Lo siento, Zaballa

Por Luis M. Alonso (23 de noviembre, 2009)


La trampa y la ilegalidad se impusieron al juego limpio en el Francia-Irlanda; el gesto de Henry demuestra que el fútbol es hoy más que nunca un deporte inventado por caballeros al que juegan rufianes
Habrá quien recuerde a Zaballa, el futbolista de Castro Urdiales que la UNESCO premió en París con el trofeo «Fair Play» por su deportividad. Peru Zaballa era un extremo habilidoso y, según los que tuvieron oportunidad de tratarlo, una buena persona. Con sólo 58 años y tras padecer una larga enfermedad murió en 1997 en Oviedo, donde residía después de haber vestido de azul en su última temporada profesional. Antes de despedirse en el Real Oviedo jugó en el Racing, en el Barcelona y en el Sabadell, donde seguramente no será recordado por marcar el primer gol de los arlequinados en competiciones europeas pero sí por el gesto que tuvo en un lance de un partido con el Real Madrid que honraría a cualquier deportista.

Ocurrió en un encuentro disputado en el Santiago Bernabeu en 1969. No había transcurrido un cuarto de hora de la primera mitad cuando en una falta lanzada por Zaballa, el portero asturiano del Real Madrid Junquera y su compañero Espíldora cayeron al chocar en el área. Con la puerta vacía, el balón volvió al extremo y, en vez de chutar a gol, lo que hizo fue enviarlo fuera de banda para que atendieran a los lesionados. Los espectadores que asistían al partido en Chamartín tuvieron unos segundos de desconcierto pero inmediatamente rompieron en una ovación. Aquello no se olvidó; durante mucho tiempo cada vez que saltaba a un terreno, Zaballa recibía muestras de cariño de los aficionados.

Del ex delantero italiano Paolo Di Canio, que fundó el grupo neofascista laziale Irriducibile y lleva tatuada en el brazo la palabra Dux, nadie esperaría lo que hizo durante un encuentro de la Premier League (2000-2001) entre el West Ham, equipo en el que militó cuatro temporadas, y el Everton. En Goodison Park, en el área del rival y con grandes posibilidades de marcar, vio que el portero Paul Gerrard había quedado noqueado tras una salida: atrapó el balón con las manos y se lo llevó al árbitro para que detuviese el partido. Di Canio, en los partidos disputados entre la Lazio y la Roma, vestía debajo de la camiseta albiceleste otra con la siguiente frase grabada: «Existen sólo dos formas de volver del campo de batalla, con la cabeza del enemigo o sin la propia». Sin embargo, aquella tarde en Liverpool demostró que el ardor guerrero no está reñido con la generosidad que le valió el premio FIFA Fair Play y el respeto del fútbol de las islas.

El fair play es un invento británico y sobre él, en Inglaterra, no se admiten muchas bromas. Los futbolistas ingleses siguen recriminando al que se desmaya en el área rival para engañar al árbitro y, aunque el juego violento se ha impuesto como en otros campeonatos, no se suelen ver intenciones asesinas en la disputa del balón. El caso del delantero del Liverpool Robbie Fowler, en un encuentro en sus inicios frente al Arsenal de la temporada 1996-1997, debería servirle de reflexión a Thierry Henry, un futbolista al que en estos momentos corroe supuestamente el remordimiento por ayudarse intencionadamente con la mano en el gol que permitió la eliminación injusta de Irlanda frente a la tricolor el pasado martes en París. En aquella ocasión, Fowler cayó en el área del Arsenal y el árbitro pitó penalti al interpretar que el portero de los «gunners», David Seaman, lo había derribado. Fowler, al contrario de Henry, se dirigió al colegiado para insistirle en que había tropezado y que, por tanto, no procedía pitar la pena máxima. Pero el árbitro siguió señalando el punto para que lanzase el penalti. Y ¿qué creen que hizo el fenomenal delantero de los reds? Se disculpó ante el viejo Seaman y chutó mansamente al portero que, sorprendido, no acertó más que a rechazarlo. El rebote lo aprovechó no recuerdo ya si Jason McAteer o Stan Collymore para marcar. Pero el gesto de honradez de «el terror de Toxteth» -apodo de Fowler por haber nacido en uno de los barrios más populares de la capital del Mersey y sembrar el pánico entre las defensas rivales- quedó grabado en el recuerdo de los aficionados británicos, y la UEFA le felicitó por ello. La misma UEFA que más tarde le multaría severamente en dos ocasiones, por apoyar en un partido una huelga de estibadores y simular que esnifaba las líneas de cal del terreno de juego para burlarse de los seguidores del Everton, que más de una vez lo habían acusado de cocainómano.

Henry es posible que le pegase al balón con la mano de manera instintiva, pero fue consciente de que ello le serviría para que un gol ilegal subiese al marcador desde el mismo momento en que el árbitro no anuló la jugada decisiva para la suerte de Irlanda y Francia. No se dirigió al árbitro para hacerle ver el error, sólo se disculpó con los inconsolables jugadores del equipo contrario. Ahora, a pitón pasado, para evitar un desprestigio mayor, ha pedido la repetición del partido después de que la FIFA lo negase. De sentirlo verdaderamente, lo lógico hubiera sido reclamarlo antes, pero no tuvo la honradez de hacerlo. La brillante carrera del delantero francés del Barça está empañada. Eso no quita, sin embargo, para que cualquier día de estos lo veamos, al igual que otros futbolistas a los que no les importa engañar a los árbitros, participando en campañas para animar a los más jóvenes a practicar el juego limpio.

Ganan los tramposos. El fútbol, salvo contadas excepciones y bien que lo siento Zaballa, es hoy más que nunca, debido a los intereses que suscita, un deporte inventado por caballeros al que juegan rufianes. El partido Francia-Irlanda claro que debería repetirse.

Categoría: Minutos de descuento | Comentarios(0) | noviembre 2009 |

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