Periodistas en el punto de mira

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2010)


Escribir sobre la mafia nunca ha dejado de ser peligroso: tras los asesinados en los años más sangrientos, la amenaza en Italia se cierne ahora sobre cronistas famosos y también modestos
La periodista y escritora alemana Petra Reski es una señora de muy buen ver. Guapa, elegante, Donna Leon, su amiga, famosa autora de novelas de intriga, dice de ella que si se le incendiara la casa sería capaz de hacer esperar a los bomberos para arreglarse el pelo. Reski lleva a cabo una cruzada contra la mafia que le impide estarse quieta y callada un solo segundo. Aprendió de Giusseppe Fava, su colega siciliano asesinado en Catania en 1984 por la Cosa Nostra, que vivir no sirve de nada si no se tiene el coraje de luchar. Pero seguro que, al igual que el desaparecido escritor Leonardo Sciascia, que ejerció como pocos lo han hecho la autoridad moral contra el crimen organizado, también haría suyas aquellas palabras de Albert Camus de «vivir contra una pared es vida de perros».

Las revelaciones de Reski hace tiempo que han puesto en alerta a la `Ndrangheta, la organización criminal calabresa, una de las más peligrosas, y desde entonces vive bajo su amenaza. En «Mafia», un libro que ha causado un revuelo casi comparable al de «Gomorra», de Roberto Saviano, menciona nombres de criminales muy conocidos, que no sólo aparecen en los expedientes investigados por las policías alemana e italiana, sino también en las actas de justicia y en reportajes periodísticos. Tras unas confrontaciones en los juzgados, «Mafia» apareció, a petición de los mafiosos, en una versión censurada con tachaduras. El peligro de escribir sobre la mafia está en hacerlo sobre sus negocios reales y aportar nombres y apellidos. Al mafioso le encanta la mitificación novelada de «El Padrino», pero se siente mortificado por el dato que lo compromete. «La mejor literatura acerca de la mafia son las actas de la policía y las sentencias de los tribunales», dijo en una ocasión el escritor siciliano Andrea Camilleri, quitando importancia a la fabulación.

Reski asiste a los actos públicos rodeada de gran presencia policial. Ha elegido Venecia para vivir por la seguridad que aporta su logística y así evitar que le pongan escolta, pero se desplaza cuanto cree oportuno a Sicilia y a Calabria por motivos profesionales. Forma parte ya de la nómina de periodistas amenazados por la Cosa Nostra, la `Ndrangheta, la Camorra y la Sacra Coronna Unita, las cuatro principales organizaciones mafiosas que operan en Italia. En esa nómina figuran, entre otros, el citado Saviano; Lirio Abbate y Peter Gomez, autores de «Cómplices»; Rosaria Capacchione, Maniaci Pino; Sandro Ruotolo, colaborador televisivo de Michele Santoro en «Annozero»; Antonio Nicaso y Nicola Gratteri, este último fiscal de Reggio Calabria y coautor junto a Nicaso de «Hermanos de sangre», el mejor documento que existe para entender los rituales de la mafia calabresa. En Italia, son casi cincuenta los periodistas amenazados por escribir sobre el crimen organizado. De ellos, la mitad se encuentran ya bajo custodia policial. Continuamente se producen amenazas, ataques e intimidaciones, no sólo a los profesionales de renombre, sino a reporteros que por unos euros al mes arriesgan sus vidas en diarios regionales y locales del Mezzogiorno, donde abunda la denuncia y la batalla se libra día a día.

Los mafiosos usan la violencia para proteger su negocio intentando por todos los medios que las noticias de sus actividades criminales no lleguen a la opinión pública. Los intereses entrecruzados de la política, los caciques locales y empresarios corruptos hacen que la censura por medio de la intimidación se repita hasta en los asuntos más domésticos en las regiones en las que la mafia cuenta con organización. El Observatorio de la Unión Nacional de Periodistas está elaborando un estudio para seguir día a día los casos. En Italia, corren malos tiempos contra la libertad y la integridad física de los informadores que escriben sobre el crimen organizado y sus conexiones políticas. No se vivía un momento peor desde los llamados «años de plomo» y las emboscadas a Indro Montanelli, Carlo Casalegno y Walter Tobagi, o, cuando en la primera mitad de la década de los ochenta, cayeron a manos de la mafia Giusseppe Fava o Giancarlo Siani, asesinado por la Camorra, en una época en que Nápoles permanecía en estado de guerra y se cobraba trescientas víctimas mortales al año.

A Siani, joven cronista de «Il Mattino», lo mataron junto al portal de su casa el 23 de septiembre de 1985. Había acertado al contar las luchas entre los clanes de la Camorra. La gota que colmó el vaso de la paciencia de los criminales fue aparentemente su insinuación en un artículo de que la detención del boss Valentino Gionta, un incómodo miembro de los Nuvoletta, era el precio que habían pagado éstos para evitar una guerra con el clan de Bardellino. Según su versión era que, antes de matarlo, los Nuvoletta habían preferido entregárselo a los carabinieri y quedar bien con sus adversarios. A los Nuvoletta no les gustó aparecer ante la opinión pública como traidores y decidieron asesinar al periodista. Roberto Saviano cuenta, sin embargo, en «La belleza y el infierno», su último libro de crónicas, cómo muchos observadores creen que aquel artículo no fue el que le costó la vida a Siani. En su caso, según ellos, habría que tener en cuenta más bien las indagaciones que hacía el periodista napolitano sobre la reconstrucción después del terremoto y el dinero de las contratas que por ese motivo se habían embolsado los dirigentes políticos, empresarios y camorristas, en general. Fuera el que fuera el móvil, el caso es que a Siani, como cuenta Saviano, lo mataron por lo que escribía.

La lista de víctimas no han dejado de tenerla jamás en cuenta los amenazados. Escribir sobre la mafia en Italia siempre ha sido peligroso. A Siani, lo precedieron Cosimo Cristina (Termini Imerese, 1935-1960), fundador del periódico «Perspectivas Sicilianas». Indagó sobre la Cosa Nostra cuando ésta era inexistente para el Estado. Su asesinato se calificó de suicidio. Mario Francese, que investigó la muerte de Cristina, fue consciente en todo momento de que ser cronista judicial en Palermo es una profesión peligrosa. El legendario Mauro de Mauro tuvo como imputado por su muerte al sanguinario Salvatore Riina. Giovanni Spampinato, Mauro Rostagno, Giuseppe Alfano, Peppino Impastato, que inspiró la película de Marco Tulio Giordana, «I cento passi», también cayeron. Lo mismo le ocurrió a Giuseppe Fava, que se mostró abiertamente crítico con empresarios cercanos a los clanes más sanguinarios, como el de Nitto Santapaola: «Me doy cuenta que hay una enorme confusión sobre el problema de la mafia. Los mafiosos están en el Parlamento, a veces son ministros, son banqueros, aquellos que en estos momentos están en el vértice de la nación. No se puede llamar mafioso al pequeño delincuente que llega y te impone el soborno en tu pequeño negocio. El fenómeno de la mafia es mucho más trágico e importante». A las diez de la noche del 8 de enero de 1984 Fava se acercó hasta el teatro Verga para recoger a su sobrino. Cinco balas del calibre 7,65 en la nuca acabaron con su vida en Catania, donde el alcalde siguió sosteniendo que la mafia no existía. El primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, se ha apuntado recientemente a esa teoría, lo que ha provocado la decisión de Saviano de abandonar la editorial Mondadori.

Categoría: General | Comentarios(0) | abril 2010 |

Giorgione, el enigma de Castelfranco

Por Luis M. Alonso (27 de marzo, 2010)



Una exposición sin igual permite, a los quinientos años de su muerte, acercarse a la figura y obra de uno de los maestros del color y, de paso, descubrir el Véneto

En el Véneto habita gente de muchas ciudades de medianas dimensiones, Verona, Vicenza, Treviso, Padua, Bassano, todas ellas históricamente enfrentadas entre sí y en la actualidad unidas en desentenderse del tipo de vida que padece la vecina, única y famosísima Venecia. Y ¿cómo lo consiguen? Procurando hacer lo contrario de lo que allí se hace. Por ejemplo, el plato más característico de la región es el «risi e bisi», arroz con guisantes tiernos, por el que suspiran los vénetos y que, en cambio, los distinguidos venecianos comen casi exclusivamente el 25 de abril, día de San Marcos. Ese día, los dogos celebran el banquete del arroz, los guisantes y las apreciadísimas pequeñas alcachofas violeta de la Isla de San Erasmo. El resto del año, los habitantes de la Serenísima prefieren el risotto con mariscos o con anguilas.

La ciudad de Castelfranco Veneto, a medio camino de Treviso, Padua y Vicenza, y a algo menos de 70 kilómetros de Venecia, se caracteriza por sus murallas cuadradas, de ladrillos rojos, y un castillo de gran presencia. Como otras poblaciones de la región, procura vivir a espaldas de la encrucijada veneciana, pero una vez que el visitante penetra por la puerta del Torrione ya está envuelto en un pasado histórico fácilmente vinculable al de la Serenísima y que empieza por recordarle el mismísimo león de San Marcos. De hecho, a su hijo más notable, Giorgio de Castelfranco, apodado Giorgione por su supuesta apariencia majestuosa, se le tiene por veneciano, puesto que allí murió, se supone hace quinientos años por causa de la peste, y allí floreció como el discípulo más aventajado de Giovanni Bellini.

Giorgio Vasari nos lo presenta como el pintor innovador y esencial de la escuela de Venecia, caracterizada por el predominio del color y la luminosidad sobre el dibujo. El halo de misterio que rodea a este artista -son pocas las certezas sobre su vida y la autoría de su obra- no ha impedido demostrar que aplicaba la capa de color directamente sobre la tela, sin realizar ningún dibujo preparatorio sobre la superficie del lienzo

Coincidiendo con el aniversario de la muerte del enigmático maestro de la luz, el Museo Casa Giorgione ofrece, desde el pasado diciembre y hasta el próximo 11 de abril, la posibilidad de admirar las obras maestras de la primera fase de la carrera del pintor, junto a la de los artistas con los que estuvo en contacto durante su corta vida, entre ellos el citado Bellini, Lorenzo Costa, Carpaccio, Perugino, Sebastiano del Piombo, Palma el Viejo, Leonardo, Rafael y Tiziano. El Museo del Hermitage, de San Petersburgo; los Uffizi, de Florencia; la Pinacoteca Ambrosiana, de Milán; el Louvre de París y la Galería Nacional, de Londres, han contribuido, entre otros, a la exposición. La muestra incluye en total 126 obras y representa una ocasión única para que los visitantes puedan acercarse al enigma, el misterio y el mito que rodean a un artista del que han quedado muy pocas evidencias.

No hay casi nada seguro en el misterioso Giorgione, salvo la belleza de sus creaciones importantes como la llamada Pala de Castelfranco, una pintura de altar famosa en todo el mundo por su fuerza poética y magnífica composición. La Pala se halla en la Capilla Costanzo, una de las naves laterales de la iglesia de Santa Maria Asunta y San Liberale, cerca del Museo. En el interior del templo se encuentran obras de Giorgione, Jacopo da Ponte; Jacopo Negretti, entre otros.

Buen momento, por tanto, para darse una vuelta y conocer la región véneta y el monumental patrimonio de sus ciudades. Ya puestos, en Sarmeola di Rúbano, cerca de Padua, se puede comer en uno de los mejores restaurantes de Italia y, probablemente, del mundo: Le Calandre (Via Liguria, 1), del famosísimo chef Massimiliano Alajmo. Eso sí, hay que rascarse un poco el bolsillo: a la carta desde 100 euros y el menú de degustación 130). Hay otros lugares más económicos y, por regla general, en toda la región se come bien. El Hotel Locanda Al Sole, en el mismo Castelfranco (Via S. Pietro), es un buen lugar para quedarse.

Categoría: General | Comentarios(0) | marzo 2010 |

La otra historia de la Tía Julia

Por Luis M. Alonso (21 de marzo, 2010)


La muerte de la primera mujer de Vargas Llosa saca a relucir lo que ésta contó en un libro de su vida con el escritor y no refleja la famosa novela

La tía Julia ha muerto y con ella se apaga el eco de una historia de amor desbocada que duró casi una década y acabó naufragando en un mar de decepción y resentimiento. Julia Urquidi Illanes, la mujer que inspiró «La tía Julia y el escribidor», una de las novelas más populares de Mario Vargas Llosa, vivió junto al escritor peruano los años más felices y también los momentos más amargos cuando éste la abandonó para casarse por segundas nupcias con una prima carnal suya, Patricia Llosa.

Posteriormente, dolida por el comportamiento de sus sobrinos, Julia volcó su amargura en un polémico libro, «Lo que Varguitas no dijo», publicado por primera vez en 1983 por una editorial de La Paz: «Tenía fe en él y una gran confianza. No me equivoqué en lo literario. Como hombre me defraudó. Cuando ya su nombre empezó a ser conocido y tenía una nueva vida me excluyó. Lo anterior ya no servía. Ahora tenía que ascender con nuevas emociones y relaciones. Los sacrificios de quien tanto le había dado ¿qué importancia tenían? Eso ya no valía nada. Ya lo logró lo que quería. Borrón y cuenta nueva. Sólo importaba él», escribió.

A Urquidi le quedó el sabor amargo de «la ingratitud» de aquel joven aspirante a novelista con el que clandestinamente había contraído matrimonio en 1955, enfrentándose a la familia y después de una romántica fuga que llevó a la pareja a peregrinar por las alcaldías de Chincha, donde les daban con las puertas en las narices al suponer que se trataba del robo de una esposa. La esposa era, para quienes la recuerdan de aquellos años, una mujer guapa, inquieta, de sonrisa pícara y largas piernas, que fumaba cigarrillos largos y tenía cierta pasión por las historias de amor.

Julia Urquidi, cuando se reencontró con su sobrino en la casa de su hermana Olga, en Lima, adonde había llegado procedente de La Paz, estaba dispuesta a no volver a cometer un segundo error tras el reciente fracaso matrimonial con un boliviano, del que se había divorciado. En cualquier caso, no pensaba por nada del mundo que la equivocación podría ser enamorarse de aquel chiquito llorón con granos y dentadura de conejo que había conocido mucho antes en Cochabamba y al que sacaba once años. Pero se equivocaba: en seguida se produjo entre ellos una corriente de simpatía que acabaría en amartelados paseos por los malecones limeños, besos y arrumacos, a hurtadillas, en las últimas filas de los cines, como relata el propio Vargas Llosa en sus memorias, «El pez en el agua».

Las turbulencias llegaron acto seguido, en el momento en que los familiares, la tía Olga y el tío Lucho, que terminaría siendo cuñado y posteriormente suegro, se enteraron del noviazgo que se estaba fraguando a sus espaldas. Y lo peor vino ya cuando la noticia de la boda clandestina llegó a oídos del padre, que citó a Varguitas en la Comisaría de Miraflores para que declarara si era cierto que se había casado y con quién. A partir de ahí, el padre no cejó en enviarle al hijo mensajes conminatorios para que la tía Julia abandonase el país, cosa que hizo poco después rumbo a Valparaíso, Chile, donde permaneció todo el tiempo en que las aguas bajaron turbias. «Terminaba diciéndome, entre palabrotas, que si no le obedecía me mataría como a un perro rabioso. Luego de su firma, a manera de posdata, añadía que podía ir a la Policía a pedir socorro, pero que eso no le impediría pegarme cinco tiros», recordó de una de las cartas el escritor, en las memorias más arriba citadas.

Finalmente, la intervención del diplomático y político Raúl Porras Barrenechea, al que Varguitas asistía como secretario, resultó providencial. Porras le dijo a su padre para calmarlo: «Después de todo, casarse es un acto de hombría, señor Vargas. Una afirmación de la virilidad. No es tan terrible, pues. Hubiera sido mucho peor que el muchacho le saliera un homosexual o un drogadicto, ¿no es cierto». Está claro que hay una tecla para pulsar en el ánimo de cada cual y el célebre diplomático dio con ella.

Una vez que la feliz pareja pudo reanudar su azarosa historia de amor en un clima más benigno, llegaron los primeros años de Lima con los altibajos propios de la convivencia, el embarazo frustrado, los celos de Varguitas por el amor pasajero de la tía Julia con un cantante argentino y hasta el percance con el perro «Batuque», que condujo al escritor a La Catedral, el cafetucho donde arranca su gran novela ambientada en los tiempos de la dictadura de Odría. Luego, más tarde, el viaje a Europa, Barcelona, París, la forja de un escritor y la aparición en escena de la prima Patricia, que llegó para estudiar en la Sorbona y se alojó con ellos en su casa. Julia se dio entonces cuenta de que la historia del enamoramiento se repetía, esta vez con su sobrina: los primos iban al cine juntos, se sentaban frecuentemente uno al lado del otro y empezaban a comportarse como dos tortolitos. A partir de ahí, las crisis de celos se sucedieron hasta el punto del intento de suicidio. Eso es, al menos, lo que la Tía contó que Varguitas no dijo en su historia del escribidor.

El esposo negaba lo que la esposa sospechaba mientras el desenlace empezaba a precipitarse, Sucedió cuando el avión de Air France, en el que viaja Wanda Llosa, hermana de Patricia, se estrelló camino de Lima y la joven desolada dejó París para regresar a la capital peruana. El escritor se tornó entonces melancólico. Un día le pidió permiso a Julia para viajar al Perú y poder revisar el borrador de «La Casa Verde». No volvió. Por carta rompió su matrimonio y, también, por carta pidió el divorcio para casarse con la prima. Luego, volvió a dirigirse a su esposa que se encontraba ya en La Paz para pedirle como favor que le consiguiese la partida de nacimiento de Patricia en Cochabamba, donde había nacido, como requisito ineludible para contraer por segunda vez matrimonio.

Esto es lo que Varguitas no dijo, según la tía Julia, y de lo que Vargas Llosa no ha querido hablar por considerarlo fruto del resentimiento. En unas declaraciones a «Cambio 16», a raíz de la publicación del libro, aseguró que no lo había leído: «Comencé a hojearlo y me di cuenta que era puramente chismográfico, lleno de tremendo rencor y de insultos contra Patricia y contra mí. Entonces no quise leerlo y, desde luego, jamás lo pienso leer».

Tras el desengaño amoroso, Julia Urquidi, que había desempeñado misiones protocolarias como secretaria en el Ayuntamiento de La Paz, se refugió en su casa natal de Cochabamba y, posteriormente, empezó a trabajar como asistente personal de la esposa del general René Barrientos, que acabaría siendo vicepresidente de Bolivia.

Hasta los años ochenta no sintió la necesidad de pasar a limpio lo que Varguitas no había contado en «La tía Julia y el escribidor». Lo hizo, según ella misma reconoció, después de ver la versión telenovelada de la obra. «Me sentí amargada de que ponga mi vida al descubierto», escribió (pág. 327). «Aparecía como una divorciada seductora que iba a seducir a un jovencito», recogió de sus declaraciones en 1990 el desaparecido periodista José Comas. Julia Urquidi aseguró al mismo periodista que no guardaba rencor a Vargas Llosa por lo que había hecho. «Cada uno tiene derecho a escoger su vida. Me hubiera gustado más honestidad porque se hubieran evitado muchos problemas y sufrimientos».

De «Lo que Varguitas no dijo», la editorial Khana Cruz sacó a la venta más de una edición, pero fuera del ámbito andino es difícil encontrar el libro. En Europa, resulta prácticamente imposible. Por internet circula la oferta de un ejemplar en buen estado a 160 euros. En el prólogo, la tía Julia escribió: «No han sido pocas las dificultades que he tenido que vencer para que este libro salga a la luz, desde la amenaza velada -a través de las terceras personas- hasta querer silenciarme -con malas artes- con la compra de originales por una suma que no era de dejar pasar».

Habría que hablar de endogamia, pasión y egoísmo, pero también de revancha en esta otra historia de la tía Julia y el escribidor.

Categoría: General | Comentarios(0) | marzo 2010 |

El periodista insobornable que creó escuela

Por Luis M. Alonso (13 de marzo, 2010)


Delibes se enfrentó, primero, a la censura franquista y, después, se negó a pasar por el aro de la ley de prensa de Fraga

Miguel Delibes era un periodista insobornable. Manuel Fraga tuvo tiempo de darse cuenta de ello cuando en la década de los sesenta intentó imponer por medio del silencio su proyecto liberalizador: una ley de prensa basada en la evolución del autoritarismo practicado desde el final de la guerra civil. La ley, promulgada en 1966 y supuestamente aperturista, nacía blindada frente a la opinión. No se podía opinar de ella y obligaba a los directores de los periódicos a asumir la censura que hasta ese momento había corrido de parte de la Administración pública.

En el Ministerio de Información y Turismo sabían, cómo recordó después César Alonso de los Ríos en «Delibes, periodismo y testimonio», que el entonces director de «El Norte de Castilla» «les estaba fastidiando el experimento», de manera que el periodista y escritor se convirtió en una de las víctimas de la limpieza llevada a cabo para allanar el camino del «aperturismo». El propio Delibes, optimista de voluntad aunque pesimista de inteligencia, era consciente de que él no podía convivir con aquello, por lo que tres años antes de la promulgación de la Ley Fraga decidió apartarse de la primera línea y seguir buscando un escape en la naturaleza que tanto amó.

La liberación literaria ya la había emprendido hacía tiempo con éxito siendo redactor del periódico castellano; de hecho el teletipo se encargó de informarle de la concesión del premio Nadal por «La sombra del ciprés es alargada» (1948). De aquella vieja concepción patrimonial de los periódicos bajo el franquismo trata su ensayo «La censura de prensa en los años 40» (Ámbito Ediciones, 1985). El sistema censor y represor, establecido con la Ley de 1938 lo definió como una «transformación taumatúrgica según la cual al periodista español se le ofrecía la magnánima alternativa de obedecer o ser sancionado».

Delibes se convirtió así en un testigo activo de las siempre difíciles relaciones entre la prensa y el poder, que en el franquismo se agudizaban, primero, por culpa del terrible aparato censor y, después, por el escaso aliento aperturista del Régimen. Cuando en 1966, después de apartarse voluntariamente de la dirección del periódico, le invitaron a volver en el marco de la Ley Fraga y firmando una cláusula de adhesión a los principios del Movimiento, el periodista dejó claro que no estaba dispuesto a tragar. «Antes de la Ley a los periodistas no nos dejaban preguntar; después de la ley, los periodistas podemos preguntar, es cierto, pero no se nos contesta. En ambos casos el diálogo se va a paseo. Hoy no puedes escribir lo que sientes, mientras en los años 40 estabas obligado a escribir lo que no sentías», aclaró dando muestras de su abierta discrepancia con el sistema y de su conocida tozudez ética.

La carrera periodística la empezó Delibes de «pintamonas», como él mismo solía decir, compaginando las caricaturas con su empleo recién obtenido en el Banco Castellano. En 1941, a los 21 años, ingresó en «El Norte de Castilla» de dibujante por veinte duros al mes, utilizando el seudónimo de Max. La M era por Miguel, la A por Ángeles, su novia, y la X por el incierto futuro que le brindaba la vida. Aquel era un tiempo, efectivamente, de incertidumbre dentro del oficio, sin ir más lejos a Francisco Cossío, la Delegación Nacional de Prensa lo había apartado de la dirección para sustituirlo por un sacerdote, Gerardo Herrero, que procedía de «Libertad», el órgano vallisoletano de Falange.

El caso es que de los monos y las caricaturas, Delibes pasó inmediatamente a redactor de segunda, después a redactor, más tarde a subdirector y, finalmente, a director, cargo que ocupó entre 1958 y 1963, la mayor parte del tiempo de forma interina, hasta que en 1961 pudo ser definitivamente confirmado en aquel diario de tradición liberal sometido a las presiones de la época. Al año siguiente de haber llegado al periódico agrarista de Valladolid publicó su primer artículo sobre la caza deportiva. Luego, se ocupó prácticamente de todo: lo mismo escribía reseñas cinematográficas y críticas de libros que crónicas de fútbol, información local, de la región o internacional.

Como director se preocupó más de convencer a sus colaboradores que de imponer la jerarquía del mando. Creó escuela alrededor de una máxima que todavía hoy recuerdan los periodistas que trabajaron con él y que él mismo reconoció que le había servido después en su literatura de prosa limpia, sobria y exacta. Delibes decía aquello de que lo importante era contar el mayor número de cosas en el menor número de palabras posibles.

Él, que se consideraba uno más, siempre negó haberse comportado como un maestro pero lo cierto es que alrededor suyo florecieron en una época firmas destacadas del periodismo: José Jiménez Lozano, editorialista y su mano derecha en la redacción; Francisco Umbral, Martín Descalzo, Manu Leguineche, Javier Pérez Pellón o el antes citado César Alonso de los Ríos. Luego llegaría el recientemente desaparecido Julián Lago, que contó cómo el gran escritor lo intentó convencer en más de una ocasión para que aceptara la dirección del diario de Valladolid.

Ya era una voz consagrada de la literatura y una autoridad moral por su lucha en favor de la libertad de prensa, cuando el editor José Ortega Spottorno le ofreció a Miguel Delibes la posibilidad de ser el primer director del diario «El País», entonces en vías de fundación. Juan Cruz Ruiz, periodista del rotativo madrileño y también escritor, cuenta en su libro de memorias literarias «Egos revueltos» que en la oferta iba incluido un monte para que el escritor vallisoletano pudiese dar rienda suelta a una de sus grandes pasiones: la caza. El escritor rechazó la oferta. Teniendo en cuenta que Valladolid, con todo lo que había crecido en población, le parecía una especie de enorme aparcamiento, el hecho de tener que irse a vivir a Madrid simplemente le horrorizaba.

En los últimos años, al mismo tiempo que su larga enfermedad le iba debilitando, llegaba también el silencio narrativo. Delibes siguió, no obstante, escribiendo de lo que le parecía, cosas que casi nunca publicaba. Sí vio la luz un artículo suyo de gran resonancia en el que el escritor y periodista vallisoletano disociaba el progresismo del aborto y se extrañaba de que el abortismo se incluyera entre los postulados de la progresía, que, según él, se desentendía de la defensa de la naturaleza y la vida.

Categoría: General | Comentarios(0) | marzo 2010 |

Tormenta imperfecta sobre la prensa

Por Luis M. Alonso (3 de marzo, 2010)


El interés por enterrar prematuramente los periódicos encuentra, a veces, aliados entre directivos de los medios, que tiran piedras a su propio tejado

Al mismo tiempo que la borrasca meteorológica anunciada el pasado fin de semana con desiguales resultados, «Informe semanal», de RTVE, eligió el título «La tormenta de papel» para un programa tan vacuo como extemporáneo dedicado a debatir sobre el fin de los periódicos. Los directores de los tres principales diarios del país aprovecharon, dos de ellos para vender su enésima transformación tecnológica, y el tercero para lamentarse de la crisis del papel y de la publicidad y dejar constancia de tres o cuatro solemnes obviedades. En cierta medida y como se suele decir, tirando piedras sobre su propio tejado. Otros, el director del gratuito líder y el del digital con mayor número de entradas, intentaron vender su producto destacando las posibilidades que internet brinda a los anunciantes, pero sin ofrecer una alternativa seria al viejo modelo. Unos tiernos alumnos de Bachillerato se refirieron a lo «guay» que es leer las noticias en la red. Otra alumna, de la Facultad de Ciencias de la Información, se felicitó por las ventajas que brindan las nuevas tecnologías. «Así puedo trabajar en un blog. No a todo el mundo se le da bien escribir en un periódico», dijo sin inmutarse ante las cámaras.

Se viene hablando del fin de los periódicos desde el inicio de la actual crisis económica: la caída de la venta del papel, en muchos casos; los recortes en la publicidad, etcétera. El mal llamado periodismo tradicional no ha dejado de ser noticia interesada para otro que intenta cubrir su puesto sin preocuparse por un momento de aplicar el mejor método de la vieja escuela, porque efectivamente no a todo el mundo se le da bien escribir en un periódico, como no todo el mundo sabe ni tiene los suficientes recursos para hacer un trasplante de riñón o una ortodoncia.

«Informe semanal» ha ofrecido una visión algo a destiempo sobre el supuesto fin de la prensa cuando ya casi nadie duda en aplazar el funeral y Arianna Huffington, la propia editora del único periódico digital verdaderamente rentable, el «Huffington Post», ha reconocido en Los Ángeles la equivocación de lanzar un réquiem por los periódicos. Huffington se manifestó a favor de un periodismo híbrido: «Los viejos medios están abrazando ya los métodos de los nuevos: la interactividad y la inmediatez. Los nuevos medios, por nuestra parte, adaptamos las mejores prácticas de la vieja escuela, como el rigor, el equilibrio y el periodismo de información». Añadió: «La pregunta no es ya cómo salvar los periódicos, sino cómo salvar y fortalecer el periodismo».

Y probablemente así sea. No se trata sólo ya de mantener el entrañable soporte de papel por el que las naciones se han hablado a sí mismas durante décadas, «el relato polifónico de un pueblo entero», que hace no demasiado escribía Gustavo Martín Garzo, sino de ser conscientes de que las sociedades libres y democráticas no se sustentan gracias a la información, la investigación de la noticia o la influencia en la opinión pública de un mensaje a través de Facebook o Twitter, o de un blog trufado de «periodismo ciudadano», por bueno que sea el blog y buenas la intenciones. No sé los lectores, pero yo no me imagino el Watergate desvelado desde Twitter por un par de voluntarios de las redes sociales.

En este país han fracasado los últimos intentos de hacer periódicos de pago digitales rigurosos con la capacidad informativa de los que emergen de las grandes redacciones de siempre. Es evidente que el tráfico informativo que genera internet es grande, pero muy poco el dinero disponible para pagar esa información. La excepción es Estados Unidos, donde el seguimiento on line es superior, y el «Huffington Post», que ha cerrado el año con ingresos estimados entre los 12 y 16 millones de dólares y se ha permitido el lujo de ampliar la plantilla de 49 a 89 redactores, teniendo en cuenta que sólo 11 de ellos son periodistas que se dedican a los contenidos informativos, el resto está para cortar y pegar. James Rainey, especialista en medios de comunicación de «Los Angeles Times», escribió no hace mucho que los sueldos de los empleados del «Huffington» no pueden compararse con los de la prensa tradicional y que la web del famoso digital se beneficia del trabajo de voluntarios.

Los editores españoles coinciden también en que el réquiem por la prensa es prematuro. En su «libro blanco» de 2010, señalan que la crisis está tocando fondo. La estabilidad en la difusión en algunas cabeceras permite el optimismo, aunque llevará un tiempo recuperar las cifras de publicidad. En los mercados maduros donde las ventas están en declive, la penetración de los periódicos sigue siendo importante. Muchos países europeos continúan llegando a más del 70 por ciento de la población adulta con periódicos impresos. En Japón, esa cifra alcanza el 91 por ciento. En América del Norte, el 50 por ciento.

«Predecir la muerte de los periódicos parece haberse convertido en un nuevo deporte», dijo no hace mucho Gavin O’Reilly, presidente de la Asociación Mundial de Periódicos y director general de Independent News and Media. Un nuevo deporte que en ocasiones y de forma incomprensible practican los propios directivos de prensa que, ociosamente, se ocupan de certificar la defunción del viejo soporte sin saber muy bien lo que hay por delante.

La «tormenta de papel» del programa «Informe semanal» queda algo lejos de la tormenta perfecta, como lo estuvo la borrasca que enunciativamente la inspiró. En cualquier caso, lo suyo no fue precisamente una tormenta de ideas.

Categoría: General | Comentarios(0) | marzo 2010 |

Rififi en Drouot

Por Luis M. Alonso (11 de febrero, 2010)


La mayor casa de subastas de Francia incrementa su seguridad mientras se repone del daño ocasionado a su prestigio por el tráfico de objetos de arte robados, supuestamente organizado por los empleados de toda la vida

El Hôtel Drouot de París ha decidido sacudirse la atmósfera Rififi que pesaba como una losa sobre sus afamados salones de subastas desde que el pasado diciembre la Policía intervino para detener a nueve empleados y otras tres personas, supuestamente involucrados en secuestro y tráfico de obras de arte. La primera medida tomada por la Sociedad Drouot Holding ha sido nombrar un nuevo subastador manager, reforzar los controles de seguridad y, al mismo tiempo, acabar con el monopolio de los 110 comisionados saboyardos encargados del mantenimiento, almacenaje y transporte de las piezas que se subastan en la casa parisina. Conocidos como «cols rouges» por el cuello rojo de sus batas, ellos son los que preparan los lotes, montan las exposiciones y presentan al público los objetos en venta. Los comisionados de Drouot son todos originarios de la región de Saboya, de ahí el gentilicio que les distingue. El trabajo en la misma casa se ha transmitido de padres a hijos durante varias generaciones desde 1860.

Ocho de estos comisionados, tres familiares y un subastador cayeron en diciembre durante la redada que efectuaron los agentes de la oficina central de la lucha contra el tráfico de bienes culturales. La operación sirvió para rescatar una pintura de Gustave Courbet, «Marina bajo el cielo tormentoso», valorada en 900.000 euros, robada en 2004 y cuya desaparición no se denunció hasta el pasado mes de mayo, además de unas litografías de Marc Chagall, un dibujo a tinta de Picasso y algunos diamantes. Los ocho «cols rouges» y el subastador, Eric Cadron, detenidos, están siendo investigados por un delito asociado de malversación y robo organizado. El tráfico de objetos de arte debió de producirse de manera sistemática y sólo la ambición de los ladrones por hacerse con la marina del autor de «El origen del mundo» permitió seguir la pista.

La mayor casa de subastas de Francia tendrá ahora que recuperar el prestigio empañado por sus empleados. Hay quien sostiene desde hace un tiempo que la calidad de los objetos en venta ya no es la misma de antes y que a Drouot le ha perjudicado considerablemente la competencia que desde 2001 le hacen Sotheby’s y Christie’s, tras haberse instalado en la capital francesa las dos compañías británicas. La sombra de los ladrones de «guante blanco» y «cuello rojo» planea sobre los diecisiete lujosos salones Richelieu.

El Hôtel Drouot se encuentra en uno de los triángulos mágicos de París, junto con la Opera de Garnier y los grandes bulevares. Por allí han venido desfilando seis mil compradores al día y la cifra de ventas superó en 2009, en época de crisis, los 410 millones de euros. En junio del año pasado, la casa parisina batió el récord en subastas con la venta de la figura de uno de los pensadores de la serie de Rodin, un bronce de 72,5 centímetros de alto, por el que se pagaron tres millones de euros.

Las ventas en Drouot incluyen regularmente pinturas, muebles y otros objetos relacionados con el arte, aunque en ocasiones se producen pujas que llaman poderosamente la atención. Recientemente, un brasileño compró por 80.550 euros tres metros y medio de la escalera original helicoidal de la Torre Eiffel, que en 1889 constaba de 18 escalones y pesaba 700 kilos. La escalera comunicaba el segundo y el tercer piso del monumento que más distingue a París y se vendió en lotes. Hace aproximadamente un año, otro pedazo casi idéntico fue vendido por 180.000 euros, más del doble. Sotheby’s se encargó del resto de la escalera. Otra de las subastas de Drouot que tuvo notoriedad, el año pasado, fue la de una foto de Carla Bruni desnuda, que alcanzó un precio de partida de 9.000 euros.

El prestigio de la casa Drouot nunca jamás se había visto salpicado como esta vez, por culpa de la traición de los «cols rouges». Ni siquiera en aquella ocasión en que François Pinault, uno de los hombres más ricos de Francia, amigo personal del ex presidente Chirac, propietario de Gucci, de las tiendas FNAC y máximo accionista de Christie’s, entre otros grandes negocios, decidió emprender acciones legales contra la subastera competidora tras la venta supuestamente fraudulenta de una figura de granito de Sesostris III, un faraón de la duodécima dinastía del Imperio Medio de Egipto, que su esposa decidió comprar en 1998 tras haberse encaprichado de ella y por un precio considerado de ganga.

El millonario hacía poco que había adquirido Christie’s pero su mujer seguía visitando otras casas de subasta para completar su colección de arte. De acuerdo con el catálogo de Drouot, la pieza de 57 centímetros había sido esculpida entre 1878 y 1843 antes de Cristo, probablemente a mediados de ese período, y representaba al soberano en la flor de la vida. Una escultura con más de 4.000 años de historia, sueño de coleccionistas, tendría que haber movilizado a los principales museos del mundo, a los más importantes marchantes y coleccionistas de arte egipcio. Sin embargo, no ocurrió así y la esposa de Pinault pudo hacerse con el faraón por 780.000 euros, un precio muy bajo para una pieza de su pretendida categoría. El magnate descubriría al poco tiempo con espanto por qué la figura le había salido a su mujer tan barata. Sólo le hizo falta leer en «Liberation» las declaraciones del profesor Dietrich Wildung, conservador del Museo Egipcio de Berlín, que aseguraba que el Sesostris III de Drouot era una vulgar copia del original. De hecho, explicaba cómo su museo había rechazado la estatuilla en la década de los ochenta.

Drouot no informó en su gaceta del 23 de octubre de 1998 sobre las sospechas que despertaba la imagen del faraón egipcio ni se refirió a la carta que el propio Wildung remitió a la compañía para expresar su asombro por la subasta de la obra. Pinault emprendió acciones legales para revocar la venta y que la estatuilla falsa fuese devuelta al marchante que la reintrodujo en el mercado. Finalmente, en 2003, el Tribunal de Apelación de París acabó desestimando, después de un largo pleito, la demanda del empresario.

No hay que pensar, por tanto, que la maldición de los faraones se haya cebado con la célebre casa Drouot-Richelieu. La dirección maneja una explicación más sencilla: ha visto en la conjura de sus saboyardos la mayor de las traiciones.

Categoría: General | Comentarios(0) | febrero 2010 |

Clint Eastwood, en el papel de Harry el Malo

Por Luis M. Alonso (24 de enero, 2010)


La implacable biografía de Patrick McGilligan pone al descubierto facetas inéditas de la personalidad del cineasta más considerado, entre ellas, la tacañería, su afición a las mujeres y el desdén con que trata a sus colaboradores

Cuando en 2002 apareció la biografía Clint, the life and legend y Clint Eastwood interpuso una demanda de diez millones de dólares contra el autor, en Hollywood todo el mundo se preguntó en qué remota galaxia se habría escondido Patrick McGilligan. Hasta ese momento las biografías sobre el actor y director de cine norteamericano mejor considerado pertenecían al género hagiográfico y los ensayos publicados se dedicaban a analizar su notable carrera y, sobre todo, su deslumbrante otoño cinematográfico. El respeto por él era enorme y su imagen de hombre decente y cabal contrastaba con la implacable visión de enemigo de la humanidad reflejada en los testimonios recogidos por McGilligan, un reputado historiador del cine que se había enfrentado antes a otros pesos pesados, entre ellos, Robert Altman, Jack Nicholson, Fritz Lang, George Cukor y James Cagney. En último caso, quien más y quien menos sabía que con Harry el Sucio no se jugaba. De hecho, muchas de las fuentes consultadas por el biógrafo pidieron no ser identificadas.

Un veterano marine, Fred Peck, el teniente coronel que lo asesoró durante el problemático rodaje de El sargento de hierro, comentó: «Hacen falta veinte años para hacerse amigo de Clint y veinte segundos para destruir esa amistad. Todo el mundo en Hollywood le llama Clint, pero siempre van con pies de plomo con él, se preocupan por lo que en realidad quiere, pero tienen miedo de preguntárselo. Todo el mundo tiene miedo a decirle «no»».

«Vengativo» es uno de los epítetos que McGilligan le regala a Eastwood en la biografía que acaba de publicar Lumen, la que vio la luz en Estados Unidos en 2002 y que luego siguió vendiéndose después de que biógrafo y biografiado llegasen a un acuerdo sobre el que el autor del libro no entra en detalles, acatando los términos del litigio. Sí admite, sin embargo, que en las ediciones posteriores, incluyendo esta española, hubo que corregir los párrafos conflictivos. Uno de los motivos de la demanda eran, como reconoce el propio McGilligan, las anécdotas poco ejemplares sobre el primer matrimonio de Harry el Sucio con Margaret Ruth Neville, Maggie. Otros rasgos de su personalidad intensa, impetuosa y egocéntrica por los que el autor de la biografía decidió pasar por encima de él son que le gustan mucho las mujeres y que es un tacaño. Una tacañería «proverbial» si se tiene en cuenta que todos los años exige a la Warner un pavo congelado para regalárselo a su madre por el Día de Acción de Gracias y que es incapaz de pagar la cuenta de un restaurante. Hasta en esas cosas ha hurgado McGilligan, que buscó los testimonios entre los colaboradores más cercanos de Eastwood, el productor Fritz Manes, Bob Daley, Philip Kaufman o el montador Ferris Webster, a los que puso de patitas en la calle después de haber desempeñado su trabajo en Malpaso. Obviamente, Harry no podía esperar buenas palabras de ellos. Su biógrafo, de manera ácida, describe una personalidad desdeñosa con sus amigos y la gente que le rodea.

El implacable McGilligan, dispuesto a comprobar el grado de antipatía que despierta el personaje, sondea acerca del odio entre las fuentes que le ayudan a deconstruirlo. Encuentra testimonios como el siguiente, de un director asociado en otro tiempo a Malpaso, la productora de Eastwood: «Cuando alguien defiende demasiado a Clint, me entran ganas de atacarle, cuando alguien le ataca me entran ganas de defenderle. En cierto modo, le odio, pero también le quiero. ¿Puedes entenderlo?». El autor del libro añade que lo ha intentado, pero reconoce que finalmente se ha quedado con un Clint que es la antítesis de su leyenda y su biografía autorizada. La de Richard Shickel, de la que un crítico dijo que era como si Harry el Sucio le hubiese apuntado con su Colt Magnum mientras la escribía.

McGilligan cuenta cómo después de cenar con Shickel, el biógrafo oficial, y de sopesar la desventaja de no poder disponer de la prodigiosa memoria de Eastwood, llamó desalentado al editor para cambiar el contrato y abordar otro asunto. «Pero el editor quería su libro sobre Clint, así que puse manos a la obra y empecé, como de costumbre, investigando su árbol genealógico en busca de personas e incidentes que se remontaban a cientos de años antes de su nacimiento».

Desde el primer tirón del hilo genealógico el biógrafo implacable llega a la conclusión de que una mezcla de fortuna, talento artístico y astucia comercial han guiado la carrera de Eastwood. Nadie como él para hacer películas y saber venderlas. Pocos como él han acertado a promocionar su imagen: a alternar la ternura y la sensibilidad con lado más duro del William Munny de Sin perdón. Hasta el punto de que el Clint de la pantalla se ha impuesto al real. Lo que ha hecho McGilligan es darle la vuelta a la tortilla; su antipatía por el personaje de carne y hueso le ha impedido aceptar, con el entusiasmo de otros, que se trata de uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos. La pretendida avaricia y el egoísmo, la forma en que despachó a Sandra Locke después de haber compartido años de su vida con ella, lo mismo que en el caso de su abnegada y celosa primera mujer, que lo acompañaba a los rodajes para marcarlo de cerca, son la munición que más usa McGilligan. Mujeriego, machista, ateo, alcalde oportunista de Carmel, por ahí van los tiros en esta biografía a la contra. Su impresionante visión del cine no se oculta, pero sólo se deja entrever en las casi 700 páginas del relato.

Harry el Sucio ha disparado, sobre todo, a aquello que se mueve y lleva faldas. Sus escarceos amorosos se cuentan por centenares. Él mismo ha llegado a considerarse «un regalo para las mujeres». McGilligan asegura que mantuvo relaciones sexuales con todas las compañeras de rodaje o protagonistas de sus películas, salvo el caso de Shirley McLane, a la que consideraba demasiado hombruna, pero no todas las historias acabaron bien. Como en sus matrimonios, las nubes sucedían a los claros. Suele ocurrir.

No ha perdido el tiempo el implacable McGilligan en exprimir al personaje, por eso no debería extrañarle tanto que Eastwood vaya directo al grano y tampoco le guste perderlo en los rodajes. Lo acusa, por ejemplo, de filmar el primer borrador que le llega y no hablar con los guionistas hasta el estreno de la película. No hace mucho, en un tono bastante más distendido, el periodista John Carlin escribía de esa obsesión del octogenario Clint Eastwood por simplificar las cosas y no repetir escenas, refiriéndose a la filmación de Invictus. La pregunta es ¿qué tiene de malo que a un director le valga la primera toma si el resultado va a ser Million dollar baby?

Quizás el que mejor haya descrito los claroscuros del cineasta haya sido el teniente coronel Peck, el marine que padeció su intempestuosidad durante el rodaje de El sargento hierro: «Mucha gente me ha preguntado cómo es Clint Eastwood, y yo siempre he contestado que debe de parecerse más a Harry el Sucio en la vida real de lo que él cree. Es un personaje extraño. Lleva una pistola en la guantera, pero pisa el freno para no atropellar a una ardilla que se le cruza en una carretera. Es un hombre muy interesante que a veces se comporta como un niño de cincuenta y nueve años».

En la actualidad Eastwood, el niño que va a cumplir los ochenta, está felizmente casado con la joven presentadora de telediarios Dina Ruiz, y no emite, como ha dicho su amigo y cómplice Morgan Freeman, ninguna señal de aflojar o perder la fuerza que le lleva a hacer maravillosas películas. Y eso, en definitiva, es lo que debería importar.

Categoría: General | Comentarios(0) | enero 2010 |

Cuando el periodismo no deja de ser noticia

Por Luis M. Alonso (13 de diciembre, 2009)

En un mundo de confusión donde la prensa sigue siendo noticia por la caída de ventas del papel y de la publicidad, lo único que no falta son ánimos. “El periodismo será lo que nosotros queramos”, explicó no hace mucho el periodista Enric González, en la entrega del Premio Francisco Cerecedo. El problema radica en averiguar lo que queremos o si sabremos esta vez cómo conseguirlo. Las propias empresas periodísticas, en concreto los gigantes del periodismo anglosajón, parecen no ponerse acuerdo en cómo combatir la deslealtad digital y la descontextualización de las noticias en el territorio salvaje de Google, que ha mantenido hasta ahora un creciente oligopolio publicitario y asfixiado financieramente a los diarios que, paradójicamente, abastecen al distribuidor de contenidos sin recibir nada a cambio.
Por un lado, el magnate australiano Rupert Murdoch, presidente de News Corporation y dueño, entre otras, de las cabeceras “The Wall Street Journal”, “The Times”, “The New York Post” y “The Sun”, ha decidido plantear una guerra a campo abierto: iniciar las suscripciones online en sus medios tras ganarle la primera batalla a Google News, que ha cedido ante las presiones y cobrará por acceder a los artículos que distribuye en internet cuando se consulten más de cinco. Por otro, “The Guardian”, se dedica a captar clientela para su edición digital sin cobrar por ello y confiando en rentabilizar el negocio en el futuro. Como se puso de manifiesto en un semanario internacional de periodismo organizado en Madrid por “El Mundo”, el modelo de pago defendido por Murdoch choca con el “sálvese quien pueda” que predica el periódico progre británico.
Al menos a corto plazo, no resultará fácil, sin embargo, sacar beneficio por algo que durante todos estos años unos y otros han facilitado gratis a los lectores en la Red. Murdoch empezó pidiendo tiempo para negociar una estrategia conjunta entre otros empresarios del sector. La crisis del periodismo, más que de lectores, es una crisis de lectores rentables para los medios. Este verano, un periodista, John Carlin, ponía de ejemplo “Historia de dos ciudades”, de Charles Dickens, para referirse a la difícil coyuntura de la prensa. Como en la novela, escribía que vivimos en el mejor y en el peor de los tiempos. “Nunca ha habido una mejor época para hacer periodismo escrito, y nunca ha habido una peor para ganarse la vida ejerciéndolo; hay más mercado que nunca, pero menos ingresos”. Es decir, jamás la información ha valido menos y todo lo que no tiene un valor tiende a relativizarse.
Para entender por qué puede resultar azaroso cobrar por los contenidos en las ediciones digitales habría que referirse al error de partida de haber desistido de hacerlo anteriormente: lo que se ha dado en llamar el pecado original. Al principio, los periódicos intentaron cobrar por las noticias pero al comprobar que los lectores eran remisos a pagar por lo que se les ofrecía decidieron en seguida dar marcha atrás con el fin de ampliar la audiencia, creyendo que los ingresos de la publicidad aumentarían en la misma proporción. La consecuencia, ahora agudizada por la fuerte recesión económica, fue que las ventas comenzaron a bajar porque ya no era necesario comprar el periódico en el quiosco para poder leerlo. Los anunciantes, sobre los que se había apoyado durante décadas el milagro de vender algo cuyos costes de producción sobrepasaba el precio que los clientes estaban dispuestos a pagar, siguieron a los lectores y empezaron a desviar la publicidad del papel a internet, fundamentalmente en Estados Unidos y los lugares donde el arraigo de la Red es superior.
Acuciados, siete de cada diez editores británicos ha empezado a valorar una nueva estadística que hace dos años parecía imposible. Un estudio de Boston Consulting Group, difundido hace un mes, demuestra que los internautas estarían dispuestos a pagar por algunos contenidos “online”. En concreto, más de la mitad de los potenciales clientes españoles apoyaría esa práctica, en la que primaría el interés por los reportajes de investigación, las noticias locales y aquellas otras personalizadas. El problema, como el mismo estudio constata, es que no son partidarios de soltar mucho en la taquilla.
Diez años después, los editores quieren redimirse del pecado original y volver al modelo de pago. La principal arma que esgrimen para convencer a los lectores son las virtudes del viejo periodismo de las redacciones frente al intrusismo. La noticia contada por el intermediario entre lo que pasa (el periodista) y los que demandan información, frente a las miles de voces inconexas que cuentan simplemente lo que les pasa o lo que se les ocurre provocando un aturdimiento general. Probablemente habrá que buscar un nombre para todas estas voces, algunas de ellas interesantísimas y necesarias, pero no podrá ser periodista. El periodista interpreta la realidad, la ordena, la jerarquiza a través de una organización profesional, su labor no se puede reemplazarse por los blogs o las redes sociales de aficionados. Tristemente hemos llegado a la conclusión de que cualquier tipo de información es noticia, no simplemente aquella que merece imprimirse como reza en la vieja máxima de “The New York Times” (All the news that’ s fit to print). ¿Alguien puede imaginarse la cobertura del “caso Watergate”, de “los papeles del Pentágono”, del escándalo por los excesos de los diputados de Westminster, de los Gal o mismamente la investigación que LA NUEVA ESPAÑA llevó a cabo del “petromocho” sin el soporte del papel para sustentar la verdad? Yo, desde luego, no.
Es posible que los lectores más jóvenes prefieran los distribuidores de información, que recogen noticias por varios canales muchas veces indignos de crédito, a los periódicos de papel. Es posible que las noticias no les interesen, ni siquiera les importe demasiado la lectura. Puede que los periódicos hayan dejado de ser “una nación hablándose a sí misma”, como los describió Arthur Miller; que el periodismo de siempre se haya amilanado con los años ante el poder; que el periodista ya no sea el contrapunto del político sino su cómplice, como escribió Arcadi Espada en su prólogo de” El fin de los periódicos”. O que el oficio se haya acomodado a una vida contemplativa frente al teletipo y el bombardeo diario de los gabinetes de prensa, en ocasiones por la desmotivación laboral y los bajos sueldos, otras por falta de instinto y profesionalidad, también por simple inercia. Jim Bellows, el legendario periodista desparecido el pasado marzo y al que deben su carrera de éxito Tom Wolfe o Jimmy Breslin, el hombre que transformó “The New York Herald Tribune” y “Los Angeles Herald Examiner”, se quejaba de los periódicos aburridos y solía decir que se necesitaba gente más comprometida ante los lectores para escribirlos. Es posible que esa falta de compromiso, la ausencia de un diálogo con los ciudadanos y la percepción de cierta complacencia con el poder hayan pasado también factura en cuanto a credibilidad. Si es así, habría que recorrer el camino a la inversa para recuperar la confianza de los lectores, para que la nación siga hablándose a sí misma a través del periódico. De todas formas, el nuevo y desordenado orden de los blogs y los llamados “agregadores” de internet jamás podrá ejercer el contrapeso social de los que hasta ahora han rastreado, confirmado los datos y proporcionado las claves para entender la noticia, por mucho que se nos quiera convertir en una especie en extinción. Nadie por la propia esencia de la gratuidad puede imaginarse a nadie, en ese llamado “periodismo ciudadano” alternativo al periodismo de siempre, financiando la cobertura de los vaivenes de la política local, regional o nacional, el seguimiento o la investigación de las noticias allá donde se produzcan. Pues eso, es lo que han hecho durante años los editores gracias a los lectores de periódicos, estableciendo con ellos la mayor complicidad.
Es verdad que la libertad de prensa ya no sólo se le garantiza a los que tienen una prensa, como escribió Abbot Joseph Liebling, el gran cronista norteamericano de los sesenta, y eso en cierta medida habría que agradecerlo, pero los periódicos que nacieron para influir en el poder a través de la opinión pública y no como un instrumento de mera rentabilidad económica están obligados a demostrar que la sociedad será menos libre sin ellos. En buena parte, dependerá su futuro. Allá donde se ejerza el periodismo de verdad debe identificarse de inmediato, no hay que permitir que nos den gato por liebre. Hagamos, aunque sólo sea por motivos de supervivencia, de la necesidad virtud. El viejo dinosaurio tiene que organizarse para presentar la última batalla.

Categoría: General | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

La pujanza publicitaria de los periódicos

Por Luis M. Alonso (29 de noviembre, 2009)


En Australia, la prensa tradicional da muestras de fortaleza
frente a internet en la captación de los anuncios

Los que se preparaban para el entierro de la prensa tendrán que esperar. «Las predicciones sobre la temprana debacle de los periódicos han sido exageradas», han reconocido diversos analistas, tras producirse un cierto repunte de la publicidad en periódicos australianos, confirmado por el Índice Estándar de Medios (SMI). Tras una primera caída que sembró preocupación dentro del sector, el crecimiento de la publicidad en la prensa parece ofrecer síntomas de poder llegar a ser más fuerte de lo previsto. Las primeras buenas noticias han venido de las antípodas, Australia, y el optimismo ya empieza a recalar en Europa entre las empresas periodísticas con cabeceras consolidadas, aunque el repunte de la publicidad no ha llegado de momento a nuestro entorno.

De acuerdo con los nuevos datos y las expectativas que suscitan, los periódicos, lejos de desaparecer, estarían en el umbral de un nuevo ciclo en el que volverían a dejar de ser deficitarios. «El dinero que invierten las agencias en los viejos medios, el noventa por ciento del total en algunos casos, demuestra que la prensa es aún el soporte preferido por las empresas para hacer llegar sus mensajes al consumidor», ha escrito Jane Schulze, editora de SMI. Según Schulze, los periódicos perdieron muchos clasificados y pequeños anuncios, «pero las grandes agencias han mantenido el gasto». Mientras tanto, la inversión publicitaria en los medios digitales, incrementada a costa de la televisión, parece que se ha detenido después de alcanzar una posición emergente en el sector.

Y ¿cuál es la causa de que los anunciantes prefieran los periódicos? Son varias, de acuerdo con algunos de los criterios expuestos por los estrategas de la publicidad: «Primero, los diarios alcanzan una audiencia diversa y amplia, y esta audiencia se concentra en regiones específicas, lo cual facilita la difusión del mensaje. Segundo, existe una tendencia difícil de romper de los consumidores de buscar los anuncios en los periódicos; así pues, son más receptivos a los mensajes publicados en ese medio. En tercer lugar, la esencia de los periódicos es publicar información sobre cosas que ocurrirán inmediatamente; ello permite desarrollar su mensaje en momentos clave, ya sea el fin de semana o la temporada de pagar las contribuciones. Esa inmediatez de los periódicos que se publican diariamente permite el mensaje dentro de un esquema temporal predecible -el periódico del martes se leerá el martes- para que el anunciante pueda saber cuándo verán los lectores su mensaje. Los periódicos han logrado, además, avanzar tecnológicamente para poder ofrecer una reproducción de fotos y colores de mejor calidad. Por último, los lectores se involucran activamente en la lectura del periódico; el hecho de que deben sostenerlo y virar sus páginas produce en el soporte escrito diario una mayor atención en los anuncios».

Al mismo tiempo que la publicidad empieza a repuntar en el papel y en medio de un vivo debate sobre el futuro de la prensa, muchas empresas periodísticas trazan su estrategia para que los lectores paguen por acceder a los medios online, diez años después del llamado «pecado original», es decir, la primera tentativa fallida de cobrar por los contenidos en la red. El consenso de los grandes grupos que persigue entre otros el magnate australiano propietario de News Corporation, Rupert Murdoch, consiste hasta ahora en lanzar un modelo híbrido bautizado como «freemiun» con noticias gratuitas de información generalista y un producto añadido de pago que se inspiraría en los contenidos de calidad de los viejos periódicos. Ahora casi todos parecen tenerlo claro, con la excepción deldiario progresista británico «The Guardian», que prefiere seguir con al acceso gratuito a su edición de internet para captar una clientela rentable en el futuro.

La táctica hasta ahora para la mayoría ha consistido en esperar el primer paso de Murdoch, quien, por su parte, ha pedido tiempo para cobrar por el acceso a los periódicos de su grupo, «The Wall Street Journal», «The Times», «The Sun», «The Australian» y «The New York Post», entre ellos. «Esto evidencia un desconcierto del sector sobre su futuro digital», ha escrito Javier Montalvo en «Expansión».

No todos, sin embargo, están dispuestos a esperar a Murdoch. «Newsday», el popular periódico local de Long Island (Nueva York), ha implantado ya una tarifa de cinco dólares a la semana para acceder a su página web con el fin de demostrarle al propio magnate australiano que el camino es rentable. «La iniciativa aportará a Murdoch pruebas evidentes de la respuesta del público sobre el pago por contenidos en la red en un producto informativo tremendamente local. Murdoch ya sabe que un millón de abonados de «The Wall Street Journal» pagan por acceder a las informaciones sobre el centro financiero del mundo. Pero lo que no sabe aún es si los internautas estarán dispuestos a pagar por las noticias locales de su barrio. Terry Jiménez (editor de «Newsday») está seguro de que lo harán», escribió Mark Day en su columna dedicada a los medios en «The Australian». El sitio web de «Newsday» promociona una información de carácter muy local, con anuncios clasificados, pronóstico del tiempo, esquelas, actividades de la comunidad y noticias escolares.

Animan, por ejemplo, los últimos datos de un estudio encargado a Boston Consulting Group que dan la vuelta a la estadística de hace diez años, cuando los internatutas se mostraron reacios a pagar, y demuestran que ahora sí estarían dispuestos a hacerlo por algunos contenidos online de los periódicos. En concreto, el estudio, difundido días atrás, parece dar la razón a «Newsday», ya que las noticias locales se encuentran dentro de las preferencias de pago, así como los reportajes de investigación y una selección de noticias personalizadas. John Rose, socio fundador del grupo consultor citado, en Nueva York, se refirió a este cambio de tendencia como una buena noticia para los editores, aunque acto seguido agregó: «La mala noticia es que los internautas no están dispuestos a pagar mucho». Los españoles, sin ir más lejos, cuatro euros mensuales y los británicos, menos aún, tres.

La guerra declarada por Murdoch al intrusismo en internet y la competencia desleal del gran distribuidor de contenidos llegaría a entablarse si el magnate australiano de la prensa decide finalmente retirar la versión digital de sus periódicos de Google News y convence al resto de empresarios de que también lo hagan. De hecho, News Corporation ha iniciado conversaciones con Microsoft para establecer una alianza en internet y luchar contra Google. Microsoft ganaría así cuota de mercado para su buscador Bing. La industria de los periódicos online reemprendería de esta manera la búsqueda de un modelo de negocio rentable en la red que pudiera sustituir en el futuro de una manera efectiva al de papel y tinta o, en último caso, construir una alternativa de negocio.

Matt Brittin, director de Google en el Reino Unido, intentó quitarle importancia a las conversaciones entre Murdoch y Microsoft, asegurando que las noticias no suponen grandes beneficios para ellos. Todo lo contrario de lo que piensa Robert Thomson, director de The Wall Street Journal, la cabecera más importante de Murdoch, quien en su conferencia «El futuro de la prensa» llamaba la atención sobre el papel del distribuidor de Google. «Durante una temporada, parecía que lo guay era aceptar que todos los contenidos debían ser gratuitos; sin embargo, en esta postura había un fallo garrafal. Beneficiaba a los que distribuían contenidos, pero no a los que producían esos contenidos, por un lado los creadores y, por otro, los que repetían el eco». Evidentemente, como recordó Javier Montalvo en una columna titulada «Suspendida la invitación al funeral de la prensa», Google tiene un gran defecto: no es capaz de generar información por sí solo.

Categoría: General | Comentarios(0) | noviembre 2009 |

Teórica de Rajoy

Por Luis M. Alonso (12 de noviembre, 2009)


Sobre las cajas y la libertad de expresión
El Partido Popular se ha puesto en evidencia con el nombramiento del presidente de Caja Madrid. La historia ya la conocen: Rato le dijo a Rajoy que quería presidir el cuarto banco de España y Rajoy, contando con un candidato supuestamente indiscutible en el campo de las finanzas, vio abierta la posibilidad de doblegar a los que le disputan el liderazgo en casa: Aguirre y Gallardón. Y, de paso, no sabemos todavía si en un intento ilusorio, mantener al ex vicepresidente económico del Gobierno entretenido y apartado de mayores ambiciones.

El enfrentamiento atrajo la atención pública por la crudeza con la que se emplearon los contendientes: la respuesta de la presidenta de Madrid proponiendo otro candidato inicialmente consensuado con el resto de las fuerzas políticas, el acercamiento sibilino del alcalde madrileño a Rajoy y «el vómito» de su lugarteniente en unas declaraciones ex profeso a «El País». El PP no tenía necesidad de añadir nuevos argumentos a su descrédito después de meses a la intemperie por el «caso Gürtel», la tormenta de Valencia, la obstinada resistencia de Camps y la escasa capacidad del líder nacional para contrarrestar la insubordinación interna. No tenía por qué, efectivamente, pero se empeñó en hacerlo y lo hizo. En los populares asombra y hasta escandaliza la pulsión suicida, pero más debería escandalizar ese comportamiento familiar y hasta doméstico para administrar o repartirse el poder, sin guardar las formas y en términos irreconocibles en cualquier país democrático del entorno.

El dichoso nombramiento en Caja Madrid se planteó como si se tratase de un pulso entre el presidente del partido y la presidenta de la comunidad madrileña. Es más, a Esperanza Aguirre se le llegó a reprochar que eligiese a su mano derecha para ocupar el cargo cuando Mariano Rajoy ya había decidido apoyar a Rodrigo Rato. Así que, a renglón seguido, no hubo ningún empacho en presentar la elección de este último como un éxito del líder nacional del PP. Ergo, Rajoy impuso a Rato en el cargo, cuando no entra dentro de sus funciones nombrar a los presidentes de las entidades bancarias. ¿O acaso los partidos pueden en este país elegir, sin ningún tapujo, a los banqueros?

Lo gracioso es que el presidente del PP, a la vez que libraba el pulso con Aguirre, reconocía, en declaraciones en televisión y a otros medios, que si él tuviera que nombrar un presidente de la Caja sería Rato, pero que eso no entraba dentro de sus competencias. ¿En qué quedamos entonces? Aparte de ser voluntad expresa del propio beneficiado, ¿a quién le correspondió la decisión de que el ex director del Fondo Monetario Internacional presida el banco madrileño? Evidentemente a don Mariano, que ha ganado el pulso a la indómita presidenta de la Comunidad de Madrid valiéndose de facultades que no tiene pero no le cuesta, sin embargo, usurpar, porque la partitocracia permite a los partidos disponer del poder a sus anchas.

Es posible que el nombramiento de Rato resulte benéfico para Rajoy -el deslenguado Cobo advirtió de que de prosperar el candidato banquero de Aguirre se acabaría la carrera política del actual líder del PP-, pero no hacen falta gafas para ver el marco inadecuado en que se dilucidan los intereses personales y partidistas. El síntoma de la corrupción política aparece por cualquier lado, no sólo hay que atribuirlo a la esfera del enriquecimiento particular o a la financiación ilegal de los partidos: está, en general, en las malas conductas democráticas.

No es que Rajoy no pueda o deba defenderse de quienes le disputan la hegemonía dentro de su propio partido escenificando un enfrentamiento cada vez más ridículo, como ocurre con Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz-Gallardón, muy reiterativos en la representación de sus diferencias. Rajoy puede hacerlo, lo que no debe es someter a los demás a la ley del embudo: dejando claro que a él le asiste el derecho, cuando no es así, de nombrar presidente de la caja madrileña a quien se le antoje, e impidiendo, al mismo tiempo, la posibilidad de que Aguirre se pronuncie sobre este mismo asunto desde la Comunidad de Madrid. O imponiendo silencio a los demás para que el único ruido audible sea el de Génova 13. Esto no es democrático por más que empiece a resultarnos familiar en las organizaciones políticas. En el PP hablan cuatro y los demás callan, empezando por los afiliados, que tan siquiera pueden decidir sobre sus dirigentes. O los propios contribuyentes no militantes, que subvencionan con sus impuestos a unos partidos cada vez más ajenos a los intereses de los ciudadanos y tampoco pueden alegar en su defensa, salvo cuando son convocados para votar los nombres de las listas cerradas fruto del capricho partidista.

Mariano Rajoy pilota un barco sin rumbo guiado por el viento de las encuestas, esperanzado en su porvenir electoral porque sospecha que los españoles se resignan frente a la corrupción como un fenómeno intrínseco al sistema y que afecta a todos los partidos por igual. Así, la partitocracia española se libra en las urnas de una derrota gracias a sus incondicionales súbditos.

Categoría: General | Comentarios(0) | noviembre 2009 |

« Entradas Anteriores