Dos clases de elocuencia

Por Luis M. Alonso (30 de noviembre, 2009)


José Mourinho, además de competir en arrogancia con Helenio Herrera y seguir los métodos resultadistas, debería aprender a apelar como El Mago al orgullo de sus jugadores en la etapa de «La Grande Inter»
No hace falta conocer a José Mourinho, sólo hay que fijarse en lo que dice para saber que el entrenador del Inter no está trabajando para que lo sustituya otro en el banquillo de la Bienamada. En la apenas temporada y media que lleva en él, lo avalan un escudeto y una Supercopa de Italia. Sí, es cierto, el otro día el equipo neroazzurro de Milán estuvo, según dicen, muy lejos de ser en el Camp Nou «La Grande Inter» -el Internazionale en italiano es femenino- de Helenio Herrera, pero para entenderlo habría que tener en cuenta hasta qué punto pueden llegar a resultar incompatibles las brumas milanesas con la capacidad de Mourinho de creerse mucho mejor de lo que es sin transmitírselo a sus jugadores.

«Soy especial», ha dicho más de una vez el portugués. Tommy Docherty, que entrenó en los sesenta al Chelsea y fue mánager durante un año del Oporto, dijo en una ocasión que si Mourinho fuera de chocolate, se pasaría el tiempo lamiéndose de lo que se gusta. No se puede decir que el viejo zorro escocés haya sido injusto con un hombre que cuando entrenaba al Chelsea aseguró que tenía una plantilla de cracks pero que el crack número uno era él. «Soy campeón de Europa y soy arrogante porque en el fútbol hay que serlo». O con el que nada más llegar al Inter comentó que había aprendido italiano en pocas semanas porque era un tipo muy inteligente. Entre los grandes entrenadores de todos los tiempos, ese nivel de egolatría alucinada de Mourinho, sólo lo han superado, que yo sepa, dos de los mejores: el artífice del mejor Notthingam Forest de la historia, Brian Clough, que emborrachaba su ego en alcohol, del que Bill Shankly dijo que cuando hablaba con él no sabía si estaba ebrio de arrogancia o de whisky, y Helenio Herrera.

Lo de Herrera tiene, además, medio paralelismo con Mourinho. El Mago entrenó al Inter de los Suárez, Corso, Mazzola y Facchetti, en la época más dorada de la Bienamada, cuando el club neroazzurro estaba dirigido por Angelo Moratti, padre del actual presidente, Massimo Moratti. El entrenador argentino era tan arrogante que llegó a decir que con diez se jugaba mejor que con once, aunque siempre se preocupó de presentar la alineación del equipo al completo. Herrera no sólo fue durante un tiempo el entrenador que más títulos consiguió al frente de los equipos que dirigía sino también un maestro de la hipérbole. Entre lo que habló y lo que se le atribuye, hay frases que por su exageración merecen ser recordadas, como, por ejemplo, cuando, en respuesta a la pregunta de un periodista que quería saber qué puesto obtendría en un concurso de popularidad en Italia, dijo: «El segundo, después de Sofía Loren, pero sólo porque ella tiene mejor figura que yo».

Cuando finalmente se retiró del fútbol, Helenio Herrera había hecho escuela no sólo con su elocuencia sino con los resultados. Junto con Nereo Rocco, quien lo inventó y lo puso en marcha en el Milan, fue el hombre que mejor provecho sacó del catenaccio o el cerrojazo, un método abominable para quienes desean disfrutar del espectáculo futbolístico y que consiste, como ya sabrán, en cortar en el nacimiento de la jugada la iniciativa del adversario. Si en el equipo rival había un jugador peligroso, el Mago se pasaba la semana antes del partido enseñándole su foto al encargado de marcarlo y diciéndole que su obligación era perserguirlo hasta el lavabo.

La melancolía arrogante de Mourinho seguramente nunca podrá superar la brillante osadía de Herrera, pero el Mago tiene por ahora en el portugués su más adecuado discípulo. Envuelto en las brumas de Milán, el entrenador del Inter debería, sin embargo, tomar nota del catecismo del maestro y apelar, como él lo hacía, al orgullo de los jugadores. Aunque es verdad que todos ellos eran italianos, a los Mazzola, Burgnich, Bedin, Guarneri, Facchetti, etcétera, no hacía falta repetirles qué colores estaban defendiendo ni con quiénes se enfrentaban. El Mago ya se encargaba de dejárselo anotado en los carteles que colgaba en el vestuario. Desde luego, el partido del Camp Nou del otro día no se hubiera resumido en monólogo frente a apatía.

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En el país de la olla podrida

Por Luis M. Alonso (29 de noviembre, 2009)


El viajero Richard Ford y el gran Alexandre Dumas narraron su experiencia por las ventas y los figones de la España del XIX, un lugar donde los gabachos no eran bien recibidos

Los gabachos llevan tiempo riéndose de nosotros. Pero nunca lo hicieron con mayor entusiasmo que cuando se burlaban de nuestra cocina después de invadir este país y de llegar a la conclusión que aquí se desayunaba una cucharadita de chocolate, se comía un ajo empapado en agua y se cenaba un cigarrillo. El propio Richard Ford, un viajero inglés que llegó en 1830 para instalarse en Andalucía en busca de un clima más benigno para su familia, se dio cuenta de que era una calumnia inventada por el enemigo difundir que la olla española consistía en dos cigarros cocidos en tres galones de agua.

En cualquier caso, la popular olla fue el gran descubrimiento de los viajeros ingleses que venían a España en el siglo XIX con la seguridad de encontrar un país de lo más exótico. Obviamente, por mucho que el «parfait cuisinier» vecino se dedicase a propagarlo, no consistía en la cocción de dos cigarros en agua. La reputada olla podrida, como defendió Ford en un precioso librito, Comidas y vinos de España, editado por Reino de Goneril, era mucho mejor que el insípido «pot a feu» de los franchutes. Y eso que al viajero inglés, tampoco hay que preocuparse por ello, no le gustaban los garbanzos y consideraba los pucheros de vaca platos mezquinos. Realmente, los garbanzos sólo han gustado y gustan en este país, en el norte de África y, excepcionalmente, en algunos lugares de Italia. Ford, para desquitarse, se refiere a ellos como la prueba del estado precario de la ciencia hortícola española. «Los garbanzos necesitan estar en remojo mucho tiempo, pues de lo contrario están más duros que balines: un ingenioso francés, después de lo que él llamaba la apología de una comida, los comparaba en su estómago vacío a un puñado de guisantes secos rodando dentro de un tambor de un niño».

La olla podrida no se concibe, sin embargo, huérfana de garbanzos. Los garbanzos, después de permanecer en remojo, se ponen en agua hervida a cocer con el morcillo de vaca, el cabezal de cerdo deshuesado, el pie, la oreja, lavados y soflamados. Luego se incorporan el jamón y la gallina. Se cocinan a fuego lento, espumando el caldo, una hora. Más tarde se añade el pichón, la longaniza, la cabeza de ajos tostada y una cebolla pelada con unas incisiones en la parte más carnosa. Finalmente, se remueve y agrega la patata y la col troceada. El resto: cocinar todo ello una hora y media más hasta que los garbanzos queden tiernos. Estar pendientes de una olla no forma parte ya de la vida moderna, pero en este popurrí, más allá de los garbanzos, lo que no podía fallar, como dejó escrito el viajero inglés, un hijo de los hervidos ávido de curiosidad y de fragancias exóticas de cerdo, eran las verduras y el tocino. «Olla sin verdura, no tiene gracia ni hartura». O «no hay olla sin tocino, ni sermón sin agustino», observa el refranero.

Pero, y después de la olla, ¿qué? Para cualquiera de los viajeros del ochocientos dispuestos a darse una vuelta por España lo más fácil de comprobar era que la sabiduría gastronómica, de existir en aquel tiempo de hambrunas, residía únicamente en la cocina popular; el resto eran los pedantes cocineros afrancesados. Efectivamente, pocas cosas hay peores que aparentar lo que no se es, sobre todo cuando uno oficia en los fogones. De modo que, después de la olla, los tocinos, los jamones y el bacalao curado, lo que se veía en las casas eran los huevos para hacer una tortilla y las hortalizas para prepararse un gazpacho o una ensalada. Ford repara, no obstante, como él mismo escribe, en un plato excelente, «pero muy difícil de hacer»: el pollo con arroz. «Se come riquísimo en Valencia y, por eso, se suele llamar pollo valenciano». Enemigo de las prisas, como los cruzados de Slow Food, el viajero inglés relacionaba la complejidad de un plato con la contemplación y el fuego lento. Todo arroz requiere cuidado, de ahí seguramente la dificultad que veían los aventureros que se adentraban entonces en España, como quienes ahora se dirigen a África, acostumbrados como estaban a morder la suela de zapato que en las ventas intentaban colarles por bistec. Ante ese panorama funesto, era de agradecer, por tanto, un buen guiso de arroz con pollo, de suave cocción, o unos modestos huevos estrellados con magras. Así al menos lo veían los ingleses como Richard Ford, que consideraba los vinos españoles un capítulo aparte, centrándose en el jerez, un caldo exquisito que se produce, al igual que el otro gran licoroso ibérico, el oporto, en un espacio reducido de la Península: el suroeste de la risueña Andalucía. «El jerez no es menos popular en Inglaterra que Murillo, pese a las innumerables copias del uno que pasan por originales y los toneles del otro que se venden como si hubieran sido importados de España», escribió el viajero.

Ford, consciente de que una bodega en una casa particular española con vinos raros era en aquel tiempo aún más infrecuente que una biblioteca con libros extranjeros, se fijó en cómo los nativos mostraban un apego especial por los pequeños vinos regionales y, de no tenerlos a mano, por el agua de la fuente más cercana: «El navarro bebe su peralta, el vasco, su chacolí, que es un vinillo ordinario muy inferior a nuestra buena sidra. Los aragoneses se surten de las viñas de Cariñena, de donde se extrae un vino dulce con un peculiar aroma; los catalanes, de las de Sitges y Benicarló, cuyo conocido vino negro se exporta a Burdeos para hacer más fuertes los claretes, adaptándolos a nuestro paladar, y como el vino que de él se saca es muy oscuro y aromático, mucho viene a Inglaterra para mezclarlo con el que los vendedores llaman viejo Oporto». Ford, no se puede negar, era un tipo avisado al que difícilmente se le podía dar gato por liebre, una costumbre, por cierto, muy extendida entre los venteros de entonces. Aquellos venteros malhumorados renunciaban incluso al sagrado principio de la hospitalidad cuando el viajero que llamaba a las puertas era francés. Nada para los «puñeteros» gabachos. En 1846, Alexandre Dumas, gourmet refinado, titán de las letras, cruzó los Pirineos en dirección al Sur en busca del anhelado exotismo. Le acompañaban cuatro amigos, poetas y pintores; su hijo de veinte años, que acabaría siguiendo los pasos del padre, y Agua de Benjuí, también conocido por Paul, leal sirviente africano y devoto de las curdas. En seguida se dieron cuenta de que los franchutes no eran bien recibidos en las posadas y los figones por un pueblo que no se había olvidado de la invasión. Dumas contó en su libro De París a Cádiz cómo bajó de un carruaje en compañía de sus amigos para hacer noche en la posada de Calisto Burguillos. Dos coches de ingleses habían llegado tres horas antes. Sus ocupantes aguardaban a la cena y para ellos estaban reservados los cuartos de oveja, los que ya estaban comiendo y el que quedaba para el desayuno del día siguiente. Los franceses de Dumas, igual que los mosqueteros, los tomaron por la fuerza de las armas.

-¿Cuánto por el cuarto de oveja?

-Dos duros -respondió el maestre Calisto Burguillos, un ojo sobre los fusiles y el otro sobre el cuarto.

-Dale tres duros, Giraud- dijo Dumas.

No hace falta subrayar que ni las ventas son las mismas y mucho menos los prestigiados cocineros españoles, algo que los franceses sabrán reconocer, pero nunca admitirán abiertamente. Los franceses en eso no han cambiado. Sólo hay que fijarse en la cicatería de la guía «Michelin» con este país.

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La pujanza publicitaria de los periódicos

Por Luis M. Alonso (29 de noviembre, 2009)


En Australia, la prensa tradicional da muestras de fortaleza
frente a internet en la captación de los anuncios

Los que se preparaban para el entierro de la prensa tendrán que esperar. «Las predicciones sobre la temprana debacle de los periódicos han sido exageradas», han reconocido diversos analistas, tras producirse un cierto repunte de la publicidad en periódicos australianos, confirmado por el Índice Estándar de Medios (SMI). Tras una primera caída que sembró preocupación dentro del sector, el crecimiento de la publicidad en la prensa parece ofrecer síntomas de poder llegar a ser más fuerte de lo previsto. Las primeras buenas noticias han venido de las antípodas, Australia, y el optimismo ya empieza a recalar en Europa entre las empresas periodísticas con cabeceras consolidadas, aunque el repunte de la publicidad no ha llegado de momento a nuestro entorno.

De acuerdo con los nuevos datos y las expectativas que suscitan, los periódicos, lejos de desaparecer, estarían en el umbral de un nuevo ciclo en el que volverían a dejar de ser deficitarios. «El dinero que invierten las agencias en los viejos medios, el noventa por ciento del total en algunos casos, demuestra que la prensa es aún el soporte preferido por las empresas para hacer llegar sus mensajes al consumidor», ha escrito Jane Schulze, editora de SMI. Según Schulze, los periódicos perdieron muchos clasificados y pequeños anuncios, «pero las grandes agencias han mantenido el gasto». Mientras tanto, la inversión publicitaria en los medios digitales, incrementada a costa de la televisión, parece que se ha detenido después de alcanzar una posición emergente en el sector.

Y ¿cuál es la causa de que los anunciantes prefieran los periódicos? Son varias, de acuerdo con algunos de los criterios expuestos por los estrategas de la publicidad: «Primero, los diarios alcanzan una audiencia diversa y amplia, y esta audiencia se concentra en regiones específicas, lo cual facilita la difusión del mensaje. Segundo, existe una tendencia difícil de romper de los consumidores de buscar los anuncios en los periódicos; así pues, son más receptivos a los mensajes publicados en ese medio. En tercer lugar, la esencia de los periódicos es publicar información sobre cosas que ocurrirán inmediatamente; ello permite desarrollar su mensaje en momentos clave, ya sea el fin de semana o la temporada de pagar las contribuciones. Esa inmediatez de los periódicos que se publican diariamente permite el mensaje dentro de un esquema temporal predecible -el periódico del martes se leerá el martes- para que el anunciante pueda saber cuándo verán los lectores su mensaje. Los periódicos han logrado, además, avanzar tecnológicamente para poder ofrecer una reproducción de fotos y colores de mejor calidad. Por último, los lectores se involucran activamente en la lectura del periódico; el hecho de que deben sostenerlo y virar sus páginas produce en el soporte escrito diario una mayor atención en los anuncios».

Al mismo tiempo que la publicidad empieza a repuntar en el papel y en medio de un vivo debate sobre el futuro de la prensa, muchas empresas periodísticas trazan su estrategia para que los lectores paguen por acceder a los medios online, diez años después del llamado «pecado original», es decir, la primera tentativa fallida de cobrar por los contenidos en la red. El consenso de los grandes grupos que persigue entre otros el magnate australiano propietario de News Corporation, Rupert Murdoch, consiste hasta ahora en lanzar un modelo híbrido bautizado como «freemiun» con noticias gratuitas de información generalista y un producto añadido de pago que se inspiraría en los contenidos de calidad de los viejos periódicos. Ahora casi todos parecen tenerlo claro, con la excepción deldiario progresista británico «The Guardian», que prefiere seguir con al acceso gratuito a su edición de internet para captar una clientela rentable en el futuro.

La táctica hasta ahora para la mayoría ha consistido en esperar el primer paso de Murdoch, quien, por su parte, ha pedido tiempo para cobrar por el acceso a los periódicos de su grupo, «The Wall Street Journal», «The Times», «The Sun», «The Australian» y «The New York Post», entre ellos. «Esto evidencia un desconcierto del sector sobre su futuro digital», ha escrito Javier Montalvo en «Expansión».

No todos, sin embargo, están dispuestos a esperar a Murdoch. «Newsday», el popular periódico local de Long Island (Nueva York), ha implantado ya una tarifa de cinco dólares a la semana para acceder a su página web con el fin de demostrarle al propio magnate australiano que el camino es rentable. «La iniciativa aportará a Murdoch pruebas evidentes de la respuesta del público sobre el pago por contenidos en la red en un producto informativo tremendamente local. Murdoch ya sabe que un millón de abonados de «The Wall Street Journal» pagan por acceder a las informaciones sobre el centro financiero del mundo. Pero lo que no sabe aún es si los internautas estarán dispuestos a pagar por las noticias locales de su barrio. Terry Jiménez (editor de «Newsday») está seguro de que lo harán», escribió Mark Day en su columna dedicada a los medios en «The Australian». El sitio web de «Newsday» promociona una información de carácter muy local, con anuncios clasificados, pronóstico del tiempo, esquelas, actividades de la comunidad y noticias escolares.

Animan, por ejemplo, los últimos datos de un estudio encargado a Boston Consulting Group que dan la vuelta a la estadística de hace diez años, cuando los internatutas se mostraron reacios a pagar, y demuestran que ahora sí estarían dispuestos a hacerlo por algunos contenidos online de los periódicos. En concreto, el estudio, difundido días atrás, parece dar la razón a «Newsday», ya que las noticias locales se encuentran dentro de las preferencias de pago, así como los reportajes de investigación y una selección de noticias personalizadas. John Rose, socio fundador del grupo consultor citado, en Nueva York, se refirió a este cambio de tendencia como una buena noticia para los editores, aunque acto seguido agregó: «La mala noticia es que los internautas no están dispuestos a pagar mucho». Los españoles, sin ir más lejos, cuatro euros mensuales y los británicos, menos aún, tres.

La guerra declarada por Murdoch al intrusismo en internet y la competencia desleal del gran distribuidor de contenidos llegaría a entablarse si el magnate australiano de la prensa decide finalmente retirar la versión digital de sus periódicos de Google News y convence al resto de empresarios de que también lo hagan. De hecho, News Corporation ha iniciado conversaciones con Microsoft para establecer una alianza en internet y luchar contra Google. Microsoft ganaría así cuota de mercado para su buscador Bing. La industria de los periódicos online reemprendería de esta manera la búsqueda de un modelo de negocio rentable en la red que pudiera sustituir en el futuro de una manera efectiva al de papel y tinta o, en último caso, construir una alternativa de negocio.

Matt Brittin, director de Google en el Reino Unido, intentó quitarle importancia a las conversaciones entre Murdoch y Microsoft, asegurando que las noticias no suponen grandes beneficios para ellos. Todo lo contrario de lo que piensa Robert Thomson, director de The Wall Street Journal, la cabecera más importante de Murdoch, quien en su conferencia «El futuro de la prensa» llamaba la atención sobre el papel del distribuidor de Google. «Durante una temporada, parecía que lo guay era aceptar que todos los contenidos debían ser gratuitos; sin embargo, en esta postura había un fallo garrafal. Beneficiaba a los que distribuían contenidos, pero no a los que producían esos contenidos, por un lado los creadores y, por otro, los que repetían el eco». Evidentemente, como recordó Javier Montalvo en una columna titulada «Suspendida la invitación al funeral de la prensa», Google tiene un gran defecto: no es capaz de generar información por sí solo.

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Inoportunidad

Por Luis M. Alonso (29 de noviembre, 2009)

Seguramente no habría podido existir momento más inoportuno para un Barça-Real Madrid que el de este domingo en el Camp Nou. Inoportuno sobre todo para los blancos que, de acuerdo con todas las opiniones, se enfrentan a una batalla desigual en casa ajena y con los ánimos del catalanismo inflamados. No hay que olvidar que el Barça, por obra y gracia de Laporta, en parte, y por la suya obligada por las circunstancias -un equipo, una nación-, ha firmado el manifiesto con el que un sector de la sociedad catalana pretende coaccionar a los jueces del Tribunal Constitucional apelando a la dignidad de un pueblo para pasar por encima de la voluntad mayoritaria de otro, que a fin de cuentas es el mismo.

A la inoportunidad se suma en este caso la provocación ¿Cómo se le ocurre a este zafio Real Madrid presentarse en el Camp Nou como líder del campeonato y con el Estatut prendido de alfileres, ante un Barça triomfant y pletórico y una Cataluña agredida por el resto de los españoles? Lo que nos queda a los polacos es ir preparando el cesto para recoger los goles. Lo contrario sería volver a ofender.

Creo, por tanto, que el club de Concha Espina, equipo que representa «el centralismo y la omnipotencia del Estado español» frente a la dignidad de una nación lliure, debería contribuir esta vez a la convivencia y recibir otra media docena. No vaya a ser que el lunes tengamos que volver a hacernos la pregunta de por qué el Madrid que peor juega al fútbol de todos los tiempos supera por puntos al mejor Barcelona de la historia.

La batalla se presenta desigual, pero, ay, si esta vez gana el peor. Y ay, también, si pierde.

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El criterio y el negocio

Por Luis M. Alonso (28 de noviembre, 2009)

El misterio de la guía Michelin se basa en la demanda
Michelin sigue siendo una estrella que deslumbra a los cocineros españoles, otra cosa es que ilumine sus pasos. No lo hace, al parecer, porque nadie sabe por donde sopla el viento y se desconocen los criterios de puntuación. Lo menos misterioso son los inspectores incógnita, que supuestamente sólo se identifican en circunstancias extraordinarias pero que pueden llegar a hacerse familiares para los cocineros más avispados. Los inspectores de marras son, a veces, por su forma de comportarse como el espía del sombrero con gafas oscuras y los cuellos de la trinchera alzados que aguarda en una esquina leyendo la última edición del «International Herald Tribune». Catalogar a un sujeto así no resulta complicado, y tampoco al inspector si el inspector se empeña en no disimularlo.

La famosa guía ha repartido nuevamente sus estrellas en un país en el que los cocineros siempre creen que merecen más de lo que los franceses cicateramente les otorgan. Pero esto no le quita al sueño a Michelin, preocupada en estos momentos por convertir a Japón, y concretamente a Tokio, en el gran firmamento. Los chefs franceses hace tiempo que se han dado cuenta de lo que vale un peine: la cocina interesa en el país vecino porque siempre ha interesado, de modo que se puede renunciar a las estrellas. No se trata de una novedad como ocurre en España.

Jean-Luc Naret, director general de la publicación franchute, sabe que el negocio es la novedad cuantificada en demanda. Interés nacional más consumo y venta de guías, igual a distinciones, igual a Japón. Ése es, por encima de cualquier otro, el criterio de evaluación que a simple vista se escapa.

Enhorabuena a Nacho Manzano por las dos estrellas y al resto de cocineros asturianos por mantener la calificación.

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Ganan los arrauxats

Por Luis M. Alonso (28 de noviembre, 2009)

Eso del seny i la rauxa no deja de ser un tópico dialéctico y como cualquier tópico encierra una realidad. Cuando el seny catalán languidece, los arrauxats hacen diabluras. El seny significa la sensatez y la cordura; la rauxa, el arrebato loco. Entre estas dos «corrientes de pensamiento» se quieren ver reflejados los catalanes, no porque el sentido común sea algo que les afecte únicamente a ellos o el arrebato resulte una característica exclusivamente suya, sino porque los assenyats y los arrauxats sirven para resaltar el elemento de singularidad que tanto les gusta y, de paso, para decorar el paisaje.

En Cataluña, hay quienes prefieren la rauxa al seny por su dinamismo cuando se trata de avanzar, aunque sea hacia un precipicio. Los arrauxats, por sus arrebatos de locura, han llamado siempre más la atención que los pacientes assenyats. Uno de los primeros, el escritor y filósofo Francesc Pujols, dijo: «Llegará un día en el que los catalanes, por el solo hecho de serlo, lo tendremos todo pagado». Pujols, a quien Joan Maragall veía como el más genuino representante de la palabra viva, es como si inspirase desde hace un tiempo a la Generalitat para agitar el espantajo de la insolidaridad frente al resto de los españoles y ante el asombro de muchos de los catalanes, que decidieron no apoyar el Estatut hace tres años.

El dichoso Estatut no era otra cosa que el camino más arriscado para lograr una mejor financiación autonómica, pero se ve que lo que gusta en este país es complicar las cosas. Los arrauxats, alentados por el aprendiz de brujo más funesto que ha presidido un Gobierno de España, hicieron un pan con unas hostias y, ahora, la salida a este maldito embrollo resulta cada vez más complicada. Conforta leer que a los jueces del Constitucional, después de tanta reflexión, no les impresionan las intolerables coacciones de la clase política catalana ante un fallo supuestamente favorable a la Constitución y la voluntad de la mayoría de los españoles.

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El hombre que sabía demasiado

Por Luis M. Alonso (27 de noviembre, 2009)


Alexander Litvinenko y las pistas sin encajar de un asesinato

La terribles imágenes del ex agente ruso Alexander Litvinenko en su lecho de muerte de un hospital británico, tras haber sido envenenado con polonio 210, siguen siendo tres años después un mazazo en las conciencias rebeldes contra la corrupción de Estado. Jamás ningún asesinato dejó tantas pistas y nunca ha resultado tan complicado encajarlas. El rompecabezas es doblemente diabólico por la fuerte resistencia a que algún día se sepa quiénes estuvieron detrás.

Sasha recibió sepultura en el cementerio londinense de Highgate, cerca de donde está enterrado Karl Marx. Aquel día de diciembre de 2006 en el que fue a criar malvas, llovía a cántaros, pero aún no se había desencadenado la tormenta que trajeron las palabras del presidente Putin, en el Kremlin, cuando haciendo uso de un escalofriante cinismo dijo que Litvinenko era para los servicios secretos rusos un objetivo insignificante y que, por tanto, no merecía la pena asesinarlo.

El caso es que el polonio, elemento radiactivo, con el que fue envenenado el ex miembro de la inteligencia rusa el 23 de noviembre de 2006, se propagó por Londres como un reguero de destrucción. A los que quedaron para comer en las horas posteriores al almuerzo de Sasha y Mario Scaramella, el italiano que le quería aportar una valiosa información, en el restaurante japonés Itsu de Piccadilly, debió de repetírseles la digestión del maki sushi, la tempura de verduras o el pescado crudo al enterarse después de que los detectores de radiactividad habían identificado este lugar y el bar del hotel de la cadena Millennium donde Litvinenko tomó té con los empresarios rusos Andrei Lugovoy y Dimitri Kovtun.

Las autoridades británicas determinaron que uno de ellos, el ex espía ruso Lugovoy, fue quien envenenó a Litvinenko, y en mayo de 2007 pidieron la extradición. Putin, a pesar de haberse ofrecido inicialmente a colaborar, se negó. Rusia argumentó que su Constitución no permite la extradición de ciudadanos rusos y que tampoco existe un tratado con el Reino Unido para ello. La negativa desencadenó una crisis con expulsiones de diplomáticos de ambos países. El Gobierno británico llegó a pedir al ruso que cambiase la Constitución. A su vez, la justicia alemana dio por cerrado el caso, por supuesto tráfico de sustancias radiactivas, en contra del empresario Dimitri Kovtun. La duma rusa ha garantizado la inmunidad de Lugovoy.

Litvinenko, víctima según se dijo de una bomba nuclear en miniatura, murió a las pocas semanas calvo y demacrado. La suerte del ex espía, relatada por su esposa Marina y por el científico disidente Alex Goldfarb, parecería la ficción más asombrosa si no fuese que lo que nos están contando responde con fechas y datos a la realidad y las sospechas se dirigen al FSB ruso, que sucedió al KGB, casi con su misma estructura e idéntica forma de actuar. Para ayudarnos a entender Muerte de un disidente resulta interesante también leer Rusia dinamitada, que escribió Yuri Felshtinski con informaciones facilitadas por Litvinenko, donde se cuentan los manejos de los servicios secretos rusos y la utilización del terrorismo de Estado para afianzarse o hacerse con el poder.

Son dos libros, de caudal narrativo comparable a los de John Le Carré, aunque no tan literarios por la ausencia de corteza romántica en los personajes reales, por muy romántico que sea librar una guerra particular contra un Estado corrupto. En opinión de Le Carré, Litvinenko tenía los nombres de las personas que estaban implicadas en grandes casos de corrupción y asesinatos y la lista de un montón de imbéciles contratados como ejecutores por tal o cual oligarca.

La denuncia es que los servicios secretos actuaron en Rusia todos estos años para minar los fundamentos del Estado y debilitar el poder de manera que las posibilidades de adueñarse de él sean mayores. En definitiva, la vuelta del KGB a la escena política, pero de manera mucho menos sibilina y utilizando el terrorismo, el checheno por poner un ejemplo, como instrumento para los fines que se persiguen.

Lo que se cuenta en estos dos reveladores relatos, y también en el magnífico documental de Andrei Nekrasov, amigo de la víctima, es la fuerza devastadora que opera desde las cloacas del propio Estado y el olor pestilente que se cuela por las alcantarillas. De fondo, la lucha entre los dos clanes que luchan por apoderarse de Rusia.

Marina Litvinenko ha aprendido a vivir en la desconfianza de la viuda de un hombre al que persiguieron hasta matarlo. ¿Dio Putin la orden? Lo que ella entiende es que en determinados niveles del poder no es necesario poner la firma. Basta con mencionar los deseos para que alguien se muestre dispuesto a hacerlo.

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Galimatías del pacto

Por Luis M. Alonso (27 de noviembre, 2009)

El pacto de Gobierno ha resucitado, loado sea el Santísimo, al parecer gracias a dos millones de euros. Hay que ver lo que nos está costando administrarle respiración asistida a los socios para que encajen en la fórmula que ellos mismos se han dado de cohabitación en el Ayuntamiento.

Lo curioso del asunto es que si el pacto resucita ahora es porque antes estaba muerto y si estaba muerto es posible que más de un avilesino se pregunte por qué los concejales de Izquierda Unida seguían cobrando los sueldos de liberados, se supone que por ejercer labores de Gobierno. ¿Estaba o no estaba muerto el pacto?

Como la política local sólo se digiere, y malamente, en sentido figurado, vayamos al símil del matrimonio para convenir que el divorcio de la izquierda felizmente no se consumó y todo ello debido a la consignación de una partida de dos millones en el presupuesto para apoyar la inversión que el Principado no quiere hacer en la Escuela de Arte y que tiene a los avilesinos sin dormir desde hace varias semanas. Es decir, gracias a que el Ayuntamiento con el dinero de sus contribuyentes está dispuesto a pagar una obra que le correspondía al Principado, efectivamente algo realmente insólito, como admitió el propio secretario local de los socialistas y diputado autonómico, Álvaro Álvarez.

Y ¿por qué poner dinero de los avilesinos para algo que el Gobierno regional debería pagar? Bueno, pues porque a los dos concejales de Izquierda Unida, desde el primer día a punto de divorciarse de los socialistas, se les ha ocurrido que la consignación en un papel de los dos millones son trascendentales para la Escuela de Arte y, por tanto, para el futuro de Avilés. ¿Lo son? En absoluto. Entonces ¿qué es lo que está pasando? Y ¿cómo quieren que lo sepa tratándose de quienes se trata?

En fin, ¿ha resucitado o no ha resucitado el pacto? Pues, parece que sí. O sea, ¿no se han divorciado? Pues, parece que no.

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Sciascia, conciencia de Italia

Por Luis M. Alonso (26 de noviembre, 2009)


El escritor siciliano tuvo duras acusaciones por su «verdad incómoda» sobre la Mafia; a los 20 años de su muerte los hechos le dan la razón


Leonardo Sciascia (1921-1989) utilizó Sicilia como una metáfora de la vida hasta el momento de su muerte, hizo el pasado viernes veinte años, en Palermo. Entonces se extinguió una de las voces más claras y precisas del mundo intelectual italiano de todo el siglo XX, además de una de sus conciencias más sólidas. Periodista, escritor y analista de los hechos, Sciascia es un ejemplo del compromiso civil y la protección del valor supremo de la verdad. Veinte años después de su muerte, la Italia más asociada a los valores éticos echa de menos su enseñanza moral e intelectual, así como la escritura sincrónica y culta, la expresión mordaz y la erudición del escritor de Racalmuto. Para él, lo mismo que para Diderot, sólo existían el conocimiento y la verdad y, al igual que el ilustre enciclopedista del Siglo de las Luces, consideraba el primero un instrumento para alcanzar el segundo.

Sciascia, a la vez que un hombre con cultura del Setecientos, quiso estar también con su tiempo. Era un riguroso polemista de poderosa y lúcida inteligencia. Fue el verdadero puente de conexión de Sicilia con Europa. Combatió el «fascismo eterno», el «catolicismo manierista» y a los «cretinos de izquierdas», su servilismo oportunista, su indiferencia amoral, sus bandas y sus camarillas. Obviamente nunca tuvo el consenso de la «Italietta» mezquina, que lo consideraba un hereje.

Una de sus últimas batallas, un artículo publicado en la primera página del «Corriere della Sera», el 10 de enero de 1987, contra los llamados «profesionales de la antimafia» y las críticas posteriores a Borsellino por su desafortunada interpretación del drama apasionado de Aldo Moro, le ocasionaron un trato especialmente injusto cuando ya se encontraba debilitado por la enfermedad que le causó la muerte. Su verdad incómoda sobre la mafia, al igual que había sucedido anteriormente tras la ruptura con el Partido Comunista, le valieron feroces ataques.

El artículo, Los profesionales de la antimafia, incluido por Bompiani en uno de sus libros póstumos, A futura memoria (se la memoria ha un futuro) dejó tras sí un reguero de pólvora en un país donde la duda ofende, sobre todo en asuntos relacionados con la mafia. Lo encabezaba con dos citas de dos de sus novelas sobre la Cosa Nostra, El día de la lechuza y A cada uno lo suyo, este último editado recientemente en España por Tusquets, donde se puede encontrar la mayor parte de la obra de Sciascia traducida. Consciente de que en la tierra donde vivía sus críticas a los poderes antimafia le costarían las acusaciones de los que verían en sus palabras un apoyo a los mafiosos eligió las autocitas para recordarles a aquellos con poca memoria la existencia de esa clase de personas, tan comunes en Italia, «dedicadas al heroísmo que no cuesta nada y que en Milán, después de los Cinco Días, denominaron héroes del sexto». (Se conoce por Cinco Días al movimiento revolucionario que acabó con la ocupación austriaca en la capital lombarda). Para Sciascia, la antimafia se podía convertir en un instrumento de poder. «Puede suceder perfectamente -escribió- incluso en un sistema democrático, ayudado por la retórica y el espíritu crítico».

El escritor ya había denunciado en uno de sus libros más esclarecedores de la realidad italiana, Negro sobre negro, publicado ocho años antes, la dejación de responsabilidad de los políticos sicilianos a propósito de Palermo: «… donde la basura llega hasta las rodillas y la mafia al cuello (y no digamos la mafia por la que se interesa la antimafia), con el agua que no llega a los grifos…». Ahora, en su artículo del «Corriere della Sera», le reprochaba al alcalde democristiano de la capital siciliana, Leoluca Orlando, que se hubiera desocupado de los problemas de los palermitanos para exhibirse en reuniones, escuelas, congresos y manifestaciones. Y, al mismo tiempo, criticaba el nombramiento del juez Paolo Borsellino como procurador general de Marsala, no por tratarse de Borsellino, sino por el criterio seguido para su designación que había abochornado a miembros de la propia Magistratura.

Sciascia, la conciencia moral de una isla y de un país, había estado siempre en contra de la mafia y en defensa de la dignidad humana. Pero de repente se encontraba acusando a Leoluca y Borsellino, al que asesinaron años después, dos de las personas más queridas e implicadas en la lucha contra los mafiosos, de utilizar una causa noble para promocionarse públicamente. A Borsellino, al menos, la popularidad le habría costado muy cara.

El caso es que los enemigos del derecho a discrepar o dudar le atacaron de manera inmisericorde y hasta miserable, sin saber que el tiempo acabaría dándole la razón. Primero, de manera indirecta, fue Indro Montanelli quien hizo suyos algunos de los planteamientos de Sciascia, al reprocharle al juez de Milán, Antonio Di Pietro, la utilización de Tangentopoli con fines personales. Después, el propio Leoluca Orlando y la viuda de Borsellino reconocieron que lo único que no había hecho Sciascia era equivocarse. La mafia y la antimafia siguen siendo poderes paralelos con un importante auge en la vida social italiana.

El viejo escritor, al que no le quedaba mucho por vivir, se tomaba las acusaciones con resignación y sentido del humor. Opinaba que los periódicos estaban invadidos por moralistas sin moral, a algunos de ellos los definía como «cretinos de la izquierda» y a otros como «intelectuales afectados por el síndrome de Thompson». Este Thompson era un individuo sobre el que Flaubert se mofó después de que grabase su nombre en grandes letras en la columna de Pompeya en Alejandría con el fin de ganar la inmortalidad incorporándose al monumento.

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Feliz cumpleaños, Marlowe

Por Luis M. Alonso (26 de noviembre, 2009)


El popular detective de Raymond Chandler vive un renacer editorial y tendrá un nuevo intérprete en el cine setenta años después de su presentación en «El sueño eterno»

Han pasado setenta años desde que en un día nublado de mediados de octubre con amenaza de lluvia en Los Ángeles, Philip Marlowe se puso el traje azul añil, con camisa azul marino, corbata y pañuelo a juego en el bolsillo del pecho, para visitar a cuatro millones de dólares. Seguiré dándole hilo a la cometa: al detective, lo primero que le llamó la atención de la residencia Sternwood, el lugar de los cuatro millones, fue que el vestíbulo de entrada tenía una altura de dos pisos y que sobre la puerta principal, «que hubiera permitido el paso de una manada de elefantes indios», había una amplia vidriera que mostraba a un caballero de oscura armadura rescatando a una dama atada a un árbol y sin otra ropa que una cabellera muy larga y conveniente. Con este resumen de los dos primeros párrafos de El sueño eterno uno no tiene más remedio que quedarse a vivir en las páginas de la primera novela de Raymond Chandler, un escritor irrepetible del que también se cumplen cincuenta años de su muerte.

Marlowe, después del breve bosquejo en un relato (Finger man), aparece en escena por primera vez en El sueño eterno, publicada en 1939. Chandler la había escrito en la primavera del año anterior, basándose en dos novelitas, Asesino en la lluvia (1935) y El telón (1936). Incluía, además, una larga secuencia de otra de las historias cortas del autor El hombre que amaba a los perros. El parto fue doloroso, como le explicó a su editor Alfred A. Knopf, en una época de su vida en la que alejar la mente de la guerra en la que había combatido era su primera obsesión y mantener el empuje literario le suponía un enorme esfuerzo añadido. «Las cosas que nos hacen vivir son los reflejos de alas de insectos brillando al sol en un día nublado?», contó por entonces. Chandler era un tipo tan rápido escribiendo como deshaciéndose de lo que había escrito. «Trabajo muy deprisa, pero trabajo para la papelera». Antes de su primera novela había ya sugerido en las revistas baratas lo que vendría después y ese material le sirvió a él de esqueleto de parte de su obra y a sus lectores para revivir viejas situaciones publicadas en los «pulps». El origen de Marlowe y Sam Spade, el personaje de Dashiell Hammet, dos detectives privados observadores pesimistas de lo que les rodea, está en Black Mask, una revista dedicada a los policiales de gran popularidad en Estados Unidos a partir de la década de los veinte del pasado siglo.

Cuando Chandler tuvo realmente en sus manos al personaje que lo consagró como uno de los grandes de la llamada novela negra, contaba con 51 años y vivía bajo el paraguas protector de su mujer, Cissy Bowen, que le sacaba dieciocho. El nombre del detective estaba presumiblemente inspirado en Christopher Marlowe -la formación de Chandler era británica por haberse educado en Inglaterra y profesaba gran admiración por los grandes autores del teatro isabelino-. Marlowe había tenido hermanos mayores, Ted Carmady o John Dalmas, personajes de las historias cortas que lo precedieron, mucho menos maduros literariamente que él. Nació con 38 años y se negó a envejecer hasta que autor decidió que había llegado el momento de matarlo mediante el perverso método del matrimonio. Chandler estaba convencido de que un hombre solitario, pobre, peligroso, y, a pesar de todo ello, simpático no debería nunca casarse pero, sin embargo, fue capaz de meter al pobre Marlowe en el lío más espantoso de su vida. «Volvió a llover a la mañana siguiente, en grises ráfagas inclinadas, semejantes a cortinas de cuentas de cristal en movimiento. Me levanté sintiéndome deprimido y cansado y me quedé un rato mirando por la ventana, con el áspero sabor amargo de los Sternwood todavía en la boca. Estaba tan vacío de vida como los bolsillos de un espantapájaros. En la cocina me bebí dos tazas de café solo. Se puede tener resaca con cosas distintas del alcohol. Resaca de mujeres. Las mujeres me ponían enfermo», pensaba el detective en El sueño eterno. No se puede ser más claro.

El tipo que ahora cumple setenta años pertenece a esa clase de detective idealizado que sólo se puede dar en la ficción. Su idea de que la corrupción ha de combatirse y su simpatía por ciertas causas perdidas lo llevan a que no siempre pueda ganarse la vida como es debido. Su autor decía que en la realidad alguien como él tendría tantas oportunidades de ser detective privado como de ser rector de universidad: «Creo que podría seducir a una duquesa, pero estoy bastante seguro de que no mancharía a una virgen».

Algo más de un metro ochenta y unos ochenta y seis kilos de peso, cabello castaño oscuro y ojos castaños, a Marlowe nos lo hemos imaginado bajo diferentes máscaras. Chandler mantuvo que si alguna vez tenía la oportunidad de elegir un actor para representarlo en el cine sería Cary Grant, pero esa oportunidad nunca llegó a producirse en las decenas de películas donde aparece el personaje. Al escritor no le disgustó, sin embargo, la interpretación de Humphrey Bogart en El sueño eterno, el film de Howard Hawks basado en la novela. «Bogart es mucho mejor que cualquier otro actor de los duros. Puede ser duro sin pistola y, además, tiene un sentido del humor que encierra un áspero matiz sarcástico. Ladd (Alan) es duro, amargado y de vez en cuando encantador, pero no es más que la idea que un niño se hace de un tipo duro». Chandler no tuvo tiempo para ver a Robert Mitchum, todo un carácter, en la adaptación de Dick Richards de Adiós, muñeca (1975). Ahora, después de Bogart, Mitchum, Ladd, Robert Montgomery, Elliot Gould, James Caan, Jamer Garner, etcétera, la reencarnación del detective sentimental y filosófico de Los Ángeles, de claras resonancias cinematográficas, le correspondería, según dicen, al actor británico Clive Owen, uno de esos sujetos que necesitan más de un par de días sin afeitarse para aparentar dureza. Pero en fin, como aclaró el propio Chandler, «Marlowe surgió de las revistas baratas. No era una sola persona».

RBA Libros, con motivo del 70.º cumpleaños del detective y el 50.º aniversario de la muerte de su autor, ha reunido en un volumen, «Todo Marlowe», las novelas y los dos relatos en los que aparece Philip Marlowe, empezando por «El sueño eterno». El libro incluye, además, «Adiós, muñeca», «La ventana alta», «La dama del lago», «La hermana pequeña», «El largo adiós», «Playback», «El confidente» y «El lápiz». Alianza Editorial ha vuelto a reeditar recientemente la buena traducción de José Luis López Muñoz de la primera novela de Raymond Chandler protagonizada por el popular detective.

Bibliografía

El sueño eterno (1939), Adiós, muñeca (1940), La ventana siniestra (1942), La dama del lago (1943), La hermana pequeña (1949), El largo adiós (1954), Playback (1958), Poodle Springs (1959), completada por Robert B. Parker en 1989 y editada en España bajo el título La historia de Poodle Springs, El lápiz (relato corto, 1961).

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