La pantera de Mozambique y las páginas amarillas de Zagreb

Por Luis M. Alonso (9 de noviembre, 2009)


Eusebio obtuvo hace 33 años, contra todo pronóstico, la Superbowl de la primera Liga oficial de soccer, al frente del equipo canadiense Toronto Metros-Croatia, integrado por expatriados de la antigua Yugoslavia
Ese deporte que nosotros llamamos fútbol y los americanos conocen por soccer tiene alguna que otra historia digna de desempolvar. La que viene a continuación ocurrió hace treinta y tres años y pertenece a la North American Soccer League, NASL, la primera Liga oficial de equipos de Estados Unidos y Canadá, que se disputó entre 1968 y 1984.

Para empezar, no tienen por qué sonarles los nombres de Bilecki o Grnja. El portero croata Zeljko Bilecki jugó seis temporadas como profesional en la NASL, tres de ellas en el Toronto Metros-Croatia, y las otras tres en el Tampa Bay Rowdies, Los Angeles Aztecs y el Tulsa Roughnecks, y disputó tres partidos con la selección canadiense. Su compatriota, el delantero Ivica Grnja, también conocido como John Grnja, fue compañero de Bilecki en Toronto y le siguió cuando éste se fue a Tampa. Años más tarde, en 1991, al mismo tiempo que los croatas iniciaban su camino hacia la independencia y estallaba la llamada guerra de la patria, Grnja, imbuido de patriotismo, entrenaba al NK Osijek, el equipo de la ciudad de Eslavonia y una de las más afectadas por los bombardeos serbios.

Junto a Bilecki y Grnja, en el Toronto Metros-Croatia de la segunda mitad de la década de los setenta, jugaban otros paisanos suyos expatriados de la antigua Yugoslavia: Blaskovic, Fazlic, Lukacevic, Juricko, Cukon y Sutevsky. Tampoco les sonarán sus nombres; leer aquella alineación era como repasar las páginas amarillas de la guía de Zagreb, según comentaría más tarde el único futbolista consagrado de aquel equipo, el portugués mundialmente famoso Eusebio da Silva Ferreira. El once titular lo completaban otros dos desconocidos: un brasileño que manejaba bien el balón, Ivair Ferreira, y un italiano, Marcantonio, que no dejó una sola pista en el fútbol internacional.

El caso es que la pantera de Mozambique y otros diez, los expatriados croatas, el brasileño habilidoso y el italiano conocido en casa a la hora de comer se proclamaron en 1976 campeones en de aquella Liga, la primera oficial en la historia de Estados Unidos. Y lo hicieron, además, contra todos los pronósticos.

Eusebio, con 34 años, era el número 10 del Toronto, un equipo mal visto en la organización de la NASL, porque tenía la sede en Canadá, donde los partidos eran seguidos por poco más de seis mil aficionados, casi exclusivamente de la comunidad yugoslava. Demasiado étnico para el gusto de entonces en la sociedad americana. Tanto es así que al comentarista televisivo John Miller le aconsejó la propia organización que se refiriese al equipo sin mencionar la palabra Croatia. En la NASL se prefería el glamour de Nueva York, donde jugaban Pelé y Chinaglia; de Los Angeles, donde lo hacía George Best; de San Antonio, que había fichado a Bobby Moore, o de Seattle, que tenía como delantero a otro de los héroes ingleses de la final de Wembley de 1966, Geoffrey Hurst. En los albores del soccer, todos ellos, figuras consagradas, arrastraban multitudes a los estadios y eran perseguidos por la curiosidad social.

En cambio, en Toronto, Eusebio estaba alejado de los efluvios de la fama, lo que le permitió concentrarse en el juego y lograr el campeonato en contra de todas las previsiones. La legión extranjera que lo acompañaba todavía no se lo creía viéndole como transformaba aquel libre directo en la Super Bowl de Seattle, que abría el camino de la victoria a los 41 minutos, frente a Minnesota Kicks. El gol era marca de la casa: el potente disparo salvó la barrera y le quemó las manos al portero Geoff Barnett, que no tuvo ni los reflejos ni la fuerza suficientes para evitar lo inevitable. El equipo de Toronto se impuso por tres a cero. Al final de la temporada, Eusebio había marcado 16 goles y facilitado cuatro asistencias en 21 partidos. «Nuestro equipo era como un patito feo, fuera de la esfera de los Estados Unidos, pero ganamos de una forma convincente. Fue todo muy bonito e increíble ya que nos olvidamos las botellas de champagne en casa y tuvimos que brindar con otra bebida», dijo entonces el astro del Benfica, al que los compañeros llevaron a hombros para celebrar la victoria. Eusebio todavía jugaría una temporada más en la NASL, vistiendo los colores de Las Vegas Quicksilver, donde le esperaba la ruleta del destino.

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Del maracanazo al alcorconazo: lecciones que no se olvidan

Por Luis M. Alonso (2 de noviembre, 2009)


Los jugadores del modesto Alcorcón era como si hubieran escuchado las palabras del uruguayo Obdulio Varela cuando les dijo a sus compañeros que no cabía arrugarse ante Brasil en la final mundial de Maracaná

Por lo general no siempre llueve a gusto de todos y los momentos que unos quisieran olvidar son los que otros recordarán toda la vida. Eso es lo que sucedió en la noche negra blanca de Santo Domingo, en la que el todopoderoso Real Madrid, el club más laureado de Europa y reconocido del planeta, recibió una lección de humildad y fútbol de parte del modesto Alcorcón, un equipo de Segunda B con un presupuesto 400 veces inferior. No fue una simple victoria de David frente a Goliath -la historia del fútbol las tiene por centenares-, las actitudes sobre el campo contribuyeron a engrandecer la gesta de unos y, al mismo tiempo, el ridículo de 14 jugadores consentidos por la fama que se arrastraron como almas en pena por el césped.

Ha habido resultados sorprendentes en eliminatorias de Copa -en Inglaterra se cuentan por docenas pero también en otros lugares- en las que equipos de lujo caían ante adversarios modestos de categorías inferiores. Todo lo que le ocurre al Madrid, sin embargo, se magnifica y más en estos momentos en que el club ha hecho el mayor desembolso de su historia para reactivar la galaxia blanca despertando grandes expectativas.

En el Mundial de 1966, Pak, un dentista de Pyongyang que practicaba el fútbol en sus ratos libres, arrastró por los suelos el prestigio de Italia, que perdió por 1 a 0 frente a Corea del Norte y fue eliminada antes de cuartos de final. La derrota se compara con la que Inglaterra sufrió de Estados Unidos por el mismo resultado en 1950. Argentina cayó ante Camerún en el partido inaugural de Italia 90 y aquello tardó en olvidarse a orillas del Plata.

Pero nada resultó tan doloroso y humillante como la derrota que sufrió Brasil ante Uruguay en Maracaná, cuando el anfitrión del Mundial de 1950 cayó ante 200.000 personas frente a una selección mucho más modesta que se presentaba como víctima propiciatoria. Los brasileños habían ganado los tres partidos anteriores por más de cinco goles y estaban en uno de los mejores momentos de juego de su historia. Los futbolistas de la canarinha eran tratados como reyes por la afición, al acabar los encuentros las limusinas puestas a disposición de cada uno los recogían a las puertas del estadio. Uno por uno habían recibido un reloj de oro grabado con la inscripción: «Brasil, campeón del mundo». Se habían vendido y regalado 500.000 camisetas con la misma leyenda y todo estaba preparado para la fiesta en Río de Janeiro, hasta el propio Jules Rimet, presidente de la FIFA, tenía listo un discurso en portugués que nunca leyó. En Uruguay, los periódicos animaban a los jugadores a no perder por más de cuatro a cero para poder evitar la vergüenza. Pero, faltando 11 minutos, Alcides Ghiggia disparó entre Barboza y el poste, y el balón se coló en la portería brasileña. Era el gol de la victoria de los uruguayos (1-2). El sambódromo se convirtió en un velatorio. «Sólo tres personas en la historia han conseguido hacer callar Maracaná con un solo gesto: el Papa, Frank Sinatra y yo», diría después Ghiggia, un jugador tan rápido sobre el césped como lenguaraz y presumido. Todo lo contrario que Obdulio Varela, el futbolista que lideraba aquella selección uruguaya, que consciente de la trascendencia del resultado se dedicó después del partido a consolar a los aficionados cariocas por los garitos de Copacabana en una de las fechas trágicas de Brasil.

El maracanazo, como se recuerda a aquella final de luctuoso recuerdo para los brasileños, y el alcorconazo son, como es obvio, cosas distintas. Pero se sitúan en el mismo plano del asombro y la humillación. Cuando se disputó la final del 50 en Maracaná, los uruguayos habían ganado ya una Copa del Mundo y los brasileños todavía ninguna, ello no impedía la veneración charrúa por los jugadores de la deslumbrante canarinha de los Bauer, Friaca, Zizinho y Jair, héroes nacionales mimados por la afición. «Muchachos, si los respetamos los brasileños nos van a caminar por encima, así que vamos a salir a ganar el partido», les dijo Varela a sus compañeros antes de saltar al campo. El martes, Santo Domingo no rugía como Maracaná, ni el penoso Real Madrid del otro día era Brasil, pero los jugadores del Alcorcón parecía que hubieran escuchado al capitán charrúa. Esa es la grandeza del fútbol.

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Un árbitro de tarjeta roja

Por Luis M. Alonso (26 de octubre, 2009)


Los inventores del fútbol, condenados a rumiar la vergüenza de Mike Jones, el colegiado de la Premier que demostró que desconocía el reglamento al dar por válido el gol más controvertido de los últimos tiempos

Los ingleses han aportado al arbitraje dos de sus señas de identidad: el silbato y las tarjetas. Estas últimas, gracias a Ken Aston, miembro de la FIFA, que decidió introducirlas para sancionar las infracciones en el terreno de juego después de que la idea le rondara la cabeza al observar en un semáforo el cambio de luces del amarillo al rojo. Sin embargo, los mismos inventores del fútbol tienen que conformarse ahora con rumiar la vergüenza por la actuación más desafortunada de un colegiado, la de Mike Jones, en el partido Sunderland-Liverpool de la Liga Premier celebrado el sábado 17 en el Stadium of Light.

Como ya sabrán, Darrent Bent, jugador de los Black Cats, logró el único gol del encuentro al golpear un balón que en su trayectoria rozó una pelota de playa de color rojo que un aficionado de los Reds había arrojado al área de Pepe Reina. El portero internacional español del Liverpool se distrajo e incomprensiblemente el tanto subió al marcador. Acto seguido y también de manera incomprensible la federación de fútbol inglesa decidió que el partido no debía repetirse pese a las repercusiones que tuvo para el desenlace del encuentro el escandaloso error arbitral de dar por válido el gol.

La normativa de la FIFA no admite dudas: «El árbitro debe parar, suspender o abandonar un partido cuando se producen interferencias ajenas de cualquier tipo». De manera que Jones debería haber anulado el gol, algo que sencillamente no ocurrió. Cabe deducir entonces que tanto Mike Jones, como sus ayudantes de banda y el cuarto árbitro desconocían el reglamento. Ergo, el partido no sólo debería haberse repetido sino que los cuatro colegiados tendrían que haber sido suspendidos a perpetuidad, porque no es lo mismo un error o doscientos de apreciación en el arbitraje de un partido que el desconocimiento de las reglas del juego por parte de los encargados de juzgar lo que ocurre durante los noventa minutos y el tiempo añadido.

Entre los grandes errores del arbitraje de todos los tiempos figuran obligar a repetir más de cinco veces el lanzamiento de un penalti, conceder el gol que no entró, dar por válido el que el jugador mete con la mano, pitar el final del partido un segundo antes de que la última oportunidad de un equipo se convierta en gol con el balón ya por el aire; inventarse penaltis que no existen, incluso cuando la falta se produce a veinte metros del área, y no pitar los que resultan indiscutibles, como aquel clamoroso de Iuliano a Ronaldo, con tal escándalo que llegó al Parlamento italiano. Incluso, últimamente están los de René Ortubé, el boliviano que, jugándose el último minuto de la prórroga, concedió el gol en fuera de juego de Palermo del reciente Argentina-Perú y acto seguido perdonó un penalti a los locales. En último caso, aunque en ocasiones nos mueva la sospecha, se trata de errores de apreciación, a veces censurables pero admisibles ya que todo el mundo tiene derecho a equivocarse, incluidos los árbitros de fútbol.

Lo de Mike Jones es otra cosa distinta. Ahí no hay error de apreciación que valga, sino un pecado grave de falta de profesionalidad. Si algo tiene que conocer un árbitro de fútbol son las reglas por la que el juego se rige.

Jones, que este fin de semana habrá arbitrado como castigo un partido de la Segunda División entre el Peterborough United y el Scunthorpe, debería aplicarse a sí mismo la tarjeta roja inventada por su compatriota Aston cuando esperaba con su coche el cambio de luces del semáforo de Kensington High Street. Tampoco sería una novedad, teniendo en cuenta que otros dos colegas paisanos suyos con mayor sentido del «fair play» y, desde luego, mucho más autocríticos, decidieron expulsarse a sí mismos por errores a simple vista inexcusables. Son los casos del árbitro de un Glasgow-Shefield, en 1930, que se quitó de en medio al comprobar que su camiseta era del mismo color que la del visitante, y el de Andy Wain, que tras arrojar el silbato al césped se enfrentó al portero de uno de los equipos que había protestado una de sus decisiones. Consciente de que su reacción había sido inapropiada optó por sacarse la roja y no hubo más remedio que suspender el partido.

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Otras batallas en el Río de la Plata

Por Luis M. Alonso (19 de octubre, 2009)


La historia de los enfrentamientos entre Uruguay y Argentina es rica: del «gol olímpico» de Cesáreo Onzari a las dos finales mundiales que ganaron los charrúas con la «inestimable ayuda» de Carlos Gardel
Uruguay y Argentina jugaron el miércoles en el «glorioso Centenario» un partido decisivo para la suerte de ambos en el Mundial de Sudáfrica. Ganó la albiceleste que no lo había hecho nunca anteriormente en Montevideo en encuentros de la Copa América o eliminatorias del Mundial o de los Juegos Olímpicos. Maradona, que recibió un aluvión de críticas por su trabajo con la selección, lo celebró invitando a los periodistas a una sesión de sexo oral. Sexo divino, hay que entenderlo, tratándose de Dios. El juego, sin embargo, fue de lo más terrenal.

Los choques entre los dos vecinos del Río de la Plata, rivales separados por el «Mar Dulce», se llevan celebrando desde hace más de un siglo. Los hinchas de uno y otro lado cruzan «el charco» y la pasión siempre está garantizada. No así el fútbol, como ocurrió en el partido del que les hablo y muchos habrán tenido la oportunidad de ver. Curiosamente en el primer encuentro celebrado entre las selecciones platenses, el 20 de julio de 1902, Argentina vistió de celeste, el color que luego adoptaron los charrúas. Se disputó en el Paso del Molino, en Buenos Aires, y ganaron los locales por 6 a 0. Desde entonces se han celebrado más de 180 clásicos.

Algunas fechas figuran remarcadas en las crónicas. Por ejemplo, Argentina utilizó la camiseta albiceleste por primera vez contra su vecino en un encuentro jugado el 13 de septiembre de 1908, que venció por 2 a 1. Dieciséis años después, también en septiembre, un 28 de ese mes, el partido amistoso que disputaban los dos combinados tuvo que suspenderse a los 4 minutos por graves incidentes del público en Buenos Aires. A los pocos días el encuentro suspendido se jugó con una alambrada para separar a los espectadores. Los uruguayos venían de ser campeones olímpicos, así que la red fue bautizada con el nombre de «alambrado olímpico». A los quince minutos, el argentino Cesáreo Onzari marcó un gol que se haría famoso por ser el primero de un tiro directo desde el córner. También se le llamó, ante el regocijo general, «el gol olímpico». La pelota entró en la portería sin que nadie por el medio la tocara. Los uruguayos, sorprendidos, protestaron al árbitro; según ellos, al guardameta Mazali lo habían empujado para apartarlo de la trayectoria del balón. El árbitro no hizo caso. Buscando la forma de entender lo que había ocurrido y para justificarse del gol, se dijo que la intención de Onzari no había sido disparar a puerta y que todo había ocurrido por culpa del viento. El jugador argentino se pasó el resto de su vida asegurando lo contrario.

Aunque el balance en cuanto a victorias resulta favorable a Argentina, Uruguay lleva ventaja en las eliminatorias importantes. En un total de 40 partidos correspondientes a la Copa América o eliminatorias olímpicas y mundialistas, Argentina se impuso en 17 ocasiones, Uruguay en 16 y se registraron 7 empates.

Hasta el otro día de la victoria albiceleste a domicilio, los uruguayos habían ganado siete de los diez partidos disputados en Montevideo y empatado los tres restantes. De los 19 encuentros celebrados en Argentina, los locales lograron la victoria en diez ocasiones y los visitantes lo hicieron en siete, hubo dos empates. Ahora bien, los charrúas tienen motivos para sacar pecho cuando se trata de dirimir méritos en los partidos decisivos. Por ejemplo, de los 40 encuentros citados, diez fueron finales de la Copa América, en las que Uruguay resultó campeón en ocho y Argentina únicamente en dos. Otras dos finales históricas fueron la de los Juegos Olímpicos de Amsterdam de 1928, que acabaron ganando los celestes tras un segundo partido. Y, claro está, la primera Copa del Mundo, celebrada en Montevideo, en la que los charrúas se impusieron por 4 a 2 a sus vecinos. La segunda ganada por Uruguay fue la de 1950, de Maracaná, frente a Brasil, por 2 a 1, ante casi 200.000 espectadores, con goles de Schiaffino y Ghiggia para los uruguayos, y de Friaca para los brasileños. Los locales recordaron muchos años la derrota como «la peor tragedia de la historia del país».

El tango se alineó curiosamente contra Argentina en las dos finales disputadas contra sus vecinos. La de Amsterdam, de 1928, y la de Montevideo, de 1930. En las dos, Carlos Gardel cantó en las vísperas para desearles suerte a los jugadores argentinos, una canción, Dandy, que había estrenado por aquellos días. En sendos choques perdieron, como ya saben, los albicelestes, y los uruguayos, para más inri, sacaron a relucir aquello de que por algo Carlitos había nacido en Tacuarembó y era paisano suyo.

El otro día en el Centenario fue diferente. El único que cantó y, además, de manera desafinada, fue el Pelusa, empeñado en demostrar día a día cómo se despilfarra el prestigio adquirido en los campos de fútbol. Esta vez el partido de los vecinos no era una final en busca de la gloria futbolística, sino más bien consistía en nadar hacia una tabla de salvación.

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Los "leones de Lisboa" defienden en el área del rival

Por Luis M. Alonso (12 de octubre, 2009)


«Jock» Stein, autor de la década prodigiosa del Celtic, firmó una de las páginas memorables del fútbol británico al imponerse con once jugadores locales al gran Inter de Helenio Herrera en la final de la Copa de Europa de 1967

El otro día vi una nueva edición de la «old firm» en el Ibrox Park de Glasgow. Se llevan disputados más de 380 Rangers-Celtic y no ha dejado de ser el derbi más apasionado del fútbol, con una carga emotiva superior al de cualquier otro de los grandes clásicos, y el más antiguo, con 120 años de existencia.

«Old firm» significa «vieja empresa», y tiene que ver con el beneficio que los dos principales equipos de la capital escocesa sacan de la «antipatía mutua», algo que no les impide negociar cualquier cosa juntos. De hecho, fuera del campo y cuando se trata del negocio de la televisión y de la publicidad, las dos entidades actúan como si fueran una sola. Dentro del terreno de juego, tanto si se trata de Ibrox como del Celtic Park, lo que ocurre es otra cosa totalmente distinta.

Los protestantes se impusieron esta vez a los católicos por 2 a 1, y el partido pudo terminar, como en otras ocasiones, con la mitad de los jugadores sobre el césped y los otros camino de la ducha por la contundencia mostrada en uno y otro bando. Dios sabe lo que disfruté y, al mismo tiempo que lo hacía, me acordé de una leyenda.

Hubo una vez un entrenador escocés que miraba a la grada del Celtic Park y les decía a sus futbolistas: «Tenemos la mejor hinchada del mundo, pero yo nunca he visto a un hincha meter un gol». El gol era la obsesión y John «Jock» Stein (1922-1985) siempre aspiró a encerrar a sus futbolistas con el balón en el área contraria, según él, ésa era la mejor forma de defenderse. Y, efectivamente, no hay otra más eficaz.

Stein consiguió algo que no está al alcance de todo el mundo: lograr la copa de Europa con un equipo modesto, el Celtic de Glasgow, de fabricación auténticamente casera, frente al mítico Inter de Milán de Helenio Herrera, que contaba en su alineación con un firmamento de estrellas: Mazzola, Guarneri, Facchetti, Domenghini, Corso y Capellini. Fue en el Estadio Nacional de Lisboa el 25 de mayo de 1967: el fútbol «puro y bello» del Celtic de Stein se enfrentaba al «catenaccio», fuertes marcas y contraataque letal, de la escuadra más competitiva de Europa.

Sandrino Mazzola marcó de penalti en el minuto 6 del primer tiempo y, como era presumible, los italianos empezaron a especular con el resultado a fin de conseguir la tercera copa de la década más gloriosa de su historia. Pero el Celtic no se vino abajo, intentó por todos los medios acertar con el abrelatas: Gemmell empató en el 63 de un fuerte disparo desde fuera del área y Stevie Chalmers logró el gol de la victoria en el 84. Jimmy Johnstone, aquel pelirrojo genial, volvió a mover al equipo como sólo él sabía hacerlo. El Celtic rompió una mala racha británica y consiguió para el fútbol de las islas la primera de las copas europeas, hasta entonces dominadas por el Real Madrid, el Inter y el Benfica. Desde entonces al equipo católico de Glasgow se le conoce como «los leones de Lisboa». De los once jugadores que alineó Stein en la mágica noche lisboeta, diez eran del mismo Glasgow y el otro había nacido a unos kilómetros.

El Celtic volvió a disputar, tres años después, una nueva final, a la que llegó tras dejar en la cuneta al Benfica de Eusebio, tras una ronda de penaltis, y al Leeds United, en las semifinales. El otro finalista fue el Feyenoord, que se impuso en la prórroga, pese a no figurar en las apuestas como favorito. Los escoceses se adelantaron en el marcador, pero perdieron por dos a uno. Quedaba inaugurada la mayor racha de éxitos del fútbol holandés, ya que el Ajax consiguió en 1971, 1972 y 1973 sus tres primeras copas europeas.

La década prodigiosa del Celtic discurre desde mitad de los sesenta hasta 1977, en que después de dos años de ceder el mando volvió a imponerse en la Liga. Entre 1966 y 1974 obtuvo nueve títulos consecutivos. Ganó ocho veces la Copa escocesa entre 1965 y 1977, y la Copa de la Liga, cinco años seguidos, de 1966 a 1970.

El truco de Stein consistía en moldear el espíritu de sus jugadores, a los que pedía insistentemente fútbol de ataque. Nadie como él repitió tantas veces que en el fútbol es importante ganar, pero más importante aún es jugar bien y entretener a los aficionados. Manejó con habilidad los recursos locales y de su paleta salieron, uno tras otro, los mismos colores: los futbolistas se retiraban sin que el equipo se resintiese y dejaban paso a otros que venían a hacerlo igual o mejor. Entre ellos, Kenny Dalglish, que luego recaló en el Liverpool con la misión de sustituir a Kevin Keegan, cuando este último se fue al Hamburgo.

Lo que hizo «Jock» Stein en el fútbol escocés no se ha repetido. En el inglés, donde sólo aguantó los 45 días del Leeds United, menos incluso que Brian Clough, no tuvo tiempo para ello. Su compatriota, Alex Ferguson, que lo sustituyó al frente de la selección de Escocia, gozó de una mayor oportunidad en el Manchester United.

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Taffarel o el aviso de Dios

Por Luis M. Alonso (5 de octubre, 2009)


El guardameta más famoso de la «canarinha» creyó ver hace cinco años una señal divina y abandonó el fútbol cuando su coche se averió en la autopista camino de Empoli, donde iba a fichar por el equipo local
¿Quién quiere ser portero pudiendo dedicarse a hacer «folhas secas»? O lo que es igual ¿quién está dispuesto a resignarse a que le cuelen el balón pudiendo colárselo él mismo al rival? Brasil, pese a ser una potencia futbolística, nunca destacó por sus grandes guardametas. La excepción, antes de que surgiese aquel tipo espigado con aspecto de alemán, había sido el gran Gilmar, con el que el Santos de Pelé logró en la década de los sesenta casi todos los títulos que disputó: cinco copas estatales deSao Paulo, cuatro torneos nacionales, dos copas Libertadores y dos Intercontinentales. Gilmar Dos Santos Neves jugó alrededor de cien partidos con la «canarinha» y defendió la puerta brasileña en tres campeonatos mundiales. El elegante portero había significado esa salvedad en un país donde casi todos juegan bien con los pies hasta que Cláudio Taffarel marcó el camino que luego han seguido Dida y Julio César, pieza esencial enla consecución de los tres últimos «scudettos» del Inter de Milán.
Taffarel (Santa Rosa, Rio Grande do Sul 1966) no sólo fue el guardameta que libró a Gilmar de pasar a la historia como una excepción, sino que él mismo fue excepcional como portero y como cristiano creyente. Hace cinco años, se dirigía desde Parma a Empoli para firmar el contrato con el equipo de esta última ciudad toscana cercana a Florencia, cuando el BMWque conducía sufrió una avería y se paró en la autopista. Taffarel, un hombre que cada vez que detenía un penalti señalaba al cielo en acción de gracias, creyó que aquel era un mensaje divino y decidió «colgar» los guantes. Telefoneó a los dirigentes del Empoli y les comunicó que abandonaba el fútbol. «No se trataba de un problema mecánico. Era una señal de Dios. El coche se detuvo de repente. Intenté sin éxito poner en marcha el motor dos o tres veces. Salí tranquilamente y telefoneé a los directivos para decirles que anulaba el acuerdo. Lo entendieron, eran buena gente», contó después el portero brasileño.
Cuando el cielo lo iluminó Taffarel tenía 37 años, una edad más que razonable para renunciar al fútbol profesional. Cabe sospechar que la señal divina la hubiera interpretado de manera distinta a mediados de la década de los ochenta, en el tiempo en que defendía los colores del Internacional de PortoAlegre; en los noventa, durante sus etapas del Parma, de la Reggiana, del Atlético Mineiro, o incluso en las penúltimas estaciones de su carrera, cuando decidió irse a jugar a Turquía con el Galatasaray, antes de regresar en 2001 al Parma, el equipo que le había contratado once años atrás para convertirlo en la imagen en Sudamérica de la empresa láctea Parmalat, que buscaba una expansión comercial.
En cualquier caso y dentro de su lógica de creyente, Cláudio Taffarel tenía razones para pensar que el coche parado en mitad de la carretera respondía a un designio divino, igual que el día que interpretó la ayuda de Dios en aquel penalti decisivo que le detuvo a Massaro en la final del Mundial de 1994, deEstados Unidos, frente a Italia. Como otras tantas veces en que el cielo le iluminaba, el BMWparado en el asfalto de la carretera a Empoli significaba para él, «atleta deCristo», un apagón. Jorginho, Mazinho, Bebeto, Denilsson, Lucio o el mismísimo Kaká, otros futbolistas compatriotas suyos de secta, sabrían entenderlo.
Su ánimo de creyente también debió de servirle entonces para aplacar a los boquiabiertos seguidores delEmpoli con el que iba a firmar el contrato. «Quiero disculparme con el club y los fans. Este pequeño incidente me ha hecho pensar en muchas cosas. He sentido que el destino estaba enviándome el mensaje de que para mí el fútbol se había terminado. Mi objetivo es quedarme en Italia y abrir un restaurante en Parma».
Así fue como el discreto guardameta siguió el camino de Dios, que en su caso era el de los negocios. En la actualidad, reparte el tiempo entre Parma y Porto Alegre, donde con un ex compañero del Atlético Mineiro, Paulo Roberto, dirige una empresa que representa a futbolistas a los que seguramente inspira la confianza que inspiraba a sus compatriotas cuando defendía a la «canarinha». Lo hizo en 101 ocasiones, más que ningún otro.
Cláudio Taffarel, con permiso de Gilmar, es en estos momentos probablemente el portero más popular de la historia de Brasil. Y ha roto, además, la inclinación natural de los brasileños a evitar aburrirse en la portería. El pasado enero, entre los 88 equipos que disputaban en Sao Paulo la Copinha, había catorce Romarios, ocho Leonardos, cinco Dungas y tres Bebetos, todos ellos héroes del Mundial de 1994. Los Taffarel eran nada menos que dieciocho; no sabemos si bajo el designio divino.

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La dignidad del bailarín de papel

Por Luis M. Alonso (14 de septiembre, 2009)


n Matthias Sindelar, capitán del Wunderteam y mejor futbolista austriaco de la historia, murió hace 70 años en circunstancias extrañas después de haberle dado la vuelta en el Prater a un partido amañado por el III Reich

En el rincón judío del cementerio central de Viena, no muy alejado de las tumbas de Beethoven y de Schubert, se encuentra enterrado Matthias Sindelar (1903-1939), el mejor futbolista austriaco de todos los tiempos y también el hombre que desafió a Hitler en el Prater ante miles de espectadores. En los años treinta fue el capitán del Wunderteam de Hugo Meisl, el equipo maravilla, como se conocía a la potente selección de Austria antes de convertirse en una de las primeras víctimas del nazismo. Sindelar, extremadamente delgado y virtuoso, pasó a la historia como «El hombre de papel» y «El Mozart del fútbol».

Entre 1931 y 1934, Austria disputó una treintena de partidos y sólo cosechó dos derrotas, la última de ellas en la semifinal del Mundial de Italia contra la selección azurra que dirigía Vittorio Pozzo, el estratega inventor del catenaccio. El campeonato estaba hecho a la medida del propagandismo de Mussolini y los italianos tenían que ganarlo sí o sí, de manera que lo hicieron a su estilo por uno a cero, después de marcar en fuera de juego, de que el árbitro les anulase injustamente el gol del empate a los austriacos y de que Sindelar acabase lesionado.

La otra derrota se había producido en diciembre de 1932, también de modo injusto, frente a Inglaterra en Wembley, por 4-3. Sindelar y el Wunderteam, perjudicados una vez más por las decisiones arbitrales, habían conseguido contrarrestar el bombardeo aéreo inglés, jugando corto y raso, disfrutando de las paredes, los pases al hueco y los regates. En la memoria londinense quedó grabado durante mucho tiempo un gol de antología del hábil delantero centro de Austria, que dejó sentados a un par de defensas y al portero antes de ver cómo el balón se alojaba en la red.

Pero, al contrario de lo que suele suceder, no fueron las derrotas las que llevaron a aquel maravilloso equipo de mentalidad atacante al ocaso, sino sus más hermosas victorias. Una de ellas, la última y que de acuerdo con no pocas conjeturas pudo costarle la vida a Sindelar, se produjo el 3 de abril de 1938, en un «partido amistoso» celebrado antes del Mundial de Francia. Aún estaban presentes en el recuerdo de todos el 0-6 infligido por los austriacos a sus vecinos germanos en Alemania y aquel otro 5 a 0 del Prater, cuando llegó el Asnchluss y con él el final del Wunderteam. Los nazis, con el argumento de que la patria era ya sólo una, «convencieron» a muchos de los jugadores de aquel equipo que había hecho historia de integrarse en su selección. Otros huyeron. Matthias Sindelar, sencillamente, se negó a vestir otra camiseta que no fuese la de Austria, que se había clasificado junto a Alemania para la fase final de París, que luego no pudo disputar.

Antes, sin embargo, Goebbels, que todavía no había dicho aquello de que ganar un partido era más importante que tomar una ciudad del Este pero seguramente ya lo pensaba, decidió amañar un último partido de despedida de los austriacos, en el que los alemanes, reforzados, demostrarían su superioridad frente a una selección vecina desmantelada que los nazis rebautizaron como «La marca oriental». Pero lo que no imaginaban es que allí estaba Sindelar dispuesto a partir una lanza por la dignidad y dejarse la piel en el campo. Los jugadores austriacos, pese a las bajas, se mostraron muy superiores a los alemanes, sin embargo la superioridad no se materializó en goles durante la primera parte. Cada vez que llegaban a la puerta contraria se acordaban de los «consejos» de la Gestapo y fallaban lo que parecía imposible fallar. Al igual que sus compañeros de equipo, aquel bailarín de papel parecía atenazado por la obligación de perder, el problema para Alemania es que eso sólo duró cuarenta y cinco minutos. Con la reanudación del partido, Sindelar, mucho menos cohibido, dio un recital de fútbol y marcó un precioso gol de vaselina. Después, cuando Austria anotó un segundo tanto, fue a celebrarlo junto al autor debajo del palco donde se encontraban los principales dirigentes del III Reich. El bailarín improvisó una danza ante la mirada enfurecida de los jerarcas nazis. Sindelar detestaba al nazismo por la persecución iniciada contra los judíos, entre ellos los directivos del Austria Viena, donde marcaría a lo largo de su carrera la friolera de 600 goles. Él mismo con 35 años, habiéndose ganado las iras de la Gestapo, pasó a ser un perseguido más entre los casi 150.000 exiliados internos de su mismo origen. No le perdonaron la ofensa y poco tiempo después, en enero de 1939, hallaron su cadáver y el de su amante, la cantante italiana Camilla Castagnola, tendidos sobre la cama de su casa en Viena. El informe del forense certificó que se habían suicidado inhalando gas de una estufa. Los bomberos sostuvieron que la estufa era nueva y que no notaron a su llegada al domicilio signos de que se hubiese producido una fuga. La Gestapo archivó el caso.

Al funeral de Sindelar y de su novia asistieron, entre fuertes medidas de seguridad ya que se temían revueltas, más de 40.000 personas y su club de toda la vida recibió cerca de 15.000 telegramas de condolencia. La calle Laerberg de Viena, donde vivió oculto con Castagnola los últimos ocho meses, la rebautizaron con el nombre de Sindelarstrasse. Han pasado setenta años de la muerte de Matthias Sindelar, los mismos que del inicio de aquella guerra instigada por los psicópatas asesinos a los que el futbolista austriaco, dando ejemplo de dignidad y coraje, puso en evidencia en el Prater.

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El viejo creído se remueve en la tumba

Por Luis M. Alonso (7 de septiembre, 2009)


Cinco años después de su muerte, una película sobre Brian Clough pone en evidencia algunos de los rasgos más criticados de la personalidad del irrepetible entrenador que logró la hazaña europea del Forest

Hace justamente ahora cinco años Brian Clough, «el Viejo Creído», apenas alcanzaba a ver pasar el mundo por delante de sus ojos en el lecho donde se moría como consecuencia de un cáncer de hígado. Las imágenes nítidas se sobreponían a las borrosas. En primer lugar, la Liga obtenida en 1972 por el modesto Derby County. Pero, sobre todo, el ascenso a la First Division (antecedente de la Premier) en 1977 por parte del Nottingham Forest que conseguiría un doblete al imponerse al poderoso Liverpool en la Copa de la Liga y en la Liga, para después obtener con este equipo, durante dos años consecutivos, la Copa de Europa, en la primera ocasión manteniéndose invicto.

La hazaña se produjo en 1979, el año en que Margaret Thatcher llegó al Gobierno para iniciar la voladura del viejo laborismo, y, en 1980, tras una final épica en el Santiago Bernabeu frente al Hamburgo, de Kevin Keagan, con un gol de John Robertson, y un partido memorable del portero Peter Shilton. Robertson, Shilton y Trevor Francis fueron futbolistas de referencia de aquel equipo provinciano que se caracterizó por jugar limpio y mimar el balón, en una Inglaterra dominada durante años por las marrullerías del Leeds United de Don Revie, la patada a seguir y el juego aéreo. Años más tarde, con la catástrofe de Hillsborough vendría un largo período de decadencia del fútbol de las Islas que arrastró al Forest y al Liverpool, dos equipos que se habían empeñado en «bajar el balón al pasto» y hacerlo rodar por él utilizando el sentido común. El mismo Clough, dotado de una facilidad asombrosa para elegir las frases, había dicho aquello de que, si Dios hubiera querido que se jugara al fútbol en las nubes, no habría puesto hierba en la tierra.

Pero si las imágenes de sus éxitos con «los carneros» del Derby y el Forest eran de las que el gran Clough, un entrenador irrepetible, podía sentirse orgulloso, había otras que no dejarían de producirle amargos recuerdos. Entre ellas, sus desavenencias finales con Peter Taylor, el hombre que le acompañaría como fiel ayudante desde los primeros tiempos en el Harlepool United y que coincidió con él en el Boro (Middlesbrough) en su etapa de jugador. Taylor siempre estuvo junto a él en las etapas de éxito. Al separarse momentáneamente para quedarse al frente de Brighton & Hove Albion, no tuvo que tragarse la humillación de los 44 días en que «Old Big ‘Ead», como era conocido Clough en las Islas por su fama de arrogante, se encargó del Leeds.

Es precisamente de ese período amargo de su vida del que se ocupa la recientísima película The Damnned United, dirigida por Tom Hooper, en la que Michael Sheen (The Queen, Frost/Nixon) interpreta el papel de Brian Clough y que ha puesto furiosos a sus familiares, que no le ven retratado con el respeto y el rigor que se merece, así como tampoco los hechos. Tanto el filme de Hooper como el libro del mismo nombre en que está basado, escrito por David Peace, que «Granta» eligió como el mejor novelista británico joven, ponen en contraposición el calamitoso paso de Clough por el Leeds y los éxitos logrados con el Derby County, pero acentúan con histrionismo los rasgos de personalidad que más disgustos le dieron al inolvidable entrenador: la arrogancia, su temible verborrea y la afición al alcohol. Nada de esto es incierto -de hecho Clough luchó durante más de una década contra el alcoholismo-, pero, si a todo ello sumamos los altibajos de su perfil profesional que destapa la película y la dependencia de Taylor, nadie debería asombrarse por el enfado de la familia.

The Damnned United sitúa los principales fracasos de Clough en su obsesión por superar al colega con el que peor se llevó, su paisano Revie. Según la ficción, el ansia de superar al que fuera durante trece años entrenador del Leeds United y posteriormente seleccionador inglés le arrastraría a cometer sus peores equivocaciones tácticas. Una de ellas, exponer a sus jugadores titulares en el Derby a las lesiones frente a aquella cuerda brutal de canallas del Leeds que encabezaba Billy Bremner, poco antes de una semifinal de la Copa de Europa contra la Juventus. Todo el que esté interesado, puede saber, sin embargo, que las causas de la derrota en Italia por 3-1 frente a la Vecchia Signora se debieron a otras razones polémicas pero que tienen poco que ver con la dureza de los enfrentamientos con el club de Ellan Road. Los dos jugadores más importantes del Derby County, Gemmill y McFarland, fueron amonestados sin merecerlo en el partido de ida estando amenazados de suspensión y no pudieron alinearse a la vuelta, y al jugador alemán de la Juve, Helmut Haller, se le vio entrar durante el descanso en el vestuario del árbitro, compatriota suyo. Clough acusó a los italianos de comprar al colegiado y como militante de la izquierda trajo a la memoria al fascismo y a Mussolini.

Ni el libro ni la película son desdeñables pese a las licencias que se permiten. Ahora bien, cabe pensar que mister Clough, un entrenador que ha pasado a ser leyenda, pueda estar removiéndose en la tumba. Se gustaba demasiado para poder reconocerse en Michael Sheen. Son conocidas sus frases «ya sé que Roma no se construyó en un día, pero es que yo no me encargué del trabajo» o «no diría que fui el mejor entrenador, pero estaba dentro del top uno». Para algunos su proverbial autoestima superaba a su sentido del humor. Para mí son lo mismo.

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De los Springboks a los Bafana Bafana

Por Luis M. Alonso (29 de junio, 2009)


El rugby y el fútbol: dos Pienaar, uno blanco y otro negro, protagonistas del sueño de Mandela

Bafana» significa «chico» en xhosa y por «springbok» se conoce en holandés a una gacela que habita en el África austral. Ambas palabras, más allá de lo que expresan por su propio enunciado, son marcas de referencia de los dos deportes de masas en Sudáfrica: el fútbol, pasión de los negros, y el rugby, distintivo afrikáner y estandarte del apartheid hasta 1995 en que Mandela logró congregar a toda una nación en torno a un equipo. Bafana Bafana, como ya sabrán, es el apodo que recibe la entusiasta selección nacional de fútbol, mientras que los Springboks representan una leyenda en el rugby sudafricano, agigantada después de aquella victoria histórica de Ellis Park, en Johannesburgo, ante la potente Nueva Zelanda.

Se da, además, alrededor de esto un paralelismo en la memoria que empieza por la simple coincidencia del apellido de dos de los protagonistas de este despegue deportivo de la nueva Sudáfrica, que tanto se ha asociado al espíritu de convivencia que Mandela trasladó a la sociedad tras la victoria en las primeras elecciones democráticas. Uno de los mayores cómplices del líder sudafricano en la conciliación del país, el ex capitán blanco de aquellos Springboks que consiguieron la gesta de derrotar a los enormes maoríes, en un partido sin ensayos, se llama Pienaar y vive en Ciudad del Cabo. Tiene el mismo apellido que el del artífice del juego sorprendente de los Bafana Bafana, un mediapunta del Everton que estuvo en un tris, el otro día, de hacer llorar a medio Brasil y que forma parte, junto a Modise y Parker, del tridente sudafricano.

No hay, como resulta evidente, signos externos que sirvan para establecer una comparación entre el François Pienaar, que colaboró con Mandela en el hermanamiento histórico del Mundial de 1995, y este Steven Pienaar, ídolo de la muchedumbre enfervorecida que ha asistido a los partidos de la Copa de Confederaciones. El Pienaar de Ciudad del Cabo es el prototipo afrikáner blanco, nacido en una familia trabajadora de Vereeniging, el lugar donde se firmó el tratado que ponía fin a la segunda guerra de los boers, y el mediapunta se crio en un gueto negro de Johannesburgo antes de crecer futbolísticamente en el Ajax de Ámsterdam. El ex capitán de los Springboks, licenciado en Derecho, es un padre ejemplar de dos hijos, uno de los cuales tiene a Mandela como padrino. El futbolista del Everton se libró no hace mucho de pagar una multa por supuestas agresiones a una mujer en Liverpool, tras haber sido detenido a causa de ello.

John Carlin cuenta en El factor humano cómo Mandela al contemplar por primera vez a François Pienaar vio en él al prototipo del afrikáner. El periodista añade al perfil del personaje que si los ideólogos del apartheid hubieran tenido la misma afición a poner el arte al servicio de la política que sus homólogos soviéticos habrían escogido al capitán de los Springboks, con su 1,92 metros de altura y los 120 kilos de músculo, para representar el ideal de la virilidad de los descendientes de aquellos campesinos holandeses que se empeñaron en establecer un orden odioso de discriminación racial que duró hasta bien avanzado el siglo XX. Para Carlin, Pienaar tenía entonces la gracilidad escultural del David de Miguel Ángel.

El propio Mandela confió, sin embargo, en la capacidad del jugador de rugby para asimilar la idea de una nueva Sudáfrica unida por encima del conflicto racial. Y no lo hizo porque el lugar de nacimiento de Pienaar, Vereeniging, provenga de la palabra afrikáner que significa unión, sino porque creyó en la buena voluntad del capitán de los Springbok desde el momento en que le estrechó la mano. Apeló al factor humano y acertó.

Ahora el país que mejor aprovechó el poder aglutinador del deporte tiene por delante la organización de un Mundial de fútbol. Con ello la posibilidad de seguir consolidando lo que empezó a fraguarse tras aquella victoria en rugby de 1995 contra Nueva Zelanda, cuando los Pienaar blancos y los Pienaar negros, unidos por el éxito de sus deportistas, comprendieron que tenían que vivir con los mismos derechos en una misma nación libre. La foto de Mandela con los jugadores de la selección nacional de fútbol en la víspera del encuentro contra Brasil, aunque el momento ya sea otro, ha servido para devolvernos la secuencia en que el gran líder africano saltó a Ellis Park con la camiseta y la gorra de los Springboks, convencido de que un partido era capaz de salvar a una Sudáfrica dividida por años de odio, como ha contado Carlin en el libro que Clint Eastwood ha llevado al cine.

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El hombre que primero empezó a soñar

Por Luis M. Alonso (22 de junio, 2009)


El malogrado Fernando Martín, pionero de la NBA, y su significado en la revolución del basket español

La tarde de enero de 1987 en que el desaparecido ex seleccionador nacional de baloncesto Antonio Díaz Miguel trató de insuflarle ánimos a Fernando Martín en Estados Unidos, el malogrado jugador ya había mostrado su determinación por seguir adelante en la NBA, en la que había ingresado unos meses antes siendo como era una estrella europea consagrada y máxime tras haber logrado una medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.

Martín, a sus cualidades técnicas sumaba un carácter envidiable de ganador que lo hacía superarse ante cualquier adversidad, pero la liga de las estrellas por la que había fichado resultaba demasiado inasequible para poder competir los suficientes minutos con sus apenas 2,06 metros de altura en un puesto, el de cinco, para el que los Portland Trail Blazers tenían a dos gigantes, Sam Bowie y Kevin Duckworth, fallecido no hace mucho. Su otro problema era una falta de velocidad evidente para poder moverse por la cancha con posibilidades de decidir en el juego. En seguida se dio cuenta de que los jugadores de su estatura de la NBA eran todos tan rápidos, al menos, como su ex compañero Juanito Corbalán, y que a «los bajitos» no los veía al pasar por delante de la velocidad que imprimían. Magic Johnson, el gran Magic, un jugador de otra galaxia, el líder del «dream team», medía exactamente lo mismo que él. Todas esas cosas eran las que le daban vueltas en la cabeza en los primeros días mientras aguantaba la soledad y esperaba un coche que no acababan de entregarle. Y no dejaron de atormentarle durante la temporada que pasó en «la ciudad de las rosas», a los pies del monte Hood. La determinación del deportista de superar la situación que se veía obligado a afrontar, ser casi nadie cuando venía de ser casi todo, libraba un duro combate con la pregunta que más llegó a hacerse en los momentos más difíciles de su nueva vida: «¿Qué diablos hago yo aquí?».

De hecho, cuando lo visitó su amigo Díaz Miguel llevaba varias semanas calentando el banquillo. Su antiguo entrenador lo acompañó en dos partidos, uno de ellos en New Jersey, donde Portland venció a los Nets, precisamente el primer equipo que había elegido a Fernando en el draft del año anterior, y, luego, en Milwaukee. Los dos partidos los ganaron los Blazers, pero el jugador español no pudo aportar en ninguno de ellos su granito de arena durante un solo segundo. La temporada terminó para él con 24 juegos disputados, un total de 146 minutos en los que anotó 22 puntos y capturó 28 rebotes. Con la temporada, se acabó el sueño y con él la aventura de intentarlo. A Fernando Martín no le gustaba perder y aquello le sumió en una amargura de la que sólo se libró jugando al baloncesto. Cuando ya hacía un tiempo que había vuelto a ser el mismo de siempre, un desgraciado accidente truncó su vida, en 1989, cuando sólo contaba con 27 años. Algunos no han dejado de llorar su pérdida.

Si Martín, primer español y segundo europeo en jugar en la NBA, hubiera resucitado de repente para ser testigo de la proeza de Pau Gasol al conseguir el anillo con Los Angeles Lakers, primero se habría frotado los ojos para cerciorarse de si estamos hablando del mismo sueño que él persiguió y, segundo, se habría vuelto loco de alegría al saber que el país de los bajitos por fin disponía del loco capaz de dominar los tableros en la cuna del baloncesto, el lugar donde sólo juegan los elegidos.

Esta concatenación del sueño de la NBA imaginado por Fernando Martín de la que se habló todos estos días atrás ya la empezó a hacer Rudy Fernández en el concurso anual de mates, al dedicar su actuación al hombre que abrió el camino por el que después circularon, con más o menos suerte, Gasol, Raúl López, José Manuel Calderón, Sergio Rodríguez, Jorge Garbajosa, Juan Carlos Navarro, Marc Gasol y el propio Rudy. El gesto precioso, ante millones de espectadores, de este último al quitarse la parte superior del chándal y exhibir la camiseta con el número diez que vistió Martín ha quedado grabado en el recuerdo. Cuando el jugador madrileño murió aquella fría tarde de diciembre en la M-30 a bordo de un Lancia Therma, Rudy Fernández no había cumplido aún sus cinco años de edad. No tendría por qué tener conciencia del jugador que fue pero sí, en cambio, la tuvo de su significado en la historia del baloncesto; de su importancia. De la misma manera que Fernando Martín se dio perfectamente cuenta de lo que estaba ocurriendo al ser el primer jugador español en vestir una camiseta de la NBA y exigir, como primera medida, que repusiera la tilde en la «i» para no ser un Martin cualquiera en aquella circunstancia histórica de la que veintitrés años más tarde se ha sacado provecho. Nunca me he alegrado más de que se hubieran acordado de una persona.

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