Gibraltar, la leyenda continúa

Por Luis M. Alonso (31 de julio, 2009)


La polémica visita de Moratinos a la Roca ha coincidido con un recrudecimiento de la agresividad en los monos
El tejido de las pequeñas historias aparentemente superficiales sirve en muchas ocasiones para revestir aspectos deprimentes de la realidad. Me ha producido cierto regocijo saber que la asombrosa y controvertida visita de hace unos días del ministro español de Asuntos Exteriores a Gibraltar ha coincidido con un recrudecimiento de las hostilidades por parte de los monos de la Colonia.
Los monos de Gibraltar conviven desde hace años con los turistas, pero eso no quiere decir que lo hagan en la mejor de las disposiciones. Tampoco son del todo buenas las relaciones con los llanitos, nativos de la Roca, pese a todo lo que se ha dicho y forma parte de la leyenda urbana de que son los españoles los únicos mal recibidos por los simios. Pues no señor, los monos son, por lo general, igual de agresivos con unos que con otros. Se comportan de manera plácida si la cosa, salvo lo que es la comida, no va con ellos, pero reaccionan fieramente si se sienten agobiados. Como es fácil de entender, el agobio se produce constantemente al ser los primates la principal atracción turística del Peñón.
Las autoridades gibraltareñas anunciaron el año pasado que sacrificarían veinticinco de los aproximadamente doscientos simios que pueblan la Colonia por pertenecer a un grupo extremadamente peligroso que se dedicaba a morder a los niños y a penetrar por las ventanas de las casas para robar en Sandy Bay y Catalan Bay. «Los monos muerden y pueden contagiar salmonela o hepatitis», se justificó entonces el ministro de Turismo, Ernest Britto, ante las protestas de las organizaciones ecologistas. Una de ellas, la Liga Internacional para la Protección de los Primates en el Reino Unido, amenazó incluso con convocar un boicot turístico en el Peñón si el gobierno local no detenía la matanza. A los monos subversivos condenados a muerte les administraron inyecciones letales.
La colonia de monos ha sufrido numerosos altibajos, pero de unos años a esta parte cuenta con superpoblación. No quiero decir con ello que los macacos superen a los llanitos, pero sí se han convertido en un grupo de presión importante en la Roca. Se ha dicho que su ferocidad puede deberse precisamente a esto, aunque resulta algo arriesgado especular sobre el comportamiento de los simios en circunstancias tan especiales y en un espacio tan reducido. El caso es que, debido a esa superpoblación, las autoridades de Gibraltar no tienen ahora problema en sacrificar a los monos molestos, excepto el de soportar la beligerancia de la citada Liga Internacional para la Protección de los Primates.
Sin embargo, no siempre fue así. Una de las leyendas que circulan sobre los monos de la Roca, la más conocida, advierte de que la desaparición de estos macacos sin rabo provenientes de Marruecos coincidirá con el final de la colonización británica del Peñón y la vuelta a la soberanía española. El mismo Winston Churchill se ocupó durante la II Guerra Mundial, según se ha sabido por una desclasificación de los Archivos Nacionales del Reino Unido, de dar la orden a su ministro de las Colonias de que el número de monos de Gibraltar jamás descendiese de veinticuatro. Entonces, los macacos, sin la comida de los turistas y amenazados por el hábitat, caían como moscas, al mismo tiempo que la moral de las tropas británicas sufría un considerable retroceso con la derrota de la Primera División Aerotransportada en la batalla de Arnhem.
Otra leyenda, ésta perteneciente a la mitología, cuenta que el origen de los monos está en los Cercopes, dos hermanos, hijos de Océano y Tía. Éstos se comportaban como bandidos, tramposos y mentirosos, hasta tal punto que su madre les había prevenido contra el hombre del trasero negro. Transformados en moscones, solían zumbar alrededor del lecho gibraltareño de Hércules, hasta que los atrapó, los obligó a asumir su forma real y colgó por los pies de una vara que se echó a los hombros. En esta incómoda postura, los Cercopes vieron el culo ennegrecido de Hércules y se echaron a reír con tantas ganas que, finalmente, contagiado de su sentido del humor, los liberó. Zeus, en cambio, irritado por sus fechorías, los convirtió en monos.
Los macacos Barbary de Gibraltar son los únicos en Europa que viven en libertad. Se dice que llegaron allí junto con los árabes que invadieron España en el año 711 y permanecieron hasta 1492. El otro día, unos cuantos de ellos, coincidiendo con la visita de Moratinos, se liaron a mordiscos con los fotógrafos que los inmortalizaban. Los monos, como la historia, no están para bromas: la leyenda continúa.

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Cuidado con las críticas

Por Luis M. Alonso (31 de julio, 2009)


Advertencia socialista sobre el nuevo plan férreo

No es lógico que dos socios se lleven tan mal, pero lo que resulta realmente grotesco es la manera en que escenifican sus desavenencias. Los lectores ya se habrán dado cuenta de qué tipo de sociedad hablo y a quiénes me refiero, pero por si hubiese algún despistado insistiré en que socialistas e Izquierda Unida no deberían mantener ni por un segundo más el pacto en el Ayuntamiento de Avilés, estando como están en desacuerdo en cada asunto de relevancia que se plantea. Pero, como esto, que a cualquiera le resultaría de sentido común, ya me he cansado de repetirlo, iremos a la última controversia entre el partido que gobierna y su peculiar aliado municipal, empeñado en ser el principal grupo de oposición.
La última discrepancia tiene que ver con la nueva propuesta de_Fomento para eliminar la barrera ferroviaria en la ría, que, como ya sabrán por este periódico, no es tan nueva al habérsele ocurrido hace tres años a un estudiante de arquitectura. Izquierda Unida, que hasta el momento había permanecido sujeta a los vaivenes del tren-tran, se ha decidido ahora a criticar la solución que se plantea por entender que se trata, una vez más, de «marear la perdiz» con algo que no se va a hacer.
La verdad es que andar con la mosca detrás de la oreja en este asunto, dados los precedentes, no es sólo razonable sino un antídoto contra las frustraciones. Lo asombroso es que estas incertidumbres deba manifestarlas un socio, y tan abiertamente. En cualquier caso, tendría que hacerlo desde la honradez política –ya está bien de embaucar a los avilesinos–, pero lo consecuente sería dejar ipso facto la sociedad.
Lo más extraordinario, sin embargo, es el planteamiento del secretario local del PSOE,que pide menos críticas al plan para evitar que fracase. Menuda solidez la de una actuación clave que se puede venir abajo por una opinión contraria. Una de dos: o se habla a humo de pajas o se trata de ir preparando la coartada de un nuevo fiasco. Permanezcan atentos.

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El laberinto ferroviario, años más tarde

Por Luis M. Alonso (30 de julio, 2009)


Fomento se plantea el enésimo episodio del serial de las vías con una nueva solución para eliminar la barrera del tren, igual a la que propuso un estudiante de Arquitectura en 2006

El joven estudiante de Arquitectura que me fue a ver a la redacción de LA NUEVA ESPAÑA de Avilés hace tres años lo tenía claro y lo sigue teniendo. «Para eliminar el obstáculo que impide tanto a los avilesinos como a la propia ciudad aprovechar totalmente las nuevas posibilidades que brinda el estuario, no basta con esconder, tapar o maquillar el problema; sólo cabe la erradicación de la barrera que lo origina», dijo repitiendo las mismas palabras que figuraban en la pequeña memoria que había preparado para acompañar su boceto.

El anteproyecto de circunvalación ferroviaria que proponía Carlos Rodríguez Marqués, supervisado y avalado por el catedrático de Arquitectura de la Universidad de Oporto Carlos Guimarães, coincide exactamente con el que ahora plantea el Ministerio de Fomento para solucionar un asunto clave para el futuro urbanismo de la ciudad y que, desde 1997, ha dado más vueltas que una noria, provocando los más agrios enfrentamientos entre partidos y administraciones públicas e induciendo las más disparatadas soluciones. Todo ello para que, doce años después, siga sin resolverse.

Lo interesante del asunto será comprobar ahora hasta dónde están dispuestos a aplaudir la nueva solución de Fomento, como la más idónea, los mismos que no le prestaron atención hace tres años. Hay que pensar en que no le prestaron atención; de lo contrario, al tratarse de una solución calcada, estaríamos hablando de un robo de la propiedad intelectual o, en último caso, del secuestro de un concepto.

Carlos Rodríguez, que ahora trabaja en pequeños proyectos por encargo, sigue hablando de su idea e incluso de unir Avilés y Castrillón con un tranvía por la costa. En 2006, el boceto que publicó LA NUEVA ESPAÑA, en medio de un fuerte debate y cuando la Administración mareaba una vez más la perdiz con la solución peregrina de una losa frente por frente de la ría, empezó a dormir en un cajón del Ayuntamiento avilesino. El entonces estudiante de Arquitectura se lo había presentado al concejal de Urbanismo, Alfredo Iñarrea, a la actual alcaldesa y, uno por uno, a los grupos municipales. Pilar Varela, según cuenta el propio Rodríguez Marqués, le llegó a preguntar cómo darían la vuelta los trenes en la estación si la vía acaba allí mismo. Y el aludido respondió que igual que se hace en otros sitios con fin de trayecto: cambiando la cabeza motriz e invirtiendo el sentido de la marcha.

Desde 1997 la eliminación de la barrera férrea había sido el objeto de mayor discusión en la ciudad. Cinco años después, las apariencias, aquella tarde de mayo de 2002, no dejaban lugar a dudas, después de que populares y socialistas compareciesen sucesivamente en el Ayuntamiento de Avilés para anunciar un acuerdo con el que poder por fin soterrar las vías del tren. Sin embargo, fueron las dudas, la desconfianza y el partidismo los que dejaron, desde ese momento, paso al enfrentamiento político. Se habló entonces de una comisión encargada de negociar con el Ministerio de Fomento cómo enterrar los raíles de Renfe y Feve y eliminar la barrera ferroviaria que estrangula el crecimiento urbano en el entorno de la ría. No había otra fórmula mejor para hacerlo o, al menos, no se planteaba.

Pero aquel 10 de mayo, apenas cinco meses más tarde de la mayor movilización de la década en Avilés (29-N), en la que se reivindicó como primer objetivo el soterramiento de las vías, el presidente del PP asturiano, Ovidio Sánchez, compareció sonriente ante los fotógrafos, con su achispado estilo habitual. Y, refiriéndose a las elecciones municipales y autonómicas que se celebrarían al año siguiente, recalcó: «El interés de los ciudadanos debe estar por encima de las estrategias políticas de corto alcance». Santiago Rodríguez Vega, el alcalde que más años ha visto cruzar los trenes por el paso de Larrañaga, sentenció minutos después: «No hay exigencias apriorísticas de nadie».

Ambos partidos, PP y PSOE, coincidieron en abrazar la fórmula del soterramiento como única solución para eliminar la barrera férrea, tal y como se había puesto de relieve entonces al discutirse en el Ayuntamiento los criterios del avance del Plan Urbano.

Los populares sostuvieron también que el grado de entendimiento había sido tan elocuente que los socialistas accedían incluso a que la Consejería de Infraestructuras rescatase del olvido el anteproyecto de soterramiento que el PP encargara en 1997 a una ingeniería de León, a fin de utilizarlo como referencia o punto de partida en la discusión técnica. Los cálculos de ese anteproyecto estimaban la inversión por encima de los 9.000 millones de pesetas de entonces (54,2 millones de euros), teniendo en cuenta las indemnizaciones que tendrían que percibir Renfe y Feve por las obras.

Sin embargo, los años que siguieron a aquella reunión hasta la llegada de los socialistas al Ministerio de Fomento sirvieron para escenificar la falta de entendimiento entre los dos principales partidos. Rodríguez Vega llevó a cabo una ofensiva contra el ex ministro Francisco Álvarez-Cascos, al que acusó de no querer recibirlo y de no comprometerse con el proyecto clave de la ciudad. Los populares respondían que el Ministerio estaba dispuesto a que Avilés se acogiese al mismo plan que permitió a otras 40 ciudades españolas, entre ellas la vecina Gijón, enterrar sus vías.

Aun así, entre tiras y aflojas, el soterramiento tardó todavía más de dos años en enterrarse como proyecto viable. Hizo falta que a Álvarez-Cascos le sustituyese Magdalena Álvarez y pasasen unos meses para que el Principado, primero, y el Ayuntamiento, después, mantuviesen públicamente que era imposible enterrar las vías por razones técnicas. Descartado el soterramiento, había que vencer, no obstante, la resistencia de las compañías del tren a eliminar las vías, fuese cual fuese la fórmula elegida. De manera que ahí empezó un nuevo replanteamiento del proyecto, coincidiendo, además, con el anuncio del Niemeyer en las inmediaciones de la ría. Luego, se sucedieron propuestas de lo más heterogéneo.

Por ejemplo, el Principado y el Ayuntamiento plantearon, en enero de 2006, como novedad, entre cuatro soluciones, una losa en el frente ribereño del parque del Muelle. Todas ellas, salvo el soterramiento que se volvía a incluir pero a título decorativo, tenían la particularidad de mantener las vías a la vista. En el caso de la losa, que desencadenó críticas feroces por el temor a su fuerte impacto visual, el trazado férreo discurriría como hasta ahora, sólo que cubierto por una plataforma urbanizada, al igual que el tramo de la calle del Muelle que separa el parque del camino de hierro que siguen los trenes y la ría.

Otra de las soluciones que se proponían era que los trenes de Renfe circulasen por encima de las personas a través de un viaducto y que la línea de Feve discurriese a la velocidad de un tranvía urbano (el llamado tren-tran). En ese supuesto, habría que adelantar la estación de la avenida de los Telares a las inmediaciones del viejo matadero, es decir, a la entrada de Avilés.

Una cuarta opción sería la de mantener el trazado actual para los ferrocarriles de mercancías, incluyendo el tren-tran en el caso de Feve y adelantando la estación hasta los terrenos del viejo matadero. En ese caso se trataría de restringir los horarios de circulación de los trenes para que molestasen lo menos posible. Se decidió formar una comisión.

Cuando, al poco tiempo, el secretario de Estado de Infraestructuras, Víctor Morlán, viajó a Avilés para visitar el lugar y habló de integración del ferrocarril en vez de eliminación de la barrera férrea, había que ser muy iluso para no entender que la cuarta era la opción elegida. Dos años después, a un mes de las elecciones, Magdalena Álvarez firmaba con el Principado un protocolo para poner en marcha una nueva comisión y llevar adelante el propósito de «integrar el ferrocarril». Eso fue todo.

Así se ha perdido el tiempo hasta ahora que el nuevo ministro, José Blanco, se ha propuesto sacar las vías de la ciudad por la variante de la N-632. La noticia ha traído como primeras reacciones el asombro del joven arquitecto de Piedras Blancas que adelantó la idea, una nueva discusión entre los partidos representados en el Ayuntamiento de Avilés y la perenne incertidumbre que aflige a los avilesinos en estos casos. ¿Será la que ahora proponen una solución definitiva para hallar una salida al laberinto de la barrera ferroviaria? o ¿se tratará una vez más de ganar tiempo perdiéndolo hasta las elecciones con algo que no prosperará, hasta comunicarles definitivamente a los espectadores que la función ha terminado y que las vías seguirán donde están? Nuevamente, vuelta a los estudios, trámites, protocolos… etcétera ¿Les suena la música?

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El tesorero y la familia

Por Luis M. Alonso (30 de julio, 2009)

La dimisión de Bárcenas y los servicios prestados

E l tesorero se ha empeñado en aguantar hasta el final y el Partido Popular ha consentido la resistencia numantina del tesorero, hasta que por el proceloso horizonte ha aparecido el famoso suplicatorio del juez. Rajoy es muy posible que haya respirado y se pueda marchar tranquilo de vacaciones con el puntito de ventaja que el sondeo del CIS le otorga, por primera vez desde que está en la oposición, sobre su adversario político.

No es probable que a los lectores les plantee dudas el empecinamiento del tesorero en aferrarse todo este tiempo al cargo para alimentar la presunción de inocencia. Lo que sí se preguntarán seguramente es por qué su partido le permitió hacerlo, con el desgaste político que supone. La respuesta sobre el caso del hombre que ahora pregona su lealtad a los colores, y de la «familia» que, al mismo tiempo, le agradece «los servicios prestados» a lo largo de 28 años se sustenta en los elementales principios del conocimiento mutuo.

El tesorero acusado cuando habla de lealtad le está sugiriendo presumiblemente al PP el camino que va a seguir en el proceso que aguarda en los tribunales y éste, al darle las gracias confirma que la familia sabrá actuar como corresponde. El cordón umbilical que les une no le conviene a uno ni a otros que se rompa: deben seguir juntos hasta el final por el mismo camino que emprendieron juntos.

Los tesoreros y los contables conocen las finanzas de la casa, cómo se mueven los supuestos convolutos y coimas y adonde va a parar la lana, la que supuestamente se queda entre los dedos y la que presuntamente acaba en las arcas de la organización. Son gente muy peligrosa como para romper esos lazos de familia, por eso lo peor para la buena marcha del negocio es un tesorero despechado del que los suyos se alejan después de años de recaudación. Para verlo, sólo hay que pensar en el contable chileno que cantó la traviata cuando lo de Filesa, Malesa y Time Export. Y en lo que le ocurrió al Partido Socialista.

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Periódicos, siempre

Por Luis M. Alonso (29 de julio, 2009)

Sobre el orden y la jerarquía en las noticias

Estamos en la estación en que debido al ocio las horas pasan más lentamente de lo habitual en ellas, así que permítanme que les hable del periódico que es probablemente el único libro que la gente lee a diario y el mejor antídoto para estar informado en esta metamorfosis estival del tiempo.

Un artículo del sociólogo Paul Starr en «The New Republic» sobre el futuro de la prensa me ha hecho, años después, sacar una conclusión positiva del pesimismo que embargaba a Hutcheson/Bogart en la película de Brooks «El cuarto poder» cuando explicaba a sus compañeros cómo los lectores se ocupaban de los crucigramas y de las recetas y, ocasionalmente y por azar, si daban con la primera página, de alguna que otra noticia. Starr escribe que mucha gente que compraba el periódico por las recetas de cocina o los pasatiempos, incluso por los deportes, acababa enterándose de lo que sucedía en el mundo porque solía echar un vistazo a la primera plana.

Al contrario, los usuarios de internet no necesariamente ven las noticias de la portada, y por ello es probable que cada vez estén menos informados, a medida que decae la lectura de los periódicos. La sociedad acabará pagándolo si se decide a perder la tradicional cobertura informativa y, de paso, la influencia o el mecanismo de control que la prensa ejerce sobre los excesos del poder. El periodismo de toda la vida se ha encargado y encarga de ordenar, como escribió Walter Lippmann, las noticias del día, «una increíble mezcla de hechos, propaganda, rumores, sospechas, pistas, esperanzas y temores». Ese orden, unido a una contextualización, es lo que permitirá, por ejemplo, testar en qué quedarán las propuestas de Blanco sobre las infraestructuras asturianas. Olvídense de buscarlo en el revoltijo de internet.

Se dice que lo que el lector tiene en las manos no existirá en el futuro tal y como lo conocemos. La pregunta es qué puede reemplazarlo para garantizar una vida pública sin sombras.

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El hombre más fiable prefería los periódicos

Por Luis M. Alonso (26 de julio, 2009)


Walter Cronkite se arrepintió de haber contribuido con su carisma televisivo a suplantar la prensa escrita y animaba a los telespectadores a seguir los detalles de la noticia en los diarios

Dos años después de haber dejado el telediario de la noche de la CBS, Walter Cronkite se hallaba en enero de 1983 de visita en España para rodar un documental sobre las profecías de «1984», el libro en el que George Orwell auguraba una sociedad donde el pensamiento y las emociones estarían secuestradas por el Estado. Si había alguien en el mundo consciente de la influencia de la televisión en la vida de los ciudadanos ese era «el tío Walter». El periodista que más confianza ha inspirado a sus compatriotas y que durante veinte años se mantuvo líder de audiencias, tenía más elementos de causa que nadie para juzgar el interés de los políticos por controlar un medio tan influyente en la opinión pública. A los 66 años, era un especialista en luchar contra las presiones de las altas esferas del poder y su honorabilidad no ha sido jamás cuestionada por los norteamericanos que le despidieron por última vez el pasado jueves y siempre le recordarán. El director de cine Sidney Lumet, autor de un documental para PBS sobre su carrera, dijo de él: «Siempre me pareció un hombre incorruptible en una profesión donde es fácil corromperse».

En Madrid y a la temperatura de Orwell, Walter Cronkite no tuvo empacho en hablar de lo que estaba ocurriendo. «Desde luego, la televisión ha llegado a ser una influencia muy poderosa en la vida política. Es un arma que el presidente sabe usar», comentó. Al veterano periodista no dejaron nunca de inquietarle las intromisiones externas en los medios. Los comunicados oficiales le quemaban en las manos y algo que jamás pudo soportar eran los «spots» publicitarios de los partidos políticos. La información veraz y rigurosa estaba para él reñida con las consignas. Aquella mañana en Barajas fue, como acostumbraba, lo suficiente claro sobre los anuncios partidistas. «Se debe pensar seriamente en abolirlos o en cambiar su uso. Sería difícil, porque se podría interpretar como una amenaza contra la libertad de expresión, pero lo que no se puede hacer es vender a un candidato como si fuese una marca de jabón». Ni a un candidato ni a un informador, porque no mucho tiempo después diría de su sucesor Dan Rather que lo que le gustaba era representar el papel de periodista en vez de serlo.

Trece años más tarde, la visión de Cronkite sobre las cosas había lógicamente empeorado. En su libro de memorias («A reporter’s life»), denunció el deplorable estado de la televisión y el bajo nivel de lectura de la prensa escrita. Pese a ser un pionero del primero de estos medios, los periódicos siempre fueron para el hombre más creíble de Estados Unidos lo más importante. Incluso, llegó a arrepentirse de haber contribuido con su carisma a la suplantación de la prensa por la televisión en las preferencias de los norteamericanos.

Nacido en 1916 en Saint Joseph, Misuri, desde que tuvo uso de razón vivió pendiente de las publicaciones de los diarios. Al retirarse de los informativos de la CBS, reconoció que echaría de menos los teletipos y redactar las noticias. Con motivo de cumplir noventa años, confesó a «The Daily News» que le gustaría pensar que aún podía ser capaz de «cubrir una historia». Esa pasión por el viejo periodismo de las grandes redacciones llevó a su primer productor, Sanford Socolow, a la desesperación, cuando en los inicios en la CBS utilizó un «sign-off», a su juicio, poco favorable al medio donde trabajaba. Cronkite, que más tarde popularizó en sus despedidas de telediario la frase «that’s the way it is» («así son las cosas») optó entonces por decir lo siguiente: «Estas son las noticias. Asegúrese de consultar los periódicos de la mañana para obtener todos los detalles de lo que les hemos contado…». Para Sandy Socolow aquello era una locura. «Tanto como enviar a la gente a leer las noticias en los periódicos en lugar de verlas en la televisión», suspiró.

Los primeros pasos de Cronkite, después de abandonar la Universidad de Texas, fueron precisamente en un periódico, «The Houston Press», donde aprendió los rudimentos del oficio. Siempre se sintió un reportero. «No soy un gurú, ni un columnista», llegó a decir. En la emisora de radio de Kansas City, KCMO, conoció a la que luego sería su esposa, Mary Elizabeth Maxwell. Estuvieron juntos hasta que ella murió en 1995. De la radio fue despedido por negarse a aceptar ciertas prácticas corruptas y, a partir de entonces, empezó a trabajar en la agencia United Press, para la que cubrió como corresponsal de guerra el desembarco en Normandía y el frente norteafricano. Estos días atrás, con motivo de su muerte, se habló de cómo había rechazado la propuesta de Edward R. Murrow, que se propuso contratarle para la delegación de la CBS en Moscú. Lo que Cronkite quería era poder seguir enviando noticias desde la primera línea de fuego.

Murrow tuvo más suerte en 1950 cuando logró pescarle para la cadena y luego que le sustituyera al frente del telediario. El «buenas noches, buena suerte» dejó paso en 1962 al «y así son las cosas», en la habitual despedida de las emisiones. Cuando llegó a «anchorman» de una de las tres principales cadenas televisivas de Estados Unidos, Cronkite tenía 46 años, una vida curtida de reportero a sus espaldas, y al gran David Brinkley como rival en la NBC. Al año de empezar, interrumpía un programa que en esos momentos estaba en el aire para dar la noticia del atentado de John F. Kennedy y confirmarla, más tarde, con lágrimas, justo cuando el país empezaba a llorar por el presidente asesinado. Aquella fue una perfecta sincronización: los norteamericanos nunca dejaron de creer en él, ni de venerarle.

La opinión del hombre al que no le gustaba opinar fue la más tenida en cuenta en Estados Unidos. La independencia, el rigor, la honorabilidad, de la que hizo gala en sus valientes informaciones sobre la guerra de Vietnam, hicieron de «tío Walter» el periodista más respetado. Del «good old Cronkite» se decía que era capaz de hacer editoriales con los movimientos de las cejas, pero siempre fue consciente de que en 23 minutos o media hora de emisión resulta imposible cubrir la actualidad del mundo y del país. Por eso remitía a «los detalles» de los periódicos del día siguiente. «Yo fui como un periódico que lees todos los días: la misma tipografía, la misma compaginación», declaró una vez.

En un momento en que se juega al pimpampum con los periodistas, el ejemplo de Walter Cronkite cotiza diez veces más.

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Aire de Chanel en la Riviera

Por Luis M. Alonso (26 de julio, 2009)


La mujer que revolucionó la moda personificó el encanto de la Costa Azul, donde murió su gran amor, el «play-boy» inglés Boy Capel, en un accidente de carretera cerca de Fréjus
Primero viene la descripción. El hotel Martinez es un hermoso palacio de estilo Art Déco construido en los años treinta con toda la elegancia que caracteriza a la Costa Azul. Se encuentra situado en la Croisette, a un paso de la bahía de Cannes y a menos de un kilómetro del centro. Sus 412 habitaciones con aire acondicionado tienen vistas al mar, a la ciudad o a la montaña y están decoradas con colores pasteles o azul marino, plantas y muebles con el estilo de la época en que se abrió al público. Todas disponen de balcón privado y comodidades.

Cannes se distinguió y distingue por sus grandes hoteles. Cuando el Martinez abrió sus puertas, aquel hermoso pueblo portuario tenía a lo largo de la Croisette una fila suntuosa de establecimientos de primera categoría. El Majestic, el Carlton y, encima del Café de París, el hotel Edouard VII. Al lado del puerto se encontraban el Beau-Site, el Du Parc y el hotel de la Californie. Erika y Klaus Mann, hijos del autor de La montaña mágica, recomendaron en su curioso «baedeker» de la Riviera una pensión llamada Belle Plage, detrás del boulevard Jean Hilbert, que acabó convirtiéndose en un pequeño hotel funcional con terrazas sobre el mar, a dos pasos de las playas y el palacio de festivales, muy frecuentado. Si una cosa ha sabido hacer Cannes es adaptarse a las circunstancias actuales.

El barcelonés Mauricio Wiesenthal, viajero sin fronteras y conocedor de las cosas más variadas, escribió que la Provenza se inventó primero que la Costa Azul porque los poetas precedieron en todas partes a los turistas, «incluso a la hora de abandonar los lugares profanados por los nuevos ricos». Pero el invento de la Provenza fue primordial para la buena salud del gran balneario que empezaba a desperdigarse unos kilómetros más abajo envuelto en los aromas que procedían de los campos del Norte. Las veces que he estado en la Provenza interior tuve una especial precaución de acercarme lo menos posible a la costa para evitar la contaminación que producen los efectos de las lavandas mezcladas con el Chanel.

Coco Chanel, como Colette, ha sido la personificación de la Costa Azul, sobremanera cuando lloró amargamente de rodillas en una cuneta de la carretera de Fréjus la muerte de su amado Boy Capel, que se había estrellado allí un día de Nochebuena. Coco o Gabrielle se había enamorado locamente de aquel «play-boy» inglés, jugador de polo, budista y aficionado a los coches de lujo. Capel se llamaba realmente Arthur Edward, era un chico guapo y rico, capitán del Ejército. Algunos de sus amigos lo tenían también como un intelectual y un político. Georges Clemenceau, ex jefe del Gobierno francés, se había encaprichado de él y quería que aceptase un puesto de agregado militar en París para tenerlo cerca.

Paul Morand, amigo personal de la mujer que revolucionó la moda, testigo privilegiado de sus confesiones y autor de un magnífico libro, El aire de Chanel, en el que se pone en la piel de la protagonista para contar su vida, detestaba a Boy Capel. Lo hacía, eso sí, de la forma en que Morand podía detestar a las personas, es decir, en un tono distante de desprecio. En su novela Lewis e Irene escribió que sólo Coco Chanel, reina de los esnobs, podía amar a este tipo de hombres que utilizan a las mujeres para engañarlas, estudiarlas, educarlas y destruirlas, descargar sus enfados y para que calienten su cama.

Clemenceau, que tenía una opinión muy distinta del «play-boy», declaró a raíz de su trágica muerte que Capel valía demasiado como para seguir en esta vida. El viejo zorro francés siempre eligió muy bien las frases. A él se debe la de «todos los cementerios del mundo están llenos de gente que se considera imprescindible» o aquella otra de que «cuando un político muere y muchos acuden al entierro, sólo lo hacen para comprobar que se encuentra de verdad bajo tierra». Su fijación con los cementerios y la muerte no admite lugar a dudas.

Pero la desconsolada Coco vivió el recuerdo de su gran amor hasta la paranoia, con la impresión de que su amado continuaba protegiéndola desde el más allá. De hecho, contó cómo en una ocasión, años más tarde de la muerte, un hindú desconocido la había visitado en su taller parisino para darle un mensaje de Boy Capel, transmitido supuestamente desde un mundo en que ya nada le puede herir a nadie. La propia Chanel confesó después a sus íntimos que se trataba de un secreto que sólo su amante y ella habrían podido conocer. Los íntimos, entre los que se contaba Morand, debieron de quedar algo anonadados.

El «play-boy» había descubierto a la modista en Pau. Se pasaban el día a caballo, el primero de los dos que cazaba una liebre invitaba a vino de Jurançon. Luego decidió llevarla a París y, de la noche a la mañana, se convirtió para ella en una especie de Pigmalion. Boy Capel tenía gustos refinados y una vida social deslumbrante. Sabía un poco de todo y eso, unido a un sentido práctico para aportar soluciones, le hacía aparecer a ojos de los demás como una persona de grandes conocimientos. Las mujeres de la alta sociedad se lo rifaban.

Coco Chanel presumía en la vejez de que siempre le había ido muy bien con los ingleses pese a las vicisitudes históricas que han atravesado las relaciones entre Francia e Inglaterra. Se ha dicho de los ingleses que son, por lo general, personas educadas, al menos hasta donde empieza el Canal, pero Capel lo era allá donde se presentase. Rico desde muy joven por los negocios del carbón, fue para ella su asesor, su inversor, su familia, padre, hermano y todo lo demás. En 1914, cuando estalló la Primera Guerra, el inglés la obligó a retirarse a Deauville, donde alquiló una villa para sus caballos. La localidad normanda era un refugio de señoras elegantes y Coco Chanel emprendió un fructífero negocio.

Fréjus, adonde lleva la carretera en la que encontró la muerte Boy Capel, se encuentra cerca de Saint-Raphaël, un lugar magnífico de la Riviera que los ingleses adoran y en cuyo entorno se levanta la cordillera del Esterel. Las lujosas residencias vigilan, encaramadas en las altas paredes, las calas bordeadas de pinos. Entre Cannes y Niza se encuentra Juan-les-Pins, con su casino. Y muy cerca, Antibes, por donde pasearon en diferentes momentos Nicos Kazantzakis, Zweig, Maupassant, Cocteau y Joseph Roth, entre otros. El Train Bleu no descansaba entonces de mover pasajeros desde París.

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El día en que Fidel volvió para quedarse

Por Luis M. Alonso (26 de julio, 2009)


Se cumplen 50 años de la fecha en que Castro inició un camino sin retorno con la depuración de los moderados, que se oponían a una Cuba totalitaria después de Batista

La mañana en que, entre vítores, cláxones y sirenas, el convoy de 21 vagones cargado de guajiros machete en ristre entró en el andén de la terminal de ferrocarriles de la calle Zulueta, de La Habana, el primer presidente de la República de Cuba tras la Revolución, el magistrado Manuel Urrutia Lleó, se encontraba ya disfrazado de lechero buscando asilo en la Embajada de Venezuela. Dos días antes, el 17 de julio de aquel caluroso verano de 1959, Fidel Castro le había acusado públicamente de alta traición y de comprarse una casa por cuarenta mil dólares. Urrutia presentó la dimisión consciente de que tenía la partida perdida. Se había atrevido a denunciar la infiltración comunista en la nueva República y a pedir elecciones libres en un canal de televisión, donde dijo también que Castro quería llevar a Cuba a una dictadura tan absurda como la que acababa de derribar. Este tipo de cosas se paga, y Urrutia, un demócrata convencido, se convirtió en la primera víctima de una de las dictaduras más longevas del planeta. Luego vendrían Huber Matos y Camilo Cienfuegos, dos de los hombres que acompañaron al Comandante en la Sierra Maestra.

Hoy, 26 de julio, la fecha histórica en que el régimen cubano conmemora el asalto al cuartel Moncada, se cumplen cincuenta años del día en que Fidel Castro, después de una estudiada maniobra teatral que le llevó a renunciar y acto seguido a retornar al cargo de primer ministro, recibió el baño de multitudes del más de medio millón de campesinos que había acudido a La Habana en apoyo de la reforma agraria. A partir de ese momento se inició definitivamente un viaje sin retorno de la isla hacia el comunismo.

Pero vayamos al principio. Castro se encontraba en 1959 definiendo lo que se había propuesto llevar a cabo en lo sucesivo y, lo mismo que necesitaba adhesiones inquebrantables, la existencia de enemigos con quien medirse ante el pueblo era indispensable para lograr sus fines. Vender la idea del totalitarismo desde un principio, cuando el grito frente a Fulgencio Batista era el de libertad, resultaba todavía en aquel momento una tarea difícil. Manuel Urrutia era un juez que había participado en las luchas contra las dictaduras de Gerardo Machado y del propio Batista. En 1957, siendo magistrado de Oriente y durante el mandato de éste último, absolvió a 150 personas acusadas de promover acciones antigubernamentales, por considerar que actuaban constitucionalmente al enfrentarse a un Gobierno ilegal.

Con el triunfo de la Revolución, Castro pensó en seguida en Urrutia como el hombre idóneo para presentar una fachada moderada y demócrata de la nueva República. En los ámbitos de la Presidencia y del Gobierno, que encabezaba el propio Castro, había personas con el perfil del juez, ilusionadas con la apertura tras la caída de Batista. Pero la ilusión en seguida se vino abajo cuando se empezaron a percibir las auténticas intenciones del Comandante y de su gabinete en la sombra, decididos a aplicar un programa de «justicia social», que consistía en quitarles las tierras a sus dueños, algunos de ellos modestos campesinos; establecer granjas colectivas controladas por el Estado; organizar la población en milicias; intervenir todas las empresas, incluidos los puestos de perritos calientes, y acabar con la prensa libre. No hace falta decir que las elecciones democráticas estaban fuera del programa.

Urrutia, al igual que otros, advertía al pueblo cubano de que él no había combatido una tiranía para someterse a otra. Pero el poder de las instituciones no tenía el mismo grado de influencia sobre la población que el Consejo revolucionario y mucho menos su capacidad de movilización. Así que, mientras cientos de ciudadanos convocados por Fidel Castro se manifestaban delante del palacio presidencial pidiendo la dimisión de Urrutia, el Comandante hacía, a su vez, pública la suya y se dirigía a los cubanos por televisión para comunicarles que el presidente provisional había traicionado la Revolución, poniendo obstáculos para promulgar y ejecutar las leyes revolucionarias y que, además, se negaba a reconocer el derecho de asilo de las embajadas latinoamericanas acreditadas en La Habana, lo que, a su juicio, podía convertirse en un pretexto del imperialismo para intervenir militarmente en la isla.

Lo curioso del caso es que el presidente de la República ya ha había anunciado con antelación su propósito de dimitir debido a las discrepancias con el Consejo de Ministros del Gobierno revolucionario y fue el propio Castro quien le convenció de que se mantuviese en el cargo para buscar él el momento propicio. Ese momento lo fue preparando convenientemente en los días previos a la fecha histórica del 26 de julio, para hacer coincidir el cambio de rumbo de la isla con el sexto aniversario del asalto al Moncada. Al día siguiente de las dimisiones -Fidel Castro se había encargado de llevar directamente la noticia de la suya al diario «Revolución», que entonces dirigía el futuro disidente Carlos Franqui-, otro periódico, «El Mundo», informaba del nombramiento para la Presidencia de Osvaldo Dorticós, que, alcoholizado, acabaría suicidándose en 1983. Fue el mismo Dorticós quien el día 26, ante una marea humana y cientos de carteles pidiendo el regreso de Fidel, anunció que el Comandante volvería al cargo de primer ministro para cumplir el mandato del pueblo. Castro recalcó: «Nunca, como en estos instantes, nos hemos sentido más orgullosos de ser cubanos». Un periodista norteamericano, citado por la revista «Bohemia», comentó acerca del Comandante: «Él destruyó no solamente una dictadura brutal y corrupta, sino toda una forma de vida en Cuba, toda una estructura social, económica y política». No le faltaba razón, como el tiempo se ha encargado de demostrar fehacientemente.

Categoría: General | Comentarios(0) | julio 2009 |

El "largo brazo" del pulpo

Por Luis M. Alonso (26 de julio, 2009)


El culto por la diversa cocina del cefalópodo: en Galicia se come cocido; en Japón, crudo, y en Grecia, donde aún lo secan al sol, lo sirven al vino o a la plancha con un vaso de ouzo

Los japoneses, ictiófagos, comen el pulpo crudo, y lo valoran como un plato exquisito. Lo llaman «tako», con esa especie de soniquete apresurado y admirativo que tanto los caracteriza al hablar. La tradición en Galicia dice que el pulpo se debe cocer. Se deja que el agua rompa a hervir y se mete y saca tres veces, durante media hora aproximadamente para un pulpo de tamaño medio, con el fin de asustarlo. La mejor manera, dicen, es cocerlo en una pota de cobre, como se acostumbra a hacer en romerías, establecimientos de hostelería y, también, en algunas casas.

Una vez cocido, este cefalópodo admite muchas variaciones, encebollado, con vinagreta, etcétera… Pero en Galicia son tres las variantes que reinan sobre las demás: a feira, en caldeirada o a la gallega, que es como se prepara el famosísimo pulpo de la isla de Ons. En Ribadavia y en Carballino, Orense, he comido pulpo acompañado de cachelos y era difícil decidir qué estaba mejor, si el pulpo o los cachelos. En realidad, he comido pulpo en muchos otros lugares de Galicia y casi siempre he encontrado en su sabor una fragancia que acaba devolviéndome al mar. Si el pulpo se come tanto en los lugares del interior debe ser, entre otras cosas, y disculpen la digresión, por su aroma evocador.

El gallego, en general, es muy pulpeiro, y el pulpo me acaba trayendo al recuerdo a un gallego fabuloso, Álvaro Cunqueiro, y lo que escribió sobre él. «Antes lo más del pulpo que se cocía en las ferias de Galicia interior era de media cura o de cura entera -es decir, secado en la orilla del mar al sol y el viento-, pero ahora corre mucho el pulpo congelado. El pulpo llegaba a Lugo, Orense, a Monterroso o Carballiño, procedente de Mugardos, en la ría del Ferrol; de Bueu, en la de Marín, de Muros, de las islas y riberas de la ría de Arosa. Hubo siempre pulpeiras famosas de Sarria, por ejemplo, que andan de feria en feria con sus grandes calderas, con sus alcuzas para el aceite, con sus sacos de sal y de pimentón y sus platos de madera». Por Cunqueiro me enteré del testimonio de aquel francés, Jacques Mabille de Poncheville, «quien haciendo el Camino de Santiago a pie hizo posada en Lugo, y saliendo a hacer el paseo por la gran muralla romana, entre las puertas de San Pedro o Toledana, y la del Castillo, en un campo entre dos cubos, vio a unas mujeres vestidas de negro que se azacaneaban encendiendo fuego debajo de unas inmensas calderas negras, y creyó que aquellas serían las brujas o meigas de las que le habían dicho era abundante Galicia, y que debían estar poco menos que preparando el aquelarre. Pero eran las pulpeiras de San Froilán».

Lo de la cura a orillas del mar de antes, que Cunqueiro evocaba, me hace acordarme de las tardes que pasé secando en compañía de los pulpos, con un quejido de bouzoukis zumbándome en los oídos. Entonces el sol se ponía en Creta en medio de un violento esplendor y cuando desaparecía ya hacía un rato que estaba acomodado en aquella terracita del puerto veneciano de La Canea viendo pasar las horas y trasegando vino blanco de Santorini. Entre Henry Miller y Nikos Katzantzakis habían conseguido que idealizase Creta. El coloso de Marusi era el libro que mejor promocionaba la isla y, en Iraklion, una de las primeras cosas que hice fue visitar la tumba del hombre que dio vida a aquel campesino de espíritu libre llamado Alexis Zorba. En el cementerio, desde una colina, observé cómo la ciudad dormía en la calima, envuelta en una inmensa pelota de polvo. Ha pasado un tiempo, pero aún conservo esa visión.

En el puerto de La Canea o Hania había otras cosas que hacer, además de beber vino de Santorini. Por ejemplo, comer pulpo, también con salsa de vino, que se prepara en los numerosas tabernas. En la calle Zambeliou, una de las arterias más frecuentadas, antes de llegar a la Puerta Renieri, se encuentra el restaurante Taman. Es -o era, al menos- el paraíso del pulpo al vino (htapodi krasato), de las croquetas de arroz y de espinacas, y de los tomates rellenos de huevos.

El pulpo es su majestad en toda Grecia, sobre todo, en la insular. Lo he comido seco a la plancha, durante el meze (aperitivo) acompañado de un vaso de ouzo, un licor muy popular que combina la uva con el anís, que tiene un fuerte sabor a regaliz y que se bebe rebajado con agua, como el pastís. En el precioso puerto espartano de Githio me sentaba al atardecer, al lado de los pulpos tendidos al sol, en aquella curiosa ceremonia diaria del anís y del cefalópodo, mientras los pescadores preparaban las redes para el día siguiente. Con la vista puesta en el mar aquello era como sentirse en compañía de los dioses, sin prisas. La hora punta la marcaban los rebuznos de un burro cada vez que llegaba el autobús con los viajeros del barco que zarpaba a medianoche con destino a Creta. En Plaka o Monastiraki, en las faldas de la Acrópolis, Atenas enseñaba su auténtica verdad de pueblo. De las tabernas salía el ruido de las copas que los comensales estrellaban contra el suelo y la música de los bouzoukis. La comida griega es herencia de los turcos, pero eso es algo que no se les puede recordar a los habitantes del país si se quiere evitar un disgusto. Las hojas de parra rellenas de arroz (dolmas) son suaves como pétalos de flor, con un aroma intenso de hinojo y hierbabuena. El puré de berenjenas (melitanosalata), las huevas de pescado (taramosalata), las ensaladas con tomate, queso feta y cebolla, el tsasiki (yogur con ajo), las tiropitas (empanadillas de queso) y el cocorechi (pinchos de asadura al horno) son entrantes (meze) perfectos que acompañan al cordero o a una fritura de salmonetes (barbouni), el mejor pescado que se puede comer de un Egeo esquilmado por el hombre.

En Atenas conocí el Ideal, en la calle Panepistimiou, donde solían comer políticos, periodistas y una buena parte de la sociedad influyente. Corrían los vinos de pequeñas bodegas de calidad cercanas a Naoussa. Los griegos, como dijo Yannis Boutaris, pope de la enología helénica, detestan el vino porque les recuerda las épocas de pobreza posteriores a la II Guerra Mundial. Beben, en cambio, la retsina que, tanto por el olor como por el sabor, resulta ideal para ahuyentar los mosquitos.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | julio 2009 |

Más farfolla

Por Luis M. Alonso (26 de julio, 2009)

La famosa sociedad de la Isla de la Innovación sigue teniendo pendiente, dos años después, el proyecto de transformar la ría. Lo que el Principado pretende ahora es buscar inversores para llevar adelante unas actuaciones que ni el más optimista se creería, y mucho menos en los tiempos que corren. Para que se hagan una idea, el coste calculado de las infraestructuras previstas y la urbanización de los terrenos inmediatos al Niemeyer es de 250 millones de euros. El plan era financiarlo con las plusvalías de las tropecientas mil viviendas que se iban a construir, pero haciendo buen uso del sentido común ya me dirán qué rentabilidad se puede plantear en estos momentos levantando pisos.

De la transformación de la ría, incluso sin los cubos de la innovación, los lofts y el resto de la farfolla, se ha venido hablando estos diez últimos años. Habrá que esperar, seguramente otros diez más, para poder decir que ya son veinte y no se ha pescado un xargo.

Lo que más me inquieta de nuestros políticos no es ya el ritmo con que operan, sino la facilidad con que se nos presentan cada día intentando hacernos creer que cumplen sus deberes. No lo hacen, pero se empeñan en transmitir lo contrario anunciando reuniones, nuevos estudios y obviedades como que el diseño urbanístico de una actuación y el esfuerzo financiero para llevarla a cabo correrán parejos. Todo ello para decirnos, dos años más tarde, que la sociedad patrimonial que se anunció entonces se va a constituir el año que viene. Pero después de la sociedad patrimonial, ya verán cómo surge otra cosa.

Lo que ya se sabe es que el gerente de la sociedad de ahora va a cobrar lo mismo que percibía en su empresa anterior. Ya lo ven.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | julio 2009 |

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