Dos clases de elocuencia

Por Luis M. Alonso (30 de noviembre, 2009)


José Mourinho, además de competir en arrogancia con Helenio Herrera y seguir los métodos resultadistas, debería aprender a apelar como El Mago al orgullo de sus jugadores en la etapa de «La Grande Inter»
No hace falta conocer a José Mourinho, sólo hay que fijarse en lo que dice para saber que el entrenador del Inter no está trabajando para que lo sustituya otro en el banquillo de la Bienamada. En la apenas temporada y media que lleva en él, lo avalan un escudeto y una Supercopa de Italia. Sí, es cierto, el otro día el equipo neroazzurro de Milán estuvo, según dicen, muy lejos de ser en el Camp Nou «La Grande Inter» -el Internazionale en italiano es femenino- de Helenio Herrera, pero para entenderlo habría que tener en cuenta hasta qué punto pueden llegar a resultar incompatibles las brumas milanesas con la capacidad de Mourinho de creerse mucho mejor de lo que es sin transmitírselo a sus jugadores.

«Soy especial», ha dicho más de una vez el portugués. Tommy Docherty, que entrenó en los sesenta al Chelsea y fue mánager durante un año del Oporto, dijo en una ocasión que si Mourinho fuera de chocolate, se pasaría el tiempo lamiéndose de lo que se gusta. No se puede decir que el viejo zorro escocés haya sido injusto con un hombre que cuando entrenaba al Chelsea aseguró que tenía una plantilla de cracks pero que el crack número uno era él. «Soy campeón de Europa y soy arrogante porque en el fútbol hay que serlo». O con el que nada más llegar al Inter comentó que había aprendido italiano en pocas semanas porque era un tipo muy inteligente. Entre los grandes entrenadores de todos los tiempos, ese nivel de egolatría alucinada de Mourinho, sólo lo han superado, que yo sepa, dos de los mejores: el artífice del mejor Notthingam Forest de la historia, Brian Clough, que emborrachaba su ego en alcohol, del que Bill Shankly dijo que cuando hablaba con él no sabía si estaba ebrio de arrogancia o de whisky, y Helenio Herrera.

Lo de Herrera tiene, además, medio paralelismo con Mourinho. El Mago entrenó al Inter de los Suárez, Corso, Mazzola y Facchetti, en la época más dorada de la Bienamada, cuando el club neroazzurro estaba dirigido por Angelo Moratti, padre del actual presidente, Massimo Moratti. El entrenador argentino era tan arrogante que llegó a decir que con diez se jugaba mejor que con once, aunque siempre se preocupó de presentar la alineación del equipo al completo. Herrera no sólo fue durante un tiempo el entrenador que más títulos consiguió al frente de los equipos que dirigía sino también un maestro de la hipérbole. Entre lo que habló y lo que se le atribuye, hay frases que por su exageración merecen ser recordadas, como, por ejemplo, cuando, en respuesta a la pregunta de un periodista que quería saber qué puesto obtendría en un concurso de popularidad en Italia, dijo: «El segundo, después de Sofía Loren, pero sólo porque ella tiene mejor figura que yo».

Cuando finalmente se retiró del fútbol, Helenio Herrera había hecho escuela no sólo con su elocuencia sino con los resultados. Junto con Nereo Rocco, quien lo inventó y lo puso en marcha en el Milan, fue el hombre que mejor provecho sacó del catenaccio o el cerrojazo, un método abominable para quienes desean disfrutar del espectáculo futbolístico y que consiste, como ya sabrán, en cortar en el nacimiento de la jugada la iniciativa del adversario. Si en el equipo rival había un jugador peligroso, el Mago se pasaba la semana antes del partido enseñándole su foto al encargado de marcarlo y diciéndole que su obligación era perserguirlo hasta el lavabo.

La melancolía arrogante de Mourinho seguramente nunca podrá superar la brillante osadía de Herrera, pero el Mago tiene por ahora en el portugués su más adecuado discípulo. Envuelto en las brumas de Milán, el entrenador del Inter debería, sin embargo, tomar nota del catecismo del maestro y apelar, como él lo hacía, al orgullo de los jugadores. Aunque es verdad que todos ellos eran italianos, a los Mazzola, Burgnich, Bedin, Guarneri, Facchetti, etcétera, no hacía falta repetirles qué colores estaban defendiendo ni con quiénes se enfrentaban. El Mago ya se encargaba de dejárselo anotado en los carteles que colgaba en el vestuario. Desde luego, el partido del Camp Nou del otro día no se hubiera resumido en monólogo frente a apatía.

Categoría: Minutos de descuento | Comentarios(0) | noviembre 2009 |

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