La vigilia del Libertador

Por Luis M. Alonso (29 de abril, 2010)


Jorge Volpi examina en El insomnio de Bolívar la realidad de América Latina y ofrece, con sentido del humor, un futuro imaginado

Hace tiempo que quería escribir acerca del vuelo de pájaro de Jorge Volpi (México, 1968) sobre América latina y no encontraba el momento. La última astracanada con los transgénicos, los calvos y los homosexuales de Evo Morales, uno de los caudillos democráticos protagonistas de su ensayo El insomnio de Bolívar, me proporciona hasta una pecha.

El caudillo democrático latinoamericano, como cuenta Volpi, no trabaja para la Historia, sino para el aplauso y la celebridad instantáneos. Lo mismo que sucede con los productores televisivos y sus guionistas, los asesores de imagen los obligan a alterar decisiones sobre la marcha con el fin de conservar o aumentar el nivel de aprobación. Por eso, cuando Morales habló el otro día de la Coca-Cola y de los pollos lo hacía imbuido de la conveniencia de lanzar un mensaje, fácilmente entendible por sus seguidores, contra el imperialismo industrial. Al final, todo se queda en propaganda, porque, de acuerdo con la tesis que arroja el libro del que les hablo, los nuevos caudillos de América latina se dedican a defender la soberanía en contra de los espurios intereses extranjeros mientras hacen negocios con toda clase de empresas transnacionales. Arremeter contra los privilegios de los ricos, aunque en secreto se pacte con ellos, forma parte del decálogo del caudillo democrático que persigue el sueño de Bolívar mientras el Libertador permanece en su vigilia.

El ajuste de cuentas de un escritor mexicano que descubrió su condición latinoamericana en Salamanca, «frente a las severas estatuas de Fray Luis de León y Unamuno», cuando tenía 28 años y nunca antes había percibido tal cosa, es intrínsecamente literario. Volpi, a través de fogonazos, desvela la realidad de América latina. El primero de ellos es la rebelión cívica en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, contra las políticas centralistas de La Paz; luego se detiene en Caracas para hablar no de Chávez, sino de Gustavo Dudamel y de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, «una esperanza más allá de las insulsas arengas de los políticos»; después, recuperando una imagen de julio de 2006 en el paseo de la Reforma de México D. F., les toca el turno a los seguidores de López Obrador, ante el triunfo supuestamente fraudulento de Calderón en las elecciones de ese año; más tarde, se para en las calles de Santiago de Chile, en las que los chilenos intentan atrapar desde hace tiempo el sueño del primer mundo; o salta a Managua para dejar constancia del «reality show», mejor dicho, del serial de violencia doméstica, que protagoniza Daniel Ortega, al que su hijastra acusa de acoso sexual; o vuela a Buenos Aires, diciembre de 2007, para asistir al siguiente episodio del culebrón Kirchner, el nuevo experimento familiar pos-Perón que padecen los argentinos; o se planta en La Habana, en junio de 2008, donde Fidel Castro, en chandal, retirado de la política, continúa, según el autor, hechizando la imaginación latinoamericana como símbolo imperecedero de los más altos ideales y de su traición a ellos.

Al autor le cuesta elegir entre el indigesto panfleto de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, que Chávez regaló a Obama, y El perfecto idiota latinoamericano, réplica visceral que escribieron en la década de los setenta Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. De hecho, sugiere que al pesimismo de Galeano habría que oponerle el ensayo del periodista británico Michael Reid Forgotten continent. The battle for Latin America’s soul (2007), que aboga por las reformas institucionales del presente frente a la vía revolucionaria del pasado.

Las cuatro consideraciones de Volpi sobre América latina, intempestivas, como él mismo reconoce en el subtítulo del ensayo, o no, son de lo más pertinente. En último caso, interesantes por lo provocadoras. En la primera de ellas cuenta cómo el realismo mágico, la materia que utilizaron los escritores del «boom» para describir el asombroso paisaje, fue sepultado, y cómo la región se ha convertido en algo más difuso, aburrido y normal. Volpi reprocha a los autores del «boom» sus envejecidas proclamas. Fueron ellos los que recuperaron el viejo sueño de unidad después de la experiencia de la Revolución Cubana y los que, con su éxito espectacular, consagraron la imagen de una América latina distinta y exótica. Eso ya no sirve, ahora que han desaparecido casi todas las dictaduras y las guerrillas y lo que queda son frágiles y pintorescas democracias.

La segunda de las consideraciones tiene que ver con la trágica suerte de los países latinoamericanos, la injusticia, la corrupción y la mediocridad de unos gobernantes devenidos en caudillos. El ensayista mantiene que, más allá de las diferencias que han servido para enfrentarlos, Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Rafael Correa, Evo Morales, Martín Torrijos, Néstor y Cristina Kirchner y Daniel Ortega comparten cierto estilo, aunque sus seguidores jamás lo reconocerían: «¿Quién osa comparar al fascista Uribe con el revolucionario Chávez?, ¿quién se atreve unir al tiránico Chávez con el liberal Uribe?». Pero es verdad que todos se han presentado ante sus sociedades con la misma propensión al populismo, idénticos tics mesiánicos, igual tentación salvadora y, sobre todo, como remarca Volpi, con «la misma íntima desconfianza hacia las reglas democráticas».

La tercera secuencia pertenece al azaroso perfil de la región, sus espejismos y quimeras, y las nuevas generaciones de escritores, reverso de los anteriores, convertidos en apátridas. En la cuarta Volpi establece un paralelismo imposible a través de extremos que se tocan, como son los casos de Ciudad Juárez-El Paso o La Habana-Miami.

Finalmente, el autor, en una pirueta fantástica, consigue que el sueño bolivariano se cumpla en la primera década del tercer milenio de nuestra era con la promulgación de la primera constitución de los Estados Unidos de las Américas, en 2110. Para Volpi, el mayor logro de América latina en tres siglos de historia ha consistido en desaparecer y unir su destino al del poderoso vecino del Norte. Entretanto, el Libertador seguirá sin dormir tranquilo.

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