Caracoles para epicúreos

Por Luis M. Alonso (28 de marzo, 2010)


Repaso culinario a un gasterópodo cuyo consumo no entiende de temporadas: en algunos lugares es costumbre comerlo en otoño; en otros, al llegar la primavera, y, en Francia, a todas horas

Me gustan los caracoles. Hace años que los como siempre que tengo oportunidad, pero cada vez que lo hago no dejo de preguntarme por la cara del primero que se encontró en la necesidad de tener que llevárselos a la boca y me viene a la memoria aquella reflexión de Julio Camba al referirse a la veneración culinaria que despierta en Francia un gasterópodo de presencia tan inmunda. «El primer hombre que comió un caracol no era, ciertamente, un epicúreo, sino un hambriento», escribió el irrepetible articulista gallego. Curados de la sorpresa inicial, no me sorprende, sin embargo, el apetito reverencial que despiertan los caracoles. Sobremanera, los «gros blancs» o «escargots» de Borgoña, dueños de la fragancia de la tierra y de una carne más tierna y fina que la del solomillo de ternera, poseedores, además, de todos los aromas del sarmiento y del tomillo.

Los detractores del caracol se quejan de sus babillas, de su textura, de la supuesta suciedad, del «humeur vagabonde» de su vida silvestre. En esto hay que tener algo de precaución y no sólo por aspectos relacionados con la higiene. Los caracoles libres siguen a veces una dieta que podría matar a a una persona. Les gustan la belladona, los hongos venenosos y hasta la cicuta, y pueden llegar a comer este tipo de ensaladas letales en cantidades alarmantes en sólo veinticuatro horas. Un modo de remediarlo está en una adecuada «toilette». Para sanear los caracoles, que campan en libertad, es necesario ponerlos a dieta por lo menos veinte días. Pueden estar sin comer más tiempo. Luego, hay que lavarlos en agua tibia antes de cocerlos o asarlos. Ahora bien, este tipo de precauciones sobra si se tiene en cuenta que la mayor parte de los caracoles que consumimos son de cultivo. Finalmente, si uno prefiere evitar tomarse todas estas molestias, existen caracoles envasados en el caldo de su propia cocción, de buena calidad. Sólo hay que ser precavidos y utilizarlos adecuadamente para que la carne no se reseque durante la cocción o el guiso.

En la brasa o a la plancha, con relleno de mantequilla, chalote cortada fina y perejil, los caracoles están riquísimos. Pero también secos, sobre un simple lecho de tomillo y con una pizca de sal gruesa, como es costumbre comerlos en Cataluña. Guisados con conejo, con tomate fresco o seco son también un plato delicadísimo. E incluso cocinados con una salsa roja, ajo y un toque de pimienta resultan igualmente buenos. En todos estos casos, donde el caracol se sirve dentro de su caparazón, resulta cómodo utilizar las tenacillas, para no quemarse ni mancharse los dedos, y un pinchito para extraer la carne.

En la región del Loira y en la Provenza los he comido levemente aderezados con mantequilla y con el perfume anisado del pastis, servidos desnudos, en los platos apropiados con las correspondientes oquedades individuales.

Robert J. Courtine, en su famoso recetario de Madame Maigret, se refiere a unos caracoles hervidos con media botella de Chablis, hierbas aromáticas y un fumé de verduras, y otros cocinados a la alsaciana de sencilla preparación y estupendos resultados. Los caracoles se cuecen a fuego lento durante tres horas en un caldo, después de llevar a ebullición un litro de vino blanco, una zanahoria, dos cebollas cortadas a rodajas, dos escalonias, un manojo de hierbas aromáticas, sal y pimienta. Acto seguido, se dejan enfriar y se sacan de sus conchas. Éstas se secan en el horno y se rellenan de una mantequilla que se prepara con la escalonia picada, perejil, sal fina y pimienta negra. En la mezcla se agrega la carne de un caracol por concha. Se ponen al horno hacia arriba hasta que la mantequilla espume. Lo ideal es acompañar estos caracoles de un blanco, a ser posible Riesling o Gewürtztraminer.

En Sicilia, en Al Fogher, un precioso restaurante que queda a la entrada de piazza Armerina, comí unos estupendos caracoles (lumache) sobre un lecho de polenta difíciles de olvidar. La memoria también se enriquece con registros de este tipo, lentos pero seguros. El caracol es muy apreciado por los italianos en general.

Otra de las cuestiones que suelo plantearme cada vez que escribo de estos moluscos es en qué momento hacerlo. El caracol, además de universal, no tiene una temporada establecida en el calendario gastronómico: en algunos lugares, la costumbre es comerlos en otoño; en otros, cuando llega la primavera, y, en Francia, a todas horas. Martigny-les-Bains es una localidad termal de los Vosgos que casi se sale del mapa francés, al estar situada en el punto más al Noreste. En mayo, en el comienzo de la temporada del apareamiento, se celebrará allí, como cada año, la feria del caracol, que reúne a criadores y aficionados de todo el país. El acontecimiento despierta verdadera pasión. Esos días se consumen bandejas humeantes de «gros blancs» y, también, de sus pequeños parientes, los «petit gris».

Como se trata de una feria popular, los caracoles se comen debajo de carpas, en bares y restaurantes de todas las maneras posibles y en platos de aluminio, humildes, sin las tenacillas de los establecimientos de mayor lujo, rebosantes de mantequilla, perejil y ajo. Los paisanos los envuelven en las servilletas de papel o en rebanadas de pan, para no quemarse ni pringarse con la grasa, y les asestan un hábil giro de palillo de manera que salen enteros de los caparazones directamente a la boca.

Mayo es, también, la época del año en que los sevillanos acostumbran a comer los caracoles, de tapa. Recuerdo los de Casa Diego, en el barrio de Triana, donde llevan casi medio siglo sirviéndolos con guindilla, comino y cilantro. En los días más intensos, «gastan», como ellos mismos dicen, unos treinta kilos para dar de comer a los parroquianos que intentan hacerse un sitio en una barra repleta de cervezas y vinos finos jerezanos. Inicialmente, los caracoles se servían en esta taberna, como en otras de la capital hispalense, para acompañar las cañitas, al igual que los altramuces, pero finalmente se convirtieron en una de las especialidades de la casa.

Los caracoles, que se reproducen con celeridad y profusión, fueron estudiados por Mendel, el científico austriaco que formuló las leyes de la herencia biológica. De manera que comer un caracol es comer algo sobre lo que se ha meditado convenientemente. No hay que darle más vueltas a su aspecto, teniendo en cuenta que siempre habrá alguien que les hincó el diente antes que nosotros. Un tipo que, según Camba, debería estar muy hambriento, pero cuyo apetito se ha ido generalizando.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | marzo 2010 |

Giorgione, el enigma de Castelfranco

Por Luis M. Alonso (27 de marzo, 2010)



Una exposición sin igual permite, a los quinientos años de su muerte, acercarse a la figura y obra de uno de los maestros del color y, de paso, descubrir el Véneto

En el Véneto habita gente de muchas ciudades de medianas dimensiones, Verona, Vicenza, Treviso, Padua, Bassano, todas ellas históricamente enfrentadas entre sí y en la actualidad unidas en desentenderse del tipo de vida que padece la vecina, única y famosísima Venecia. Y ¿cómo lo consiguen? Procurando hacer lo contrario de lo que allí se hace. Por ejemplo, el plato más característico de la región es el «risi e bisi», arroz con guisantes tiernos, por el que suspiran los vénetos y que, en cambio, los distinguidos venecianos comen casi exclusivamente el 25 de abril, día de San Marcos. Ese día, los dogos celebran el banquete del arroz, los guisantes y las apreciadísimas pequeñas alcachofas violeta de la Isla de San Erasmo. El resto del año, los habitantes de la Serenísima prefieren el risotto con mariscos o con anguilas.

La ciudad de Castelfranco Veneto, a medio camino de Treviso, Padua y Vicenza, y a algo menos de 70 kilómetros de Venecia, se caracteriza por sus murallas cuadradas, de ladrillos rojos, y un castillo de gran presencia. Como otras poblaciones de la región, procura vivir a espaldas de la encrucijada veneciana, pero una vez que el visitante penetra por la puerta del Torrione ya está envuelto en un pasado histórico fácilmente vinculable al de la Serenísima y que empieza por recordarle el mismísimo león de San Marcos. De hecho, a su hijo más notable, Giorgio de Castelfranco, apodado Giorgione por su supuesta apariencia majestuosa, se le tiene por veneciano, puesto que allí murió, se supone hace quinientos años por causa de la peste, y allí floreció como el discípulo más aventajado de Giovanni Bellini.

Giorgio Vasari nos lo presenta como el pintor innovador y esencial de la escuela de Venecia, caracterizada por el predominio del color y la luminosidad sobre el dibujo. El halo de misterio que rodea a este artista -son pocas las certezas sobre su vida y la autoría de su obra- no ha impedido demostrar que aplicaba la capa de color directamente sobre la tela, sin realizar ningún dibujo preparatorio sobre la superficie del lienzo

Coincidiendo con el aniversario de la muerte del enigmático maestro de la luz, el Museo Casa Giorgione ofrece, desde el pasado diciembre y hasta el próximo 11 de abril, la posibilidad de admirar las obras maestras de la primera fase de la carrera del pintor, junto a la de los artistas con los que estuvo en contacto durante su corta vida, entre ellos el citado Bellini, Lorenzo Costa, Carpaccio, Perugino, Sebastiano del Piombo, Palma el Viejo, Leonardo, Rafael y Tiziano. El Museo del Hermitage, de San Petersburgo; los Uffizi, de Florencia; la Pinacoteca Ambrosiana, de Milán; el Louvre de París y la Galería Nacional, de Londres, han contribuido, entre otros, a la exposición. La muestra incluye en total 126 obras y representa una ocasión única para que los visitantes puedan acercarse al enigma, el misterio y el mito que rodean a un artista del que han quedado muy pocas evidencias.

No hay casi nada seguro en el misterioso Giorgione, salvo la belleza de sus creaciones importantes como la llamada Pala de Castelfranco, una pintura de altar famosa en todo el mundo por su fuerza poética y magnífica composición. La Pala se halla en la Capilla Costanzo, una de las naves laterales de la iglesia de Santa Maria Asunta y San Liberale, cerca del Museo. En el interior del templo se encuentran obras de Giorgione, Jacopo da Ponte; Jacopo Negretti, entre otros.

Buen momento, por tanto, para darse una vuelta y conocer la región véneta y el monumental patrimonio de sus ciudades. Ya puestos, en Sarmeola di Rúbano, cerca de Padua, se puede comer en uno de los mejores restaurantes de Italia y, probablemente, del mundo: Le Calandre (Via Liguria, 1), del famosísimo chef Massimiliano Alajmo. Eso sí, hay que rascarse un poco el bolsillo: a la carta desde 100 euros y el menú de degustación 130). Hay otros lugares más económicos y, por regla general, en toda la región se come bien. El Hotel Locanda Al Sole, en el mismo Castelfranco (Via S. Pietro), es un buen lugar para quedarse.

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Preocupación nacional

Por Luis M. Alonso (27 de marzo, 2010)

El tripartito catalán se ocupa de restringir libertades

No cabe duda de que el tripartito de Cataluña se dedica en cuerpo y alma al interés general: a los asuntos que no dejan dormir de preocupación a los ciudadanos. El catalán es un pueblo bilingüe que tiene la suerte de poder expresarse en las bellas lenguas de Cervantes y Espriu, pero el Tripartito hace tiempo que está empeñado en que prescinda de una de ellas. Nadie con dos dedos de frente fuera de España podría entender semejante estupidez, pero así sucede y la cosa empieza a ser asumida por todos como si fuera algo razonable.

El último pepinazo o melonazo contra el sentido común es que TV3, la televisión que controla la Generalitat, redacta un libro de estilo en el que se limita el uso del castellano y prohíbe usar la palabra «nación» cuando alguien se refiere a España. La única nación que existe para el Tripartito es Catalunya y, por ese motivo, nadie más dentro del territorio español puede arrogarse una identidad nacional.

La llamada normalización lingüistica, que tratan de imponer estos botarates metidos a estadistas, consiste en la castración. En el caso de TV3, en que ni los invitados puedan hablar en castellano si no es de forma «excepcional» y «justificada». Me imagino que, al mismo tiempo, que perpetran este nuevo atentado contra la cultura y la libertad de las personas, se encargarán de que el President Montilla reciba alguna que otra clase para expresarse en catalán algo mejor de lo que acostumbra. De cómo se expresa en castellano, no hace falta que lo explique.

Si los catalanes se quedan un mes sin electricidad es algo que no le preocupa al Tripartito. Y si el problema no se soluciona hasta el verano, tampoco. El octogenario escritor inglés Tom Sharpe, vecino de Llafranc, envió no hace mucho una carta a los periódicos para comparar la situación en Gerona con la de la Inglaterra durante los bombardeos de la Segunda Guerra. Pero esto no resta prestigio, comparado con el que otorga ser la única y exclusiva nación

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Ajuste de cuentas con Fritz

Por Luis M. Alonso (26 de marzo, 2010)


La historia desmiente la insistencia en negar los objetivos civiles en los bombardeos aliados sobre Alemania de la II Guerra Mundial

Los raids, dirigidos por el mariscal Arthur Harris contra las ciudades alemanes en la Segunda Guerra Mundial, fueron motivados, en gran parte, por el deseo de devolver el golpe y destruir indiscriminadamente. No hace falta que lo haya certificado con matices la pasada semana, después de cinco años de trabajo, la comisión de historiadores que investigó los bombardeos de Dresde, en el 65 aniversario del fin de la guerra. La estrategia era una respuesta meditada al dolor causado por la Luftwaffe en Londres, Coventry y otras poblaciones inglesas, según se sabe por los propios testimonios internos del llamado Bomber Command.

Los bombarderos de la RAF lanzaron su carga incendiaria -diez toneladas de bombas explosivas- en la noche del 27 de julio de 1943 sobre el puerto alemán de Hamburgo, que se vio envuelto en una de las peores tormentas de fuego de la historia. Los árboles fueron arrancados, los edificios destruidos y la gente saltó por los aires. Algunos perecieron abrasados en la calle o en sus hogares por la intensidad misma del calor. El asfalto se volvió líquido hirviendo. Miles de personas murieron asfixiadas por la falta de oxígeno, o por inhalación de humo al buscar refugio en los sótanos. Aquellos que lograron alcanzar los ríos o canales no tuvieron mejor suerte: el fuego se propagó a través de la superficie del agua por la explosión de los petroleros y los escombros de la quema de barcazas de carbón.

Los cronistas contaron que a la mañana siguiente, mucho después de que los atacantes se hubieran ido, la mayor parte de Hamburgo era un desierto ardiente de muerte. El humo borraba el sol. Había cadáveres en todas partes. De vez en cuando, a la angustia del rescate, se sumaba una figura desnuda, irreconocible, emitiendo leves y titubeantes sonidos de vida.

El ataque que causó este infierno fue uno de los que la Royal Air Force, apoyada por la Octava Flota Aérea de Estados Unidos, realizó sobre la zona residencial densamente poblada del este del Elba, dentro de la llamada «operación Gomorra». Murieron 45.000 personas, entre ellas 21.000 mujeres y 8.000 niños. Además, 1,2 millones de refugiados abandonaron la ciudad en el período inmediatamente posterior a los ataques, muchos de ellos con cicatrices mentales y físicas, recogió W. G. Sebald en Lukfrieg und Literatur.

En cuanto a masacre de civiles, la operación de Hamburgo fue el asalto más destructivo de la RAF en toda la Segunda Guerra. El número de muertos resultó superior al del ataque infligido a la ciudad barroca de Dresde, en febrero de 1945, donde se produjeron entre 18.000 y 25.000 víctimas mortales.

Ni la operación de Hamburgo ni la incursión de Dresde fueron casos aislados en la estrategia de la RAF que prevaleció desde principios de 1942 hasta el fin de la guerra. Todo parece basado en la creencia de que el régimen nacionalsocialista debía ser destruido por medio del asesinato en masa indiscriminado de la población urbana de Alemania. Pero, como escribió un testigo, el escritor judío Victor Klemperer, las bombas caían sobre arios y no arios.

Noche tras noche, la RAF atacó los barrios residenciales de las ciudades alemanas. Su eficacia mortal aumentaba a medida que la flota atacante, dirigida por los poderosos cuatrimotor Avro Lancaster, crecía en tamaño y las defensas del Reich se debilitaban. En la noche del 23 de febrero de 1945, cayeron 367 Lancaster sobre Pforzheim, causando otra tormenta de fuego que mató a 17.600 personas, un cuarto de la población, proporcionalmente mayor tasa de víctimas que en Nagasaki, Japón, donde la segunda bomba atómica fue lanzada meses más tarde.

En marzo de 1945, 225 Lancaster dejaron caer 1.127 toneladas de bombas sobre la ciudad medieval de Würzburg, en un ataque que duró sólo 17 minutos. Más de 5.000 personas murieron, 66 por ciento de ellas mujeres y 14 por ciento, niños. «Aquello se convirtió en una caldera de fuego. El ruido era ensordecedor y el humo asfixiante», escribió un testigo.

Tanto durante como después de la guerra, el Gobierno inglés sostuvo que nunca fue intención de Gran Bretaña bombardear civiles. «Siempre hemos observado el principio de atacar objetivos militares», dijo Archibald Sinclair, secretario de Estado para el Aire, en los Comunes en octubre de 1943. Las elevadas cifras de muertos civiles se presentaron como una consecuencia lamentable de los ataques contra las fábricas, plantas de energía, redes de transporte o instalaciones militares, no como un fin en sí mismo. Patrañas.

El odio a «Fritz» por parte del alto mando británico del aire se manifestó a veces con escalofriante sentido del humor. En una ocasión, durante los ataques aéreos a las ciudades alemanas, Arthur «Bomber» Harris, conducía su Bentley negro a alta velocidad por las calles de Londres cuando la Policía detuvo el vehículo.

-Podría haber matado a alguien-, le reprochó el agente a través de la ventanilla.

-Joven, yo mato a miles cada noche-, respondió ufano el líder de las tormentas de fuego pangermánicas.

«Toda guerra es brutal», solía decir «Bomber» Harris. Y lo decía con una pasmosa y heladora tranquilidad.

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La vuelta de Matas

Por Luis M. Alonso (26 de marzo, 2010)

El ex presidente balear, el PP y el ahorro familiar
La política nacional se nutre de hombres previsores como Matas, que guardan en casa 100.000 euros de la herencia de su mujer para pagar la entrada de un piso de lujo en Madrid, y de manirrotos como Chaves, que declaran una cuenta de ahorro de tres mil euros. Por eso, aunque se parezcan en sus intenciones, no todos los políticos de este país son iguales.

Al ex presidente balear están a punto de trincarlo en un marrón porque se gastó cuatro millones entre 2002 y 2006 que no puede justificar con sus ingresos oficiales. En cambio, al ministro de Política Territorial y ex presidente de Andalucía le habría costado moral y racionalmente justificar que habiendo vivido durante décadas de unos sueldos más que suculentos su situación bancaria fuese tan sombría. Habría que saber lo que heredó la mujer de Chaves para hacerse cargo de lo suyo, lo mismo que ya nos lo hemos hecho del modo de proceder de Jaume Matas.

La lúgubre declaración de Chaves produjo en su día sonoras carcajadas, igual que nos tronchamos ahora con el ahorro familiar de Matas. El suyo es un caso que va camino de convertirse en la nueva bomba de relojería para el Partido Popular, cuyos dirigentes han decidido mirar a un lado como si no lo conociesen de nada cuando lo conocen de toda la vida. Hay gente que, aun perdiéndola de vista, por su recorrido, siempre permanecerá en las memorias del colectivo que lo aupó en la vida pública. Es un poco como aquellos versos de William Wordsworth que inspiraron «Esplendor en la hierba»: «Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba de la gloria en las flores, no hay que afligirse. Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo».

Matas, un buen día, con el sabor de la derrota todavía en los labios, hizo las maletas y se marchó sabiéndose ganador y ahorrador. Ahora está metido en un buen lío, y también el PP que tuvo en él a uno de los suyos.

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El fino olfato de Malcolm Gladwell

Por Luis M. Alonso (25 de marzo, 2010)


El periodista de «The New Yorker» renueva la no ficción con historias que muestran otro modo de interpretar el mundo

Hace ya tiempo que los libros de Malcolm Gladwell (1963) son de obligada lectura en Harvard, pero también se discute sobre ellos en otros muchos lugares. La pregunta que más le hacen al periodista de «The New Yorker» y ex reportero de «The Washington Post» es de dónde saca lo que escribe. Gladwell está convencido de que cualquier persona tiene una historia que contar y de que detrás de cada cosa siempre hay algo que curiosear. El mérito está en sacarle partido. Nuestro hombre lo hace donde otro arrojaría la toalla. Por ejemplo, ¿quién podría estar interesado en escribir sobre el ketchup? Respuesta: Malcolm Gladwell. Y ¿a quiénes les podría interesar leer un artículo tan excéntrico sobre algo que a simple vista merece poca atención? Respuesta: a los miles de lectores de Malcolm Gladwell.

La idea del ketchup se le ocurrió a nuestro hombre después de una conversación con un amigo propietario de una tienda de ultramarinos que también le contó una teoría fascinante sobre los melones, que seguramente el periodista ya habrá destripado en sus entregas neoyorquinas. El hecho de que mucha gente estuviese dispuesta a consumir más de una mostaza y de que nadie haya sido capaz de inventar una salsa de tomate para hacerle la competencia a la que fabrica Heinz, atrajo la curiosidad de Gladwell. El fruto de esa investigación, El enigma del ketchup, es uno de los artículos seleccionados para su último libro, Lo que vio el perro y otras aventuras, que ahora dispone ya de traducción al español.

En la primera parte de Lo que vio el perro, Gladwell, británico de nacimiento y vecino de Nueva York, cuenta la historia de algunos «genios de menor importancia», como él suele decir. La de Ron Popeil, el feriante que ideó, diseñó y vendió a millones de televidentes la parrilla-barbacoa Ronco Showtime, pulverizando las reglas de la economía moderna. O se refiere a los tintes de pelo en Colores verdaderos, que surgió después de haber escrito un artículo sobre el champú y de que una de sus lectoras le dijese que el tinte resultaría mucho más interesante. La segunda parte demuestra las teorías, o las maneras de organizar la experiencia. Por ejemplo, En Murray valía un millón de dólares explora el problema de la falta de vivienda y cómo solucionarlo. Gladwell se detiene en un controvertido programa que da a los «sin techo» crónicos llaves de domicilios, con acceso a servicios especiales, dejando los casos menos extremos en la calle para que se las arreglen por sí mismos.

Para entender la diferencia entre el ahogo y el pánico se inspiró en el accidente aéreo mortal que sufrió John F. Kennedy junior en 1999, y se arriesgó con mal tiempo a volar en la clase de avión que pilotaba el hijo del ex presidente cuando perdió la vida en Martha’s Vineyard. «El piloto empezó a dejarnos caer en espiral. No era un truco. Era una necesidad. Quería experimentar cómo se sentía uno al estrellarse con un avión así; porque para entender este accidente no basta con saber lo que Kennedy hizo». En la tercera parte Gladwell analiza las predicciones que hacemos sobre la gente. «¿Cómo podemos saber si alguien es malo, o inteligente, o capaz de hacer algo realmente bien?», se pregunta. Escribe acerca de cómo los educadores evalúan a los jóvenes, qué tipo de perfiles guardan los criminales del FBI, de qué manera se forman juicios rápidos y a veces absurdos los entrevistadores de empleo. Sincero en su escepticismo acerca de estos métodos, el autor se muestra fascinado por los diversos intentos de medir el talento o la personalidad.

El material que maneja Gladwell es de lo más variado. En su superventas Inteligencia intuitiva (Blink, the power of thinking without thinking) el periodista explica de dónde proceden las decisiones que tomamos en dos segundos sobre cuestiones, algunas de ellas peliagudas, que teóricamente requerirían ser meditadas mucho más tiempo. O, poniendo el ejemplo del reto de Pepsi, cuenta cómo el caso de la nueva Coca-Cola permite darse cuenta de lo difícil que es averiguar qué piensa realmente la gente de un producto. En Fueras de serie. La historia del éxito (Outliers. The story of success), otro de sus títulos famosos, sostiene que los grandes personajes del deporte, las finanzas, la música y muchos otros campos le deben tanto a su genio particular y esfuerzo como a las condiciones sociales en las que crecieron. Esto no sería demasiado discutible si no fuese porque, según Gladwell, en determinadas circunstancias son las propias fuerzas sociales las que aclaran por qué unos aprovechan las oportunidades mejor que otros. Está el caso de Bill Gates, que asistió a una escuela privada con una terminal de computadoras sofisticada cuando pocos centros disponían de internet. Además, su casa estaba cerca de la Universidad de Washington y cuando la computadora de la escuela no fue suficiente, tuvo acceso fácil a otros equipos. Y todo así hasta fundar su empresa. No es que Gates no sea un tipo brillante, nadie lo duda, lo que Gladwell mantiene es que sin que se dieran todas condiciones de su entorno el hombre de Microsoft probablemente no lo hubiera sido y que en un sistema de oportunidades más nivelado o justo serían otros chicos también dotados los que podrían haber desarrollado su potencial de una manera similar.

No sólo es la habilidad para poner el ojo en los pequeños casos de los genios menores o el simple determinismo social que se puede extraer como conclusión de estos ejemplos lo que hace de Gladwell uno de los periodistas más leídos, sino la forma que tiene de contar las cosas: de ponerse en la piel de sus personajes, o hacerlo en la del perro en vez de en la del adiestrador César Millán, en la historia que da título al último libro de este fascinante analista de tendencias que renueva la no ficción, arranca sonrisas, admiración y polémica con los artículos sobre el sueño americano y sus goteras.

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Marear la perdiz

Por Luis M. Alonso (24 de marzo, 2010)

Economía pierde el tiempo con las autonomías
Lo que los ministros y los presidentes de autonomías son incapaces de resolver, bien por su dificultad u obstáculo, bien porque no se ponen de acuerdo o no quieren, o por lo que sea, se lo encargan a comisiones técnicas con el fin de aplazar la decisión. Como se dice vulgarmente, para marear la perdiz. Hay ocasiones en que el asunto traspasa el ámbito de lo común, o se cree que supera ese listón, entonces es cuando se recurre a los llamados sabios. Entonces se forman comités.

Estos sabios, no vayan a pensar los lectores, no son lo que hemos tenido toda la vida por sabios, es decir, personas con un conocimiento profundo y capacidad para contribuir a los cambios en la humanidad. Ahora, se confunde por vicio a los peritos con filósofos y a los facultativos con sabios. Sabio es el pensador con poder para acelerar la historia, aquel que interpreta las leyes del universo, al que le cae una manzana e inventa la ley de la gravedad, o el que es capaz de descubrir la lisozima después de estornudar y ver el efecto destructor de uno de sus mocos sobre una placa de Petri en la que crece un cultivo bacteriano. De eso trata un sabio, no de un asesor cualquiera convocado para hablar de la televisión o de la recolección del cacahuete.

En un escalón más abajo, se encuentran las comisiones técnicas, que igualmente integran peritos y facultativos, además de diputados culiparlantes y hasta concejales. Ante la reticencia que hay a ejercer la austeridad en las administraciones públicas, el Consejo de Política Fiscal ha decidido crear una comisión más para hacer nuevas propuestas sobre la reducción del gasto y la eficacia a la hora de ejecutarlo. Es lo mismo de siempre con idénticas intenciones y un plazo hasta el verano para seguir dándole vueltas a un asunto que parece claro e ineludible: hay que gastar menos. Se trata, una vez más, de perder el tiempo, porque el candidato autonómico, el Consejero, el Alcalde y el concejal necesitan seguir derrochando y las elecciones están cerca.

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La otra historia de la Tía Julia

Por Luis M. Alonso (21 de marzo, 2010)


La muerte de la primera mujer de Vargas Llosa saca a relucir lo que ésta contó en un libro de su vida con el escritor y no refleja la famosa novela

La tía Julia ha muerto y con ella se apaga el eco de una historia de amor desbocada que duró casi una década y acabó naufragando en un mar de decepción y resentimiento. Julia Urquidi Illanes, la mujer que inspiró «La tía Julia y el escribidor», una de las novelas más populares de Mario Vargas Llosa, vivió junto al escritor peruano los años más felices y también los momentos más amargos cuando éste la abandonó para casarse por segundas nupcias con una prima carnal suya, Patricia Llosa.

Posteriormente, dolida por el comportamiento de sus sobrinos, Julia volcó su amargura en un polémico libro, «Lo que Varguitas no dijo», publicado por primera vez en 1983 por una editorial de La Paz: «Tenía fe en él y una gran confianza. No me equivoqué en lo literario. Como hombre me defraudó. Cuando ya su nombre empezó a ser conocido y tenía una nueva vida me excluyó. Lo anterior ya no servía. Ahora tenía que ascender con nuevas emociones y relaciones. Los sacrificios de quien tanto le había dado ¿qué importancia tenían? Eso ya no valía nada. Ya lo logró lo que quería. Borrón y cuenta nueva. Sólo importaba él», escribió.

A Urquidi le quedó el sabor amargo de «la ingratitud» de aquel joven aspirante a novelista con el que clandestinamente había contraído matrimonio en 1955, enfrentándose a la familia y después de una romántica fuga que llevó a la pareja a peregrinar por las alcaldías de Chincha, donde les daban con las puertas en las narices al suponer que se trataba del robo de una esposa. La esposa era, para quienes la recuerdan de aquellos años, una mujer guapa, inquieta, de sonrisa pícara y largas piernas, que fumaba cigarrillos largos y tenía cierta pasión por las historias de amor.

Julia Urquidi, cuando se reencontró con su sobrino en la casa de su hermana Olga, en Lima, adonde había llegado procedente de La Paz, estaba dispuesta a no volver a cometer un segundo error tras el reciente fracaso matrimonial con un boliviano, del que se había divorciado. En cualquier caso, no pensaba por nada del mundo que la equivocación podría ser enamorarse de aquel chiquito llorón con granos y dentadura de conejo que había conocido mucho antes en Cochabamba y al que sacaba once años. Pero se equivocaba: en seguida se produjo entre ellos una corriente de simpatía que acabaría en amartelados paseos por los malecones limeños, besos y arrumacos, a hurtadillas, en las últimas filas de los cines, como relata el propio Vargas Llosa en sus memorias, «El pez en el agua».

Las turbulencias llegaron acto seguido, en el momento en que los familiares, la tía Olga y el tío Lucho, que terminaría siendo cuñado y posteriormente suegro, se enteraron del noviazgo que se estaba fraguando a sus espaldas. Y lo peor vino ya cuando la noticia de la boda clandestina llegó a oídos del padre, que citó a Varguitas en la Comisaría de Miraflores para que declarara si era cierto que se había casado y con quién. A partir de ahí, el padre no cejó en enviarle al hijo mensajes conminatorios para que la tía Julia abandonase el país, cosa que hizo poco después rumbo a Valparaíso, Chile, donde permaneció todo el tiempo en que las aguas bajaron turbias. «Terminaba diciéndome, entre palabrotas, que si no le obedecía me mataría como a un perro rabioso. Luego de su firma, a manera de posdata, añadía que podía ir a la Policía a pedir socorro, pero que eso no le impediría pegarme cinco tiros», recordó de una de las cartas el escritor, en las memorias más arriba citadas.

Finalmente, la intervención del diplomático y político Raúl Porras Barrenechea, al que Varguitas asistía como secretario, resultó providencial. Porras le dijo a su padre para calmarlo: «Después de todo, casarse es un acto de hombría, señor Vargas. Una afirmación de la virilidad. No es tan terrible, pues. Hubiera sido mucho peor que el muchacho le saliera un homosexual o un drogadicto, ¿no es cierto». Está claro que hay una tecla para pulsar en el ánimo de cada cual y el célebre diplomático dio con ella.

Una vez que la feliz pareja pudo reanudar su azarosa historia de amor en un clima más benigno, llegaron los primeros años de Lima con los altibajos propios de la convivencia, el embarazo frustrado, los celos de Varguitas por el amor pasajero de la tía Julia con un cantante argentino y hasta el percance con el perro «Batuque», que condujo al escritor a La Catedral, el cafetucho donde arranca su gran novela ambientada en los tiempos de la dictadura de Odría. Luego, más tarde, el viaje a Europa, Barcelona, París, la forja de un escritor y la aparición en escena de la prima Patricia, que llegó para estudiar en la Sorbona y se alojó con ellos en su casa. Julia se dio entonces cuenta de que la historia del enamoramiento se repetía, esta vez con su sobrina: los primos iban al cine juntos, se sentaban frecuentemente uno al lado del otro y empezaban a comportarse como dos tortolitos. A partir de ahí, las crisis de celos se sucedieron hasta el punto del intento de suicidio. Eso es, al menos, lo que la Tía contó que Varguitas no dijo en su historia del escribidor.

El esposo negaba lo que la esposa sospechaba mientras el desenlace empezaba a precipitarse, Sucedió cuando el avión de Air France, en el que viaja Wanda Llosa, hermana de Patricia, se estrelló camino de Lima y la joven desolada dejó París para regresar a la capital peruana. El escritor se tornó entonces melancólico. Un día le pidió permiso a Julia para viajar al Perú y poder revisar el borrador de «La Casa Verde». No volvió. Por carta rompió su matrimonio y, también, por carta pidió el divorcio para casarse con la prima. Luego, volvió a dirigirse a su esposa que se encontraba ya en La Paz para pedirle como favor que le consiguiese la partida de nacimiento de Patricia en Cochabamba, donde había nacido, como requisito ineludible para contraer por segunda vez matrimonio.

Esto es lo que Varguitas no dijo, según la tía Julia, y de lo que Vargas Llosa no ha querido hablar por considerarlo fruto del resentimiento. En unas declaraciones a «Cambio 16», a raíz de la publicación del libro, aseguró que no lo había leído: «Comencé a hojearlo y me di cuenta que era puramente chismográfico, lleno de tremendo rencor y de insultos contra Patricia y contra mí. Entonces no quise leerlo y, desde luego, jamás lo pienso leer».

Tras el desengaño amoroso, Julia Urquidi, que había desempeñado misiones protocolarias como secretaria en el Ayuntamiento de La Paz, se refugió en su casa natal de Cochabamba y, posteriormente, empezó a trabajar como asistente personal de la esposa del general René Barrientos, que acabaría siendo vicepresidente de Bolivia.

Hasta los años ochenta no sintió la necesidad de pasar a limpio lo que Varguitas no había contado en «La tía Julia y el escribidor». Lo hizo, según ella misma reconoció, después de ver la versión telenovelada de la obra. «Me sentí amargada de que ponga mi vida al descubierto», escribió (pág. 327). «Aparecía como una divorciada seductora que iba a seducir a un jovencito», recogió de sus declaraciones en 1990 el desaparecido periodista José Comas. Julia Urquidi aseguró al mismo periodista que no guardaba rencor a Vargas Llosa por lo que había hecho. «Cada uno tiene derecho a escoger su vida. Me hubiera gustado más honestidad porque se hubieran evitado muchos problemas y sufrimientos».

De «Lo que Varguitas no dijo», la editorial Khana Cruz sacó a la venta más de una edición, pero fuera del ámbito andino es difícil encontrar el libro. En Europa, resulta prácticamente imposible. Por internet circula la oferta de un ejemplar en buen estado a 160 euros. En el prólogo, la tía Julia escribió: «No han sido pocas las dificultades que he tenido que vencer para que este libro salga a la luz, desde la amenaza velada -a través de las terceras personas- hasta querer silenciarme -con malas artes- con la compra de originales por una suma que no era de dejar pasar».

Habría que hablar de endogamia, pasión y egoísmo, pero también de revancha en esta otra historia de la tía Julia y el escribidor.

Categoría: General | Comentarios(0) | marzo 2010 |

Bebo bien, luego existo

Por Luis M. Alonso (20 de marzo, 2010)


El vino ayuda a pensar, mantiene el filósofo y escritor Roger Scruton, que adoba su reivindicación de la mejor bebida con pensamiento, denuncia y certeras dosis de humor

La mejor bebida es el vino. ¿Puede alguien dudarlo? No lo hacían, por ejemplo, los antiguos griegos que en sus simposios se acompañaban del divino néctar de las uvas mientras discutían de los más trascendentales asuntos. Y tampoco el inglés Roger Scruton, autor de La filosofía moderna o Cultura para inteligentes, que ha escrito un libro de todo corazón, Bebo, luego existo (I drink therefore I am: A philosopher’s guide to wine, Continuum International), en el que asegura que el vino es histórica y moralmente uno de los fundamentos de la civilización. Sus páginas incluyen muchos de los ingredientes de la cosecha tardía de Scruton: el conservadurismo social, amor a la tierra, la curiosidad filosófica y un especial interés por descorchar botellas polvorientas en la bodega bien surtida de su memoria. El autor las ilustra, además, con consejos para comprar o beber un sagrado Pomerol del celebradísimo Château Mazeyres, por poner un ejemplo.

Esto último es importante. Siempre que se escribe de vino en la filosofía o en la literatura -no me refiero, como es obvio, a las guías ni a las publicaciones especializadas- conviene hacer alusiones a aquel al que nos referimos. Ésa es una de las múltiples batallas que libra el crítico literario Bernard Pivot, eso sí, con la adorable pedantería que le caracteriza, en su Diccionario del amante del vino (Paidós, 2007), cuando cuenta cómo Víctor Hugo nos privó de conocer lo que bebía Lamartine el día en que desgarró con los dientes tres chuletas en el Ayuntamiento de París y apuró dos copas de contenido misterioso. «Dos copas, pero ¿de qué vino, querido Víctor?». O cuando reprocha a Blaise Cendrars que cite en Kodak menús con información de la procedencia de los productos comestibles, pero no de los vinos que se beben.

Se pregunta Pivot si Lamartine bebió un Mâcon, un Borgoña o un tinto de París. ¿O quizás un vino mediocre que se acarreaba hasta el Ayuntamiento y no tenía nada de revolucionario? «Reprocho a Víctor Hugo que se limitara al término genérico de vino y no precisara la naturaleza del que acompañó las chuletas de Lamartine». Para el director del legendario «Apostrophes», «no nombrar los vinos, cualquiera que sean, grandes o humildes, es faltarles al respeto, negarse a reconocer la especificidad de cada uno, privarse de un detalle importante, significativo, que se añade al retrato de un personaje o a la veracidad de una escena».

Pero volvamos a Bebo, luego existo. Scruton cree que consumir vino de manera prudente y adecuada puede ser beneficioso desde el punto de vista mental. El problema de esta tesis es que el vino, de la misma manera que nos ayuda a mejorar, también puede contribuir a empeorar las cosas. Es decir, ayuda a pensar y, también, a lo contrario. Pero, según el escritor y filósofo británico, el problema actual del alcoholismo radica en que las personas carecen de nivel cultural e intelectual, por lo cual son incapaces de mantener una conversación profunda y por eso consumen bebidas alcohólicas con resultados negativos.

Lo tiene claro Scruton. La mejor bebida es el vino, por encima de alcoholes más fuertes, por ejemplo, el whisky o la ginebra. En sus propias palabras: «El vino es una adición a la sociedad humana siempre que se utilice para propiciar la conversación y siempre que la conversación sea civilizada y general. Nosotros nos sentimos mal por las borracheras en las calles de nuestras ciudades, y muchos se ven tentados a condenar el alcohol por ocasionar disturbios, porque el alcohol es parte de la causa. Pero la borrachera pública, que condujo a la prohibición, surgió porque las personas bebían las cosas equivocadas de la manera equivocada. No fue el vino, sino su ausencia lo que causó el alcoholismo con ginebra en el Londres del siglo XVIII, y Jefferson tenía razón cuando dijo que, en el contexto norteamericano, el vino era el mejor antídoto para el whisky.

En lo que el autor insiste a lo largo de su refrescante tratado es que cuando se bebe vino socialmente durante una comida o después, y con plena conciencia de su delicado sabor y aura evocativa, rara vez esta bebida conduce a borrachera y mucho menos a un comportamiento revoltoso. Para Scruton, el problema del alcohol en las ciudades británicas, aunque esto podría trasladarse sin problemas a otros lugares con «botellón» o sin él, proviene de nuestra incapacidad para pagarle a Baco el debido tributo. «Debido al empobrecimiento cultural, los jóvenes ya no tienen un repertorio completo de argumentos o ideas para entretenerse mientras consumen sus copas. Ellos beben para llenar el vacío moral generado por su escasa cultura y ya conocíamos el efecto perjudicial de la bebida sobre un estómago vacío, pero ahora estamos observando el efecto mucho peor de la bebida sobre una mente vacía», escribe.

Un buen vino debería estar siempre acompañado, según Scruton, de un buen tópico de conversación, y ese tópico debería tratarse alrededor de la mesa. Igual que reconocieron los griegos, ésta es la mejor manera de considerar cuestiones verdaderamente serias. «Cualquiera que sea el efecto del vino sobre la salud física, tiene efectos mucho más significativos sobre la salud mental: un efecto negativo cuando no está unido a la cultura del simposio y positivo cuando está unido al mismo», recalca el autor de Bebo, luego existo.

Los antiguos tenían una solución para el problema del alcohol, que era disfrazar la bebida en los rituales religiosos, para tratarla como la encarnación de un dios cualquiera. Poco a poco, bajo la disciplina de los rituales, la oración y la teología, el vino fue siendo domesticado para convertirse en un orgiástico brindis en honor de los olímpicos. A continuación vino la eucaristía cristiana. Desde hace un tiempo, estamos familiarizados con el dictamen médico de que un vaso diario de vino es bueno para la salud y, también, con la opinión de que más de dos nos pueden poner en el camino a la ruina. Sea o no bueno para el cuerpo, Scruton sostiene, en el marco de la mente y del pensamiento, que el vino es bueno para el alma. Y que no hay mejor acompañamiento para él que la filosofía. En resumidas cuentas: al pensar con el vino se puede aprender no sólo a beber en los pensamientos, sino a pensar en las corrientes de aire.

El de Scruton es un buen libro de humor: sabe interpretar el estado de ánimo de una bebida de manera apasionada al tiempo que se recrea en ofrecer una denominación de origen para cada lectura o autor. A Descartes lo hermana con un Chateauneuf-du-Pape, a Platón con un dulce y delicado Vouvray y a Leibniz con un crianza o un reserva de Rioja. A Sartre, «un mal hombre» con un imposible Borgoña, de 1964, año de publicación de su autobiografía Las palabras (Les mots). In vino veritas.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | marzo 2010 |

Los bomberos

Por Luis M. Alonso (20 de marzo, 2010)

La foto fija de los bomberos catalanes identificados como etarras por la Policía francesa va a pasar a la historia de los grandes fiascos, tanto por la metedura de pata en sí misma como por las especulaciones periodísticas a que dio lugar: la pésima logística de la banda, el mal estado anímico de unos pistoleros que los filman en vísperas de un atentado, etcétera. Pero el peor trago ha sido el de los pobres bomberos clientes del hipermercado, lo mal que lo han tenido que pasar para poder identificarse limpiamente como una marca blanca y dejar claro que simplemente son víctimas de las cámaras de un circuito cerrado de televisión, sin comerlo ni beberlo.

A los bomberos / etarras los pillaron con el carrito de la compra, es cierto, pero a quien verdaderamente hemos pillado, como se suele decir, con el carrito del helado ha sido a la Gendarmería. De Rubalcaba, que se ha responsabilizado de la difusión del vídeo, no sé ya ni qué pensar. El ministro del Interior se ha limitado a admitir que las cosas podrían haberse hecho mejor.

Resulta más indignante la reacción del presidente del Gobierno, que mantuvo la teoría de que no se debe exagerar, que no es para tanto el hecho de confundir a unos bomberos con unos pistoleros. Como supongo que tampoco lo será difundir de inmediato las imágenes dejando a unos ciudadanos inocentes señalados y desprotegidos, en medio de la búsqueda de los asesinos de un agente.

No se puede esperar más que riesgo de una sociedad desquiciada como ésta en la que la CIA confunde a Llamazares con Bin Laden y los gendarmes se equivocan de carrito y de compradores. Y confiar en que a uno no le toque.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | marzo 2010 |

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