La vigilia del Libertador

Por Luis M. Alonso (29 de abril, 2010)


Jorge Volpi examina en El insomnio de Bolívar la realidad de América Latina y ofrece, con sentido del humor, un futuro imaginado

Hace tiempo que quería escribir acerca del vuelo de pájaro de Jorge Volpi (México, 1968) sobre América latina y no encontraba el momento. La última astracanada con los transgénicos, los calvos y los homosexuales de Evo Morales, uno de los caudillos democráticos protagonistas de su ensayo El insomnio de Bolívar, me proporciona hasta una pecha.

El caudillo democrático latinoamericano, como cuenta Volpi, no trabaja para la Historia, sino para el aplauso y la celebridad instantáneos. Lo mismo que sucede con los productores televisivos y sus guionistas, los asesores de imagen los obligan a alterar decisiones sobre la marcha con el fin de conservar o aumentar el nivel de aprobación. Por eso, cuando Morales habló el otro día de la Coca-Cola y de los pollos lo hacía imbuido de la conveniencia de lanzar un mensaje, fácilmente entendible por sus seguidores, contra el imperialismo industrial. Al final, todo se queda en propaganda, porque, de acuerdo con la tesis que arroja el libro del que les hablo, los nuevos caudillos de América latina se dedican a defender la soberanía en contra de los espurios intereses extranjeros mientras hacen negocios con toda clase de empresas transnacionales. Arremeter contra los privilegios de los ricos, aunque en secreto se pacte con ellos, forma parte del decálogo del caudillo democrático que persigue el sueño de Bolívar mientras el Libertador permanece en su vigilia.

El ajuste de cuentas de un escritor mexicano que descubrió su condición latinoamericana en Salamanca, «frente a las severas estatuas de Fray Luis de León y Unamuno», cuando tenía 28 años y nunca antes había percibido tal cosa, es intrínsecamente literario. Volpi, a través de fogonazos, desvela la realidad de América latina. El primero de ellos es la rebelión cívica en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, contra las políticas centralistas de La Paz; luego se detiene en Caracas para hablar no de Chávez, sino de Gustavo Dudamel y de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, «una esperanza más allá de las insulsas arengas de los políticos»; después, recuperando una imagen de julio de 2006 en el paseo de la Reforma de México D. F., les toca el turno a los seguidores de López Obrador, ante el triunfo supuestamente fraudulento de Calderón en las elecciones de ese año; más tarde, se para en las calles de Santiago de Chile, en las que los chilenos intentan atrapar desde hace tiempo el sueño del primer mundo; o salta a Managua para dejar constancia del «reality show», mejor dicho, del serial de violencia doméstica, que protagoniza Daniel Ortega, al que su hijastra acusa de acoso sexual; o vuela a Buenos Aires, diciembre de 2007, para asistir al siguiente episodio del culebrón Kirchner, el nuevo experimento familiar pos-Perón que padecen los argentinos; o se planta en La Habana, en junio de 2008, donde Fidel Castro, en chandal, retirado de la política, continúa, según el autor, hechizando la imaginación latinoamericana como símbolo imperecedero de los más altos ideales y de su traición a ellos.

Al autor le cuesta elegir entre el indigesto panfleto de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, que Chávez regaló a Obama, y El perfecto idiota latinoamericano, réplica visceral que escribieron en la década de los setenta Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. De hecho, sugiere que al pesimismo de Galeano habría que oponerle el ensayo del periodista británico Michael Reid Forgotten continent. The battle for Latin America’s soul (2007), que aboga por las reformas institucionales del presente frente a la vía revolucionaria del pasado.

Las cuatro consideraciones de Volpi sobre América latina, intempestivas, como él mismo reconoce en el subtítulo del ensayo, o no, son de lo más pertinente. En último caso, interesantes por lo provocadoras. En la primera de ellas cuenta cómo el realismo mágico, la materia que utilizaron los escritores del «boom» para describir el asombroso paisaje, fue sepultado, y cómo la región se ha convertido en algo más difuso, aburrido y normal. Volpi reprocha a los autores del «boom» sus envejecidas proclamas. Fueron ellos los que recuperaron el viejo sueño de unidad después de la experiencia de la Revolución Cubana y los que, con su éxito espectacular, consagraron la imagen de una América latina distinta y exótica. Eso ya no sirve, ahora que han desaparecido casi todas las dictaduras y las guerrillas y lo que queda son frágiles y pintorescas democracias.

La segunda de las consideraciones tiene que ver con la trágica suerte de los países latinoamericanos, la injusticia, la corrupción y la mediocridad de unos gobernantes devenidos en caudillos. El ensayista mantiene que, más allá de las diferencias que han servido para enfrentarlos, Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Rafael Correa, Evo Morales, Martín Torrijos, Néstor y Cristina Kirchner y Daniel Ortega comparten cierto estilo, aunque sus seguidores jamás lo reconocerían: «¿Quién osa comparar al fascista Uribe con el revolucionario Chávez?, ¿quién se atreve unir al tiránico Chávez con el liberal Uribe?». Pero es verdad que todos se han presentado ante sus sociedades con la misma propensión al populismo, idénticos tics mesiánicos, igual tentación salvadora y, sobre todo, como remarca Volpi, con «la misma íntima desconfianza hacia las reglas democráticas».

La tercera secuencia pertenece al azaroso perfil de la región, sus espejismos y quimeras, y las nuevas generaciones de escritores, reverso de los anteriores, convertidos en apátridas. En la cuarta Volpi establece un paralelismo imposible a través de extremos que se tocan, como son los casos de Ciudad Juárez-El Paso o La Habana-Miami.

Finalmente, el autor, en una pirueta fantástica, consigue que el sueño bolivariano se cumpla en la primera década del tercer milenio de nuestra era con la promulgación de la primera constitución de los Estados Unidos de las Américas, en 2110. Para Volpi, el mayor logro de América latina en tres siglos de historia ha consistido en desaparecer y unir su destino al del poderoso vecino del Norte. Entretanto, el Libertador seguirá sin dormir tranquilo.

El escritor que eligió el extranjero para sentirse en casa

Por Luis M. Alonso (17 de febrero, 2010)


Nueva edición de «La copa dorada», la novela más compleja de Henry James, un maestro de la intriga psicológica
Chesterton describió a Henry James (1843-1916) como a un americano que había reaccionado contra América e impregnado su sensible psicología de todo lo inglés en su aspecto más anticuado y aristocrático. Por esa, entre otras razones, supongo que eligió Rye para vivir. Quienes hayan estado en esa pequeña población del este de Sussex, situada entre Dover y Hastings, sabrán lo que allí significan las sombras del pasado, y la anglofilia que puede despertar la ciudadela encaramada en la colina, la torre Ypres, las empinadas callejuelas, las casitas de ladrillo cubiertas de hiedra con sus macizos de geranios y el abrigado puerto que tanto le gustaba a Daniel Defoe.

En Rye James vivió los últimos años de su vida, entre 1898 y 1916, en Lamb House, la casa de West Street. En ella, pasó largas temporadas su hermano William y, como contó también Chesterton, tuvo tiempo de reverenciar a los antepasados que la habían habitado. «Creo que, en cierto modo, él se consideraba realmente una especie de mayordomo o custodio de los misterios y secretos de una gran casa por la que los fantasmas podrían haberse paseado con todo el derecho del mundo». De hecho, según la leyenda, aquel americano con ínfulas europeas habría rastreado en el árbol genealógico de la familia desaparecida hasta encontrarse con un vulgar descendiente, empleado de comercio, que vivía en el norte industrial -¡madre mía, qué triste!, diría uno de los niños del Ritz de Evelyn Waugh-, para invitarlo personalmente a conocer el hogar de los ancestros. Cabe imaginarse a Henry James, envarado, con la elegante vacilación con que impostaba el acento, recibiendo a aquella persona ajena al pastel. De la vacilación impostada del autor de Retrato de una dama hizo uno de sus trajes el gran Chesterton: «No la compararía, según la perversa frase de Mr. H. G. Wells, con un elefante intentando coger un guisante, pero es cierto que parecía poseer una probóscide flexible y extremadamente sensible que se abría paso por una selva de hechos que para nosotros resultaban a menudo indivisibles».

Henry James logró sentirse en el extranjero como en casa, eso sí, evitando mostrar el asombro y la inocencia con que describe a algunos de sus compatriotas personajes literarios frente a la sofisticación europea. Como ocurre en Retrato de una dama (1881) y La copa dorada (1904), la última y más compleja de sus grandes novelas, que ahora devuelve Alba a la actualidad con una nueva edición en español con traducción de Andrés Bosch y revelador prefacio de Alejandro Gándara. Escribe Gándara sobre los giros de una llave: el primero de ellos, el de la invención de la voz narrativa, que se sitúa en un lugar completamente distinto al conocido en la novela decimonónica. El segundo, el que abre la puerta de una nueva sensibilidad del narrador abocado a bucear en las conciencias de sus personajes. A James se le conoció por «el Maestro», debido a una escritura inteligente, compleja, que explora las intrigas dramáticas y psicológicas por debajo incluso de la más simple de las interacciones humanas y de los acontecimientos. Además de esa profundidad se distinguió por su gran conocimiento del lenguaje, sin embargo, algunos detractores criticaron su estilo por ampuloso y barroco.

En La copa dorada, un multimillonario americano, Adam Verver, decide, de igual manera que compra y colecciona antigüedades, regalarle como marido a su hija, Maggie, un príncipe romano, Americo, refinado pero sin dinero, al mismo tiempo que elige para contraer segundas nupcias a una joven compatriota, amiga del noble, que vuelve a revivir con este último, en una situación opulenta, el amor al que ya se habían entregado en la pobreza. Adulterio, intriga y el secreto de una copa agrietada se juntan en la trasfondo de la novela.

Alguien le ha atribuido al autor de La copa dorada un sentido del humor que yo jamás he encontrado en la lectura, muchas veces esforzada y quizás demasiado entusiasta, de sus libros. El propio Chesterton cuenta cómo, a pesar de ser una persona con fama de sutil, fue incapaz de percibir, a propósito de una anécdota que ambos vivieron, la ironía de la mejor comedia en la que tomó parte. Volvamos a Rye, porque fue allí donde sucedió. Henry James y su hermano William se encontraban de visita de cumplido en la casa que había alquilado Chesterton en la aldea inglesa donde vivía el escritor norteamericano. De repente al anfitrión y a sus invitados los sorprendieron un amigo miembro del Parlamento y un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores que llegaban sin un penique en el bolsillo, después de un accidentado viaje por Francia. Les dejo con Chesterton: «Allí, al otro lado de la mesita de té, estaba Europa, estaba aquella cosa vetusta propia de Francia e Inglaterra, los herederos del terrateniente inglés y del soldado francés; andrajosos, sin afeitar y pidiendo cerveza a gritos, que ignoraban con total desvergüenza la diferencia entre pobreza y riqueza, repantigados, indiferentes y seguros de sí mismos. Desde el otro lado de la mesa, los contemplaba el refinamiento puritano de Boston, y la distancia que los separaba era mayor que el Atlántico». Enfundado en su impoluta levita, James no salía de su asombro ante aquellos dos lunáticos y sólo tuvo certeza de la clase social a la que pertenecían cuando uno de los presentes sugirió trasegar una botella de Oporto y salir en procesión religiosa por las calles de Rye.

Lejos de perder la compostura puritana que confusamente atribuía al viejo mundo, al final tenía razón Gore Vidal cuando escribió que, pese a intentarlo, no había nada que James hiciera como un inglés, ni tampoco como un norteamericano. Tenía su propio mapa.

Talentino vuelve a las andadas

Por Luis M. Alonso (25 de enero, 2010)


Antonio Cassano, fiel a la espiral autodestructiva desde que dejó la Roma, ha vuelto a declararle la guerra al entrenador de la Sampdoria, Luigi del Neri, del que ha asegurado no entender nada de lo que dice
Antonio Cassano, conocido popularmente como Fantantonio o Talentino, no necesita una calculadora para echar cuentas sobre su vida. En 2008, cuando tenía 26 años, dijo que había vivido diecisiete de ellos como un desgraciado y los nueve restantes en plan millonario. «Me faltan todavía ocho para empatar», agregó entonces. Es posible que los pase haciendo dos de las cosas por las que ha alcanzado notoriedad: jugar al fútbol y negarse a hacerlo. Como hasta ahora ha venido ocurriendo.

De momento, el futbolista posiblemente con más talento de Italia vuelve a estar inmerso en la espiral autodestructiva que le envuelve de manera cíclica desde que dejó la Roma. La última de Cassano es que no quiere volver a jugar en la Sampdoria, después de haberse enfrentado a gritos con su entrenador, Luigi del Neri. El equipo de Génova venció ayer al Udinese en el estadio Friuli por 2-3, tras una racha de partidos sin ganar desde el pasado 22 de noviembre. Talentino, que se quedó fuera de la convocatoria, le reprochó alterado a Del Neri que no tuviese, al menos, la decencia de decir públicamente que se encuentra lesionado. El entrenador se apresuró a quitar hierro al asunto, explicando que si Cassano no juega es por motivos tácticos, no disciplinarios, y que fuera de casa prefiere a futbolistas con buena preparación física antes que a los de calidad. «A Antonio hay que convocarle sólo si va a jugar. No es conveniente que esté en el banquillo», añadió con la intención de despejar las dudas.

Pero Antò, como le llaman los amigos utilizando el diminutivo apuliano, la puede liar en cualquier momento: dentro o fuera de la convocatoria. Lo demostró en una de sus etapas más delirantes, la que pasó en el Real Madrid, cuando, en compañía de Diarrá y Ronaldo, se dedicó a criticar y ridiculizar a Fabio Capello, secuencia que grabaron las cámaras de televisión. Aquello le costó la confianza de un entrenador al que, primero, en la Roma, veneraba como un padre y se empeñó a toda costa en seguir a la Juve y al que, más tarde, le perdió el respeto. «Es más falso que los billetes del Monopoly», llegó a decir de él. Sin embargo, sólo Capello consiguió durante aquellos años romanos controlar en su justa medida las «cassanate». Para ser exactos, lo lograron entre él y Totti, al que quería imitar, y con el que rubricó algunos de los momentos más inspirados del fútbol. Francesco Totti, «Er Pupone», como lo llaman en Roma haciendo uso del dialecto local, acabó de Talentino hasta las narices.

Con Del Neri, Cassano ha tenido más de un contencioso. Suele repetir que no entiende lo que dice el entrenador de la Samp e incluso llegó a dedicarle uno de los aforismos de su segundo libro, Las mañanas no sirven a nadie, en el que insiste en que no se entera de nada de lo que dice el entrenador pero que eso no le ha impedido hacer las paces con él. La paz, no obstante, como ahora se ha demostrado con este último enfrentamiento en vísperas del encuentro con el Udinese, es frágil.

¿Un libro, Cassano? Pues sí. ha escrito, mejor dicho firmado, no uno, sino dos. Él mismo dice que es la única persona en el mundo que es autor de más libros que los que ha leído. Su primera «obra literaria» fue la biografía Lo digo todo, en colaboración con Pierluigi Pardo, un periodista de la cadena de televisión Sky. La segunda, la de los aforismos, incluye una serie de perlas definitorias de su peculiar forma de ver las cosas. Disparatada, para ser más exactos.

En sus memorias, Antò hablaba de las seiscientas o setecientas mujeres con las que supuestamente hizo el amor, sin incurrir en un solo «gatillazo». De los croissants que le llevaba un camarero amigo suyo a la habitación del hotel después de cada una de las largas sesiones de sexo, en las concentraciones de su etapa en el Real Madrid. O reconocía cómo el fútbol le había librado de ser un delincuente callejero y, más tarde, presumiblemente, un mafioso de la Sacra Corona.

Para entender esto último hace falta conocer Bari, la segunda ciudad más populosa del sur de Italia después de Nápoles, y uno de los lugares donde la miseria y la violencia se extienden desde los barrios periféricos hasta las inmediaciones de la Piazza Ferrarese, en el centro. Allí, entre el tráfago urbano, las sirenas de los coches de la Policía y las redadas de la mafia, creció Antò. Él mismo cuenta cómo fue pobre y nunca se preocupó de trabajar. No sabía hacer nada y aprendió en la escuela de la calle que el mundo de las oportunidades era otro. Había una forma distinta de abrirse camino en la vida. Lo hizo pegándole patadas al balón entre los puestos de los mercadillos de la «città vecchia».

El aforismo 363 de su conjunto de perlas engarzadas en el libro Las mañanas no sirven a nadie, Talentino recordó cómo la noche en que había nacido, en julio de 1982, los médicos estaban borrachos y celebrando que Italia se había proclamado campeona del mundo en Madrid. Nunca ocultó su obsesión por la «azzurra», pero reconoce que jugar en la selección le resulta difícil puesto que sólo en la Play Station es posible hacerlo con cuatro puntas. Personaje.

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Visiones pirotécnicas de Chesterton en Estados Unidos

Por Luis M. Alonso (14 de enero, 2010)


«Lo que vi en América», obra inédita hasta ahora en español, incluye reflexiones viajeras del prolífico y gran escritor
Hay una inteligencia irreductible que sobrevive a la erosión del tiempo. Por eso, leer a G. K. Chesterton sigue siendo un reconstituyente vital y un acicate para la curiosidad más exigente. Por eso mismo también, como escribe Abelardo Linares, director de la editorial Renacimiento, la lectura de este prolífico escritor de ficción y ensayo tiene mucho que ver con ser un niño y asistir una noche estrellada de verano a un espectáculo de fuegos artificiales. Efectivamente, deslumbran las palabras y las ideas por su estruendo y fogosidad, y lo artificial de su pirotecnia literaria lo es en el sentido del verdadero arte, nunca en lo artificioso.

Renacimiento ha recuperado un inédito en español de Chesterton, Lo que vi en América, publicado por primera vez en 1922. Se trata de un conjunto de impresiones que el autor sacó a raíz de un viaje a Estados Unidos. No son sólo impresiones, rememorando con frecuencia al viejo Dickens, del país que se visita por primera vez. Chesterton siempre apunta en varias direcciones y dispara a todo aquello que se mueve o le inquieta; de modo que entre conferencia y conferencia le da a tiempo a detenerse en las modas y costumbres de los americanos para volver una vez más sobre los viejos asuntos: entre ellos Inglaterra y la lógica.

El turista no se entera apenas de nada pero el viajero, como el mismo Chesterton reconoce, nunca logra entender al país extraño. Lo contrario requeriría tiempo, observación, ganas y suficiente espíritu para plegarse a los hábitos del lugar mostrando interés por ellos. Los ingleses, por ejemplo, han dado la vuelta al mundo creyendo encontrarse en casa y esto no ha contribuido precisamente a una identificación del exterior. Normalmente, el extranjero aprecia la característica del país que visita, que le resulta fantástica, sin llegar a advertir la que le sirve de equilibrio. «El inglés va, lo mismo por pequeñas aldeas suizas o italianas que por montañas agrestes e islas remotas, pidiendo té en todas partes sin pensar que se comporta igual que un chino que entrara en todas las tabernas de camino a Kent o Sussex pidiendo opio. Pero la cuestión no es sólo que pida aquello que no puede esperar que le ofrezcan, sino que ignora incluso aquello que le ofrecen», escribió.

Chesterton, obviamente, no era el tipo de inglés que se comporta igual que un chino buscando opio en Sussex. Probablemente nunca fue un buen turista pero sí un meticuloso viajero lleno de curiosidad capaz de confrontar y extraer conclusiones inteligentes entre lo que conoce y aquello que le resulta nuevo. No se agota, pese a que siempre utiliza los mismos trucos; lo suyo no es la sorpresa, sino el reencuentro gozoso con los mismos temas: la probabilidad de la muerte, el progreso, el futuro de la democracia, el patriotismo, la batalla contra el mal, la lucha contra el despotismo, la religión etcétera.. Resulta imposible salir de una obra suya tal y como se ha entrado. Se sale otro, igual que si se hubiera librado un combate de las ideas, y tan feliz como después de una velada etílica entre viejos amigos. En su visión de Estados Unidos, hay referencias a las ciudades, al campo, a la Prohibición, a Lincoln y a las causas perdidas, al problema irlandés y la visión que tienen de él americanos e ingleses, a las modas y las costumbres, la opinión pública y la prensa. Y, por supuesto, a Inglaterra. Son especialmente divertidas sus reflexiones sobre el trabajo de los entrevistadores neoyorquinos y los encargados de ponerle el titular a las entrevistas que le hacen. Chesterton cuenta que una de las primeras preguntas que le formularon al llegar a Nueva York fue cómo explicaría la ola de crímenes que estaba padeciendo la ciudad. «Naturalmente yo respondí que podría deberse al número de conferenciantes ingleses que últimamente habían desembarcado».

Evidentemente, el gran escritor inglés no cayó en la misma trampa que el arzobispo de Canterbury, que, pese a haber sido advertido en Southampton, antes de embarcar, de la impertinencia de los reporteros americanos optó por responder preguntando, a su vez, cuando le pidieron su opinión sobre la proliferación de las casas de putas en Manhattan. «¿Hay de verdad muchas casas de ésas?». Al día siguiente, el sumario de la noticia de la llegada del prelado británico a la ciudad no dejaba lugar a la duda sobre las verdaderas intenciones de la pregunta: «Lo primero que hizo el arzobispo al pisar Nueva York fue preguntar: «¿Hay muchas casas de putas en Manhattan?».

Este método del empujón, según Chesterton, hacía de los reporteros norteamericanos unos auténticos artistas: «Para un inglés sería mucho más difícil preguntarle de improviso a un completo extraño la exacta inscripción que se lee en la tumba de su madre», escribe. Lean a Chesterton.

El equipo del momento lográ un récord

Por Luis M. Alonso (21 de diciembre, 2009)


El gran Barça de Pep Guardiola consigue de un golpe seis títulos y una leyenda urbana al ser considerado por algunos el mejor conjunto de la historia, cuando el historial de otros demuestra claramente que no es así

En el fin de semana se ha producido un hecho digno de tener en cuenta por partida doble. El Barcelona de Guardiola, el mejor equipo del momento, se ha convertido en el campeón de todo y ha hecho historia después de haber ganado seis títulos, los posibles. Para conseguirlo superó el sábado un resultado adverso contra Estudiantes de la Plata, que tuvo la victoria en sus manos a falta de dos minutos y renunció al fútbol para retenerla. Se puede hablar de este Barça como un grupo de jugadores que siempre recordaremos al haber logrado en una temporada algo que otros grandes equipos no consiguieron, en buena medida y en algunos casos, porque tampoco dispusieron de la oportunidad de hacerlo al no contar en su momento con tantas probabilidades u opciones. Posiblemente, este de Pep Guardiola, un hombre cabal para un milagro, sea el mejor Barcelona de todos los tiempos. Ahora bien, ¿le convierte eso en el mejor equipo de la historia, como se intenta hacer creer? Yo, al menos, pienso que no, ya que la historia es la narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, y, en este caso, el pasado es aún insuficiente.

Al Barcelona no se le puede quitar el mérito de haberlo logrado todo a su alcance con un fútbol brillante, incapaz de superar con resultados. Pero tampoco se puede ignorar que lo que ha conseguido en un año de excelencia, como ahora dicen los cursis, no le convierte, obviamente, en el campeón de la historia, cuando la historia del fútbol ha tenido ante sí equipos que han contribuido a hacerla grande: el Real Madrid de Di Stéfano, el Inter de Helenio Herrera, el Ajax de Cruyff, el Bayern de Beckenbauer o el Milan de Sacchi, por poner cinco ejemplos europeos. En Sudamérica tienen los suyos a la hora de confrontar historiales.

El palmarés también ayuda a entender una mejor visión del mejor de todos los tiempos si se trata de la historia: para demostrarlo y con respecto a nuestro entorno inmediato, el Real Madrid tiene nueve copas de Europa en sus vitrinas; el Milan, siete; el Liverpool, cinco, y el Ajax y el Bayern Munich, cuatro. A continuación se encuentran el Manchester United y el Barcelona, con tres. También es necesario tener en cuenta que todos estos equipos y alguno más, salvo los «diablos rojos» y el Barça, lograron alzar la copa en años consecutivos. El Madrid, en cinco ocasiones; el Bayern, en cuatro; el Ajax, en tres, y el Milan, en dos, al igual que el Inter, el Benfica, el Liverpool y el Nottingham, algo que tiene que ver necesariamente con la continuidad en ofrecer éxito y, por tanto, contribuye a la historia. Yo no digo que este Barça sea incapaz de concatenar el éxito este año, el siguiente y el otro. Puede hacerlo; entonces habrá obtenido los méritos suficientes para situarse en el sitio que le corresponde.

Lo del Barcelona de ahora, ya digo, además de un récord, es algo que será recordado. No sólo por haber completado un ciclo espléndido con un «mundialito» disputado a adversarios de una categoría muy inferior, sino porque el club azulgrana ha demostrado en los últimos tiempos ser un equipo poderoso y mágico, con espléndidos futbolistas como Xavi e Iniesta, últimamente con el olfato goleador de Pedrito, y siempre contando con la Pulga. Guardiola ha sabido utilizar mejor que cualquier otro entrenador los recursos de sus jugadores para convertir a este Barça en un equipo intratable y temible. Pero un año de esplendor indiscutible no significa alcanzar la historia como el más grande de todos los tiempos. Ya me imagino la cara que estarán poniendo Di Stéfano, Sacchi y otros muchos por esta desproporción a la hora de interpretar el éxito azulgrana. Aquel Brasil de 1970 fue considerado el mejor equipo de la historia, con Gerson, Pelé, Tostao, Rivelinho y Jairzinho. Ha habido onces deslumbrantes, con alineaciones que los aficionados al fútbol nos sabíamos de memoria, algunos de ellos sin haberlos visto jugar, sólo por la leyenda: la del Gran Torino de la tragedia de Superga; los «Busby babes» del Manchester United, o la Máquina del River Plate, que ya juega también en el cielo después de la muerte días atrás del «Tomate» Muñoz. Esto del mejor equipo de fútbol de la historia no puede quedarse en la mera propaganda, o en la tontería de si uno lo dice, lo dicen los demás. La FIFA ya proclamó después de la séptima copa europea al Real Madrid como el mejor club del siglo XX, ciñéndose a los resultados y a las cinco copas de Europa consecutivas en la etapa de Di Stéfano. De manera que esto del Barcelona habrá que celebrarlo con diferente tonalidad, aunque con más motivo, ya que España cuenta ahora con la selección que mejor fútbol practica; el mejor equipo de la historia, que es Real Madrid, por su propio historial, y el fenómeno futbolístico del momento, que es este fabuloso Barça de Guardiola. En cuanto a historia, hemos conseguido el triplete, así que, tranquilos.

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"Gioco pulito" en Ascoli

Por Luis M. Alonso (14 de diciembre, 2009)


El hecho de que un modesto club de la serie B italiana se haya dejado meter un gol para respetar el juego limpio ha sido visto como excepcional en un fútbol donde la derrota se dramatiza de forma excesiva

El Ascoli, de Ascoli Piceno, en la región central italiana de Las Marcas, militó por última vez en la serie A del «calcio» en la temporada 2006-2007. Al final de ella, descendió de categoría en compañía del Chievo, un modesto club de un barrio de Verona, y el Messina. Del Ascoli, un equipo ascensor, se puede decir que sus orígenes se remontan a 1898, que cambió tres veces de nombre y se refundó en 1971, que su mayor éxito en la división de oro del fútbol italiano fue el quinto puesto de la temporada 1979-1980 y que en sus filas militó Giovanni Roccotelli, el pionero de la rabona.

En la rabona, la pierna que golpea la pelota pasa por detrás de la que soporta todo el peso del cuerpo. Una se cruza con la otra. Algunos futbolistas zurdos utilizan, por poner un ejemplo, esta técnica cuando, hallándose escorados hacia la banda derecha en dirección a la puerta, creen que golpeando el balón con su «pierna mala» no van a obtener la potencia o la precisión necesarias. El maestro supremo del género fue Diego Armando Maradona, pero antes del Pelusa, a Roccotelli, una modesta figura del «calcio», ya le pedían los «tifosi» por las calles que repitiera la jugada domingo tras domingo: «Gianni, per favore, domenica fai quella cosa». Y Gianni, como Sam en la película Casablanca, volvía a tocarla de nuevo.

El pasado día 5, el Ascoli, que en la actualidad ocupa uno de los últimos puestos de la tabla en la serie B, se enfrentó en casa a la Reggina y perdió por 1-3. Hasta ahí nado raro, teniendo en cuenta la trayectoria de los locales. Pero lo que realmente llamó la atención de este partido fue que los «bianconeri» se dejasen meter uno de los goles, el del empate, después de haber marcado en la puerta contraria cuando uno de los jugadores de la Reggina se hallaba tendido en el suelo doliéndose de una lesión. El hecho ha sido considerado excepcional en un fútbol donde la derrota es vista como un drama y en el que, en la misma jornada, fue suspendido durante siete minutos un Roma-Lazio por lanzamiento de petardos, y el veterano defensa Panucci, actualmente en el Parma, la tomaba con el presidente del Génova, Enrico Preziosi, conocido fabricante de juguetes, al que amenazó con romperle la cabeza como a uno de sus muñecos, tras el partido disputado en el Luigi Ferraris.

Para no desentonar, los «tifosi» del Ascoli cercaron el vestuario para pedirles a sus jugadores algo más que explicaciones por haber hecho de estatuas después de que los de la Reggina la emprendieran a golpes con ellos. Lo que ocurrió seguramente ya lo conocerán, pero, por si acaso, éste es el resumen: en un lance del encuentro disputado en el estadio Del Duca, uno de los defensores visitantes quiso tirar el balón fuera del terreno ya que había un compañero lesionado; sin embargo, Sommese, del Ascoli, aprovechó la situación para arrebatarle la pelota, correr hasta el área contraria y darle un pase a Antenucci, que marcó el uno a cero. El árbitro, siguiendo las últimas directrices de la FIFA, dio el gol por válido y los futbolistas afectados fueron a recriminarle la acción al contrario. Se produjeron forcejeos, empujones, insultos y la tangana se saldó con la expulsión de Andrea Costa, de la Reggina. Giuseppe Pillon, entrenador del Ascoli, consultó con sus jugadores e inmediatamente al saque del centro del campo, los rivales encontraron el camino allanado hasta el gol. Posiblemente, la polémica mano del francés Henry, en el último Francia-Irlanda, sobrevoló las conciencias a la hora de tomar la decisión; lo malo es que los «tifosi» no saben de juego limpio y todavía siguen lamentándolo. El «New York Times», impresionado por el gesto, pidió, desde un editorial, para el modesto Ascoli el premio «FIFA» al «fair play», pero a Pillon, el entrenador, no ha dejado de repicarle en los oídos la palabra cretino.

Un precedente de este juego limpio a la italiana está en el encuentro de la Copa de Holanda de la temporada 2004-2005, que enfrentó en el Amsterdam Arena al Ajax B y al Cambuur Leeuwarden, un modesto club de la Segunda División holandesa. Tras caer un jugador local lesionado, los jugadores del Cambuur, deportivamente, tiraron la pelota fuera. Hasta ahí la normalidad. La sorpresa vino cuando el jugador belga del Ajax Jan Vertonghen se dispuso a devolver el balón al rival por medio de un fuerte disparo que, tras una parábola increíble, acabó colándose en la portería del Cambuur ante el asombro de todos, incluido el propio Vertonghen. Tras algunas deliberaciones de los capitanes y los entrenadores, el equipo del Amsterdam decidió dejarse meter el gol para paliar su culpa. El resultado final fue 3-1 para el Ajax.

¿Deben los entrenadores y los futbolistas seguir comportándose ejemplarmente sobre los terrenos de juego en situaciones como las que hemos recordado y exponerse a ser calificados de cretinos? Creo, sin dudarlo, que sí. ¿Deben los árbitros extremar la vigilancia sobre los futbolistas que fingen «morir» sobre el césped para interrumpir el juego del contrario? También. En ambos casos se estará contribuyendo a la limpieza de un deporte cada vez más enfermo.

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Benzema, otro interrogante a despejar

Por Luis M. Alonso (7 de diciembre, 2009)


Las dudas sobre la falta de adaptación del delantero francés del Madrid sólo se disiparán con goles; la historia del fútbol está llena de casos de buenos futbolistas que fracasan en determinados momentos, y de fichajes cenizos

Supongo que el joven Karim Benzema, gran promesa del fútbol francés por la que el Real Madrid pagó este verano 35 millones de euros, conocerá los pasos titubeantes de Nicholas Anelka en el club de Concha Espina. No hace tanto tiempo de ello; es más, hace tan poco -sólo diez años- que ya ha empezado a establecerse entre los dos compatriotas el paralelismo de la falta de adaptación, un enojoso asunto que dejará de estar en la mente de los aficionados en el mismo instante en que el ex atacante del Lyon empiece a anotar goles. Con el del sábado ya son cuatro.

Anelka, en su actual etapa de madurez en el Chelsea, es un espejo en el que desearían mirarse muchos futbolistas, pero aquel verano de 1999 en que recaló, con 20 años recién cumplidos, en el equipo blanco, su semblante era el de un novato que no sabía dónde se metía. Había costado 33 millones y procedía del Arsenal, club en el que se ganó la fama de antipático. Los aficionados se referían a él como «le sulk» (el malhumorado). En el Madrid, las cosas fueron incluso peor hasta los últimos partidos y se pasó la temporada enemistado con medio mundo.

La historia del fútbol está llena de casos de futbolistas que por su juventud, ansiedad o falta de aclimatación fracasan cuando firman un contrato con un equipo grande. Es posible, ya digo, que a Benzema se le haya aparecido de repente el fantasma de Anelka, pero seguramente nadie le habrá hablado del primer fichaje maldito de la historia blanca: el astro asturmexicano José Luis Borbolla, primer extranjero en llegar al fútbol español después de la Guerra Civil. Borbolla, hijo de padres asturianos, era un interior ambivalente con unas condiciones técnicas envidiables, poderoso disparo de tijera y grandes dotes de goleador. La expectación era tan grande que al desembarcar en 1944 en Tenerife, adonde había llegado a bordo del transatlántico «Magallanes», los aficionados creían que estaban recibiendo de nuevo al que había sido hasta entonces su ídolo: Chus Alonso.

Un mes después debutó en un partido contra el Hércules, que se saldó con derrota madridista. «El fútbol no será jamás un juego individual. Por eso, cuando una propaganda excesiva centra demasiado la atención sobre un jugador, éste se encuentra condenado a defraudar de cien veces las cien. Y la verdad es que Borbolla decepcionó a los que esperaban prodigios de él. (…) Con estilo versallesco, sin querer tropezar con el adversario, ni tampoco arriesgarse a que lo rocen, no es posible ocupar un puesto en un buen equipo español», publicó el diario «Ya». Es muy posible que esto de ayer le suene al lector de hoy.

El manito no tuvo desde luego la suerte de Hugo Sánchez. Se asombró de que en España se jugase tan rápido y pidió un tiempo para adaptarse a las costumbres: achacaba a la falta de rodaje el cosquilleo ligero que sentía en las piernas cuando el balón le llegaba a los pies. Arrancaba desde atrás y avanzaba a cámara lenta, cuando pasaba la pelota les ponía a los contrarios un telegrama indicándoles la dirección. En su temporada en el Madrid jugó un partido de Liga y otro de Copa. El club blanco lo cedió al Deportivo, donde le volvieron a salir las cosas mal. Y, finalmente, acabó su periplo español en la Cultural Leonesa, de Segunda División, en la que tampoco rascó bola. Sólo en el Barcelona existe un caso comparable al de Borbolla pero que resulta todavía más incomprensible: el del goleador brasileño Roberto Dinamita, que llegó al Camp Nou en 1979 para reemplazar al austriaco Hansi Krankl y fracasó estrepitosamente (doce partidos, tres goles, dos de ellos de penalti). A los pocos meses regresó a su club de procedencia, el Vasco de Gama, donde volvió a reconciliarse con la puntería: en el primer encuentro anotó cinco veces.

Carlos Roberto de Oliveira, Roberto Dinamita, forma, con Garrincha, Pelé y Zico, el grupo de los cuatro grandes del fútbol brasileño, los únicos que tienen un mural personalizado en Maracaná. Acabó dedicándose a la política.

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Dos clases de elocuencia

Por Luis M. Alonso (30 de noviembre, 2009)


José Mourinho, además de competir en arrogancia con Helenio Herrera y seguir los métodos resultadistas, debería aprender a apelar como El Mago al orgullo de sus jugadores en la etapa de «La Grande Inter»
No hace falta conocer a José Mourinho, sólo hay que fijarse en lo que dice para saber que el entrenador del Inter no está trabajando para que lo sustituya otro en el banquillo de la Bienamada. En la apenas temporada y media que lleva en él, lo avalan un escudeto y una Supercopa de Italia. Sí, es cierto, el otro día el equipo neroazzurro de Milán estuvo, según dicen, muy lejos de ser en el Camp Nou «La Grande Inter» -el Internazionale en italiano es femenino- de Helenio Herrera, pero para entenderlo habría que tener en cuenta hasta qué punto pueden llegar a resultar incompatibles las brumas milanesas con la capacidad de Mourinho de creerse mucho mejor de lo que es sin transmitírselo a sus jugadores.

«Soy especial», ha dicho más de una vez el portugués. Tommy Docherty, que entrenó en los sesenta al Chelsea y fue mánager durante un año del Oporto, dijo en una ocasión que si Mourinho fuera de chocolate, se pasaría el tiempo lamiéndose de lo que se gusta. No se puede decir que el viejo zorro escocés haya sido injusto con un hombre que cuando entrenaba al Chelsea aseguró que tenía una plantilla de cracks pero que el crack número uno era él. «Soy campeón de Europa y soy arrogante porque en el fútbol hay que serlo». O con el que nada más llegar al Inter comentó que había aprendido italiano en pocas semanas porque era un tipo muy inteligente. Entre los grandes entrenadores de todos los tiempos, ese nivel de egolatría alucinada de Mourinho, sólo lo han superado, que yo sepa, dos de los mejores: el artífice del mejor Notthingam Forest de la historia, Brian Clough, que emborrachaba su ego en alcohol, del que Bill Shankly dijo que cuando hablaba con él no sabía si estaba ebrio de arrogancia o de whisky, y Helenio Herrera.

Lo de Herrera tiene, además, medio paralelismo con Mourinho. El Mago entrenó al Inter de los Suárez, Corso, Mazzola y Facchetti, en la época más dorada de la Bienamada, cuando el club neroazzurro estaba dirigido por Angelo Moratti, padre del actual presidente, Massimo Moratti. El entrenador argentino era tan arrogante que llegó a decir que con diez se jugaba mejor que con once, aunque siempre se preocupó de presentar la alineación del equipo al completo. Herrera no sólo fue durante un tiempo el entrenador que más títulos consiguió al frente de los equipos que dirigía sino también un maestro de la hipérbole. Entre lo que habló y lo que se le atribuye, hay frases que por su exageración merecen ser recordadas, como, por ejemplo, cuando, en respuesta a la pregunta de un periodista que quería saber qué puesto obtendría en un concurso de popularidad en Italia, dijo: «El segundo, después de Sofía Loren, pero sólo porque ella tiene mejor figura que yo».

Cuando finalmente se retiró del fútbol, Helenio Herrera había hecho escuela no sólo con su elocuencia sino con los resultados. Junto con Nereo Rocco, quien lo inventó y lo puso en marcha en el Milan, fue el hombre que mejor provecho sacó del catenaccio o el cerrojazo, un método abominable para quienes desean disfrutar del espectáculo futbolístico y que consiste, como ya sabrán, en cortar en el nacimiento de la jugada la iniciativa del adversario. Si en el equipo rival había un jugador peligroso, el Mago se pasaba la semana antes del partido enseñándole su foto al encargado de marcarlo y diciéndole que su obligación era perserguirlo hasta el lavabo.

La melancolía arrogante de Mourinho seguramente nunca podrá superar la brillante osadía de Herrera, pero el Mago tiene por ahora en el portugués su más adecuado discípulo. Envuelto en las brumas de Milán, el entrenador del Inter debería, sin embargo, tomar nota del catecismo del maestro y apelar, como él lo hacía, al orgullo de los jugadores. Aunque es verdad que todos ellos eran italianos, a los Mazzola, Burgnich, Bedin, Guarneri, Facchetti, etcétera, no hacía falta repetirles qué colores estaban defendiendo ni con quiénes se enfrentaban. El Mago ya se encargaba de dejárselo anotado en los carteles que colgaba en el vestuario. Desde luego, el partido del Camp Nou del otro día no se hubiera resumido en monólogo frente a apatía.

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Lo siento, Zaballa

Por Luis M. Alonso (23 de noviembre, 2009)


La trampa y la ilegalidad se impusieron al juego limpio en el Francia-Irlanda; el gesto de Henry demuestra que el fútbol es hoy más que nunca un deporte inventado por caballeros al que juegan rufianes
Habrá quien recuerde a Zaballa, el futbolista de Castro Urdiales que la UNESCO premió en París con el trofeo «Fair Play» por su deportividad. Peru Zaballa era un extremo habilidoso y, según los que tuvieron oportunidad de tratarlo, una buena persona. Con sólo 58 años y tras padecer una larga enfermedad murió en 1997 en Oviedo, donde residía después de haber vestido de azul en su última temporada profesional. Antes de despedirse en el Real Oviedo jugó en el Racing, en el Barcelona y en el Sabadell, donde seguramente no será recordado por marcar el primer gol de los arlequinados en competiciones europeas pero sí por el gesto que tuvo en un lance de un partido con el Real Madrid que honraría a cualquier deportista.

Ocurrió en un encuentro disputado en el Santiago Bernabeu en 1969. No había transcurrido un cuarto de hora de la primera mitad cuando en una falta lanzada por Zaballa, el portero asturiano del Real Madrid Junquera y su compañero Espíldora cayeron al chocar en el área. Con la puerta vacía, el balón volvió al extremo y, en vez de chutar a gol, lo que hizo fue enviarlo fuera de banda para que atendieran a los lesionados. Los espectadores que asistían al partido en Chamartín tuvieron unos segundos de desconcierto pero inmediatamente rompieron en una ovación. Aquello no se olvidó; durante mucho tiempo cada vez que saltaba a un terreno, Zaballa recibía muestras de cariño de los aficionados.

Del ex delantero italiano Paolo Di Canio, que fundó el grupo neofascista laziale Irriducibile y lleva tatuada en el brazo la palabra Dux, nadie esperaría lo que hizo durante un encuentro de la Premier League (2000-2001) entre el West Ham, equipo en el que militó cuatro temporadas, y el Everton. En Goodison Park, en el área del rival y con grandes posibilidades de marcar, vio que el portero Paul Gerrard había quedado noqueado tras una salida: atrapó el balón con las manos y se lo llevó al árbitro para que detuviese el partido. Di Canio, en los partidos disputados entre la Lazio y la Roma, vestía debajo de la camiseta albiceleste otra con la siguiente frase grabada: «Existen sólo dos formas de volver del campo de batalla, con la cabeza del enemigo o sin la propia». Sin embargo, aquella tarde en Liverpool demostró que el ardor guerrero no está reñido con la generosidad que le valió el premio FIFA Fair Play y el respeto del fútbol de las islas.

El fair play es un invento británico y sobre él, en Inglaterra, no se admiten muchas bromas. Los futbolistas ingleses siguen recriminando al que se desmaya en el área rival para engañar al árbitro y, aunque el juego violento se ha impuesto como en otros campeonatos, no se suelen ver intenciones asesinas en la disputa del balón. El caso del delantero del Liverpool Robbie Fowler, en un encuentro en sus inicios frente al Arsenal de la temporada 1996-1997, debería servirle de reflexión a Thierry Henry, un futbolista al que en estos momentos corroe supuestamente el remordimiento por ayudarse intencionadamente con la mano en el gol que permitió la eliminación injusta de Irlanda frente a la tricolor el pasado martes en París. En aquella ocasión, Fowler cayó en el área del Arsenal y el árbitro pitó penalti al interpretar que el portero de los «gunners», David Seaman, lo había derribado. Fowler, al contrario de Henry, se dirigió al colegiado para insistirle en que había tropezado y que, por tanto, no procedía pitar la pena máxima. Pero el árbitro siguió señalando el punto para que lanzase el penalti. Y ¿qué creen que hizo el fenomenal delantero de los reds? Se disculpó ante el viejo Seaman y chutó mansamente al portero que, sorprendido, no acertó más que a rechazarlo. El rebote lo aprovechó no recuerdo ya si Jason McAteer o Stan Collymore para marcar. Pero el gesto de honradez de «el terror de Toxteth» -apodo de Fowler por haber nacido en uno de los barrios más populares de la capital del Mersey y sembrar el pánico entre las defensas rivales- quedó grabado en el recuerdo de los aficionados británicos, y la UEFA le felicitó por ello. La misma UEFA que más tarde le multaría severamente en dos ocasiones, por apoyar en un partido una huelga de estibadores y simular que esnifaba las líneas de cal del terreno de juego para burlarse de los seguidores del Everton, que más de una vez lo habían acusado de cocainómano.

Henry es posible que le pegase al balón con la mano de manera instintiva, pero fue consciente de que ello le serviría para que un gol ilegal subiese al marcador desde el mismo momento en que el árbitro no anuló la jugada decisiva para la suerte de Irlanda y Francia. No se dirigió al árbitro para hacerle ver el error, sólo se disculpó con los inconsolables jugadores del equipo contrario. Ahora, a pitón pasado, para evitar un desprestigio mayor, ha pedido la repetición del partido después de que la FIFA lo negase. De sentirlo verdaderamente, lo lógico hubiera sido reclamarlo antes, pero no tuvo la honradez de hacerlo. La brillante carrera del delantero francés del Barça está empañada. Eso no quita, sin embargo, para que cualquier día de estos lo veamos, al igual que otros futbolistas a los que no les importa engañar a los árbitros, participando en campañas para animar a los más jóvenes a practicar el juego limpio.

Ganan los tramposos. El fútbol, salvo contadas excepciones y bien que lo siento Zaballa, es hoy más que nunca, debido a los intereses que suscita, un deporte inventado por caballeros al que juegan rufianes. El partido Francia-Irlanda claro que debería repetirse.

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Noches negras en la galaxia blanca

Por Luis M. Alonso (16 de noviembre, 2009)


El Real Madrid, objeto de un debate nacional tras ser eliminado de la Copa nuevamente por un equipo de Segunda B, está acostumbrado a tocar el cielo, pero también se ha paseado alguna vez por el infierno

No sólo existen maracanazos y alcorconazos en términos de debacle futbolística. El Real Madrid está en entredicho después de haber desaprovechado en el Bernabeu una segunda oportunidad de demostrar que el 4-0 de Alcorcón fue un mero accidente: no hay por qué acongojarse, seamos deportivos y hurguemos en el dolor para contribuir con unos cuantos precedentes luctuosos a uno de los debates nacionales del momento.

El Madrid, acostumbrado a tocar el cielo, se ha paseado también por el infierno. Ha tenido muchas cosas que celebrar y algunas que lamentar; así es el fútbol y nadie se asocia tanto a su grandeza como el club de Concha Espina. No sé si alguien se acuerda ya, por ejemplo, de la ronda preliminar de la Copa de Europa de 1962, en la que el equipo de Gento, Di Stéfano y Puskas, perdió su eliminatoria frente al Anderlecht, que sólo tenía como gran referente a Van Himst. Los blancos, que en la década de los cincuenta habían ganado cinco trofeos seguidos, empataron en casa a tres después de lograr una ventaja de 2 a 0 y, en la vuelta, fueron derrotados con aquel gol de Jef Jurion, el futbolista de las gafas, a cinco minutos del final. Decepción absoluta y fin de ciclo.

Paco Buyo nunca se olvidará del fallo inexplicable que cometió ante Linskens en el primer partido de la eliminatoria de semifinales de la Copa de Europa de 1988 frente al PSV Eindhoven y que supuso el empate a uno. El doble valor del gol del visitante apeó al Real Madrid del torneo después de igualar a cero en Holanda. Un auténtico mazazo para la Quinta del Buitre. Un año más tarde, este mismo grupo de futbolistas se despidió con una goleada (5-0) a cargo del gran Milán de Sacchi, de los Gullit, Van Basten, Maldini, Baresi, Donadoni y Rijkaard. Aquello quedó en el recuerdo como el funeral de San Siro.

Pero nada se asemeja más al dolor que haber perdido dos ligas seguidas en las temporadas 91-92 y 92-93, en el mismo campo, el Heliodoro Rodríguez López, en la última jornada de la Liga, y con el Barça esperando para aprovechar de la debacle y proclamarse campeón. La primera de ellas, tras una remontada del Tenerife y un calamitoso arbitraje de García de Loza. Al año siguiente con una derrota clara por 2-0 ante los tinerfeños. En 1992, sólo una semana después del primer revolcón canario, la noche negra oscureció nuevamente al madridismo, al caer los blancos en Chamartín, en la final de la Copa, contra sus eternos rivales colchoneros, con goles de Schuster y Futre.

Tres de los peores tragos de su historia, los tuvo que pasar el Real Madrid a cuenta del Barça. En el primero de ellos, en el Camp Nou, el Dream Team de Guardiola pasó por encima de los merengues (5-0) con un golazo de Romario, después de hacerle un regate cola de vaca a Alkorta. En el segundo (0-3), Ronaldinho hizo al Bernabeu ponerse en pie. Nada, sin embargo, comparable a la última derrota con el rival catalán de la temporada pasada por 2-6, que no necesito recordarles.

Otras dos fechas dolorosas son las del llamada centenariazo, en plena era galáctica, y la triste despedida de Hierro en Turín. En 2002, todo estaba listo para que el Madrid, pudiera celebrar en casa su cumpleaños número cien con la Copa del Rey, pero Sergio y Tristán, del Deportivo, se empeñaron en aguar la fiesta con dos goles. Al final del partido, Zidane vagaba con la mirada perdida. Peor fue la impotencia de uno de los grandes símbolos blancos de la historia, Fernando Hierro, al ver cómo no podía alcanza a Nedved y evitar el gol decisivo de la Juve, en la semifinal de 2003 de la Copa de Europa. Del Bosque y Hierro se despedirían más tarde.

La eliminación de la Copa frente al humilde Alcorcón ha elevado el debate madridista a su quintaesencia y puesto bajo sospecha el segundo proyecto galáctico de Florentino Pérez. Algo similar sería impensable tratándose de otro club. Al Real Madrid se le mide con una vara distinta: lo que hace o deshace tiene una repercusión mucho mayor que la de sus rivales. No en vano es el Real Madrid y cosecha simpatías y antipatías sólo por el hecho de ser quien es y atesorar a lo largo de la historia más gloria que nadie: entre ella las nueve copas de Europa. Lo mismo que se le quiere, se le odia. No hay muchos equipos en el mundo como el de Concha Espina. De hecho, en Europa, sólo existen dos casos comparables que despierten tanto entusiasmo y rechazo: el Milán y el Manchester United, clubes tildados de arrogantes y, como es lógico, con sus vitrinas repletas de trofeos.

El segundo proyecto galáctico está más que nunca bajo sospecha, pero eso no tiene por qué ser motivo de preocupación. Lo mejor del fútbol es lo mucho que nos entretiene y, salvo en casos como el del Atlético de Madrid, lo poco que suelen durar los malos tragos. Entonces, ¿debe irse Pellegrini?, ¿debe quedarse?, ¿tiene la culpa Florentino Pérez?, ¿es Raúl el cáncer del equipo?, ¿sobra Guti?.. ¿Quién lo sabe? Básicamente todo consiste en que el balón entre en la puerta contraria más veces que en la propia. En cuanto a otro tipo de teorías, en el fútbol lo más fácil es equivocarse.

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