Gay Talese, el fracaso y el éxito

Por Luis M. Alonso (4 de septiembre, 2009)


El periodista vuelve sobre el oficio en «Vida de escritor», un libro que recoge experiencias y reportajes

En el verano de 1999 el periodista Gay Talese se encontraba algo aburrido viendo la televisión en su casa de Nueva York. El autor de Honrarás a tu padre tenía un libro a medio escribir que no sabía como continuar. Entonces decidió que la mejor manera de eludir el callejón sin salida era permanecer ensimismado frente a la pantalla. Cambiando de un canal a otro sin parar, se detuvo en la retransmisión de un partido de fútbol femenino entre una selección china y otra de Estados Unidos. El juego, correspondiente a la final del campeonato mundial, se disputaba en el Rose Bowl de Pasadena (California) ante 90.000 espectadores. Doscientos millones más, se calcula, lo estarían viendo desde otros lugares. Como no se le ocurría nada mejor que hacer, Talese siguió atentamente lo que estaba sucediendo sobre el terreno, tratándose como se trataba de un deporte totalmente desconocido para él, empezando por las reglas, que eran un misterio.

El periodista explicó todavía no hace mucho, concretamente el pasado julio, diez años después de aquello, el motivo que le había impulsado a prestar atención al juego. Unos meses antes, en marzo de 1999, durante el conflicto bosnio, los americanos habían bombardeado accidentalmente la embajada de China en Yugoslavia. «Hubo una gran controversia sobre si el bombardeo había sido intencionado, como decían los chinos, o un accidente, como se esforzaban en explicar los americanos asegurando que el mapa de Belgrado no estaba actualizado y que ésa había sido la causa del error».

El caso es que pocos meses más tarde, en la final del campeonato mundial femenino de fútbol, unas mujeres chinas se enfrentaban a otras americanas. En teoría, aquello no tenía nada que ver con la política, pero Talese pensó precisamente lo contrario. El juego que se desarrollaba ante sus ojos le ofrecía una dimensión más allá de lo que es una competición deportiva: con el precedente de un conflicto, se enfrentaban China y Estados Unidos, dos gigantes del nuevo mundo en el que Asia se aproximaba a Occidente. Las jugadoras chinas tenían entre 20 y 25 años y eran hijas de las mujeres de la revolución cultural de los años sesenta y nietas de las que, con los pies atados, vivieron en aquel país antes del terremoto social de Mao de 1949. Las que se enfrentaban a ellas llevaban años calzando Adidas y Nike.

Lo que estaba viendo en la televisión, pensó, no era sólo una simple final de un campeonato de fútbol femenino, sino la evolución de unas mujeres chinas desde el período imperial, la revolución cultural, hasta la edad moderna de las tecnologías: la era del triunfo. «Entonces dije: «No es un juego lo que estoy contemplando en la pantalla, es historia»». El partido acabó en empate (0-0) y la final se tuvo que resolver en una tanda de penaltis. Acertaron por cada bando hasta que una de las futbolistas falló: las chinas perdieron el juego y Talese quiso conocer después en Pekín, donde permaneció tres meses, a la joven, Liu Ying, que había errado la pena máxima. Por medio de ella y de su desconsuelo quería ahondar en el fracaso y, a la vez, en la historia de un pueblo que aparentemente había alcanzado la era del éxito.

Vida de escritor, el último libro del gran periodista de Ocean City, empieza y termina en 1999, cuando Talese asistía a la final del campeonato del mundo de fútbol femenino de California, y trata precisamente sobre el fracaso, partiendo del penalti decisivo fallado por una joven futbolista asiática, pero está basado también en su propia experiencia profesional. «La imaginé con sus lágrimas en aquel momento en el vestuario. Nada en su vida podía haberla preparado para aquello que debía de estar pasando, pues nunca en la historia de China una sola persona se sentiría tan sola ante tantas».

En el libro, que su antiguo periódico, «The New York Times», saludó en su día desabridamente como «una suma de fracasos profesionales que culminan en fracaso», Talese incluye un retrato personalizado sobre el oficio periodístico y una serie de reportajes sobre la vida de otros. El fracaso en que se inspira Talese es, sin embargo, una derrota a medias por la dilatada trayectoria de éxito del autor, al que se debe uno de los mejores trabajos sobre el periodismo, El reino del poder, y maravillosos perfiles para la revista «Esquire», entre ellos, el de Frank Sinatra, el boxeador Floyd Patterson o el de la estrella del béisbol Joe Di Maggio.

El propio Talese se dirigió recientemente a sus jóvenes compañeros de oficio en la Fiesta Internacional Literaria de Paraty (Brasil), echando mano de una fórmula de éxito que conjuga ir bien vestido con las buenas maneras. Según él, el periodista cuando traspasa una puerta lo primero que tiene que hacer es venderse. «No soy ningún ladrón, ni ningún gánster, no estoy aquí para pedirle dinero», dijo. Y así suele ser.

Ferragosto en Roma

Por Luis M. Alonso (2 de agosto, 2009)


Carlo Levi fue quien mejor expresó la magia de los días más calurosos de la Ciudad Eterna, que tan bien supo apreciar aquel joven artista llamado Federico Fellini
Agosto tiene en su ecuador la Asunción, que es el ferragosto de los italianos. Por esa fecha, las temperaturas acostumbran a ser altas, sofocantes, como en Il Sorpasso, aquella inolvidable película de Dino Risi, con Vittorio Gassman y Catherine Spaak, que nos mostraba Roma desierta. Ferragosto viene del latín «feriae augusti» y se celebraba coincidiendo con el final de las labores del campo.

La tradición, ese día, era y es salir de Roma en dirección a cualquier lugar, así que el 15 de agosto por la mañana muy temprano no hay quien circule por las vías Apia, Salaria y Nomentana, pero sí, en cambio, resulta especialmente cómodo quedarse en la fantasmal ciudad para pasear por sus calles, parques y monumentos si se tiene la precaución de protegerse del terrible calor. Paseando por la plaza Navona desierta, con el calzado pegado al asfalto derretido por el sol, me acordé del Papa Inocencio XI, que estableció como norma que en la peculiar fecha del 15 de agosto los tubos que descargaban el agua de las fuentes debían bloquearse para que éstas se desbordaran y así convertir el lugar en una gran piscina.

Nadie ha entendido tan bien la magia del ferragosto como el desaparecido escritor Carlo Levi, que vio a Roma, entre todas las ciudades, la más preparada y adaptada para la metamorfosis natural de que los grillos canten en las cornisas barrocas, los escorpiones salgan desde debajo de las tejas y las salamanquesas, «pequeñas y tiernas mezclas de cocodrilo y de tigre», caminen silenciosas en los muros, al acecho de las mariposas. En Roma, como escribió Levi, basta un silencio para evocar un tiempo remoto. «Sobre los tejados crecen las hierbas salvajes; las flores abandonadas en las terrazas, lloran por el abandono y la sequía, y se vuelven silvestres: los pájaros se mueven en círculos, alegres y feroces, dueños del cielo. La ciudad de los hombres se ha ido a otra parte, en las playas y en las montañas, con sus hábitos, sus ansias, su estruendo. Aquí se queda solo el espacio (echadas las persianas, muertos los teléfonos), el mundo arcano de la memoria; la cáscara inmutable de las cosas; una concha llena del crujiente sonido del mar, en la orilla desierta. Aquí, solos, nos quedamos».

La primera imagen de Roma que Federico Fellini conservaba en la memoria era la de un poste milenario que surgía fuera del país, su Rimini natal, y en medio del campo. Pero en el tiempo de la escuela elemental, en el colegio de los curas, obtuvo sobre la ciudad eterna otro tipo de información. Así, citando las fatales palabras de Julio César, «alea iacta est», los escolares también podían cruzar el Rubicón y ver en diapositivas los principales monumentos de la capital: Santa Maria Maggiore, la tumba de Cecilia Metella, el arco de Constantino, el Altar de la Patria, San Pedro y cualquier otro de los que se incluían en las proyecciones de los sacerdotes.

Roma representaba para Fellini la bendición dominical del Papa transmitida por la radio, que hacía bramar a su padre, un hombre laico de ideas socialistas. Pero Roma eran también las películas interpretadas por Greta Garbo y los «peplum» ambientados en los tiempos del imperio de los césares.

Muy distinta, sin embargo, es la realidad que Fellini encuentra a su llegada a la estación Termini, cuando viene a la capital para estudiar la carrera de Periodismo. Aquella es una Roma pueblerina, que convive con la necesidad cotidiana y el problema de la inflación. En este retrato del artista joven, que el director incluye en una de sus películas más reconocidas, lleva al protagonista, él mismo, por un recorrido que va de la estación a la plaza Esedra, hoy de la República, cruzándose por el camino Santa Maria Maggiore, y del otro lado de la muralla medieval, San Juan de Letrán.

El destino final del recién llegado es el apartamento de un viejo palacio en el que la patrona vive con su hijo y una decena de inquilinos, entre los cuales hay algunos actores de cuarta fila cuya principal dedicación es darse un poco de tono parodiando al Duce: «Me resisto a creer que el auténtico pueblo de Gran Bretaña que nunca ha tenido disputas con Italia pueda llevar a Europa a una catástrofe por defender un país africano sin sombra de civilización, contra este pueblo de héroes, de artistas, de poetas, de santos, navegadores? de calvos».

Cuando oscurece, el barrio se anima con la gente comiendo fuera de las tratorias, entre músicos callejeros y mendigos que pasan la gorra. Las voces, las canciones, se unen entre sí como si se tratase de una única y gran familia. Luego, en la noche profunda, cuando todo se ha detenido y por las calles sólo deambulan los perros vagabundos y los empleados del autobús hacen sus necesidades, en cualquier lugar del Foro romano o de la Via Appia los destellos de los faros de un coche nos alertan sobre la presencia de una prostituta que se adentra en las tinieblas de siglos pasados, como la vieja loba, que es el símbolo romano. A los que hayan visto Roma estas imágenes no les serán desconocidas.

Pero hay muchas ciudades dentro de una misma ciudad eterna. Además de la Roma «popolana» del artista joven, existe también otra Liberty, repleta de historias de amor encelado y brutal, como la de Gabriele D´Anunzio que encerró a Eleonora Duse en un apartamento de la Via del Babuino, y de donde ella se escapó en camisón una noche para llamar a la puerta de Axel Munthe y pedirle ayuda porque su amante la encañonaba con una pistola. Munthe vivía en la misma «casina rossa» en la que había pasado sus últimos días el poeta Keats, en la plaza de España, ahora convertida en museo.

Detrás de la Via del Babuino, está la Via Margutta, en la que César González Ruano alquiló un estudio en el último piso del número 33. «El número 33 de la Via Margutta y su último piso está asociado para mí a una de las temporadas más alegres y más pobres que pasé en la vida. Si cerrando los ojos quisiera concretar en la memoria unos días, de todos los días de mis cuarenta y siete años, plenamente dichosos, inefables y bellos, creo que no encontraría otros más limpios de dudas que cualquiera de aquellos vividos, soñados, dormidos y temblados en aquel estudio de la Via Margutta, 33», contó el propio Ruano en sus memorias (Mi medio siglo se confiesa a medias). El único mobiliario del piso eran dos sillas, un sillón cojo y deteriorado, una pequeña estantería rústica y un somier en el suelo, oculto tras unas cortinas de tela ordinaria de un rojo rabioso.

Pero la ilusión podía con todo: César González Ruano había llegado a Roma una primavera de 1936, puestos los cinco sentidos y el sexto de la ciudad eterna, el alma llena de grávidos afanes y convenidas emociones, como él mismo escribió.

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Aire de Chanel en la Riviera

Por Luis M. Alonso (26 de julio, 2009)


La mujer que revolucionó la moda personificó el encanto de la Costa Azul, donde murió su gran amor, el «play-boy» inglés Boy Capel, en un accidente de carretera cerca de Fréjus
Primero viene la descripción. El hotel Martinez es un hermoso palacio de estilo Art Déco construido en los años treinta con toda la elegancia que caracteriza a la Costa Azul. Se encuentra situado en la Croisette, a un paso de la bahía de Cannes y a menos de un kilómetro del centro. Sus 412 habitaciones con aire acondicionado tienen vistas al mar, a la ciudad o a la montaña y están decoradas con colores pasteles o azul marino, plantas y muebles con el estilo de la época en que se abrió al público. Todas disponen de balcón privado y comodidades.

Cannes se distinguió y distingue por sus grandes hoteles. Cuando el Martinez abrió sus puertas, aquel hermoso pueblo portuario tenía a lo largo de la Croisette una fila suntuosa de establecimientos de primera categoría. El Majestic, el Carlton y, encima del Café de París, el hotel Edouard VII. Al lado del puerto se encontraban el Beau-Site, el Du Parc y el hotel de la Californie. Erika y Klaus Mann, hijos del autor de La montaña mágica, recomendaron en su curioso «baedeker» de la Riviera una pensión llamada Belle Plage, detrás del boulevard Jean Hilbert, que acabó convirtiéndose en un pequeño hotel funcional con terrazas sobre el mar, a dos pasos de las playas y el palacio de festivales, muy frecuentado. Si una cosa ha sabido hacer Cannes es adaptarse a las circunstancias actuales.

El barcelonés Mauricio Wiesenthal, viajero sin fronteras y conocedor de las cosas más variadas, escribió que la Provenza se inventó primero que la Costa Azul porque los poetas precedieron en todas partes a los turistas, «incluso a la hora de abandonar los lugares profanados por los nuevos ricos». Pero el invento de la Provenza fue primordial para la buena salud del gran balneario que empezaba a desperdigarse unos kilómetros más abajo envuelto en los aromas que procedían de los campos del Norte. Las veces que he estado en la Provenza interior tuve una especial precaución de acercarme lo menos posible a la costa para evitar la contaminación que producen los efectos de las lavandas mezcladas con el Chanel.

Coco Chanel, como Colette, ha sido la personificación de la Costa Azul, sobremanera cuando lloró amargamente de rodillas en una cuneta de la carretera de Fréjus la muerte de su amado Boy Capel, que se había estrellado allí un día de Nochebuena. Coco o Gabrielle se había enamorado locamente de aquel «play-boy» inglés, jugador de polo, budista y aficionado a los coches de lujo. Capel se llamaba realmente Arthur Edward, era un chico guapo y rico, capitán del Ejército. Algunos de sus amigos lo tenían también como un intelectual y un político. Georges Clemenceau, ex jefe del Gobierno francés, se había encaprichado de él y quería que aceptase un puesto de agregado militar en París para tenerlo cerca.

Paul Morand, amigo personal de la mujer que revolucionó la moda, testigo privilegiado de sus confesiones y autor de un magnífico libro, El aire de Chanel, en el que se pone en la piel de la protagonista para contar su vida, detestaba a Boy Capel. Lo hacía, eso sí, de la forma en que Morand podía detestar a las personas, es decir, en un tono distante de desprecio. En su novela Lewis e Irene escribió que sólo Coco Chanel, reina de los esnobs, podía amar a este tipo de hombres que utilizan a las mujeres para engañarlas, estudiarlas, educarlas y destruirlas, descargar sus enfados y para que calienten su cama.

Clemenceau, que tenía una opinión muy distinta del «play-boy», declaró a raíz de su trágica muerte que Capel valía demasiado como para seguir en esta vida. El viejo zorro francés siempre eligió muy bien las frases. A él se debe la de «todos los cementerios del mundo están llenos de gente que se considera imprescindible» o aquella otra de que «cuando un político muere y muchos acuden al entierro, sólo lo hacen para comprobar que se encuentra de verdad bajo tierra». Su fijación con los cementerios y la muerte no admite lugar a dudas.

Pero la desconsolada Coco vivió el recuerdo de su gran amor hasta la paranoia, con la impresión de que su amado continuaba protegiéndola desde el más allá. De hecho, contó cómo en una ocasión, años más tarde de la muerte, un hindú desconocido la había visitado en su taller parisino para darle un mensaje de Boy Capel, transmitido supuestamente desde un mundo en que ya nada le puede herir a nadie. La propia Chanel confesó después a sus íntimos que se trataba de un secreto que sólo su amante y ella habrían podido conocer. Los íntimos, entre los que se contaba Morand, debieron de quedar algo anonadados.

El «play-boy» había descubierto a la modista en Pau. Se pasaban el día a caballo, el primero de los dos que cazaba una liebre invitaba a vino de Jurançon. Luego decidió llevarla a París y, de la noche a la mañana, se convirtió para ella en una especie de Pigmalion. Boy Capel tenía gustos refinados y una vida social deslumbrante. Sabía un poco de todo y eso, unido a un sentido práctico para aportar soluciones, le hacía aparecer a ojos de los demás como una persona de grandes conocimientos. Las mujeres de la alta sociedad se lo rifaban.

Coco Chanel presumía en la vejez de que siempre le había ido muy bien con los ingleses pese a las vicisitudes históricas que han atravesado las relaciones entre Francia e Inglaterra. Se ha dicho de los ingleses que son, por lo general, personas educadas, al menos hasta donde empieza el Canal, pero Capel lo era allá donde se presentase. Rico desde muy joven por los negocios del carbón, fue para ella su asesor, su inversor, su familia, padre, hermano y todo lo demás. En 1914, cuando estalló la Primera Guerra, el inglés la obligó a retirarse a Deauville, donde alquiló una villa para sus caballos. La localidad normanda era un refugio de señoras elegantes y Coco Chanel emprendió un fructífero negocio.

Fréjus, adonde lleva la carretera en la que encontró la muerte Boy Capel, se encuentra cerca de Saint-Raphaël, un lugar magnífico de la Riviera que los ingleses adoran y en cuyo entorno se levanta la cordillera del Esterel. Las lujosas residencias vigilan, encaramadas en las altas paredes, las calas bordeadas de pinos. Entre Cannes y Niza se encuentra Juan-les-Pins, con su casino. Y muy cerca, Antibes, por donde pasearon en diferentes momentos Nicos Kazantzakis, Zweig, Maupassant, Cocteau y Joseph Roth, entre otros. El Train Bleu no descansaba entonces de mover pasajeros desde París.

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Floriopoli, años de esplendor

Por Luis M. Alonso (19 de julio, 2009)


A finales del siglo XIX y hasta la Gran Guerra, Palermo, con sus palacios y villas de vacaciones, atrajo a las grandes familias de la nobleza italiana y europea – A finales del siglo XIX hubo un Palermo llamado Floriopoli que alargaba su horizonte residencial hasta la vieja Europa
Los leones del teatro Massimo de Palermo vigilan la fachada neoclásica de Giovanni Battista Basile, a uno y otro lados de las escalinatas donde se desarrolla el final operístico de la película de Francis Ford Coppola El Padrino III. El teatro Massimo es uno de los templos sagrados de la lírica, junto al Politeama. Surge en el límite extremo de la Via Maqueda, casi cerrando la ciudad vieja, donde algunos de los palacios de la nobleza, que en estos momentos permanecen en pie después del saqueo urbanístico, tienen como «okupas» a tipos que se afeitan en «canotiera» a la vista del público, entre la maleza que crece por debajo de las piedras, como en el Bonagia, y a mujeres que lavan la ropa en medio de la desolada grandeza de los patios de carruajes, con estucos de Serpotta incrustados en las paredes desconchadas.

A finales del siglo XIX y principios del XX hubo un Palermo llamado Floriopoli que alargaba su horizonte residencial hasta la vieja Europa, hacia París, con un balneario que se extendía de la ciudad vieja a La Favorita y la playa de Mondello, a través de hermosos y largos bulevares. El pintor Renato Gutusso, en un momento de pasión, comparó el Viale della Libertà con los Campos Elíseos.

Hablamos de la época en que las grandes familias europeas habían elegido para veranear la bahía palermitana y el Monte Pellegrino, que en otro tiempo cautivaron a los escritores viajeros. Durante muchos años los perfumes caldearon las alcobas que por las noches enfriaba el champaña. En la Vita quotidiana della Palermo di fine ottocento Charles Didier contabilizaba «123 príncipes, 90 duques, 157 marqueses, 51 condes, 29 vizcondes, sin contar los barones, que son innumerables, y caballeros, que se cuentan por miles».

El primer cambio de rumbo de la ciudad tuvo lugar en 1891, con la inauguración de la Exposición Nacional a cargo del rey Umberto I y la reina Margarita. El entonces ministro de Industria, Bruno Chimirri, se prodigó en grandes deseos. «Si la primera exposición nacional de Florencia fue un bello augurio y las de Milán y Turín, una revelación, la de Palermo es todo un acontecimiento político y un hecho económico, porque es la primera vez que se hace una muestra nacional en el mezzogiorno (sur de Italia)». El Gobierno de Roma había financiado la Exposición, en la que participaron ocho mil exhibidores, con un millón de liras y una lotería nacional. Todo aquel montaje arquitectónico, que durante tiempo después fue un reclamo turístico, se debió a Ernesto Basile, hijo de Giovanni Battista, continuador de la obra de su padre y uno de los artistas que han dejado mayor huella en la ciudad.

Con Basile nació también, en medio de un inmenso parque, Villa Florio, que ha sabido conservar toda la fantasía del Art Noveau. Los Florio, sus propietarios, se convirtieron en una dinastía digna de serial televisivo. El apellido legó a Palermo el nombre de Floriopolis, por medio de iniciativas filantrópicas y de una actividad cultural y social que le permitió mantenerse durante décadas como un lugar cosmopolita y mundano. Gracias a la familia se fundó el periódico «L’ Ora», en 1900, teniendo como primer director a Vincenzo Morello, uno de los mejores periodistas de su tiempo, que firmó bajo el seudónimo de Rastignac. Al mismo patrimonio de los Florio pertenece Villa Igieia, también obra de Basile, considerada hasta nuestro días el más hermoso hotel de Palermo y un lugar de belleza incomparable.

Palermo, «la bambina», como escribió Vincenzo Consolo, vivió otros trece años de esplendor desde principios del siglo pasado hasta el inicio de la Gran Guerra. Las fiestas de la Casa Whitaker, los sofocos de las nobles señoras: princesas Anna di Cutò y Giuseppina Lanza di Castelreale; o de las marquesas, Rosalia Salvo Ugo di Pietrangazilli y Adele de Setta; la duquesa Mara di Villa Gloria y la princesa Giulia di Trabia. En 1914 el sonido dulce de los carillones del recuerdo dio paso al estruendo de los cañones del primer conflicto bélico mundial del siglo. La Belle Époque en Palermo, como en París y en el resto de Europa, dio los últimos suspiros.

Un mundo dejaba paso a otro, como antes había ocurrido en El Gatopardo, la gran novela escrita por el primo gordo y silencioso del duque de Verdura, aquel niño al que no le gustaban los juegos al aire libre y era tímido con los animales. El mismo duque de Palma y príncipe de Lampedusa que de vez en cuando pasaba las tardes en Villa Niscemi, alrededor de las buganvillas.

La mañana que visité el lugar donde se encuentra enterrado Giuseppe Tomassi di Lampedusa, en el cementerio de los Capuchinos, un empleado con ganas de alimentar la curiosidad sobre los muertos me mostró también la tumba de un carabinero asesinado por la mafia. «Un buen padre de familia», dijo, y siguió enredando entre el rastrojo con una carretilla de un lado para otro. El hombre se asombró de que mi interés se centrase exclusivamente en el autor de El Gatopardo, que para él, como para muchos palermitanos, no significaba más que el recuerdo de un paisano ilustre y estirado que tenía a Sicilia por el Perú debido a las interminables chapuzas en la isla.

En los cementerios se lleva uno sorpresas. A Lampedusa, príncipe y duque, lo busqué entre los panteones de las grandes familias, hasta que el empleado de la carretilla me condujo a su última morada bajo una losa corriente sin mayores lujos, en la que fueron sepultados sus restos y que comparte con la psicoanalista letona Alessandra Wolff-Stommersee, «Licy», la mujer de su vida.

Yo quería matar el tiempo vagando por la última soledad de aquel solitario que, como él mismo decía, prefería estar con las cosas que con las personas. Sin darme cuenta de ello y en cierto modo estaba vagando por mi propio ser, que era como hacerlo por un Palermo de fantasmas.

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Restos del naufragio

Por Luis M. Alonso (12 de julio, 2009)



Albert Einstein se refugió en el mar del Norte huyendo del nazismo y Zweig asistió a la muerte de Europa en Ostende, donde James Ensor vivió aislado del mundo

«De zee» (pronúnciese sei) es un mar de sal gélido donde los peces se mueren de frío. No hay en el mundo un mar como el del Norte, tan denso de miedo, hinchado de agua e inmenso de magia. En Flandes las playas se parecen a las líneas de las manos, como si estuviesen inventadas por una naturaleza que prescinde del hombre y de la técnica, son paisajes para quienes están dispuestos a olvidarse de las montañas, los lagos, el agua verde estancada y sólo aman el mar, con el intenso amor del marinero en tierra que tiene miedo de embarcarse.

Hablemos de Flandes, sus playas y sus dunas. En agosto de 1933, Albert Einstein estaba sentado en la terraza del restaurante Le Coeur Volant, de la estación balnearia de De Haan, en francés Le Coq-sur-Mer, en compañía de James Ensor. El pintor le hablaba al físico del mar. Le decía que en él buscaba la consolación a las desilusiones que encontraba en los hombres. Ensor era un redomado misógino y creía, también, que la humanidad estaba representada por un conjunto de seres zafios. El autor de la teoría de la relatividad asentía, contándole a Ensor que lo que más le inspiraba del mar del Norte era su extensión y que en De Haan, donde se refugió un verano antes de regresar a Estados Unidos, después de que las SA registrasen su casa de Berlín, aprovechaba el tiempo para dar largos paseos por las proximidades de las dunas. El artista le recordó cómo le gustaría que le enterrasen en Mariakerke, cerca de la pequeña iglesia de Nuestra Señora de las Dunas, venerada por los pescadores, que él, junto con otros artistas, había contribuido a salvar de la destrucción en 1890. Ensor nació y murió en Ostende, donde pasó su vida.

Stefan Zweig estuvo por allí, asistiendo a la muerte de Europa: el mundo de ayer que tanto había idealizado. Cuando yo fui ya no era ni una sombra de su pasado. El Ostende que vi no tenía nada del lugar de moda de finales del siglo XIX, del antiguo balneario de la realeza y tampoco del puerto donde desembarcaban los espías aliados. El mar del Norte se retiraba todas las madrugadas dejando huellas de gigante sobre la arena de la playa y horas después llegaban hasta sus orillas los turistas ingleses para comer cucuruchos de gambas y mejillones. José Luis de Juan lo describe perfectamente en su libro Campos de Flandes. Efectivamente, el Visserkaai, muelle de los pescadores de Ostende, es una babel de ferris y restaurantes; de ingleses despistados que echan un vistazo a esta puerta alegre del continente antes de cargar chocolates y licores para el viaje de regreso. La ciudad está llena de chocolaterías, e Inglaterra aguarda al otro lado, envuelta en brumas, perdida y misteriosa tras la inmensidad del mar.

Cerca del paseo marítimo, vivió escondido James Ensor, aislado de las corrientes artísticas de su tiempo y rodeado de caracolas, conchas marinas y máscaras. Ensor fue un pintor extraordinario y turbulento. Sus fuentes de inspiración, la muerte, el Carnaval y el mar, proporcionaron contenido a sus cuadros de masas. En Los bañistas de Ostende, un óleo sobre madera en tiza negra y lápices de colores, recrea de manera satírica y jovial un día en la playa: dos docenas de mirones y un centenar de personajes, muchos de ellos con el culo al aire, cabalgando sobre las olas. Lo grotesco casi siempre figura en el primer plano de su obra.

Como recuerda De Juan, Ensor pintó hacia 1887 un grupo de estáticas figuras que se recortan contra un fondo marino de Turner. «Se diría una escena costumbrista de Brueghel o de Teniers y, sin embargo, hay algo extraño, algo monstruoso en esos personajes vestidos para la juerga. La rigidez de clase les impide salir de sí mismos. No están alegres ni ebrios, ni siquiera agitados como los campesinos de Brueghel y El Bosco: están muertos. Ensor certificaba la defunción de la sociedad que frecuentaba las playas de Ostende, pero, además, prefiguraba la estúpida sangría a la que personajes como ellos estaban llevando a Europa sin darse cuenta: la «Gran Guerra».

El casino; el Kursaal; la promenade Albert I; el Bloemenuurkwek, con su reloj de flores; el viejo hotel de las Termas, todo esto y lo que el viento o los bombardeos de las dos grandes guerras se llevaron, representan ese Ostende del mundo de ayer. Apenas nada, en el de hoy, salvo la fachada sombría del viejo hotel, con sus columnas que evocan fantasmas del pasado. Una melancolía que, en último caso, debería acompañarse de lecturas adecuadas para los otoños de las almas. Mann, Pavese, otros… Después, lo mejor es seguir las rachas de aire que sacuden la memoria por la costa de Flandes, 65 kilómetros de playas desiertas cubiertas de historia y poesía de Joseph Brodsky, Hugo Claus o Jacques Brel.

Zeebrugge está comunicada con la ciudad de Brujas por el canal Balduino. Se trata de un centro de vacaciones menos masificado que Ostende: una pequeña ciudad moderna sin grandes atractivos ni el eco de la historia, pero un buen lugar para comer pescado ahumado y platos rebosantes de conchas. En De Haan, además de la estancia breve de Einstein, veranearon Zweig y el poeta Emil Verhaeren, autor de Toute la Flandre. Escribe De Juan: «Por mucho que lo intento, no puedo imaginarme a esos dos caballeros que huyen del sol. En cambio, no me cuesta mucho ver a Jacques Tati intentando abrir un sombrilla contra el viento, o al Capitán Haddock bebiendo whisky en una de esas terrazas de De Haan mientras masculla canciones marineras».

A estas alturas, cuesta imaginárselo casi todo de todo aquello.

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Estoril 1982, sin noticias del diluvio

Por Luis M. Alonso (5 de julio, 2009)


Cuando Salazar se cayó de una silla apolillada durante su último veraneo en el fuerte de San Antonio da Barra, el Estado Novo empezó también a precipitarse

El salazarismo empezó a precipitarse por el abismo en 1968 cuando el hombre que dirigía con mano férrea Portugal desde hacía cuarenta años se cayó de la silla apolillada de lona, en la que acostumbraba a sentarse para leer los periódicos durante sus veraneos en el fuerte de Santo Antonio da Barra, justo a la entrada de São João do Estoril. Cayó de espaldas y recibió un fuerte golpe en la parte posterior del cráneo. El único testigo de aquello fue el barbero que le ayudó a levantarse del suelo. Las primeras palabras que escuchó del jefe del Gobierno era que nadie podía enterarse de lo que había sucedido.

Un mes después, la situación se complicó cuando António de Oliveira Salazar, a consecuencia del golpe, sufrió una grave trombosis y tuvo que ser operado. Los médicos decidieron entonces que no disponía de capacidad para seguir gobernando. El presidente de la República, el contraalmirante Américo Thomaz decidió, tras pensárselo mucho, nombrar nuevo presidente del Consejo de Ministros a Marcelo Caetano, ex rector de la Universidad de Lisboa que había ocupado los cargos de ministro de las Colonias y de la Presidencia.

A Salazar lo mantuvieron entubado durante un tiempo. El propio Caetano, en un gesto que delata las ganas que tenía de perder de vista al «doutor», dio la orden a los facultativos de que si otro ciudadano necesitaba las máquinas que le mantenían vivo las desconectasen y volvieran a conectarlas para salvar otra vida. No hubo necesidad de ello, puesto que Salazar se recuperó y los médicos que lo habían atendido llegaron a la conclusión de que podía irse a casa.

Entonces vino el segundo problema. Los mismos que querían librarse de él entendieron que el ex presidente del Gobierno tenía que retirarse a su casa natal de Santa Comba Dao, a más de 200 kilómetros de Lisboa. Y ahí fue cuando María de Jesús Caetano, doña María, la mujer que le acompañó durante la vida, ejerciendo las labores de gobernanta, ama de llaves, etcétera, se negó en redondo y sostuvo frente a la opinión de todos que la única casa digna de Salazar era el Palacio de São Bento, sede del Gobierno. Américo Thomaz, que se vio obligado a intervenir, aceptó finalmente que el ex jefe del Gobierno siguiese residiendo en la casa que había ocupado los últimos treinta y nueve años. Nadie del Régimen se atrevió a decirle al dictador que lo habían sustituido para que todo siguiera igual -Caetano lo llamó «la evolución en la continuidad»-, de manera que se puso en marcha uno de los esperpentos más disimulados de la historia. Los ministros acudían todos los domingos -su único día libre- a São Bento para despachar con Salazar, que raramente se dirigía a ellos ya que apenas hablaba. Doña María, la gobernanta, pendiente de todo, recordó que «el doutor» le había contado en una ocasión que a Stalin, cuando estaba muy enfermo y no podía gobernar, otros miembros del Politburó le entregaban ejemplares manipulados del diario «Pravda» para que siguiera viendo reflejada una actividad que ya no desempeñaba. A Salazar, en los periódicos que le daban a leer venían recortados los huecos donde aparecían referencias a Caetano. «O Século», que se declaraba independiente pero seguía consignas del Régimen, llegó a imprimir una primera página falsa para que Salazar siguiera creyendo en la gran mentira. Lo que nunca se sabrá es si el doctor de Coimbra vivía siendo consciente de ser el presidente del Gobierno o bien fingía. Cabe la posibilidad de que pasase los últimos días convencido de que la suerte del país y del Estado Novo dependían de él. Él mismo solía decir: «Después de mí el diluvio».

Hacía casi doce años desde la muerte de Salazar y no diluviaba; todo lo contrario lucía un sol espléndido aquel día de julio de 1982 en que me acerqué al Fuerte de Santo Antonio de Barra intrigado por los últimos veraneos del dictador a orillas del Tajo. La costa de Estoril abarca desde Carcavelos hasta Guincho. Parte de ella está surcada por la Marginal, una estrecha carretera de curvas vertiginosas, saturada de veloz tráfico, que bordea el río. Los coches pasan cerca del fuerte como balas, en dirección a las playas o bien dejándolas atrás camino de Lisboa. Estoril, parroquia de Cascais, fue el lugar de residencia de Juan de Borbón, en los tiempos que el padre del Rey vivió exiliado en Villa Giralda. Pero también acogió al militar y regente húngaro Miklós Horthy, al rey Humberto II de Italia y a Carol II de Rumanía, que murió allí en compañía de la vulgar Magda Lupescu.

Los ecos de esas voces y las de otros ilustres veraneantes no pesaban sobre los despreocupados bañistas ocho años después de la revolución de los claveles. Ella y yo observábamos los primeros compases de los surfistas sobre las olas en la playa de Guincho. Ella se llamaba Fernanda Moreira Brito, digo se llamaba porque Fernanda murió. Habíamos dejado por un día la rutina de Tamariz, y Cascais empezaba a crecer con los que no podían permitirse el alquiler de una villa en Estoril. Guincho era el océano, la playa abierta a merced de los vientos que nos libraban de la densidad agobiante del Tajo.

Fue entonces cuando Fernanda me habló de la superioridad las mujeres. Lo suyo se convirtió en un largo monólogo. «Antiguamente, según he oído, los hombres no querían ser guapos y las mujeres bonitas tenían fama de ser estúpidas. Hoy todo ha cambiado. Las mujeres guapas son cada vez más inteligentes; es prácticamente imposible encontrar una guapa tonta, por mucho que se intente. Por otro lado, los hombres ahora se preocupan por estar guapos ¿Qué es lo que ha sucedido?».

No supe responderle. Tampoco me importaba. Portugal registró aquel año la cifra más alta de divorcios de Europa y nadie se acordaba de los últimos días de Salazar. Lucía un sol deslumbrante. Eso era todo.

Categoría: otros veranos otras voces | Comentarios(0) | julio 2009 |