Los Collyer, vidas en ruina

Por Luis M. Alonso (13 de mayo, 2010)


Doctorow interpreta en «Homer y Langley» el mito neoyorquino de los dos hermanos de Harlem que murieron sepultados entre objetos

«Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento». Así arranca la novela de E. L. Doctorow (Nueva York, 1931) sobre los hermanos Homer y Langley Collyer, una maravillosa recreación de un mito que, como es el caso de tantos otros neoyorquinos de su generación, formó parte durante años de su vida cotidiana. En la primavera de 1947, el novelista tenía 15 años y vivía en una ciudad de leyenda llamada Nueva York, llena de gánsteres, grandes peloteros de béisbol y todo tipo de héroes urbanos. Una mañana, los periódicos alumbraron la historia que se sumaría inmediatamente a sus sueños de adolescente.

El 21 de marzo, alguien hizo una llamada a la Policía informando de que había un hombre muerto en un edificio de piedra rojiza de cuatro pisos, en la Calle 128 con Quinta Avenida, en Harlem. Los agentes habían oído hablar de los dos hermanos que lo habitaban. No les eran ajenas tampoco las ventanas cerradas con tablas de la casa y el insoportable hedor que ésta desprendía durante los veranos. Los bomberos no pudieron inicialmente entrar en la vivienda que se encontraba taponada por pilas ingentes de periódicos y toneladas de otros objetos; por tanto no hubo más remedio que realizar un agujero en la azotea del edificio para poder colarse en él.

Los hermanos, como el lugar en que vivían, habían sido supervivientes de otro tiempo. En el siglo XIX, Harlem era blanca y próspera, un escenario perfecto para personajes de ficción extraídos de los relatos de Edith Wharton. Los hermanos Collyer no crecieron ricos pero sí como lo hace la gente acomodada. Hijos de un ginecólogo, su madre conservó siempre la ambición de convertirse en una gran cantante de ópera. Homer nació en 1881 (el año en que Henry James publicó Retrato de una dama, y del tiroteo en OK Corral); Langley, en 1985. En 1909 se mudaron a la casa de piedra rojiza y se quedaron en ella después de la muerte de sus padres. El dinero heredado les permitió vivir el resto de sus días sin trabajar, pero su ajetreo en busca de papel, maquinaria y objetos con que fortificarse frente a lo que les rodeaba fue constante.

Cuando la Policía empezó a investigar el caso de los Collyer, las primeras revelaciones ocuparon las portadas de los periódicos y miles de neoyorquinos se dieron una vuelta hasta Harlem para echar un vistazo. La curiosidad se tradujo en un continuo peregrinaje y lo que había sucedido en aquella casa no dejó de atraer el interés ni de incitar la imaginación en Nueva York.

No era para menos. En el interior del hogar, la suciedad resultaba indescriptible: las ratas merodeaban por todos lados, las pilas de periódicos eran gigantescas, se amontonaban las máscaras de gas y los pertrechos militares de guerra, había pianos por todas partes -se llegaron a contar catorce- y hasta un automóvil modelo T de Ford se hallaba aparcado en medio del salón. Sólo se podía circular por los estrechos pasillos que los hermanos habían abierto entre las montañas de objetos. La Policía encontró primero a Homer: estaba apoyado en una silla, lisiado y retorcido por el reuma, el pelo revuelto y blanco, la barba le cubría del pecho. Vestía un albornoz azul hecho jirones y había muerto de hambre. Con Langley dieron tres semanas después, pese a que su cuerpo permanecía sólo a cinco metros de distancia del cadáver de Homer, sepultado por los escombros. Murió aplastado por un derrumbe mientras intentaba acceder al rincón de la casa donde se hallaba su hermano, que era paralítico además de ciego, para llevarle de comer. Nunca llegó, murió aplastado por el camino. Las ratas se habían dado con él un último banquete.

A los pocos días de los primeros hallazgos publicados por la prensa, los hermanos acaparadores ya habían irrumpido en la mitología de Nueva York y, a partir de ese momento, formaron parte del lenguaje de la ciudad durante, al menos, dos generaciones. Cientos de madres neoyorquinas reprendían a sus hijos por el desorden o la suciedad en sus cuartos, acusándoles de actuar como los famosos hermanos de Harlem. Más de un vecino en la ciudad del Hudson se habrá sentido en algún momento un Collyer por apilar las revistas o los periódicos que es reacio a tirar. En medicina, el síndrome Collyer se ha estudiado como una variante del de Diógenes.

A Doctorow sólo le bastaba con unir los hilos. Al igual que en El libro de Daniel, Ragtime o, Billy Bathgate, se ocupó menos de la verdad que de interpretar el mito, moldeándolo a su manera. De hecho, Homer, el hermano mayor en la vida real, es en la novela el menor, como si el autor quisiese ofrecer una mayor sensación de protección: el ciego y el pequeño. Langley, por su edad, resulta improbable que combatiese en la Primera Guerra Mundial, de donde regresa en la ficción cargado de obsesiones y admirado por su hermano. De la misma manera que fue Langley el músico y no Homer como ha querido contárnoslo Doctorow en su maravilloso relato de las criaturas mitológicas que llenaron de misterio su adolescencia.

Langley investigaba el mundo, de ahí que no se desprendiese de su primer material de consulta: los periódicos. Pero hubo quienes dijeron que los conservaba para que su hermano pudiera leerlos cuando recuperara la vista. Por este último motivo, lo atiborraba de naranjas.

En resumidas cuentas, una historia como hay pocas.

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El tiempo en la Ciudad Eterna

Por Luis M. Alonso (6 de mayo, 2010)

Historias de Roma, de Enric González, y otras visiones personales de utilidad sobre la gran urbe italiana

Habrá quienes prefieran otra ciudad, pero nadie podrá negar que Roma es única, y, al ser única, resulta también incomparable. La eternidad de Roma no sólo se debe a sus piedras y monumentos, la mayor concentración de historia y belleza del mundo, sino a lo que en ella se disfruta y aprende del tiempo.

El periodista Enric González, en la actualidad corresponsal de «El País» en Jerusalén, ha escrito un pequeño libro que condensa en sus poco más de 120 páginas el aprendizaje de una estancia bien aprovechada en la gran urbe italiana. El buen periodismo está en los detalles y, al igual que ocurrió anteriormente con Historias de Londres e Historias de Nueva York, Historias de Roma es un cuidado producto de la observación y la melancolía.

Un detalle, por ejemplo, es detenerse en la calle donde fue hallado el automóvil con el cadáver de Aldo Moro, en la Via Michelangelo Caetani, y, después de refrescarnos la memoria con aquellos terribles hechos, llegar a la conclusión de que aparcar en el lugar donde los hicieron los terroristas era entonces y es hoy francamente complicado, por no decir misión imposible. Otro es llevarnos por medio de Alberto Sordi, esencia de la romanidad, a Mario Buffone, el popular guardia urbano de la peana de Piazza Venezia, precisamente el día en que se jubilaba, tras treinta y dos años controlando el tráfico en uno de los puntos más caóticos de Roma.

Alberto Sordi, Albé o Albertone, como se le conocía cariñosamente, protagonizó en 1960 Il vigile, una película en la que encarna a un urbano novato que intenta ser justo e incorruptible, «lo que en Roma suele conducir al fracaso». Enric González cuenta cómo Buffone, después de hablarle de los políticos, futbolistas, actores u otras personalidades a los que ordenó parar e incluso multó, cae en la tentación de explicar también los consejos que le dio a Sordi para dirigir correctamente el tráfico. Algo que no pudo ocurrir jamás, aclara el periodista, porque el guardia de Via Venezia tenía doce años cuando el gran Sordi rodó el film de Luigi Zampa.

Por las páginas del libro pasan las iglesias, los gatos, el glorioso café del San’t Eustachio, donde los parroquianos rascan con la cucharilla el fondo de la taza para arrancar las últimas moléculas de la crema mezclada con el azúcar; la rivalidad local futbolística y los orígenes fascistas de la Roma y de la Lazio; la comida, la pasta asciutta, la pizzería La Montecarlo, los fritti romani y la coda alla vacinara de La Matricianella, en la Via del Leone, y, cómo no, la popularísima pajata (el intestino de cordero lechal con que los romanos acompañan el rigatoni. También están la pintura canalla de Caravaggio, un paquete con un libro que dio la vuelta al mundo por culpa del ineficaz servicio del Chronopost-Paccolere-Internazionale, los papas, los cementerios, la tumba de Keats, la peripecia doméstica del periodista y su mujer en el Palazzo Massimo, unos copos de nieve suspendidos girando en el aire justo debajo del agujero de la cúpula del Panteón, y el caso de Anna Fallarino y el marqués Casati Stampa, un crimen familiar del que acabó beneficiándose Silvio Berlusconi. Las historias se superponen en el formato mini al que nos tiene acostumbrados Enric González.

No dejo pasar la oportunidad de referirme a otros libros que sirven para entender la Ciudad Eterna. Uno de ellos, Secretos de Roma (Debate, 2007), de Corrado Augias, lo cita el propio González. Pero no hay que olvidarse de Roma fugitiva (Quaterni, 2009), los ensayos que escribió Carlo Levi, que incluyen resonancias íntimas de la ciudad en los años cincuenta, hasta la época en que se rodó La dolce vita. Levi capta como nadie el sonido, los ruidos, las fiestas del sueño y del mito que surgen en cada esquina romana.

Otro retrato esencial para entender la ciudad que cambia para seguir siendo la misma es el de Federico Fellini. La primera imagen de Roma que el director de cine conservaba en la memoria era la de un poste milenario que surgía fuera del país, su Rimini natal, y en medio del campo. Pero en el tiempo de la escuela elemental, con los curas, obtuvo sobre la Ciudad Eterna otro tipo de información. Citando las fatales palabras de Julio César, «alea iacta est», los escolares también podían cruzar el Rubicón y ver en diapositivas los principales monumentos de la capital: Santa Maria Maggiore, la tumba de Cecilia Metella, el arco de Constantino, el Altar de la Patria, San Pedro y cualquier otro de los que se incluían en las proyecciones de los sacerdotes.

Roma representaba para Fellini la bendición dominical del Papa transmitida por la radio, que hacía bramar a su padre, un hombre laico de ideas socialistas. Pero también estaban las películas interpretadas por Greta Garbo y los «peplum» ambientados en los tiempos del imperio de los césares. El profesor de Historia del Cine y Literatura Flaminio Di Biagi se ocupa en La Roma di Fellini (Le Mani, 2008) de la escenografía y topografía del cineasta autor de Ocho y medio, el callejero, los lugares de encuentro, los cafés, los bares y los restaurantes del mundo felliniano. Una lectura imprescindible para saber manejarse en él.

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La vigilia del Libertador

Por Luis M. Alonso (29 de abril, 2010)


Jorge Volpi examina en El insomnio de Bolívar la realidad de América Latina y ofrece, con sentido del humor, un futuro imaginado

Hace tiempo que quería escribir acerca del vuelo de pájaro de Jorge Volpi (México, 1968) sobre América latina y no encontraba el momento. La última astracanada con los transgénicos, los calvos y los homosexuales de Evo Morales, uno de los caudillos democráticos protagonistas de su ensayo El insomnio de Bolívar, me proporciona hasta una pecha.

El caudillo democrático latinoamericano, como cuenta Volpi, no trabaja para la Historia, sino para el aplauso y la celebridad instantáneos. Lo mismo que sucede con los productores televisivos y sus guionistas, los asesores de imagen los obligan a alterar decisiones sobre la marcha con el fin de conservar o aumentar el nivel de aprobación. Por eso, cuando Morales habló el otro día de la Coca-Cola y de los pollos lo hacía imbuido de la conveniencia de lanzar un mensaje, fácilmente entendible por sus seguidores, contra el imperialismo industrial. Al final, todo se queda en propaganda, porque, de acuerdo con la tesis que arroja el libro del que les hablo, los nuevos caudillos de América latina se dedican a defender la soberanía en contra de los espurios intereses extranjeros mientras hacen negocios con toda clase de empresas transnacionales. Arremeter contra los privilegios de los ricos, aunque en secreto se pacte con ellos, forma parte del decálogo del caudillo democrático que persigue el sueño de Bolívar mientras el Libertador permanece en su vigilia.

El ajuste de cuentas de un escritor mexicano que descubrió su condición latinoamericana en Salamanca, «frente a las severas estatuas de Fray Luis de León y Unamuno», cuando tenía 28 años y nunca antes había percibido tal cosa, es intrínsecamente literario. Volpi, a través de fogonazos, desvela la realidad de América latina. El primero de ellos es la rebelión cívica en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, contra las políticas centralistas de La Paz; luego se detiene en Caracas para hablar no de Chávez, sino de Gustavo Dudamel y de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, «una esperanza más allá de las insulsas arengas de los políticos»; después, recuperando una imagen de julio de 2006 en el paseo de la Reforma de México D. F., les toca el turno a los seguidores de López Obrador, ante el triunfo supuestamente fraudulento de Calderón en las elecciones de ese año; más tarde, se para en las calles de Santiago de Chile, en las que los chilenos intentan atrapar desde hace tiempo el sueño del primer mundo; o salta a Managua para dejar constancia del «reality show», mejor dicho, del serial de violencia doméstica, que protagoniza Daniel Ortega, al que su hijastra acusa de acoso sexual; o vuela a Buenos Aires, diciembre de 2007, para asistir al siguiente episodio del culebrón Kirchner, el nuevo experimento familiar pos-Perón que padecen los argentinos; o se planta en La Habana, en junio de 2008, donde Fidel Castro, en chandal, retirado de la política, continúa, según el autor, hechizando la imaginación latinoamericana como símbolo imperecedero de los más altos ideales y de su traición a ellos.

Al autor le cuesta elegir entre el indigesto panfleto de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, que Chávez regaló a Obama, y El perfecto idiota latinoamericano, réplica visceral que escribieron en la década de los setenta Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. De hecho, sugiere que al pesimismo de Galeano habría que oponerle el ensayo del periodista británico Michael Reid Forgotten continent. The battle for Latin America’s soul (2007), que aboga por las reformas institucionales del presente frente a la vía revolucionaria del pasado.

Las cuatro consideraciones de Volpi sobre América latina, intempestivas, como él mismo reconoce en el subtítulo del ensayo, o no, son de lo más pertinente. En último caso, interesantes por lo provocadoras. En la primera de ellas cuenta cómo el realismo mágico, la materia que utilizaron los escritores del «boom» para describir el asombroso paisaje, fue sepultado, y cómo la región se ha convertido en algo más difuso, aburrido y normal. Volpi reprocha a los autores del «boom» sus envejecidas proclamas. Fueron ellos los que recuperaron el viejo sueño de unidad después de la experiencia de la Revolución Cubana y los que, con su éxito espectacular, consagraron la imagen de una América latina distinta y exótica. Eso ya no sirve, ahora que han desaparecido casi todas las dictaduras y las guerrillas y lo que queda son frágiles y pintorescas democracias.

La segunda de las consideraciones tiene que ver con la trágica suerte de los países latinoamericanos, la injusticia, la corrupción y la mediocridad de unos gobernantes devenidos en caudillos. El ensayista mantiene que, más allá de las diferencias que han servido para enfrentarlos, Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Rafael Correa, Evo Morales, Martín Torrijos, Néstor y Cristina Kirchner y Daniel Ortega comparten cierto estilo, aunque sus seguidores jamás lo reconocerían: «¿Quién osa comparar al fascista Uribe con el revolucionario Chávez?, ¿quién se atreve unir al tiránico Chávez con el liberal Uribe?». Pero es verdad que todos se han presentado ante sus sociedades con la misma propensión al populismo, idénticos tics mesiánicos, igual tentación salvadora y, sobre todo, como remarca Volpi, con «la misma íntima desconfianza hacia las reglas democráticas».

La tercera secuencia pertenece al azaroso perfil de la región, sus espejismos y quimeras, y las nuevas generaciones de escritores, reverso de los anteriores, convertidos en apátridas. En la cuarta Volpi establece un paralelismo imposible a través de extremos que se tocan, como son los casos de Ciudad Juárez-El Paso o La Habana-Miami.

Finalmente, el autor, en una pirueta fantástica, consigue que el sueño bolivariano se cumpla en la primera década del tercer milenio de nuestra era con la promulgación de la primera constitución de los Estados Unidos de las Américas, en 2110. Para Volpi, el mayor logro de América latina en tres siglos de historia ha consistido en desaparecer y unir su destino al del poderoso vecino del Norte. Entretanto, el Libertador seguirá sin dormir tranquilo.

Érase una vez en el Delta…

Por Luis M. Alonso (22 de abril, 2010)


Ted Gioia despoja el blues de romanticismo y mito en una historia definitiva de la música popular más influyente de todos los tiempos

En una noche sofocante de 1903, en la estación de tren de Tutwiler (Tallahatchie County), el pianista y cornetista W. C. Handy se enteró del verdadero significado de uno de los estribillos arcaicos del blues del Delta mientras escuchaba a un hombre negro y flaco repetir una frase misteriosa: «Goin’ where the southern cross’ the dog» («Voy donde el sureño se cruza con el perro»), acompañándose de una guitarra y utilizando un cuchillo contra las cuerdas a modo de cuello de botella (bottle neck).

Ted Gioia cuenta en Blues (La música del Delta del Mississippi) cómo muerto de curiosidad Handy le pidió al hombrecito una aclaración de sus lastimeras palabras y aquel saco de huesos le explicó que con «dog» se refería a la línea del ferrocarril del Delta del río Yazoo (YD). Las iniciales Yazoo Delta habían llevado a algún gracioso a bautizar el tren «yaller dawg» (perro aullador) y el apodo se había extendido. «En Moorhead, el tren que viaja hacia el Este y el que viaja hacia el Oeste cruzaban la línea Norte-Sur cuatro veces cada día. Éste era el punto donde el sureño se cruzaba con el perro, el destino de aquel cantante y el tema de su canción nocturna y solitaria. Ya aquí, en su encarnación más antigua, los intérpretes del blues del Delta cantaban sobre la vida del vagabundo, los trenes y los cruces de caminos, temas que se mantendrían en una posición dominante a lo largo de toda su historia» (pág. 40).

Como también cuenta Gioia, en la mayoría de los blues, las primeras dos frases se repiten y la tercera es distinta y rima. Sin embargo, lo que llenó de curiosidad a W. C. Handy, recién llegado al Delta, era un estilo primitivo de composición, alejado de las corrientes musicales de moda. Handy, conocido como el padre del invento, decidiría más tarde adaptar a su orquesta el menospreciado arte popular que se convertiría en una nueva forma de entretenimiento.

Pianista, crítico, profesor y productor de jazz, Ted Gioia ha escrito la historia definitiva del blues del Delta de Mississippi, después de rastrear e investigar archivos, apartándose de la tentación de caer en los tópicos. Su libro es, junto a la biblia de Paul Oliver, traducida al español hace años por Nostromo y ahora descatalogada, la mirada más completa que existe sobre esa música envuelta en misterio y mito que sirvió de plataforma de lanzamiento para el rock and roll.

Hay en el libro de Gioia infinidad de caminos que se encuentran en un cruce y de sureños al encuentro del «perro». Gran parte del material que se incluye lo conocen los aficionados; ha sido tratado otras veces pero sin una comprensión equiparable de la historia. Un ejemplo de ello es cuando el autor, de manera escéptica y huyendo del romanticismo, se ocupa de Robert Johnson. No tiene por qué extrañarnos que siempre que se habla de blues y surge el nombre de Robert Johnson salga a colación el asunto del guitarrista que vendió su alma al diablo a cambio de una capacidad sobrenatural para interpretar. Se trata seguramente del episodio más sonrojante por falso de su biografía, pero también el más famoso en la cronología de la música del Delta. Es una historia repetida y falsa que ha servido para construir una leyenda, a través de libros, artículos e incluso de una película taquillera de Hollywood realizada hace algunos años. Gioia no sucumbe ante el mito aunque reconoce que hay que seguir apoyándose en él porque la leyenda sigue formando parte del negocio y ayuda a explicar muchas cosas. El diablo sí estuvo, según el autor del libro, al loro de los negocios del momento y fueron estos los que realmente auparon una música, genuinamente americana, procedente de los campos de algodón, las prisiones y los garitos, cuyos orígenes se han atribuido erróneamente a África Occidental para nutrir de exotismo el fenómeno.

La encrucijada de Robert Johnson no fue la del diablo sino la de un crápula de los caminos que logró enganchar a las generaciones posteriores con canciones escritas para seducir a las mujeres. Su éxito póstumo es enorme. Ningún cantante de blues tradicional vendió tantos discos como él. «Su manera de acercarse a las mujeres era franca y pragmática hasta unos extremos sorprendentes. Solía escoger a las más feas de la localidad, intuyendo que de este modo tendría más posibilidades de éxito y menos de provocar las iras de otro hombre» (pág 211). Así todo, no evitó que lo matara un marido celoso. Era tímido y jamás se ganaba la confianza de ellas por medio de la conversación. Lo que hacía era elegir una mujer entre el público y cantar dirigiéndose a ella, arrullándola e insinuándose. Su repertorio es el más sensual del Delta: Love in vain, Come on in my kitchen o Kindhearted woman, son algunos ejemplos citados por Gioia, pero hay muchos más. Nadie de sus predecesores, Son House o Charley Patton, suena de forma tan cautivadora. Johnson era el más delicado y cercano de todos pero no porque hubiese vendido su alma al diablo, sino porque le gustaban las mujeres más que a un tonto un globo.

Por las páginas de esta historia racional del blues, de Gioia, desfilan todos los grandes y también algunos de sus epígonos con anécdotas y atinados perfiles. Tommy Johnson, Bukka White, Son House, Skip James, «Mississippi» John Hurt, John Lee Hooker, Muddy Waters, Howlin’ Wolf, B. B. King, etcétera, los pioneros que salieron al encuentro del «perro» y los que más tarde cruzaron la Highway 61, esa ruta legendaria que se alarga como una vía de escape desde Nueva Orleáns hasta Canadá. Hay que tener en cuenta que no estamos hablando sólo del Delta, sino de caminos que se bifurcan al igual que lo hizo la música popular más grande e influyente de todos los tiempos.

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El teatro de Axler

Por Luis M. Alonso (15 de abril, 2010)


En La humillación, tercera de un cuarteto de novelas cortas, Roth ofrece una sombría meditación sobre el envejecimiento

Simon Axler, sexagenario y actor de fama, es un hombre que elige vivir interpretando a un hombre que quiere morir. Lo hace cuando se ve privado de su talento y se mira en el espejo como el inventario de sus defectos. Entonces, decide abandonar los escenarios. Su miedo escénico no es más que un síntoma del pavor de la edad. Esto que cuento ocurre en el primer acto de La humillación, la tercera de cuatro novelas cortas en las que Philip Roth reflexiona sobre la mortalidad. En el segundo, Axler conoce a Pegeen, la mujer capaz de transformarse y de transformarlo, una aventurera cuarentona y caprichosa, veinticinco años más joven que él e hija de unos amigos. Pegeen no ha conocido otro sexo que el de las mujeres y sólo decide dejar de ser lesbiana cuando su novia opta por convertirse en un varón heterosexual. En el acto final, todo se va al garete, en el mismo momento en que se confirma que el sexo no es suficiente para ponerse a resguardo en la intemperie de la vida.

Las condiciones que impone la existencia son una auténtica obsesión para el autor de El lamento de Portnoy. Háganse cargo: de repente llega el cambio de placas, la tierra empieza a temblar y las fotos colgadas se caen de la pared. El discurso se hace más lento y también la memoria. La existencia disminuye y los ciclos se suceden vertiginosamente en medio de la acelerada desaceleración que produce el envejecimiento. El final de El teatro de Sabbath, donde Roth contaba las peripecias sexuales de Morris Sabbath, es precisamente el comienzo de La humillación, una pequeña pieza del mejor novelista americano vivo. Ya en aquel momento, el escritor reflexionaba sobre la vida y la muerte y citaba a Shakespeare: «De cada tres de mis pensamientos uno se consagrará a mi tumba» (La tempestad).

El caso es que, abatido y abandonado por una bailarina con la que ha mantenido una desdichada relación hasta derrumbarse, el protagonista de La humillación piensa en el suicidio como solución a su deterioro. Por algo el suicidio es un acto extraordinario reverenciado por los dramaturgos. Axler medita sobre los papeles que ha interpretado a lo largo de su dilatada carrera artística. «Sentado allí, entre sus libros, trataba de recordar obras en las que un personaje se suicida. Hedda en Hedda Gabler; Julia en La señorita Julia; Fedra en Hipólito; Yocasta en Edipo Rey; casi todo el mundo en Antígona; Willy Loman en Muerte de un viajante; Joe Keller en Todos eran mis hijos; Don Parritt en El repartidor de hielo; Simon Stimson en Nuestra ciudad; Ofelia en Hamlet. Otelo en Otelo; Casio y Bruto en Julio César; Goneril en El Rey Lear; Antonio, Cleopatra, Enobardo y Charmian en Antonio y Cleopatra; el abuelo en Despierta y canta; Ivanov en Ivanov; Konstantin en La gaviota. Y esta lista asombrosa era sólo de obras en las que él había actuado?» (página 49). Pero lo que la ficción y el drama consagran no es tan fácil llevarlo a la realidad. Tras un breve paso por el psiquiátrico, a Axler no le abandona el recuerdo de Sybil van Buren, que le pide que mate a su marido, un sujeto despreciable al que sorprende arrodillado en el suelo, con la cabeza entre las piernas de su hijita de 8 años. La mujer es incapaz de poner fin a su sufrimiento y a él no le cuesta entender lo complicado que resulta hacerlo de manera violenta. «En las películas la gente va por ahí matando sin cesar, pero el motivo de que hagan esas películas es que para el 99,9 por ciento del público es imposible hacerlo. Y si es tan difícil matar a otra persona, alguien de quien tienes todas las razones para querer destruirlo, imagina lo difícil que es matarte a ti mismo» (página 52).

El desenlace de la novela llega después de que el imposible romance entre Axler y Pegeen se revele como una historia más entre los cientos de millones de historias fracasadas entre hombres y mujeres. Ella no puede olvidar su pasado de lesbiana y él recurre desesperadamente al trío y a los juguetes eróticos para mantener su repentino interés heterosexual. El remedio se vuelve en contra del paciente. Axler sólo fue un experimento para Pegeen, que no ignora que Simon se precipitará al abismo si su relación con ella acaba. Sin embargo, pone de evidencia su superficialidad cuando le informa que lo suyo ha pasado a mejor vida. Como dice Roth, coquetear con un hombre mayor puede ser una forma perfecta de humillarlo. Los reproches al padre de la novia del viejo actor que se disponía a coger el último tren que pasa por delante suyo son el penúltimo y patético soplo de esta triste historia sobre las relaciones humanas.

La humillación no es un gran movimiento en el tablero donde Roth dispone sus piezas. Pero resultaría difícil reunir mayor intensidad literaria en poco más de 150 páginas del relato, concebido como la última representación del protagonista que, al igual que sucede con su inesperada pareja, viene de vivir un momento personal dramático. En él es el derrumbe que se produce tras la interpretación de Macbeth en el Kennedy Center y en ella, que su novia decidiese convertirse en un hombre si consultárselo.

Némesis será la pieza que complete un cuarteto de meditaciones sombrías de Roth sobre la mortalidad, después de Elegía, Indignación y la obra que nos ocupa, que ha sido llevada al cine por Barry Levinson, con Al Pacino en el papel de Axler. A sus 77 años recién cumplidos, Philip Roth sigue, con su pautada producción literaria, la máxima de su amigo Saul Bellow, que decía que ningún escritor debería morir mientras tenga un libro entre manos. A él la obsesión por la muerte le lleva a seguir escribiendo.

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Escribir contra el dolor

Por Luis M. Alonso (1 de abril, 2010)


El autor israelí David Grossman reúne en un volumen ensayos y conferencias sobre política y literatura

Hay momentos decisivos en la formación intelectual de las personas. David Grossman (Jerusalén, 1954) descubrió las terribles circunstancias en que se produjo la muerte de Bruno Schulz después de haber leído Las tiendas de canela y El sanatorio bajo la clepsidra. Schulz, un escritor judío polaco que vivió en la pequeña aldea de Drohobycz, Galitzia, y transformó su diminuto microcosmos en una epopeya literaria, contaba como protector en el gueto con un miembro de las SS que le había encomendado pintar unos murales en su casa y en el establo. Este oficial tenía, a su vez, dentro de la policía nacionalsocialista a un enemigo al que le había ganado una importante suma de dinero jugando a las cartas. Un día este último se encontró con el pobre Schulz en la calle y le pegó un tiro con el único propósito de hacer daño a su protector. Cuando los dos oficiales se vieron, el asesino le dijo a su compañero: «He matado a tu judío». Y el otro le replicó: «Muy bien. Ahora yo mataré al tuyo».

Grossman, del que acaba de publicarse una traducción al español de su novela La vida entera, cuenta en uno de los seis ensayos del libro Escribir en la oscuridad cómo durante un tiempo el espanto le mantuvo paralizado igual que si hubiera perdido las ganas de vivir en un mundo donde se permitían este tipo de cosas. No era la primera vez que le ocurría, después de que a los diez años hubiese relacionado los horrores del Holocausto con los personajes de Sholem Aleijem. Pero en esta ocasión, decidió que tenía que escribir un libro, Véase: amor, sobre la vida de aquel hombre al que mataron en el gueto de Drohobycz con la única excusa de hacer daño a quien supuestamente le protegía y sólo pidió como contrapartida cobrarse la vida humana de otro en las mismas y crueles circunstancias. Alguno de sus lectores le confesaron al autor que les había costado un gran dolor leer el episodio sobre Schulz y, otros, simplemente le dijeron que no habían podido hacerlo.

El dolor es una constante en la obra de Grossman: el esqueleto sobre el que construye su conmovedor cuerpo literario. Escribir le ayuda a aliviarlo. Las conferencias y comunicaciones incluidas en Escribir en la oscuridad tratan del Holocausto, de la formación del Estado de Israel, de la sensación permanente de catástrofe, del conflicto interminable de Oriente Próximo y de sus consecuencias, del fracaso de una sociedad condenada a vivir bajo la amenaza, de la agresión al otro y de la necesidad de comprenderlo. Al otro hay que conocerlo por dentro, dice Grossman, reflexionar sobre el enemigo. «No sólo odiarle o temerle. Considerarle como una persona, una sociedad o un pueblo, distinto de nosotros, de nuestros miedos, esperanzas y creencias, de nuestra forma de pensar, de nuestros intereses y heridas». Eso es lo que según el autor podría servir para modificar la realidad y ayudar a que el enemigo del pueblo de Israel deje, paulatinamente, de serlo para convertirse en un vecino. «Quiero aclarar que no estoy hablando de amar al enemigo, no puedo vanagloriarme de tan noble generosidad (cuando oigo esta frase, siempre me parece un poco sospechosa). Me refiero al esfuerzo real de intentar comprender al enemigo, sus móviles, su lógica interna, su visión del mundo y la historia que él mismo se cuenta», dijo en 2006 en el Congreso Nacional de Bibliotecarios de Tel Aviv, y quedó recogido en sus ensayos.

Grossman, que ha reclamado junto con los escritores Amos Oz y Abraham «Buli» Yehoshúa soluciones negociadas del problema palestino, redobló sus esfuerzos en favor de la paz desde la muerte de su hijo de veinte años, Uri, sargento de una unidad de tanques durante la segunda guerra del Líbano. En compañía de sus colegas, al mismo tiempo que ha criticado al gobierno de su país, también se ha dedicado a intentar que el mundo cristiano y musulmán, y los estados en los que de forma más o menos explícita impera el antisemitismo, modifiquen su deformada visión de Israel y el judaísmo.

A Grossman esta lucha le supuso, hace años, enfrentarse a José Saramago, cuando el Nobel después de una entrevista con Arafat, comparó la conquista israelí en Cisjordania con el genocidio ejecutado por los nazis contra los judíos. El escritor hebreo, que siempre se ha opuesto a la ocupación israelí de los territorios, mantuvo entonces que la comparación demostraba una carencia de empatía y mucha ignorancia histórica ya que Israel no defiende una ideología o una infraestructura para llevar a cabo un genocidio del pueblo palestino. Le respondió a Saramago que Israel estaba en Cisjordania, porque en 1967 cuatro ejércitos árabes intentaron destruir el país. Cuando le dijo todo esto, Saramago le acusó de hablar en nombre de los muertos. Y Grossman replicó que efectivamente había hablado con gente que ahora está muerta y que estaba seguro de que ellos no aceptarían esa clase de comparación.

No resulta fácil hablar de buenos y de malos en el conflicto palestino. No se trata de una película del salvaje Oeste, como dijo Amos Oz. Lo que ocurre tiene más bien que ver con una tragedia: un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación convincente, profunda y otra, distinta, que no es menos poderosa ni humana. Los palestinos no han sido aceptados por sus vecinos árabes y los judíos israelíes están en Israel porque no hay otro país en el mundo al que, como nación, puedan llamar hogar. Tendrían que acabar por entenderse. La pregunta es cuándo.

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El fino olfato de Malcolm Gladwell

Por Luis M. Alonso (25 de marzo, 2010)


El periodista de «The New Yorker» renueva la no ficción con historias que muestran otro modo de interpretar el mundo

Hace ya tiempo que los libros de Malcolm Gladwell (1963) son de obligada lectura en Harvard, pero también se discute sobre ellos en otros muchos lugares. La pregunta que más le hacen al periodista de «The New Yorker» y ex reportero de «The Washington Post» es de dónde saca lo que escribe. Gladwell está convencido de que cualquier persona tiene una historia que contar y de que detrás de cada cosa siempre hay algo que curiosear. El mérito está en sacarle partido. Nuestro hombre lo hace donde otro arrojaría la toalla. Por ejemplo, ¿quién podría estar interesado en escribir sobre el ketchup? Respuesta: Malcolm Gladwell. Y ¿a quiénes les podría interesar leer un artículo tan excéntrico sobre algo que a simple vista merece poca atención? Respuesta: a los miles de lectores de Malcolm Gladwell.

La idea del ketchup se le ocurrió a nuestro hombre después de una conversación con un amigo propietario de una tienda de ultramarinos que también le contó una teoría fascinante sobre los melones, que seguramente el periodista ya habrá destripado en sus entregas neoyorquinas. El hecho de que mucha gente estuviese dispuesta a consumir más de una mostaza y de que nadie haya sido capaz de inventar una salsa de tomate para hacerle la competencia a la que fabrica Heinz, atrajo la curiosidad de Gladwell. El fruto de esa investigación, El enigma del ketchup, es uno de los artículos seleccionados para su último libro, Lo que vio el perro y otras aventuras, que ahora dispone ya de traducción al español.

En la primera parte de Lo que vio el perro, Gladwell, británico de nacimiento y vecino de Nueva York, cuenta la historia de algunos «genios de menor importancia», como él suele decir. La de Ron Popeil, el feriante que ideó, diseñó y vendió a millones de televidentes la parrilla-barbacoa Ronco Showtime, pulverizando las reglas de la economía moderna. O se refiere a los tintes de pelo en Colores verdaderos, que surgió después de haber escrito un artículo sobre el champú y de que una de sus lectoras le dijese que el tinte resultaría mucho más interesante. La segunda parte demuestra las teorías, o las maneras de organizar la experiencia. Por ejemplo, En Murray valía un millón de dólares explora el problema de la falta de vivienda y cómo solucionarlo. Gladwell se detiene en un controvertido programa que da a los «sin techo» crónicos llaves de domicilios, con acceso a servicios especiales, dejando los casos menos extremos en la calle para que se las arreglen por sí mismos.

Para entender la diferencia entre el ahogo y el pánico se inspiró en el accidente aéreo mortal que sufrió John F. Kennedy junior en 1999, y se arriesgó con mal tiempo a volar en la clase de avión que pilotaba el hijo del ex presidente cuando perdió la vida en Martha’s Vineyard. «El piloto empezó a dejarnos caer en espiral. No era un truco. Era una necesidad. Quería experimentar cómo se sentía uno al estrellarse con un avión así; porque para entender este accidente no basta con saber lo que Kennedy hizo». En la tercera parte Gladwell analiza las predicciones que hacemos sobre la gente. «¿Cómo podemos saber si alguien es malo, o inteligente, o capaz de hacer algo realmente bien?», se pregunta. Escribe acerca de cómo los educadores evalúan a los jóvenes, qué tipo de perfiles guardan los criminales del FBI, de qué manera se forman juicios rápidos y a veces absurdos los entrevistadores de empleo. Sincero en su escepticismo acerca de estos métodos, el autor se muestra fascinado por los diversos intentos de medir el talento o la personalidad.

El material que maneja Gladwell es de lo más variado. En su superventas Inteligencia intuitiva (Blink, the power of thinking without thinking) el periodista explica de dónde proceden las decisiones que tomamos en dos segundos sobre cuestiones, algunas de ellas peliagudas, que teóricamente requerirían ser meditadas mucho más tiempo. O, poniendo el ejemplo del reto de Pepsi, cuenta cómo el caso de la nueva Coca-Cola permite darse cuenta de lo difícil que es averiguar qué piensa realmente la gente de un producto. En Fueras de serie. La historia del éxito (Outliers. The story of success), otro de sus títulos famosos, sostiene que los grandes personajes del deporte, las finanzas, la música y muchos otros campos le deben tanto a su genio particular y esfuerzo como a las condiciones sociales en las que crecieron. Esto no sería demasiado discutible si no fuese porque, según Gladwell, en determinadas circunstancias son las propias fuerzas sociales las que aclaran por qué unos aprovechan las oportunidades mejor que otros. Está el caso de Bill Gates, que asistió a una escuela privada con una terminal de computadoras sofisticada cuando pocos centros disponían de internet. Además, su casa estaba cerca de la Universidad de Washington y cuando la computadora de la escuela no fue suficiente, tuvo acceso fácil a otros equipos. Y todo así hasta fundar su empresa. No es que Gates no sea un tipo brillante, nadie lo duda, lo que Gladwell mantiene es que sin que se dieran todas condiciones de su entorno el hombre de Microsoft probablemente no lo hubiera sido y que en un sistema de oportunidades más nivelado o justo serían otros chicos también dotados los que podrían haber desarrollado su potencial de una manera similar.

No sólo es la habilidad para poner el ojo en los pequeños casos de los genios menores o el simple determinismo social que se puede extraer como conclusión de estos ejemplos lo que hace de Gladwell uno de los periodistas más leídos, sino la forma que tiene de contar las cosas: de ponerse en la piel de sus personajes, o hacerlo en la del perro en vez de en la del adiestrador César Millán, en la historia que da título al último libro de este fascinante analista de tendencias que renueva la no ficción, arranca sonrisas, admiración y polémica con los artículos sobre el sueño americano y sus goteras.

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Suma personal

Por Luis M. Alonso (18 de marzo, 2010)


Nueva enciclopedia, de Alberto Savinio, recoge el saber que el autor italiano no encontró en otros diccionarios

Alberto Savinio fue el seudónimo de Andrea de Chirico (Atenas, 1891-Roma, 1952), hermano del fundador de la Scuola Metafísica, Giorgio de Chirico, y, como él, pintor, además de escritor y músico. Savinio ha sido el pintor más dotado para la palabra que conozco y probablemente el escritor mejor dispuesto para la pintura. Leonardo Sciascia imaginó su huella en el siglo XVI en Sicilia en un mural de una iglesia de Catania, Santa Maria di Gesù. Lo hizo en un relato como homenaje a su mundo de memoria, incidencias, coincidencias y refracciones.

Savinio era un surrealista cívico: un adscrito al dilettantismo artístico, que aspiraba a iluminar el mundo con la luz de sus colores, la elegante sabiduría de sus palabras y el sonido de su música. Lean, por ejemplo, lo que escribió del pasado: «Es el pasado silencioso e inmóvil, como un mar abandonado por los vientos. Cerrado para siempre a las corrientes de cualquier movimiento, como también al paso terrible del destino, una severa calma lo rodea, asegurándole inmutable reposo. Todo lo que, desde el presente, pasa al pasado, a fin de posarse más fácilmente en aquellos lugares fijos donde la vida ya no gira, tiene que ajustar antes todas sus cuentas con el destino, y solamente entonces se vuelve sacrosanto y adorable en la persistencia del recuerdo».

Tuve ocasión de ocuparme de Savinio no hace todavía demasiado, con motivo de la bella semblanza de Capri que tanto le gustó a Raffaele La Capria. Ahora no hay ningún motivo para no volver hacerlo, coincidiendo con la traducción al español a cargo de Jesús Pardo de la Nuova Enciclopedia, un libro compuesto por las entradas que el autor publicó hasta los años cuarenta en la revista «Domus» y en los periódicos «La Stampa» y «Corriere della Sera». La declaración de principios del propio Savinio es lo que mejor define el espíritu de libertad de esta obra que edita Acantilado: «Tan descontento estoy de las enciclopedias que he hecho la mía para mi uso personal. Schopenhauer estaba tan descontento de las historias de la filosofía que hizo la suya propia».

Su enciclopedia, como toda obra de estas características, engloba conocimiento de la A la Z. Lo que pasa es que esta vez, más que otras, el conocimiento es una caprichosa suma personal y literaria del autor. Las entradas, sobre las más variadas cuestiones, conducen a otras muchas y van de los breves apuntes y artículos hasta los concienzudos ensayos. Es el caso de dos de ellas dedicadas al germanismo, que ocupan treinta páginas de un volumen de cuatrocientas. Savinio empieza por unas consideraciones en torno a los trinos de los pájaros que interrumpen la voz monstruosa del nacionalsocialismo, la torpeza de Wagner (Wagner era un gaffeur), la lucha de Indra contra Arimán, y los diferentes rostros del mal, encarnados en una misma raza: Atila, Alarico, Barbarroja, Guillermo II y Hitler. Y acaba en una misteriosa novelita de intriga, La vieja señora Plover, que cayó en sus manos cuando se encontraba en la casa de su primo, donde se había refugiado para escapar de los fascistas durante la ocupación alemana de Roma. En sus páginas está la pista que le lleva a recordarnos que los periódicos italianos del tiempo de Mussolini terminaron por nombrar «uischi» a lo que es whisky y a la irónica conclusión de que «con estos sistemas preparaba el fascismo la futura federación de los estados europeos» (página 200).

Savinio escribió que la escritura cierra la boca al hombre y da trabajo a su cerebro. El autor solía citar y cita en su Enciclopedia un error de idioma de Metastasio en el acto primero y la primera escena de Catone in Utica (Per lui più non s’adora?, página 301) para demostrar que han sido muchas las cosas que se han dicho en nombre de la poesía de manera distinta de como se han pensado, «solamente por la necesidad de forzar las palabras a entrar en la medida de los versos». El de Savinio era un aliento stendhaliano. Igual que Stendhal, consideraba que poeta no vacila ante el error con tal de obedecer las reglas de la métrica. «El lenguaje poético es una manera de arrumar las palabras en la memoria, que pide, sin embargo, cierta leva y, a veces incluso, una deformación», escribió el autor de la Enciclopedia, que ponía este ejemplo para ilustrar su aversión a las frases medidas y sonoras conservadas con fatiga: «Había un sujeto que estaba buscando la manera de hacer que las gallinas pusiesen huevos cuadrados, a fin de facilitar su empaquetamiento; la palabra poética es como el huevo cuadrado».

Coda. Es significativo que Savinio y Stendhal, dos de los escritores más amados por Sciascia, citado al principio, utilizasen seudónimos en lugar de sus verdaderos nombres, Andrea de Chirico y Henry Beyle. Aprovecho la coincidencia tan apreciada por todos ellos para recomendar la lectura de una cuidadísima edición de Alba, con traducción de María Teresa Gallego, Narraciones y esbozos, que incluye la práctica totalidad de los relatos y alguna que otra pieza inédita en español del escritor de Grenoble, que ordenó, como enmascaramiento póstumo, que grabasen en su tumba Arrigo, en vez de Henry, y el gentilicio «milanese».

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Crónica de un infante enamorado

Por Luis M. Alonso (11 de marzo, 2010)


Cabrera Infante rememora en una nueva novela póstuma encantos y desencantos de una época irrepetible en La Habana
La Habana era entonces la ciudad perdida de la animada Rampa, El Gato, El Atelier y el Mambo Club. La ciudad de las noches largas que lánguidamente iban a morir al Malecón y de los daiquirís espesos y fríos del Floridita: cuando los boleros eran canciones tristes de moda y las muchachas, venus de nalgas de arena y oro firme. De ello versa el libro que acompañó a Guillermo Cabrera Infante toda su vida y que ahora, como si se tratase de exorcizar los viejos fantasmas, su viuda ha querido que viese la luz, aun arriesgándose a dejar constancia de lo que ella siempre supo del apetito sexual de su marido. «Por ese olor a frutas que tenemos las mujeres en el trópico cuando cruzamos las piernas», ha llegado a decir Miriam Gómez.

Cuerpos divinos tiene un comienzo privado y gozoso, en 1957, y un final público, a mediados de 1962. Justo a esa altura, brota la sentida declaración del autor de que las revoluciones son el final del proceso de las ideas, que se detiene cuando dolorosamente interviene la política. «La cultura entonces», escribió G. Caín, «se convierte en una rama de la propaganda» y las ideas pasan a formar parte de un programa ideológico. Aludo al escritor por el seudónimo con que firmaba sus críticas de cine en la revista «Carteles» precisamente porque Guillermo Caín es el que rememora todo aquello: el tránsito de la dictadura de Fulgencio Batista a la revolución que traicionó los ideales de libertad y acabó convirtiéndose en la tiranía que conocemos, nuevamente de actualidad por la represión de su disidencia. Como él mismo dijo: empezó escribiendo una novela y le acabaron saliendo unas memorias que alimentaba día a día, hasta su muerte, porque, cuando existe la voluntad de recordar, los recuerdos sólo se apagan inconscientemente.

La última novela póstuma por ahora de Cabrera Infante -en estos casos nunca se sabe lo que nos deparará el futuro- está anclada en la memoria y en la geografía. Así ha ocurrido siempre con su literatura desde Tres tristes tigres, que inauguró el ciclo que más tarde continuó con La Habana para un infante difunto y que bien podría darse por culminado con Cuerpos divinos, un papel que ya le atribuyeron en 2008, cuando se publicó, a La ninfa inconstante. La Habana, el cine, el sexo, la música y la revolución son protagonistas de las más de 550 páginas de la obra que nos ocupa. «No sólo la historia, sino la geografía nos condena. Han hecho truco hasta con la topografía. Nacimos en un oasis y con un pase de mano nos encontramos con un desierto», escribió el autor refiriéndose a lo que ocurrió en la ciudad perdida tras la llegada del castrismo al poder.

En La ninfa inconstante, el crítico cinematográfico, o sea, Guillermo Cabrera Infante, es decir G. Caín, se enamora de Estela, una casi niña huraña, arisca y de rara belleza. Estela, Estelita, es, en Cuerpos divinos, Elena, Elenita, la misma nínfula en la misma Habana sensual, donde la esposa ha dejado de esperarlo despierta. En esta enésima recreación del microcosmos tropical, atrapado nuevamente por la topografía, el periodista habanero que amaba a las mujeres, la música y el cine, vive un tiempo de disolución política, entre novias y fleteras, boites, restaurantes y la redacción de «Carteles». Más atento a completar su colección de discos de jazz que a mantener a flote su matrimonio; pendiente de las venidas de la Sierra y de las cartas desde Oriente de Carlos Franqui, hasta que regresa para interrumpir su felicidad y encomendarle el suplemento literario del diario «Revolución», que finalmente acabó cerrando en 1961 por no acatar la línea de pensamiento oficial castrista.

Pero antes de ese nuevo y triste amanecer en el trópico, ocurren unas cuantas cosas. Están, por ejemplo, los encuentros con Hemingway, al que Caín ve por primera vez bajando «por ese tramo de calle sin nombre, the street with no name, que está entre el Centro Asturiano y la Manzana de Gómez, con sus pulidos adoquines azules». No hay que perderse la descripción del personaje: «Hemingway no era Hemingway sino un hombre grande, colorado como un camarón cocido, que caminaba vestido como un turista, usando zapatos bajos pero no sandalias (hombre tan viril no iba a alimentar los prejuicios habaneros contra aquel que lleva sandalias. Cristo mismo habría sido acusado de pederasta: Ecce Homo) y sin embargo llevaba unas unos shorts largos, bermuda short trunks sería su nombre, que con los largos calcetines hacían de sus piernas un mazacote de músculos con las pantorrillas boludas y los muslos protuberantes. Llevaba una suerte de pulóver suelto y listado, como si fuera mitad hombre y mitad cebra. Tenía los largos brazos tan musculados como las piernas y muy velludos. Por entre el escote del pulóver también le salía un vello espeso del pecho. No usaba barba y su cabeza se veía enorme. A pesar de los calcetines altos y los shorts largos, el hombre daba una sensación definitiva de enormidad. Viéndolo bajar hacia la plaza de Albear pensé que era un turista a la caza de rincones habaneros?». O la vez posterior, en el Floridita, cuando Hem paga la ronda de daiquirís para librarse de la curiosidad del periodista y de sus amigos. O la visita a Cojimar con la fugaz y deslumbrante visión de Ava Gardner.

Los cuerpos divinos pululan por una Habana sensual de inquietante clima político en la que Carlos Puebla canta en La Bodeguita sus sones dedicados a Rolando «el Tigre» Masferrer, uno de los jefes de la policía represiva, lo mismo que más tarde y a no más tardar se los cantaría, con otra letra, a Camilo Cienfuegos. Una ciudad crepuscular donde por la noche las patrullas del SIM toman las calles para perseguir a los miembros emboscados de las brigadas de 26 de Julio, que el Gobierno de Batista y los comunistas, los ñángaras, coinciden en llamar terroristas. O aquella primera y única pregunta que el periodista de «Bohemia» le hace al Che Guevara en la fortaleza de La Cabaña, al poco de entrar los barbudos en la capital. «Nos encontramos con un hombre de mediana estatura, de barba completa aunque rala y con un gran parecido con Cantinflas. Usaba boina y fumaba un puro: era el Che Guevara. Las preguntas caían ante él y él las respondía con tono extranjero y cortante, demasiado tono militar. José Lorenzo no pudo hacer más que una pregunta:

-¿Es cierto que usted piensa invadir la República Dominicana? (Nunca supe cómo se le ocurrió semejante pregunta).

Y la respuesta del Che Guevara vino como un disparo:

-¡Falso!

Lorenzo no la oyó y le preguntó:

-¿Cómo?

Y el Che Guevara volvió a disparar:

-¡Falso! -esta vez con un tono más autoritario.»

Lo que siguió ya lo conocen, porque los boleros tristes, al igual que ocurre con la vida y las nínfulas de Guillermo Cabrera Infante, jamás dejan de repetirse. Suenan una y otra vez.

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Los libelistas de Grub Street, inventores de la bohemia

Por Luis M. Alonso (4 de marzo, 2010)


Una novela satírica del Marqués de Pelleport, escrita en la cárcel de la Bastilla, recrea la picaresca editorial durante el Ancien Régime
Hubo un tiempo en que para practicar lo que más tarde se conoció por bohemia los artistas, en vez de ir a París, se iban a Londres. Para ser más exactos, se iban de París a Londres huyendo del paranoico Ancien Régime y se refugiaban en Grub Street, en el patibulario distrito de Cripplegate, donde se encontraban los talleres de impresión más baratos de Inglaterra y, por tanto, también los más activos. Estos talleres cobraban menos y tardaban la mitad que un impresor serio en imprimir un libro y, clandestinamente, inundaban Francia de libelos por encargo, escritos por mercenarios de la literatura y de la crónica escandalosa de finales del siglo XVIII: biografías de personajes públicos con textos apócrifos, donde lo menos importante era la veracidad, y el verdadero objetivo, la calumnia. En París las costuras de la Corte reventaban cada vez que uno de los más destacados cortesanos era alcanzado por los dardos de los malandrines y poetastros exiliados de Grub Street.
El gran fracasado del absolutismo ilustrado de Francia, el canciller Maupeou, ya había dado el golpe de Estado sobre los magistrados cuando envió a Beaumarchais a Londres para convencer al mayor de los libelistas, Théveneau de Morande, de no volver a escribir, a cambio de 32.000 libras y una renta vitalicia de cinco mil más anuales. Morande era el autor de Memorias secretas de una mujer pública, sobre Madame Du Barry, la amante de Luis XV, pero antes de ello había escrito sobre el propio Maupeou, que era su principal víctima. Cuando anunció las memorias de Du Barry, en París pensaron que ya había llegado el momento de deshacerse de él. Primero intentaron secuestrarlo y asesinarlo, y cuando la conspiración fracasó decidieron comprarlo. Morande acabó dedicándose a espiar a sus antiguos colegas, por encargo del Gobierno francés.
Thévenau de Morande ya era un espía a las órdenes de Francia cuando surgió Pelleport -Anne Gédéon Lafitte, Marqués de Pelleport- un auténtico barbián, provisto, según el historiador norteamericano del libro Robert Darnton, de mayor talento. De hecho, Pelleport había inaugurado una nueva forma de actuar en la bohemia de Grub Street después de años de buscar mecenas para dedicarse a la literatura seria y haber sobrevivido finalmente gracias a los panfletos. Pelleport ni siquiera perdía el tiempo en escribir: lo que hacía era chantajear por medio de un intermediario a sus víctimas anunciado una serie de libelos que se comprometía a destruir si el precio se ajustaba a lo que pedía. Darnton cuenta cómo manejó, entre otros, los títulos Los pasatiempos de Antonieta, un relato sobre la vida sexual de la reina; Los amores del visir de Vergennes, dedicado al ministro de Asuntos Exteriores, uno de los políticos que más fustigaba a los libelistas de Londres, y Las cenas y noches íntimas del Palacete Bouillon, donde supuestamente se contaban las orgías organizadas por la princesa de Bouillon y sus criados con el marqués de Castries, ministro de Marina. «No ha sobrevivido ninguna copia de las dos primeras, tal vez porque Pelleport se limitó a inventar los títulos con la intención de escribirlas sólo si el Gobierno francés ofrecía suficiente dinero». En Las cenas íntimas utilizó una edición como cebo en las conversaciones que mantuvo con un comisario de la Policía francesa, Receveur, para proceder una vez más al chantaje. Este último regresó a París sin éxito, incapaz de entender las extrañas nociones legales que manejaban aquellos truhanes: hablaban de «habeas corpus», jurado popular y libertad de prensa. Pelleport era el amo de Grub Street y su verborrea imperaba en las tabernas del viejo Londres.
Sólo Morande dio con la pista de Pelleport por medio de las correcciones hechas a mano por este último en las galeradas de El diablo en la pila del agua bendita, uno de los textos que han perdurado en la historia del libelo. Finalmente, Pelleport dio con sus huesos en la Bastilla, justo en los mismos días en que otro gran transgresor, el Marqués de Sade, escribía a pocos pasos de su celda Los 120 días de Sodoma. Allí nuestro hombre tampoco perdió el tiempo y se dedicó a una novela picaresca , Los bohemios, que es un libro interesantísimo sobre el oficio de la escritura, esclarecedor acerca de los días de Grub Street, entendiendo la escritura del modo en que la entendía aquel hatajo de sinvergüenzas: como una forma de ganar dinero y adquirir cierto poder, igual que sigue ocurriendo en nuestros días y no de manera siempre beneficiosa para la literatura. O, incluso, huyendo de la desesperación: «¿Os han publicado alguna vez en vida, querido lector? Habéis recorrido alguna vez, acuciado por el panadero y el tabernero de la esquina, con los zapatos desfondados, los mercados en donde los chamarileros de escritos trafican con los pensamientos de aquellos a quienes la desgracia ha reducido a soñar para vivir?», se pregunta Pelleport.

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