Oscar Wilde en París

Por Luis M. Alonso (17 de diciembre, 2009)


Herbert Lottman describe el esplendor y caída del exuberante escritor irlandés en una completa y amena biografía

Oscar Wilde fumaba cigarrillos en boquilla de oro y se paseaba por las calles con un girasol en la mano. Fue rico, grande y hermoso. Sus amigos y conocidos lo comparaban a un emperador romano, otros, al mismo Apolo, de lo que resplandecía. Según Pierre Louys, que lo llegó a conocer muy bien, poseía lo que Thackeray llamaba el don esencial de los grandes hombres, es decir, el éxito: sus libros asombraban y sus obras de teatro encantaban. Ameno conversador, Wilde tenía la facilidad para engatusar a los que le rodeaban: había sabido crear, a modo de fachada de su verdadera personalidad, un divertido fantasma, que interpretaba con ingenio.

Pero el Wilde que se registró como Sebastian Melmoth, primero, en el Hotel de Nice, y, después, en el hotel D’Alsace, de la Rue des Beaux Arts, no era ya el mismo hombre al que Londres y París se habían rendido, sino un ser débil y derrotado por la cárcel y los desengaños amorosos, sin alegría de vivir y apenas dinero en el bolsillo. Lord Alfred Douglas, aquella criatura caprichosa por la que se había jugado salud y prestigio, le había abandonado después de dejarlo sin una libra. Juntos habían hecho planes de compartir casa en la bahía de Nápoles y trabajar, pero Bossie le hizo saber en seguida que su único proyecto era que Wilde consiguiese suficiente dinero para los dos. «La única esperanza de vida o de actividad literaria era volver junto al joven a quien amaba antes. Con trágicas consecuencias para mi nombre», confesó por carta a Robert Ross, su amigo más cercano y comprensivo.

El reinicio de su vida en París, a principios de 1898 y dos años antes de su muerte, coincidió con la publicación de La balada de la cárcel de Reading; sin embargo, ya no volvió a escribir, pese a los esfuerzos de Frank Harris, su benefactor, un financiero que le ofreció pasar el invierno en la Costa Azul para insuflarle ánimos literarios y que se ocupó de pagar las deudas que iba dejando Wilde.

El hotel D’Alsace no era precisamente L’Hotel, el lujoso establecimiento que se edificaría más tarde en el mismo solar de la Rive Gauche y que actualmente vende, entre sus comodidades, la historia del ilustre inquilino. Aquél era un local de cuarta clase y la habitación donde moriría el escritor, en la primera planta, daba a un patio. El mobiliario consistía en una mesa coja, un sofá ajado y una cama demasiado corta para la estatura de Wilde. El papel que decoraba la pared era tan horrendo que Reginald Turner, el amigo que lo veló en las últimas horas, recordaría más tarde a propósito de él uno de los suspiros del escritor ya a punto de morir: «Me está matando. Uno de los dos tenía que marcharse».

El neoyorquino Herbert Lottman, último biógrafo del autor de El retrato de Dorian Gray, cuenta cómo hace ya medio siglo cuando llegó a París se instaló en un apartamento en un inmueble al lado del hotel D’Alsace. A través de la ventana de su habitación, también en la primera planta y con vistas al mismo patio, contemplaba un paisaje idéntico. «De haber vivido Wilde entonces, habríamos mirado los mismos árboles, y tal vez habríamos podido conversar por encima de la pared de separación…».

Lottman, historiador norteamericano y gran biógrafo literario, es siempre un autor capaz de sumergirnos en la tremenda ansiedad que da el transcurrir de los acontecimientos. Lo consiguió con Gustave Flaubert y Albert Camus; también en La caída de París, un apasionante diario que comienza un 9 de mayo de 1940 con la Batalla de Francia y acaba un día después del armisticio solicitado por el nuevo gobierno francés de Pétain, el día 23 de junio del mismo año; en La depuración y en La Rive Gauche, todos ellos parte de una trilogía y publicados en España por la misma editorial, Tusquets, en cuya colección «Tiempo de Memoria» figura ahora Oscar Wilde en París. El estilo narrativo ameno y fresco de Lottman nos permite en 237 páginas seguir los pasos del exuberante escritor irlandés por la ciudad que adoraba y en la que buscó refugio tras ser acusado de «delito contra las buenas costumbres» por el padre de su amante, Lord Queensberry, y cumplir dos años de cárcel. Todos le habían advertido que con Queensberry, el hombre irascible y violento que dotó al boxeo de guantes, no se jugaba y le animaron a irse antes a Francia o a cualquier otro lugar, pero Wilde por entonces no estaba dispuesto a renunciar a nada, incluido su sentido del humor: «Todo el mundo quiere que me vaya al extranjero, pero vengo de allí. Y ahora he regresado. No puede uno estar marchándose continuamente al extranjero, a menos que sea misionero, o viajante de comercio, lo que viene a ser lo mismo».

Por las páginas del libro de Lotmann desfilan los escritores que lo trataron en sus visitas y etapas en la Ciudad Luz: Marcel Schwob, Pierre Louys, su falta de entendimiento con Marcel Proust, la ambigua relación con André Gide, Leon Daudet, Mallarmé, Valéry, y su admiración por Verlaine. También, las hipótesis sobre la enfermedad que le causó la muerte: la descartada sífilis, la intoxicación por mejillones y la que finalmente tomó mayor cuerpo de una encefalitis meníngea originada en una otitis.

Wilde descansa en París, en una avenida de olmos sin hojas en el Père Lachaise con su nombre grabado en la tumba cubierto de besos estampados con lápiz de labios. La tarde que me acerqué hasta su sueño eterno alguien había pintarrajeado: «L’importanza di essere Oscar».

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"Gioco pulito" en Ascoli

Por Luis M. Alonso (14 de diciembre, 2009)


El hecho de que un modesto club de la serie B italiana se haya dejado meter un gol para respetar el juego limpio ha sido visto como excepcional en un fútbol donde la derrota se dramatiza de forma excesiva

El Ascoli, de Ascoli Piceno, en la región central italiana de Las Marcas, militó por última vez en la serie A del «calcio» en la temporada 2006-2007. Al final de ella, descendió de categoría en compañía del Chievo, un modesto club de un barrio de Verona, y el Messina. Del Ascoli, un equipo ascensor, se puede decir que sus orígenes se remontan a 1898, que cambió tres veces de nombre y se refundó en 1971, que su mayor éxito en la división de oro del fútbol italiano fue el quinto puesto de la temporada 1979-1980 y que en sus filas militó Giovanni Roccotelli, el pionero de la rabona.

En la rabona, la pierna que golpea la pelota pasa por detrás de la que soporta todo el peso del cuerpo. Una se cruza con la otra. Algunos futbolistas zurdos utilizan, por poner un ejemplo, esta técnica cuando, hallándose escorados hacia la banda derecha en dirección a la puerta, creen que golpeando el balón con su «pierna mala» no van a obtener la potencia o la precisión necesarias. El maestro supremo del género fue Diego Armando Maradona, pero antes del Pelusa, a Roccotelli, una modesta figura del «calcio», ya le pedían los «tifosi» por las calles que repitiera la jugada domingo tras domingo: «Gianni, per favore, domenica fai quella cosa». Y Gianni, como Sam en la película Casablanca, volvía a tocarla de nuevo.

El pasado día 5, el Ascoli, que en la actualidad ocupa uno de los últimos puestos de la tabla en la serie B, se enfrentó en casa a la Reggina y perdió por 1-3. Hasta ahí nado raro, teniendo en cuenta la trayectoria de los locales. Pero lo que realmente llamó la atención de este partido fue que los «bianconeri» se dejasen meter uno de los goles, el del empate, después de haber marcado en la puerta contraria cuando uno de los jugadores de la Reggina se hallaba tendido en el suelo doliéndose de una lesión. El hecho ha sido considerado excepcional en un fútbol donde la derrota es vista como un drama y en el que, en la misma jornada, fue suspendido durante siete minutos un Roma-Lazio por lanzamiento de petardos, y el veterano defensa Panucci, actualmente en el Parma, la tomaba con el presidente del Génova, Enrico Preziosi, conocido fabricante de juguetes, al que amenazó con romperle la cabeza como a uno de sus muñecos, tras el partido disputado en el Luigi Ferraris.

Para no desentonar, los «tifosi» del Ascoli cercaron el vestuario para pedirles a sus jugadores algo más que explicaciones por haber hecho de estatuas después de que los de la Reggina la emprendieran a golpes con ellos. Lo que ocurrió seguramente ya lo conocerán, pero, por si acaso, éste es el resumen: en un lance del encuentro disputado en el estadio Del Duca, uno de los defensores visitantes quiso tirar el balón fuera del terreno ya que había un compañero lesionado; sin embargo, Sommese, del Ascoli, aprovechó la situación para arrebatarle la pelota, correr hasta el área contraria y darle un pase a Antenucci, que marcó el uno a cero. El árbitro, siguiendo las últimas directrices de la FIFA, dio el gol por válido y los futbolistas afectados fueron a recriminarle la acción al contrario. Se produjeron forcejeos, empujones, insultos y la tangana se saldó con la expulsión de Andrea Costa, de la Reggina. Giuseppe Pillon, entrenador del Ascoli, consultó con sus jugadores e inmediatamente al saque del centro del campo, los rivales encontraron el camino allanado hasta el gol. Posiblemente, la polémica mano del francés Henry, en el último Francia-Irlanda, sobrevoló las conciencias a la hora de tomar la decisión; lo malo es que los «tifosi» no saben de juego limpio y todavía siguen lamentándolo. El «New York Times», impresionado por el gesto, pidió, desde un editorial, para el modesto Ascoli el premio «FIFA» al «fair play», pero a Pillon, el entrenador, no ha dejado de repicarle en los oídos la palabra cretino.

Un precedente de este juego limpio a la italiana está en el encuentro de la Copa de Holanda de la temporada 2004-2005, que enfrentó en el Amsterdam Arena al Ajax B y al Cambuur Leeuwarden, un modesto club de la Segunda División holandesa. Tras caer un jugador local lesionado, los jugadores del Cambuur, deportivamente, tiraron la pelota fuera. Hasta ahí la normalidad. La sorpresa vino cuando el jugador belga del Ajax Jan Vertonghen se dispuso a devolver el balón al rival por medio de un fuerte disparo que, tras una parábola increíble, acabó colándose en la portería del Cambuur ante el asombro de todos, incluido el propio Vertonghen. Tras algunas deliberaciones de los capitanes y los entrenadores, el equipo del Amsterdam decidió dejarse meter el gol para paliar su culpa. El resultado final fue 3-1 para el Ajax.

¿Deben los entrenadores y los futbolistas seguir comportándose ejemplarmente sobre los terrenos de juego en situaciones como las que hemos recordado y exponerse a ser calificados de cretinos? Creo, sin dudarlo, que sí. ¿Deben los árbitros extremar la vigilancia sobre los futbolistas que fingen «morir» sobre el césped para interrumpir el juego del contrario? También. En ambos casos se estará contribuyendo a la limpieza de un deporte cada vez más enfermo.

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Cuando el periodismo no deja de ser noticia

Por Luis M. Alonso (13 de diciembre, 2009)

En un mundo de confusión donde la prensa sigue siendo noticia por la caída de ventas del papel y de la publicidad, lo único que no falta son ánimos. “El periodismo será lo que nosotros queramos”, explicó no hace mucho el periodista Enric González, en la entrega del Premio Francisco Cerecedo. El problema radica en averiguar lo que queremos o si sabremos esta vez cómo conseguirlo. Las propias empresas periodísticas, en concreto los gigantes del periodismo anglosajón, parecen no ponerse acuerdo en cómo combatir la deslealtad digital y la descontextualización de las noticias en el territorio salvaje de Google, que ha mantenido hasta ahora un creciente oligopolio publicitario y asfixiado financieramente a los diarios que, paradójicamente, abastecen al distribuidor de contenidos sin recibir nada a cambio.
Por un lado, el magnate australiano Rupert Murdoch, presidente de News Corporation y dueño, entre otras, de las cabeceras “The Wall Street Journal”, “The Times”, “The New York Post” y “The Sun”, ha decidido plantear una guerra a campo abierto: iniciar las suscripciones online en sus medios tras ganarle la primera batalla a Google News, que ha cedido ante las presiones y cobrará por acceder a los artículos que distribuye en internet cuando se consulten más de cinco. Por otro, “The Guardian”, se dedica a captar clientela para su edición digital sin cobrar por ello y confiando en rentabilizar el negocio en el futuro. Como se puso de manifiesto en un semanario internacional de periodismo organizado en Madrid por “El Mundo”, el modelo de pago defendido por Murdoch choca con el “sálvese quien pueda” que predica el periódico progre británico.
Al menos a corto plazo, no resultará fácil, sin embargo, sacar beneficio por algo que durante todos estos años unos y otros han facilitado gratis a los lectores en la Red. Murdoch empezó pidiendo tiempo para negociar una estrategia conjunta entre otros empresarios del sector. La crisis del periodismo, más que de lectores, es una crisis de lectores rentables para los medios. Este verano, un periodista, John Carlin, ponía de ejemplo “Historia de dos ciudades”, de Charles Dickens, para referirse a la difícil coyuntura de la prensa. Como en la novela, escribía que vivimos en el mejor y en el peor de los tiempos. “Nunca ha habido una mejor época para hacer periodismo escrito, y nunca ha habido una peor para ganarse la vida ejerciéndolo; hay más mercado que nunca, pero menos ingresos”. Es decir, jamás la información ha valido menos y todo lo que no tiene un valor tiende a relativizarse.
Para entender por qué puede resultar azaroso cobrar por los contenidos en las ediciones digitales habría que referirse al error de partida de haber desistido de hacerlo anteriormente: lo que se ha dado en llamar el pecado original. Al principio, los periódicos intentaron cobrar por las noticias pero al comprobar que los lectores eran remisos a pagar por lo que se les ofrecía decidieron en seguida dar marcha atrás con el fin de ampliar la audiencia, creyendo que los ingresos de la publicidad aumentarían en la misma proporción. La consecuencia, ahora agudizada por la fuerte recesión económica, fue que las ventas comenzaron a bajar porque ya no era necesario comprar el periódico en el quiosco para poder leerlo. Los anunciantes, sobre los que se había apoyado durante décadas el milagro de vender algo cuyos costes de producción sobrepasaba el precio que los clientes estaban dispuestos a pagar, siguieron a los lectores y empezaron a desviar la publicidad del papel a internet, fundamentalmente en Estados Unidos y los lugares donde el arraigo de la Red es superior.
Acuciados, siete de cada diez editores británicos ha empezado a valorar una nueva estadística que hace dos años parecía imposible. Un estudio de Boston Consulting Group, difundido hace un mes, demuestra que los internautas estarían dispuestos a pagar por algunos contenidos “online”. En concreto, más de la mitad de los potenciales clientes españoles apoyaría esa práctica, en la que primaría el interés por los reportajes de investigación, las noticias locales y aquellas otras personalizadas. El problema, como el mismo estudio constata, es que no son partidarios de soltar mucho en la taquilla.
Diez años después, los editores quieren redimirse del pecado original y volver al modelo de pago. La principal arma que esgrimen para convencer a los lectores son las virtudes del viejo periodismo de las redacciones frente al intrusismo. La noticia contada por el intermediario entre lo que pasa (el periodista) y los que demandan información, frente a las miles de voces inconexas que cuentan simplemente lo que les pasa o lo que se les ocurre provocando un aturdimiento general. Probablemente habrá que buscar un nombre para todas estas voces, algunas de ellas interesantísimas y necesarias, pero no podrá ser periodista. El periodista interpreta la realidad, la ordena, la jerarquiza a través de una organización profesional, su labor no se puede reemplazarse por los blogs o las redes sociales de aficionados. Tristemente hemos llegado a la conclusión de que cualquier tipo de información es noticia, no simplemente aquella que merece imprimirse como reza en la vieja máxima de “The New York Times” (All the news that’ s fit to print). ¿Alguien puede imaginarse la cobertura del “caso Watergate”, de “los papeles del Pentágono”, del escándalo por los excesos de los diputados de Westminster, de los Gal o mismamente la investigación que LA NUEVA ESPAÑA llevó a cabo del “petromocho” sin el soporte del papel para sustentar la verdad? Yo, desde luego, no.
Es posible que los lectores más jóvenes prefieran los distribuidores de información, que recogen noticias por varios canales muchas veces indignos de crédito, a los periódicos de papel. Es posible que las noticias no les interesen, ni siquiera les importe demasiado la lectura. Puede que los periódicos hayan dejado de ser “una nación hablándose a sí misma”, como los describió Arthur Miller; que el periodismo de siempre se haya amilanado con los años ante el poder; que el periodista ya no sea el contrapunto del político sino su cómplice, como escribió Arcadi Espada en su prólogo de” El fin de los periódicos”. O que el oficio se haya acomodado a una vida contemplativa frente al teletipo y el bombardeo diario de los gabinetes de prensa, en ocasiones por la desmotivación laboral y los bajos sueldos, otras por falta de instinto y profesionalidad, también por simple inercia. Jim Bellows, el legendario periodista desparecido el pasado marzo y al que deben su carrera de éxito Tom Wolfe o Jimmy Breslin, el hombre que transformó “The New York Herald Tribune” y “Los Angeles Herald Examiner”, se quejaba de los periódicos aburridos y solía decir que se necesitaba gente más comprometida ante los lectores para escribirlos. Es posible que esa falta de compromiso, la ausencia de un diálogo con los ciudadanos y la percepción de cierta complacencia con el poder hayan pasado también factura en cuanto a credibilidad. Si es así, habría que recorrer el camino a la inversa para recuperar la confianza de los lectores, para que la nación siga hablándose a sí misma a través del periódico. De todas formas, el nuevo y desordenado orden de los blogs y los llamados “agregadores” de internet jamás podrá ejercer el contrapeso social de los que hasta ahora han rastreado, confirmado los datos y proporcionado las claves para entender la noticia, por mucho que se nos quiera convertir en una especie en extinción. Nadie por la propia esencia de la gratuidad puede imaginarse a nadie, en ese llamado “periodismo ciudadano” alternativo al periodismo de siempre, financiando la cobertura de los vaivenes de la política local, regional o nacional, el seguimiento o la investigación de las noticias allá donde se produzcan. Pues eso, es lo que han hecho durante años los editores gracias a los lectores de periódicos, estableciendo con ellos la mayor complicidad.
Es verdad que la libertad de prensa ya no sólo se le garantiza a los que tienen una prensa, como escribió Abbot Joseph Liebling, el gran cronista norteamericano de los sesenta, y eso en cierta medida habría que agradecerlo, pero los periódicos que nacieron para influir en el poder a través de la opinión pública y no como un instrumento de mera rentabilidad económica están obligados a demostrar que la sociedad será menos libre sin ellos. En buena parte, dependerá su futuro. Allá donde se ejerza el periodismo de verdad debe identificarse de inmediato, no hay que permitir que nos den gato por liebre. Hagamos, aunque sólo sea por motivos de supervivencia, de la necesidad virtud. El viejo dinosaurio tiene que organizarse para presentar la última batalla.

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El sabor de la conversación

Por Luis M. Alonso (13 de diciembre, 2009)


Italia se reconoce ante un plato de pasta y los italianos mastican cada una de las palabras al hablar de comida, un asunto que les ocupa y entusiasma más que a otros pueblos

En Italia, las cosas han dejado hace tiempo de ser como las vio el escritor Ippolito Nievo o el noble veneciano Carlo Altoviti, pero merece la pena detenerse en esta descripción para pasar a hablar de lo siguiente, que es la comida. «Se come más en Bolonia en un año que en Venecia en dos, que en Roma en tres, que en Turín en cinco y que en Génova, en veinte. Aunque en Venecia se come menos por culpa del Siroco y en Milán por sus cocineros. En cuanto a Florencia, Nápoles y Palermo, la primera es demasiado ñoña para incitar a los huéspedes y darse atracones; y en las otras dos la vida contemplativa llena el estómago a través de los poros de la piel sin que las mandíbulas tengan necesidad de fatigarse. Se vive del aire impregnado del aceite volátil de los cedros y del fecundo polen de las higueras. ¿Qué más se puede decir del buen comer? Pues que sienta de maravilla porque la digestión trabaja en razón de la laboriosidad y del buen humor. Una conversación animada y variada que recorra toda la gama de sentimientos igual que los dedos de las manos sobre un teclado, que ejercite vuestra lengua corriendo y saltando allí donde se las llama, que excite y sobreexcite vuestra vida intelectual, os prepara mejor para una comida que todos los ajenjos y vermuts. Hicieron bien en inventar el vermut en Turín, donde se habla y se ríe poco…».

Por lo general en Italia, pese a los reservados piamonteses, existe todavía la buena costumbre de conversar. Debe ser por eso que contaba Nievo por lo que los italianos gozan de un espléndido apetito y tienen un amor por la comida superior al de otros pueblos, incluidos nosotros mismos. Así que me he alegrado de poder saborear esta teoría entusiasta leyendo el maravilloso libro, Por qué a los italianos les gusta hablar de comida (Los 5 sentidos, Tusquets), de Elena Kostioukovitch, ucraniana, profesora de Literatura rusa, traductora en Milán y una de las más activas divulgadoras de la cultura del «bel paese». Coincido con ella en que a los italianos les gusta hablar de comida más de lo que cualquiera podría imaginarse, más que a los propios franceses porque no todos los franceses son devotos de la mesa, aunque pudiera parecer lo contrario. Y en Italia, sin embargo, la cocina es un lenguaje común. «Lo digo con admiración: a diferencia de cualquier otra nación del mundo, en Italia hablar de comida no es simplemente mencionar unos ingredientes; es celebrar un rito, pronunciar una fórmula mágica, recitar como una letanía la serie de pescados que se pueden salar o las hierbas primaverales con las que se condimenta el preboggion ligur. El que nombra un plato lo hace como saboreando todos y cada uno de sus ingredientes. El entendido en cocina pronuncia el nombre de los platos como si estuviera paladeando la carta de un restaurante de la primera a la última línea», escribe Kostioukovitch. Quien conozca Italia y haya tenido la oportunidad de pararse a hablar con italianos comprenderá a la autora.

No es la primera vez que salgo de un restaurante italiano sabiendo más acerca de lo que acabo de comer que el propio cocinero, conociendo lo que me cuenta la señora de la mesa de al lado o pillando al vuelo una conversación que en adelante guiará mis pasos sobre la burrata o cuánta nuez moscada debo rallar para no pasarme de la raya con los pizzicotti (ñoquis con espinacas y ricota, típicos de Roma y de la región del Lacio). El italiano casi nunca renuncia a decir de donde es y a asociar inmediatamente su lugar de origen con la comida de su pueblo o, ya en un plano más íntimo, con la de la mamma o la nonna. En este caso no se trata de perder el tiempo, sino de reivindicarse orgullosamente en los placeres de la buena vida, bien sea con otros italianos o con los de fuera.

Kostioukovitch ha planteado su libro como si se tratará de un menú, con entrantes, segundos platos e «intermezzi», en los que se vale de apuntes históricos y sociológicos para sustentar su tesis del interés italiano por la comida o por hablar de comida, que es exactamente lo mismo.

Los platos, la región, el campo, la familia, todo está en la conversación y todo admite suaves discusiones de fondo, sugerencias y anécdotas. Pero como ocurre con la política y el fútbol, y aún de manera mucho más enérgica, donde el italiano se expresa con mayor fanatismo es en la estricta observancia de los códigos culinarios. Hay reglas que no deben saltarse: son, no obstante, las que impone una mayoría. En los asuntos del «pranzo», el italiano es tradicional por naturaleza y recela de cualquier desnaturalización del producto, por lo cual no resulta extraño que desaconseje combinaciones inusuales o ingredientes fuera de lo común en la comida; se resiste, efectivamente como recuerda la autora del libro, a servir capuchinos si no es por la mañana temprano; intenta disuadir al comensal de que tomar un té después de comer es una auténtica atrocidad; lo mismo que consumir bebidas excesivamente alcohólicas entre plato y plato. El extranjero puede encontrarse en Italia con la negativa del dueño de un local si lo que pretende es comer la pasta más pasada de lo que acostumbra a ser la cocción al dente y también con una insistente labor de disuasión si el vino con el que quiere acompañar la comida no es el adecuado.

En Bolonia «la Gorda» -a la ciudad de los apodos también la llaman «la Roja»- el restaurante Pappagallo, a la sombra de las Dos Torres y a un paso de la Piazza Maggiore, es una institución, lo que excede cualquier otro comentario tratándose como se trata de la capital gastronómica de Italia. Su patrón, Mario Zurla, se ha ocupado durante años hasta del mínimo detalle para que el que entra allí vuelva lo más pronto posible. Cuenta Cesare Marchi, en Quando siamo a tavola, que el peor momento de Zurla al frente del negocio lo pasó precisamente el día en que los americanos liberaron la ciudad. «Sentí una alegría inmensa cuando un oficial del Quinto Ejército me informó de que deseaba celebrar la liberación con una gran comida en mi casa. Me dijo que ellos se encargaban de los ingredientes y que tenía la máxima libertad para elaborar el menú. Les pregunté si querían tortellini in brodo y respondió que muy bien. ¿Pavo al horno?, ¿Cotechino, zampone (pie de cerdo relleno), puré de lentejas? El oficial aprobaba todo lo que le proponía. ¿Y para beber?, le pregunto. Y me contesta: chocolate. Casi me da mal. ¡Chocolate con tortellini, con zampone! ¡Ver para creer! El oficial comprendió que había dicho un disparate y corrigió: Si no hay chocolate, también podemos tomar Coca-Cola. A esta nueva blasfemia gastronómica, ¿qué replicar? Como deseen, dije, y por amor a la patria liberada me puse manos a la obra». En fin.

Umberto Eco, prologuista del interesante libro de Kostioukovitch, reconoce que lo primero que hace al llegar a un país que no es el suyo es buscar los restaurantes del lugar para iluminarse. La autora lo delata al contar cómo quienes le acompañaban a la mesa durante una comida se dieron cuenta de que no todo para él en este mundo resultaba falto de autenticidad cuando le vieron ensimismarse con la carta.

Toda Italia se reconoce italiana ante un plato de espaguetis y a toda le ha dado, para mayor gloria, por comentar la jugada.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

El pacífico belicista

Por Luis M. Alonso (12 de diciembre, 2009)

Con este feo asunto de la activista saharahui, la izquierda del «No a la guerra» no está siguiendo seguramente con la atención debida el episodio más entretenido de la serie «Obama». El presidente de Estados Unidos se ha declarado un belicista razonable al recoger el premio Nobel de la Paz y a más de uno le habrá cogido por sorpresa. El resto ya tuvo la oportunidad de asombrarse cuando se lo concedieron.

Verdaderamente, resulta mucho más asombroso que a alguien le den un premio por algo por lo que no ha hecho méritos que un presidente de Estados Unidos defienda las guerras justas e incluso las injustas. Lo que no se entiende desde el punto de vista semántico es que el premiado por la paz se muestre dispuesto inmediatamente, en el lugar de su unción pacifista de Oslo, a apoyar las guerras si son justas. Y lo más curioso es que no se entienda pese a los esfuerzos que hace Obama por explicarlo mandando cada vez más soldados a Afganistán.

Esto de las guerras justas e injustas no deja de ser curioso, aunque todavía despertaba mayor perplejidad aquello de la guerra legal e ilegal, sólo por mediar un pronunciamiento de un organismo en el que figuran asociados países que se pasan la legalidad por el arco del triunfo. Por ejemplo, para la izquierda del «No a la guerra» el punto de vista de Obama en Oslo puede ser de lo más discutible en cuanto a lo que significa una guerra justa. Tampoco creo yo que coincida con el planteamiento de Zapatero de seguir enviando soldados a Afganistán, sin embargo no la he visto todavía manifestarse en contra del Gobierno.

La izquierda pancartera, ya digo, está demasiado entretenida con el «caso Haidar», pero no vendría mal encuestarla sobre la pulsión belicista del presidente de Estados Unidos que tantas expectativas levantó para acabar haciendo y diciendo lo mismo que su predecesor, porque lo contrario sí resultaría de lo más asombroso en su situación.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

El provocador que quiso ser Oscar Wilde

Por Luis M. Alonso (11 de diciembre, 2009)


La mejor obra de Arthur Cravan, sobrino del escritor irlandés, fue su disparatada vida de coloso de opereta

El dadaísta boxeador Fabian Avenarius Lloyd (1887-1918), alias Arthur Cravan, vivió poco tiempo y de mil maneras observando el mundo desde la estatura de un coloso -dos metros y 105 kilos de peso- y no siempre se pusieron de acuerdo para decirnos cómo murió. Blaise Cendrars contó que de una puñalada en el corazón en una sala de baile y William Carlos Williams alimentó la versión oficial al describirlo en una barca de vela luchando contra las olas en el Golfo de México, mientras su novia la diletante poeta Mina Loy le observaba desde un muelle.

No hay obra poética más seductora en Cravan que su propia vida, ni misterio en prosa más mitificado que el de su muerte. Arthur lo había elegido en homenaje a Rimbaud y Cravan por Cravans, una pequeña localidad francesa, donde había tenido una aventura amorosa. La publicación ahora en un libro de los seis números de la revista Maintenant que editara entre 1912 y 1915 es una bonita excusa para escribir de quien dijo que el genio no es más que la manifestación extravagante del cuerpo. Del suyo era fácil que caminasen prendidas y a la vez despendoladas las prostitutas de Pigalle mientras presumía de ser sobrino de Oscar Wilde. El sobrino no había conocido al tío pero sentía fervor por él; las putas, por supuesto, no sabían quién era el imponente irlandés al que Lord Quensberry había acusado de alardear de sodomita.

En 1904, después de concluir los estudios secundarios, dormir dos semanas bajo un puente de Londres y dedicarse a viajar por Estados Unidos e Italia, a costa de su madre, Cravan conoce a su primo Vyvyan Holland, que, tras el apellido materno, escondía una paternidad vergonzosa. Vyvyan era el segundo hijo de Oscar Wilde y de su esposa, Constance, hermana de Otho Holland y, por tanto, tía en primer grado de Fabian Avenarius.

Cravan era un provocador. Supo manejar el parentesco con Wilde hasta el punto de hacerlo revivir en Maintenant cuando llevaba 13 años muerto, dándole a aquello visos de realidad. La palabra tabú no estaba en su vocabulario y mucho menos en su funesta pluralidad: en ninguna de sus múltiples y variadas recreaciones del personaje. «Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor; / Viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista, millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo; / Cobarde, héroe, negro, mono, donjuán, rufián, lord, campesino, cazador, industrial; / Fauna y flora: / ¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!», escribió en su declaración de principios del número dos de la revista que editó en aquellos años de champagne, rosas y burdeles.

Una vez confesó que tenía más miedo a la locura que a la muerte, pero su vida fue un rosario de excentricidades que le presentaban como un loco ante los ojos de los supuestos cuerdos. Su principal arma, junto a la provocación, fueron los puños. En Francia lo declararon campeón de los semipesados por deserción del rival. Luego, empujado por los vientos de guerra recuperó, para que el ejército no lo movilizase, su nacionalidad británica y saltó a Barcelona, donde en 1916 su faceta pugilística iba a ofrecer uno de los más singulares episodios: el enfrentamiento con el primer campeón negro del peso pesado, el legendario Jack Johnson.

Johnson, ya gordo y viejo, se había refugiado en Europa huyendo de Estados Unidos tras haber mantenido relaciones con una jovencita blanca de 19 años. Cravan y el gladiador de ébano -el mejor de todos los tiempos, según Muhammad Ali- se conocían de París, donde el último se había dedicado al cabaret para sobrevivir. Los dos necesitaban dinero y montaron un combate esperpéntico.

La cita fue el 23 de abril en la Plaza de Toros Monumental. «Le Beau Cravan» había empinado el codo, antes de saltar al ring, para darse ánimo. Tras cobrar un jugoso anticipo, la marcha atrás era imposible. Además, estaba en juego una bolsa de 50.000 pesetas por las que merecía la pena hacerse una cara nueva. Tras los primeros compases, los 5.000 espectadores olieron el tongo. «A los pocos instantes, Cravan que, además de considerarse el varón más hermoso de la especie humana, se dice ser sobrino de Oscar Wilde cae al tapiz por la cuenta del knockout. Se acabó». Así lo fabuló el cronista Fernando Vadillo.

Lo siguiente hasta el final fueron tumbos por los cuadriláteros El poeta boxeador, rey de la provocación artística, quiso ser Oscar Wilde y forrar sus guantes con rizos de mujer, sin embargo tuvo que conformarse con soñar sobre la lona. Hasta el día en que una ola del Golfo lo arrastró. ¿O no fue así?

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

Zapatinos y Moratero

Por Luis M. Alonso (11 de diciembre, 2009)

Si la diplomacia es, en cierta medida, el arte de la esperanza, con Zapatero y Moratinos, o Zapatinos o Moratero, no hay que tener ninguna en que las relaciones exteriores de España vayan a mejorar. De hecho, cada vez van peor y, de un tiempo a esta parte, los frentes abiertos son un indicio pánico de la catástrofe que se presagiaba tras la rendición ante la piratería del Índico.

¿Ha dicho frentes?. Pues, sí y en todos ellos impera la genuflexión. De rodillas frente Marruecos, hincados de hinojos ante la Policía de Gibraltar y las patrulleras británicas y a la espera de saber qué se va a hacer con los cooperantes secuestrados por Al Qaeda. El disparadero a que ha conducido el caso de la activista saharaui, en huelga de hambre desde hace 25 días por la negativa marroquí a permitirle regresar a El Aaiún, es algo que difícilmente puede creerse que le esté ocurriendo a la diplomacia de un país occidental, si no fuese por las manos encargadas de mecer dicha diplomacia.

Zapatero ha rechazado que su política exterior de diálogo sea débil, pero estoy seguro de que los lectores no conocerán el ejemplo de ningún primer ministro o jefe de Estado que se haya visto obligado a tener que hacer ese tipo de aclaración sobre la falta de fortaleza de su diplomacia. Esas palabras sólo cabe leerlas o escucharlas de boca de un estadista preso de la incapacidad para dirigir las relaciones que a su país le convienen sin convertirse en el hazmerreír. Tener que esforzarse de esta manera en negar algo que todo el mundo ve con sus propios ojos resulta patético. En el caso de los piratas se equivocaron, que ya es delito, hasta con los «mortadelos» encargados de pagarle al supuesto cargo del Ministerio de Defensa somalí que les birló el dinero.

Ahora, el Presidente del Gobierno elogia «la firmeza y la prudencia» del jefe de su diplomacia, cuando firmeza y Moratinos son como aquello de pensamiento y navarro. Éste sí que da para chistes y no el pobre Morán.

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L.A., vértigo criminal

Por Luis M. Alonso (10 de diciembre, 2009)


«No hay bestia tan feroz», obra maestra del género negro del ex convicto Edward Bunker, ya tiene traducción al español

Edward Bunker (Los Ángeles, 1933-Burbank, 2005) confesó antes de morir que probablemente había sido el único ladrón de bancos que en el mismo momento de robarlos pensaba que debía escribir sobre ello. No hay bestia tan feroz (1973), su primera novela, cuya traducción al español publica ahora Sajalín, tiene la intensidad abrasadora de la literatura basada en la experiencia. Su autor pasó la mayor parte de su vida más temprana en centros penitenciarios de máxima seguridad por varios delitos, entre ellos el robo a mano armada. Quentin Tarantino, uno de sus admiradores, se inspiró en No hay bestia tan feroz para el atraco frustrado de Reservoir Dogs, la película en la que Bunker interpreta el personaje de Mr. Blue. El propio escritor asesoraría más tarde a Michael Mann para rodar Heat, otro estupendo film sobre robos. La propia novela de la que les hablo tiene en Straight Time (Libertad condicional, 1978), de Ulu Grosbard, su versión cinematográfica.

A Bunker le preguntaron en una ocasión si había alguna similitud entre un criminal y un artista y respondió que en ambos hay una actitud sociópata desviada. Tenerlo claro le ayudó a compatibilizar en su provecho lo que había sido su vida anterior con lo que habría de ser en adelante. Después de cumplir sus deudas con la justicia y haberse convertido en uno de los hombres más buscados por el FBI, fue aclamado como un escritor de culto en Estados Unidos, una autoridad en el mal y en los bajos fondos.

No hay bestia tan feroz es una de esas novelas que muchos lectores descubren alucinados después de pensar que ya han leído del género criminal todo lo que merece la pena leer. y se dan cuenta de que no es así. En sus páginas hay pura dinamita y más verdad probablemente que en ninguna otra obra de este tipo. Cuenta la historia de Max Dembo, delincuente que ha pasado ocho años entre rejas y vuelve a las calles donde creció con los sesenta y cinco dólares que obtiene junto a la libertad condicional y un traje pasado de moda. Intenta negociar unos nuevos derechos pero se encuentra que lo que le espera es otra prisión en la que sólo sabrá desenvolverse echando mano de su poderoso instinto criminal. Ninguna otra cosa le ofrecerá garantías para poder seguir viviendo a quien no ha conocido nada más que crimen.

La experiencia en el delito, el conocimiento de los bajos fondos de Sunset Strip, Bukowski y Raymond Chandler, están en No hay bestia tan feroz. Es fácil identificarlos en las páginas de una novela que crece en intensidad de la misma manera que la desesperación de Dembo por hacerse hueco en una sociedad que lo único que hace es empujarle fuera de manera violenta. Como cuando se dirige a Olga Sorenson, la joven que lo atiende en la oficina de trabajo temporal en la undécima planta del edificio azul de Whilshire Boulevard. «Me dio un formulario. La irritación aumento a medida que lo iba cumplimentado. En las preguntas sobre mi experiencia laboral, dejé los espacios en blanco. Cuando le devolví el formulario, la joven frunció el ceño, perturbando la ternura de su frente.

-Se ha dejado algo -dijo-. Su experiencia de trabajo.

-No he trabajado nunca.

-Bueno, puede poner también si ha trabajado por su cuenta o ha estado en el ejército.

Negué con la cabeza.

-¿Y qué ha hecho?

-He estado en la cárcel.»

O cuando la misma joven le pregunta por el delito que le ha retenido tanto tiempo entre rejas.

«-Me cogieron con… un poco de marihuana.

-¿Tantos años por eso? -dijo incrédula.

-Esto es California. La marihuana provocaba un pánico generalizado entonces. -Aquella mentira podía haber sido verdad. Conocía a un músico de jazz que le habían caído diez años por posesión de una cantidad de marihuana tan pequeña que, en el juicio, tuvieron que meterla en un tarro de aceite para que flotara y pudiera verla el jurado.»

La ventaja sobre otros autores que han descrito el pálpito delincuente de L. A. -Ellroy, Mosley, Kerr- es que Bunker, al igual que le ocurría al viejo Hank Bukowski, lo que hace es hablar de sí mismo. Utiliza la propia experiencia para proporcionarle al lector las claves de la guerra contra el orden de aquellos a quienes la sociedad rechaza porque sólo están dispuestos a acatar sus propias normas. A Bunker lo llamaron el Genet americano.

El lenguaje de la sinfonía callejera del mal muy bien interpretado en la traducción de Laura Sales tiene momentos de hermosa desesperanza: «Mientras subía las escaleras -me había bajado del taxi a medio kilómetro-, me preguntaba si mis enemigos me habrían tendido una emboscada y estarían agachados en el suelo del apartamento, esperándome. Era improbable y la verdad es que me daba igual. A veces se está tan cansado que ni siquiera la vida parece un bien demasiado preciado».

Tiene razón Michael Connelly, otro conocedor de la dura realidad angelina. Los Ángeles es la ciudad los que persiguen un sueño y, al mismo tiempo, de los que acaban huyendo de su pesadilla. En L. A., es conveniente tener la maleta siempre hecha para escapar cuando las cosas empiezan a ponerse feas. Uno despierta un buen día empapado en sudor y se da cuenta de que la atmósfera resulta irrespirable. Entonces decide irse a cualquier otro lado. Lo peor es si el día no le da una segunda oportunidad y todo acaba en el sumidero de la noche. O cuando la vida, en carne viva, produce el cansancio que sólo se puede combatir con desesperación.

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Las normas absurdas

Por Luis M. Alonso (10 de diciembre, 2009)

La ordenanza de tráfico y seguridad vial de Avilés ha dejado estupefactos a unos cuantos. La letra pequeña siempre asombra y, a veces, hasta sorprende. Lo primero que la gente se pregunta es cómo diablos los guardias se van a ocupar de disolver los corrillos o aglomeraciones en las aceras sin incurrir en la aparatosidad de aquellos tiempos del feroz orden público o con qué cara se va a sancionar al que espera a un autobús al descubierto de la marquesina o al que coge un taxi fuera de la parada, porque él mismo y el taxista lo consideran oportuno. Uno ya sabe a qué se expone cuando elude el paso de peatones para cruzar la calle y no habría agentes de la Policía Local suficientes para imponer multas a quienes saltan o improvisan una carrerita.

El Ayuntamiento sostiene, ante la hilaridad, que las prohibiciones sobre el uso de la vía pública se aplicarán racionalmente. Y eso puede que signifique que no se van a aplicar, como sucede generalmente con otras normas, pero lo peor es que figuran escritas en letra pequeña para utilizarlas de manera caprichosa cuando se considere oportuno, como escarmiento por orden de un concejal en las atribuciones de su poder o por un guardia cabreado ante la actitud del viandante.

Algunos de los capítulos de la famosa ordenanza de la zona azul se elaboraron hace ya dos mandatos, cuando se quisieron poner en marcha las actuales restricciones de aparcamiento. Los más ridículos fueron objeto de rechifla en su día y, desde entonces, fíjense el tiempo que ha pasado, nadie se ha detenido a darles racionalmente la vuelta, retocarlos o suprimirlos. De manera que a nuestros munícipes conviene tenerlos más en cuenta por la obcecación y la pereza administrativa que por la racionalidad en aplicar las normas más absurdas.

Ya ocurrió con aquella otra famosa norma del ruido, tan exigente que penaba la grosera sinfonía del agua en los retretes al superar los decibelios permitidos por la noche.

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Benzema, otro interrogante a despejar

Por Luis M. Alonso (7 de diciembre, 2009)


Las dudas sobre la falta de adaptación del delantero francés del Madrid sólo se disiparán con goles; la historia del fútbol está llena de casos de buenos futbolistas que fracasan en determinados momentos, y de fichajes cenizos

Supongo que el joven Karim Benzema, gran promesa del fútbol francés por la que el Real Madrid pagó este verano 35 millones de euros, conocerá los pasos titubeantes de Nicholas Anelka en el club de Concha Espina. No hace tanto tiempo de ello; es más, hace tan poco -sólo diez años- que ya ha empezado a establecerse entre los dos compatriotas el paralelismo de la falta de adaptación, un enojoso asunto que dejará de estar en la mente de los aficionados en el mismo instante en que el ex atacante del Lyon empiece a anotar goles. Con el del sábado ya son cuatro.

Anelka, en su actual etapa de madurez en el Chelsea, es un espejo en el que desearían mirarse muchos futbolistas, pero aquel verano de 1999 en que recaló, con 20 años recién cumplidos, en el equipo blanco, su semblante era el de un novato que no sabía dónde se metía. Había costado 33 millones y procedía del Arsenal, club en el que se ganó la fama de antipático. Los aficionados se referían a él como «le sulk» (el malhumorado). En el Madrid, las cosas fueron incluso peor hasta los últimos partidos y se pasó la temporada enemistado con medio mundo.

La historia del fútbol está llena de casos de futbolistas que por su juventud, ansiedad o falta de aclimatación fracasan cuando firman un contrato con un equipo grande. Es posible, ya digo, que a Benzema se le haya aparecido de repente el fantasma de Anelka, pero seguramente nadie le habrá hablado del primer fichaje maldito de la historia blanca: el astro asturmexicano José Luis Borbolla, primer extranjero en llegar al fútbol español después de la Guerra Civil. Borbolla, hijo de padres asturianos, era un interior ambivalente con unas condiciones técnicas envidiables, poderoso disparo de tijera y grandes dotes de goleador. La expectación era tan grande que al desembarcar en 1944 en Tenerife, adonde había llegado a bordo del transatlántico «Magallanes», los aficionados creían que estaban recibiendo de nuevo al que había sido hasta entonces su ídolo: Chus Alonso.

Un mes después debutó en un partido contra el Hércules, que se saldó con derrota madridista. «El fútbol no será jamás un juego individual. Por eso, cuando una propaganda excesiva centra demasiado la atención sobre un jugador, éste se encuentra condenado a defraudar de cien veces las cien. Y la verdad es que Borbolla decepcionó a los que esperaban prodigios de él. (…) Con estilo versallesco, sin querer tropezar con el adversario, ni tampoco arriesgarse a que lo rocen, no es posible ocupar un puesto en un buen equipo español», publicó el diario «Ya». Es muy posible que esto de ayer le suene al lector de hoy.

El manito no tuvo desde luego la suerte de Hugo Sánchez. Se asombró de que en España se jugase tan rápido y pidió un tiempo para adaptarse a las costumbres: achacaba a la falta de rodaje el cosquilleo ligero que sentía en las piernas cuando el balón le llegaba a los pies. Arrancaba desde atrás y avanzaba a cámara lenta, cuando pasaba la pelota les ponía a los contrarios un telegrama indicándoles la dirección. En su temporada en el Madrid jugó un partido de Liga y otro de Copa. El club blanco lo cedió al Deportivo, donde le volvieron a salir las cosas mal. Y, finalmente, acabó su periplo español en la Cultural Leonesa, de Segunda División, en la que tampoco rascó bola. Sólo en el Barcelona existe un caso comparable al de Borbolla pero que resulta todavía más incomprensible: el del goleador brasileño Roberto Dinamita, que llegó al Camp Nou en 1979 para reemplazar al austriaco Hansi Krankl y fracasó estrepitosamente (doce partidos, tres goles, dos de ellos de penalti). A los pocos meses regresó a su club de procedencia, el Vasco de Gama, donde volvió a reconciliarse con la puntería: en el primer encuentro anotó cinco veces.

Carlos Roberto de Oliveira, Roberto Dinamita, forma, con Garrincha, Pelé y Zico, el grupo de los cuatro grandes del fútbol brasileño, los únicos que tienen un mural personalizado en Maracaná. Acabó dedicándose a la política.

Categoría: Minutos de descuento | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

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