Tabucchi y la vejez del tiempo

Por Luis M. Alonso (11 de junio, 2009)

La publicación de «Il tempo invecchia in fretta» coincide con el mayor acoso al escritor por parte del berlusconismo



Leí de Antonio Tabucchi (Pisa, 1943) que Italia es el país en que reina soberanamente la ocurrencia ingeniosa sin estar jamás a la altura del «mot d’ esprit» a lo Voltaire, del retruécano subversivo de Karl Kraus, ni del «witz» freudiano del inconsciente. Esa comicidad acusadamente retórica que acompaña a algunos italianos desde Totó, Alberto Sordi y otros, en el cine, al propio Silvio Berlusconi, en la vida pública, se sustenta generalmente en donaires y chanzas que tienen como objeto vaciar de contenido el problema por medio de una aparente brillantez de la inteligencia que da vueltas sobre sí misma. Funambulismo verbal, lo llamó Tabucchi. «Naturalmente, existen numerosos niveles estilísticos en estas salidas ingeniosas, que van desde la vulgaridad disfrazada de esnobismo refinado hasta el frío ejercicio de una inteligencia geométrica, pasando por el chiste escolar (Berlusconi). La fuente de inspiración es en cualquier caso el cinismo», declaró el escritor.

A Tabucchi le pidieron que pusiese ejemplos sobre ese tipo de ocurrencias y citó al ex ministro Andreotti cuando le respondió a un periodista que el poder desgasta a quien no lo tiene, en alusión a un eslogan («El poder desgasta») aireado hace años por la izquierda juvenil contra la corrupción de los democristianos. La ocurrencia de Andreotti, pese a ser un monumento al cinismo, tuvo una gran resonancia mundial y en Italia aún se tiene por una prueba de esa astucia que tanto se venera. No pocos políticos la han repetido como si fueran loritos. Tabucchi, en cambio, ha combatido siempre esa superficialidad cínica de la misma manera que lo han hecho otros intelectuales, entre ellos el historiador y periodista, también toscano, Indro Montanelli. En lo que más ha insistido es en la vulgaridad que actualmente empaña al país de «natural elegancia», como él mismo ha recalcado, donde nació y se educó. El autor de Sostiene Pereira (1994) ha relacionado la zafiedad ambiental con el hecho de que una familia italiana consuma como media diaria cinco o seis horas de grosera televisión.

Hace ya tiempo, Tabucchi mantuvo una abierta polémica con Umberto Eco sobre el papel de los intelectuales en la vida pública. Coincidió con los primeros años de Berlusconi. Eco escribió entonces sobre el ruido del intelectual en asuntos que no deberían llevarle a manifestarse en mayor medida que cualquier otro ciudadano. Denunciaba la arrogancia de reclamar un derecho a conocer más allá de las evidencias. Lo que Eco venía a decir es que un intelectual, igual que otros ciudadanos, lo único que tendría que hacer si su casa se quemaba era avisar a los bomberos. «Su deber es permanecer callado cuando no sirve para nada», escribió, en 1997. Eco en su sección La Bustina di Minerva del semanario «L’Espresso». Tabucchi respondió que si su apartamento se quemase, además de llamar a los bomberos, lo que él haría sería intentar saber si el fuego lo originó un cortocircuito o un cóctel Molotov. En Italia, en estos momentos y si hay que juzgarlo por los ataques que está sufriendo la libertad de expresión, podríamos concluir en que hay declarado más de un incendio

Ese papel vigilante del intelectual que siempre ha asumido Tabucchi, igual que hicieron Elio Vittorini frente al stalinista Togliatti, o Sciascia y Passolini contra el poder establecido desde Palacio, le ha llevado últimamente a convertirse en el escritor más perseguido en la Italia de Berlusconi. El pasado mayo tuvo que defenderse de una demanda judicial del presidente del Senado, Renato Schifani, que le reclama 1,25 millones de euros por supuestos daños a su imagen en un artículo publicado en «L’ Unità». Tabucchi ha criticado de modo reiterada la ley Alfano, aprobada por el Gobierno, que impide procesar a los cuatro máximos altos cargos del Estado, entre los que se encuentra Schifani.

En medio de esta zozobra frente al berlusconismo, el último libro de Antonio Tabucchi representa una reflexión acerca del tiempo a través de nueve cuentos, o pequeñas novelas con un mismo nexo, sobre el pasado comunista en la Europa del Este. Il tempo invecchia in fretta (El tiempo envejece deprisa), publicado casi a la vez en Italia y en Francia, es una parábola acerca del tiempo real y el propiamente histórico. El viejo bloque comunista es para Tabucchi un paréntesis de años en las vidas de millones de personas parasitadas por un sistema. La salida de ese paréntesis, la caída del Muro de Berlín, causa un choque violento entre ese tiempo histórico detenido y el íntimo. El desajuste que se produce en las vidas de las gentes es lo que fascina a Tabucchi: cómo los malos recuerdos pueden ser también insustituibles en la nostalgia de quienes sufrieron represiones a lo largo de años.

A Pietro Citati, el crítico literario más intransigente e influyente de Italia, le preguntaron no hace mucho por Tabucchi y respondió que se trataba de un escritor excelente, pero le reprochó cierta propensión a repetirse. Yo, modestamente, no encuentro repetición en Tabucchi más allá de esa experiencia del tiempo y de la muerte que está en Tristano muere (2004), una de sus grandes novelas, y que le ha acompañado durante los diez últimos años de su vida. Ahora, después de la época salazarista en Sostiene Pereira y la fascista en la obra anteriormente citada, las páginas de Il tempo invecchia in fretta conducen un puñado de vidas por el túnel de la historia en una nueva confrontación del pasado y el presente.

Tabucchi ha dicho que narrar es hacer que el mundo sea más liviano, «como un soplo de aire». Incluso para los intelectuales que quieren saber algo más de las evidencias o la verdad oficial que las autoridades están dispuestas a admitir.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | junio 2009 |

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