El escritor que eligió el extranjero para sentirse en casa

Por Luis M. Alonso (17 de febrero, 2010)


Nueva edición de «La copa dorada», la novela más compleja de Henry James, un maestro de la intriga psicológica
Chesterton describió a Henry James (1843-1916) como a un americano que había reaccionado contra América e impregnado su sensible psicología de todo lo inglés en su aspecto más anticuado y aristocrático. Por esa, entre otras razones, supongo que eligió Rye para vivir. Quienes hayan estado en esa pequeña población del este de Sussex, situada entre Dover y Hastings, sabrán lo que allí significan las sombras del pasado, y la anglofilia que puede despertar la ciudadela encaramada en la colina, la torre Ypres, las empinadas callejuelas, las casitas de ladrillo cubiertas de hiedra con sus macizos de geranios y el abrigado puerto que tanto le gustaba a Daniel Defoe.

En Rye James vivió los últimos años de su vida, entre 1898 y 1916, en Lamb House, la casa de West Street. En ella, pasó largas temporadas su hermano William y, como contó también Chesterton, tuvo tiempo de reverenciar a los antepasados que la habían habitado. «Creo que, en cierto modo, él se consideraba realmente una especie de mayordomo o custodio de los misterios y secretos de una gran casa por la que los fantasmas podrían haberse paseado con todo el derecho del mundo». De hecho, según la leyenda, aquel americano con ínfulas europeas habría rastreado en el árbol genealógico de la familia desaparecida hasta encontrarse con un vulgar descendiente, empleado de comercio, que vivía en el norte industrial -¡madre mía, qué triste!, diría uno de los niños del Ritz de Evelyn Waugh-, para invitarlo personalmente a conocer el hogar de los ancestros. Cabe imaginarse a Henry James, envarado, con la elegante vacilación con que impostaba el acento, recibiendo a aquella persona ajena al pastel. De la vacilación impostada del autor de Retrato de una dama hizo uno de sus trajes el gran Chesterton: «No la compararía, según la perversa frase de Mr. H. G. Wells, con un elefante intentando coger un guisante, pero es cierto que parecía poseer una probóscide flexible y extremadamente sensible que se abría paso por una selva de hechos que para nosotros resultaban a menudo indivisibles».

Henry James logró sentirse en el extranjero como en casa, eso sí, evitando mostrar el asombro y la inocencia con que describe a algunos de sus compatriotas personajes literarios frente a la sofisticación europea. Como ocurre en Retrato de una dama (1881) y La copa dorada (1904), la última y más compleja de sus grandes novelas, que ahora devuelve Alba a la actualidad con una nueva edición en español con traducción de Andrés Bosch y revelador prefacio de Alejandro Gándara. Escribe Gándara sobre los giros de una llave: el primero de ellos, el de la invención de la voz narrativa, que se sitúa en un lugar completamente distinto al conocido en la novela decimonónica. El segundo, el que abre la puerta de una nueva sensibilidad del narrador abocado a bucear en las conciencias de sus personajes. A James se le conoció por «el Maestro», debido a una escritura inteligente, compleja, que explora las intrigas dramáticas y psicológicas por debajo incluso de la más simple de las interacciones humanas y de los acontecimientos. Además de esa profundidad se distinguió por su gran conocimiento del lenguaje, sin embargo, algunos detractores criticaron su estilo por ampuloso y barroco.

En La copa dorada, un multimillonario americano, Adam Verver, decide, de igual manera que compra y colecciona antigüedades, regalarle como marido a su hija, Maggie, un príncipe romano, Americo, refinado pero sin dinero, al mismo tiempo que elige para contraer segundas nupcias a una joven compatriota, amiga del noble, que vuelve a revivir con este último, en una situación opulenta, el amor al que ya se habían entregado en la pobreza. Adulterio, intriga y el secreto de una copa agrietada se juntan en la trasfondo de la novela.

Alguien le ha atribuido al autor de La copa dorada un sentido del humor que yo jamás he encontrado en la lectura, muchas veces esforzada y quizás demasiado entusiasta, de sus libros. El propio Chesterton cuenta cómo, a pesar de ser una persona con fama de sutil, fue incapaz de percibir, a propósito de una anécdota que ambos vivieron, la ironía de la mejor comedia en la que tomó parte. Volvamos a Rye, porque fue allí donde sucedió. Henry James y su hermano William se encontraban de visita de cumplido en la casa que había alquilado Chesterton en la aldea inglesa donde vivía el escritor norteamericano. De repente al anfitrión y a sus invitados los sorprendieron un amigo miembro del Parlamento y un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores que llegaban sin un penique en el bolsillo, después de un accidentado viaje por Francia. Les dejo con Chesterton: «Allí, al otro lado de la mesita de té, estaba Europa, estaba aquella cosa vetusta propia de Francia e Inglaterra, los herederos del terrateniente inglés y del soldado francés; andrajosos, sin afeitar y pidiendo cerveza a gritos, que ignoraban con total desvergüenza la diferencia entre pobreza y riqueza, repantigados, indiferentes y seguros de sí mismos. Desde el otro lado de la mesa, los contemplaba el refinamiento puritano de Boston, y la distancia que los separaba era mayor que el Atlántico». Enfundado en su impoluta levita, James no salía de su asombro ante aquellos dos lunáticos y sólo tuvo certeza de la clase social a la que pertenecían cuando uno de los presentes sugirió trasegar una botella de Oporto y salir en procesión religiosa por las calles de Rye.

Lejos de perder la compostura puritana que confusamente atribuía al viejo mundo, al final tenía razón Gore Vidal cuando escribió que, pese a intentarlo, no había nada que James hiciera como un inglés, ni tampoco como un norteamericano. Tenía su propio mapa.

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