El hombre que sabía demasiado

Por Luis M. Alonso (27 de noviembre, 2009)


Alexander Litvinenko y las pistas sin encajar de un asesinato

La terribles imágenes del ex agente ruso Alexander Litvinenko en su lecho de muerte de un hospital británico, tras haber sido envenenado con polonio 210, siguen siendo tres años después un mazazo en las conciencias rebeldes contra la corrupción de Estado. Jamás ningún asesinato dejó tantas pistas y nunca ha resultado tan complicado encajarlas. El rompecabezas es doblemente diabólico por la fuerte resistencia a que algún día se sepa quiénes estuvieron detrás.

Sasha recibió sepultura en el cementerio londinense de Highgate, cerca de donde está enterrado Karl Marx. Aquel día de diciembre de 2006 en el que fue a criar malvas, llovía a cántaros, pero aún no se había desencadenado la tormenta que trajeron las palabras del presidente Putin, en el Kremlin, cuando haciendo uso de un escalofriante cinismo dijo que Litvinenko era para los servicios secretos rusos un objetivo insignificante y que, por tanto, no merecía la pena asesinarlo.

El caso es que el polonio, elemento radiactivo, con el que fue envenenado el ex miembro de la inteligencia rusa el 23 de noviembre de 2006, se propagó por Londres como un reguero de destrucción. A los que quedaron para comer en las horas posteriores al almuerzo de Sasha y Mario Scaramella, el italiano que le quería aportar una valiosa información, en el restaurante japonés Itsu de Piccadilly, debió de repetírseles la digestión del maki sushi, la tempura de verduras o el pescado crudo al enterarse después de que los detectores de radiactividad habían identificado este lugar y el bar del hotel de la cadena Millennium donde Litvinenko tomó té con los empresarios rusos Andrei Lugovoy y Dimitri Kovtun.

Las autoridades británicas determinaron que uno de ellos, el ex espía ruso Lugovoy, fue quien envenenó a Litvinenko, y en mayo de 2007 pidieron la extradición. Putin, a pesar de haberse ofrecido inicialmente a colaborar, se negó. Rusia argumentó que su Constitución no permite la extradición de ciudadanos rusos y que tampoco existe un tratado con el Reino Unido para ello. La negativa desencadenó una crisis con expulsiones de diplomáticos de ambos países. El Gobierno británico llegó a pedir al ruso que cambiase la Constitución. A su vez, la justicia alemana dio por cerrado el caso, por supuesto tráfico de sustancias radiactivas, en contra del empresario Dimitri Kovtun. La duma rusa ha garantizado la inmunidad de Lugovoy.

Litvinenko, víctima según se dijo de una bomba nuclear en miniatura, murió a las pocas semanas calvo y demacrado. La suerte del ex espía, relatada por su esposa Marina y por el científico disidente Alex Goldfarb, parecería la ficción más asombrosa si no fuese que lo que nos están contando responde con fechas y datos a la realidad y las sospechas se dirigen al FSB ruso, que sucedió al KGB, casi con su misma estructura e idéntica forma de actuar. Para ayudarnos a entender Muerte de un disidente resulta interesante también leer Rusia dinamitada, que escribió Yuri Felshtinski con informaciones facilitadas por Litvinenko, donde se cuentan los manejos de los servicios secretos rusos y la utilización del terrorismo de Estado para afianzarse o hacerse con el poder.

Son dos libros, de caudal narrativo comparable a los de John Le Carré, aunque no tan literarios por la ausencia de corteza romántica en los personajes reales, por muy romántico que sea librar una guerra particular contra un Estado corrupto. En opinión de Le Carré, Litvinenko tenía los nombres de las personas que estaban implicadas en grandes casos de corrupción y asesinatos y la lista de un montón de imbéciles contratados como ejecutores por tal o cual oligarca.

La denuncia es que los servicios secretos actuaron en Rusia todos estos años para minar los fundamentos del Estado y debilitar el poder de manera que las posibilidades de adueñarse de él sean mayores. En definitiva, la vuelta del KGB a la escena política, pero de manera mucho menos sibilina y utilizando el terrorismo, el checheno por poner un ejemplo, como instrumento para los fines que se persiguen.

Lo que se cuenta en estos dos reveladores relatos, y también en el magnífico documental de Andrei Nekrasov, amigo de la víctima, es la fuerza devastadora que opera desde las cloacas del propio Estado y el olor pestilente que se cuela por las alcantarillas. De fondo, la lucha entre los dos clanes que luchan por apoderarse de Rusia.

Marina Litvinenko ha aprendido a vivir en la desconfianza de la viuda de un hombre al que persiguieron hasta matarlo. ¿Dio Putin la orden? Lo que ella entiende es que en determinados niveles del poder no es necesario poner la firma. Basta con mencionar los deseos para que alguien se muestre dispuesto a hacerlo.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | noviembre 2009 |

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