La tradición del "fakelaki"

Por Luis M. Alonso (30 de abril, 2010)


La corrupción debilita en Grecia las finanzas públicas hasta el punto de llevar al Estado a la bancarrota
Se habla de la epidemia griega y del contagio que afecta a la deuda crediticia española, convirtiendo a España en uno de los países insolventes de la Unión Europea. El origen de la propagación de la citada epidemia está en un adelgazamiento excesivo del paciente. Y el paciente adelgaza, entre otras cosas, porque la corrupción en Grecia ha debilitado las finanzas públicas más que en otros lugares.

En griego, hay dos palabras para definir este estado de las cosas: fakelaki y rousfeti. «Fakelaki» significa «sobrecitos», sobornos; «rousfeti», favores políticos. Estos últimos prevalecen en todos los ámbitos, desde la educación a contratar polémicas operaciones inmobiliarias con monjes ortodoxos.

La corrupción y el amiguismo forman parte de la tradición helena de los últimos tiempos y han producido un estado, a la vez hinchado y desnutrido, y una crisis de confianza que sacude a toda Europa. Un estudio de Washington Brookings Institution considera que el soborno, el clientelismo y la corrupción pública son los grandes contribuyentes a la deuda del país. Por ese motivo, y según ese mismo estudio, el Estado griego pierde cada año el equivalente de, al menos, el 8 por ciento de su producto interior bruto, más de 20.000 millones de euros.

El propio George Papandreou, primer ministro de Grecia, reconoció, cuando tomó posesión a finales del año pasado, que el problema básico del país era la corrupción sistemática. Entonces prometió un cambio de mentalidad en la esfera pública para que el Estado no se siga viendo como un recurso para el saqueo. Grecia figura en los últimos lugares de un ranking de 16 naciones investigadas por el Banco Mundial en asuntos relacionados con las prácticas corruptas y es la última, empatada con Rumanía y Bulgaria, en la lista de los 27 países de la Unión Europea, de acuerdo con la encuesta realizada por Transparencia Internacional. Precisamente un informe de Transparencia señala cómo en 2009 el 13 por ciento de los hogares griegos pagaron en sobornos un promedio de 1.355 euros a funcionarios para obtener licencias de conducir, citas médicas y permisos de construcción, o para rebajar sus facturas de impuestos.

En los últimos tres años, numerosos políticos de primera o segunda fila dimitieron o fueron investigados por acusaciones que incluyen haber aceptado sobornos para la adjudicación de contratos, emplear a trabajadores ilegales y/o por la venta de bonos sobrevaluados en los fondos públicos de pensiones. Como suele ser habitual, la mayor parte de las operaciones corruptas no aflora, permanece en ese teatro de sombras en el que se mueven los hilos de la Administración.

La opinión helena recibió una fuerte sacudida en 2008, cuando altos funcionarios del Gobierno fueron acusados de favorecer a un monasterio ortodoxo en una operación inmobiliaria en la que unos terrenos públicos se valoraron por debajo de lo que realmente costaban. El erario perdió 100 millones, según se puso entonces de manifiesto. El escándalo contribuyó a la derrota electoral de los conservadores el pasado otoño.

La corrupción socava las finanzas públicas de muchas maneras. No hace falta recurrir a las grandes operaciones fraudulentas para darse cuenta de ello. Está fundamentalmente en el «fakelaki», el sobrecito. Los pequeños sobornos generalizados acaban por erosionar la autoridad del Estado sobre los contribuyentes. Engañar al Gobierno, especialmente en los impuestos, está muy extendido. Se paga por cotizar menos a la Administración o por evitar un impuesto sobre la construcción.

El visitante, en Grecia, se extraña cuando observa el gran número de edificaciones habitadas a medio construir que forman parte del paisaje y cuyos dueños no concluyen las obras para no tener que pagar la tributación anual. La costumbre está todavía más extendida en Creta, que tiene una legislación local aún más permisiva que la peninsular. Muchas casas siguen en pie gracias a los pequeños sobornos que reciben concejales o funcionarios de la Administración pública.

En Grecia, el acatamiento de las normas es una cuestión de deshonra. Al que cumple lo llaman estúpido. Convendría inmunizarse.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | abril 2010 |

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