Ravello, en la costa amalfitana

Por Luis M. Alonso (15 de agosto, 2009)


Ravello es un lugar de ensueño poblado de hermosas historias y presencias estelares. El director de orquesta Leopold Stokowsky y la actriz Greta Garbo vivieron una apasionada historia de amor en los jardines y entre los muros de Villa Cimbrone, donde ahora hay un hotel encantador dominando el promontorio. En Villa Rufolo, Richard Wagner imaginó el jardín de Klingsor y la música que compuso para Parsifal.

Junto a Positano, Minori y Amalfi, Ravello es quizás el sitio más bello de la costa amalfitana al encontrarse unos kilómetros tierra adentro, a salvo de invasiones. A 350 metros de altura, situada sobre un promontorio, recibe la brisa cálida que llega del Golfo de Salerno y envuelve los deslumbrantes palacetes levantados por la aristocracia, los magníficos templos que mandó construir la Iglesia y los exuberantes jardines.

El lugar del que les hablo fue admirado por Bocaccio y querido por infinidad de vecinos ilustres, como el propio Wagner y Giuseppe Verdi. De hecho, en la Villa Rufolo se celebra anualmente, de junio a agosto, uno de los más importantes festivales de música. Destellos raveleses aparecen en un cuento de E. M. Forster, autor de Una habitación con vistas. En Ravello, David Herbert Lawrence escribió muchos capítulos de El amante de Lady Chatterley y el escritor parisino Andre Gide ambientó allí parte de su novela El inmoralista. Hay que acordarse de otros ilustres inquilinos: Paul Valery, Graham Greene, Tennesse Williams, Rafael Alberti y Gore Vidal. O de estadistas como aves de paso: Einaudi, Kennedy, Miterrand o De Gasperi.

Para darse un capricho en la vida, si es que se puede, está el pequeño Hotel Palumbo, una antigua residencia del siglo XII, con magnífico restaurante con vistas y toda la comodidad del mundo. Las dobles, a 430 euros. Si se quiere gastar menos dinero, en la vecina Amalfi, el Hotel Cappuccini Convento, por debajo de la mitad de ese precio. El perfume se extiende, eso sí en pequeñas dosis, a otros lugares más asequibles de la costa.

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Aix, un placer provenzal

Por Luis M. Alonso (26 de julio, 2009)


La Provenza es toda ella un placer que recorre los sentidos. Adorada por los pintores impresionistas y refugio de Durrell, Thomas Mann o Franz Werfel, le hace a uno la vida diferente, muchísimo más agradable, dulce y suave que ningún otro lugar del mundo, si exceptuamos ciertos parajes de la campiña toscana.

Los recodos más maravillosos en el camino, las fragancias y la bondad de la meteorología le asaltan a uno en Beaucaire o Tarascón, donde Tartarin. En las carreteritas que van desde Saint-Rémy a Maussane-les-Alpilles o Les Baux. En todo el triángulo entre Arlés, bordeando la Camargue, Aix-en-Provence y Marsella. Paul Cézanne murió en Aix, una ciudad que impresiona por la huella de su riqueza acumulada en los siglos XVII y XVIII, elegantísima y con una oferta cultural elevada, al igual que Aviñón.

No se puede hablar de Provenza sin referirse a uno de los monumentos gastronómicos de la cocina de Francia: la bullabesa. Se trata de uno de los mejores calderos o sopa de pescado que se han inventado. Lleva a veces más de una decena de variedades de peces de roca. También se incorporan a ella calamares y crustáceos, abundante aceite de oliva, cebolla, ajo, azafrán, piel de naranja y hierbas aromáticas, además de patatas. La bullabesa se come con la «rouille» una salsa picante, de color rojo, y una rebanada de pan tostado o los «croutons» (tropiezos de pan fritos, cuscurros).

Pero volvamos a Aix, el París de la Provenza, para recordar que allí se encuentra el mejor restaurante de la región, Le Clos de la Violette, donde el chef Jean-Marc Banzo elabora u n a de las cocinas mediterráneas más frescas e imaginativas. Se encuentra en el número 10 de la avenida de la Violeta. Pida el pastel de pequeños caracoles («petit gris» al romero y el lenguado a la brasa con marinera de mariscos. Et, voilà.

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La huella de Palladio en Vicenza

Por Luis M. Alonso (4 de julio, 2009)


La llanura entre Vicenza, Padua, Treviso y Venecia es el territorio privilegiado para el descubrimiento de las villas paladianas. La arquitectura de Andrea di Pietro della Gondola, más conocido por Palladio, se reconoce en su sencillez y en un equilibrio basado en la aplicación de una simetría y unas proporciones lógicas.

Cualquiera que hubiese atravesado Vicenza alrededor de 1530, en vísperas de la revolución paladiana, la hubiese encontrado entonces profundamente gótica, colorada de tonos varios y enladrillado rojo. Una ciudad provinciana con una nobleza aficionada a la tradición. El nuevo lenguaje arquitectónico que se había impuesto en Roma o Florencia quedaba demasiado lejos. Pero el cataclismo que estaba por producirse la transformaría en medio siglo en una ciudad de mármol, un himno a la simetría, un paraíso de clasicismo, sobrio y monumental. Y así se puede sentir en nuestros días, entre la obra de Palladio y la inspiración que produjo entre sus seguidores esta bella ciudad del norte de Italia. El clasicismo impera.

Pero si Vicenza es un canto a la obra del hijo que la embelleció, la llanura véneta ofrece las hermosas villas de campo que construyó. Apenas saliendo del cinturón de la ciudad encontramos Villa Godi Malinverni (1537), en Lugo Vicentino; Villa Pisani (1542), en Bagnolo di Lonigo, y Villa Capra (1556), conocida también por La Rotonda, en el camino a Verona. Otras tres más, Villa Barbaro (1554), Villa Cornaro (1553) y Villa Emo (1558) aguardan en las cercanías de Treviso. El tour paladiano concluye a las puertas de Venecia con Villa Foscari (1559-60), también conocida por La Malcontenta.

En Vicenza, la ciudad de Palladio, cerca de la Basílica y a dos pasos de la piazza del Signori, se puede comer muy bien en el restaurante Tira Tardi (Daniele Manin, 11). Para tomar, vinos (buen Amarone), quesos y embutidos la Enotecca La Malanotte, en el Corso Palladio. Cómo no.

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Las brasseries en París

Por Luis M. Alonso (27 de junio, 2009)


Las brasseries son sólidos pilares de la noche parísina, cerca de los teatros y de los mercados. De hecho, Les Halles ha tenido siempre a mano la brasserie, para los madrugadores del antiguo abasto, verduleros, carniceros o pescaderos, que compartían mesas con los noctámbulos. Inicialmente eran locales de tradición alsaciana donde se fabricaba cerveza y se cocinaban platos sencillos para acompañarla. La carta de brasserie ofrece desde una bandeja de mariscos y la popular chucrut, hasta una bullabesa o una bourride, pasando por el cassoulet tolosano hasta la humilde andouillete en sartén (salchicha de tripas).
Au pied de cochon, al lado de la iglesia de Saint Eustache, a dos pasos del centro Pompidou, es uno de los establecimientos más populares de la ciudad. Abre ininterrumpidamente y conserva una de las terrazas más animadas. En sus amplios salones, repartidos por tres plantas de un edificio singular, conviven todos los públicos.
El servicio es rápido y uno siempre encuentra algo que le gusta. A mí, particularmente, la «tete de veau» (cabeza de ternera) o los pies de cerdo que dan nombre al local, asados o rebozados en pan rallado con una salsa bearnesa. La soupe a l´oignon» es el elixir mágico después de una noche ajetreada.
Lipp, en el Boulevard Saint-Germain, muy cerca del famoso café Les Deux Magots, reúne aún a la gente del espectáculo en un local con decoración del ceramista León Fargue. Fundada en 1880 por Leonard Lipp, el Ministerio de Cultura la ha distinguido como «lugar de memoria cultural y política» por haber contado con ilustres clientes fijos: Marcel Proust, Camus, Malraux, Gide, Verlaine, Léon Blum, Giscard o Mitérrand, entre otros muchísimos. Apunten el buey con zanahorias. Y, también, la chucrut, cuya especialidad comparte con La Coupole otra brasserie monumento, en el Boulevar Montparnasse, o con La maison d´Álsace, en los Campos Elíseos, o la Brasserie Flo, en el Cour des Petites Ecuries, en una esquina junto al Folies Bergère, cerca del New Morning Jazz Club.

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La quietud romana de las tortugas

Por Luis M. Alonso (20 de junio, 2009)


Un entretenimiento insospechado en Roma es descubrir el placer de la lentitud delante de la fuente de las tortugas, en la Piazza Mattei. Huyendo del tráfago del Ghetto, antes de zambullirse en el caos de la Via Arenula, se encuentra el pequeño y precioso monumento del que les hablo, en una plaza tranquila, que invita a la meditación y al sosiego. Roma está llena de islas que le permiten a uno protegerse del ruido urbano, pero ninguna es comparable a esta de la Mattei, en la que las tortugas y el murmullo alegre del agua obligan a detenerse antes de proseguir el camino.

La complicidad de las cuatro tortuguitas de bronce cuyo diseño se atribuye al gran Bernini, casi un siglo después de la construcción de la fuente, en 1658, es evidente. Suya es la presencia y la quietud, paseando alrededor, admirando la caída del chorro gota a gota y, al mismo tiempo, una forma de belleza que ha perdurado los últimos cuatro siglos.

Según se viene del barrio judío, haciendo esquina hay un pequeño bar con tres o cuatro sillas afuera donde sentarse y una mesita por si el paseante quiere darse a la contemplación de las tortugas tomando un campari soda o cualquier otro refresco.

La fuente consiste en una bañera cuadrada con cuatro conchas en mármol de Portasanta y un cuenco con unas cabezas de querubines de las cuales brota el chorro que cae en la bañera. Se completa con cuatro efebos que se apoyan en unos delfines de los que manan agua directamente a las conchas. Originalmente sin las tortugas, se acabó de construir en 1588 por orden del acaudalado Muzio Mattei en la placita donde se encontraban los dos palacios de la familia. El duque presionó a las autoridades para que no la construyesen en la vecina Piazza Giudea, donde estaba previsto hacerlo inicialmente para abastecer al mercado.

Cuenta la leyenda, presumiblemente falsa, que Mattei hizo construir la fuente en un solo día para impresionar a su suegro. Algo que contrasta con la calma que se percibe al verla.

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Foyles, de Charing Cross

Por Luis M. Alonso (13 de junio, 2009)


Charing Cross Road va de Saint Martin Place a Saint Giles Circus, en el corazón del distrito londinense del Strand. En el cruce con Shaftesbury Axe se encuentra Cambridge Circus, sede del Servicio Secreto británico: el Circus en las novelas de George Smiley que escribió John Le Carré. Charing Cross es famosa por sus librerías. Allí están Foyles y Blackwells, dos de las mejores. Foyles cumplió en 2003 los cien años de vida y es posiblemente de todos los establecimientos dedicados a la lectura en Europa la que cuenta con mayor fondo editorial. Uno puede pasar el tiempo entretenido, desde que abre sus puertas hasta que cierra, hojeando novedades, revisando clásicos y completando bibliografía, de una estantería a otra, de mostrador en mostrador, por las cinco plantas del inmueble. En total, el equivalente a 11 kilómetros de libros. La oferta se ha renovado además con una galería de arte, un nuevo café (Ray’s Jazz Cafe) y una tienda de discos.

Foyles tiene otros tres locales en Londres, en Royal Festival Hall, Saint Pancras y Westfield. Conj una compra por valor de 25 libras, en Foyles regalan una copia de la guía «Walking Dickensian London».

También en Charing Cross, en el 76-78 de la calle, los seguidores de la novela negra y de misterio pueden echarle un vistazo a Murder One, que dentro de poco cumplirá veinte años y alberga centenares de títulos sobre Sherlock Holmes.

Waterstone’s, en Piccadilly, no es sólo la librería más grande de Londres, es también la más grande de Europa. El edificio lo ocupaban anteriormente los almacenes Simpsons. Waterstone’s es más parecido a una biblioteca que a una tienda; abundan las sillas y sillones e incluye varios puntos de información, haciendo que un paseo por su interior sea una experiencia totalmente propicia para leer un buen rato antes de decidirse por comprar. Londres cuenta con más de un Waterstone’s en Covent Garden, Trafalgar Square, dentro de Harrods, Oxford Street, Ludgate y Gower Street.

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Lisboa, a bordo del 28

Por Luis M. Alonso (6 de junio, 2009)


La Lisboa que me gusta apenas ya existe. Es la de la casa de fados de Milou Ferreira y las viejas tabernas donde los lísbias se enredan en finas discusiones. «Cuspir fininho», dicen. «Chuvas corridas, tristezas crescidas e venha aguardente para lavar las feridas», como en la canción. Apenas existe esa Lisboa, es verdad, pero su eco aún se escucha en las piedras y los raíles del eléctrico.

El tranvía número 28 es toda una leyenda. Su «percurso» es la historia misma de la ciudad. Parte del cementerio de Prazeres, atraviesa Estrela y São Bento, sigue por Camões, bordea el Chiado, penetra en la Baixa, continúa por la Alfama hasta alcanzar la Sé y el Castelo, Santo Tomé, São Vicente, el barrio de Graça y la Rua da Palma, cuna de fadistas, y concluye en el largo de Martin Moniz. Su trayecto no se atiene a horarios y nunca dura lo mismo a causa de los automóviles y del trámite algo torpe de los turistas, que lo abordan para subir al castillo.

El pasaje se nutre en muchas ocasiones de carteristas y aficionados al vídeo que quieren emular a Alain Tanner, que se empeñó en ver reflejadas las saudades portuguesas en el reloj de un bar que marcaba las horas en el sentido contrario, cuando para los parroquianos significaba una broma igual que otra cualquiera, como escribió Cardoso Pires.

Para subir o bajar a Graça, la única posibilidad del número 28 es la rampa de Santo Tomé, que se convierte en el tramo más complicado de la línea por las curvas y la estrechez de la calle. El tranvía pasa a un palmo de los edificios y obliga en ocasiones al revisor a apearse para ver quién viene, quién desciende y quién asciende. Algunas veces coinciden dos tranvías de frente y entonces la maniobra resulta todavía más peliaguda. Los conductores de los tranvías de Carris tienen ganado un lugar de honor en la historia del transporte público. Me gusta el tranvía de Lisboa, porque de todos los medios de locomoción es el único que acompaña el latido de los ciudadanos con una misma medida del tiempo y del paisaje.

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La hora de la belleza en Cefalú

Por Luis M. Alonso (23 de mayo, 2009)


La hora clásica de la belleza de Cefalú, Sicilia, sorprende al final del día, cuando uno se asoma a la puerta que se abre al mar para esperar a que la luna encendida ilumine con sus destellos las aguas mientras las barcas proyectan sombras sobre la arena. Cefalú está cincelada en una roca, que en griego (kefalé) daría nombre al lugar, y es, al mismo tiempo, árabe, bizantina, normanda y española. Recorro la calle principal, el Corso Ruggero, que va de la Puerta Real a la iglesia de la Cadena, de Sur a Norte, y que corta en dos la ciudad. Cada casa, palacio, cada muro, piedra de esta calle es documento y memoria. En la Via Atenea d’Agrigento floreció la novela de Pirandello y en la Via Toledo di Palermo se elevó al cielo el canto inflamado de Luccio Piccolo.

En lo alto de la Rocca , el satanista Aleister Crowley, el hombre más perverso y odiado del mundo, según rezaba un reclamo de la época, ataba a las mujeres para ofrecerlas en sacrificio en una de aquellas ceremonias rituales que, inicialmente, tenían acojonados a los nativos y, más tarde, les arrancaban sonoras carcajadas. Crowley llegó a Cefalú en 1920 para refugiarse en la abadía de Thelema, acompañado de la inquietante presencia de «la mujer escarlata», su novia Lea Hirsig, y, después, se les unió otra de sus «groupies» llamada Ninette Shumway.

Les hablo de Cefalú que es lo mismo que hacerlo de una joya. O de uno de los lugares más preciosos que existen para quedarse. En verano, sus playas atraen a demasiadas personas, pero cuando la temporada cede se convierte en un sitio encantador para tomar un «scopino» o un «campari» en una de sus terrazas, en el atardecer del «lungomare». El Duomo, con el Pantocrator, es uno de los mejores monumentos normandos de la isla. En el museo Mandralisca se exhibe Retrato del hombre desconocido, una de las pinturas más hermosas de Antonello Da Messina, cuya enigmática sonrisa dicen que inspiró a Leonardo en su Mona Lisa. Cefalú es, además, el mejor punto de partida para explorar el parque nacional de la Madonie.

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Alejandría, la ciudad fantasma

Por Luis M. Alonso (16 de mayo, 2009)

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Para encontrar el placer en Alejandría, hace falta ser algo aficionado a las cosas del ayer. La propia ciudad sobrevive entre rescoldos del pasado; el presente sólo invita a salir de allí lo más rápido posible. Hace años, uno se ponía del lado del mar, en la Corniche, para observar la gloria en ruinas de las fachadas, el neoclásico, el neogótico, el neoveneciano, en definitiva el pastiche, y le invadía el cosquilleo de la nostalgia literaria.

Las caries eran el principal rasgo de identidad de la ciudad perdida, pero detrás de todo aquello se encontraban Cavafis, la Mistinguet y Maurice Chevalier cantando en el cine Alhambra, o Durrell en la casa Ambron. Sólo avivando el recuerdo se podía ver al barón Alfred de Menasce, el Nessim de El cuarteto de Alejandría, bajando en dirección al mar, al hotel Cecil, pero bastaba como evocación para matar el tiempo en la terraza de un bar cerca del bulevar Ramleh, donde el poeta perseguía con timidez a los jovencitos en los billares.

Las horas pasaban lentamente en Chatby, mientras uno se enredaba con los atardeceres con velos de salpicaduras rosadas, entre oleadas de polvo y el olor a salitre del mar. Casi nada quedaba de lo que yo quería ver, pero todo se intuía rascando un poco en las caries, en los escombros y en las parejas que se miraban. Veíamos allí el rostro de Justine y luego nos íbamos a cenar al restaurante Seagull o pensábamos en hacerlo. En el Seagull, de El Max, se comían los mejores pescados y mariscos de Alejandría. No es que eso, dado el mar, signifique demasiado, pero cerca de nosotros percibíamos la sombra de Ungaretti con los aleteos del viento rasgando las aguas.

Y, de nuevo, a la mañana siguiente los tranvías volvían a devolvernos el ajetreo de la ciudad. La calle Safiya Zaghlul, los restaurantes griegos, los campanarios de San Saba, la calle Lepsius, donde vivió Cavafis, que en la actualidad tiene un nombre árabe, Sharm el Sheikh.

En Alejandría sólo se puede vivir dulcemente en un sueño. La realidad espanta.

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En Gante, tras el cordero místico

Por Luis M. Alonso (9 de mayo, 2009)

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Cuando se pasea en Gante por los canales se pueden ver reflejados en el agua los gabletes escalonados de las casas gremiales. Si tuviese que elegir una entre todas la joyas de Flandes, elegiría la ciudad de San Bavón, la de las prominentes agujas y el cordero místico de los Van Eyck. En pocos lugares me he visto tan deslumbrado por la belleza arquitectónica y, al mismo tiempo, relajado por el sosiego como en Gante. En los lugares con atractivo similar al de la ciudad flamenca el flujo de visitantes puede amargarle a uno la existencia. Pero no ocurre aquí.

Lo primero de todo, hay que echarle un vistazo al políptico de la catedral. La adoración del cordero místico, de los hermanos Hubretch y Jan Van Eyck, es uno de los tesoros de la cultura del Norte de Europa. La pintura consta de doce paneles, cuatro en el centro y otros cuatro en cada uno de los laterales. La fila inferior representa la espiritualidad del pueblo y en la superior está reflejado el cielo con Adán y Eva en los extremos. Los paneles externos son de colores casi planos y ganan en intensidad al abrirse para revelar el hermoso interior. El retablo, pintado por encargo de una pareja para decorar su capilla, presumiblemente en 1420, está considerada una de las siete maravillas de Bélgica. De modo que en su visita se puede sufrir la única aglomeración en Gante.

El resto es pasear por el Korenmarkt, almorzar o cenar en la Brasserie Pakhuis (Schuurkenstraat, 4), un almacén rediseñado con muchísimo gusto, platos sencillos pero muy bien elaborados; comprar chocolates con jengibre y otros sabores en los múltiples establecimiento dedicados a ello, tomar una cerveza en la legendaria Dulle Griet (Vrijdadagmarkt 50), cerca de donde se celebra como el nombre de la dirección indica el animado mercado de los viernes, y comprar brioches en Brooderie (Jan Breydelstraat, 8) para el desayuno o un tentempié.

En el dédalo de callejuelas del barrio de Patershol, al norte de la ciudad, la actividad artesanal es otro motivo igual de interesante para perder el tiempo y perderse en Gante.

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