El caos de la ORA

Por Luis M. Alonso (26 de noviembre, 2009)

El caos se ha apoderado de Avilés con la ORA. Una ordenanza que tiene como una de sus funciones esenciales la ordenación y regulación del tráfico ha servido precisamente en esta ciudad para que los coches busquen desesperadamente donde aparcar de forma gratuita, al no existir estacionamiento controlado alternativo suficiente para cubrir las necesidades. Esto, se dirán los lectores, tendrían que haberlo previsto los concejales. Pues, sí, deberían haberlo hecho, pero de ocurrir así no serían los concejales de Avilés.

Los avilesinos se han encontrado con que sus representantes del pueblo soberano han impuesto un servicio de pago sin tener resueltas las opciones lógicas de otros lugares. Además de no existir suficiente aparcamiento alternativo, tampoco hay nuevos enlaces y servicios de transporte público para los que, en vista del nuevo modelo, se decidan a dejar el coche en casa. Y también se han dado cuenta de que en su ciudad, con un pequeño casco histórico y al contrario que en otros sitios, lo de menos para el Ayuntamiento era facilitarles las cosas y lo de más la voracidad por recaudar un nuevo impuesto encubierto. Entonces, ha estallado una especie de rebeldía cívica que hasta ahora no se conocía en otros lugares, donde se ordenó la regulación del estacionamiento sin tanto problema. El centro permanecía estos días desierto y los automóviles se agolpaban en las afueras buscando hueco. Los vecinos de los barrios han empezado a quejarse porque la deserción de las «zonas azules» ha traído una invasión de coches.

A nadie le gusta pagar por aparcar después de toda una vida sin hacerlo, pero en Avilés no es sólo eso. El problema es que la ORA la han previsto los mismos que asan la manteca en otros menesteres municipales. El concejal del ramo se da por satisfecho, confía en que más tarde o temprano los vecinos acabarán entrando por el aro. A él no le preocupa, va al trabajo caminando sin saber en lo que consiste. El trabajo, me refiero.

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Economía sostenible

Por Luis M. Alonso (25 de noviembre, 2009)

El crecimiento cero hace tiempo que dejó paso al desarrollo económico sostenible y, algunos, no sabemos a qué carta quedarnos porque de un término imposible hemos derivado en un concepto vago o, en último caso, impreciso.

No hay nada científico del dichoso paradigma de lo sostenible por lo que atañe a un marco explicativo de la naturaleza y de su conocimiento. Se trata más bien de un imperativo moral o, mejor dicho, publicitario, cuya función sería dirigir las acciones humanas para garantizar la conservación de la naturaleza o de los recursos. ¿Me he perdido?, ¿se han perdido?

Un proceso sostenible es, según la Real Academia Española de la Lengua, el que puede mantenerse por sí mismo sin ayuda exterior o merma de los recursos. Interpretar a partir de esa definición en qué consiste la ley de economía sostenible del Gobierno, anunciada por Zapatero y la ministra del ramo, seguramente debe resultar fácil, pero yo, desde luego, no me atrevo a hacerlo.

Sin embargo, que cuatro ignorantes como yo no lleguemos a ello no significa nada. Este nuevo paradigma o maniobra propagandística de lo sostenible es universal y ha penetrado, con diversa profundidad y resultados, en todos los ámbitos de la cultura y de la vida social. Fíjense los lectores, observadores de la actualidad, que no hay programa político sin sostenibilidad en sus propuestas. Por supuesto, los departamentos de la Administración dedicados al desarrollo sostenible han sustituido a los de medio ambiente. La «sostenibilidad» es mucho más ambiciosa en el lenguaje de los políticos porque incluye desarrollo. Con el crecimiento cero, que formaba parte de la vasta despensa de los eufemismos, no se podía engañar a nadie, pero en lo sostenible hay un campo ilimitado para el subterfugio en la cultura dominante de la doble moral.

Puede que todo esto sea la farfolla de siempre, pero más que nunca se han puesto de acuerdo para dárnosla con queso.

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Lo siento, Zaballa

Por Luis M. Alonso (23 de noviembre, 2009)


La trampa y la ilegalidad se impusieron al juego limpio en el Francia-Irlanda; el gesto de Henry demuestra que el fútbol es hoy más que nunca un deporte inventado por caballeros al que juegan rufianes
Habrá quien recuerde a Zaballa, el futbolista de Castro Urdiales que la UNESCO premió en París con el trofeo «Fair Play» por su deportividad. Peru Zaballa era un extremo habilidoso y, según los que tuvieron oportunidad de tratarlo, una buena persona. Con sólo 58 años y tras padecer una larga enfermedad murió en 1997 en Oviedo, donde residía después de haber vestido de azul en su última temporada profesional. Antes de despedirse en el Real Oviedo jugó en el Racing, en el Barcelona y en el Sabadell, donde seguramente no será recordado por marcar el primer gol de los arlequinados en competiciones europeas pero sí por el gesto que tuvo en un lance de un partido con el Real Madrid que honraría a cualquier deportista.

Ocurrió en un encuentro disputado en el Santiago Bernabeu en 1969. No había transcurrido un cuarto de hora de la primera mitad cuando en una falta lanzada por Zaballa, el portero asturiano del Real Madrid Junquera y su compañero Espíldora cayeron al chocar en el área. Con la puerta vacía, el balón volvió al extremo y, en vez de chutar a gol, lo que hizo fue enviarlo fuera de banda para que atendieran a los lesionados. Los espectadores que asistían al partido en Chamartín tuvieron unos segundos de desconcierto pero inmediatamente rompieron en una ovación. Aquello no se olvidó; durante mucho tiempo cada vez que saltaba a un terreno, Zaballa recibía muestras de cariño de los aficionados.

Del ex delantero italiano Paolo Di Canio, que fundó el grupo neofascista laziale Irriducibile y lleva tatuada en el brazo la palabra Dux, nadie esperaría lo que hizo durante un encuentro de la Premier League (2000-2001) entre el West Ham, equipo en el que militó cuatro temporadas, y el Everton. En Goodison Park, en el área del rival y con grandes posibilidades de marcar, vio que el portero Paul Gerrard había quedado noqueado tras una salida: atrapó el balón con las manos y se lo llevó al árbitro para que detuviese el partido. Di Canio, en los partidos disputados entre la Lazio y la Roma, vestía debajo de la camiseta albiceleste otra con la siguiente frase grabada: «Existen sólo dos formas de volver del campo de batalla, con la cabeza del enemigo o sin la propia». Sin embargo, aquella tarde en Liverpool demostró que el ardor guerrero no está reñido con la generosidad que le valió el premio FIFA Fair Play y el respeto del fútbol de las islas.

El fair play es un invento británico y sobre él, en Inglaterra, no se admiten muchas bromas. Los futbolistas ingleses siguen recriminando al que se desmaya en el área rival para engañar al árbitro y, aunque el juego violento se ha impuesto como en otros campeonatos, no se suelen ver intenciones asesinas en la disputa del balón. El caso del delantero del Liverpool Robbie Fowler, en un encuentro en sus inicios frente al Arsenal de la temporada 1996-1997, debería servirle de reflexión a Thierry Henry, un futbolista al que en estos momentos corroe supuestamente el remordimiento por ayudarse intencionadamente con la mano en el gol que permitió la eliminación injusta de Irlanda frente a la tricolor el pasado martes en París. En aquella ocasión, Fowler cayó en el área del Arsenal y el árbitro pitó penalti al interpretar que el portero de los «gunners», David Seaman, lo había derribado. Fowler, al contrario de Henry, se dirigió al colegiado para insistirle en que había tropezado y que, por tanto, no procedía pitar la pena máxima. Pero el árbitro siguió señalando el punto para que lanzase el penalti. Y ¿qué creen que hizo el fenomenal delantero de los reds? Se disculpó ante el viejo Seaman y chutó mansamente al portero que, sorprendido, no acertó más que a rechazarlo. El rebote lo aprovechó no recuerdo ya si Jason McAteer o Stan Collymore para marcar. Pero el gesto de honradez de «el terror de Toxteth» -apodo de Fowler por haber nacido en uno de los barrios más populares de la capital del Mersey y sembrar el pánico entre las defensas rivales- quedó grabado en el recuerdo de los aficionados británicos, y la UEFA le felicitó por ello. La misma UEFA que más tarde le multaría severamente en dos ocasiones, por apoyar en un partido una huelga de estibadores y simular que esnifaba las líneas de cal del terreno de juego para burlarse de los seguidores del Everton, que más de una vez lo habían acusado de cocainómano.

Henry es posible que le pegase al balón con la mano de manera instintiva, pero fue consciente de que ello le serviría para que un gol ilegal subiese al marcador desde el mismo momento en que el árbitro no anuló la jugada decisiva para la suerte de Irlanda y Francia. No se dirigió al árbitro para hacerle ver el error, sólo se disculpó con los inconsolables jugadores del equipo contrario. Ahora, a pitón pasado, para evitar un desprestigio mayor, ha pedido la repetición del partido después de que la FIFA lo negase. De sentirlo verdaderamente, lo lógico hubiera sido reclamarlo antes, pero no tuvo la honradez de hacerlo. La brillante carrera del delantero francés del Barça está empañada. Eso no quita, sin embargo, para que cualquier día de estos lo veamos, al igual que otros futbolistas a los que no les importa engañar a los árbitros, participando en campañas para animar a los más jóvenes a practicar el juego limpio.

Ganan los tramposos. El fútbol, salvo contadas excepciones y bien que lo siento Zaballa, es hoy más que nunca, debido a los intereses que suscita, un deporte inventado por caballeros al que juegan rufianes. El partido Francia-Irlanda claro que debería repetirse.

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Sus distinguidas rarezas

Por Luis M. Alonso (22 de noviembre, 2009)


Una conocida guía de viajes incluye el embutido más popular de Escocia entre las comidas más extrañas del mundo, junto a un melón africano amargo, una morcilla alemana y una langosta viva

El haggis es el embutido escocés más popular y, sin embargo, figura asombrosamente entre los diez platos más extraños del mundo para la guía Lonely Planet de Cocina Extrema. Quien haya estado en Escocia habrá tenido la oportunidad de probarlo y seguramente no la habrá desperdiciado, dada la insistencia de los nativos en promocionar la especialidad a la que el poeta nacional, Robert Burns, dedicó uno de sus poemas más famosos. «¡Salve, rostro campechano / embutido soberano! / Rey de todos coronado, / panza, tripas e intestinos; / alargando brazo y mano / te rindo el honor debido».

Este embuchado de asaduras de cordero de sabor intenso lleva pulmón, hígado y corazón, mezclados con cebolla, harina de avena, pimienta, cayena, nuez moscada y sal. De acuerdo, admitamos que no es un simple filete con patatas fritas, pero de ahí a considerarlo una extrañeza va un abismo: los de «Lonely Planet» son unos exagerados y se sorprenderían de unos calamares en su tinta por lo sombrío de su aspecto. El haggis, una morcilla más condimentada de la cuenta, es tan popular que el humor de los escoceses no sería el mismo si no existiese.

La curiosidad de los turistas cuando preguntan por él tiene muchas veces una respuesta de lo más disparatado, que ya forma parte de los modos y costumbres de un país: «Una haggis es una pequeña criatura de cuatro patas que habita en las Tierras Altas y que tiene las extremidades de un lado más cortas que la de otro. Eso significa que se adapta bien a corretear por las colinas a una misma altitud, sin tener que ascender o descender. Sin embargo, se puede atrapar fácilmente a un haggis corriendo por la colina en la dirección contraria». El curioso que se cree esta divertida patraña permanece estupefacto hasta el día en que entra en la primera charcutería y ve «las morcillas» colgadas de los ganchos o esparcidas por el mostrador. Sólo entonces se muestran aliviados y empiezan a buscar el aroma del haggis saliendo de las viejas tabernas.

La primera vez que comí haggis fue en Edimburgo, y no coincidía un 25 de enero de la popular cena de Burns, la fecha más tradicional para hacerlo y cuando se conmemora al gran poeta de Escocia. Sin embargo, había un par de gaiteros locales que amenizaron la velada y dieron tono al ritual. El haggis lo sirvieron, como es costumbre, sobre un lecho de brezo. Tomé para acompañarlo una pinta de cerveza y un trago de whisky.

De manera que uno de los diez platos más extraños para «Lonely Planet», una publicación cosmopolita dedicada a descubrirle el mundo a sus lectores, es la especialidad nacional de un país: la morcilla rellena de despojos de cordero que Escocia ofrece a sus visitantes del mismo modo que España oferta la paella. Toda una sorpresa, es decir, la misma sorpresa que supuestamente recibió la cantante Madonna el día en que le dieron a probar la famosa morcilla de las Tierras Altas en la ceremonia de su boda con el director de cine Guy Ritchie en los lujosos salones del castillo escocés de Skibo. Lo primero del banquete fue, como es lógico, el haggis, acompañado por las gaitas.

En España se comen riñones, gallinejas, mollejas, zarajos y crestas de gallo, entre otras variedades de la casquería. Todas las cocinas tienen sus festines del diablo. La popular ferchuse de los franceses incluye corazón y bofe de cerdo con vino tinto, patata y cebolla; la quaggiaridda, en Italia, son despojos de cordero mezclados con queso, embutidos en un redaño de cerdo y después asados. En muchas regiones francesas resulta típico el tripou (embutido de despojos de cerdo y cordero), y en Troyes es famosa la andouillette (salchicha de tripas). En Perú se comen los anticuchos, unos pinchitos de corazón que se asan en las calles. Y en Inglaterra, los faggots, despojos de cerdo con pan rallado, cebolla y especias embutidos en tripa, son tradición. El gran incendio de Londres de 1666 se atribuye a una ristra de faggots que prendió en una tienda. El fuego destruyó 13.000 viviendas, más de 80 parroquias, San Pablo y edificios públicos importantes. Las víctimas mortales no llegaron, sin embargo, a las dos docenas.

En Spilinga, un pequeño pueblo de Calabria, en el mezzogiorno italiano, cocinan una salchicha, la ‘nduia, de lo más singular. Se prepara, como consta en la receta tradicional, a partir de las partes peores del cerdo y los mejores pimientos secos, dulces y picantes, todo ello envuelto en tripa. De acuerdo con las virtudes que se le atribuyen, sirve para limpiar las arterias, purgar los intestinos y excitar la lujuria. Se parece a una andouillete, incluso su nombre la recuerda, pero el relleno se puede untar sobre una tostada de pan o acompañar a la pasta.

Pero hay algo absolutamente sublime, un capricho de los franceses, una auténtica joya de la gastronomía del «bouchon» lionés, o de la taberna parisina, que es la cabeza de ternera (tête de veau), cocida a fuego lento, con cebolla, limón, pimienta y clavo. Me gusta templada tirando a caliente, acompañada de una vinagreta verde, a base de mostaza, alcaparra, un ramillete de estragón, perejil y finas hierbas picadas.

Evidentemente, no se trata en ningún caso de especialidades con rango nacional, pero todas ellos, pese a ser populares más allá de donde provienen, podrían ser incluidas en la lista homicida de «Lonely Planet», junto el cheesecake de cocodrilo, de Nueva Orleans; una variedad de melón muy amargo que se encuentra en algunos lugares de Asia y África; el zugenwurst (otra morcilla de lengua de cerdo popularísima, esta vez de Alemania); el natto, judías japonesas fermentadas; las langostas vivas que se sirven en depende qué sitios de Asia, y una especie de gusanos que se comen salteados en Australia. Y, puestos a ello, también las angulas ¿No resultan enigmáticas frente al desconocimiento unas angulas? O los oricios. ¿Imagínense el espanto para el que no sabe lo que son y si son realmente son comestibles? Piensen, igualmente, como escribió el estupendo humorista Jerome K. Jerome, en el primer hombre que probó la salchicha alemana. O el primero al que le dijeron que en el mar existen unas arañas gigantes, de caparazón duro, que se pueden comer sin advertirle antes de que se trata de centollos.

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Prácticas de tiro

Por Luis M. Alonso (21 de noviembre, 2009)

La semana ha transcurrido bajo nubes de presente y estelas de pasado. Una especie de «déjà vu». Paso a explicárselo con la paciencia que Dios no me ha dado para comprender ciertas cosas aparentemente incomprensibles.

A estas alturas, ya estarán enterados de que la lancha de los piratas que asaltaron el barco que robaba los atunes salió zumbando sin problemas ni sustos por los disparos disuasorios. No hay que extrañarse de ello, son piratas; lo raro sería que se hubieran rajado a la primera ante el fuego de detención o el «disabling fire» ordenado desde Madrid. ¿Han visto alguna vez en alguna película a los piratas detenerse, incluso cuando tronaban los cañones en los momentos previos al abordaje? No ¿verdad? Pues eso.

En la aldea de chabolas de Haradhere no se lo creen: han cobrado el rescate más caro de la historia por los secuestrados y la tripulación llega sana y salva a puerto, porque los españoles pagaron lo que les pedían y después tiraron a no dar. A la isla de Tortuga los que volvían no siempre lo hacían en condiciones tan ventajosas: dejaban algún cadáver por el camino y traían la culera chamuscada. Luego tocaban a más ron y el botín a repartir era mayor.

La Armada española, que ya no es de matar como ha recordado oportunamente Santiago González en su certera columna, se dedicó a las prácticas de tiro con el esquife de la lancha pirata de Somalia y, en la misma semana, la Royal Navy ha hecho lo propio disparando en Gibraltar a las boyas con los colores nacionales. Es posible que lo uno nos asombre y lo otro, también; sin embargo, lo de la gamberrada de dispararle a una boya con la enseña nacional no deja de ser un capítulo desafortunado más en el contencioso del Estrecho. Lo de los piratas es la prueba de que los militares españoles, sujetos al ideal pacifista del Gobierno, están en el mundo para hacer amigos antes que para cumplir su misión. Piratas e ingleses. Ése es nuestro sino.

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El eterno seductor se pone al día

Por Luis M. Alonso (20 de noviembre, 2009)


La versión sin censura de «Historia de mi vida» permite redescubrir la lucidez del testimonio de Giacomo Casanova

En el libertinaje envejece uno muy bien y se conserva en perfecto estado de inteligencia. Por eso, Giacomo Girolamo Casanova, aventurero, escritor, diplomático y espía, no tuvo tiempo de arrepentirse de lo que no pudo vivir, al contrario que otros a los que la vejez les sorprende presos del remordimiento. Dedicó su vida a gustar y, al mismo tiempo, nadie se gustó tanto a sí mismo y nadie, tampoco, supo promocionarse como él. Es el donjuán históricamente probado después de siglos, cuando, según su propio testimonio, en sus cuatro décadas de vida sexual sólo fornicó con 120 damas. No estaría mal si se tratase de cualquier otro, pero la media de algo más de tres mujeres al año que presenta Casanova como balance la supera sin mayor esfuerzo cualquier playboy de tres al cuarto. «Al acordarme de los placeres que he experimentado, los revivo y gozo con ellos por segunda vez, y me río de las penas que he sufrido y que ya no siento. Miembro del Universo, hablo del aire y me imagino que rindo cuentas de mi gestión, igual que un mayordomo hace con su amo antes de despedirse», escribió en la biblioteca de Dux, cerca de Praga, al servicio del conde Waldstein, donde transcurrieron sus últimos días.

Casanova no pudo acabar de escribir sus memorias que ahora se han traducido por primera vez al español desprovistas de censura. Nos libramos así del pudor hipócrita de Jean Laforgue, aquel oscuro profesor de francés de la Escuela de Nobles de Dresde, que con evidente exceso de celo pulió por encargo del editor la chocante expresividad de un hombre anterior a los diez mandamientos que no vio pecado alguno en vivir al límite y contarlo después por medio de uno de los testimonios más lúcidos y brillantes de nuestra especie. Al comienzo de sus memorias, creo que después de las consabidas disculpas, Casanova recuerda el viejo precepto de que si no has hecho cosas dignas de ser contadas, escribe, al menos, cosas dignas de ser leídas. Hay pocos casos en que la palabra merezca ser tan vivida por el lector, créanme y ahora que tienen la oportunidad de ello háganse con los dos volúmenes publicados por Atalanta.

El caballero de Seingalt escribió Historia de mi vida, algo más de 3.580 folios, cuando le sobraban tiempo y tristeza y no tenía la menor intención de leer ninguno de los 30.000 volúmenes de la biblioteca familiar del conde. Al empeño de escribir sus memorias dedicó diez años y cuando uno lee la última línea maldice por todo lo que quedó en el tintero.

Una vida licenciosa como la de Casanova, dedicada a los salones, las conversaciones inteligentes, las buenas comidas y bebidas y a complacer a las amantes, no serviría de nada si el protagonista no la hubiera contado tan bien. Hubo libertinos barrocos que, aún siendo dignos representantes de su especie, se dieron bastante peor a la publicidad. Ninguno, en cualquier caso, alcanzó el cenit del aventurero veneciano objeto de eterna inspiración artística.

Esta melancolía del seductor es la que realmente importa en los recuerdos de Giacomo Casanova: «Cenamos bien y luego hicimos todas las locuras que ella quiso y yo pude, porque no estaba ya en la edad de hacer prodigios». O sea, cuando ya no tenía los sentimientos que justificarían el extravío de los sentidos.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | noviembre 2009 |

Hay mucho gordo suelto

Por Luis M. Alonso (20 de noviembre, 2009)


Chávez se suma a la cruzada contra la obesidad

El mundo entero se ha puesto de acuerdo en que hay mucho gordo suelto. Un informe de Naciones Unidas, basado en estudios específicos de lo que comen las mujeres y los hombres, llega a la conclusión de que ellas se alimentan mucho mejor que nosotros porque consumen más hortalizas y legumbres. Mientras que nosotros, en los países más desarrollados, se entiende, preferimos supuestamente la carne. Como ejemplo, citan los 139 gramos por día que come un danés frente a los 89 de una danesa. Son, en último caso, muchos gramos y pocos daneses para poder hacernos una idea cabal de cómo está el patio en cuanto a alimentación por sexos.

Hay mucho gordo, de acuerdo. Pero ¿qué hacemos con ellos? Hubo no hace demasiado un intento por parte del Gobierno de meterle mano a los gordos y, supongo, que a las gordas. La tentativa se asociaba, creo recordar, a la fiscalidad. Ser gordo se ha convertido en un asunto de peso no sólo para los que tienen unos kilos de más y éste es un Gobierno magro en todos los sentidos.

La preocupación del Ejecutivo de Zapatero por la obesidad podría zanjarse como una simple cuestión fiscal: que tribute más quien más coma. O quedarse simplemente en otra ocurrencia digna de un Gobierno empeñado en meterse en nuestras vidas. Peor, mucho peor, lo tienen, una vez más, los venezolanos, después de que Hugo Chávez emprendiese una cruzada contra los gordos en ese programa de televisión en el que habla al pueblo sin la posibilidad de que el pueblo le responda como es debido.

El caso es que el caudillo de Caracas ha presentado la obesidad como una segunda amenaza tras el imperialismo norteamericano. «Hay cantidades de grasa que eliminar», dijo refiriéndose a los hombres. En cuanto a ellas, se expresó de modo distinto: «Las mujeres no engordan por mucho que estén rellenas». En resumidas cuentas, la teoría de un macho simio bolivariano sin falta de recurrir a la estadística danesa.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | noviembre 2009 |

La inacabada de Nabokov ve la luz entre polémica

Por Luis M. Alonso (19 de noviembre, 2009)


El autor reflexionó sobre la muerte en «The original of Laura»; de hecho el subtítulo provisional era «Morir es divertido»

Verdaderamente la muerte no le resultó divertida a Vladimir Nabokov, sin embargo el autor de Lolita había empezado a bromear con ella cuando apenas le quedaban -él no lo sabía- dos años de vida. Sin ir más lejos, The original of Laura, la novela que no pudo llegar a concluir y que ahora se ha editado protagonizando uno de los grandes acontecimientos literarios del año, llevaba como subtítulo provisional Dying is fun (Morir es divertido).

El final del escritor fue rápido. Una corriente de aire le causó una congestión bronquial masiva y murió con los pulmones encharcados. Lo habían ingresado en la unidad de cuidados intensivos del Hospital de Montreux aquejado de una obstrucción bronquial. La respiración hacía tiempo que se le había vuelto fatigosa y en los últimos dieciocho meses nunca estuvo a salvo de infecciones y complicados procesos febriles. Su biógrafo, el neozelandés, Brian Boyd cuenta que, al despedirse de su padre, Dimitri le dio, como acostumbraba, un beso en la frente y los ojos de Vladimir se empañaron con lágrimas. Al preguntarle por qué lloraba, obtuvo de respuesta que una mariposa estaba volando y por la mirada supo que no esperaba volver a verla. La afición a los lepidópteros del escritor es conocida; se remonta a la infancia en Petersburgo, a los bosques de oscuros abetos, abedules y turberas.

The original of Laura, la novela inacabada, vio la luz el pasado martes en medio de una fuerte polémica entre los puristas, partidarios de respetar la última voluntad de Nabokov, que le había pedido a su esposa Vera que quemase la obra, y quienes consideran que se trata de un torso literario glorioso que servirá para redescubrir una vez más al mayor escritor de ficción del siglo XX. Dimitri Nabokov, que durante años se dedicó a interpretar poéticamente los estados de ánimo familiares, explicó que después de meditarlo largamente, su padre se le apareció para reprocharle con ironía que todavía estuviese atascado en el asunto y animarlo a que publicase la novela. En cualquier caso, muy oportunamente, ya que con la publicación de la obra y el original que saldrá a subasta en Christie’s el próximo diciembre por un precio entre 400.000 y 600.000 dólares, el heredero, que atraviesa problemas de liquidez, garantizará una vejez sin sobresaltos económicos.

Nabokov empezó a escribir The original of Laura en 1975 cuando tenía 76 años y creía que las fuerzas le iban a ayudar a acabarla. Las 138 fichas de cartón manuscritas con el lápiz bien afilado, que el escritor ruso empleaba para plasmar en el papel la palabra precisa («le mot juste»), permanecieron durante tres décadas en una caja fuerte de un banco suizo.

La novela fragmentada cuenta la reflexión sobre la muerte de un anciano profesor, Philip Wild, casado con una mujer joven y promiscua llamada Flora Lanskaya, la Laura del título. Wild decide suicidarse cerebralmente cuando más le sonríe el éxito y su esposa mejor se lo pasa. El primer adelanto de 5.000 palabras lo ha publicado la revista «Playboy», como ya ocurrió en su día con Lolita, que también corrió peligro de ser pasto de las llamas después de haber sido rechazada por varios editores. Vera lo evitó, del mismo modo que se ocupó de guardar celosamente el último manuscrito de su marido.

Cuentan que el escritor, en su postrera pulsión literaria, mantuvo hacia Laura una compasión similar a la que en su día dedicó a Lolita. Pobre Lolita, pobre Laura. Lolita no era, según Nabokov, una niña perversa, sino una criatura de doce años a la que corrompen y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo Humbert. Otra cosa diferente es la degradación del personaje entre el gran público, la deformación que sufrió por parte de la popularidad artificiosa que diseñó prototipos de veinteañeras de curvas pronunciadas y de melena rubia para consumo de imbéciles que probablemente jamás leyeron el libro, pero se quedaron con la imagen de la nínfula. «Fuera de la mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Sólo existe a través de la obsesión que destruye al sátiro», dijo el autor refiriéndose a una de las novelas más famosas del siglo pasado.

No sólo fue Lolita (1967). A Vladimir Nabokov le bastaron unos años de su etapa americana para escribir cuatro de las mejores novelas que existen, Pnin (1957), Pálido fuego (1962), Ada o el ardor (1969), y su maravillosa autobiografía Habla memoria (Speak memory) (1967). Con una vasta y rica producción literaria a sus espaldas, Nabokov llegó a admitir que había logrado todo aquello en lo que había soñado como escritor. The original of Laura, de hecho, la tenía escrita en su cabeza y en las fichas pero las fuerzas le abandonaron antes de poder ordenarla en una novela.

Brian Boyd eligió a Cincinnatus, personaje de Invitación a una decapitación, otra de las grandes novelas de la etapa europea junto con La defensa y La dádiva, para explicar de la mejor manera posible la relación del autor con su obra inacabada. A Cincinnatus, condenado a muerte, le preguntan cuál es su última voluntad y responde tímidamente que terminar de escribir algo, pero inmediatamente se da cuenta de que, en realidad, ya estaba todo escrito. La última voluntad de Nabokov fue pedir que quemasen lo prescindible pero los deseos del finado no siempre coinciden con los de sus herederos.

Al lector le queda esta vez jugar con las palabras del maestro.

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Noticia agridulce

Por Luis M. Alonso (19 de noviembre, 2009)

El desenlace del «Alakrana» ofrece razones para alegrarse por la liberación de los tripulantes y de sentirse abochornado por el manifiesto fracaso del Gobierno frente a la piratería. Alguien ha dicho que lo importante es que cosas como ésta no vuelvan a suceder, sin embargo no hay una lógica que haga a los piratas desistir de seguir abordando barcos teniendo en cuenta lo bien que les ha salido el negocio de los 2,7 millones de euros del rescate.

Esta lógica basada en el éxito será lamentablemente una de las consecuencias de ceder ante la piratería. No sabemos siquiera si el Gobierno está decidido a perseguir a los 63 piratas que dejó escapar y, con la debilidad que demuestra, hay más de uno que cree que en el futuro pueda indultar o trasladar a Somalia a los dos secuestradores detenidos que se encuentran en España, si es que finalmente reciben las penas que merecen de la Justicia.

Pero lo peor de todo lo que he leído como consecuencia de la «feliz noticia» del rescate del «Alakrana» es el ofrecimiento español para entrenar a 2.000 militares somalíes. La UE no está de acuerdo porque sospecha que la instrucción pueda servirles a los soldados de un país sin Estado, anárquico y caótico incluso en África, para venderse a los piratas o acabar siendo parte de ellos. Hay ejércitos y policías donde no se sabe quiénes son de los buenos y de los malos y entrenar a 2.000 militares somalíes para luchar contra la piratería posiblemente no sea la mejor de las soluciones.

Las noticias felices no siempre tiene por qué serlo del todo. Hay que felicitarse por haber salvado vidas humanas, pero no por haber pagado el precio que se pagó por ellas, ni por gestionar tan mal la pesadilla durante los 47 días que duró. Lo mismo que resulta agridulce contemplar cómo familiares de los pescadores retiran la pancarta de apoyo a los secuestrados de un balcón del Ayuntamiento de Bermeo donde permanece colgada una bandera que reclama el acercamiento de presos de la ETA.

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Ostentación y caída

Por Luis M. Alonso (18 de noviembre, 2009)

El peor enemigo de Francisco Camps es seguramente Francisco Camps fotografiándose a bordo de un Ferrari, haciendo gala de su pintoresca forma de interpretar el cargo que ocupa. Es verdad que todo lo que haga el presidente de la Comunidad Valenciana será mal entendido, causará malestar a propios y ajenos, a los suyos y a los demás. Su penoso deambular por el «caso Gürtel» lo ha convertido en un sospechoso habitual de la política, un presidente de autonomía al que los mochileros increpan por la calle llamándole corrupto. Tiene razón Enric González cuando lo presenta como un personaje empequeñecido y arrinconado dentro de su propio partido.

He oído y leído de todo de Camps. Hay quienes lo ven injustamente tratado, al reconocerlo como una persona honrada incapaz de meterse en el bolsillo dinero obtenido irregularmente y quienes, en cambio, lo consideran un ambicioso trincón, alguien poco de fiar. No sabría con qué carta quedarme.

De una observación atenta pero distante resulta un hombre perseguido que, seguramente sin preverlo, se ha buscado la ruina, en parte porque él mismo la ha elegido, en parte porque hay intereses de por medio para que Valencia cambie de manos, promovidos por quienes quieren hacerse con la plaza y los que les prestan la cobertura informativa para conseguirlo. Lo uno no quita lo otro.

Ahora bien, lo del Ferrari es para Camps igual que cocerse en su propio jugo: el síntoma de su caída en picado. Los coches de lujo, los pelucos caros, el gratis total que tanto entusiasma a esta casta política crecida, inculta y hortera, es lo que ha atraído a las moscas para satisfacer un tren de vida. El Bigotes y Correa, como tantos otros, no serían nada si no fuera por estos panolis encumbrados amantes de la ostentación que, en vez de dedicarse a reflexionar sobre los problemas que aquejan a la sociedad y atenderlos como es debido, prefieren la foto, la propaganda y el ruido fatuo.

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