El borracho bajo el volcán

Por Luis M. Alonso (24 de septiembre, 2009)


El centenario de Malcolm Lowry propicia una avalancha de reediciones del autor de una de las mejores novelas del siglo XX, resultado de su larga experiencia etílica
Malcolm Lowry (Cheshire, 28 de julio de 1909-Ripe, 26 de junio de 1957) era, al igual que su padre, un magnífico nadador. El día en que se enteró de que su progenitor había muerto, se lanzó al agua y nadó tan lejos en la ensenada de Burrard (Canadá), adonde se había retirado para escribir la novela de su vida, que Margerie Bonner, una de sus dos esposas, pensando que le había ocurrido algo malo, empezó a preocuparse. Transcurrido un tiempo, el nadador regresó a la orilla, subió la escalera del muelle y no dijo nada. Douglas Day, uno de sus dos biógrafos, recoge un testimonio de ese silencio que Margerie atribuye a la falta de afecto paterno. Pero el mismo biógrafo sostiene que lo que ocurrió aquel día puede deberse precisamente a lo contrario: el escritor intentó suicidarse en 1938 en Acapulco nadando mar adentro hasta donde el Pacífico no pudiera devolverlo. Hay quienes dicen que Arthur O. Lowry, un próspero comerciante del algodón de moral puritana y planteamientos rígidos, ejerció una dominación tan fuerte sobre su hijo que, admirándolo, le profesaba, al mismo tiempo, amor y odio.

Nunca se podrá saber con certeza por mucho que se escriba sobre el pasado tormentoso del autor, pero es posible que la infancia de Lowry haya sido un factor determinante de la destrucción personal que vino después, como también lo fueron los remordimientos posteriores sobre oportunidades perdidas y sentimientos mal encauzados que le llevaron a embarcarse en una huida permanente hasta llegar al accidentado suicidio de Ripe (East Sussex, Inglaterra) en 1957.
Para Lowry, las zambullidas en el mar y el alcohol, los manuscritos perdidos, las heridas del amor y de la amistad, quedarían plenamente justificadas al cumplir con su destino literario y dejar como legado una de las grandes novelas del siglo XX, Bajo el volcán (1947), que hubo de ser reescrita varias veces como consecuencia de la zozobra antes citada.

Las dos grandes biografías que estos días se citan con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento del escritor mantienen diferentes matices sobre la influencia familiar en la obra de Lowry: la del padre autoritario y la de la madre dulce pero alejada por motivos de salud. La de Day (Malcolm Lowry, una biografía, 1973) concluye que hay pocos signos en la infancia del autor de Bajo el volcán que sugieran el futuro alcohólico y autodestructivo. Si bien subraya a continuación que hemos aprendido ya a sospechar de las infancias felices de nuestros héroes literarios, recordando los casos de Dylan Thomas y Hemingway, dos ejemplos de dipsómanos suicidas. El filólogo y sociólogo Gordon Bowker, en Perseguido por los demonios (1993), recientemente traducida al español, asegura en el punto de partida de su relato que Malcolm Lowry decidió inconscientemente desde niño que iba a convertirse en un alcohólico por rechazo al puritanismo paterno. El propio Lowry, en uno de sus cuentos, deja constancia del desprecio de su padre hacia un abogado que todas las mañanas le saluda alzando el bastón cuando se dirige a coger el ferry que cruza el Mersey rumbo a su oficina en Liverpool. Ante la pregunta del niño de por qué no le devuelve el saludo, el padre responde que se trata de un borracho. Y el niño deja escrito: «Él ignoraba que secretamente yo había decidido convertirme también en borracho cuando fuera mayor».

La literatura, para Lowry, era un espejo que le devolvía el reflejo de su propia existencia. Ultramarina, su primera novela, fue el resultado de una temprana llamada del mar, acuciado por las lecturas de Conrad, O’Neill, London o Nordahl Grieg y la proximidad del hogar familiar al puerto de Liverpool. Obedeciendo a un mismo motivo, Bajo el volcán es el resultado de su larga experiencia como borracho: 1 de noviembre de 1938, día de los muertos en Cuernavaca, dieciocho iglesias y cincuenta y siete cantinas, veinticuatro horas y poco más de cuatrocientas páginas. La obra maestra de Lowry trata de los últimos momentos del ex cónsul inglés Geoffrey Firmin, en lucha contra los fantasmas que pueblan su cerebro, mientras la belleza de su ex mujer, Ivonne, se refleja en un vaso de tequila. Fuera está la violencia. La culpabilidad le lleva a autodestruirse bebiendo, para alcanzar finalmente la muerte, totalmente borracho y en un burdel, a manos de un grupo de matones fascistas. Como música de fondo, la imposible reconciliación del cónsul con su ex mujer y Europa, un mundo que se desmorona ante la guerra que se ve venir, simbolizado en un pequeño parque, imagen reiterada de la narración: «¿Le gusta este jardín, que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!», repite Lowry.

Bajo el volcán, la novela del mezcal, el cónsul y Cuernavaca, la escribió muy lejos de México, en una cabaña de Dollarton, en Canadá, frente al mar, al lado de Vancouver, con la compañía de una mujer, Margerie Bonner, y de una botella. La génesis la había escrito años antes, en 1936, cuando vivía en la villa mexicana en compañía de otra mujer, Jan Gabriel. Las dos fueron sus esposas, la última de ellas, realmente la primera, fatal y autodestructiva como él, mientras que Bonner encarnó el papel de la compañera fiel y resignada. También hubo dos hombres importantes en la vida de Lowry: el escritor norteamericano Conrad Aiken, su padrino literario, la persona que más influencia ejerció sobre él, y Albert Erskine, el editor que creyó en su talento como nadie hizo.

Todo podía haberse quedado en una gran novela -George Steiner escribió «los volcanes que echan fuego en lo alto dejan poca vida a su alrededor»-, pero hay algo más. Si Bajo el volcán es el infierno, el purgatorio resulta ser Piedra infernal, traducción de Lunar Caustic (1963), el relato de un alcohólico desesperado que busca la salvación refugiándose en un hospital psiquiátrico. Ni más menos que la experiencia hospitalaria de Lowry en Nueva York, en el Bellevue, de donde finalmente lo echaron para que siguiese surcando, después del mar, el manicomio de la vida y se refugiase, como Bill Plantagenet, su protagonista, en el rincón más oscuro del bar.

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La dignidad del bailarín de papel

Por Luis M. Alonso (14 de septiembre, 2009)


n Matthias Sindelar, capitán del Wunderteam y mejor futbolista austriaco de la historia, murió hace 70 años en circunstancias extrañas después de haberle dado la vuelta en el Prater a un partido amañado por el III Reich

En el rincón judío del cementerio central de Viena, no muy alejado de las tumbas de Beethoven y de Schubert, se encuentra enterrado Matthias Sindelar (1903-1939), el mejor futbolista austriaco de todos los tiempos y también el hombre que desafió a Hitler en el Prater ante miles de espectadores. En los años treinta fue el capitán del Wunderteam de Hugo Meisl, el equipo maravilla, como se conocía a la potente selección de Austria antes de convertirse en una de las primeras víctimas del nazismo. Sindelar, extremadamente delgado y virtuoso, pasó a la historia como «El hombre de papel» y «El Mozart del fútbol».

Entre 1931 y 1934, Austria disputó una treintena de partidos y sólo cosechó dos derrotas, la última de ellas en la semifinal del Mundial de Italia contra la selección azurra que dirigía Vittorio Pozzo, el estratega inventor del catenaccio. El campeonato estaba hecho a la medida del propagandismo de Mussolini y los italianos tenían que ganarlo sí o sí, de manera que lo hicieron a su estilo por uno a cero, después de marcar en fuera de juego, de que el árbitro les anulase injustamente el gol del empate a los austriacos y de que Sindelar acabase lesionado.

La otra derrota se había producido en diciembre de 1932, también de modo injusto, frente a Inglaterra en Wembley, por 4-3. Sindelar y el Wunderteam, perjudicados una vez más por las decisiones arbitrales, habían conseguido contrarrestar el bombardeo aéreo inglés, jugando corto y raso, disfrutando de las paredes, los pases al hueco y los regates. En la memoria londinense quedó grabado durante mucho tiempo un gol de antología del hábil delantero centro de Austria, que dejó sentados a un par de defensas y al portero antes de ver cómo el balón se alojaba en la red.

Pero, al contrario de lo que suele suceder, no fueron las derrotas las que llevaron a aquel maravilloso equipo de mentalidad atacante al ocaso, sino sus más hermosas victorias. Una de ellas, la última y que de acuerdo con no pocas conjeturas pudo costarle la vida a Sindelar, se produjo el 3 de abril de 1938, en un «partido amistoso» celebrado antes del Mundial de Francia. Aún estaban presentes en el recuerdo de todos el 0-6 infligido por los austriacos a sus vecinos germanos en Alemania y aquel otro 5 a 0 del Prater, cuando llegó el Asnchluss y con él el final del Wunderteam. Los nazis, con el argumento de que la patria era ya sólo una, «convencieron» a muchos de los jugadores de aquel equipo que había hecho historia de integrarse en su selección. Otros huyeron. Matthias Sindelar, sencillamente, se negó a vestir otra camiseta que no fuese la de Austria, que se había clasificado junto a Alemania para la fase final de París, que luego no pudo disputar.

Antes, sin embargo, Goebbels, que todavía no había dicho aquello de que ganar un partido era más importante que tomar una ciudad del Este pero seguramente ya lo pensaba, decidió amañar un último partido de despedida de los austriacos, en el que los alemanes, reforzados, demostrarían su superioridad frente a una selección vecina desmantelada que los nazis rebautizaron como «La marca oriental». Pero lo que no imaginaban es que allí estaba Sindelar dispuesto a partir una lanza por la dignidad y dejarse la piel en el campo. Los jugadores austriacos, pese a las bajas, se mostraron muy superiores a los alemanes, sin embargo la superioridad no se materializó en goles durante la primera parte. Cada vez que llegaban a la puerta contraria se acordaban de los «consejos» de la Gestapo y fallaban lo que parecía imposible fallar. Al igual que sus compañeros de equipo, aquel bailarín de papel parecía atenazado por la obligación de perder, el problema para Alemania es que eso sólo duró cuarenta y cinco minutos. Con la reanudación del partido, Sindelar, mucho menos cohibido, dio un recital de fútbol y marcó un precioso gol de vaselina. Después, cuando Austria anotó un segundo tanto, fue a celebrarlo junto al autor debajo del palco donde se encontraban los principales dirigentes del III Reich. El bailarín improvisó una danza ante la mirada enfurecida de los jerarcas nazis. Sindelar detestaba al nazismo por la persecución iniciada contra los judíos, entre ellos los directivos del Austria Viena, donde marcaría a lo largo de su carrera la friolera de 600 goles. Él mismo con 35 años, habiéndose ganado las iras de la Gestapo, pasó a ser un perseguido más entre los casi 150.000 exiliados internos de su mismo origen. No le perdonaron la ofensa y poco tiempo después, en enero de 1939, hallaron su cadáver y el de su amante, la cantante italiana Camilla Castagnola, tendidos sobre la cama de su casa en Viena. El informe del forense certificó que se habían suicidado inhalando gas de una estufa. Los bomberos sostuvieron que la estufa era nueva y que no notaron a su llegada al domicilio signos de que se hubiese producido una fuga. La Gestapo archivó el caso.

Al funeral de Sindelar y de su novia asistieron, entre fuertes medidas de seguridad ya que se temían revueltas, más de 40.000 personas y su club de toda la vida recibió cerca de 15.000 telegramas de condolencia. La calle Laerberg de Viena, donde vivió oculto con Castagnola los últimos ocho meses, la rebautizaron con el nombre de Sindelarstrasse. Han pasado setenta años de la muerte de Matthias Sindelar, los mismos que del inicio de aquella guerra instigada por los psicópatas asesinos a los que el futbolista austriaco, dando ejemplo de dignidad y coraje, puso en evidencia en el Prater.

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Berlín, cuéntame cómo fue

Por Luis M. Alonso (13 de septiembre, 2009)


l Los berlineses han encontrado en la moda retro de la RDA una forma inocente de mirar al pasado y también un negocio
l La capital alemana, Ostalgie aparte, se dispone a conmemorar 20 años después de la caída del Muro la fiesta de la libertad
Berlín, la ciudad que se dispone a celebrar los veinte años de la caída del Muro y ha sido distinguida con el premio «Príncipe de Asturias» de la Concordia, ha sabido abrirse al mundo y, a la vez, conservar algunas de las señas de indentidad de un país, la RDA, que sólo duró cuatro décadas. El estilo «retro» sigue de moda tras la voladura del comunismo. Para la mitad de la población alemana, algunos de los objetos que ahora se encuentran en tiendas de segunda mano han formado parte de su vida. Este reciclaje nostálgico recibe el nombre de Ostalgie.

Resulta difícil imaginar algo que simbolice mejor la desaparecida República Democrática Alemana (RDA) que el viejo Trabant, conocido cariñosamente por los alemanes del Este por «Trabi». Durante el verano de 1989, poco antes de la caída del Muro, millares de personas huyeron por la frontera que se había abierto entre Hungría y Austria y cientos de Trabant quedaron atrás. Cuando el 9 de noviembre de aquel mismo año cayó el Muro los alemanes del Este que se precipitaban al otro lado a bordo de sus pequeños utilitarios eran recibidos con grandes muestras de alborozo por los vecinos occidentales que después se apresuraron a hacerse con los singulares vehículos que escapaban de la ratonera comunista. La imagen del «Trabi» reventando la inacabable pared que había separado durante décadas a los berlineses quedó grabada en muchas retinas durante la noche histórica de la libertad.

Los Trabant han sido, al mismo tiempo que unos coches robustos de mecánica simple y bajo consumo, los mejores vehículos de la memoria. El escritor Marcel Beyer cuenta en «La noche que cayó el Muro», un libro donde se recogen los testimonios de varios autores, cómo los recuerdos del 9 de noviembre de 1989 están asociados a la fecha en que recibió su primer coche. Ulrike Draesner, cuya obra literaria se relaciona estrechamente con las imágenes grabadas de sus vivencias, escribía su tesis de doctorado en Munich y se enteró de lo que estaba ocurriendo cuando vio los primeros «Trabis» cruzando al otro lado mientras los pájaros carpinteros picoteaban por debajo de las garitas desde donde los vopos no hacía todavía mucho disparaban a quienes intentaban cruzar la frontera.

El Trabant, antes de convertirse en un objeto de culto, fue durante años el objeto más deseado por los alemanes del Este, que tenían que esperar hasta diez años para hacerse con uno. Ahora que el sector del automóvil se propone relanzar en la feria de Francfort un nuevo modelo eléctrico de este coche, dotado de iPod y GPS, el «Daily Telegraph» recordaba una anécdota, que con el paso del tiempo se ha convertido en un chiste, sobre las famosas listas de espera del vehículo más popular de la RDA. «Un cliente que había encargado un Trabant recibió en junio de 1980 una llamada del vendedor que le informaba de que podía pasar a recoger el coche en la misma fecha de 1990. «¿Por la mañana o por la tarde?», preguntó el hombre. «Si todavía quedan diez años…», respondió el vendedor. «Ya lo sé, pero se lo pregunto porque el fontanero ha quedado en venir por la mañana». Con los viejos «Trabi» se siguen organizando «safaris» alrededor de la ciudad para que los turistas puedan conocer lo que queda de la auténtica Alemania del Este, por la Karl Marx Allee hacia adelante, más allá de las difusas líneas de Friedrichshain o en el Pankow que habitaban los oligarcas del comunismo.

Berlín, la ciudad libre, ha querido mantener, veinte años después de todo aquello, el vínculo con su pasado reciente convirtiéndolo en la moda más duradera. «Ostalgie» (nostalgia del Este, «Ost» en alemán), de la misma manera que la «saudade» portuguesa, es un curioso estado de ánimo intraducible a otros idiomas. Quizá no haya nada mejor que poder administrar la libertad con la sensación de que en la odiada vida anterior no todo fue malo, o, en último caso, eso fue lo que tocó vivir.

La onda de nostalgia por el mundo que acababa de desaparecer sobrevino a los pocos días de la caída del Muro y se ha mantenido por medio de tiendas de objetos de segunda mano que hacen a los berlineses viajar por un túnel a los tiempos de los monos de trabajo de fibra azul eléctrica, la loza marrón de flores anaranjadas, los polvorientos ositos de peluche de color blanco, los muebles de formica, los sofás de skay o los marcos dorados con fotos del ex jefe de Estado, Erich Honecker. A la vez, durante todos estos años se han ido abriendo establecimientos ambientados en la etapa anterior. Bares, discotecas y comercios de moda. El caso más sobresaliente es el del Hostal Ostel, situado en las inmediaciones de la Ostbanhof, la estación de ferrocarril del este de Berlín. La decoración, basada en los años sesenta y setenta, se debe a Daniel Helbig y Guido Sand y es un auténtico museo de la RDA, incluyendo elementos inspirados en los cuarteles de la antigua Policía secreta, Stasi. Los precios también pertenecen en algunos casos, los de las habitaciones de varias camas, al pasado.

Los sociólogos hace tiempo que estudian este peculiar fenómeno de la nostalgia tras la reunificación alemana, que precisamente se puso en marcha con la rápida sustitución de los productos de la RDA por los de fabricación occidental sin que los alemanes del Este se olvidasen de lo que les rodeó durante años y sin evitar, tampoco, que a los vecinos les entrase una enorme curiosidad por comprobar cómo era la vida del otro lado. Al éxito en las pantallas de películas como «Good bye Lenin!» (2003), de Wolfgang Becker, «Sonnenallee» (1999), de Leander Haußmann, o «Kleinruppin forever» (2004), de Carsten Fiebeler, se sumó en 2006 «La vida de los otros», dirigida por Florian Henckel-Donnersmarck. Todas ellas tratan desde diferentes visiones el pasado de una ciudad dividida y que ahora, veinte años después de emprender una nueva etapa, se dispone a celebrar el próximo noviembre en la puerta de Brandeburgo la gran fiesta de la libertad. En Berlín, como predijo Willy Brandt, da la impresión de que se ha unido todo aquello que estaba hecho lo uno para lo otro y que la «guerra fría» separó. «Veinte años después, la ciudad se ha unido. No obstante, Este y Oeste continúan siendo algo más que puntos cardinales. La gente sigue teniendo sus biografías, naturalmente marcadas por sus respectivas experiencias de un lado del Muro o del otro. Y a veces surgen también diferentes emociones derivadas justamente de esas experiencias», explicó últimamente a propósito del aniversario berlinés el alcalde y gobernador de la capital federal, Klaus Wowereit.

La ciudad, que vibra a otro ritmo desde hace veinte años, tiene como epicentro el Mitte, que a principios de los noventa se convirtió en un símbolo del fin de la «guerra fría». Por allí ha pasado la historia y sigue pasando en un Berlín donde la destrucción tras la Segunda Guerra Mundial fue tan masiva que apenas dejó cicatrices. A este barrio pertenecen tanto la elegante Unter den Linden como el Checkpoint Charlie, uno de los pasos fronterizos más conocidos y desde luego el más distinguido por la literatura y el cine. Ni la ciudad ni sus jirones han podido desprenderse de esa cualidad de museo que la adorna. Es más, lo que ha hecho es aprovecharse de la circunstancia para vender los entrañables signos del pasado y la desafiante libertad con que se ha enfrentado al presente.

Las huellas del Muro marcan el recorrido en distintos puntos o estaciones, pero el reciclaje de la vida de los otros sirve también para que nadie se olvide de cómo era todo aquello. Los berlineses no cambian la libertad por nada, pero de la misma forma que se apresuraron a arrojar al contenedor los recuerdos que marcaron sus existencias durante cuatro décadas han sabido volver a él para recuperarlos o reproducir el modelo original. Había cosas horribles, desde luego, pero no todo podía ser tan malo, piensan algunos de los que vivieron allí. Hay quienes recuerdan con especial nostalgia los helados y aseguran que no han sido superados por la enorme variedad que ofrece el mercado veinte años más tarde. Algunos sabores, como los de la infancia, resultan insustituibles. Otros coleccionan vídeos con programas de la televisión comunista y hay quienes beben Vita-Cola, la Coca-Cola de la RDA. Y, por supuesto, están los Trabant, que también han sabido adaptarse a los nuevos tiempos.

Categoría: General | Comentarios(0) | septiembre 2009 |

Agitar y beber

Por Luis M. Alonso (13 de septiembre, 2009)



Los tragos combinados más placenteros y otros que ayudan a reponerse en las resacas

Estoy esperando encontrar un bar donde Hemingway no haya bebido para volver a tomar el daiquiri que lleva su nombre y que el escritor se inventó tras convencerse a sí mismo de que debía evitar el azúcar y suplirlo con licor maraschino por causa de una diabetes que no padecía. La vez que estuve en el Floridita, en La Habana, no tuve la paciencia que hay que tener para oírle contar la historia del Papa Doble o Hemingway Daiquiri a un somnoliento barman cubano de los que al parecer había tratado a tan ilustre cliente.

El caso es que el autor de Por quién doblan las campanas se empeñó en mejorar el popular cóctel y lo consiguió, aunque, eso sí, sin dejar de ingerir azúcar, ya que el azúcar también existe en la receta del maraschino. En cualquier caso, para apuntarse al cóctel favorito de Hem, ponga en una coctelera dos medidas de ron blanco, una de zumo de lima y otra de pomelo, y media medida más del dichoso licor. Agite, sirva y beba.

El gremio de barmans de Nueva York tiene identificadas, al menos, diez mil combinaciones de alcohol, aunque algunas resultan variaciones sobre un mismo tema, según Michael Jackson, periodista y buen bebedor, una de esas personas que si le hubiesen preguntado por la nacionalidad habría respondido que borracho, al igual que Rick Blaine (Humphrey Bogart) en la película Casablanca. El cóctel se inventó en la era del jazz y concretamente durante el período de prohibición en Estados Unidos, con el fin de camuflar los licores vetados en los locales conocidos por «speakeasy». Se dice que fue una muchacha llamada Cóctel quien popularizó a este lado del Atlántico los populares combinados.

A veces hablamos de alcohol al referirnos al aperitivo, pero creo que los mejores tragos, los que ayudan a mantener, sin resentirse, ciertas relaciones sociales, deben administrársele al cuerpo entre horas, bien cuando la tarde avanza a su encuentro con la noche, o al mediodía, pero siempre guardando distancia del vino. El gastrónomo Fernand Point dijo que acto seguido de un cóctel u otra mezcla es imposible distinguir entre un vino y el contenido de un tintero. El vino, si se aprecia debidamente, es intocable y debe primar cualquier otra sensación.

Esto por delante, citaré algunos cócteles que, a mi juicio, merecen la pena: Whisky Sour (whisky de centeno), Old Fashioned (whisky de centeno), Bloody Mary (vodka), Margarita (tequila), Gimlet (ginebra), Singapur Sling (ginebra) y, por encima de todos, el Dry Martini, que es insuperable cuando las medidas respetan su condición esencial: un trallazo frío y fulminante de buena ginebra, un golpecito de vermú seco, la cáscara de un limón y una aceituna. Los ingredientes es necesario agitarlos cinco veces en una dirección y otras tantas en la inversa.

El cineasta Luis Buñuel, aficionado indesmayable del Dry Martini, ensayó la fórmula de beberlo sin el acompañamiento del vermú. Decía que este último debe estar siempre presente cuando se prepara el combinado de la ginebra y el hielo, pero no debe de ninguna manera mezclarse con ellos. Así que, en su peculiarísima opinión, lo que debe hacer la botella es simplemente figurar como testigo.

Hay otras bebidas que también se han considerado aperitivos a lo largo del tiempo aunque tampoco deben tomarse antes de una comida donde se descorche un buen vino. Toda la gama de vermús rojos, el Noilly-Prat, el Amer Picon, que tanto le gustaba al escritor Josep María de Sagarra, el Pernod o el Pimm’s, son, por otro lado, estupendos compañeros para pasar un rato contemplativo en la terraza de un bar. El Pimm’s, la bebida con que los británicos amenizan sus eventos deportivos de sociedad, es la ensalada de frutas alcohólica más perfecta que existe. Supera incluso en imaginación a nuestra popularísima sangría.

Fosco Scarselli, un barman de la vía Tornabuoni de Florencia, mezcló un día un tercio de ginebra, otro de vermú rojo y uno más de Campari. Les añadió hielo, un golpe de agua mineral con gas y una rodaja de naranja. Así, cuando todavía estaba en proceso la tercera década del siglo pasado, inventó uno de los tragos más equilibrados y refrescantes: el Negroni, en honor de un conde toscano del mismo nombre. El bar del hotel Baglioni, en la Tornabuoni florentina, sigue siendo el sitio de referencia para beber el mejor Negroni. Allí uno puede sentirse Alberto Sordi o Rossano Brazzi, dos fieles seguidores de este combinado, mientras observa el bullir de los camareros. Desde la terrazza Brunelleschi se puede contemplar la cúpula de Santa María del Fiore, proyectada por el célebre arquitecto, el campanario de Giotto, los techos de los antiguos palacios del casco antiguo y, en el horizonte, las verdes colinas que rodean la ciudad.

El 23 de junio de 1952, el escritor Vitaliano Brancati pasó en ese lugar un momento singular de su vida que más tarde describió en el libro Paolo il caldo. «Me encuentro sentado en la terraza del Hotel Baglioni, enamorado de mi esposa. Son las diez de la noche. He terminado de cenar y, gracias a la vitalidad que me ha dado el vino helado de Chianti, entre los pensamientos que pueden recrear mi fantasía elijo uno que, en otra situación, me resultaría aburrido o incluso lúgubre: dentro de pocos días habré cumplido 45 años».

Siguiendo con escritores, volvamos a Hemingway, que acostumbraba a beber un cóctel carnívoro llamado Bullshot cuando la resaca podía medirla en términos taurinos como si se tratase de una monumental cornada. En el Bullshot, el caldo de vaca sustituye al zumo de tomate de un clásico Bloody Mary. Los siguientes ingredientes son vodka, salsa de Worcestershire, Tabasco, pimienta negra recién molida, sal y, dependiendo del barman, rábano y unas gotas de Angostura.

Otro remedio para la resaca es el combinado Prairie Oyster, que resulta de juntar una yema de huevo, una cucharadita de Worcester, dos gotas de vinagre y una de Tabasco. La yema debe mantenerse intacta para que surta efecto. Para prevenir este tipo de estragos siempre es eficaz tomar precauciones con un vaso de leche que retrasa la absorción del alcohol y protege al estómago de posibles irritaciones. El alcohol, al ser diurético, provoca deshidratación. Por lo tanto hay que beber agua. Un remedio judío para combatir esa deshidratación es tomar caldo o sopa de pollo.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | septiembre 2009 |

Las pasarelas Niemeyer

Por Luis M. Alonso (12 de septiembre, 2009)

A partir de ahora habrá que aprender a distinguir entre la pasarela con que piensan unir la ciudad y el centro cultural de la ría y la famosa pasarela Niemeyer por donde se ha paseado Brad Pitt. Hay palabras que siendo lo mismo significan cosas completamente distintas en función del contexto, las necesidades o Natalio Grueso.

Pues bien, el proyecto o «estudio de alternativas» de esta pasarela que nos anuncian ahora parte de un desembolso de 46.400 euros que no están nada mal por el simple hecho de emborronar cuatro papeles. En cambio, el objetivo es que la ejecución material del puente no supere el millón y medio de euros con el fin, seguramente, de poder fundir los 37 millones del canon del agua en otras cosas que seguramente no tendrán el mismo interés para Avilés, pero sí para los propósitos electorales. La baza del Niemeyer ya está vendida sin incrementar el gasto y lo que hace falta es seguir arrimando de aquí y allá.

Izquierda Unida, el socio, sí sabe, como me temía, en qué gastar el dinero del canon pese a que lo que ha mantenido durante todo este tiempo es que se trata de un dinero manchado por el oprobio de la privatización. Los partidos avilesinos se han lanzado a proponer ideas de cómo se debe gastar el dinero que se ingrese. El PP aspira a una reforma más completa de Hermanos Orbón e IU quiere la peatonalización de la Plaza de Pedro Menéndez. Los socialistas harán finalmente lo que les dé la gana y venga mejor, contando con los votos de Antonio Sabino. Y, al final, el ingreso, si es que llega, se invertirá del peor modo posible. Para lo contrario, haría falta que los concejales fuesen otros y los comisarios políticos no llevasen dos décadas en los cargos viendo pasar por delante de sus narices, una y otra vez, las oportunidades perdidas. Por la ciudad, no por ellos, desde luego.

Puede que haya alguien nuevo que se pregunte el porqué de tanto descreimiento. No se preocupe, lo irá entendiendo.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | septiembre 2009 |

El diablo se coló por el hueco de la historia

Por Luis M. Alonso (11 de septiembre, 2009)


Del accidente de carretera en el que Hitler salió ileso en 1931 a las causas del estallido de una guerra

El cineasta Alexander Kluge, discípulo de Fritz Lang y al que W. G. Sebald definió como el más ilustrado de los escritores, es un hábil difusor de imágenes literarias. Ha visto al demonio en los detalles y lo ha contado en los 173 relatos, algunos de ellos mínimos, que recoge la selección El hueco que deja el diablo y que en España publicó no hace todavía demasiado la editorial Anagrama. Se trata de fogonazos producto de la investigación sobre el mal: de elementos medievales que liberan, a veces, fuerzas humanas, y, otras, fuerzas diabólicas.

El diablo, por ejemplo, se coló por el agujero un martes de diciembre de 1931 cuando faltaron sesenta y tres centímetros y medio para que Adolf Hitler, un ser maligno, muriese después de una boda en una carretera helada de la localidad pomerana de Mecklemburgo, junto a sus edecanes Brückner y Schaub, las madres de la novia y del novio, el gauleiter de Berlín, un tal Joseph Goebbels. Esos sesenta y tres centímetros que separaban la cuneta de una arboleda fueron uno de los errores del diablo, que a veces se equivoca en nuestro favor y otras, en contra. Si Hitler no se estrelló aquel día fue por obra y gracia de la Providencia. El autor alemán cuenta, en palabras atribuidas al ingeniero que inspeccionó el lugar del accidente, que hay un 90 por ciento de probabilidades de que dos vehículos, al acelerar paralelos sobre el hielo, se toquen y se estrellen. En términos físicos, lo harían con la fuerza de un proyectil. El chófer que conducía el Mercedes negro donde viajaba el Führer estaba plenamente convencido de que las bebidas espirituosas no mermaban las facultades al volante y sí, sin embargo, de que la mente funciona a mayor velocidad en un estado de embriaguez. Hablamos, además, como recalca Kluge, de una historia de los primeros días del automovilismo, cuando no todos los conductores tenían suficientemente presente la prohibición de frenar en superficies heladas y el peligro de conducir bebidos.

Sin el hombre que volvió a nacer aquel martes de diciembre en Mecklemburgo es posible que no hubiera pasado lo que pasó posteriormente a partir de 1939. Así que no hubiera habido que rebuscar en las raíces de lo irracional y en las consecuencias de aquellos seis meses de París que cambiaron el mundo en 1919, cuando en Versalles se firmó un tratado que dejaba a Alemania en una situación poco honrosa con respecto a las grandes potencias. David Lloyd George, primer ministro británico, insistió entonces en que las condiciones de paz no debían destruir a Alemania para no tener que enfrentarse más tarde a ella. «Podéis despejar a Alemania de sus colonias, reducir su armamento a un simple cuerpo de policía y su marina de guerra a la de una potencia de quinta fila; a pesar de ello, si tiene la sensación de que se la ha tratado injustamente en la paz de 1919, acabará encontrando el medio de vengarse de sus vencedores».

La paz de Versalles, ocurre en estos casos, fue la paz de los que ganaron la Gran Guerra, pero eso no quiere decir, como escribió Margaret McMillan, que los acuerdos de París fuesen la causa de la tormenta que después se desencadenó y de cuyo inicio se han cumplido setenta años. Los términos del tratado y el castigo a los perdedores fueron utilizados por la propaganda nazi a su favor, pero de 1919 a 1939 hubo veinte años de decisiones y de no decisiones que ayudaron a precipitar los hechos. Y, en última instancia, las pasiones irracionales, como ocurre con el nacionalismo y la xenofobia, son difíciles de contener.

Cuando las potencias aliadas ya habían declarado la guerra a Alemania pero se seguía hablando de detener los combates, el «Times» publicó en un artículo de fondo una frase que resume lo que no puede ser y es, además, imposible. «No puede haber paz alguna con Hitler porque no puede haber paz alguna con Hitler». Eso era precisamente lo contrario de lo que pensaba Neville Chamberlain. El primer ministro británico no quería que la Royal Air Force bombardease Alemania y que la Luftwaffe bombardera Inglaterra, el problema es que no sabía cómo evitarlo.

Nicholson Baker cuenta que nueve directores y editores de periódicos desembarcaron en Nueva York de vuelta de Europa. Se habían entrevistado con gente poderosa e influyente, entre ellos Chamberlain, y volvían tranquilizados. Un reportero de «Life» se encontraba en el puerto para preguntarles. «Su predicción es unánime. No habrá guerra este año», publicó la revista. Era el 13 de julio de 1939.

Puede que el destino se colase inexorablemente por el hueco que dejó el diablo aquel diciembre, ocho años antes, en la carretera helada de Mecklemburgo.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | septiembre 2009 |

Los hombres del saco

Por Luis M. Alonso (11 de septiembre, 2009)

Entre la endiablada situación afgana y la investigación de los crímenes del franquismo por parte del juez Garzón, lo que más les preocupa a los españoles es que el Gobierno está dispuesto a subirles los impuestos un 5 por ciento.

Lo que Zapatero ha hecho con esta crisis ha sido, primero de nada, negarla; después, echarle la culpa a los factores exógenos y, finalmente, ante la falta de soluciones, anunciar una de las subidas fiscales mayores de la democracia. No es es que esto sea muy imaginativo desde el punto de vista político, pero de alguna parte tiene que salir el dinero si el primer objetivo socialista sigue siendo gastar antes que administrar la delicada situación económica como es debido.

Subir los impuestos no resulta una novedad, es lo que suelen hacer los gobiernos nacionales, autónomos o locales cuando necesitan pulir más dinero del que ingresan por medio de una gestión adecuada de los recursos. Pero sí lo es, sin embargo, esta peculiar y errática forma de entender la política fiscal de un presidente que hace menos de un mes prometía la rebaja de 450 euros a los parados y un mes después se percata de que lo que hace falta es recaudar 15.000 millones más. Así que un día escuchamos una cosa y, al día siguiente, la contraria.

A Rajoy le han dicho que esta confusión no puede traer otra cosa que la derrota socialista en las urnas y se ha sentado a esperar pacientemente la hecatombe, incluida la del sistema. El edificio se derrumba y a Zapatero ya no salen siquiera aquellas cosas del capitán al frente del barco que se hunde. Más o menos todo el mundo es consciente de que de estos gobiernos socialistas no se puede esperar nada y mucho menos la solución. Así que lo único que queda por saber es qué se le puede ocurrir esta vez a Rubalcaba para ahuyentar a los demonios de la derecha. Qué guerra o atentado se pueden manipular para obligar a los españoles a tener que elegir entre el hombre del saco y el hombre que nos ha dado por el saco.

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A prueba de Buchwald

Por Luis M. Alonso (10 de septiembre, 2009)

Nuestros veranos nacionales tan pródigos en sal gruesa marina y de la otra se prestan a veces a la carcajada pero nos alejan, por la propia meteorología, de las frescas y sutiles corrientes del humor. Del humor británico, que es el humor por excelencia, y que, como decía el diplomático y ensayista William Temple, procede de la riqueza del suelo de Inglaterra, de su pésimo clima y de su libertad. O del humor judío, tan certero. El malogrado periodista Art Buchwald, que lo practicaba, habría sabido metabolizar con su fina ironía el número taurino del Partido Popular en la cena de Valencia o la exhibición minera del PSOE en Rodiezmo, dos secuencias patéticas en el inicio de un acongojante curso político.

Buchwald también habría sonreído ante esta mistificación paleta del fenómeno del famoso en la serie local del Niemeyer. Si era el primero en reírse de sí mismo, también podía hacerlo de los demás, sobre todo cuando los demás se comportaban de manera espantosamente ridícula.

Cuando el columnista de «The New York Times» murió a los 81 años, después de rechazar un tratamiento de diálisis, anunció su muerte en la web del periódico por medio de un vídeo. «Hola, soy Art Buchwald y acabó de morir». Los lectores pensaron que se trataba de otra de sus bromas como la vez que dijo que quería que sus cenizas se esparciesen sobre los edificios del constructor Donald Trump.

En «Nunca bailé en la Casa Blanca», uno de sus pocos libros editados aquí, escribió: «Alicia caminaba por la avenida Pensylvania cuando March le preguntó:

-¿Te gustaría asistir a una conferencia de prensa en la Casa Blanca?

-¿Qué es una conferencia de prensa en la Casa Blanca?, preguntó Alicia.

-Allí donde se niega todo lo que ya te han dicho, lo cual es la única razón por lo que podría ser verdad».

Las cenizas del gran Buchwald gravitan sobre las sonrisas a flor de piel.

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El puño en alto de diseño

Por Luis M. Alonso (9 de septiembre, 2009)

Ha dado mucho de que hablar la foto proletaria de Rodiezmo, la localidad minera leonesa donde el PSOE ha querido hacer un homenaje al pasado sin olvidarse del presente. De la famosa instantánea del puño en alto, no hace falta que les diga quiénes representan al pasado, pero con respecto al presente y al futuro, hay que reconocer que Leire Pajín y Bibiana Aído han quedado muy monas como socialistas florero. Y no quiero decir con ello, no se me entienda mal, que el papel de los veteranos José Ángel Villa y Alfonso Guerra sea menos decorativo que el de las chicas. Todo responde a una escenografía tradicional en la que, a falta de otros resultados políticos prácticos, el simbolismo sigue siendo el clavo al que agarrarse para mantener atenta a la clientela más izquierdista.

El Partido Socialista Obrero Español, después de años en la clandestinidad y sin capacidad para adaptarse a un sistema democrático, mantuvo durante más tiempo que otros socialismos europeos la fidelidad al marxismo y a los viejos símbolos. Los socialdemócratas alemanes renunciaron a él en Bad Godesberg en 1959. Los franceses hicieron lo propio, también, en los cincuenta, de la misma manera que los laboristas hace ya décadas que no levantan el puño. De hecho, el ex premier Harold Wilson fue uno de los políticos que se atrevió a confesar en público que él nunca había podido pasar de la primera página de «El Capital».

En 1979, Felipe González se decidió a dar carpetazo al marxismo con aquella famosa frase de «prefiero morir apuñalado en el metro de Nueva York que vivir en la Unión Soviética». Carrillo escribió después que las palabras respondieron a la necesidad del líder socialista de tranquilizar a los poderes fácticos de la economía para que no temieran una llegada de los socialistas al Gobierno. Una vez acostumbrados a ellos, el temor por parte del capital está más que disipado y entre los demás lo único que produce es una triste sonrisa.

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El viejo creído se remueve en la tumba

Por Luis M. Alonso (7 de septiembre, 2009)


Cinco años después de su muerte, una película sobre Brian Clough pone en evidencia algunos de los rasgos más criticados de la personalidad del irrepetible entrenador que logró la hazaña europea del Forest

Hace justamente ahora cinco años Brian Clough, «el Viejo Creído», apenas alcanzaba a ver pasar el mundo por delante de sus ojos en el lecho donde se moría como consecuencia de un cáncer de hígado. Las imágenes nítidas se sobreponían a las borrosas. En primer lugar, la Liga obtenida en 1972 por el modesto Derby County. Pero, sobre todo, el ascenso a la First Division (antecedente de la Premier) en 1977 por parte del Nottingham Forest que conseguiría un doblete al imponerse al poderoso Liverpool en la Copa de la Liga y en la Liga, para después obtener con este equipo, durante dos años consecutivos, la Copa de Europa, en la primera ocasión manteniéndose invicto.

La hazaña se produjo en 1979, el año en que Margaret Thatcher llegó al Gobierno para iniciar la voladura del viejo laborismo, y, en 1980, tras una final épica en el Santiago Bernabeu frente al Hamburgo, de Kevin Keagan, con un gol de John Robertson, y un partido memorable del portero Peter Shilton. Robertson, Shilton y Trevor Francis fueron futbolistas de referencia de aquel equipo provinciano que se caracterizó por jugar limpio y mimar el balón, en una Inglaterra dominada durante años por las marrullerías del Leeds United de Don Revie, la patada a seguir y el juego aéreo. Años más tarde, con la catástrofe de Hillsborough vendría un largo período de decadencia del fútbol de las Islas que arrastró al Forest y al Liverpool, dos equipos que se habían empeñado en «bajar el balón al pasto» y hacerlo rodar por él utilizando el sentido común. El mismo Clough, dotado de una facilidad asombrosa para elegir las frases, había dicho aquello de que, si Dios hubiera querido que se jugara al fútbol en las nubes, no habría puesto hierba en la tierra.

Pero si las imágenes de sus éxitos con «los carneros» del Derby y el Forest eran de las que el gran Clough, un entrenador irrepetible, podía sentirse orgulloso, había otras que no dejarían de producirle amargos recuerdos. Entre ellas, sus desavenencias finales con Peter Taylor, el hombre que le acompañaría como fiel ayudante desde los primeros tiempos en el Harlepool United y que coincidió con él en el Boro (Middlesbrough) en su etapa de jugador. Taylor siempre estuvo junto a él en las etapas de éxito. Al separarse momentáneamente para quedarse al frente de Brighton & Hove Albion, no tuvo que tragarse la humillación de los 44 días en que «Old Big ‘Ead», como era conocido Clough en las Islas por su fama de arrogante, se encargó del Leeds.

Es precisamente de ese período amargo de su vida del que se ocupa la recientísima película The Damnned United, dirigida por Tom Hooper, en la que Michael Sheen (The Queen, Frost/Nixon) interpreta el papel de Brian Clough y que ha puesto furiosos a sus familiares, que no le ven retratado con el respeto y el rigor que se merece, así como tampoco los hechos. Tanto el filme de Hooper como el libro del mismo nombre en que está basado, escrito por David Peace, que «Granta» eligió como el mejor novelista británico joven, ponen en contraposición el calamitoso paso de Clough por el Leeds y los éxitos logrados con el Derby County, pero acentúan con histrionismo los rasgos de personalidad que más disgustos le dieron al inolvidable entrenador: la arrogancia, su temible verborrea y la afición al alcohol. Nada de esto es incierto -de hecho Clough luchó durante más de una década contra el alcoholismo-, pero, si a todo ello sumamos los altibajos de su perfil profesional que destapa la película y la dependencia de Taylor, nadie debería asombrarse por el enfado de la familia.

The Damnned United sitúa los principales fracasos de Clough en su obsesión por superar al colega con el que peor se llevó, su paisano Revie. Según la ficción, el ansia de superar al que fuera durante trece años entrenador del Leeds United y posteriormente seleccionador inglés le arrastraría a cometer sus peores equivocaciones tácticas. Una de ellas, exponer a sus jugadores titulares en el Derby a las lesiones frente a aquella cuerda brutal de canallas del Leeds que encabezaba Billy Bremner, poco antes de una semifinal de la Copa de Europa contra la Juventus. Todo el que esté interesado, puede saber, sin embargo, que las causas de la derrota en Italia por 3-1 frente a la Vecchia Signora se debieron a otras razones polémicas pero que tienen poco que ver con la dureza de los enfrentamientos con el club de Ellan Road. Los dos jugadores más importantes del Derby County, Gemmill y McFarland, fueron amonestados sin merecerlo en el partido de ida estando amenazados de suspensión y no pudieron alinearse a la vuelta, y al jugador alemán de la Juve, Helmut Haller, se le vio entrar durante el descanso en el vestuario del árbitro, compatriota suyo. Clough acusó a los italianos de comprar al colegiado y como militante de la izquierda trajo a la memoria al fascismo y a Mussolini.

Ni el libro ni la película son desdeñables pese a las licencias que se permiten. Ahora bien, cabe pensar que mister Clough, un entrenador que ha pasado a ser leyenda, pueda estar removiéndose en la tumba. Se gustaba demasiado para poder reconocerse en Michael Sheen. Son conocidas sus frases «ya sé que Roma no se construyó en un día, pero es que yo no me encargué del trabajo» o «no diría que fui el mejor entrenador, pero estaba dentro del top uno». Para algunos su proverbial autoestima superaba a su sentido del humor. Para mí son lo mismo.

Categoría: Minutos de descuento | Comentarios(0) | septiembre 2009 |

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