Popurrí de lecturas para despedir y recibir un año

Por Luis M. Alonso (31 de diciembre, 2009)

Libros para acabar y empezar el año. Si primero no tuvieron hueco se debió a otras lecturas más urgentes pero no por ello más interesantes. Esta vez se trata de cosas muy distintas: tres novelas, dos volúmenes de cuentos y un ensayo.

Empiezo por Patrick Modiano, uno de los pocos escritores franceses vivos de ficción dignos de interés. En esta ocasión se trata de una novela de 1978, probablemente la más conocida de las suyas, que leí hace unos años en una traducción sudamericana y en la que la autor reflexiona sobre la memoria y los orígenes. En su día obtuvo el premio Goncourt. La actual edición corre a cargo de Anagrama, que últimamente ha publicado también En el café de la juventud perdida. En Calle de las Tiendas Oscuras, Guy Roland, un detective amnésico, se verá obligado a buscar sus propias huellas a través del pasado de unos emigrantes rusos que le conducirán a los años de la Ocupación alemana, durante la Segunda Guerra Mundial. Como otras veces ha ocurrido con Modiano, la novela recorre un París de nombres, calles, edificios y personajes. El detective seguirá los pasos de un tal Pedro McEvoy, con quien no le quedará más remedio que identificarse, de la Ciudad Luz hasta Roma, pasando por Nueva York. Con el estilo ágil y sobrio que le caracteriza, el autor aprovecha la narración para reflexionar sobre los riesgos que uno puede correr, en algunos casos, cuando se trata de reconstruir el pasado.

Una mañana perdida, de Gabriela Adamesteanu, recorre la amarga historia del pueblo rumano en el siglo pasado, contada a través de Vica, una de esas protagonistas de la lucha por la supervivencia cotidiana durante la dictadura de Ceaucescu. Los actores de la historia, la propia Vica, la anciana que desgrana sus recuerdos en una situación económica difícil; su antigua señora Sophie; el marido de esta última, el profesor Mironescu; su hermana menor Margot y su amante, Titi, se mueven entre los anhelos diarios, el período de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial, la llegada de los comunistas y la incertidumbre del país en la década de los setenta. Una mañana perdida es en la novela de Adamesteanu el equivalente a una vida perdida, equivocada en medio de una desilusión colectiva. Estupenda novela, publicada por Lumen, y un relato para entender el drama de Rumanía.

La tercera de las novelas es El fondo del cielo, del escritor y periodista argentino Rodrigo Fresán, un autor singular que he tardado en descubrir y del que ahora procuro leer lo que cae en mis manos. Con Fresán me ocurre que no sé cuando estoy oyendo la voz de Kurt Vonnegut o la de Adolfo Bioy Casares: prefiero oír al segundo, pero en cualquier caso suena bien. «Lo primero que recuerdo de esos primeros días en Manhattan son las noches. Tan diferentes a las noches de Brooklyn. Tanto más ruidosas. Más vivas. Noches que hablan y caminan dormidas. Y no es que entonces Brooklyn fuera el campo pero, comparado con el constante y belicoso latido eléctrico de la metrópoli, la voz de Brooklyn estaba mucho más cerca de un suspiro acústico enamorado», cuenta en su novela. Cualquiera que haya estado un tiempo en Nueva York sabrá apreciar eso de las noches que hablan. En El fondo del cielo, Fresán parte de la ciencia ficción para rebuscar en el pasado. Ahí radica su originalidad. Se trata de una historia de amor en la que las palabras superan a las distintas situaciones cósmicas de una trama compleja. Editado por Mondadori.

Tiempo para los cuentos. Primero, un clásico, Nocturnos, la edición completa y cuidadísima a cargo de Alba de la obra de E. T. A. Hoffmann. Maestro de la literatura fantástica, Hoffmann supo captar mejor que ningún otro autor el espíritu del romanticismo alemán. Ese ideal romántico lo demostró con poco apego a los asuntos oficiales que le ocupaban profesionalmente pero que él mismo tenía por accesorios, mientras alimentaba un mundo de fantasías. Una de las narraciones más famosas de este Nocturnos, El hombre de la arena, la concibió durante una aburrida sesión en la Audiencia de Berlín, donde servía a la Administración prusiana. Como escribió de él Rüdiger Safranski podía templar muchos instrumentos y mirar a la realidad desde muchos ojos. «Sólo así, con riqueza de perspectivas y fantasía puede captarse la realidad, que siempre es mucho más fantástica que toda fantasía». Una lectura preciosa esta de Hoffmann.

Lumen ha editado los estupendos cuentos de la canadiense Mavis Gallant en una de las colecciones más literarias del año. Desconocida en general para los lectores españoles, se trata de una maestra indiscutible del género. Colaboradora habitual durante años de la revista «The New Yorker», se instaló hace tiempo en París donde aún reside. Sus historias son las de la cotidianidad. La antología recoge 35 de sus más de cien cuentos publicados; algunas de ellos sobrepasan las cincuenta páginas, lo que le permite a la autora profundizar en los personajes. Cuando éramos casi jóvenes, autobiográfico, se desarrolla en el Madrid de los años cincuenta. «¿Eran típicos españoles? No sé cómo es un típico español. No bailaban ni tocaban la guitarra. La verdad, la muerte y la piromanía no acechaban en sus ojos oscuros», escribe.

Por último, quiero referirme a un libro que me ocupa y llena de placer, El genio austrohúngaro, un clásico del profesor de Harvard, William M. Johnston, una historia social e intelectual del Imperio que más talento congregó en menos tiempo. El libro, muy bien editado por la ovetense KRK, ha pasado a formar parte junto a Afinidades vienesas, de Josep Casals, de mis mitos habsbúrgicos. Johnston entra de lleno en el mundo deslumbrante de las ideas y de los pensadores que convergieron en una de las épocas más ricas de la cultura: la pléyade de destacados polígrafos de expresión alemana y su contribución europea. Sólo en teología y en matemática pura, fallaron los intelectuales en aquel ámbito excepcional. El Biedermeier y el esteticismo vienés; Freud, Wittgenstein, Schönberg, Herzl, Musil, Stifter, Broch, Werfel, Kraus, Buber, etcétera?

Disfruten.

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"Grapa" para siempre

Por Luis M. Alonso (29 de diciembre, 2009)

No todo van a ser malas noticias. La alcaldesa de Avilés quiere ahora que la pasarela que se iba a construir provisionalmente para superar las vías del ferrocarril y unir la ciudad con el Niemeyer se construya para la eternidad.

Pilar Varela dice que, al menos, confía en que la famosa «grapa» permanezca aunque se elimine el dichoso cinturón ferroviario de la ría. No debe preocuparse, teniendo en cuenta que las vías, salvo milagro o que las ranas empiecen a criar pelo, van a seguir toda la vida donde están, ya que será bastante complicado que el Ministerio de Fomento se embarque en la nueva aventura comprometida con los avilesinos. Las vías seguirán igual y la «grapa» nos sobrevivirá como el viejo puente de San Sebastián o el romano de Cangas de Onís. La Alcaldesa, de momento, ya la ha calificado de nueva escultura urbana como si pretendiera integrarla al mismo patrimonio al que han dejado de pertenecer piezas tan arraigadas como la vieja central térmica destruida con permiso municipal.

Este episodio de la barrera ferroviaria tantas veces contado y de tan diferentes maneras se resume, queridos lectores, del modo siguiente. Once años después de marear la perdiz con el soterramiento y las más disparatadas soluciones, al Ayuntamiento se le ocurrió que la insularidad del Niemeyer, su aislamiento, podría romperse construyendo una especie de rampa para comunicar las dos márgenes de la ría. Algunos artistas incluso elogiaron la estructura por su finura estética. En fin, manos a la obra. Eso es lo que hay en cuanto a la barrera del tren.

Mientras tanto, para mitigar el recelo y seguir alimentando, de paso, la frustración, se ha querido dar una nueva vuelta de tuerca anunciando un enésimo proyecto para eliminar el actual trazado que rompe Avilés en dos y supone el mayor escollo urbanístico en la zona supuestamente de mayor crecimiento económico.

Las vías y la «grapa» son «ad aeternum» y doña Pilar lo sabe, por mucho que disimule.

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El "caso Conan Doyle"

Por Luis M. Alonso (24 de diciembre, 2009)


El autor de Sherlock Holmes mató al detective porque le ensombrecía, y un siglo después de resucitarlo le acusaron de plagio y asesinato

A finales del siglo XIX Londres era una de las selvas ciudadanas más enigmáticas y peligrosas. La araña maléfica del profesor Moriarty tejía una tela de delito en medio de la densa capa de niebla, mientras una buena parte de la población permanecía ajena y otra se sobresaltaba con el sonido del silbato del «bobby».

-¡Vamos, Watson, coja el abrigo y no olvide el revólver!

Jorge Luis Borges escribió unos versos alejandrinos dedicados a ese sueño maravilloso imaginado por sir Arthur Conan Doyle. «Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una / de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte / y la siesta son otras. También es nuestra suerte / convalecer en un jardín o mirar la luna».

Ahora el escritor nacido en Edimburgo vuelve a estar de actualidad por las reedición de sus novelas en una bella y aparatosa edición anotada y por una nueva película, que se estrenará en enero. Y también por el sesquicentenario. El padre del detective más famoso del mundo habría cumplido el pasado mes de mayo 150 años de no ser por aquel infarto sufrido en Crowborough y, como es lógico, por esa ley inexorable por la que toda vida empieza y acaba.

A Conan Doyle, uno de los mejores narradores que han existido, siempre le pesó su personaje más célebre; no digamos ya lo que hubiera supuesto para él su inmortalidad. La preferencia del escritor escocés por cultivar otros géneros, como el histórico o la ciencia ficción, que consideraba más a su altura, le llevó a renegar del detective, a matarlo y a resucitarlo para poder responder al enorme clamor popular.

Conan Doyle escribió cuatro novelas y 56 relatos cortos de Sherlock Holmes, sin rendirse jamás a la evidencia de que era la figura del investigador del 221b de Baker Street la que le encumbraba. Autor de El mundo perdido, la mejor novela de dinosaurios que conozco, y de otra estupenda, La tragedia del Korosko, que también se publicó bajo el título Un drama del desierto, vivió para admirar la maestría de su compatriota Stevenson, autor, a su juicio, de la más brillante pieza narrativa: El pabellón de los Links.

El propio Nabokov se refirió, en aquella legendaria entrevista televisiva de «Apostrophes», a la insistencia de Conan Doyle en renegar de su personaje más famoso cuando a él mismo le preguntó Bernard Pivot si el éxito popular de Lolita le producía algún tipo de sarpullido literario: «Su éxito no me molesta. Yo no soy Conan Doyle, quien, por esnobismo o pura estupidez, prefería ser conocido como autor de una historia de África que imaginaba muy superior a su Sherlock Holmes».

El caso es que al padre de Holmes le gustaba más el profesor Challenger, protagonista de sus narraciones de ciencia ficción, que el sabueso de la calle Baker. Llegó a comentar que era tanta la sobredosis que el personaje le saturaba como el foie-gras. Así que en 1893 perpetró su desaparición en El problema final, un relato que, no obstante, dejaba ciertos cabos sueltos para poder recobrar en el futuro al detective. Y eso fue lo que hizo Doyle, presionado por los lectores, ocho años después con El sabueso de los Baskerville.

Aquella jugada no tuvo más eco entonces que el reconocimiento de los lectores, pero muchos años más tarde, cien, para ser exactos, un ex psicólogo metido a Holmes, Rodger Garrick-Steele, acusó a Conan Doyle de asesinar a Bertram Fletcher Henderson, periodista amigo suyo, supuestamente para ocultar el plagio de una novela del detective, que habría escrito este último, bajo otro título, y de la que se apropiaría el primero. Las acusaciones de asesinato se vertían ya en un libro publicado en el año 2000, y a partir de ese momento la leyenda negra creció en torno a la figura del escritor, que siempre tuvo partidarios y detractores dispuestos a polemizar.

Cinco años más tarde el chusco asunto volvió a desempolvarse con la reapertura de una causa para esclarecer el «caso Baskerville». La extravagante teoría esgrimida era que Doyle había envenenado a su amigo, administrándole láudano con la ayuda de la mujer de éste, con la que mantenía relaciones sexuales. Fletcher Robinson falleció en 1907 y en el certificado de defunción se señalan unas fiebres tifoideas como la causa del óbito. Garrick-Steele y el científico y ex policía Paul Spring pidieron permiso a la diócesis de Exeter, de la que depende la parroquia donde está enterrado Robinson, y al Ministerio del Interior para exhumar los restos del periodista fallecido. Ni que decir tiene que la Sherlock Holmes Society montó en cólera, aunque algunos de sus miembros llegaron a admitir que Conan Doyle había sido poco generoso al reconocer la contribución de su amigo, que habría escrito la génesis del relato en 1900, un año antes de la publicación de El sabueso de los Baskerville, en una novela titulada Una aventura en Datmoor. Doyle únicamente le dedicó una nota en la primera edición en la que le agradecía que le hubiese contado la leyenda que inspiró la historia de sir Richard Cabell, que vendió el alma a Satanás y fue arrastrado al infierno por una jauría.

Una corazonada había guiado los primeros pasos de Garrick-Steele cuando una fotografía de Conan Doyle, de niño, empezó a caerse al suelo repetidamente, sin motivo aparente, desde la pared de la habitación donde estaba colgada. Pensó que era una señal y se puso a investigar. Desde luego, no había gran cosa que deducir, lo mismo que cuando Holmes, durante una jornada de camping durmiendo los dos al sereno en sendos sacos, le preguntaba a Watson qué veía en el cielo estrellado y el doctor le daba un completo parte astronómico y meteorológico para recibir como respuesta del detective que lo elemental era que les habían robado la carpa.

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Políticos

Por Luis M. Alonso (24 de diciembre, 2009)

Los partidos, un gran problema para los españoles

Los políticos y los partidos que los sustentan y emplean con cargo a los contribuyentes han pasado a ser la tercera preocupación para los españoles, después del paro y la marcha económica del país, según el último barómetro del CIS. La preocupación asciende un escalón y sube 3,3 puntos con respecto al mes anterior. No está nada mal, teniendo en cuenta que la inquietud que genera el problema de nuestra clase política entre la población es superior a la de la inmigración, el terrorismo o la inseguridad ciudadana.

A estas alturas no hay que extrañarse de que los españoles perciban a los políticos y a los partidos como el tercer problema, puesto que son incapaces de tomar las medidas necesarias para ir solucionando los dos primeros, que no dejan de ser uno y muy grave. Los ciudadanos consideran que la clase política se muestra incapaz de identificarse con lo que les afecta y resolverlo. Vive a espaldas del problema y de quienes lo sufren. No defiende, además, como es debido los intereses nacionales en Europa, donde los consultados por el barómetro coinciden en que España cada vez tiene menos peso.

Habrá que empezar a ver el problema de estos servidores públicos ineptos en un mismo bloque junto al desempleo y las medidas inanes para mejorar le economía. Todo ello forma parte de una misma tragedia nacional: el drama del paro es igual al drama de los políticos, sólo que ellos juegan con ventaja si se trata de sufrir los rigores como el resto de los ciudadanos.

Y lo peor de este problema que tanto preocupa, el de la política, es que cada vez se percibe más, pero no se ve la solución. Se podría pensar que con este panorama de descontento generalizado, lo lógico sería un cambio. Cabe, sin embargo, que no se produzca ya que la alternativa induce a pensar en más de lo mismo con algo menos de circo. Raúl del Pozo escribió el otro día que el PSOE no tiene a nadie mejor, ni tampoco peor que Zapatero. Así que su idea es repetir. En el PP, seguramente pasa otro tanto y se piensa igual.

Lo siento, feliz Navidad.

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El equipo del momento lográ un récord

Por Luis M. Alonso (21 de diciembre, 2009)


El gran Barça de Pep Guardiola consigue de un golpe seis títulos y una leyenda urbana al ser considerado por algunos el mejor conjunto de la historia, cuando el historial de otros demuestra claramente que no es así

En el fin de semana se ha producido un hecho digno de tener en cuenta por partida doble. El Barcelona de Guardiola, el mejor equipo del momento, se ha convertido en el campeón de todo y ha hecho historia después de haber ganado seis títulos, los posibles. Para conseguirlo superó el sábado un resultado adverso contra Estudiantes de la Plata, que tuvo la victoria en sus manos a falta de dos minutos y renunció al fútbol para retenerla. Se puede hablar de este Barça como un grupo de jugadores que siempre recordaremos al haber logrado en una temporada algo que otros grandes equipos no consiguieron, en buena medida y en algunos casos, porque tampoco dispusieron de la oportunidad de hacerlo al no contar en su momento con tantas probabilidades u opciones. Posiblemente, este de Pep Guardiola, un hombre cabal para un milagro, sea el mejor Barcelona de todos los tiempos. Ahora bien, ¿le convierte eso en el mejor equipo de la historia, como se intenta hacer creer? Yo, al menos, pienso que no, ya que la historia es la narración y exposición de los acontecimientos pasados y dignos de memoria, y, en este caso, el pasado es aún insuficiente.

Al Barcelona no se le puede quitar el mérito de haberlo logrado todo a su alcance con un fútbol brillante, incapaz de superar con resultados. Pero tampoco se puede ignorar que lo que ha conseguido en un año de excelencia, como ahora dicen los cursis, no le convierte, obviamente, en el campeón de la historia, cuando la historia del fútbol ha tenido ante sí equipos que han contribuido a hacerla grande: el Real Madrid de Di Stéfano, el Inter de Helenio Herrera, el Ajax de Cruyff, el Bayern de Beckenbauer o el Milan de Sacchi, por poner cinco ejemplos europeos. En Sudamérica tienen los suyos a la hora de confrontar historiales.

El palmarés también ayuda a entender una mejor visión del mejor de todos los tiempos si se trata de la historia: para demostrarlo y con respecto a nuestro entorno inmediato, el Real Madrid tiene nueve copas de Europa en sus vitrinas; el Milan, siete; el Liverpool, cinco, y el Ajax y el Bayern Munich, cuatro. A continuación se encuentran el Manchester United y el Barcelona, con tres. También es necesario tener en cuenta que todos estos equipos y alguno más, salvo los «diablos rojos» y el Barça, lograron alzar la copa en años consecutivos. El Madrid, en cinco ocasiones; el Bayern, en cuatro; el Ajax, en tres, y el Milan, en dos, al igual que el Inter, el Benfica, el Liverpool y el Nottingham, algo que tiene que ver necesariamente con la continuidad en ofrecer éxito y, por tanto, contribuye a la historia. Yo no digo que este Barça sea incapaz de concatenar el éxito este año, el siguiente y el otro. Puede hacerlo; entonces habrá obtenido los méritos suficientes para situarse en el sitio que le corresponde.

Lo del Barcelona de ahora, ya digo, además de un récord, es algo que será recordado. No sólo por haber completado un ciclo espléndido con un «mundialito» disputado a adversarios de una categoría muy inferior, sino porque el club azulgrana ha demostrado en los últimos tiempos ser un equipo poderoso y mágico, con espléndidos futbolistas como Xavi e Iniesta, últimamente con el olfato goleador de Pedrito, y siempre contando con la Pulga. Guardiola ha sabido utilizar mejor que cualquier otro entrenador los recursos de sus jugadores para convertir a este Barça en un equipo intratable y temible. Pero un año de esplendor indiscutible no significa alcanzar la historia como el más grande de todos los tiempos. Ya me imagino la cara que estarán poniendo Di Stéfano, Sacchi y otros muchos por esta desproporción a la hora de interpretar el éxito azulgrana. Aquel Brasil de 1970 fue considerado el mejor equipo de la historia, con Gerson, Pelé, Tostao, Rivelinho y Jairzinho. Ha habido onces deslumbrantes, con alineaciones que los aficionados al fútbol nos sabíamos de memoria, algunos de ellos sin haberlos visto jugar, sólo por la leyenda: la del Gran Torino de la tragedia de Superga; los «Busby babes» del Manchester United, o la Máquina del River Plate, que ya juega también en el cielo después de la muerte días atrás del «Tomate» Muñoz. Esto del mejor equipo de fútbol de la historia no puede quedarse en la mera propaganda, o en la tontería de si uno lo dice, lo dicen los demás. La FIFA ya proclamó después de la séptima copa europea al Real Madrid como el mejor club del siglo XX, ciñéndose a los resultados y a las cinco copas de Europa consecutivas en la etapa de Di Stéfano. De manera que esto del Barcelona habrá que celebrarlo con diferente tonalidad, aunque con más motivo, ya que España cuenta ahora con la selección que mejor fútbol practica; el mejor equipo de la historia, que es Real Madrid, por su propio historial, y el fenómeno futbolístico del momento, que es este fabuloso Barça de Guardiola. En cuanto a historia, hemos conseguido el triplete, así que, tranquilos.

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Revisión navideña del festín de Babette

Por Luis M. Alonso (20 de diciembre, 2009)


El menú de la película de Gabriel Axel, basada en la obra de Karen Blixen, sigue siendo años después un delicado homenaje al banquete con las controvertidas codornices en sarcófago

«Las razones de la presencia de Babette en casa de las dos hermanas estaban en las profundidades más secretas del corazón». A quienes hayan leído el relato de Karen Blixen (Isak Dinesen) o hayan visto la adaptación cinematográfica de Gabriel Axel es muy posible que no se les hayan olvidado estas palabras. Se trata a grandes rasgos de la historia de una francesa, distinguida ex jefa de cocina del Café Anglais de París, que un buen día decide huir de la Comuna y se refugia en la casa de Martina y Philipa, dos hermanas solteras de avanzada edad, que viven en una remota aldea danesa, Berlevaag, a finales del siglo XIX. La nostalgia por la buena cocina y la suerte en los juegos de azar le permiten a la cocinera agasajar a las ancianas y al resto de convecinos, un grupo de fanáticos puritanos que se ve arrastrado por la sensualidad de un maravilloso festín en el que la magia de la alquimia y la pericia en los fogones se traducen en un soberbio resultado. La felicidad es completa.

Cada vez que oigo hablar de banquetes, y en estas fechas suele ocurrir, no puedo dejar de acordarme del festín de Babette que forma parte, en gran medida, de un sueño culinario trenzado con ingredientes inalcanzables como la tortuga de la sopa o los vinos: un champaña Veuve Clicquot de 1860, un Claude Royaux de 1885 y un Clos Vougeot cosecha de 1845. Hagamos memoria: el generoso menú de la felicidad de Babette consistía en una sopa de tortuga acompañada por un vino amontillado; caviar y blinis Demidoff, regados por un champaña Veuve Clicquot de 1860; codornices rellenas de trufa negra reposadas en sarcófago (un volován con salsa de vino Clos Vougeot cosecha de 1845); ensalada de endivias, nueces y lechuga con vinagreta francesa, acompañada por el mismo vino; una selección de quesos franceses, tarta de cerezas, frutas confitadas y licor. Hmmmm?

Actualmente, la mayoría de quienes han probado alguna vez la sopa de tortuga no ha tenido más remedio que hacerlo después de abrir una lata. Pero de la misma manera que las latas sirven noblemente para conservar el esplendor de algún producto, incluso de algún cocinado, no se puede decir que esto ocurra con la sopa de tortuga, que, envasada, naufraga, al igual que ocurre con un cocido madrileño. Donde se encuentra en no pocos lugares es en Singapur, que han hecho de su receta china un manjar, o en las cartas de los grandes comedores de Nueva Orleans: Brennan’s o Antoine’s. En Francia, se va perdiendo la costumbre. En algunos rincones del Caribe, se consume de una forma menos elaborada, sin embargo, la fórmula histórica de la auténtica sopa de tortuga es la del desaparecido restaurante de Londres Ship & Turtles, que se elaboraba para veinte personas y llevaba diez kilos de quelonio, carne de buey, gallina, manos de ternera, laurel, apio, cebollas, ajo, pimienta negra, clavo, albahaca, tomillo, perejil y mejorana, además de un cuarto de litro de vino de Madeira.

No hay que confundir con la sopa de tortuga falsa (mock turtle soup), que se inventó en Inglaterra a mediados del siglo XVIII como imitación barata de la auténtica. Los cocineros usaban sesos, pata de ternera con el caldo de las hierbas, para lograr la textura y el sabor de la carne de tortuga original. Su nombre responde al personaje Mock Turtle de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll. En algunas regiones de Alemania perdura como un plato tradicional.

No resultan tan problemáticos los blinis Demidoff. Sólo hacen falta quince gramos de levadura fresca, 160 de harina, una taza de leche tibia, dos yemas de huevo, otras tantas claras batidas a punto de nieve, una cucharada de sal y un cuarto de nata montada. Se disuelve la levadura con la leche y se agrega la mitad de la harina. Lo siguiente es tapar con un paño y dejar reposar alrededor de una hora y media. Luego, se mezclan las yemas con la sal y la nata montada, y se incorporan a la levadura y la harina. Por último, se ligan con las claras batidas a punto de nieve. Finalmente se vuelve a tapar de nuevo con un paño y se deja reposar media hora. Los blinis se cocinan, de uno en uno, en una sartén antiadherente engrasada con mantequilla. Se puede utilizar un aro para conseguir la forma redondeada perfecta. Los Demidoff se sirven con caviar y nata agria por encima.

Las codornices en sarcófago son otro cantar, pero tampoco entrañan serias dificultades, salvo dar con la perfección. Para ello, separar una codorniz por persona, mejor si es de caza, y deshuesarla con la ayuda de un cuchillo afilado. Una vez salpimentada y dorada con un chorro de aceite en la sartén, se rellena con 80 gramos de foie-gras troceado y trufa negra cortada en pequeñas láminas. Se reserva. La masa para el sarcófago se prepara con 350 gramos de harina con 160 de grasa de pato fría y se deja reposar una hora en la nevera. Después, se estira hasta lograr un grosor de 3 milímetros. Volver a ponerla en el frigorífico.

Para el sarcófago se pueden conseguir los típicos moldes rectangulares de cajita o emplear latas como las que sirven para envasar los bloques de foie-gras. Estos moldes se forran con la masa, se engrasan con mantequilla o aceite y se cubren posteriormente con una lámina de la misma masa que se ha reservado, después de encajar la codorniz rellena. Finalmente, se hace con la punta del cuchillo una pequeña incisión a modo de chimenea en lo alto del sarcófago, se pinta con yema y se pone al horno a unos 180 grados entre 20 y 25 minutos. La salsa que servirá de fondo en el plato se elabora mediante una reducción de un caldo de ave, trufa, pimienta molida y vino de Madeira.

El director de cine Claude Chabrol, refinado gourmet y compañero sentimental entonces de Stéphane Audran, la Babette de la historia, reputada cocinera también en la vida real, llamó la atención sobre el fallo que se percibe en la película, precisamente en el momento de elaborar las famosas codornices. Sin que se sepa muy bien por qué motivo, la estupenda Audran coloca los pájaros crudos en el sarcófago para meter en el horno, sin el requisito previo de dorarlos. Ahora bien, ante una película tan bella y un festival así de comida, no hay más remedio que hacer abstracción del fallo culinario y detenerse en la valoración entusiasta de uno de los comensales, el general Loewenhielm, que cuando era un joven oficial del Ejército había visitado París y añoraba los aromas perdidos de la gran cocina. Por lo demás, el sarcófago fue evolucionando con el tiempo y ahora a las codornices se las suele vestir con un envoltorio de hojaldre, más ligero.

El resto del menú de El festín de Babette eran la ensalada, el surtido francés de quesos y la tarta de cerezas. Si les apetece meterse en la cocina en estas entrañables fechas lo que propongo es un pequeño y delicado máster para curtirse. Podemos sustituir, por las razones ya explicadas, la sopa de tortuga por una de marisco; actualizar las añadas del Clicquot, los caldos de Borgoña y Burdeos o reemplazarlos por otros vinos nacionales. Si quiere ahorrar, se puede acomodar el caviar a la cartera (no hace falta que sea Beluga), sustituir las trufas de temporada por las de verano y el foie-gras del relleno por un puré espeso de lentejas (memorable). No será lo mismo, pero sí parecido.

El festín de la felicidad consistía en sopa de tortuga, blinis Demidoff, codornices en sarcófago, quesos franceses y tarta de cerezas; de los vinos, ni hablar

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Hosteleros y chefs prescinden del atún rojo para preservar la especie

Por Luis M. Alonso (19 de diciembre, 2009)


Los miembros del grupo Relais & Châteaux se han comprometido a proteger el mar dejando de servir especies en peligro de extinción y a eliminarlas progresivamente de los menús en el transcurso del año que viene. En concreto, los restaurantes que pertenecen a esta agrupación no servirán atún rojo a partir del 1 de enero de 2010.

El atún rojo es un pescado codiciado precisamente por su alto precio en el mercado. En Japón se han llegado a pagar miles de euros por un ejemplar, en función del peso, que puede ser de hasta 300 kilos. Existen empresas que capturan vivos los atunes para después engordarlos en jaulas en alta mar. Su situación en estos momentos es de urgente peligro por causa de una explotación masiva; la disminución de la población atunera se ha acelerado en los últimos años tanto en el Atlántico como en el Mediterráneo siempre por encima del 50 por ciento.

¿Qué hace tan especial al atún rojo? Fundamentalmente, la facilidad con que se presta su carne a cualquier aplicación culinaria de moda. El poco trabajo que exige en las cocinas de los restaurantes, la gran aceptación por parte de los clientes, en general, y de los japoneses, en particular. Limpio, sabroso, fácil, bonito y caro. Por esa serie de cualidades tan apreciadas el atún está condenado a muerte.

Lo que queda entonces es revertir la situación. Lo primero, obligarnos a no comer algo que nos gusta, pero que, si no lo hiciéramos, en tres años podría dejar de existir. Lo segundo, aplaudir toda iniciativa en defensa de esta especie en extinción, como esta de Relais & Châteaux, un grupo que cuenta con 475 establecimientos hosteleros de prestigio en 57 países y que en la actualidad coopera con Seafood Choices Alliance, organización no gubernamental que establece estándares en el sector de la pesca. Que cunda el ejemplo.

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A los Ceaucescu les falló la escenografía

Por Luis M. Alonso (18 de diciembre, 2009)


Hace veinte años, el último dictador de Europa quiso un nuevo baño de multitudes y precipitó su caída

El último dictador de Europa se despidió algo aparatosamente en la Navidad de 1989: el próximo día 25 se cumplirán dos décadas de aquello. Nicolae Ceaucescu, de 71 años, y su mujer y mano derecha, Elena, de 70, fueron pasados por las armas en Târgoviste, la vieja capital del voivodato de Valaquia, acusados de genocidio, demolición del Estado y el pueblo, destrucción de bienes materiales, espirituales y de la economía nacional y evasión de mil millones de dólares hacia bancos extranjeros.

Las imágenes del sumarísimo como de los cadáveres, un crudo ajuste de cuentas sin garantías judiciales, fueron distribuidas por la televisión rumana y quienes tuvimos la oportunidad de verlas en las horas que siguieron a la noche más entrañable del año probablemente nunca las olvidaremos. El «glorioso Conducator» y «la sabia de renombre mundial», autora de Investigación en la química y la tecnología de los polímeros, yacían como dos guiñapos junto al paredón donde habían sido fusilados: un primer plano ofrecía el rostro del tirano muerto, con los ojos abiertos, un corbata roja anudada al cuello y un pañuelo de seda de lunares.

Centenares de rumanos se manifestaban en Bucarest para que les fuera mostrada la ejecución de los dos principales actores de una larga etapa de 24 años, en la que la población había sido oprimida, explotada y matada de hambre por la dictadura más feroz que sufrió Europa desde los tiempos de Stalin. Solamente en los combates registrados desde el inicio de la revuelta popular en Timisoara que acabó con aquella pesadilla, la represión se había cobrado entre 60.000 y 80.000 víctimas, según el Frente de Salvación Nacional, erigido en Gobierno de facto. No es de extrañar que los rumanos quisiesen tener la certeza más absoluta de que los monstruos habían sido aniquilados.

El déspota, buscando la exaltación personal, se había empeñado en cultivar el gusto por los montajes escénicos y eso fue precisamente lo que precipitó su caída. Dos días antes de ser ejecutado y en medio de las matanzas de la Securitate, una policía secreta armada hasta los dientes, se le ocurrió, como en sus mejores tiempos, recabar el apoyo de las víctimas convocando un mitin multitudinario. Los que antes le habían ensalzado como el héroe del pueblo clamaban contra él por asesino. Las imágenes retransmitidas por televisión mostraron el rostro de Ceaucescu desencajado y dieron la vuelta al mundo. Estaba muy lejos de ser lo mismo que en 1968 cuando se había dirigido al pueblo para condenar la invasión soviética de Checoslovaquia.

En las horas siguientes a su última aparición en público, cuando ya todo parecía desbordado, el Conducator y Elena huyeron de Bucarest en un helicóptero, mientras uno de sus ayudantes amenazaba al piloto con una pistola. La idea de refugiarse en una base de la Securitate con el fin de capear el temporal no llegó a cristalizar, porque el hombre que conducía el aparato fingió un fallo mecánico y forzó el aterrizaje. Los militares de un puesto de control cercano al aeropuerto oficial detuvieron a «la pareja intocable» que posteriormente logró escapar antes de volver a ser capturados definitivamente. Cuando comparecieron ante el sumarísimo que los condenó a muerte eran dos seres extenuados y ofendidos por el trato que estaban recibiendo del pueblo al que, según ellos, conducían hacia el mejor de los destinos.

Ese futuro de progreso había consistido, por ejemplo, en la destrucción del centro histórico de Bucarest para levantar el faraónico palacio presidencial, el segundo edificio más gran del mundo; en impedir el uso de los anticonceptivos – «la procreación es el más excelso de los de los deberes patrióticos»- o en matar al pueblo de hambre después de haber ordenado exportar la mayor parte de la producción agrícola para hacer frente a la onerosa deuda exterior contraída a causa de la acelerada industrialización en la década de los setenta. Ello trajo una fuerte escasez de energía y de comida que obligó a los rumanos a la lucha diaria por la supervivencia: esa épica de la vida cotidiana que tan bien describió Gabriela Adamesteanu en su novela Una mañana perdida.

El crivat es el viento gélido que atenaza Bucarest. Procede de Rusia, como casi todo lo malo para los rumanos. El crivat, según está extendido, tiene dientes y asesta unos mordiscos desgarradores que en los inviernos se sumaban a otras penurias y necesidades de la población, entre ellas la falta de comida. Cuando Ceaucescu, circulaba un chiste muy popular que reflejaba el humor trágico de un pueblo: «Si hubiese algo más de comer estaríamos como en la guerra». Recuerdo de aquella ciudad, los perros vagando por las calles, los tranvías solitarios y los conserjes malhumorados de los hoteles. Pero, sobre todo, la penuria en el rostro de los bucarestinos. Ahora que vuelvo a ver la imagen del Conducator convertido en un guiñapo junto al paredón, no puedo dejar de acordarme de aquellas caras tristes y de los perros a orillas del río Dâmbovita.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

Paciencia infinita

Por Luis M. Alonso (18 de diciembre, 2009)

El secretario de_Estado de Infraestructuras ha pedido paciencia justo en el momento en que está a punto de alumbrarse la enésima ocurrencia sobre la barrera ferroviaria. A mí me gustaría recordarle al señor Morlán que los avilesinos tienen más paciencia que_Santo Job; su capacidad para padecer o soportar la falta de rigor de los representantes públicos pasará a la historia en la misma proporción que la facilidad que estos tienen para incumplir los compromisos adquiridos con la ciudad.

Claro que tenemos paciencia, tenemos tanta que estamos dispuestos incluso a que nos tomen nuevamente por el pito de un sereno con esta nueva ronda ferroviaria que, según los cálculos optimistas, costaría 70 millones más que el soterramiento descartado por caro e inviable desde el punto de vista técnico. O sea, primero era inviable y cuando les recordabas que no existe obra de ingeniería imposible después de la penetración del Canal de la Mancha te decían que sí, en efecto, que se podía hacer, pero que era muy cara. De hecho, llegaron a cifrarla en 180 millones para disipar cualquier duda. Y ahora, después de once años y tropecientos estudios, el mismo ministerio viene con «una fórmula mágica» para resolver el aislamiento ferroviario de la ciudad.

La «fórmula mágica» de_Morlán, a falta de otra concreción, supongo que será igual que otras «formulas mágicas» utilizadas anteriormente por el_Ministerio de_Fomento y que consisten en hacer aparecer y desaparecer el conejo de la chistera. Es magia, sin duda, cuando el proyecto se anuncia y acto seguido no se sabe más de él. La magia de los políticos es un viejo y conocido truco que no pasa desapercibido y menos para aquellos que han tenido la santa paciencia de asistir al mismo número durante años.

En Avilés, la paciencia es infinita señor Morlán. Se lo digo yo. Sólo hace falta ir a la hemeroteca para comprobarlo y, de paso, admitir quienes son los incompetentes.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

Tomadura de pelo

Por Luis M. Alonso (17 de diciembre, 2009)


El único plan de las vías es la dichosa pasarela

La vida da muchas vueltas pero nunca las suficientes si se trata de la eliminación de la barrera férrea de Avilés. Resulta que el nuevo trazado de las vías que el secretario de Estado de Infraestructuras está a punto de proponer es 70 millones más caro que el famoso soterramiento, del que se lleva hablando más de diez años y que casi no nos acordamos ya cuando se descartó por su elevado precio. Es decir, lo que Víctor Morlán viene a contarnos es que el Ministerio de Fomento, con el país en una situación económica peliaguda, está dispuesto a financiar ahora con 250 millones una obra de varios túneles y falsos túneles cuando ha venido manteniendo que pagar 170 por enterrar las vías es una auténtica barbaridad. Los avilesinos tienen todo el derecho a pensar que, una vez más, la Administración central les está tomando el pelo con la complicidad del Principado y del Ayuntamiento.

Efectivamente, hay más falsos túneles que verdaderos en el nuevo proyecto para eliminar la barrera ferroviaria. Todo ello huele a falsedad desde el preciso instante en que la disparatada propuesta se encarece muy por encima de los planteamientos que se utilizaron para descartar el soterramiento. Los lectores se preguntarán por qué este empeño en solapar la falta de un compromiso con un globo de estas dimensiones. Pues, bien sencillo, porque no tienen pensado hacer nada y lo único que les preocupa, una vez más, es ganar tiempo. Algún día, después de tantos años, frustración sobre frustración, en Avilés se olvidarán de la eliminación de la barrera ferroviaria y se acostumbrarán a seguir viendo pasar los trenes justamente por el lugar donde la ciudad es incapaz de asomarse a la ría. Esas son las cuentas que se echan, ya digo, con el inestimable apoyo municipal.

Mucho me lo temo, pero no habrá otro proyecto disuasorio del tren que la dichosa pasarela del Niemeyer. Lo que duele es que, además de tomarles el pelo a los avilesinos, los quieran hacer pasar por tontos.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | diciembre 2009 |

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