se convirtió en uno de los más fervientes defensores de la guerra de Irak, abrumado por los atentados del 11-S. Mucho antes había expresado un hondo malestar con la izquierda por su reacción frente a la fetua ordenada por Jomeini contra Salman Rushdie. Como es natural en él, no tuvo pelos en la lengua para explicar que las sucias maniobras de Kissinger en Chile habían propiciado la llegada al poder del dictador Pinochet, mientras que eso mismo era lo que había en Irak con Saddam Hussein, y la guerra se hizo para acabar con un sistema de dominación que oprimía y masacraba a los ciudadanos.

A veces Hitchens también polemiza con Hitchens. Eso ocurre cuando se enfrenta dialécticamente a su hermano Peter (1951), periodista conservador del «Mail on Sunday», ferviente cristiano y contrario a la intervención bélica en Irak. Ni la guerra ni Dios los ponen de acuerdo.

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Luz sobre el loco de la bombilla

Por Luis M. Alonso (26 de febrero, 2010)


Una intensa biografía arroja claridad sobre Nikola Tesla, el genial inventor que libró con Edison la guerra de la electricidad

Al serbio Nikola Tesla (1856-1943) resulta más fácil estarle agradecido que a otros eminentes hombres de ciencia. Gracias a él se enciende la bombilla cuando pulsamos un interruptor y la luz se hace. Fue el inventor de la corriente alterna y, además, el padre de tecnologías visionarias en su época como la robótica, la informática o las armas teledirigidas. También le debemos la idea del primer radiotransmisor, aunque finalmente Marconi, con la ayuda de Edison, se le adelantase al inscribir la patente. Hoy día muchos creen que la radio fue un invento del ingeniero italiano y que la electricidad es una palabra mágica gracias exclusivamente a un empresario de Ohio.

Tesla sufrió la incomprensión del mundo que le rodeaba. Dio primero que nadie con la corriente que todos utilizamos; sin embargo, perdió personalmente la guerra de la electricidad entre General Electric y Westinghouse. En ella, se enfrentó a Edison, padre de la ineficaz y costosa corriente continua, que, no obstante, se empeñó en mantener en defensa de sus intereses comerciales. El sueño altruista de Tesla era generar una fuente inagotable de energía para suministrarla gratuitamente. También en ese campo, como no es necesario explicar, cayó derrotado.

En las dos últimas décadas del ochocientos, el sistema de corriente continua patentado por Thomas Alva Edison resultaba ya poco adecuado para responder a la nueva y creciente demanda eléctrica. La transmisión urbana de grandes cantidades de corriente continua en 110 voltios era muy costosa y su transporte la hacía más aún, ya que se sufrían enormes pérdidas de energía por disipación como consecuencia del calor.

La tesis de la corriente alterna de Tesla se basaba en que las pérdidas en la transmisión de electricidad dependían del voltaje. A mayor voltaje, menores pérdidas, de modo que se inventó el transformador y con él la posibilidad de elevar la energía y transportarla a largas distancias. La famosa «guerra de las corrientes», en la que al final acabaría imponiéndose Westinghouse Electric, la compañía para la que trabajaba el serbio, se libró en varios frentes hasta que la compañía de las cataratas del Niágara encargó el desarrollo de su sistema de transmisiones a la empresa de Nikola Tesla. El mundo asistió asombrado durante aquellos años a las batallas entre Edison y Westinghouse: el momento más sobrecogedor de la contienda fue cuando la empresa del inventor y empresario de Ohio montó una silla eléctrica de corriente alterna y se dedicó a electrocutar a perros, gatos, monos y hasta un elefante, el famoso Topsy, para demostrar que se trataba de un sistema peligroso. Cuesta sólo una sonrisa apreciar ahora la ingenuidad de entonces acerca de las variadas aplicaciones de la electricidad.

Para colmar su sueño de la energía inagotable, sin cables a través de la ionosfera, Tesla levantó en Manhattan la Wardenclyffe Tower y su imagen romántica y visionaria quedó vinculada para siempre a aquella gigantesca torre metálica. De él se empezaron a contar historias asombrosas; algunas de ellas, recientes, pertenecen a su biógrafa más autorizada, Margaret Cheney, de cuyo interesante libro Nikola Tesla: el genio al que le robaron la luz la editorial Turner acaba de editar una traducción al español.

Del gran visionario, tachado a veces de loco venusiano, se ocuparon en los últimos años la literatura y el cine. El mundo que le había dado inicialmente la espalda lo acogería más tarde como un héroe debido, supongo, más que nada a su atractiva imagen sacada del universo Verne. La ciencia se había encargado de impartir justicia con respecto a sus aportaciones, lo mismo que la Corte Suprema de Estados Unidos, que en la década de los sesenta lo acreditó como el verdadero inventor de la radio.

La cultura popular ha brindado en los últimos tiempos oportunidades de recordar al genial inventor. En la película The Prestige, de Christopher Nolan, David Bowie encarna el personaje de Tesla, a quien recurren pidiéndole que invente una máquina de teletransportación. En El palacio de la luna, de Paul Auster, el viejo Effing cuenta cómo le marcó el ingenio de Nikola Tesla y menciona la enemistad con Edison. En Coffee and cigarettes, de Jim Jarmusch, se ironiza sobre los logros de Tesla, que flota como un fantasma sobre el tono experimental de la película. The Handsome Family tiene una canción, Tesla’s Hotel Room, que hace referencia justamente a su afición por los hoteles, donde vivió en los últimos años y que abandonaba cuando no podía pagar la cuenta. En uno de ellos murió de una trombosis coronaria. El FBI confiscó la mayor parte de los documentos de sus investigaciones y hasta el día de hoy continúan clasificados.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | febrero 2010 |

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