Las carrozas piden pista

Por Luis M. Alonso (5 de abril, 2009)

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Mercedes Vaamonde y Rosa García Siñeriz ultiman su prototipo histórico para los desfiles de Pascua, unas fiestas ideadas para fomentar la concordia entre los avilesinos

Apenas una semana para la Pascua, y las carrozas están a punto de salir del obrador. Rosa y Mercedes recomponen con poliespan la historia, pasado, presente y futuro de Avilés: las torres del Oro unidas por la cadena que partió la sierra de proa, el tricornio de Benjamín Menéndez y la cúpula del Niemeyer.

Todo es historia hasta el presente. Han pasado algo más de cien años desde las postrimerías del siglo XIX, cuando en los orígenes de la fiesta prendió la mecha y subieron al cielo los madrugadores cohetes, se vieron por las calles las primeras carrozas alegóricas de la primavera, las muchachas en flor, los juegos florales, el vino y el bollo escarchado. En 1952, siendo concejal de Festejos José Antonio Guardado, El Bollo empezó a asturianizarse, de modo que las reinas de la primavera cambiaron el satén por el dengue, el mandil y el refajo, y aparecieron los primeros carros rinchones, el gaitero y el tamborilero. Todo aquello fue a más e incluso, durante algún tiempo, a menos, ya que la fiesta tuvo también sus años de atonía.

Rosa es Rosa García Siñeriz y Mercedes, Mercedes Vaamonde. «Un matrimonio», como dicen. Se dedican a decorar carrozas desde hace quince o dieciséis años. Ellas mismas, pese a trabajar tan sincronizadas, son incapaces de recordar con exactitud la fecha en que emprendieron el vuelo. Pero es posible que en su currículo figure medio centenar de artilugios pascuales.

Lo que estas dos artistas del poliespan pretenden en estos momentos es recuperar los viejos diseños del desfile pascual. No todo tiene por qué que perderse.

-Lo hemos intentado otra vez, pero la idea no fue la ganadora del concurso.

Su montaje para la Asociación de Vecinos de El Quirinal quiere reflejar de dónde viene la villa milenaria y hacia dónde se encamina. La idea puede que no sea muy original, quizás ya se haya planteado en otras ocasiones, pero a estas alturas del partido resulta imposible hacer algo que en más de cien años no se le ocurriese a alguien.

La nave que el Ayuntamiento tiene en Las Arobias es, después del mediodía, un enjambre de materiales dispersos a medio rematar: piezas de madera, cartones, hierros, espumas y el consabido poliespan. Rosa y Mercedes se mueven entre todo ello con la habilidad del que pisa un terreno ya conocido.

-Hubo años de hacer tres carrozas para el desfile.

Últimamente no ha estado del todo mal en cuanto a encargos. Tres de ellos han venido de Piedras Blancas y uno de Gijón. Pero Rosa García Siñeriz y Mercedes Vaamonde -insiste en que el apellido es con uve- no sólo se dedican a las carrozas. Habitualmente decoran fachadas de bares para las fiesta de Antroxu y también interiores. De vez en cuando reciben un pedido para un stand de feria.

-¿Se vive bien de esto?

-No, qué va.

A Mercedes Vaamonde los ojos se le hacen chiribitas cuando le preguntó si le gustaría hacer un ninot.

-Huy, sí. Un encargo para las Fallas sería lo máximo.

Tanto Vaamonde como García Siñeriz son discípulas de Favila. Pintoras, decoradoras, ceramistas. Amado González Hevia ha moldeado a unas cuantas generaciones.

-¿Por qué no se indultan las carrozas como pasa con los ninots de las Fallas?

-Se habló alguna vez de ello, pero no habría donde almacenarlas. Sí se aprovechan, sin embargo, algunas piezas.

Los desfiles de Pascua contarán en esta edición con una docena de carrozas. Poco a poco la fiesta se acerca a las cifras de antes, cuando desde las aceras la parada se hacía interminable y los padres no se cansaban de hacerles fotos a los pequeños con el traje del país. Los que aguardaban de pie lo hacían con una sonrisa estoica.

El Bollo se sustenta en la cordialidad y el buen humor. Nació de la mano del doctor Claudio Luanco y de un grupo de voluntariosos amigos para limar las asperezas del debate político. En una villa dedicada a servir a Dios y cantar habaneras, como dijo Armando Palacio Valdés.

Los políticos locales han permitido que la receta de la fiestas siga teniendo un gran sentido y una indudable vigencia.

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La música callada de los nazarenos

Por Luis M. Alonso (29 de marzo, 2009)

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Rufino Arrojo, hermano mayor de Nuestro Padre Jesús de la Esperanza, aboga por una mayor colaboración entre las cofradías de la mejor Semana Santa, que estrena pasos

Cuentan que sucedió en el siglo XVII, pero no hay fecha concreta para datarlo. Al Cristo de la Agonía lo arrastró el mar desde Irlanda hasta nuestras costas. Unos pescadores avilesinos encontraron la imagen y la llevaron en procesión hasta la vieja iglesia de los Padres Franciscanos. Los zapateros, que lo eligieron su patrono, le confeccionaron calzado de plata y permaneció en el templo hasta la Guerra Civil. Luego, al igual que fueron quemadas otras imágenes religiosas, acabó siendo pasto de las llamas y de la intransigencia, tan sólo a unos pasos en la plaza de Carlos Lobo.

Rufino Arrojo, hermano mayor de la Cofradía Nuestro Padre Jesús de la Esperanza, cuando se le pregunta por la imaginería de la Semana Santa local, recuerda el patrimonio que se perdió en los años de la contienda.

-Pero todavía hay valiosas imágenes. No hay que olvidar que Jesús de Galiana es del famoso escultor Luis Marco Pérez.

Efectivamente, la talla de Jesusín de Galiana, de conmovedora belleza y gran expresividad, es obra del conquense Luis Marco Pérez, uno de los mejores imagineros españoles del siglo XX, fallecido en 1983. En su honor, compuso el maestro Alfonso Cabañas la marcha procesional que lleva por título: «Marco Pérez ha muerto». Y en la leyenda que rodea a la talla avilesina figura que el Señor le preguntó al imaginero: «¿Dónde tú me viste que tan bien me hiciste?».

La belleza en las procesiones españolas de Semana Santa la transmiten a devotos y no devotos artistas como Salcillo o el propio Marco Pérez, los Cristos de Montañés o la Dolorosa de La Roldana. Hay pasos muy emocionantes, luces quietas, saetas y un misticismo en las calles que algunos llaman recogimiento. Y, sobre todo, una música callada.

La Semana de Santa de Avilés se ha convertido en una de las mejores del Norte. Ayudan la escenografía y el decorado del casco histórico, pero nunca será suficientemente recompensado el esfuerzo de los cofrades avilesinos por levantar una celebración que durante años sufrió fuertes depresiones. Suyo es el mérito de que la festividad sea de interés turístico regional.

La Dolorosa llorando, el desenclavo, el «baile» de los sanjuaninos, el Nazareno arrodillado con la cruz a cuestas, la imagen de la Verónica, el paño con la cara de Cristo, el emotivo paso de la Tercera Palabra, la Soledad entre luces y lágrimas, etcétera… Todo ello viene en estas fechas al encuentro de los avilesinos y de los visitantes. Sólo hace falta que acompañe el buen tiempo en las procesiones para no tener que esperarlas en las calles, impacientes, mirando el reloj por si desde el cielo a la Virgen le da por echar unas lágrimas. Nosotros no tenemos, como en Sevilla, la clepsidra del Guadalquivir para contar los minutos hasta que aparecen las primeras cofradías de Triana.

En Avilés, las procesiones no arrastran la dura gravedad de las castellanas, dice Arrojo, pero tampoco la levedad festiva de Andalucía. Digamos que se mueven en un plano intermedio entre las sombras y el espectáculo. A partir del próximo domingo están programadas diez salidas con quince o dieciséis pasos en los que participan más de mil nazarenos de ocho cofradías. Digo ocho, porque este año tomará la alternativa, un jueves al mediodía, la Hermandad del Paso de Judas, túnica blanca, fajín negro, capa negra y verdugo, con sede en San Nicolás de Bari.

San Juan Evangelista es la cofradía más antigua y la única que no admite mujeres; está integrada por varones, solteros, menores de 32 años. Porta a hombros el paso, con una energía que hace vibrar y hasta saltar al santo en algunos momentos del recorrido. Los cofrades de Nuestra Señora de los Dolores, también llevan a hombros a la Dolorosa. El resto de los pasos van sobre ruedas.

-Con ruedas ¿no pierden vistosidad?

-No tiene tanta importancia que el paso sea a hombros, a ruedas o con costaleros. Lo importante es llevarlo dignamente. Si no hay costaleros es porque se necesitan muchos y habría que detraerlos.

Arrojo es un libro abierto sobre la Semana Santa. Administrativo en la lonja de Avilés, este año le ha tocado la organización de las procesiones y del resto de los actos programados. Es su tercer mandato al frente de una de las cofradías más jóvenes, fundada en 1997 en la iglesia de los Padres Franciscanos, y encargada de abrir las procesiones con el paso de la Borriquilla.

No le parece mal la sana competencia entre los cofrades, pero también dice que una mayor colaboración redundaría en favor de la Semana Santa. Buena ocasión para empezar a hablar de ello después de los momentos de tensión vividos por las cofradías a causa de la exhibición del lazo antiaborto, que finalmente se ha resuelto en paz y a gusto de todos.

-Ese tipo de cosas deben plantearse en otro marco. Habría que recordar aquello de «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».

Una vez más, lo trascendental y lo temporal.

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Aquel ateneo de la calle Jovellanos

Por Luis M. Alonso (22 de marzo, 2009)

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José Ramón Cueva, que dirigió la primera Casa de Cultura de Avilés, recuerda el día en que tuvo que declarar ante el gobernador civil por una exposición de fotos sobre los contrastes en las condiciones de vida de los trabajadores de Ensidesa en la década de los cincuenta

La actualidad se presta a interpretaciones. Por eso, al joven abogado avilesino José Ramón Cueva se le ocurrió a mediados de los cincuenta, coincidiendo con el aluvión de trabajadores de Ensidesa, que no sería mala idea organizar una exposición de fotografía que recogiese, de una parte, el modo de vida miserable de muchas de aquellas personas en chabolas y barracones con camas de tres turnos de ocho horas y, de otra, la lujosa ciudad residencial que se levantaba a un tiempo en González Abarca, para acoger a los ingenieros de la misma fábrica. La polvareda que levantó aquella exposición de agudos contrastes sociales, en los primeros años de la Casa de Cultura de la calle Jovellanos, se la podrán imaginar los lectores.

El caso es que Cueva, como consecuencia de la exposición, se vio obligado a comparecer ante el gobernador civil de Asturias, Francisco Labadíe Otermín, para darle explicaciones sobre todo aquello. Antes, ya le había quitado unas cuantos horas de sueño al alcalde Orejas Sierra, que había sido precisamente el que le había encargado la misión de dirigir el primer ateneo de la ciudad.

-No entiendo por qué molestó tanto. ¿No presumía el régimen de traer consigo una revolución nacional sindicalista?

-Ya.

José Ramón Cueva ha cumplido 80 años y se encuentra en una forma magnífica. Sonríe mientras me cuenta su entrevista con la historia a propósito de las fotografías del devenir siderúrgico. Le miro e intento verlo aquel día frente a Labadíe Otermín. De la misma manera que no me cuesta imaginarlo en el bufete que había heredado de su abuelo, frente por frente del palacio de Llano Ponte, la tarde en que se presentó por sorpresa Dámaso Alonso, que acababa de publicar «Hijos de la ira», y al que él mismo había invitado a leer unas poesías en la Casa de Cultura sin demasiado convencimiento de que iba a aceptar la invitación.

-Y de repente aquel hombre pequeño me estaba observando desde el fondo del despacho.

El abogado, sorprendido por la aparición del poeta, había terminado sus estudios de Derecho y no tenía la menor gana de dedicarse a ejercer la profesión a la que estaba predestinado por tradición familiar. Pudo haberse ido a Bolonia y entonces seguramente su vida habría cambiado. Pero se quedó y mantuvo una larga correspondencia con una librera de la calle Arenal, Carmina Abril, que fue durante un tiempo la que le recomendó lecturas y animó a escribir. Él ya había leído en la biblioteca de casa a los clásicos, pero gracias a Abril empezó a familiarizarse con Gabriel García Márquez, Neruda y Mario Vargas Llosa. La inyección literaria del «boom» vino a sumarse a otras inquietudes y de ese cóctel surgió el primer ateneo.

-Paco Orejas (el alcalde) quería abrir una Casa de Cultura…

Cueva formaba parte de la Sociedad de Amigos del Arte, junto a Víctor Valdés, Pepe Rubio, Ramón Fernández de Soignie, que entonces empezaba a prepararse para la diplomacia, y otros avilesinos.

-Paco Ignacio Taibo me ayudó mucho desde el Ateneo de Gijón.

Los medios con que contaba la primera Casa de Cultura en las plantas superiores del edificio que albergaba la Biblioteca Bances Candamo no eran ilimitados. De manera que Cueva tuvo que echarle imaginación y arreglarse con lo que él personalmente negociaba y lo que Taibo iba ayudando. Así, por encima, recuerda una exposición de Álvaro Delgado y que por allí pasaron Miguel Delibes, Álvaro de Laiglesia, Emilio Alarcos y Manuel Alcántara, entre otros. Y se programaban buenas películas francesas de René Clair, etcétera… del neorrealismo italiano, Rossellini, De Sica y otros.

-Buenas películas como «Milagro en Milán». Y aquella otra «El salario del miedo». ¿De quién era?

Pensamos en el nombre del director y no somos capaces de acordarnos de Clouzot.

Aquella primera etapa del ateneo se cerró en 1958, según recuerda Cueva. Y a partir de ahí, el testigo pasó a la profesora Esther Carreño. Y, fíjense cómo son las cosas, el abogado por tradición familiar que no quería dedicarse al derecho ingresó en Asturiana de Zinc y todavía se le recuerda por sus conocimientos jurídicos.

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Pasado, presente y futuro

Por Luis M. Alonso (15 de marzo, 2009)

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Benjamín Menéndez resume su compenetración con la ría en la escultura «Avilés», un tricornio de diferente inclinación y 30 metros que distingue a la ciudad y la ayuda a elevarse

Benjamín Menéndez asiente cuando le digo, sentados en un banco de la ría, que cerca de donde estamos zarpaba hace años la lancha de Velilla. Los niños nos embarcábamos en busca de la otra orilla como capitanes intrépidos. Lo que había al final de la pequeña travesía era la playa de San Balandrán, que años más tarde se cerraría al baño por la contaminación que trajo Ensidesa. Pero San Balandrán era todavía en los sesenta del siglo XX el arenal de los avilesinos y, detrás, tenía un pequeño bosque por el que perderse.

A mano izquierda de Benjamín Menéndez, está su obra. Una mole de acero corten que distingue a Avilés. Un tricornio de diferente inclinación que preside el paseo de la ría y que en la mañana soleada en que hemos quedado para charlar y hacer las fotos contrasta especialmente con el cielo azul. Pocas cosas podrán sentarle mejor al entorno que esas tres puntas que se disparan en altura hasta alcanzar 30 metros.

Se ha interpretado la obra llamada «Avilés» como una evolución de la ciudad: pasado, presente y futuro. Tres tiempos en la historia: la cifra que define el equilibrio, la santísima Trinidad, los cuerpos de la Cábala, los verbos que en la Torá se refieren a la creación del hombre.

Hizo, formó y creó. Néfesh, rúaj y neshamá. Tres aspectos básicos dentro de los cinco que abarcan la totalidad del alma en la sabiduría cabalística. El tricornio «Avilés» es una escultura ambiciosa que nace del microcosmos (el hombre) y se proyecta al macrocosmos (el universo). Esto último que ya he escrito en otra ocasión mientras saludábamos el nuevo símbolo me viene de nuevo a la cabeza mientras Benjamín Menéndez resume su compenetración de toda la vida con la ría.

-Mi primer mural creo que lo pinté donde ahora está la escultura.

-Vaya.

Del escultor ha escrito el pintor y ceramista Ramón Rodríguez que hay artistas cuyo lugar de nacimiento va a influirles a lo largo de toda su trayectoria. Benjamín Menéndez lo confirma este soleado mediodía en medio de la quietud de los pantalanes y el tráfico intermitente de la avenida Conde de Guadalhorce. El tridente o el tricornio avilesino se presta a otras interpretaciones si uno lo relaciona con la Agencia Tributaria que se encuentra justo en la acera de enfrente. Pero no conviene perderse en la simbología, ni en metáfora fiscal, sino conservar el símbolo como testigo presente de un nuevo Avilés que despega poco a poco entre vacilaciones. «La escultura propone que el paseante relea críticamente el entorno. Participa en la tradición de Richard Serra, Daniel Buren o Hans Hacker, por citar algunos artistas significativos», ha escrito el crítico de Arte, Jaime Luis Martín.

El artista nació en Llaranes en 1963, mientras la ciudad recibía el aluvión que la trastocó socialmente. De la gran industria es la memoria fundida en el acero que nos contempla. Son los materiales de la historia en que se ha ido forjando Avilés desde mediados del siglo pasado. Benjamín Menéndez la observa una vez más antes de volver a pronunciarse sobre ella.

-Son precisamente los materiales los que ayudan a entender el símbolo.

Chile, Ibiza y Marruecos son etapas que han ido torneando la vida del escultor. Habla de Essaouira (Marruecos), donde vivió un año, con agradecimiento. La vieja Mogador es un soplo de viento y luz.

-Allí he percibido cosas que luego me han servido para mi obra.

Habla de la destrucción de la térmica de Ensidesa como un hecho doloroso, una herida para Avilés. «Era un templo industrial de gran belleza. Suelo es lo que sobra y edificios así son irrepetibles», dice. Le fascina la arquitectura siderúrgica, de hecho está trabajando en una instalación sobre la segunda fase de la cabecera de Ensidesa para el Centro de Arte Laboral.

-No soy de discursos. Soy escultor.

Afortunadamente, pero lo dice como pidiendo disculpas.

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