El "caso Conan Doyle"

Por Luis M. Alonso (24 de diciembre, 2009)


El autor de Sherlock Holmes mató al detective porque le ensombrecía, y un siglo después de resucitarlo le acusaron de plagio y asesinato

A finales del siglo XIX Londres era una de las selvas ciudadanas más enigmáticas y peligrosas. La araña maléfica del profesor Moriarty tejía una tela de delito en medio de la densa capa de niebla, mientras una buena parte de la población permanecía ajena y otra se sobresaltaba con el sonido del silbato del «bobby».

-¡Vamos, Watson, coja el abrigo y no olvide el revólver!

Jorge Luis Borges escribió unos versos alejandrinos dedicados a ese sueño maravilloso imaginado por sir Arthur Conan Doyle. «Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una / de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte / y la siesta son otras. También es nuestra suerte / convalecer en un jardín o mirar la luna».

Ahora el escritor nacido en Edimburgo vuelve a estar de actualidad por las reedición de sus novelas en una bella y aparatosa edición anotada y por una nueva película, que se estrenará en enero. Y también por el sesquicentenario. El padre del detective más famoso del mundo habría cumplido el pasado mes de mayo 150 años de no ser por aquel infarto sufrido en Crowborough y, como es lógico, por esa ley inexorable por la que toda vida empieza y acaba.

A Conan Doyle, uno de los mejores narradores que han existido, siempre le pesó su personaje más célebre; no digamos ya lo que hubiera supuesto para él su inmortalidad. La preferencia del escritor escocés por cultivar otros géneros, como el histórico o la ciencia ficción, que consideraba más a su altura, le llevó a renegar del detective, a matarlo y a resucitarlo para poder responder al enorme clamor popular.

Conan Doyle escribió cuatro novelas y 56 relatos cortos de Sherlock Holmes, sin rendirse jamás a la evidencia de que era la figura del investigador del 221b de Baker Street la que le encumbraba. Autor de El mundo perdido, la mejor novela de dinosaurios que conozco, y de otra estupenda, La tragedia del Korosko, que también se publicó bajo el título Un drama del desierto, vivió para admirar la maestría de su compatriota Stevenson, autor, a su juicio, de la más brillante pieza narrativa: El pabellón de los Links.

El propio Nabokov se refirió, en aquella legendaria entrevista televisiva de «Apostrophes», a la insistencia de Conan Doyle en renegar de su personaje más famoso cuando a él mismo le preguntó Bernard Pivot si el éxito popular de Lolita le producía algún tipo de sarpullido literario: «Su éxito no me molesta. Yo no soy Conan Doyle, quien, por esnobismo o pura estupidez, prefería ser conocido como autor de una historia de África que imaginaba muy superior a su Sherlock Holmes».

El caso es que al padre de Holmes le gustaba más el profesor Challenger, protagonista de sus narraciones de ciencia ficción, que el sabueso de la calle Baker. Llegó a comentar que era tanta la sobredosis que el personaje le saturaba como el foie-gras. Así que en 1893 perpetró su desaparición en El problema final, un relato que, no obstante, dejaba ciertos cabos sueltos para poder recobrar en el futuro al detective. Y eso fue lo que hizo Doyle, presionado por los lectores, ocho años después con El sabueso de los Baskerville.

Aquella jugada no tuvo más eco entonces que el reconocimiento de los lectores, pero muchos años más tarde, cien, para ser exactos, un ex psicólogo metido a Holmes, Rodger Garrick-Steele, acusó a Conan Doyle de asesinar a Bertram Fletcher Henderson, periodista amigo suyo, supuestamente para ocultar el plagio de una novela del detective, que habría escrito este último, bajo otro título, y de la que se apropiaría el primero. Las acusaciones de asesinato se vertían ya en un libro publicado en el año 2000, y a partir de ese momento la leyenda negra creció en torno a la figura del escritor, que siempre tuvo partidarios y detractores dispuestos a polemizar.

Cinco años más tarde el chusco asunto volvió a desempolvarse con la reapertura de una causa para esclarecer el «caso Baskerville». La extravagante teoría esgrimida era que Doyle había envenenado a su amigo, administrándole láudano con la ayuda de la mujer de éste, con la que mantenía relaciones sexuales. Fletcher Robinson falleció en 1907 y en el certificado de defunción se señalan unas fiebres tifoideas como la causa del óbito. Garrick-Steele y el científico y ex policía Paul Spring pidieron permiso a la diócesis de Exeter, de la que depende la parroquia donde está enterrado Robinson, y al Ministerio del Interior para exhumar los restos del periodista fallecido. Ni que decir tiene que la Sherlock Holmes Society montó en cólera, aunque algunos de sus miembros llegaron a admitir que Conan Doyle había sido poco generoso al reconocer la contribución de su amigo, que habría escrito la génesis del relato en 1900, un año antes de la publicación de El sabueso de los Baskerville, en una novela titulada Una aventura en Datmoor. Doyle únicamente le dedicó una nota en la primera edición en la que le agradecía que le hubiese contado la leyenda que inspiró la historia de sir Richard Cabell, que vendió el alma a Satanás y fue arrastrado al infierno por una jauría.

Una corazonada había guiado los primeros pasos de Garrick-Steele cuando una fotografía de Conan Doyle, de niño, empezó a caerse al suelo repetidamente, sin motivo aparente, desde la pared de la habitación donde estaba colgada. Pensó que era una señal y se puso a investigar. Desde luego, no había gran cosa que deducir, lo mismo que cuando Holmes, durante una jornada de camping durmiendo los dos al sereno en sendos sacos, le preguntaba a Watson qué veía en el cielo estrellado y el doctor le daba un completo parte astronómico y meteorológico para recibir como respuesta del detective que lo elemental era que les habían robado la carpa.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

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