Adrià cocinará para las musas

Por Luis M. Alonso (31 de enero, 2010)


La farfolla sobre el hecho vital de comer ha rodeado como nunca el anuncio del mejor chef del mundo de cerrar en 2012 y 2013 el restaurante que sólo abre medio año, y a medias

Ferran Adrià ha anunciado dos años sabáticos en los que, para inspirarse, sólo dará de comer a las musas. Los más entusiastas del maestro de Roses han calificado el cierre de El Bulli como la idea propia de un genio. Otros cocineros han elogiado el gesto por su generosidad. Algún cursi, ¡mamma mia!, ha escrito que la cocina española es lo suficientemente fuerte para poder permitirse el retiro provisional de la estrella que ilumina sus fogones. Y hay quienes sostienen que Adrià nos ha hecho tan felices que él mismo merece un pedazo de felicidad, al tomarse un descanso y dejar de servir comida. «En el formato actual» -ha dicho refiriéndose a su restaurante- «me es imposible seguir creando». Este mundo disparatado ha hecho una cocina a medida de la alta costura en la que cocinar ha llegado a ser para algunos cocineros una pérdida de tiempo. Lo importante, no lo olviden, es la creación.

Los creadores de la gran cocina, lo mismo que ocurre con los de la alta costura, guardan distancia sobre el hecho vital de comer. Su objetivo, al igual que sucede en las pasarelas de la moda, es la pieza única e inclasificable. Una langosta, un salmonete o un solomillo dejan de ser el producto apetecido por el comensal para convertirse en la obra de arte del hombre que ha sido capaz de transformarlo en algo absolutamente prodigioso, a veces en una experiencia mística.

El biólogo Miguel Sen recopiló desopilantes casos de adulación en un divertido libro sobre los excesos que convierten el hecho cotidiano de comer en algo celestial, refiriéndose, por ejemplo, a la famosa deconstrucción en la cocina: «Dios debería crear más seres vivos para que Ferran Adrià pudiera cocinarlos, ampliando su registro», dijo uno de sus fervientes admiradores. O esta otra descripción de un crítico gastronómico que explica uno de los platos de la carta de El Bulli: «Dentro de la boca el salmonete se transforma en un animal vivo que cruje y libera aromas de carne suave y delicada, asada con mimo en una barbacoa junto a la orilla del mar, al final de un día feliz». A la inventiva de Adrià, sin ir más lejos, se debe que el humo sea comestible o que para preparar la famosa ostra Guggenheim de Quique Dacosta haya antes que echar a perder docena y media de sus hermanas y dos kilos de percebes para hacer un caldo, que se compone, además, de berberechos, ajos, chalota y aloe vera. Sí, aloe vera.

La farfolla que acompaña al hecho de comer no desmerece de la absurda complejidad de algunas de las obras maestras de la culinaria. Jean-François Revel, historiador, periodista y gran gastrónomo, escribió de ello con su claridad característica: «La cocina se ha presentado siempre enmascarada con una terminología retórica y ornamental donde la falta de rigor en la denominación, composición y confección de los platos es una de las principales causas del denso misterio que envuelve la gastronomía del pasado y anuncia a menudo las decepciones del presente».

El caso es que El Bulli cierra durante dos años y el anuncio de ese cierre ha acaparado, a escala, la misma atención que el terremoto de Haití. La cosa resulta el doble de llamativa si tenemos en cuenta que toda esta expectación responde a un restaurante que sólo está abierto la mitad del año, mayormente para las cenas, y comer en él resulta más complicado que conseguir una audiencia en la Zarzuela. El restaurante difunde a través de su web que, dada la demanda, le es imposible atender más clientes en lo que queda de año. Como suele ser habitual, no dispone de información sobre lo que va a pasar en 2011, ya que la costumbre es empezar a registrar las reservas desde el instante en que la última campanada da paso al año siguiente. La carrera para reservar empieza a partir de las uvas y no son pocos los que en ese momento se lanzan a la aventura de conseguir una mesa en el mejor restaurante del mundo. En 2012 y 2013, la posibilidad de comer allí es nula.

Hubo un tiempo, no demasiado lejano y no me refiero al pasado con Jean-Louis Neichel o Jean-Paul Vinay, sino a la segunda mitad de la década de los noventa, en que uno podía acercarse a El Bulli de Ferran Adrià y Juli Soler a comer, desde la vecina cala Montjoi sin tener que reservar. Y lo hacía en alpargatas y con los pies todavía rebozados de arena para ahorrarse la incomodidad del viaje nocturno desde Roses por una sinuosa carretera llena de baches. Cuando el empleado de sala le recomendaba al perplejo comensal la oportunidad de hacer el trayecto en barco por mar después de que éste tuviese la ocurrencia de recordarle el estado deplorable de la carretera.

-La gente viene en barco.

-Hombre, pues de eso se avisa.

A continuación venían unas risas por el ridículo de la situación y unos hatillos de espardeñas riquísimos. Adrià experimentaba entonces su sinfonía mediterránea de sabores.

Ahora, con dos años de crisis por delante, el cocinero más universal de los últimos tiempos alimentará el sueño zen de dar de comer a uno o a mil. No se sabe, depende. El futuro pertenece a la mística japonesa del «kaiseki». Cuando vuelva Adrià no será el mismo, ha dicho, y tampoco El Bulli. Vaya usted a saber lo que será de todo esto.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | enero 2010 |

La dura educación sentimental de Barber

Por Luis M. Alonso (29 de enero, 2010)


La periodista de «The Sunday Times» se desquitó de sus padres nonagenarios con un libro sobre el desengaño amoroso que marcó su juventud

Lo primero que le llamó la atención a aquella jovencita estudiante llamada Lynn Barber era que el desconocido que se había ofrecido a llevarla a su casa en coche fuese judío y no tuviese nariz aguileña, pelos grasientos y la barba del mercader de Venecia.

Barber tenía 16 años cuando conoció a Simon Goldman. Era 1960, vivía en Twickenham, un histórico y coqueto barrio del oeste de Londres, sede del famoso estadio de rugby y de uno de los principales estudios de cine de Inglaterra. Aguardaba el autobús a la salida de un ensayo de teatro cuando un deslumbrante Bristol de color granate se detuvo junto a ella y allí empezó una relación con un hombre casado que la doblaba en años y con el que estuvo a punto de arrojar su vida por la borda. Sus padres, engatusados por la personalidad del conquistador, un delincuente profesional de impecables maneras, la animaron para que se olvidase de ingresar en la Universidad, abandonase los estudios y se casase con Goldman. Éste, volcado en atenciones, cines, restaurantes italianos, conciertos en el West End, excursiones a Oxford y escapadas a París, capeó la situación hasta que la joven descubrió en la guantera del coche cartas remitidas a la dirección compartida con su esposa y se atrevió personalmente a confirmar que estaba siendo víctima de un terrible engaño. Goldman estaba casado, vivía con su mujer y era padre de dos criaturas.

El «asaltacunas» vestía suéteres de cachemir, chaquetas del mejor tweed, zapatos de gamuza y conducía un coche exclusivo con asientos de cuero. Bien parecido, utilizó su encanto como una ganzúa para alimentar los sueños de fantasía culturales y existencialistas de la jovencita y penetrar en el hogar de sus padres, una convencional familia de los suburbios londinenses que sucumbió a los encantos del pretendiente.

Goldman era socio en oscuros negocios de Peter Rachman, un propietario especulador que adquirió notoriedad en los años cincuenta en Londres. Juntos se dedicaban a extorsionar a ancianos para que desocupasen las viviendas que habitaban y poder edificar en los solares. Valiéndose de los prejuicios raciales, utilizaban para ello a familias afrocaribeñas de inmigrantes, a las que instalaban provisionalmente en pisos del oeste de la ciudad. Simon Goldman se aprovechaba, además, para sustraer desde obras de arte a botellas de escocés.

Casi cincuenta años después de aquello, Barber, veterana periodista que escribe para «The Sunday Times», se decidió a publicar Una educación, sus memorias sobre el doloroso desengaño, a fin de desquitarse de la dura lección aprendida de la vida. En el libro, que ha inspirado una película, no escatimó detalles sobre la conducta obnubilada de sus padres, que hasta el momento en que conocieron al pretendiente habían insistido, día tras día, a la joven para que no perdiese la oportunidad que se le presentaba de ir a Oxford y que, sin embargo, más tarde empezaron a hablarle de otra manera. La trataban de convencer de que la universidad no lo era todo para una mujer y que los buenos maridos no crecían en los árboles. En 1962 faltaban todavía unos cuantos años para el advenimiento del feminismo, pero eso no le impedía a Lynn Barber sentirse una mujer traicionada. «Tuve una sensación de traición absoluta, como si hubiera pasado dieciocho años en un convento y, después de todo ese tiempo, la madre superiora me dijese que Dios no existía. Así me sentía yo», escribió la periodista del «Sunday Times».

Dick y Beryl Barber querían lo mejor para su única hija, una buena educación, buenos resultados en los exámenes y Oxford como premio final. Pero por el camino se cruzó un pícaro a bordo de un espléndido Bristol dispuesto a alimentar los sueños de la colegiala y los delirios de grandeza de sus padres, que, aunque nonagenarios, viven y habrán tenido la oportunidad de leer el duro alegato de Lynn. La madura periodista que, como confesó, fuma y bebe más que un pez, dijo que el momento del libro había llegado, teniendo en cuenta que no está segura de sobrevivir la salud de hierro de sus progenitores. «Sé que he hecho algo malo, pero también que durante 65 años fui una buena hija para con ellos; es hora de ser un poco ingrata», dijo el verano pasado en una entrevista, queriendo justificarse por haber mostrado al mundo la desvergüenza de sus padres.

La película «An education», con guión de Nick Hornby y dirigida por Lone Scherfig, está nominada y es favorita para los premios «Bafta» del cine británico. Cuenta con Carey Mulligan, Peter Sarsgaard y Alfred Molina en su reparto.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | enero 2010 |

Érase una vez en Boston

Por Luis M. Alonso (28 de enero, 2010)


Dennis Lehane persigue la gran novela americana en «Cualquier otro día», epopeya que tiene de fondo la huelga de la Policía de 1919

Hace algo más de 90 años, los policías de Boston, que hacían su trabajo en unas condiciones laborales extremas, con jornadas extenuantes, bajos salarios y teniendo que pagar de sus bolsillos los uniformes y las balas, decidieron ir a la huelga. Los agentes querían ganar más y el jefe, al que apoyaba sibilinamente el gobernador del Estado y más tarde presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge, respondió a esta aspiración suspendiendo de empleo y sueldo a más de uno.

Los policías quisieron entonces sindicarse y volvieron a recibir una negativa por respuesta. Aquel 9 de septiembre de 1919, recién concluida la I Guerra Mundial, el viejo Boston se convirtió en un escenario irreal de violencia y saqueo. La milicia tomó las calles y la Guardia Nacional ordenó cargas de caballería en la mismísima Beacon Hill. La secuencia dio vueltas durante mucho tiempo en la cabeza de Dennis Lehane (1966) hasta que le sirvió para escribir una potente reconstrucción histórica del momento, Cualquier otro día, que encierra todos los méritos para convertirse en la gran novela de América y que ahora publica RBA. «Parecía una película de vaqueros pero ocurrió en Boston en 1919, entre las calles estrechas y los edificios antiguos. Se oía el estrépito de los cascos sobre los adoquines», explicó.

Lehane pertenece a una raza de escritores de pulso narrativo seguro y lenguaje directo. Alterna la ironía con la fuerza de las imágenes que transmite su literatura. De origen irlandés, se crio en Dorchester, un barrio conflictivo de Boston en el que escribir nunca ha sido la opción de vida más viable y donde los chicos con los que jugaba de pequeño acabaron siendo policías, bomberos, electricistas, criminales o sirviendo cervezas detrás de la barra de un bar. Fue a la Universidad a estudiar Periodismo pero lo dejó dos veces, aburrido de los hechos que se repiten. Su padre, capataz del transporte marítimo en el puerto, y su madre, ama de casa, querían que fuese abogado, pero para él escribir se convirtió en una cuestión de vida o muerte.

Las cosas no se puede decir que le hayan ido mal: debutó en 1994 con Un trago antes de la guerra, la primera de las novelas de la pareja de detectives Patrick Kenzie y Angela Gennaro, que obtuvo el «Shamus Adward» a la mejor ópera prima. Es autor también, entre otras, de Plegarias en la noche, Desapareció una noche (Gone baby gone), Mystic River y Shutter Island. Las tres últimas han sido llevadas al cine por Ben Affleck, Clint Eastwood y Martin Scorsese. Cualquier otro día se podrá ver en las pantallas dirigida por Sam Raimi.

Al igual que su amigo el novelista George Pelecanos escribió también algunos episodios para la quinta temporada de la magnífica serie The Wire. En cierto modo, lo que Lehane hace con el Boston histórico de Cualquier otro día (The Given Day) tiene bastante que ver con lo que David Simon ha conseguido en The Wire, con el Baltimore contemporáneo: ambos muestran en diferentes etapas la corrupción política y policial, la inestabilidad en las calles y las turbulencias sociales.

En Cualquier otro día hay suficientes dosis de misterio y de oscuridad, pero no trata, como otras novelas del autor, de la solución de un crimen. Lehane entrelaza la vida de dos jóvenes cuyos caminos convergen en los meses previos a la violenta huelga de 1919 que condujo a varios días de disturbios y de muertes. La historia de América de inicios de siglo desfila por las páginas con personajes reales, como el propio Coolidge o el futuro J. Edgar Hoover. Babe Ruth, uno de los más grandes jugadores de béisbol de la historia, es utilizado como personaje recurrente, siendo como era en aquellos años un astro de los Red Sox, antes de que Harry Frazee decidiese traspasarlo a los New York Yankees. «Fue un verano de locura impredecible. Cada vez que Babe creía que empezaba a entender algo se le escapaba y salía corriendo como un cerdo de granja al oler el hacha. La bomba que estalló en la casa del fiscal general, paros y huelgas por todas partes, disturbios raciales, primero en Washington y luego en Chicago. Los negros de Chicago llegaron al punto de defenderse, convirtiendo un disturbio racial en una guerra racial y metiendo el miedo en el cuerpo a todo el país». Boston se preparó entonces para lo suyo: bolcheviques, anarquistas, terrorismo, inmigración, inestabilidad económica, el nacimiento del FBI, la corrupción, la terrible gripe española que dejará miles de cadáveres en el North End, el auge del movimiento sindical, la huelga, etcétera.

La suma de Doctorow y Don DeLillo, pero mejor. Pocas cosas en nuestros días hay que merezcan tanto la atención del lector como una novela de Lehane.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | enero 2010 |

Talentino vuelve a las andadas

Por Luis M. Alonso (25 de enero, 2010)


Antonio Cassano, fiel a la espiral autodestructiva desde que dejó la Roma, ha vuelto a declararle la guerra al entrenador de la Sampdoria, Luigi del Neri, del que ha asegurado no entender nada de lo que dice
Antonio Cassano, conocido popularmente como Fantantonio o Talentino, no necesita una calculadora para echar cuentas sobre su vida. En 2008, cuando tenía 26 años, dijo que había vivido diecisiete de ellos como un desgraciado y los nueve restantes en plan millonario. «Me faltan todavía ocho para empatar», agregó entonces. Es posible que los pase haciendo dos de las cosas por las que ha alcanzado notoriedad: jugar al fútbol y negarse a hacerlo. Como hasta ahora ha venido ocurriendo.

De momento, el futbolista posiblemente con más talento de Italia vuelve a estar inmerso en la espiral autodestructiva que le envuelve de manera cíclica desde que dejó la Roma. La última de Cassano es que no quiere volver a jugar en la Sampdoria, después de haberse enfrentado a gritos con su entrenador, Luigi del Neri. El equipo de Génova venció ayer al Udinese en el estadio Friuli por 2-3, tras una racha de partidos sin ganar desde el pasado 22 de noviembre. Talentino, que se quedó fuera de la convocatoria, le reprochó alterado a Del Neri que no tuviese, al menos, la decencia de decir públicamente que se encuentra lesionado. El entrenador se apresuró a quitar hierro al asunto, explicando que si Cassano no juega es por motivos tácticos, no disciplinarios, y que fuera de casa prefiere a futbolistas con buena preparación física antes que a los de calidad. «A Antonio hay que convocarle sólo si va a jugar. No es conveniente que esté en el banquillo», añadió con la intención de despejar las dudas.

Pero Antò, como le llaman los amigos utilizando el diminutivo apuliano, la puede liar en cualquier momento: dentro o fuera de la convocatoria. Lo demostró en una de sus etapas más delirantes, la que pasó en el Real Madrid, cuando, en compañía de Diarrá y Ronaldo, se dedicó a criticar y ridiculizar a Fabio Capello, secuencia que grabaron las cámaras de televisión. Aquello le costó la confianza de un entrenador al que, primero, en la Roma, veneraba como un padre y se empeñó a toda costa en seguir a la Juve y al que, más tarde, le perdió el respeto. «Es más falso que los billetes del Monopoly», llegó a decir de él. Sin embargo, sólo Capello consiguió durante aquellos años romanos controlar en su justa medida las «cassanate». Para ser exactos, lo lograron entre él y Totti, al que quería imitar, y con el que rubricó algunos de los momentos más inspirados del fútbol. Francesco Totti, «Er Pupone», como lo llaman en Roma haciendo uso del dialecto local, acabó de Talentino hasta las narices.

Con Del Neri, Cassano ha tenido más de un contencioso. Suele repetir que no entiende lo que dice el entrenador de la Samp e incluso llegó a dedicarle uno de los aforismos de su segundo libro, Las mañanas no sirven a nadie, en el que insiste en que no se entera de nada de lo que dice el entrenador pero que eso no le ha impedido hacer las paces con él. La paz, no obstante, como ahora se ha demostrado con este último enfrentamiento en vísperas del encuentro con el Udinese, es frágil.

¿Un libro, Cassano? Pues sí. ha escrito, mejor dicho firmado, no uno, sino dos. Él mismo dice que es la única persona en el mundo que es autor de más libros que los que ha leído. Su primera «obra literaria» fue la biografía Lo digo todo, en colaboración con Pierluigi Pardo, un periodista de la cadena de televisión Sky. La segunda, la de los aforismos, incluye una serie de perlas definitorias de su peculiar forma de ver las cosas. Disparatada, para ser más exactos.

En sus memorias, Antò hablaba de las seiscientas o setecientas mujeres con las que supuestamente hizo el amor, sin incurrir en un solo «gatillazo». De los croissants que le llevaba un camarero amigo suyo a la habitación del hotel después de cada una de las largas sesiones de sexo, en las concentraciones de su etapa en el Real Madrid. O reconocía cómo el fútbol le había librado de ser un delincuente callejero y, más tarde, presumiblemente, un mafioso de la Sacra Corona.

Para entender esto último hace falta conocer Bari, la segunda ciudad más populosa del sur de Italia después de Nápoles, y uno de los lugares donde la miseria y la violencia se extienden desde los barrios periféricos hasta las inmediaciones de la Piazza Ferrarese, en el centro. Allí, entre el tráfago urbano, las sirenas de los coches de la Policía y las redadas de la mafia, creció Antò. Él mismo cuenta cómo fue pobre y nunca se preocupó de trabajar. No sabía hacer nada y aprendió en la escuela de la calle que el mundo de las oportunidades era otro. Había una forma distinta de abrirse camino en la vida. Lo hizo pegándole patadas al balón entre los puestos de los mercadillos de la «città vecchia».

El aforismo 363 de su conjunto de perlas engarzadas en el libro Las mañanas no sirven a nadie, Talentino recordó cómo la noche en que había nacido, en julio de 1982, los médicos estaban borrachos y celebrando que Italia se había proclamado campeona del mundo en Madrid. Nunca ocultó su obsesión por la «azzurra», pero reconoce que jugar en la selección le resulta difícil puesto que sólo en la Play Station es posible hacerlo con cuatro puntas. Personaje.

Categoría: Minutos de descuento | Comentarios(0) | enero 2010 |

Clint Eastwood, en el papel de Harry el Malo

Por Luis M. Alonso (24 de enero, 2010)


La implacable biografía de Patrick McGilligan pone al descubierto facetas inéditas de la personalidad del cineasta más considerado, entre ellas, la tacañería, su afición a las mujeres y el desdén con que trata a sus colaboradores

Cuando en 2002 apareció la biografía Clint, the life and legend y Clint Eastwood interpuso una demanda de diez millones de dólares contra el autor, en Hollywood todo el mundo se preguntó en qué remota galaxia se habría escondido Patrick McGilligan. Hasta ese momento las biografías sobre el actor y director de cine norteamericano mejor considerado pertenecían al género hagiográfico y los ensayos publicados se dedicaban a analizar su notable carrera y, sobre todo, su deslumbrante otoño cinematográfico. El respeto por él era enorme y su imagen de hombre decente y cabal contrastaba con la implacable visión de enemigo de la humanidad reflejada en los testimonios recogidos por McGilligan, un reputado historiador del cine que se había enfrentado antes a otros pesos pesados, entre ellos, Robert Altman, Jack Nicholson, Fritz Lang, George Cukor y James Cagney. En último caso, quien más y quien menos sabía que con Harry el Sucio no se jugaba. De hecho, muchas de las fuentes consultadas por el biógrafo pidieron no ser identificadas.

Un veterano marine, Fred Peck, el teniente coronel que lo asesoró durante el problemático rodaje de El sargento de hierro, comentó: «Hacen falta veinte años para hacerse amigo de Clint y veinte segundos para destruir esa amistad. Todo el mundo en Hollywood le llama Clint, pero siempre van con pies de plomo con él, se preocupan por lo que en realidad quiere, pero tienen miedo de preguntárselo. Todo el mundo tiene miedo a decirle «no»».

«Vengativo» es uno de los epítetos que McGilligan le regala a Eastwood en la biografía que acaba de publicar Lumen, la que vio la luz en Estados Unidos en 2002 y que luego siguió vendiéndose después de que biógrafo y biografiado llegasen a un acuerdo sobre el que el autor del libro no entra en detalles, acatando los términos del litigio. Sí admite, sin embargo, que en las ediciones posteriores, incluyendo esta española, hubo que corregir los párrafos conflictivos. Uno de los motivos de la demanda eran, como reconoce el propio McGilligan, las anécdotas poco ejemplares sobre el primer matrimonio de Harry el Sucio con Margaret Ruth Neville, Maggie. Otros rasgos de su personalidad intensa, impetuosa y egocéntrica por los que el autor de la biografía decidió pasar por encima de él son que le gustan mucho las mujeres y que es un tacaño. Una tacañería «proverbial» si se tiene en cuenta que todos los años exige a la Warner un pavo congelado para regalárselo a su madre por el Día de Acción de Gracias y que es incapaz de pagar la cuenta de un restaurante. Hasta en esas cosas ha hurgado McGilligan, que buscó los testimonios entre los colaboradores más cercanos de Eastwood, el productor Fritz Manes, Bob Daley, Philip Kaufman o el montador Ferris Webster, a los que puso de patitas en la calle después de haber desempeñado su trabajo en Malpaso. Obviamente, Harry no podía esperar buenas palabras de ellos. Su biógrafo, de manera ácida, describe una personalidad desdeñosa con sus amigos y la gente que le rodea.

El implacable McGilligan, dispuesto a comprobar el grado de antipatía que despierta el personaje, sondea acerca del odio entre las fuentes que le ayudan a deconstruirlo. Encuentra testimonios como el siguiente, de un director asociado en otro tiempo a Malpaso, la productora de Eastwood: «Cuando alguien defiende demasiado a Clint, me entran ganas de atacarle, cuando alguien le ataca me entran ganas de defenderle. En cierto modo, le odio, pero también le quiero. ¿Puedes entenderlo?». El autor del libro añade que lo ha intentado, pero reconoce que finalmente se ha quedado con un Clint que es la antítesis de su leyenda y su biografía autorizada. La de Richard Shickel, de la que un crítico dijo que era como si Harry el Sucio le hubiese apuntado con su Colt Magnum mientras la escribía.

McGilligan cuenta cómo después de cenar con Shickel, el biógrafo oficial, y de sopesar la desventaja de no poder disponer de la prodigiosa memoria de Eastwood, llamó desalentado al editor para cambiar el contrato y abordar otro asunto. «Pero el editor quería su libro sobre Clint, así que puse manos a la obra y empecé, como de costumbre, investigando su árbol genealógico en busca de personas e incidentes que se remontaban a cientos de años antes de su nacimiento».

Desde el primer tirón del hilo genealógico el biógrafo implacable llega a la conclusión de que una mezcla de fortuna, talento artístico y astucia comercial han guiado la carrera de Eastwood. Nadie como él para hacer películas y saber venderlas. Pocos como él han acertado a promocionar su imagen: a alternar la ternura y la sensibilidad con lado más duro del William Munny de Sin perdón. Hasta el punto de que el Clint de la pantalla se ha impuesto al real. Lo que ha hecho McGilligan es darle la vuelta a la tortilla; su antipatía por el personaje de carne y hueso le ha impedido aceptar, con el entusiasmo de otros, que se trata de uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos. La pretendida avaricia y el egoísmo, la forma en que despachó a Sandra Locke después de haber compartido años de su vida con ella, lo mismo que en el caso de su abnegada y celosa primera mujer, que lo acompañaba a los rodajes para marcarlo de cerca, son la munición que más usa McGilligan. Mujeriego, machista, ateo, alcalde oportunista de Carmel, por ahí van los tiros en esta biografía a la contra. Su impresionante visión del cine no se oculta, pero sólo se deja entrever en las casi 700 páginas del relato.

Harry el Sucio ha disparado, sobre todo, a aquello que se mueve y lleva faldas. Sus escarceos amorosos se cuentan por centenares. Él mismo ha llegado a considerarse «un regalo para las mujeres». McGilligan asegura que mantuvo relaciones sexuales con todas las compañeras de rodaje o protagonistas de sus películas, salvo el caso de Shirley McLane, a la que consideraba demasiado hombruna, pero no todas las historias acabaron bien. Como en sus matrimonios, las nubes sucedían a los claros. Suele ocurrir.

No ha perdido el tiempo el implacable McGilligan en exprimir al personaje, por eso no debería extrañarle tanto que Eastwood vaya directo al grano y tampoco le guste perderlo en los rodajes. Lo acusa, por ejemplo, de filmar el primer borrador que le llega y no hablar con los guionistas hasta el estreno de la película. No hace mucho, en un tono bastante más distendido, el periodista John Carlin escribía de esa obsesión del octogenario Clint Eastwood por simplificar las cosas y no repetir escenas, refiriéndose a la filmación de Invictus. La pregunta es ¿qué tiene de malo que a un director le valga la primera toma si el resultado va a ser Million dollar baby?

Quizás el que mejor haya descrito los claroscuros del cineasta haya sido el teniente coronel Peck, el marine que padeció su intempestuosidad durante el rodaje de El sargento hierro: «Mucha gente me ha preguntado cómo es Clint Eastwood, y yo siempre he contestado que debe de parecerse más a Harry el Sucio en la vida real de lo que él cree. Es un personaje extraño. Lleva una pistola en la guantera, pero pisa el freno para no atropellar a una ardilla que se le cruza en una carretera. Es un hombre muy interesante que a veces se comporta como un niño de cincuenta y nueve años».

En la actualidad Eastwood, el niño que va a cumplir los ochenta, está felizmente casado con la joven presentadora de telediarios Dina Ruiz, y no emite, como ha dicho su amigo y cómplice Morgan Freeman, ninguna señal de aflojar o perder la fuerza que le lleva a hacer maravillosas películas. Y eso, en definitiva, es lo que debería importar.

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Los cuchillos y sus cortes, el demonio y la carne

Por Luis M. Alonso (24 de enero, 2010)


Algunas cocinas profesionales hace tiempo que han dejado de ser infiernos para convertirse en laboratorios, pero la mayoría de cocineros se mueve entre ollas hirviendo y calderas de Botero

El cuchillo ha sido siempre la prolongación del cocinero, la primera manifestación de su destreza, de sus sueños y ambiciones. Uno puede tener a mano los cuchillos que prefiera y del tamaño que desee. Pero, antes que nada, tiene que disponer de un cuchillo bien afilado que le resulte más cómodo que el resto. Con él podrá cortar todo aquello que se le ponga por delante. Hay magníficos aceros alemanes de Henckels, Wüsthof, Global, Müller, etcétera, pero también existen otros más baratos estupendos, con medidas de filo y pesos variados. Lo primordial en un cuchillo, como en un instrumento musical, es la afinación. Con un acero romo se puede destrozar el producto; quien lo utiliza corre el riesgo, además, de cortarse con mayor facilidad que al usar uno afilado. Junto a un cuchillo hay que tener una piedra para su mantenimiento y puesta a punto. Los filos se desgastan de restregarlos contra los afiladores de acero.

Me he referido a los cuchillos para hacerlo seguidamente del corte y confección de la carne. En Sarlat, Perigord, Francia, el sábado, día de mercado, al lado de los puestos ambulantes que ocupan la totalidad del casco histórico de la villa de Le Boétie, se abren al público las tiendas de alimentación tradicionales. Gerard Maleville, carnicero, prepara unas quenelles de carne picada y hongos al mismo tiempo que rellena un capón con una farsa que lleva frutos secos. La cola es interminable desde primera hora de la mañana, y la media de atención al cliente se prolonga por espacio de más de un cuarto de hora. Los encargos, sin embargo, se seguirán produciendo. Sin prisa pero sin pausa y un acabado que roza la perfección.

Cuesta poco rendirse ante la técnica de los carniceros franceses, lo mismo que uno se asombra frente al mostrador de un buen pescadero del Cantábrico. El buen «boucher» suele ser, además, «traiteur», lo que supone un especialista en el corte y también en la confección. Al igual que el sastre trabaja las telas, los carniceros del país vecino se encargan de facilitarle al cliente todos los despieces para cualquier tipo de preparación y, también, las elaboraciones y especialidades de su propio establecimiento, que suelen ser bastantes y variadas incluso en las pequeñas localidades. Afortunadamente, los carniceros españoles hace tiempo que han empezado a diversificar, de modo que ya va siendo difícil entrar en una carnicería y contemplar simplemente un par de chuleteros, un garfio con chorizos y otro con morcillas.

Los cortes que proporciona una vaca o un ternero dan para escribir un libro, teniendo en cuenta que no en todos los lugares reciben el mismo nombre y que, de acuerdo con las preferencias unos y otros, podrían servir para depende qué tipo de fines. En Argentina, de gran tradición y respeto a los cortes de la carne, si el cliente pide lagarto no se estará refiriendo a un reptil, sino a una pieza redonda de la pierna superior trasera que puede asarse a la parrilla o en una cacerola. El huachalomo es un corte rectangular de color rojo claro, bastante magro, cercano a la nuca, que se utiliza para emparrillar y también en la sartén. El ganso tampoco es un ave palmípeda, como cabría esperar por el nombre, sino una carne blanda de color rojo oscuro, que en España se conoce por redondo, para asar en el horno o guisar en cacerola. Y hay más apelaciones curiosas, la malaya, para hacer los «arrollados»; la palanca, la tapabarriga, el choclillo o el asiento, que no tiene que ver con la contabilidad, sino con un despiece entre la tapa y la cadera.

Los grandes cortes del vacuno son: tapa plana, músculo superior de la pierna trasera, tierna y sabrosa, muy apropiada para asados; entrecot, en una pieza deshuesada, muy recomendable para asar al horno; bistec de cadera, jugoso, para freír o aparrillar; lomo alto deshuesado, la codiciada pieza para el rosbif; solomillo, filete de primera calidad para la parrilla y la pieza entera para asarla sola en el horno o envuelta en hojaldre. Pero también, el turnedó y el Chateaubriand, corte central del solomillo, de gran ternura que se suele asar para compartir entre dos o tres personas, y el lomo bajo, para asar en grandes tacos o también hornear. Finalmente, el morcillo o chamón es la carne dura de la pierna, ideal para guisos de cocción larga, sopas o caldos, o también para picar y preparar unas hamburguesas como es debido.

Si el cuchillo es fundamental en la cocina, lo es en igual medida el fuego que actúa como el termómetro de las cocciones. El tejido de la carne es el de un organismo vivo y no hay dos trozos iguales. De la carne se suele decir que está hecha cuando ella lo decide. En un pichón o en una codorniz, si no te fías de la experiencia merece la pena hender en la pieza para comprobar el estado de la cocción. El filete se cocina hasta que tu toque te da entender que está en su punto. Una chuleta de cordero o de ternera tiene que ofrecer cierta blandura al tacto, un tipo de elasticidad que se percibe en los materiales de primera calidad.

Las cocinas hace tiempo que han dejado de ser infiernos para convertirse en finos laboratorios, pero eso no sucede en todos los casos. La mayoría de los cocineros se mueve en ollas de agua hirviendo y calderas de Botero, sin tener que aspirar por ello a la gloria por la que clamaba el gran Antonin Carême. Ni como dijo el británico Gordon Ramsay, uno de los primeros espadas de los fogones, pretender una erección increíble durante doce horas, «algo tan brutal como si tomaras una viagra».

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El chasco nazi de Montserrat

Por Luis M. Alonso (22 de enero, 2010)


Himmler siguió en 1940 el rastro del Santo Grial en la abadía catalana, convencido de que le otorgaría poderes para ganar la guerra

Jesucristo era judío, no ario, sin embargo eso no lo tenía claro Heinrich Himmler la tarde en que efectuó una visita relámpago al monasterio de Montserrat, el 23 de octubre de 1940, el mismo día en que Hitler se entrevistaba en Hendaya con Franco. El reichsführer de las SS, acompañado de dos docenas de oficiales y del general Karl Wolff, experto en esoterismo y ciencias ocultas, buscaba en el Santo Grial el talismán que le otorgara poderes e hiciera ganar la guerra a Alemania. Aunque todo esto resulte de lo más chocante, Himmler creía que la copa que Jesús utilizó en la última cena y que ha formado parte de las leyendas artúricas estaba en Montserrat, convencido de que el monte catalán era el Montsalvat de Parsifal, de Wagner. Se llevó seguramente uno de los mayores chascos de su vida después de que los monjes le insistiesen en que su único grial era la Moreneta y la costumbre, besarla.

El historiador Rüdiger Safranski recuerda en Romanticismo cómo Himmler planificaba una imposición de lo ario a gran escala en los territorios orientales conquistados. Para esclavizarlos, había estudiado la mitología germánica, consciente de que a la germanofilia romántica le faltaba lo decisivo: biologismo y racismo. Impulsor del Ahnerbe, el siniestro instituto nazi de investigaciones arqueológicas, se empeñó en encontrar pruebas que confirmaran la supuesta superioridad de la raza aria en todo el mundo y poder justificar de esta manera el genocidio que le costó la vida a millones de seres humanos.

La visita a Montserrat del jefe de las SS, un episodio curioso y sintomático de la demencia nacionalsocialista, está recogida con detalles en el reportaje Los vimos pasar, de Juan Sariol y Jaime Arias, publicado en 1948 después de la derrota de Hitler y, también, por Montserrat Rico en su novela La abadía profanada. Posiblemente nada de lo que ocurrió se habría sabido sin el testimonio del padre Andreu Ripol, el entonces jovencísimo monje que sirvió de guía a Himmler y arrojó un jarro de agua fría sobre sus expectativas. Ripol, que se expresaba perfectamente en alemán, tuvo aquel día la responsabilidad de enfrentarse a la alucinación aria, después de que el abad del monasterio, Antoni M. Marcet, se negase a recibir al jefe nazi, debido, presumiblemente, a la persecución de la Iglesia católica que estaba llevando a cabo el III Reich. El joven monje quiso enseñarles a los visitantes la abadía, pero Himmler sólo buscaba la constatación de su loca idea del Grial y quería explorar cuanta documentación hubiera en la biblioteca del cenobio. Cuando pasaron por delante de la imagen de la Virgen negra, Ripol explicó que besarla era lo acostumbrado y Himmler respondió que ya se encargaría él de acabar con ese tipo de supersticiones. El nazi, como más tarde contó el propio monje, insistía en su obsesión de que Jesucristo era ario por la vía de Jacob, y Ripol con una sonrisa beatífica le aclaraba que todo se trataba de un invento suyo. Ni la abadía de Montserrat era depositaria de la reliquia de la última cena, ni de documento alguno que sirviera para probar la filiación de Perceval, héroe griálico. Himmler se marchó del monasterio, como es de suponer, con el rabo entre las piernas.

La incursión de las SS en el monte sagrado de Cataluña coincidió en la misma fecha en que Hitler había recorrido el camino más largo hasta Hendaya para obtener de Franco el conocido compromiso de intervención española en la guerra, algo que jamás se produjo. De hecho, el jefe de la «policía negra» había llegado a Madrid dos días antes para preparar la entrevista en El Pardo. El 23, Himmler voló a Barcelona. Le recibió en el aeropuerto el alcalde, Miguel Mateu i Pla, y, al igual que había sucedido en la capital de España, las principales calles de la ciudad se llenaron de banderas nazis. Los Coros y Danzas de la Sección Femenina bailaron ante él en el Poble Espanyol. Después, almorzó en el Ritz y saludó desde el balcón de su suite a una multitud que le aplaudía. De allí partió a Montserrat y del monasterio volvió al hotel de Barcelona, que abandonó a la mañana siguiente, dicen que sin la maleta negra que portaba los planos y documentos sobre el Grial, que perdió en el Ritz y cuyo robo se ha atribuido a los servicios de espionaje británicos, la resistencia francesa e incluso a la mediación de Bernard Hilda, el músico de origen judío que no cansó de combatir a los nazis tras verse obligado a huir de ellos.

El 23 de octubre no fue la mejor de las fechas para el III Reich: al mismo tiempo que desaparecía el maletín negro de Himmler, su jefe, el Führer, perdía la paciencia en Hendaya con aquel «hombrecillo ingrato y cobarde», del que más tarde dijo que preferiría que le arrancaran media docena de dientes sin anestesia antes de volver a entrevistarse con él.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | enero 2010 |

El músico que escribía para poder leer lo que le gustaba

Por Luis M. Alonso (21 de enero, 2010)


El cincuentenario de la muerte de Boris Vian ha servido para redescubrir a un autor que pulverizó la compostura literaria
Boris Vian se cansó de bromear sobre la muerte -«no quisiera morir sin que se haya inventado la semana de dos días»- y la palmó de una dolencia cardiovascular, sin haber cumplido los cuarenta, mientras asistía impotente al pringoso estreno de la versión cinematográfica de su obra maldita: Escupiré sobre vuestra tumba. En junio de 2009, se cumplieron cincuenta años de la pérdida de un artista polifacético que ha gozado de la gloria póstuma existencialista y de culto en no pocos círculos literarios. En un tiempo convulso, Vian escribía por el día y tocaba jazz por las noches en Le Tabou, tratando de emular a Ellington y al cornetista Bix Beiderbecke, cuando en la Francia de Vichy la música negra estaba prohibida. La veneración por Ellington llegó al punto de que a la heroína de La espuma de los días la llamó Chloé, aludiendo a una de las grandes composiciones del gran maestro.

Estupendo trompetista y crítico de jazz, autor dramático, novelista, poeta y director de orquesta, el ingeniero Vian lo fue casi todo en su corta vida. En compañía del clarinetista Claude Luter, abrió el New Orleans Club, que se convirtió en una de «les caves» sagradas de Saint-Germain-des-Près. Jean-Paul Sartre lo animó a escribir; la pulsión literaria y la cardiopatía reumática lo llevaron después a abandonar definitivamente el instrumento. Entonces firmó algunos de los mejores artículos (críticas discográficas, crónicas, editoriales) que se han publicado, en las páginas de la prestigiosa revista «Jazz Hot» y de «Combat». Compuso canciones para Juliette Gréco o Marcel Mouloudji. A su alrededor revoloteaba la farándula intelectual parisina: Sartre, Camus, Prévert, Queneau, etcétera. Una de sus composiciones, El desertor, alcanzó gran notoriedad y se tradujo en un aldabonazo «antipatriótico» durante la guerra de Argelia. La cantaron Serge Reggiani, Hugues Aufray, Joan Baez, Peter, Paul & Mary, entre otros.

Vian era para la intelectualidad un disolvente del academicismo. Había leído a Queneau, Jarry y Faulkner, a los autores de novela negra americana, Chandler y Chase, pero lo que más destacaba de su prosa provocadora y salvaje era la absoluta desinhibición con que lo abordaba todo. Bajo el seudónimo de Vernon Sullivan hizo saltar en mil pedazos la compostura literaria con Los muertos tienen la misma piel (1947), Que se mueran los feos (1948) o Con las mujeres no hay manera (1950), combinó dosis de violencia, venganza, sexo y crimen para estómagos fuertes y espíritus poco complacientes con el sistema. Había nervio y hasta dinamita en aquellas historias directas como puñetazos. La ya citada Escupiré sobre vuestra tumba, que lo llevó a ser acusado en los tribunales, fue el mayor exponente de todo ello. Algunos editores, a los que no les tocó aprovecharse del tirón de las ventas, se mostraron escandalizados.

Algo antes, en 1947 se había publicado La espuma de los días, una novela de amor para mitigar la angustia de los adolescentes, y le siguieron El otoño en Pekín, Las hormigas, La hierba roja, El arrancacorazones y el conjunto de cuentos titulado El Lobo-Hombre. Pero la ópera prima fue Trouble dans les andains, de 1943, que ahora edita Tusquets bajo el título de A tiro limpio: la historia de cuatro amigos que emprenden la búsqueda de un artefacto, el barbarón bífido, supuestamente robado en una fiesta. Los cuatro viajan de París hasta el sur de Francia, y de vuelta a la Ciudad Luz pasando por Borneo, dejando tras de sí un reguero de sangre y situaciones absurdas. La aventura es tan extravagante como inclasificable; el tipo de historia que Vian, según sus propias palabras, se tomaba la molestia de escribir para poder leer lo que realmente le habría apetecido. «Esperé hasta los 23 años para escribir. Eso es abnegación. Después intenté contar a la gente historias que nunca habían leído. Eso fue la primera gilipollez: a la gente sólo le gusta lo que ya conoce; a mí, no. En el fondo, me las contaba a mí mismo, estas historias. Me habría gustado leerlas en los libros de los otros», llegó a decir.

En Francia, coincidiendo con el aniversario de la muerte del autor, se han publicado ensayos de su obra y se ha reeditado, a la vez, en Le Livre de Poche, el famoso Manual de Saint-Germain-des-Près, un valiosísimo baedeker para moverse por uno de los barrios más populares de la rive gauche, que Boris Vian conocía como nadie. Una geografía urbana indispensable para entender, además, lo que se cocía en París a mediados del siglo XX y todavía hoy poder seguir las huellas más comprometidas del pasado.

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Eastwood sobre Mandela

Por Luis M. Alonso (15 de enero, 2010)


«Invictus» mantiene en el cine el gran tono narrativo del vibrante relato de John Carlin sobre el partido de rugby que salvó a la nueva Sudáfrica

Cada vez es más remota la posibilidad de emocionarse con el cine. No me refiero a pasar el rato, a entretenerse viendo correr imágenes, hablo de esos cambios agradables e intensos que experimenta el ánimo cuando hay por delante una buena historia y alguien se la cuenta como es debido. Por eso, una de las escasas esperanzas que le van quedando al cinéfilo son las películas de Clint Eastwood: gran instinto narrativo, medios justos, sentido moral alto y verdad en cada fotograma.

Espero como agua de mayo cada película del viejo maestro e imploro para poder seguir disfrutando de su talento. Sé que Million Dollar Baby es una obra de arte irrepetible y Sin perdón el mejor western crepuscular de las últimas épocas. No será fácil tampoco volver a emocionarse ante una pantalla con la imagen de aquel fotógrafo empapado por la lluvia de Los puentes de Madison, viendo escapar definitivamente la felicidad justo en el momento en que cambia el color del semáforo. Seguramente nadie podrá arrojar tanta luz cinematográfica sobre las tinieblas del gran Parker como Bird y jamás en el cine se abrirá la espesura de Savannah ante nuestros ojos como en Medianoche en el jardín del bien y del mal. Baudelaire escribió que no se puede ser sublime todo el tiempo y por eso a Eastwood unas películas le salen mejor que otras, pero incluso cuando se trata de obras menores este portentoso y épico narrador tiene buenas cosas que mostrar.

En el caso de Invictus, he esperado con mayor ansiedad que nunca la película de mi director favorito, al tratarse también de Mandela, John Carlin y la historia de aquel partido de rugby que hizo vibrar unido al pueblo que más cruelmente había vivido separado durante décadas de abominable apartheid. La historia de todo aquello está en un libro estupendo de Carlin que se llama El factor humano, que no me canso de recomendar y que llegó a las manos de Eastwood a través del actor Morgan Freeman, que, a su vez, se enteró de su existencia por medio de una propuesta que el agente literario del periodista británico de «El País» había remitido a Hollywood.

El factor humano es la emotiva historia de la final del Mundial de rugby de 1995 que Nelson Mandela utilizó inteligentemente para sellar la paz entre negros y blancos uniendo a la nueva Sudáfrica en torno a los Springboks, precisamente el equipo que de modo más distintivo había representado hasta ese momento la supremacía afrikáner y el apartheid. Pero es también el atajo más interesante para retratar la historia política y social del país en aquellos años y a su líder, el hombre que salió dispuesto a perdonar a quienes le habían mantenido encarcelado durante 27 años. Fue el propio Carlin quien le ofreció a Morgan Freeman el papel de Mandela, entre otras cosas porque ningún experto en casting habría encontrado una mejor identificación entre personajes. De la misma manera que ningún director habría economizado los medios como Clint Eastwood para traducir al lenguaje del cine el vibrante relato periodístico de Carlin, que asesoró al guionista de la película, el sudafricano Tony Peckham.

La película concebida como gran espectáculo está muy bien dirigida. Se entiende y se siente. No hay discurso político en ella, apenas un par de guiños eficaces para solventar las cuestiones que afectaron a la vida sentimental de Mandela. Tiene buenas actuaciones entre los secundarios, los agentes de seguridad y los jugadores de los Springboks, que se refuerzan sobremanera en las escenas de acción de los partidos potentes y medidas para interesar incluso a quienes el rugby les importa un bledo. Morgan Freeman está excepcional y tampoco lo hace mal Matt Damon, que interpreta al capitán del combinado sudafricano que se impone a los temibles All Blacks en la épica final de Ellis Park. Damon hizo llorar al propio François Pienaar, en el estreno de la película.

Ahora bien, no sé si Invictus pasará el exigente análisis de los críticos como una película mayor o menor de Clint Eastwood. Seguramente, ocurrirá lo último y, mientras eso sucede, la película hará disfrutar a miles de personas, porque el cine, que no tiene muchos secretos aunque haya demasiado afición a complicar las cosas, consiste fundamentalmente en contar una historia en imágenes y lograr emocionarnos con ella. Y eso es lo que sabe hacer mejor que nadie el maestro.

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Visiones pirotécnicas de Chesterton en Estados Unidos

Por Luis M. Alonso (14 de enero, 2010)


«Lo que vi en América», obra inédita hasta ahora en español, incluye reflexiones viajeras del prolífico y gran escritor
Hay una inteligencia irreductible que sobrevive a la erosión del tiempo. Por eso, leer a G. K. Chesterton sigue siendo un reconstituyente vital y un acicate para la curiosidad más exigente. Por eso mismo también, como escribe Abelardo Linares, director de la editorial Renacimiento, la lectura de este prolífico escritor de ficción y ensayo tiene mucho que ver con ser un niño y asistir una noche estrellada de verano a un espectáculo de fuegos artificiales. Efectivamente, deslumbran las palabras y las ideas por su estruendo y fogosidad, y lo artificial de su pirotecnia literaria lo es en el sentido del verdadero arte, nunca en lo artificioso.

Renacimiento ha recuperado un inédito en español de Chesterton, Lo que vi en América, publicado por primera vez en 1922. Se trata de un conjunto de impresiones que el autor sacó a raíz de un viaje a Estados Unidos. No son sólo impresiones, rememorando con frecuencia al viejo Dickens, del país que se visita por primera vez. Chesterton siempre apunta en varias direcciones y dispara a todo aquello que se mueve o le inquieta; de modo que entre conferencia y conferencia le da a tiempo a detenerse en las modas y costumbres de los americanos para volver una vez más sobre los viejos asuntos: entre ellos Inglaterra y la lógica.

El turista no se entera apenas de nada pero el viajero, como el mismo Chesterton reconoce, nunca logra entender al país extraño. Lo contrario requeriría tiempo, observación, ganas y suficiente espíritu para plegarse a los hábitos del lugar mostrando interés por ellos. Los ingleses, por ejemplo, han dado la vuelta al mundo creyendo encontrarse en casa y esto no ha contribuido precisamente a una identificación del exterior. Normalmente, el extranjero aprecia la característica del país que visita, que le resulta fantástica, sin llegar a advertir la que le sirve de equilibrio. «El inglés va, lo mismo por pequeñas aldeas suizas o italianas que por montañas agrestes e islas remotas, pidiendo té en todas partes sin pensar que se comporta igual que un chino que entrara en todas las tabernas de camino a Kent o Sussex pidiendo opio. Pero la cuestión no es sólo que pida aquello que no puede esperar que le ofrezcan, sino que ignora incluso aquello que le ofrecen», escribió.

Chesterton, obviamente, no era el tipo de inglés que se comporta igual que un chino buscando opio en Sussex. Probablemente nunca fue un buen turista pero sí un meticuloso viajero lleno de curiosidad capaz de confrontar y extraer conclusiones inteligentes entre lo que conoce y aquello que le resulta nuevo. No se agota, pese a que siempre utiliza los mismos trucos; lo suyo no es la sorpresa, sino el reencuentro gozoso con los mismos temas: la probabilidad de la muerte, el progreso, el futuro de la democracia, el patriotismo, la batalla contra el mal, la lucha contra el despotismo, la religión etcétera.. Resulta imposible salir de una obra suya tal y como se ha entrado. Se sale otro, igual que si se hubiera librado un combate de las ideas, y tan feliz como después de una velada etílica entre viejos amigos. En su visión de Estados Unidos, hay referencias a las ciudades, al campo, a la Prohibición, a Lincoln y a las causas perdidas, al problema irlandés y la visión que tienen de él americanos e ingleses, a las modas y las costumbres, la opinión pública y la prensa. Y, por supuesto, a Inglaterra. Son especialmente divertidas sus reflexiones sobre el trabajo de los entrevistadores neoyorquinos y los encargados de ponerle el titular a las entrevistas que le hacen. Chesterton cuenta que una de las primeras preguntas que le formularon al llegar a Nueva York fue cómo explicaría la ola de crímenes que estaba padeciendo la ciudad. «Naturalmente yo respondí que podría deberse al número de conferenciantes ingleses que últimamente habían desembarcado».

Evidentemente, el gran escritor inglés no cayó en la misma trampa que el arzobispo de Canterbury, que, pese a haber sido advertido en Southampton, antes de embarcar, de la impertinencia de los reporteros americanos optó por responder preguntando, a su vez, cuando le pidieron su opinión sobre la proliferación de las casas de putas en Manhattan. «¿Hay de verdad muchas casas de ésas?». Al día siguiente, el sumario de la noticia de la llegada del prelado británico a la ciudad no dejaba lugar a la duda sobre las verdaderas intenciones de la pregunta: «Lo primero que hizo el arzobispo al pisar Nueva York fue preguntar: «¿Hay muchas casas de putas en Manhattan?».

Este método del empujón, según Chesterton, hacía de los reporteros norteamericanos unos auténticos artistas: «Para un inglés sería mucho más difícil preguntarle de improviso a un completo extraño la exacta inscripción que se lee en la tumba de su madre», escribe. Lean a Chesterton.