Los Collyer, vidas en ruina

Por Luis M. Alonso (13 de mayo, 2010)


Doctorow interpreta en «Homer y Langley» el mito neoyorquino de los dos hermanos de Harlem que murieron sepultados entre objetos

«Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento». Así arranca la novela de E. L. Doctorow (Nueva York, 1931) sobre los hermanos Homer y Langley Collyer, una maravillosa recreación de un mito que, como es el caso de tantos otros neoyorquinos de su generación, formó parte durante años de su vida cotidiana. En la primavera de 1947, el novelista tenía 15 años y vivía en una ciudad de leyenda llamada Nueva York, llena de gánsteres, grandes peloteros de béisbol y todo tipo de héroes urbanos. Una mañana, los periódicos alumbraron la historia que se sumaría inmediatamente a sus sueños de adolescente.

El 21 de marzo, alguien hizo una llamada a la Policía informando de que había un hombre muerto en un edificio de piedra rojiza de cuatro pisos, en la Calle 128 con Quinta Avenida, en Harlem. Los agentes habían oído hablar de los dos hermanos que lo habitaban. No les eran ajenas tampoco las ventanas cerradas con tablas de la casa y el insoportable hedor que ésta desprendía durante los veranos. Los bomberos no pudieron inicialmente entrar en la vivienda que se encontraba taponada por pilas ingentes de periódicos y toneladas de otros objetos; por tanto no hubo más remedio que realizar un agujero en la azotea del edificio para poder colarse en él.

Los hermanos, como el lugar en que vivían, habían sido supervivientes de otro tiempo. En el siglo XIX, Harlem era blanca y próspera, un escenario perfecto para personajes de ficción extraídos de los relatos de Edith Wharton. Los hermanos Collyer no crecieron ricos pero sí como lo hace la gente acomodada. Hijos de un ginecólogo, su madre conservó siempre la ambición de convertirse en una gran cantante de ópera. Homer nació en 1881 (el año en que Henry James publicó Retrato de una dama, y del tiroteo en OK Corral); Langley, en 1985. En 1909 se mudaron a la casa de piedra rojiza y se quedaron en ella después de la muerte de sus padres. El dinero heredado les permitió vivir el resto de sus días sin trabajar, pero su ajetreo en busca de papel, maquinaria y objetos con que fortificarse frente a lo que les rodeaba fue constante.

Cuando la Policía empezó a investigar el caso de los Collyer, las primeras revelaciones ocuparon las portadas de los periódicos y miles de neoyorquinos se dieron una vuelta hasta Harlem para echar un vistazo. La curiosidad se tradujo en un continuo peregrinaje y lo que había sucedido en aquella casa no dejó de atraer el interés ni de incitar la imaginación en Nueva York.

No era para menos. En el interior del hogar, la suciedad resultaba indescriptible: las ratas merodeaban por todos lados, las pilas de periódicos eran gigantescas, se amontonaban las máscaras de gas y los pertrechos militares de guerra, había pianos por todas partes -se llegaron a contar catorce- y hasta un automóvil modelo T de Ford se hallaba aparcado en medio del salón. Sólo se podía circular por los estrechos pasillos que los hermanos habían abierto entre las montañas de objetos. La Policía encontró primero a Homer: estaba apoyado en una silla, lisiado y retorcido por el reuma, el pelo revuelto y blanco, la barba le cubría del pecho. Vestía un albornoz azul hecho jirones y había muerto de hambre. Con Langley dieron tres semanas después, pese a que su cuerpo permanecía sólo a cinco metros de distancia del cadáver de Homer, sepultado por los escombros. Murió aplastado por un derrumbe mientras intentaba acceder al rincón de la casa donde se hallaba su hermano, que era paralítico además de ciego, para llevarle de comer. Nunca llegó, murió aplastado por el camino. Las ratas se habían dado con él un último banquete.

A los pocos días de los primeros hallazgos publicados por la prensa, los hermanos acaparadores ya habían irrumpido en la mitología de Nueva York y, a partir de ese momento, formaron parte del lenguaje de la ciudad durante, al menos, dos generaciones. Cientos de madres neoyorquinas reprendían a sus hijos por el desorden o la suciedad en sus cuartos, acusándoles de actuar como los famosos hermanos de Harlem. Más de un vecino en la ciudad del Hudson se habrá sentido en algún momento un Collyer por apilar las revistas o los periódicos que es reacio a tirar. En medicina, el síndrome Collyer se ha estudiado como una variante del de Diógenes.

A Doctorow sólo le bastaba con unir los hilos. Al igual que en El libro de Daniel, Ragtime o, Billy Bathgate, se ocupó menos de la verdad que de interpretar el mito, moldeándolo a su manera. De hecho, Homer, el hermano mayor en la vida real, es en la novela el menor, como si el autor quisiese ofrecer una mayor sensación de protección: el ciego y el pequeño. Langley, por su edad, resulta improbable que combatiese en la Primera Guerra Mundial, de donde regresa en la ficción cargado de obsesiones y admirado por su hermano. De la misma manera que fue Langley el músico y no Homer como ha querido contárnoslo Doctorow en su maravilloso relato de las criaturas mitológicas que llenaron de misterio su adolescencia.

Langley investigaba el mundo, de ahí que no se desprendiese de su primer material de consulta: los periódicos. Pero hubo quienes dijeron que los conservaba para que su hermano pudiera leerlos cuando recuperara la vista. Por este último motivo, lo atiborraba de naranjas.

En resumidas cuentas, una historia como hay pocas.

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Otra inmersión con David Simon

Por Luis M. Alonso (7 de mayo, 2010)


«Treme», la serie ambientada en Nueva Orleans del guionista de «The Wire», retrata la lucha por la supervivencia tras el «Katrina»
El productor y guionista de televisión, David Simon, recibió todo tipo de elogios por The Wire y su brutal visión de Baltimore, una ciudad envuelta en graves problemas sociales y con uno de los mayores indices de delito de Estados Unidos. Estos días se estrenó Treme, su nueva serie marca HBO, un canto a la supervivencia que tiene como fondo el principal escenario de la tragedia norteamericana del siglo XXI: la Nueva Orleans que resurge como puede de sus cenizas tras el Katrina.

Treme, pronúnciese «tremei», también conocido por sus versiones francesas de Tremé o Faubourg Tremé, es el nombre de uno de los barrios más antiguos de la ciudad y el que primero recibió población de negros liberados de la esclavitud. El último censo de 2000 recogía casi nueve mil residentes, pero con la desbandada del Katrina es presumible que en la actualidad no sean tantos. Treme linda al este con el turístico Vieux Carré, y sus fronteras son las de las de la avenida Esplanade y las calles North Rampart, St. Louis, y North Broad, familiares en el callejero para quienes conozcan Nueva Orleans. Cualquiera que haya estado allí y le picase la curiosidad por ver algo más que el bullicio de Bourbon St. seguramente no habrá podido resistir la tentación de darse una vuelta por Congo Square, el parque Armstrong o la avenida Claiborne. No tenga ninguna duda entonces de que habrá estado en el corazón de las brass bands, el creole y la cultura afroamericana. En Treme vivió el incomparable Louis Prima, que empezó tocando la trompeta en un grupo llamado Little Collegiates.

He visto el primer episodio de la serie de David Simon. Treme arranca tres meses después del desastre del Katrina. En ella se cuenta la lucha por la supervivencia de los residentes del barrio tras el huracán, sus angustias y ambiciones, sin dejar a un lado el poso de crítica y resentimiento hacia la actitud de las autoridades y su falta de previsión en relación a la catástrofe. Se trata de una historia, a simple vista, menos compleja que The Wire, pero que igualmente exige cierta inmersión para poder situarse bien en ella.

Por ejemplo, para que a uno le guste Treme tiene que gustarle la música que allí suena, pieza esencial del motor de la trama. Nadie está pidiendo sacrificios, porque se trata de la gran música sureña, la de Louis Armstrong, Dr. John, Allen Toussaint, Fats Domino o Louis Prima, con la incorporación de artistas actuales como John Boutté, que firma la sintonía con la que se abre la serie, o Kermit Ruffins, uno músico nacido en el barrio -lo mismo que el desaparecido Alphonse Picou-, Eddie Bo, Steve Earle o Lucinda Williams. Jazz, funk criollo, cajun, zydeco o el sonido de las orquestas de metales (brass bands) habituales en los desfiles y funerales que se celebran en Nueva Orleans. Precisamente en ellas se busca la vida el trombonista Antoine Batiste, encarnado por Wendell Pierce (Buck Moreland en The Wire) que toca donde sea con el fin de sacar adelante a su familia y que representa el alma de una ciudad destruida y abandonada a su suerte. Batiste, como otros muchos que volvieron a casa tras la devastación, intenta salir a flote sin renunciar a su estilo de vida. Regatea con los taxistas y no puede resistirse a los encantos de las mujeres. Su ex esposa, Ladonna (Khandi Alexander) admite que se ha casado con un maldito músico incapaz de soplar en la dirección adecuada.

El portentoso John Goodman interpreta a un profesor universitario, Creighton Bernette, indignado por la chapucera gestión gubernamental en la construcción de los diques y en la crisis tras el huracán. Steve Zahn es Davis McAlary, un Dj, que intenta proteger el legado musical de la ciudad y, a la vez, hacerse notar. Para ello no duda en abordar en un club a Elvis Costello, que, como Toussaint o Dr. John, se prestó a colaborar en la serie en con cameos. Otro de los personajes es Kim Dickens (The Blind Side, Lost), en el papel de Jeanette Desautel, una cocinera que intenta abrirse paso con su pequeño restaurante. Hay muchos más, entre actores y espontáneos de Treme, pero el personaje que más destaca es esa ciudad perdida y mítica que intenta sobreponerse a la devastación, la codicia y el abandono. Así que atentos a la pantalla, juega David Simon. (en España, en TNT)

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El tiempo en la Ciudad Eterna

Por Luis M. Alonso (6 de mayo, 2010)

Historias de Roma, de Enric González, y otras visiones personales de utilidad sobre la gran urbe italiana

Habrá quienes prefieran otra ciudad, pero nadie podrá negar que Roma es única, y, al ser única, resulta también incomparable. La eternidad de Roma no sólo se debe a sus piedras y monumentos, la mayor concentración de historia y belleza del mundo, sino a lo que en ella se disfruta y aprende del tiempo.

El periodista Enric González, en la actualidad corresponsal de «El País» en Jerusalén, ha escrito un pequeño libro que condensa en sus poco más de 120 páginas el aprendizaje de una estancia bien aprovechada en la gran urbe italiana. El buen periodismo está en los detalles y, al igual que ocurrió anteriormente con Historias de Londres e Historias de Nueva York, Historias de Roma es un cuidado producto de la observación y la melancolía.

Un detalle, por ejemplo, es detenerse en la calle donde fue hallado el automóvil con el cadáver de Aldo Moro, en la Via Michelangelo Caetani, y, después de refrescarnos la memoria con aquellos terribles hechos, llegar a la conclusión de que aparcar en el lugar donde los hicieron los terroristas era entonces y es hoy francamente complicado, por no decir misión imposible. Otro es llevarnos por medio de Alberto Sordi, esencia de la romanidad, a Mario Buffone, el popular guardia urbano de la peana de Piazza Venezia, precisamente el día en que se jubilaba, tras treinta y dos años controlando el tráfico en uno de los puntos más caóticos de Roma.

Alberto Sordi, Albé o Albertone, como se le conocía cariñosamente, protagonizó en 1960 Il vigile, una película en la que encarna a un urbano novato que intenta ser justo e incorruptible, «lo que en Roma suele conducir al fracaso». Enric González cuenta cómo Buffone, después de hablarle de los políticos, futbolistas, actores u otras personalidades a los que ordenó parar e incluso multó, cae en la tentación de explicar también los consejos que le dio a Sordi para dirigir correctamente el tráfico. Algo que no pudo ocurrir jamás, aclara el periodista, porque el guardia de Via Venezia tenía doce años cuando el gran Sordi rodó el film de Luigi Zampa.

Por las páginas del libro pasan las iglesias, los gatos, el glorioso café del San’t Eustachio, donde los parroquianos rascan con la cucharilla el fondo de la taza para arrancar las últimas moléculas de la crema mezclada con el azúcar; la rivalidad local futbolística y los orígenes fascistas de la Roma y de la Lazio; la comida, la pasta asciutta, la pizzería La Montecarlo, los fritti romani y la coda alla vacinara de La Matricianella, en la Via del Leone, y, cómo no, la popularísima pajata (el intestino de cordero lechal con que los romanos acompañan el rigatoni. También están la pintura canalla de Caravaggio, un paquete con un libro que dio la vuelta al mundo por culpa del ineficaz servicio del Chronopost-Paccolere-Internazionale, los papas, los cementerios, la tumba de Keats, la peripecia doméstica del periodista y su mujer en el Palazzo Massimo, unos copos de nieve suspendidos girando en el aire justo debajo del agujero de la cúpula del Panteón, y el caso de Anna Fallarino y el marqués Casati Stampa, un crimen familiar del que acabó beneficiándose Silvio Berlusconi. Las historias se superponen en el formato mini al que nos tiene acostumbrados Enric González.

No dejo pasar la oportunidad de referirme a otros libros que sirven para entender la Ciudad Eterna. Uno de ellos, Secretos de Roma (Debate, 2007), de Corrado Augias, lo cita el propio González. Pero no hay que olvidarse de Roma fugitiva (Quaterni, 2009), los ensayos que escribió Carlo Levi, que incluyen resonancias íntimas de la ciudad en los años cincuenta, hasta la época en que se rodó La dolce vita. Levi capta como nadie el sonido, los ruidos, las fiestas del sueño y del mito que surgen en cada esquina romana.

Otro retrato esencial para entender la ciudad que cambia para seguir siendo la misma es el de Federico Fellini. La primera imagen de Roma que el director de cine conservaba en la memoria era la de un poste milenario que surgía fuera del país, su Rimini natal, y en medio del campo. Pero en el tiempo de la escuela elemental, con los curas, obtuvo sobre la Ciudad Eterna otro tipo de información. Citando las fatales palabras de Julio César, «alea iacta est», los escolares también podían cruzar el Rubicón y ver en diapositivas los principales monumentos de la capital: Santa Maria Maggiore, la tumba de Cecilia Metella, el arco de Constantino, el Altar de la Patria, San Pedro y cualquier otro de los que se incluían en las proyecciones de los sacerdotes.

Roma representaba para Fellini la bendición dominical del Papa transmitida por la radio, que hacía bramar a su padre, un hombre laico de ideas socialistas. Pero también estaban las películas interpretadas por Greta Garbo y los «peplum» ambientados en los tiempos del imperio de los césares. El profesor de Historia del Cine y Literatura Flaminio Di Biagi se ocupa en La Roma di Fellini (Le Mani, 2008) de la escenografía y topografía del cineasta autor de Ocho y medio, el callejero, los lugares de encuentro, los cafés, los bares y los restaurantes del mundo felliniano. Una lectura imprescindible para saber manejarse en él.

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Adrià pierde el trono Pellegrino

Por Luis M. Alonso (2 de mayo, 2010)


La lista anglosajona que lo encumbró durante cuatro años por encima del resto de los cocineros del mundo ha decidido sustituirlo por Redzepi, el danés elegido su sucesor
Supongo que estarán enterados, pero por si acaso insistiré en ello. El mejor cocinero del mundo, para la revista Restaurant Magazine, ya no es Ferran Adrià, sino un danés que se llama René Redzepi, patrón de un restaurante en Copenhague, Noma, donde comer cuesta entre 90 y 150 euros y el vino puede salirle a uno por otro tanto si tiene cuidado, se comporta con moderación y no rompe nada. Probablemente alguien se preguntará qué es «Restaurant Magazine», puesto que se trata de un invento reciente: hasta hace cinco años su repercusión mediática era pequeña, y ahora se ha convertido en un gigante de la propaganda culinaria. Bueno, pues «Restaurant Magazine», la revista promotora de la lista «S. Pellegrino los 50 mejores restaurantes del mundo», es una publicación británica que fía su criterio a una especie de jurado internacional compuesto por cocineros, dueños de restaurantes, críticos y otros baberos. Cada uno de ellos, me imagino que son muchos y desperdigados aquí y allá, vota cinco restaurantes. La elección final es caprichosa: producto del apaño y de los intereses. La lista se hace pública todos los abriles y la expectación que la rodea cada vez es mayor, teniendo en cuenta que cada vez hay más tontos y esnobs colgados de la brocha.

«Restaurant Magazine» ha dado a conocer estos días atrás su famosa lista anual de los mejores restaurantes del mundo. Creo honradamente, por un lado, que esta feria de vanidades de la alta cocina, al igual que sucede con la alta costura, le importa un bledo a la mayor parte de la gente, que apenas tiene posibilidades, ni falta que les hace, creo yo, de asistir con alguna frecuencia a esos comedores. Y, por otro, que tanto la publicación francesa como la anglosajona son un timo monumental y un insulto a la inteligencia. Cada una de ellas dirige su negocio de las distinciones culinarias como le conviene, en función de su ámbito de influencia y del dinero del lugar: Michelin, por ejemplo, prima lo suyo y a los restaurantes japoneses, mientras que la lista S. Pellegrino lo hace con los rusos. En esta última los cocineros españoles han jugado y juegan un gran protagonismo, posiblemente para chinchar a la chauvinista Francia. Cuatro restaurantes nacionales -El Bulli, El Celler de Can Roca (Gerona), Mugaritz (Rentería) y Arzak (San Sebastián)- vuelven a figurar este año entre los diez primeros de la lista, tres de ellos en el top cinco, en tanto que no hay rastro de los franceses.

La prueba de que la lista anglosajona es una respuesta a la Michelin, se aprecia claramente en el desprecio hacia los chefs galos, y en el premio que, en cambio, reciben los estadounidenses, ingleses y sudafricanos. Los japoneses, que copan la famosa guía Roja -en Tokio hay 227 estrellas, aproximadamente un 40 por ciento más que en toda España-, tardan en aparecer en la relación de Restaurant Magazine. El mismo Noma, de Redzepi, a Michelin sólo le merece dos de sus preciados florones. Uno, en circunstancias normales, a estas cosas no les prestaría demasiada atención si no fuera, como se dice ahora, por la dichosa presión mediática. Pero, ya puestos, ¿a qué viene tanto alboroto?

El alboroto se debe a la pérdida de liderazgo de Adrià después de permanecer cuatro años en el primer puesto ¿Se merece esto el divino chef de Roses? Ahí van cuatro posibles respuestas: a) Desde luego que no. b) Sí, claro que sí. c) No lo sé y d) No lo sé y, además, me importa un pepino. En un test así habría quienes elegirían la a) sin haber comido jamás en El Bulli, y mucho menos en el restaurante danés. Lo mismo ocurriría con la b). Las respuestas c) y d) quedarían para personas sinceras. La última incluye a los especialmente sinceros. Sin embargo, lo que se ha escuchado estos días es la versión de que Adrià debe seguir ostentado el primer lugar entre los cocineros del mundo mundial, incluso después de haber anunciado el próximo cierre de su restaurante de Cala Montjoi. El veterano Juan María Arzak, noveno de la lista Pellegrino, ha dicho de su compañero y amigo que para quitarle el trono más hubiera valido excluirlo de la lista, tendiendo en cuenta que a El Bulli cada vez le quedan menos horas de actividad. En efecto, a Adrià podrían haberlo excluido, ya que él mismo ha decidido en cierto modo excluirse. Lo mismo, y con mucha más razón, tendrían que haber hecho con Heston Blumenthal y The Fat Duck, el restaurante inglés, ahora tercero de la selecta clasificación, que se vio el año pasado obligado a cerrar después de una intoxicación de sus clientes por motivos que todavía no han sido suficientemente aclarados. Mugaritz, el restaurante de Andoni Luis Aduriz, otro de los cocineros que «Restaurant Magazine» ha bendecido entre los diez mejores de su lista Pellegrino, sufrió un aparatoso incendio en su cocina el pasado febrero que ha mantenido paralizada la actividad.

Pero vayamos otra vez al asunto que nos ha mantenido inquietos, porque, según dicen, algo vuelve a a oler a podrido en Dinamarca. ¿Atesora realmente virtudes el sucesor Redzepi que le permitan desbancar al rey? ¿Alguien podrá decir algún día del cocinero danés que Dios tendría que haber creado más seres vivos para poder cocinarlos, como llegó a comentar uno de los aduladores del chef de Roses en pleno éxtasis y con la cursilería más disparada que el colesterol? Dudo que la grandeza que se le otorga a Adrià, por parte de su club de fans, pueda ser alcanzada por un cocinero de un país donde la gente disfruta comiendo arenques en vinagre. No obstante, dejo el juicio a los que no han comido en un sitio ni en el otro, que son los que se han lanzado a tan formidable y apasionante debate.

La alta cocina española, aun sin Adrià ocupando el trono, sigue siendo la más respetada por «Restaurant Magazine». Hay quienes atribuyen la caída al segundo puesto del patrón de El Bulli a la influencia que esta vez han ejercido en las votaciones los franceses e italianos, supuestamente resentidos por el prestigio de nuestros cocineros. Probablemente los mismos que todos estos años atrás se esforzaron en recalcar la negación de esa influencia en la lista anglosajona. No parece, por otro lado, que los franceses y los italianos influyan mucho, teniendo en cuenta la escasa presencia de sus cocinas entre los 50 mejores. En fin, un disparate tras otro.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | mayo 2010 |