La enésima pirueta

Por Luis M. Alonso (31 de octubre, 2009)

La enésima escenificación de la ruptura del pacto PSOE-IU sitúa al Ayuntamiento de Avilés en un plano incomparable del absurdo. Los vecinos tendrían razones más que suficientes para tirarles tomates a sus representantes políticos por tomarles el pelo un día sí y otro también. IU, rizando el rizo, sostiene que está dispuesta a romper con los socios si no la admiten en el debate sobre el canon de la privatización. Antes no quería oír hablar de privatizar y no hacía más que dar la tabarra con ello, pero ahora exige estar presente en la componenda para decidir qué se hace con el dinero. ¿En qué quedamos?

Es posible que no suceda nada diferente a lo que ha venido pasando hasta ahora. Amagan, pero no dan, es decir, no hay ruptura, porque eso significaría perder los sueldos de las liberaciones. Pero también puede ocurrir esta vez que los concejales de la coalición lleven el pulso hasta el extremo de no votar el presupuesto con sus socios de gobierno, y sus socios de gobierno los manden a hacer gárgaras, lo cual sería de lo más lógico. Lo único que resulta ilógico y hasta increíble es que no lo hayan hecho ya. A los avilesinos, en cualquier caso, y por lo general, les daría igual, lo mismo si se quedan en el gobierno como si pasan a la oposición: tienen mejores cosas en qué pensar y a qué dedicarse. Esto no es más que política barata perpetrada por concejales prescindibles preocupados de sus intereses particulares, todo lo más, de aquello que interesa al partido, una organización que probablemente no supera los quinientos militantes.

Como ya queda menos para las elecciones, IU es posible que esté ensayando la jugada de siempre. Ahora rompe para tener un mensaje de campaña propio y después la propia aritmética electoral permitirá restablecer la sociedad de la izquierda. ¿Y los sueldos? Los sueldos, si se los quitan, quedan meses suficientes para poder cobrar el paro, y a otra cosa, mariposa. ¿Cómo son capaces de engañar todavía a alguien?

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Dos pájaros de un tiro

Por Luis M. Alonso (30 de octubre, 2009)

Hay una lógica aplastante en la decisión socialista de dejar a IU fuera del debate por las inversiones del canon del agua. Los socios de la coalición no lo quieren, sin embargo, ver así. Les viene mucho mejor dar a entender que el veto se produce para debilitar a la alcaldesa Pilar Varela, que también es verdad. Ambas razones existen, la primera es de libro, porque no se puede admitir que los concejales que se movilizaron en contra de la privatización del servicio al considerar que se trataba de una maniobra oscura ajena a los intereses públicos, pretendan ahora decidir qué se hace con el dinero obtenido por ello. Y con la segunda, lo que consigue el secretario del PSOE es matar dos pájaros de un tiro, después de que la Alcaldesa se opusiese a romper amarras con quienes pusieron en duda la honorabilidad de los socios de gobierno.

No sé si cabe preguntarse si fue primero el huevo o la gallina, en cualquier caso a Álvaro Álvarez le asiste una impepinable coherencia política para imponerse en el desquiciado tablero de un pacto municipal que sólo se puede entender desde el interés de IU de mantener los sueldos de sus concejales liberados. Si uno se opone por sistema al socio, como ha venido ocurriendo en muchos de los principales asuntos que afectan a Avilés, no tiene ninguna lógica continuar con la sociedad. Lo que hay que hacer es pasar a la oposición y desde ella denunciar todo lo que huela a chamusquina o se crea oportuno. Izquierda Unida no lo hará ahora que la apartan, de la misma manera que no lo hizo antes. Seguirá, eso sí, enredándose en la madeja y amagando, con la dificultad que desentenderse del presupuesto no resulta fácil formando como se forma parte del gobierno, aunque sea de manera tan extravagante.

Es temprano todavía para hablar de la salud de Pilar Varela, que continúa siendo la alcaldesa de Avilés por mucho que se empeñen en debilitarla sus propios compañeros de partido. Ante el acoso, ya se sabe, firmeza.

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La última sonrisa de Art Buchwald

Por Luis M. Alonso (30 de octubre, 2009)


El gran columnista de «The Washington Post» aguardó el final con humor: «Morir es fácil, aparcar resulta imposible»

Ahora que se acerca el Día de Difuntos me he acordado del hombre que no perdió la sonrisa cuando decidió poner a la muerte en su lista de espera. «Hola, soy Art Buchwald y acabo de morir». En enero se cumplirán tres años de ello. Maestro de periodistas y columnista dotado de un fino sentido de la ironía, después de rechazar un tratamiento de diálisis anunció su final en un vídeo que «The New York Times» colgó en la web.

Un año antes, en 2006, le habían amputado una pierna. Los médicos explicaron al viejo escritor que necesitaba retomar el citado tratamiento. Postrado en su cama, sin arriar la sonrisa, se negó cortésmente: «Morir es fácil, lo difícil es encontrar aparcamiento». Le dieron cuatro semanas, pero el humor lo mantuvo en pie unos cuantos meses más. Cuando el gran Buchwald anunció su muerte, los lectores pensaron que se trataba de otra de sus bromas, como la vez que escribió que quería que sus cenizas se esparciesen sobre los edificios del constructor Donald Trump en Nueva York.

Él mismo aseguró que no quería acabar suplicando la confesión, entubado, con los deudos colgando sus condolencias sobre las máquinas respiratorias. Art Buchwald abandonó el hospital varias veces y mantuvo hasta el final el pulso de su columna en «The Washington Post». Empeñado en morir como vivió, pegándole a la tecla o con la pluma entre los dedos, llamó a aquello su último hurra.

Pero antes del definitivo hubo otros hurras, que forman parte de la antología del periodismo. Por ejemplo, escribió aquello de que un economista «es un hombre que domina cien formas de hacer el amor pero no conoce a ninguna mujer». Sus frases han sido repetidas una y otra vez y algunas de ellas figuran en muros y fachadas: «Las mejores cosas de la vida no son cosas». Sus metáforas eran formidables: la decepción que sufrieron los americanos cuando Gerald Ford perdonó a Richard Nixon la comparó con la frustración de una recién casada cuando, en la luna de miel, el novio no cumple las expectativas.

De Buchwald tampoco se olvida su sentido del humor y de la oportunidad del día en que decidió publicar tal cual, en su columna, las informaciones que iban apareciendo sobre el «caso Watergate», porque, según explicó, no había forma de escribir nada más divertido que los simples hechos. Su oración al sufrido turista se recordará siempre como un clásico: «Padre Nuestro, ampara a tus humildes y obedientes servidores turistas, condenados a viajar por esta tierra tomando fotos, mandando tarjetas postales y comprando recuerdos. Te rogamos, Señor, evites que el avión sea secuestrado o que se nos extravíen las maletas y permite que pase inadvertido el exceso de equipaje. (…) Y cuando haya terminado el viaje, dispénsanos la merced de encontrar amigos sufridos, dispuestos a ver nuestras películas y a escuchar nuestros relatos, de modo que nuestra vida de turistas no haya sido en vano. Amén».

Buchwald, que nació en Nueva York y ganó el premio «Pulitzer» en 1982, escribió alrededor de 8.000 columnas y más de 30 libros. Uno de ellos, Leaving home, contiene sus memorias. Abandonó su casa con 17 años. De 1942 a 1945 sirvió en los marines. Estuvo en el Pacífico y se licenció con el grado de sargento. Más tarde llegó a París y tras trabajar como colaborador para «Vanity Fair» encontró hueco en «The New York Herald Tribune». Allí, inspirándose en las noches de una ciudad que se desembarazaba de los fantasmas de la ocupación, escribió una columna que le granjeó gran fama, «París después de la oscuridad». Luego vino otra y más tarde llegó «El lado luminoso de Europa». En los años 60 regresó a Estados Unidos convertido en una celebridad. Ya establecido en América, su columna fue distribuida a diario a más de 300 periódicos. Lo que viene a continuación pertenece a una de ellas, incluida en Nunca bailé en la Casa Blanca, uno de los pocos libros suyos editados aquí. «Alicia caminaba por la avenida Pensylvania cuando March le preguntó:

-¿Te gustaría asistir a una conferencia de prensa en la Casa Blanca?

-¿Qué es una conferencia de prensa en la Casa Blanca?, preguntó Alicia.

-Allí donde se niega todo lo que ya te han dicho, lo cual es la única razón por lo que podría ser verdad».

La bomba vino cuando pidió disculpas por tener que morirse tan deprisa, admitiendo que había cometido un exceso al comprar un teléfono móvil nuevo que nunca podría amortizar. Buchwald tenía 81 años y el genio despierto.

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La misma historia

Por Luis M. Alonso (29 de octubre, 2009)

No se puede decir que aquellos polvos hayan traído estos lodos, porque los negocios de Lluis Prenafeta o de Maciá Alavedra de entonces eran otros que los de ahora por los que han sido detenidos. En cambio, los dos ex altos cargos de Pujol nos devuelven una sensación de «déjà vu» que sólo entenderán aquellos que hayan sido capaces de asociar desde el primer momento sus nombres a la golfería política.

Prenafeta, secretario general de la Presidencia de la Generalitat entre 1980 y 1990, mano derecha de Pujol, el «caso Casinos» y la financiación ilegal de CDC. Dimitió. ¿Les suena? Sigamos con el reparto, Maciá Alavedra, conseller de Hacienda, también con Pujol, entre los años 1989 y 1997, relacionado con Javier de la Rosa y el juez prevaricador Lluis Pascual Estevil, que extorsionaba a empresarios. También dimitió cuando no le quedaba otra salida.

Ahora, estos golfos históricos y entrañables del nacionalismo catalán aparecen envueltos en una nueva trama de corrupción junto a otros golfos provenientes del Partido Socialista de Cataluña, entre los que se encuentra el alcalde de Santa Coloma de Gramanet, un tal Bartomeu Muñoz, hijo del último regidor franquista de la localidad conocido como «el hombre de los mil pisos». Junto a ellos, como resulta fácil de entender, figuran ejemplares constructores empeñados en facilitarles la vida a los vecinos con viviendas de protección oficial. De fondo, están las recalificaciones de terrenos; el juez les imputa cohecho, blanqueo de capitales y tráfico de influencia. La misma historia se repite con diferentes protagonistas. Hay actores veteranos que ya hemos visto en otras películas y otros que empiezan a hacerse un hueco pero que seguiremos viendo en el futuro.

España es un estercolero poblado por políticos oportunistas dispuestos a utilizar sus influencias, concejales de Urbanismo receptivos que escuchan el sonido del papel moneda. Tangentopoli aguarda.

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En el vientre de Al Qaeda

Por Luis M. Alonso (29 de octubre, 2009)



Lawrence Wright en «La torre elevada» y Martin Amis con «El segundo avión» desvelan los entresijos del 11-S

La torre elevada, de Lawrence Wright, ofrece respuestas a las preguntas que se hizo Estados Unidos y gran parte del resto del mundo en aquella fecha siniestra de 2001: ¿cómo pudo suceder esto?, ¿quiénes son? y ¿por qué odian tanto a América? Lawrence Wright (1947), graduado por la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, periodista de «The New Yorker», ha escrito un libro esencial para comprender los atentados del 11-S y conocer los orígenes tanto de Al Qaeda como del fundamentalismo islámico contemporáneo. Galardonada con varios premios, entre los que se podría destacar el «Pulitzer» 2007 o el «PEN», La torre Elevada es un libro de referencia en el periodismo de investigación, obra de un consumado especialista. Wright escribió en 1988 el guión de la película Estado de sitio, protagonizada por Denzel Washington y Bruce Willis, en la que, tres años antes del 11-S, unos terroristas islámicos amenazaban Nueva York con atentados.

El autor de La torre elevada, que enseñó durante dos años en la Universidad Americana de El Cairo y es un hombre familiarizado con el mundo árabe, realiza un examen en busca de la vida y personalidad de los principales actores, los estadounidenses y los islamistas, un estudio de las ideas políticas y religiosas que los motivaron, y una historia del juego del gato y el ratón entre los terroristas y aquellos cuyo trabajo consiste en perseguirlos. El reparto de personajes es de una enorme complejidad, la lista de los actores principales asciende a 86 nombres. Wright realizó más de quinientas entrevistas. Entre los árabes, se centra en Osama Bin Laden y su segundo jefe, Ayman Al-Zawahiri. El primero es para el autor del libro el chico del anuncio, y el segundo, el cerebro. Pero el más interesante de sus retratos entre los americanos corresponde a John O’Neill, un impetuoso agente del FBI, obsesionado con dar caza a Bin Laden, guapo, mujeriego, un personaje de película que, por un extraño giro del destino, murió en el World Trade Center aquel 11 de septiembre.

Wright deja claro que la fuerza impulsora detrás de Bin Laden y Al Qaeda tiene dos resortes: la convicción de que el Islam fundamentalista es la única religión verdadera y de que todos los que lo rechazan o siguen otros credos son enemigos de Dios y deben ser eliminados. Además de un resentimiento generalizado por que Occidente, con su decadencia, haya superado al mundo islámico en la ciencia, el nivel de vida, las artes y la civilización en general. Estados Unidos es, de hecho, el «gran Satán» para el fanático islamita, el corazón y el alma de la oposición a todo lo que consideran sagrado. Acerca del nacimiento y desarrollo de Al Qaeda, el periodista de «The New Yorker» aporta nuevos datos para contrarrestar algunas extravagantes teorías, por ejemplo, la de que el grupo obedeciese a un impulso de la CIA. Según Wright, cuando la franquicia terrorista se dio a conocer en 1998 con los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y en Tanzania, la central de inteligencia americana no tenía ningún informador en el seno de la organización, algo inexplicable en el caso de que la CIA hubiese intervenido en su fundación.

Los fundamentalistas de Al Qaeda son extremistas que han torcido principios claros del Corán, por ejemplo, la prohibición explícita del suicidio y el asesinato de no combatientes. El radical egipcio Sayyid Qutb (1906-1966), con quien Wright comienza su libro, es el santo patrón del movimiento yihadista moderno, y la fuente de algunos de sus principios fundamentales. Fue Qutb quien presentó a los árabes de hoy el concepto, ahora conocido como el «takfir», según la cual los islamistas pueden eludir la prohibición del Corán de matar a otros musulmanes sólo con declararlos apóstatas. Desde 2003 los terroristas sunnitas vinculados a Al Qaeda han invocado el principio del «takfir» tan a menudo que los chiitas de Irak se refieren habitualmente a ellos como «takfiris». Cualquier persona que rechaza o se opone al Islam es apóstata y debe morir. Los atacantes suicidas son, en cambio, gloriosos mártires de la causa. Para un occidental esto es algo escalofriante. Para un musulmán moderado, la herejía.

Por lo que atañe a la parte estadounidense del drama, Wright pone el énfasis en las guerras internas paralizantes, reglas estúpidas y conflictos de personalidad que impiden el intercambio de información vital sobre la conspiración del 11-S entre el FBI, la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional. Una y otra vez el autor cita casos en que eslabones importantes de la cadena de pruebas se ocultaron deliberadamente por personas que podrían haber sido capaces de usarlas para impedir la tragedia. Es una historia no sólo de torpeza burocrática, sino de una negativa deliberada de cooperación que acarreó la muerte de 2.749 personas inocentes. Las venganzas personales entre altos funcionarios como John O’Neill, el jefe de contraterrorismo del FBI, y Michael Scheuer, su homólogo de la CIA, impidieron a las dos agencias compartir información útil de primera mano para contrarrestar la amenaza. Nadie hasta ahora ha sabido unir los hilos de la tragedia como Wright.

La lectura de La torre elevada, un libro obligado para entender las claves del 11-S, se puede completar con la de El segundo avión, una interesante recopilación de artículos de Martin Amis donde el novelista británico se muestra preocupado por el avance del islamismo radical relacionándolo con una interpretación dominante de la tradición religiosa musulmana. Las reflexiones son inteligentes y algunos de los artículos resultan hilarantes. Uno podría reírse del fanatismo religioso islámico si no fuera por las muertes que hay detrás y la amenaza latente.

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El suicidio metafísico

Por Luis M. Alonso (29 de octubre, 2009)


El filósofo Carlo Michelstaedter aceptó hasta el final las consecuencias de sus ideas recogidas en «La persuasión y la retórica», uno de los ensayos más enigmáticos del siglo XX

La tarde siguiente de una entrevista publicada por «Il Piccolo» de Trieste, Claudio Magris recibió la llamada telefónica de una señora de 88 años. Le dijo que se llamaba Anna Travan y que había conocido personalmente a Carlo Michelstaedter (1887-1910), una leyenda de las letras italianas pese a haber escrito únicamente dos libros y un puñado de poemas. Magris se había referido en el periódico, como tantas otras veces lo ha hecho a lo largo de su vida, a Michelstaedter, y la señora creyó que le interesaría conocer la impresión que guardaba del malogrado autor de La persuasión y la retórica, uno de los tratados más deslumbrantes y enigmáticos del siglo XX. Magris lo ha considerado la «estrella polar» de su obra.

La interlocutora al otro lado del teléfono empezó explicando que Michelstaedter, italiano de nacionalidad y judío de confesión, iba a clase con su hermano al Instituto de Gorizia. Entonces ellos tenían dieciséis años y ella solamente ocho. Lo recordaba como un joven cortés y bondadoso, guapo y distinguido, que parecía haber nacido para elevarse sobre la vida, regalar alegría y significado a la existencia de los que tenía cerca. Un día aquel joven había llegado a su casa con una poesía que decía que con el hilo de nuestra vida tejemos nuestra muerte. La niña asombrada escucha y lee los versos que no entiende y le pregunta a Carlo que quiere decir lo que ha escrito. «¿Cómo puede ser esto de morir mientras se vive? No lo entiendo…» y Carlo le responde que todavía no se le puede explicar porque es muy pequeña. Anna le vuelve a preguntar que si se lo explicará cuando sea mayor. La respuesta es no. La niña, decepcionada, insiste. «¿Y por qué?. El joven le aclara: «Porque no estaré aquí».

Magris cuenta cómo para la señora habían pasado ochenta años sin perder las palabras nada de su revelación. Carlo Michelstaedter, un día después de enviar por correo a la Universidad de Florencia los anexos críticos de La persuasión y la retórica, su «tesi di laurea», empuñó una pistola y acabó con su vida pegándose un tiro. Los que le conocieron aseguraron que no tenía previsto suicidarse pero la incapacidad por un momento de vivir persuadido hizo probablemente, como escribió Magris, que decidiese extinguir en la muerte esa conciencia trágica suya.

Michelstaedter había nacido en Gorizia cuando esta ciudad situada en la frontera italoeslovena pertenecía al Imperio Austrohúngaro y tenía 23 años cuando murió. Esa provisionalidad no le ayudó a concebir una alternativa filosófica a la de la persuasión y la retórica, contenida en el libro misterioso del que les hablo. La vida para él era una contradicción en sus propios términos, una enfermedad mortal. «El sentido de las cosas,» -escribió- «el sabor del mundo sirve sólo para continuar, haber nacido no es sino querer continuar: los hombres viven por vivir: para no morir. Su persuasión es el miedo a la muerte, haber nacido no es más que temer a la muerte. De tal modo que cuando la muerte se hace segura para ellos en un futuro determinado se revelan ya muertos en el presente». Para aquel joven brillante, al que posee su vida en el presente, la muerte nada le quita, porque no cree que está vivo sólo por el hecho de haber nacido. Todo lo que vive se persuade de que es vida.

Lo que Magris ha agradecido de Michelstaedter es el desenmascaramiento del desarrollo de la civilización, que, según él, priva al individuo de la persuasión, de vivir en el propio presente y de la propia persona, sin consumir la vida innecesariamente a la espera de un resultado que está siempre por llegar. «Es el retrato de nuestra de vida, que perdemos porque esperamos que pase deprisa: para que la presión haya desaparecido, el examen haya sido superado, el matrimonio celebrado o registrado el divorcio, acabado el trabajo, llegadas las vacaciones, recogidos los resultados médicos. Esta alienación filosófica se inicia en los albores de Occidente, cuando la sabiduría -la indivisa unidad del saber y del pensar- es reemplazada por el saber y la organización del saber, la retórica». Michelstaedter citaba a los resistentes griegos: Parménides, para quien el ser no puede depositarse en la nada, o Empédocles, a los que Aristóteles trató como simples naturalistas. O Sócrates, «que le construyeron encima cuatro sistemas».

El enigma que el propio autor abre en relación a su obra le dejó el camino despejado a Magris para escribir una pequeña y hermosa novelita, Un altro mare, cuya traducción existe en España gracias a Herralde y Anagrama. En un poema dedicado a su hermana Paula, Carlo Michelstaedter escribió «Lasciame andare oltre il deserto, al mare…» y así es como comienza el relato del amigo que le da el revolver fatídico antes de embarcarse rumbo a América del Sur. El filósofo goriziano había aceptado hasta el final, honrada y virilmente las consecuencias de sus ideas: si Michelstaedter, se había matado era por razones metafísicas. Un suicidio lógico, dijo Giovanni Papini, que se sintió atraído por su persuasiva tesis.

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Un hombre de principios

Por Luis M. Alonso (28 de octubre, 2009)

El hombre silencioso que nunca calló», cuentan de Sabino Fernández Campo, el leal escudero del Rey. He leído también que a Don Juan Carlos siempre le dijo lo que pensaba de esto y aquello, le gustara o no, porque así entendía el general la lealtad, y se comenta que fue esa manera de proceder la que hizo que la Zarzuela prescindiese de sus servicios.

Al poder le resulta muchas veces incómoda la verdad, por eso, desde Maquiavelo, los «príncipes» han escuchado lo que querían oír, pero Fernández Campo destripó el verso viril del florentino para explicar todo lo contrario: que debería haber otro modo de hacer política sin tener que supeditarla a mantenerse en los cargos. Esa ha sido una de las lecciones morales de un hombre de Estado que decidió no permanecer callado ni un segundo más una vez que España empezó a descoserse. Entonces fue cristalino, aunque con la educación y la medida de las cosas que le caracterizaba, lo que hace todavía más valioso su discurso en este país de reacciones histéricas y desproporcionadas. Sabino Fernández Campo habló, claro que lo hizo, y el eco de sus palabras permanece para quienes han sabido agradecerlas en los momentos más complicados de la reciente historia.

Hay una propensión de visigodo pata corta, rama progre, a entender el patriotismo como algo perteneciente a la caverna. Por eso, en este país al que se declara patriota o por sus palabras lo da a entender se le califica desde el primer momento de facha. Sabino Fernández Campo fue uno de los hombres que contribuyó a consolidar la democracia en España y era un patriota. Quizás el último patriota, sin que se deba entender por ello el último cavernícola. Por las razones que sean, los cuarenta años de dictadura franquista, la indigencia intelectual de algunos, o ambas cosas, este país maneja e interpreta los símbolos y los principios de manera distinta a como se hace en otros lugares del vecindario. No se entiende.

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El soldado que libro la batalla de la utopía frente a la desesperanza de Maquiavelo

Por Luis M. Alonso (28 de octubre, 2009)


Sabino Fernández Campo, en su relectura de «El Príncipe», lamenta la vigencia de la teoría del estadista florentino en la vida pública

El escritor y estadista florentino Nicolás Maquiavelo era un hombre de su tiempo: el Quinientos. Pudo ver y entender cosas que aún hoy nos repugnarían, pero que entonces podrían considerarse de lo más natural. En su obra más discutida y famosa, «El Príncipe», sostiene que uno no puede salvar, al mismo tiempo, un Estado y su alma. Que la ética puede existir pero los políticos deben quedar excluidos de ella. Para él, los hombres nunca mejorarán si no es pertinente para el poder en el que quieren perpetuarse. El gobernante puede caer en la infamia y obrar contra todos los principios con tal de conseguir sus objetivos.

No cabe duda de que las lecciones maquiavélicas han resultado de lo más provechoso para los políticos empeñados en pasar a la historia universal de la infamia. Lo han sido especialmente para aquéllos, la mayoría, que supieron ponerse a tiempo la máscara y evitar la deshonra pública. De su reverso se obtienen conclusiones asimismo interesantes para sacar partido de la utilidad de algunos consejos y actuar en la dirección contraria cuando éstos rebasan lo que uno está dispuesto a hacer para lograr sus fines. No siempre es fácil el término medio.

La relectura de «El Príncipe» le produjo a Sabino Fernández Campo una tremenda desazón cuando utilizó el texto de Maquiavelo para alumbrar su utopía en el discurso de recepción de académico de las Ciencias Morales y Políticas, en 1994. Hay que recordar que 1994 era un año muy especial en una España que empezaba a estar anegada por los lodos del felipismo. Una conclusión muy parecida podría sacarse en estos momentos como consecuencia de las conductas corruptas en los casos que ya los lectores conocen de sobra y que afectan fundamentalmente al principal partido de la oposición.

El general de sólidos principios que había releído «El Príncipe» mostró su lógica tristeza por que las pasiones y las tendencias del archidiablo florentino -el mismísimo Belfegor de su novela, para algunos de sus detractores- fuesen inherentes a nuestra naturaleza. Él sabía, muy a su pesar, que así era. Y esa realidad, como pronunció en su discurso de recepción de la Academia de las Ciencias Morales, no dejaba de ser de lo más preocupante.

Para Sabino Fernández Campo, Maquiavelo, en «El Príncipe», no hizo otra cosa que «recoger los impulsos naturales de los hombres y recomendar a los gobernantes lo que deseaban oír». De modo que en su reflexión acerca de la obra late un oportuno ajuste de cuentas contra «los príncipes» modernos: «Me apetece decir que es preciso luchar contra esa realidad que tenemos a la vista. No podemos caer en la desesperanza, hasta ahora confirmada, de Maquiavelo. Tenemos que emprender cuanto antes la tarea de educarnos todos para que la actividad política se perfeccione y, en la perpetua lucha entre el bien y el mal, comencemos por definir uno y otro con un baremo elevado, no sujeto tan sólo al fin práctico que se persigue, sino inspirado por ideales inamovibles. No demos la razón a Maquiavelo en el sentido de que, por predominar en el hombre los sentimientos perversos, sólo ejerciéndolos en todo su vigor es posible triunfar en el campo de la batalla donde la política se desarrolla», escribió.

«El Príncipe» ha sido adoptado y, también, refutado incluso por aquéllos que se inspiraron en los consejos de Maquiavelo. La más famosa de las refutaciones fue en nombre de la fe germánica y corrió a cargo de un gran cínico: aquel inmundo rey prusiano, Federico el Grande, que expandió su reino a fuerza de traiciones y de violencias y se convirtió en el actor principal del reparto de Polonia. Otro florentino, Giovanni Papini, recordaba cómo muchos egoístas han hablado y hablan mal de Nietzsche y no pocos hipócritas se enfurecen con Tartufo.

Aunque resulte curioso, a estas alturas no hace falta haber leído «El Príncipe» para sacar las peores conclusiones del maquiavelismo, que cualquiera puede definir sin más como el empleo de la mala fe y el modo de proceder con astucia, doblez o perfidia. «El fin justifica los medios», he aquí el resumen de una obra de claridad descarada que ha servido para despertar, amparar o robustecer los principios perversos de quienes detentan el poder o las pasiones de los que quieren conservarlo a toda costa.

Ugo Foscolo quiso salvar al Diablo de la eterna sospecha, con el fin de que su alma pudiera encontrar descanso en la Santa Croce y en los Sepolcri, y dijo que lo que Nicolás Maquiavelo había pretendido con su obra más controvertida no era instruir al príncipe en el arte de dominar, sino que quería mostrar al pueblo las infames artes de los gobernantes. Como escribió también Papini, Foscolo probablemente se equivocaba de buena fe al juzgar de esa manera a un artista extraordinario de la prosa viril italiana, a un hombre que vivió la realidad de su tiempo y supo adaptarse a ella desde los planteamiento más crueles.

El general, desde una perspectiva mucho más lejana y por tanto ajustada al triunfo de las pasiones de Maquiavelo, libró una titánica batalla de la utopía contra la desesperanza confirmada de «los príncipes» modernos en 1994. Su brillante relectura de «El Príncipe» figura extractada en el estudio preliminar de una nueva y completa edición de la obra.

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Un árbitro de tarjeta roja

Por Luis M. Alonso (26 de octubre, 2009)


Los inventores del fútbol, condenados a rumiar la vergüenza de Mike Jones, el colegiado de la Premier que demostró que desconocía el reglamento al dar por válido el gol más controvertido de los últimos tiempos

Los ingleses han aportado al arbitraje dos de sus señas de identidad: el silbato y las tarjetas. Estas últimas, gracias a Ken Aston, miembro de la FIFA, que decidió introducirlas para sancionar las infracciones en el terreno de juego después de que la idea le rondara la cabeza al observar en un semáforo el cambio de luces del amarillo al rojo. Sin embargo, los mismos inventores del fútbol tienen que conformarse ahora con rumiar la vergüenza por la actuación más desafortunada de un colegiado, la de Mike Jones, en el partido Sunderland-Liverpool de la Liga Premier celebrado el sábado 17 en el Stadium of Light.

Como ya sabrán, Darrent Bent, jugador de los Black Cats, logró el único gol del encuentro al golpear un balón que en su trayectoria rozó una pelota de playa de color rojo que un aficionado de los Reds había arrojado al área de Pepe Reina. El portero internacional español del Liverpool se distrajo e incomprensiblemente el tanto subió al marcador. Acto seguido y también de manera incomprensible la federación de fútbol inglesa decidió que el partido no debía repetirse pese a las repercusiones que tuvo para el desenlace del encuentro el escandaloso error arbitral de dar por válido el gol.

La normativa de la FIFA no admite dudas: «El árbitro debe parar, suspender o abandonar un partido cuando se producen interferencias ajenas de cualquier tipo». De manera que Jones debería haber anulado el gol, algo que sencillamente no ocurrió. Cabe deducir entonces que tanto Mike Jones, como sus ayudantes de banda y el cuarto árbitro desconocían el reglamento. Ergo, el partido no sólo debería haberse repetido sino que los cuatro colegiados tendrían que haber sido suspendidos a perpetuidad, porque no es lo mismo un error o doscientos de apreciación en el arbitraje de un partido que el desconocimiento de las reglas del juego por parte de los encargados de juzgar lo que ocurre durante los noventa minutos y el tiempo añadido.

Entre los grandes errores del arbitraje de todos los tiempos figuran obligar a repetir más de cinco veces el lanzamiento de un penalti, conceder el gol que no entró, dar por válido el que el jugador mete con la mano, pitar el final del partido un segundo antes de que la última oportunidad de un equipo se convierta en gol con el balón ya por el aire; inventarse penaltis que no existen, incluso cuando la falta se produce a veinte metros del área, y no pitar los que resultan indiscutibles, como aquel clamoroso de Iuliano a Ronaldo, con tal escándalo que llegó al Parlamento italiano. Incluso, últimamente están los de René Ortubé, el boliviano que, jugándose el último minuto de la prórroga, concedió el gol en fuera de juego de Palermo del reciente Argentina-Perú y acto seguido perdonó un penalti a los locales. En último caso, aunque en ocasiones nos mueva la sospecha, se trata de errores de apreciación, a veces censurables pero admisibles ya que todo el mundo tiene derecho a equivocarse, incluidos los árbitros de fútbol.

Lo de Mike Jones es otra cosa distinta. Ahí no hay error de apreciación que valga, sino un pecado grave de falta de profesionalidad. Si algo tiene que conocer un árbitro de fútbol son las reglas por la que el juego se rige.

Jones, que este fin de semana habrá arbitrado como castigo un partido de la Segunda División entre el Peterborough United y el Scunthorpe, debería aplicarse a sí mismo la tarjeta roja inventada por su compatriota Aston cuando esperaba con su coche el cambio de luces del semáforo de Kensington High Street. Tampoco sería una novedad, teniendo en cuenta que otros dos colegas paisanos suyos con mayor sentido del «fair play» y, desde luego, mucho más autocríticos, decidieron expulsarse a sí mismos por errores a simple vista inexcusables. Son los casos del árbitro de un Glasgow-Shefield, en 1930, que se quitó de en medio al comprobar que su camiseta era del mismo color que la del visitante, y el de Andy Wain, que tras arrojar el silbato al césped se enfrentó al portero de uno de los equipos que había protestado una de sus decisiones. Consciente de que su reacción había sido inapropiada optó por sacarse la roja y no hubo más remedio que suspender el partido.

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El turuta Rajoy

Por Luis M. Alonso (25 de octubre, 2009)

El líder del PP toca a rebato y abre una nueva guerra interna

El mayor esfuerzo de los partidos políticos se mide y comprueba, por lo general, en los nombramientos de los cargos. Ahí es donde la casta da lo mejor y lo peor de sí, se faja hasta el infinito, al punto incluso de golpearse en sus propias carnes.

El turuta Rajoy ha llamado a la movilización contra el plan de Esperanza de Aguirre de situar a su hombre de confianza al frente de Caja Madrid como sustituto de Miguel Blesa. A Mariano esto no le gusta, porque lo que él pretende, bajo el señuelo de que hay que elegir a los mejores, es que sea Rodrigo Rato el que ocupe el puesto. Y ¿por qué quiere Rajoy que Rato dirija el cuarto banco de España? No sé a los lectores, pero a mí se me ocurren algunas cosas. Entre ellas, por ejemplo, para que el ex director del Fondo Monetario Internacional no le discuta el liderazgo dentro del partido. O, también, para minar el poder de la presidenta de la Comunidad de Madrid, la que, por otro lado, ha actuado con mayor decisión política en el escándalo «Gürtel».

Al mismo tiempo que José Luis Rodríguez Zapatero se ha consagrado como el peor presidente de la última democracia española, Mariano Rajoy se corona como el líder político más catastrófico de la derecha. Por méritos propios, que, además, se preocupa de contraer día a día. Con las aguas bajando a chorros por la cloaca del «Gürtel», ahora se ha empeñado en desatar una guerra interna de consecuencias imprevisibles por Caja Madrid.

Los electores no van a tener más remedio que darle la espalda a un partido que, sin saber gobernarse a sí mismo, resulta improbable que pueda hacerlo en otra etapa al frente del país.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | octubre 2009 |

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