Espionaje

Por Luis M. Alonso (9 de agosto, 2009)

A los espías no hay que tomárselos a broma

El asunto del espionaje político parece un juego por la ligereza con que se denuncia. Se trata, además, de un juego bastante tonto, porque el que ha plantea las escuchas ilegales del Gobierno y tendría que presentar las pruebas, lo que hace es exigirle al supuesto espía que demuestre su inocencia.

Convendrán conmigo que el chiringuito de una playa no es el mejor lugar para denunciar los abusos de un Estado policial, porque si realmente existiesen esos abusos la gravedad de la situación tendría que obligar, como mínimo, a suspender las vacaciones. Cospedal se ha empeñado, en cambio, en hablar de espionaje en el mes de agosto como si se tratase de una discrepancia política.

Todo lo relacionado con espías, y llevamos ya varios episodios dedicados a ello, tiene últimamente en España una inmediata connotación chapucera. Enseguida nos acordamos de Mortadelo y Filemón y de la Tía. Da igual que se trate del supuesto espionaje de la Comunidad de Madrid que de este otro capítulo a la inversa. O de que el ex jefe de Inteligencia someta a los funcionarios del CNI a la prueba del polígrafo para pillar al que filtró sus operaciones especiales de caza y pesca a cargo del erario. Al final, la puesta en escena y la catadura de los personajes nos llevan a disparatados desenlaces. Sin embargo, se trata de un asunto grave. El espionaje al partido de la oposición fue el origen del Watergate. Aquí mismo, por unas escuchas ilegales, que incluían al propio Rey, se vieron obligados a dimitir el ex vicepresidente Narcís Serra y un ex ministro de Defensa. Casos todos ellos probados; el último no demasiado lejano.

A los espías no hay que tomárselos a broma.

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La ganadería popular

Por Luis M. Alonso (8 de agosto, 2009)

El PP y el caso grotesco de las vacas galácticas
En la política, hace tiempo que se ha impuesto el númerus clausus. Seguro que los que son, no son los más indicados pero los partidos cierran filas y no admiten a los nuevos, porque desde la camarilla se controla todo mucho mejor y los cargos, sueldos y prebendas hay que reservarlos, además, para los campeones del sectarismo.

No quiero decir que esto del número restringido tenga algo que ver con el ganadero concejal de Illas de «las vacas galácticas», pero a él no pertenecer a la camarilla dominante le ha hecho considerar que si le vetaron del concurso de Luanco fue precisamente por ese motivo. Y en esta nueva y grotesca polémica de si la culpa de que las vacas del ganadero galáctico no puedan exhibirse se debe a Ovidio Sánchez, a Morales, al alcalde de Gozón o al mismísimo Rajoy, ha terciado Constantino Álvarez para pedirle al ganadero que no mezcle el tocino con la velocidad.

Álvarez, por si alguien no lo sabe todavía, ejerce de portavoz municipal en el Ayuntamiento de Avilés y es también coordinador comarcal. Pero antes de ser todas estas cosas, Constantino Álvarez tuvo su propia ganadería. Mejor dicho, la ganadería la vendió para dedicarse profesionalmente a todas estas cosas. De manera, que sus declaraciones de que el ganado no se debe mezclar con la política son un juicio sustentado en la propia experiencia y me resisto a seguir. Las ganaderías son muy esclavas, requieren mucha dedicación y esfuerzo, mientras que el trabajo del concejal asalariado, en el caso de Constantino Álvarez, consiste lisa y llanamente en llamar a los periódicos para hacer consideraciones casi siempre prescindibles e inútiles, meterle el dedo en el ojo al adversario o reconvenir a los compañeros descarriados. Como podrán comprobar, asuntos todos ellos del máximo interés para el futuro de la ciudad y de sus habitantes.

Esto de las ganaderías del Partido Popular es una prueba de que no me estoy inventando nada.

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Concurso de fallera

Por Luis M. Alonso (7 de agosto, 2009)

El examen de Pajín, en el centro del debate político

Entre las cosas que nos quedan por ver está si la secretaria de organización socialista es capaz de superar el «examen de valencianía» al que la quiere someter el PP para poder ser senadora. En este insólito examen, no cuenta lo que al público, en general, le parezca la guipuzcoana Leire Pajín: si nada valenciana, poco valenciana o valencianorra. Simplemente, parece una demostración de fuerza o un castigo, en último caso un capricho, para impedirle a esta chica tan mona y sectaria que ocupe el escaño en la Cámara alta. Sea lo que sea, lo que yo creo que no está bien es perder el tiempo en estas cosas tan mezquinas y partidistas cuando el país necesita de todos los esfuerzos para resolver los grandes problemas que tiene planteados. Además, el examen puede salirles caro a los populares en el reparto del pastel que corresponde negociar en el próximo período de sesiones. Pepiño Blanco ya ha avisado y el que avisa no es traidor.

La pregunta que seguramente se estará haciendo ya más de un lector es en qué consiste un «examen de valencianía». Según se ha dicho, el temario para Leire Pajín incluye la financiación autonómica, el trasvase del Ebro, la seguridad ciudadana y la lengua. Pero puestos a ello, también podrían pedirle que haga una paella o que se vista de fallera para comprobar si el vestido tradicional le sienta mejor que a Camps los trajes de Milano.

Resulta lamentable certificar día a día la defunción política de este país: el debate marcado por las ocurrencias, el enfrentamiento partidista y el sectarismo más insultante. España se ha encontrado en la peor de las circunstancias de su reciente historia con el peor Gobierno y la peor oposición.

¿Qué opinión puede tener el parado, si es que no la tiene ya, de unos representantes del pueblo soberano ocupados en bloquear nombramientos o, lo que es peor, en corromperse valiéndose de los cargos públicos? ¿Qué puede pensar de todo esto cualquier persona decente?

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Un amigo de España a grandes rasgos

Por Luis M. Alonso (7 de agosto, 2009)


Soares llamaba hipócrita a Ramalho Eanes, que lo acusaba de «despilfarrador»

Estos días que se ha vuelto a hablar de las relaciones entre los hermanos peninsulares, me he acordado de un portugués que se ha caracterizado por su amistad hacia España: António dos Santos Ramalho Eanes, presidente de la República vecina entre 1976 y 1986. De Ramalho son conocidas sus intervenciones en los numerosos debates entablados sobre la unión ibérica. «Discutir seriamente las hipótesis iberistas resulta siempre saludable para el país», solía decir para calmar los ánimos nacionales.

Esa propensión a lo español quizá venga de su origen rayano. Ramalho Eanes nació en Alcains, una parroquia de Castelo Branco, a 70 kilómetros de la frontera con España. El rasgo que, sin embargo, más define a este militar que jugó un momento decisivo en la historia de Portugal es su proverbial austeridad, que, unida a su fama de incorruptible, ha sido tantas veces tenida en cuenta por sus compatriotas, que lo ponen de ejemplo en las situaciones en que la honradez se echa de menos, como ocurre actualmente con la lista interminable de alcaldes lusos condenados o con casos pendientes de la justicia.

Serio, riguroso, flemático y con un sentido del humor del que después les hablaremos, los periodistas que le visitaban en el palacio de Belém comían del rancho del cuartel vecino lo mismo que los empleados de Presidencia. Muchos de los viajes oficiales que realizó como jefe de Estado los hizo en aviones militares de hélices, hasta que alguien le convenció de que ello no se correspondía con la dignidad del cargo. Además de la lectura, sólo se le conocen otras dos aficiones: la hípica, que practicó durante años con el general Spínola, y los relojes, que se ha dedicado a coleccionar.

El estilo de Ramalho Eanes chocaba frontalmente con el de Mário Soares, en los años en que se produjo la cohabitación. El presidente de la República y el jefe del Gobierno no se soportaban. Y tampoco sus mujeres entre sí, lo que dio lugar a más de un contratiempo. Ramalho se quejaba, aunque en privado y de manera discreta, del despilfarro de Soares. Y éste solía calificar de «hipócrita» a la primera figura del Estado.

Al ex primer ministro socialista, que de joven ya le interesaban más las juergas que los libros, siempre le gustó disfrutar de los placeres de la vida y nunca le importó que fuera a cargo del erario. Su imagen está asociada a la buena mesa y al lujo en los viajes, todo lo contrario de Eanes. En Caldas da Rainha, donde existe la tradición de modelar carajos (caralhos), la imagen de Mário Soares en las estanterías de las tiendas que venden las famosas figuras es la de un cocinero con el miembro viril en ristre.

En 1986, el general que había conducido al nuevo Portugal en los momentos más complicados de su reciente historia no se presentó a la reelección y tuvo que dejar paso precisamente a la persona que menos soportaba. Un año antes había fundado el Partido Renovador Democrático y en 1987 abandonó la política tras los malos resultados electorales.

Y como estamos hablando de Ramalho Eanes, no puedo privarle a quien no la conozca de la anécdota que supuestamente protagonizó en compañía de la reina Isabel II de Inglaterra durante una visita oficial, que no sé si define al personaje o lo desencuadra. La tomo prestada de Alfonso Ussía, que fue quien la desveló sin que se desmintiese. Marchaba Ramalho con la reina en una carroza camino de Buckingham cuando uno de los caballos, según relata el escritor, se tiró un pedo tan grande como la abadía de Westminster. El olor penetró en el carruaje y, ante la persistencia, la reina se vio obligada a pedir disculpas. El presidente de Portugal, ni corto ni perezoso, respondió con exceso de franqueza: «No se preocupe su majestad, yo creía que había sido un caballo» o, si prefieren, «não se preocupe, vossa majestade, que eu creía que había sido un cavalho».

Lo que demuestra que aun queriendo quedar bien no siempre se acierta. Ni siendo supuestamente el hipócrita que decía Mário Soares.

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Muere Julián Lago, "el hombre solo"

Por Luis M. Alonso (5 de agosto, 2009)

El popular periodista, uno de los más influyentes de la Transición, estaba en coma desde mayo en un hospital de Paraguay


Siempre hay un último viaje. El del periodista Julián Lago a Paraguay tenía toda la apariencia de serlo. De hecho, Lago se despidió de la familia más cercana, de sus amigos y de algunos allegados como el que decide marcharse para no volver. Lo que nadie se imaginaba era una confirmación tan inmediata del sin retorno. Ayer, coincidiendo con las temperaturas más bajas del año en Asunción, murió de una parada cardiorrespiratoria en el Centro Médico Bautista, donde permanecía en coma después de ser atropellado por un motorista, el pasado 24 de mayo en Coronel Oviedo, a 120 kilómetros de la capital.

Lago, que tenía 63 años, había decidido unos meses antes del accidente juntar sus ahorros y trasladarse, con su delicada salud, a Simón Bolívar, la pequeña localidad natal de su novia, en el departamento de Caaguazú. Allí compró un rancho y unas cabezas de ganado con la idea de retirarse de la «farándula del mundo periodístico», según explicó antes de partir, utilizando el mismo argumento de fondo de unas memorias escritas en tercera persona, «Un hombre solo», donde el protagonista, él mismo, emerge de una bañera para contar mucho de lo que vivió desde sus primeros tiempos de periodista en «El Norte de Castilla».

Julián Lago estaba desencantado de cómo iban las cosas en el oficio cuando emprendió el último viaje de su vida, o el penúltimo si se considera el salto mortal postrero. Pero antes, había sido uno de los periodistas más representativos de la transición democrática y también uno de los más influyentes. Empezó en «El Norte de Castilla», bajo el magisterio de Delibes. En 1976, pasó a ser redactor jefe de la revista «Interviú» y un año después dirigía «Reporter». Más tarde le encomendaron una de las subdirecciones de «El Periódico de Cataluña» y, luego, fundó la revista «Tiempo», que dirigió de 1982 a 1987 para ser nombrado responsable general de publicaciones del Grupo Zeta, cargo que en seguida abandonó por incompatibilidades con los editores. En mayo de 1988, se hacía cargo, también como director, de la revista «Tribuna de Actualidad», donde acabó manteniendo más de un pulso con «el banquero de moda», como él mismo solía llamar a Mario Conde. Lago siempre fue un tipo echado p’alante, celoso de la libertad informativa: lo que se suele llamar un periodista de raza. Sin embargo, como suele ocurrir, lo que le hizo famoso para el gran público no fue su habilidad para bucear en el mundo político y en el de las finanzas, sino un espacio de televisión que no tenía mucho que ver con el periodismo, llamado «La máquina de la verdad», en el que utilizaba un polígrafo para delatar a sus personajes. Esta etapa polémica le llevó más de una vez ante la Justicia.

El periodista desaparecido dirigió también otros programas en Telecinco de menor éxito; participó en varias tertulias radiofónicas y televisivas, la última «El gato al agua», y colaboró en los diarios «El Mundo» y «La Razón». Cuando en 2006, aceptó ser director de «Tribuna de Salamanca» y volver a la trinchera de las redacciones, ya no entendía los nuevos métodos que se empleaban en ellas. «Redactores que obtenían la información por tres vías, internet, teléfono y comunicados de prensa, lo cual para el payaso constituía la expresión máxima del antiperiodismo…», dejó escrito en sus memorias en las que se compadece de sí mismo devenido en cómico de circo.

La última parodia de ese mundo del que quería huir se produjo en torno a su muerte con el esperpento montado sobre su traslado a España en el avión particular de «El Pocero». En Asunción, presumiblemente le llora la única mujer de la que no tuvo que escapar a la largo de una vida pasional conflictiva, Elva Yolanda Franco Drakeford, una veinteañera de piel canela con cara de niña. Como escribió José Hierro, en un poema que él mismo citó: «Después de todo, todo ha sido nada a pesar de que un día lo fue todo». Así es la nada.

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La alimaña y el inglés

Por Luis M. Alonso (4 de agosto, 2009)


El asesino que aboga por los Derechos Humanos

La alimaña está aprendiendo inglés. El primer verbo que ha conjugado es «to kill», que significa matar. En realidad, matar es lo único que sabe hacer el pistolero José Ignacio de Juana Chaos y, sin embargo, en un vídeo de la campaña contra su extradición se ha presentado como la víctima en vez del verdugo. A De Juana Chaos le sorprende que el Estado español vulnere los Derechos Humanos, algo que supera en cinismo a aquello de irse de las partes traseras en un entierro y echarle la culpa al difunto.

Pero De Juana Chaos no ha hecho otra cosa en su vida que matar. Para ello ha utilizado los diversos métodos aplicados por la banda terrorista ETA: la bomba, el tiro en la nuca, etcétera. Todos ellos métodos repugnantes y cobardes contra personas inocentes, muchas veces desarmadas y, siempre, sin darle a nadie la oportunidad de defenderse. Bueno, pues este asesino despreciable de veinticinco personas, apoyado por los sujetos que le organizan la campaña, entre ellos una eurodiputada del Sinn Fein, intenta colar ante la opinión pública que en España se cierran medios de comunicación y se tortura impunemente, no existe el derecho de asociación y tampoco el de voto.

Si todo este asunto no fuese tan dramático como es por el dolor que ha ocasionado, sería para desternillarse que uno de los miembros más sanguinarios de una banda de asesinos que ha dejado tras de sí cerca de un millar de cadáveres, miles de víctimas y tanto daño moral y material, se queje de torturas y de la falta de libertad de expresión.

De Juana Chaos, en tanto conjuga «to kill», se ayuda de subtítulos en español para recordarnos que hay más de setecientos presos políticos en las cárceles de este país. El mayor error, lo ha reconocido ahora hasta el propio presidente del PNV, es «haber interpretado a la ETA en términos políticos». Lo mismo que ha sido una equivocación no haber endurecido la ley para que el asesino De Juana aprenda inglés en prisión perpetuamente.

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Ferragosto en Roma

Por Luis M. Alonso (2 de agosto, 2009)


Carlo Levi fue quien mejor expresó la magia de los días más calurosos de la Ciudad Eterna, que tan bien supo apreciar aquel joven artista llamado Federico Fellini
Agosto tiene en su ecuador la Asunción, que es el ferragosto de los italianos. Por esa fecha, las temperaturas acostumbran a ser altas, sofocantes, como en Il Sorpasso, aquella inolvidable película de Dino Risi, con Vittorio Gassman y Catherine Spaak, que nos mostraba Roma desierta. Ferragosto viene del latín «feriae augusti» y se celebraba coincidiendo con el final de las labores del campo.

La tradición, ese día, era y es salir de Roma en dirección a cualquier lugar, así que el 15 de agosto por la mañana muy temprano no hay quien circule por las vías Apia, Salaria y Nomentana, pero sí, en cambio, resulta especialmente cómodo quedarse en la fantasmal ciudad para pasear por sus calles, parques y monumentos si se tiene la precaución de protegerse del terrible calor. Paseando por la plaza Navona desierta, con el calzado pegado al asfalto derretido por el sol, me acordé del Papa Inocencio XI, que estableció como norma que en la peculiar fecha del 15 de agosto los tubos que descargaban el agua de las fuentes debían bloquearse para que éstas se desbordaran y así convertir el lugar en una gran piscina.

Nadie ha entendido tan bien la magia del ferragosto como el desaparecido escritor Carlo Levi, que vio a Roma, entre todas las ciudades, la más preparada y adaptada para la metamorfosis natural de que los grillos canten en las cornisas barrocas, los escorpiones salgan desde debajo de las tejas y las salamanquesas, «pequeñas y tiernas mezclas de cocodrilo y de tigre», caminen silenciosas en los muros, al acecho de las mariposas. En Roma, como escribió Levi, basta un silencio para evocar un tiempo remoto. «Sobre los tejados crecen las hierbas salvajes; las flores abandonadas en las terrazas, lloran por el abandono y la sequía, y se vuelven silvestres: los pájaros se mueven en círculos, alegres y feroces, dueños del cielo. La ciudad de los hombres se ha ido a otra parte, en las playas y en las montañas, con sus hábitos, sus ansias, su estruendo. Aquí se queda solo el espacio (echadas las persianas, muertos los teléfonos), el mundo arcano de la memoria; la cáscara inmutable de las cosas; una concha llena del crujiente sonido del mar, en la orilla desierta. Aquí, solos, nos quedamos».

La primera imagen de Roma que Federico Fellini conservaba en la memoria era la de un poste milenario que surgía fuera del país, su Rimini natal, y en medio del campo. Pero en el tiempo de la escuela elemental, en el colegio de los curas, obtuvo sobre la ciudad eterna otro tipo de información. Así, citando las fatales palabras de Julio César, «alea iacta est», los escolares también podían cruzar el Rubicón y ver en diapositivas los principales monumentos de la capital: Santa Maria Maggiore, la tumba de Cecilia Metella, el arco de Constantino, el Altar de la Patria, San Pedro y cualquier otro de los que se incluían en las proyecciones de los sacerdotes.

Roma representaba para Fellini la bendición dominical del Papa transmitida por la radio, que hacía bramar a su padre, un hombre laico de ideas socialistas. Pero Roma eran también las películas interpretadas por Greta Garbo y los «peplum» ambientados en los tiempos del imperio de los césares.

Muy distinta, sin embargo, es la realidad que Fellini encuentra a su llegada a la estación Termini, cuando viene a la capital para estudiar la carrera de Periodismo. Aquella es una Roma pueblerina, que convive con la necesidad cotidiana y el problema de la inflación. En este retrato del artista joven, que el director incluye en una de sus películas más reconocidas, lleva al protagonista, él mismo, por un recorrido que va de la estación a la plaza Esedra, hoy de la República, cruzándose por el camino Santa Maria Maggiore, y del otro lado de la muralla medieval, San Juan de Letrán.

El destino final del recién llegado es el apartamento de un viejo palacio en el que la patrona vive con su hijo y una decena de inquilinos, entre los cuales hay algunos actores de cuarta fila cuya principal dedicación es darse un poco de tono parodiando al Duce: «Me resisto a creer que el auténtico pueblo de Gran Bretaña que nunca ha tenido disputas con Italia pueda llevar a Europa a una catástrofe por defender un país africano sin sombra de civilización, contra este pueblo de héroes, de artistas, de poetas, de santos, navegadores? de calvos».

Cuando oscurece, el barrio se anima con la gente comiendo fuera de las tratorias, entre músicos callejeros y mendigos que pasan la gorra. Las voces, las canciones, se unen entre sí como si se tratase de una única y gran familia. Luego, en la noche profunda, cuando todo se ha detenido y por las calles sólo deambulan los perros vagabundos y los empleados del autobús hacen sus necesidades, en cualquier lugar del Foro romano o de la Via Appia los destellos de los faros de un coche nos alertan sobre la presencia de una prostituta que se adentra en las tinieblas de siglos pasados, como la vieja loba, que es el símbolo romano. A los que hayan visto Roma estas imágenes no les serán desconocidas.

Pero hay muchas ciudades dentro de una misma ciudad eterna. Además de la Roma «popolana» del artista joven, existe también otra Liberty, repleta de historias de amor encelado y brutal, como la de Gabriele D´Anunzio que encerró a Eleonora Duse en un apartamento de la Via del Babuino, y de donde ella se escapó en camisón una noche para llamar a la puerta de Axel Munthe y pedirle ayuda porque su amante la encañonaba con una pistola. Munthe vivía en la misma «casina rossa» en la que había pasado sus últimos días el poeta Keats, en la plaza de España, ahora convertida en museo.

Detrás de la Via del Babuino, está la Via Margutta, en la que César González Ruano alquiló un estudio en el último piso del número 33. «El número 33 de la Via Margutta y su último piso está asociado para mí a una de las temporadas más alegres y más pobres que pasé en la vida. Si cerrando los ojos quisiera concretar en la memoria unos días, de todos los días de mis cuarenta y siete años, plenamente dichosos, inefables y bellos, creo que no encontraría otros más limpios de dudas que cualquiera de aquellos vividos, soñados, dormidos y temblados en aquel estudio de la Via Margutta, 33», contó el propio Ruano en sus memorias (Mi medio siglo se confiesa a medias). El único mobiliario del piso eran dos sillas, un sillón cojo y deteriorado, una pequeña estantería rústica y un somier en el suelo, oculto tras unas cortinas de tela ordinaria de un rojo rabioso.

Pero la ilusión podía con todo: César González Ruano había llegado a Roma una primavera de 1936, puestos los cinco sentidos y el sexto de la ciudad eterna, el alma llena de grávidos afanes y convenidas emociones, como él mismo escribió.

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El sueño del iberismo

Por Luis M. Alonso (2 de agosto, 2009)


No deja de ser curioso que haya sido Teófilo Braga, nacido en Ponta Delgada, Azores, un archipiélago perdido en el océano Atlántico, uno de los mayores impulsores del iberismo, el movimiento cultural y político que propugnó desde el pasado siglo XIX el acercamiento entre España y Portugal y, desde entonces, expuesto a los mayores contrastes y contradicciones. Braga, que ejerció brevemente como presidente de la República del país vecino, dijo aquello de que el caminar conjunto entre portugueses y españoles forma parte del orden natural de las cosas.

La idea de una unión ibérica, que a lo largo de los últimos dos siglos ha sufrido tantos impulsos como vacilaciones, aproximamientos y lejanías, ha recibido ahora un respaldo por parte del Barómetro de Opinión Hispano-Luso, a través del primer estudio difundido sobre lo que piensan los ciudadanos de uno y otro lado de la raya acerca de sus vecinos. Según ese estudio, que dirige el Centro de Análisis Social de la Universidad de Salamanca, el 40 por ciento de «nossos irmaos» es partidario de integrarse en una federación con España. La respuesta afirmativa de los españoles, que viven con mayor indiferencia y, también, desconocimiento la idea de una Iberia unida, se reduce a un 30 por ciento. Es probable que en estos momentos la utopía de Braga, que llegó a establecer un plan concreto de Federación Ibérica en el que España debería organizarse como República, se traduzca en un pragmatismo más modesto, pero de lo que no cabe duda es que hay corazones ibéricos que aún siguen latiendo a un mismo ritmo y a un mejor compás, seguramente, que en algunas de nuestras autonomías donde anida un espíritu de fragmentación. Eso, sin tener en cuenta, que la mitad del país vecino, cuyos habitantes se manejan con soltura en español o portuñol, apoya la enseñanza obligatoria del castellano.

El poeta Antero de Quental fue otro azoriano que derrochó fe y entusiasmo en la defensa de un iberismo civilizador. Y si esa pulsión de Braga y de Quental puede llegar a sorprendernos, no menos debería hacerlo el ser abarcador de Fernando Pessoa, criado y educado en Durban (Sudáfrica), que creía que todas las fuerzas opositoras a un entendimiento entre los dos naciones de la Península debían ser consideradas enemigas. Esas fuerzas contrarias a los intereses conjuntos de Iberia eran para Pessoa los conservadores católicos, la masonería, Inglaterra y, sobre todo, Francia, a la que llegó a considerar corruptora de la civilización ibérica por la influencia cultural ejercida, muchas veces, todo hay que decirlo, de manera beneficiosa. Otras, como el caso de la fonética, ha traído consigo en Portugal el afrancesamiento de las «erres» hasta el punto de que la palabra «rua» ha llegado a adquirir un sonido tan extremadamente gutural que sobrepasa al de los propios galos al pronunciar «rue».

Para empezar, el radicalismo iberista de Pessoa se sustentaba en la idea de que los peninsulares no pertenecemos al mundo latino. Pessoa escribió, antes incluso de plantear su ultimátum, que la civilización europea se componía del grupo anglo-escandinavo, caracterizado por su individualismo; del germánico, asentado en la disciplina y el orden; del latino, del que formarían parte Francia e Italia, reconocible por una indisciplinada centralización; del oriental o eslavo, en desarrollo, y del ibérico, que agruparía a España y Portugal, con una idea más acusada de occidentalización, y, por tanto, con una vocación inequívocamente americana.

El mayor problema para la integración de España en ese proyecto de Iberia era, según Fernando Pessoa, el papel centralista de Castilla, que obstaculizaba un posible estado de las autonomías previo a los objetivos federalistas. Castilla, la vieja, fue siempre el sujeto del recelo. Mientras los españoles vivieron de espaldas al vecino, el vecino lo hizo mirando de reojo a los castellanos. «De Espanha nem bom vento, nem bom casamento», se oía decir, y, también, al mismo tiempo, el apelativo fraternal de «os nossos irmaos». ¿Quién lo entiende? Lo dicho, contradicción y contraste. El resquemor ancestral provenía de Castilla La Vieja; nada contra los vascos, los catalanes, los extremeños, los murcianos, los gallegos o los asturianos. Nada contra España, salvo en el caso de la encarnadura nacional castellana. La inquietud, a veces el temor, frente un vecino poderoso llevó a que los portugueses, bajo la influencia comercial y cultural de ingleses y franceses, se plantearan como solución el acercamiento, unas veces, y el distanciamiento, otras.

Las cifras, en cualquier caso, siempre han actuado de manera determinante en los intentos de la Unión Ibérica, que propugnaba la unidad monárquica liberal, y de la Federación Ibérica, que abogaba por un federalismo republicano. Portugal y España comparten un mismo territorio geográfico con una larga frontera común de 1.214 kilómetros. Una unión territorial daría como resultado el país más grande de la Unión Europea y el tercero de Europa, después de Ucrania y Rusia. Iberia sería asimismo el quinto país en población de la Unión Europea, con 57, 3 millones de habitantes y una población similar a la de Francia, Reino Unido e Italia. La suma de escaños en el Parlamento europeo, 78, llevaría al nuevo país a una situación de mayor fuerza institucional.

Los datos animan a echarle un vistazo a esa hermandad que tantas veces por el desinterés de unos y otros, o el caos político, se ha desdeñado para seguir siendo portugueses y españoles los primos que sólo se ven en las bodas y en los bautizos.

Categoría: General | Comentarios(0) | agosto 2009 |

El tiempo de "las proletarias" en sazón

Por Luis M. Alonso (2 de agosto, 2009)


Las sardinas, humildes por origen y precio, pertenecen, sin embargo, por méritos propios a la aristocracia «gourmet»; si se quieren dar un atracón éste es el momento adecuado

No estoy inventando la pólvora si les digo que de las cosas mejores que se pueden comer estos días son las sabrosísimas sardinas. Y no es sólo porque se trate de uno de los escasos productos «gourmet» cuyo precio se ajusta a estos tiempos de crisis, sino porque es ahora y hasta finales de mes cuando se encuentran en sazón, o para ser más exactos, desde la pasada festividad del Carmen, el 16 de julio, hasta la de la Asunción, el próximo día 15. Sin falta de tener que deshacerme en elogios hacia su majestad la sardina, lo primero que habría que decir de ella es que no tiene nada que envidiar a otros pescados más reconocidos y, por supuesto, bastante más caros. La sardina es proletaria por su origen y precio, pero pertenece por méritos propios a esa alta aristocracia de la calidad marinera. El gran Julio Camba escribió de ella que una sola sardina encierra todo el sabor del mar.

El humo perfumado que se desprende de su contacto con las brasas me lleva a orillas del Tajo, a escenas que cada vez se van viendo menos. En aquella Lisboa de noches cerradas y melancólicos fados en la amanecida de los garitos del Barrio Alto, había unas mujeres que ponían los braseros en las aceras y las esquinas de la Madragoa o la Alfama para asar las mejores sardinas que he comido en mi vida. Allí, donde las últimas varinas (vendedoras de pescado) llegaban con los cestos en la cabeza o a la altura de las caderas, se formaba después una deliciosa humareda que atraía a los paseantes hambrientos a las parrillas callejeras.

La identificación de la sardina con los hábitos lisboetas ha traspasado fronteras y se ha convertido en un tópico que simboliza la ciudad de igual manera que los tendales en las ventanas de las casas. A unos portugueses, amigos, les gritaban los galopines en Túnez aquello de «Lisboa, Cascais, sardinha asada», cuando se enteraban de su procedencia, lo mismo que a mí me decían: «Español, sexo, drogas y rock and roll».

En el Cantábrico, donde la sardina ha imperado en los gustos durante décadas, siendo como es un pescado de aguas relativamente cálidas, el verano es la estación de su celebración gastronómica. Casi todos hemos comido alguna vez una sardinada al calor de la parrilla. Es en verano también cuando la sardina, que hay que comerla muy fresca, adquiere relevancia, al resultar la carne más grasienta y sabrosa, de elevado rendimiento nutritivo. Al subir la temperatura del agua, aumenta también el plancton del que se alimentan las sardinas que gozan de un excelente apetito. Sobrealimentadas y con suficiente grasa, su sabor mejora considerablemente. El engorde, a veces de forma natural, otras forzado, de peces, aves y otras piezas resulta milagroso en la gastronomía. Una sardina que pringa el pan es un manjar.

Por su tamaño y figura más o memos estilizado se conoce a las tres clases de sardinas ibéricas, empezando de grandes a pequeñas por la xouba, gallega y portuguesa, la más apreciada de todas para asar: llegan a medir hasta veinte centímetros. Luego están las sardinetas del Mediterráneo, que miden entre diez y quince centímetros y tienen un tamaño ideal para filetearlas y comerlas marinadas. Finalmente, las mariquillas, de entre seis y doce centímetros, que los andaluces utilizan para el popular espeto de los chiringuitos playeros.

La sardina, insisto, cuando es fresca está buena asada -no lo olvide, con su tripa- pero también a la sal, cruda marinada, o en escabeche. De cualquier modo que se prepare, la cocción, tanto si es con fuego como con el limón del adobo, tiene que permitir que el pescado quede jugoso. Comer una sardina muy cocida es como tragar un pedazo de goma o, peor aún, un corcho.

En Sicilia hay también una sagrada devoción por la popular y humilde sardina. Y de esa devoción han salido dos recetas magistrales: «pasta con le sarde» y «sarde a beccafico alla palermitana», que paso a explicarles a continuación. La pasta (bucatini) con sardinas es probablemente el plato que mejor encarna la cocina siciliana. Es producto de la fusión en la olla de los sabores del hinojo silvestre con el pescado, el tomate, el aceite, las uvas pasas y los piñones. Sal y dulzura oriental a un mismo tiempo. El hinojo se cuece y en el agua de la cocción se hace lo propio con los bucatini. Parte del agua se reserva para la salsa que se prepara con el hinojo y la cebolla picados; se añaden las sardinas, cuatro o cinco anchoas pasadas por el grifo para desalarlas parcialmente; el tomate; las uvas; el azafrán y finalmente los piñones. Los pasta se revuelve en esa mezcla.

Para el «beccafico», especialidad palermitana nada fácil de encontrar ya en los restaurantes, las sardinas se abren y se rellenan con especias, piñones, uvas pasas, pan rallado, azúcar y ajo. Se rebozan en harina y huevo y se fríen. Un bocado inolvidable al comerlas recién sacadas de la sartén.

Por último es conveniente referirse a las sardinas en conserva, siendo como es uno de los productos de los que mejor partido saca el envasado, haciendo además de la necesidad virtud dados los excedentes por los miles de toneladas que anualmente se pescan. Franceses y portugueses, grandes aficionados a las sardinas en conserva, llevan años dedicados a la mejora del producto con el paso de los años. Los franceses rotulan las latas con la fecha de envasado y aguardan durante años para comerlas. Como cualquier otra conserva en aceite, es importante darles la vuelta de vez en cuando para que éste tome contacto con el pescado.

La calidad de la añada es discutida, hay quien asegura que las sardinas de una buena «cosecha» aguantan y mejoran hasta cumplir los diez años. En algunos restaurantes franceses, como son los casos de la Brasserie Lipp o Chez Flottes, sirven un plato con una lata de sardinas en aceite de oliva con fecha elegida de la prestigiosa marca Connétable.

Grandes referencias españolas en el enlatado de sardinas son Cuca, Ramón Peña y Formidable. Ortiz, Cuca, Miau, Peña Lolín o La Barbateña comercializan su gama de lujo con pescados azules en aceite de oliva, con el pretexto de que el buen producto bien conservado mejora con los años.

Y, como ven, no sólo el vino.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | agosto 2009 |

Fingimiento

Por Luis M. Alonso (1 de agosto, 2009)

De cómo se otorgó a los terroristas categoría política

La ETA ha vuelto a asesinar. Es lo único que sabe hacer. El balance es de dos muertos y 66 heridos. La banda terrorista cumple cincuenta años y posiblemente una de las cosas que nos quiere decir es que está dispuesta a seguir matando otros cincuenta años más. La única respuesta es no darles tregua y endurecer las penas, para que las palabras del presidente del Gobierno de que pagarán con la cárcel toda su vida no sean una prueba más de su fingimiento ante el mayor problema que tiene España y que él mismo se ha negado a entender de la manera correcta, al menos hasta ahora. No olvidemos -no se debe olvidar, por el daño cometido- que el Zapatero que habla hoy de cárcel para toda la vida es el mismo que llamaba personas de paz a los negociadores etarras y calificaba el atentado de Barajas como un accidente.

Los asesinatos de la banda terrorista ocuparían desde hace tiempo el espacio debido en las páginas de sucesos de los periódicos, no otros, si no hubiera habido hasta ahora partidos irresponsables dispuestos a beneficiarse de ello, otorgándole a los terroristas una categoría política que no tienen. Son sanguinarios delincuentes y así deben ser tratados, como en otros países se combate el crimen organizado. Pero, lamentablemente, no lo han entendido así los nacionalistas que agitaban el árbol para que cayeran las nueces y están dispuestos, seguramente, a seguir haciéndolo, ni los que cometieron el dramático error de confundir el derecho de los gobernantes a intentar una solución dialogada de abandono de las armas con un esperpento que sólo sirvió para dar oxígeno a los criminales y presentarlos ante la opinión pública como lo que nunca han sido.

Leo conmovido una valiente denuncia, como todas las suyas, del escritor y director de cine Iñaki Arteta, sobre el silencio de décadas de muchos ciudadanos frente al terror: los que admiten el amedrentamiento y los que siguen a lo suyo como si la cosa no fuera con ellos. Para derrotar a los terroristas, hay que derrotar al miedo. Y para no tener miedo hay que sentirse verdaderamente protegido por el Estado.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | agosto 2009 |

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