De los Springboks a los Bafana Bafana

Por Luis M. Alonso (29 de junio, 2009)


El rugby y el fútbol: dos Pienaar, uno blanco y otro negro, protagonistas del sueño de Mandela

Bafana» significa «chico» en xhosa y por «springbok» se conoce en holandés a una gacela que habita en el África austral. Ambas palabras, más allá de lo que expresan por su propio enunciado, son marcas de referencia de los dos deportes de masas en Sudáfrica: el fútbol, pasión de los negros, y el rugby, distintivo afrikáner y estandarte del apartheid hasta 1995 en que Mandela logró congregar a toda una nación en torno a un equipo. Bafana Bafana, como ya sabrán, es el apodo que recibe la entusiasta selección nacional de fútbol, mientras que los Springboks representan una leyenda en el rugby sudafricano, agigantada después de aquella victoria histórica de Ellis Park, en Johannesburgo, ante la potente Nueva Zelanda.

Se da, además, alrededor de esto un paralelismo en la memoria que empieza por la simple coincidencia del apellido de dos de los protagonistas de este despegue deportivo de la nueva Sudáfrica, que tanto se ha asociado al espíritu de convivencia que Mandela trasladó a la sociedad tras la victoria en las primeras elecciones democráticas. Uno de los mayores cómplices del líder sudafricano en la conciliación del país, el ex capitán blanco de aquellos Springboks que consiguieron la gesta de derrotar a los enormes maoríes, en un partido sin ensayos, se llama Pienaar y vive en Ciudad del Cabo. Tiene el mismo apellido que el del artífice del juego sorprendente de los Bafana Bafana, un mediapunta del Everton que estuvo en un tris, el otro día, de hacer llorar a medio Brasil y que forma parte, junto a Modise y Parker, del tridente sudafricano.

No hay, como resulta evidente, signos externos que sirvan para establecer una comparación entre el François Pienaar, que colaboró con Mandela en el hermanamiento histórico del Mundial de 1995, y este Steven Pienaar, ídolo de la muchedumbre enfervorecida que ha asistido a los partidos de la Copa de Confederaciones. El Pienaar de Ciudad del Cabo es el prototipo afrikáner blanco, nacido en una familia trabajadora de Vereeniging, el lugar donde se firmó el tratado que ponía fin a la segunda guerra de los boers, y el mediapunta se crio en un gueto negro de Johannesburgo antes de crecer futbolísticamente en el Ajax de Ámsterdam. El ex capitán de los Springboks, licenciado en Derecho, es un padre ejemplar de dos hijos, uno de los cuales tiene a Mandela como padrino. El futbolista del Everton se libró no hace mucho de pagar una multa por supuestas agresiones a una mujer en Liverpool, tras haber sido detenido a causa de ello.

John Carlin cuenta en El factor humano cómo Mandela al contemplar por primera vez a François Pienaar vio en él al prototipo del afrikáner. El periodista añade al perfil del personaje que si los ideólogos del apartheid hubieran tenido la misma afición a poner el arte al servicio de la política que sus homólogos soviéticos habrían escogido al capitán de los Springboks, con su 1,92 metros de altura y los 120 kilos de músculo, para representar el ideal de la virilidad de los descendientes de aquellos campesinos holandeses que se empeñaron en establecer un orden odioso de discriminación racial que duró hasta bien avanzado el siglo XX. Para Carlin, Pienaar tenía entonces la gracilidad escultural del David de Miguel Ángel.

El propio Mandela confió, sin embargo, en la capacidad del jugador de rugby para asimilar la idea de una nueva Sudáfrica unida por encima del conflicto racial. Y no lo hizo porque el lugar de nacimiento de Pienaar, Vereeniging, provenga de la palabra afrikáner que significa unión, sino porque creyó en la buena voluntad del capitán de los Springbok desde el momento en que le estrechó la mano. Apeló al factor humano y acertó.

Ahora el país que mejor aprovechó el poder aglutinador del deporte tiene por delante la organización de un Mundial de fútbol. Con ello la posibilidad de seguir consolidando lo que empezó a fraguarse tras aquella victoria en rugby de 1995 contra Nueva Zelanda, cuando los Pienaar blancos y los Pienaar negros, unidos por el éxito de sus deportistas, comprendieron que tenían que vivir con los mismos derechos en una misma nación libre. La foto de Mandela con los jugadores de la selección nacional de fútbol en la víspera del encuentro contra Brasil, aunque el momento ya sea otro, ha servido para devolvernos la secuencia en que el gran líder africano saltó a Ellis Park con la camiseta y la gorra de los Springboks, convencido de que un partido era capaz de salvar a una Sudáfrica dividida por años de odio, como ha contado Carlin en el libro que Clint Eastwood ha llevado al cine.

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Duelo por Jacko

Por Luis M. Alonso (28 de junio, 2009)

Ha muerto joven un tipo famoso que se volvió loco

La mitomanía lo aguanta todo, pero hay cosas de ella que no consigo comprender. Entiendo el culto a los cadáveres exquisitos, pero me cuesta aceptar cómo la muerte de un zombi puede levantar tantas oleadas de pasión.

Ya sé que alguien puede decir que la conmoción es explicable por el simple hecho de que «Thriller» sea el disco más vendido de la historia de la música y que el célebre pasito de baile lo haya intentado medio planeta. Pero aun así seguiré sin entender el culto a un muerto que había dejado ya hace tiempo de estar vivo y cuya vida hecha pública en capítulos escandalosos se resume en un sentimiento de inferioridad racial, la afición a la pedofilia y una inquietante obsesión por mantenerse a salvo del contacto humano para evitar contaminaciones. Todo ello edificante.

No es un cadáver exquisito este despojo de 45 kilos en que quedó el pequeño de los «Jackson Five». No, me niego a aceptarlo. Otra cosa es que su muerte, por la forma en que se produjo, levante misterio y pasiones.

Los fans del mundo entero lloran y no pueden dejar de escuchar sus canciones y de ver sus vídeos, incluso aquél de los zombis que tanta fama le dio. Pero en Jacko, que ya había dejado de existir como ser humano desde hace tiempo, hay una desolación que supera a la de su misma muerte.

Liza Minnelli, una amiga, ha dicho que lo mejor es celebrar ahora su recuerdo, porque una vez que se conozcan los datos de la autopsia «se armará la de Dios». Con estas mismas palabras. Ha muerto joven un tipo que se volvió loco de atar y tiró su vida por una alcantarilla. A mí no me apetece, la verdad, sumarme al duelo.

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El secreto de la doble destilación

Por Luis M. Alonso (28 de junio, 2009)


Historias en torno al finísimo aguardiente que hizo famosa a la ciudad de Cognac

Francisco I era el más francés de todos los reyes de Francia. Frívolo pero al mismo tiempo dedicado a sus obligaciones de Estado, culto, enamorado de las artes, de las letras y de las mujeres, inagotable en los placeres de la cama, tolerante y con indudable sentido del ridículo. Tanto que en una ocasión, tras sorprender a su favorita, la duquesa de Étampes, en el lecho con un doncel, y cuando todo el mundo esperaba una escena propia del despecho que puede sufrir un monarca en una situación así, se limitó a decir: «Señora, os ruego que abandonéis inmediatamente este lecho, y vos, que habéis osado mancillarlo con una criada de la señora duquesa de Étampes, reflexionaréis en la cárcel sobre la inconveniencia de vuestra conducta». Francisco I no era precisamente lo que se dice un amante fiel y un francés jamás le pide a una mujer que llegue hasta donde él no es capaz de llegar en sus obligaciones. O, al menos, no lo aparenta en público de manera que los demás puedan enterarse.

Obstinado en su enfrentamiento con Carlos V, el rey de la dinastía de los capetos que fundó la Liga de Cognac, alumbró también un espíritu renacentista en su corte que le llevó a distinguirse de los monarcas de la época. Hizo viajar a Francia a Andrea del Sarto y a Leonardo. A este último, por el que sentía un gran afecto, ordenó que lo acomodasen en Clos Lucé, muy cerca del castillo real de Amboise. En 1517 compró la Mona Lisa por cuatro mil florines de oro y mandó que colgaran el cuadro en su cuarto de baño particular para poder contemplarlo en la intimidad, compartiendo sonrisa.

En la ciudad de Cognac hay dos cosas que no pasan desapercibidas: una de ellas es el famoso y finísimo aguardiente que la ha hecho famosa en el mundo entero y otra Francisco I, que domina y orienta el espacio urbano desde la hermosa y alegre estatua ecuestre en la plaza que lleva su nombre. Si alguien en Cognac tiene que indicarle la plaza de Francisco I se encargará de explicarle también, por si el visitante lo desconoce, que el Rey es de allí. «Es que nació aquí, ¿sabe?». Todo el mundo en Cognac se siente orgulloso de la estirpe de los Valois, del mismo modo que Francisco I adoraba su ciudad y el río que la cruza, la Charente, que consideraba el más bello de Francia. De hecho, concedió el derecho a comerciar con la sal a lo largo de su cauce, favoreciendo un cambio comercial que relanzó el mercado del vino y posteriormente del aguardiente. Un signo característico de Cognac, con una población de 20.000 habitantes y una gran actividad, son los muros ennegrecidos por el hongo que producen las emanaciones de sus más famosas destilerías, todas ellas al borde del río: Hennnesy, Martell, Rémy Martin, Camus, Otard, etcétera. Otro, las frecuentes comitivas de turistas en las visitas guiadas a las bodegas.

Lo primero que hay que decir del coñac es que se trata de un aguardiente destilado del vino de las viñas de la Charente, que envejece en toneles de roble lemosino y tiene un mínimo de 40 grados. Eso es coñac, lo demás cualquier otra cosa.

Alrededor de Cognac, de una a otra parte de las orillas de la Charente, las uvas de los cuatro primeros crous -Grande Champagne, Petite Champagne, Borderies y Fins Bois- maduran bajo la dulzura del clima de la región y reciben el calor del corazón de una tierra calcárea que absorbe el sol para devolvérselo al vino, que después se convierte en un maravilloso aguardiente. Las primeras dos demarcaciones, de una extensión menor, son, sin embargo, las más agraciadas y productivas. Pero a veces también se mezclan aguardientes, agregando de las restantes. A esta combinación de virtudes y fragancias lo llaman «maître de chais».

En Segonzac, la capital de la Grande Champagne y centinela de las colinas del Valle de la Charente, a poco que uno se ponga a tiro le cuentan la leyenda del caballero de la Croix-Maron, que ofrece una versión imaginaria y apetitosa del misterio de la doble destilación del coñac y de su proceso de envejecimiento. En el siglo XVI, un francés de nombre Jacques de la Croix-Marón tuvo una pesadilla: Satán iba en busca de su alma y, para lograr tal propósito, lo hervía. Al no tener éxito, el viejo diablo lo amenazaba con cocinarlo una vez más. La leyenda asegura que fue entonces cuando la Croix-Marón despertó convencido de que si aplicaba una segunda destilación a su brandy de vino, la bebida se expresaría en toda su dimensión. ¿Resultado? Un nuevo brouillis, aguardiente incoloro con una fortaleza de 70 grados de alcohol que, una vez sometido a envejecimiento en cubas de roble de los bosques de Limousin, se reducen a 40. De manera que el coñac se obtiene a partir de la destilación de eaux-de-vie, un vino blanco hecho principalmente -por lo menos en un 90 por ciento- con la uva Ugni Blanc, la Folie Blanche o la Colombard. Como ya saben, es fundamental la doble destilación en alambiques de cobre charentianos y, finalmente, debe ser conservado no menos de un año y medio en barricas de roble, para obtener su color característico y parte de su sabor. Esto último es muy importante, ya que durante su largo reposo el brandy pierde por evaporación cerca de un 70 por ciento del alcohol original y entre el tres y el cuatro por ciento del volumen de agua por año. La calidad del coñac aumenta al madurar, ahora bien, en contra de lo que se puede llegar a pensar, el coñac no mejora en la botella, sólo puede empeorar en el caso de que el corcho esté en malas condiciones. El vino conserva organismos vivos que le permiten evolucionar, pero el envejecimiento del coñac sólo se debe a transformaciones químicas en contacto con la madera.

Volviendo a los alrededores de Segonzac, en La Voute, Ambleville, fuera de los grandes circuitos de distribución y de las visitas a las bodegas famosas, se encuentra el manoir donde se elabora uno de los coñac mejor considerados del mundo. El que prefieren los habitantes de la región. Se llama Ragnaud-Sabourin y pertenece a una tradición que se remonta a 1850, actualmente bajo la mirada atenta de las tres damas de la Grande Champagne: Dennise, Annie y Patricia, abuela, madre y nieta. Alliance n.º 35 Fontvieille, Alliance X.O. y L’ Heritage de Ragnaud son tres grandes aguardientes de la casa que prueban esa categoría especial del espirituoso que llevó al alcalde de Burdeos a reprender a Eduardo VII. El aún entonces príncipe de Gales se había bebido de un trago el líquido de la copa de tulipa y oyó de su anfitrión: «Alteza, un coñac así se huele, se calienta en la mano, se mira al trasluz y luego… luego se habla de él».

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Las brasseries en París

Por Luis M. Alonso (27 de junio, 2009)


Las brasseries son sólidos pilares de la noche parísina, cerca de los teatros y de los mercados. De hecho, Les Halles ha tenido siempre a mano la brasserie, para los madrugadores del antiguo abasto, verduleros, carniceros o pescaderos, que compartían mesas con los noctámbulos. Inicialmente eran locales de tradición alsaciana donde se fabricaba cerveza y se cocinaban platos sencillos para acompañarla. La carta de brasserie ofrece desde una bandeja de mariscos y la popular chucrut, hasta una bullabesa o una bourride, pasando por el cassoulet tolosano hasta la humilde andouillete en sartén (salchicha de tripas).
Au pied de cochon, al lado de la iglesia de Saint Eustache, a dos pasos del centro Pompidou, es uno de los establecimientos más populares de la ciudad. Abre ininterrumpidamente y conserva una de las terrazas más animadas. En sus amplios salones, repartidos por tres plantas de un edificio singular, conviven todos los públicos.
El servicio es rápido y uno siempre encuentra algo que le gusta. A mí, particularmente, la «tete de veau» (cabeza de ternera) o los pies de cerdo que dan nombre al local, asados o rebozados en pan rallado con una salsa bearnesa. La soupe a l´oignon» es el elixir mágico después de una noche ajetreada.
Lipp, en el Boulevard Saint-Germain, muy cerca del famoso café Les Deux Magots, reúne aún a la gente del espectáculo en un local con decoración del ceramista León Fargue. Fundada en 1880 por Leonard Lipp, el Ministerio de Cultura la ha distinguido como «lugar de memoria cultural y política» por haber contado con ilustres clientes fijos: Marcel Proust, Camus, Malraux, Gide, Verlaine, Léon Blum, Giscard o Mitérrand, entre otros muchísimos. Apunten el buey con zanahorias. Y, también, la chucrut, cuya especialidad comparte con La Coupole otra brasserie monumento, en el Boulevar Montparnasse, o con La maison d´Álsace, en los Campos Elíseos, o la Brasserie Flo, en el Cour des Petites Ecuries, en una esquina junto al Folies Bergère, cerca del New Morning Jazz Club.

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El suelo industrial

Por Luis M. Alonso (27 de junio, 2009)

El Principado ha respondido a la necesidad avilesina de suelo industrial con un plan calcado al de 2005-2008 que, cuatro años más tarde, sigue sin desarrollarse. Bien mirado, resulta lógico que el plan sea el mismo, ya que todo lo que está por hacer pertenece por derecho a esa doctrina de la vigencia que profesan los políticos en Asturias. Lo pendiente es de estricto vigor en la cuna de la ineficacia.

De modo que no debemos tomar a mal si el plan industrial para este y los próximos dos años es igual que el de los tres anteriores. No hay que verlo como una muestra de desinterés o negligencia, sino más bien como una medida de ahorro. Para qué se van a tomar la molestia de redactar un nuevo documento o de marcar otras directrices si las que se establecieron antes siguen siendo válidas por no haberse ejecutado. Ahorro en el esfuerzo y probablemente también en dinero, teniendo en cuenta el mal momento económico.

De la misma manera que no se desarrollaron las parcelas industriales previstas en Avilés, Castrillón, Corvera y Gozón, entre 2005 y 2008, la posibilidad de que eso ocurra de ahora en adelante, hasta 2012, no deja de ser una incertidumbre. Así que el Principado ha aplicado el sentido común: desempolvemos lo que ya teníamos, para qué complicarse la vida cuando la vida resulta tan sencilla.

Los sindicatos y la Cámara de Comercio llevan clamando por el suelo industrial desde la década pasada, de modo que han visto pasar los planes una y otra vez y ya no los distinguen. Da igual. Lo suyo es dosificar paciencia para volver a reclamar lo mismo cuando toque. La dosificación del esfuerzo es esencial en el cometido sindical.

Ahora volvemos a la tabarra de si se necesita urgentemente un suelo que ni el Ayuntamiento sabe para qué sirve. Se supone que la crisis no va durar siempre y que hay que tener espacio a disposición de las empresas a fin de poder captar inversiones. Pero no sabemos más. Para qué.

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El enigma de Kadaré

Por Luis M. Alonso (26 de junio, 2009)

El escritor que convivió con Hoxha y después se exilió

A Ismaíl Kadaré se le ha atribuido algunas veces el estereotipo de escritor político. Él lo rechaza asegurando que escribe igual en la libertad de la democracia que en el yugo de la dictadura. Y, efectivamente, el nuevo premio «Príncipe de Asturias» de las Letras ha escrito en la Albania de Hoxha y, tras la muerte del tirano, también en Francia, cuando se vislumbraba el inicio de un sistema de libertades en su país. Un caso algo extravagante este de Kadaré, que no tuvo en la Albania comunista un régimen de vida personal muy distinto al de Gila durante el franquismo. El escritor está convencido de que Hoxha lo toleró porque empezó a ser conocido en Occidente, pero lo que no consigo explicarme, salvo que lo suyo sea síndrome de Estocolmo, es por qué sólo dejó Albania al final de la dictadura pudiendo haberlo hecho mucho antes.

Dicho esto, Kadaré me parece un buen escritor, teniendo como tenemos, además, el precedente inmediato de Margaret Atwood y pudiendo haber recaído el premio de las Letras que concede la Fundación Príncipe de Asturias en un sujeto peligroso como Haruki Murakami. Es verdad que también se lo habrían podido conceder seguramente con mayor merecimiento a Ian McEwan o Antonio Tabucchi que, según dicen, estaba en las primeras quinielas. El jurado siempre es dueño de sus decisiones.

Me gustan, no obstante, esos vacíos inquietantes en la obra de Kadaré, los espacios cerrados e irrespirables, los personajes y las situaciones sombrías, kafkianas muchas veces. Tampoco está mal cuando resucita los mitos de la historia de su pueblo, la batalla del campo de los mirlos, etcétera, etcétera… Ahora bien, lo que sigo preguntándome y me preguntaré seguramente en adelante es por qué un autor comprometido con la libertad se exilia de un país totalitario cuando precisamente deja de serlo para iniciar una nueva etapa algo más prometedora ¿Alguien lo entiende?

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La leyenda urbana del donut relleno de crema

Por Luis M. Alonso (26 de junio, 2009)


John F. Kennedy, ante miles de berlineses, durante el famoso discurso del «Ich bin ein berliner», desde el balcón del Rathaus Schöneberg, el 26 de junio de 1963. timesonline.typepad.com
La discusión entre internautas sobre el «Ich bin ein berliner» contribuye al mito del discurso de John F. Kennedy

Un 26 de junio, como el de hoy, de 1963, el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, se dirigió a decenas de miles de personas desde el balcón de un edificio consistorial de Schöneberg, en Berlín, con el propósito de ganarse el corazón de la Europa de la posguerra y ablandar el de los soviéticos que dos años antes habían levantado el Muro.

El discurso está considerado una de las piezas más notables de la oratoria política de la Guerra Fría, pero en torno a él surgió una leyenda urbana y no pocas dudas sobre la frase que le dio la fama y hasta el nombre, «Ich bin ein berliner» (Soy un berlinés), y que Kennedy pronunció en dos ocasiones, la primera de ellas tras la salutación del alcalde Willy Brandt. El uso del artículo indeterminado para referirse a su condición de ciudadano de Berlín y el hecho de que el «berliner pfannkuchen» sea para los berlineses una especie de donut relleno de crema produjo carcajadas entre los asistentes.

Lo que el carismático Kennedy pretendía transmitir en aquella vibrante alocución, con motivo del decimoquinto aniversario del bloqueo soviético, era colaboración en defensa de la libertad. Eso quedó claro, lo mismo que el llamamiento para acudir a la capital alemana y comprobar las abismales diferencias de progreso entre el mundo libre y el comunista. Lo que, al cabo de un tiempo, se sigue analizando en los foros de discusión es si realmente Kennedy utilizó conscientemente el artículo con el que se presentaba a los alemanes como un «bollo relleno de crema», en vez de un berlinés, y para sus compatriotas como un «jelly donut». En cualquier caso, un discurso redondo.

Hubiera bastado, dicen los internautas, que discuten todavía hoy acaloradamente sobre la frase, con suprimir el artículo y dejarlo secamente en «Ich bin berliner» («Soy berlinés»). En los foros, ha salido a relucir la explicación del lingüista germano Jürgen Eichhoff, quien aclaró ya hace algunos años que las palabras pronunciadas por Kennedy no eran gramaticalmente las correctas, pero sí las únicas válidas para expresar lo que realmente quería transmitir. Efectivamente, un berlinés habría dicho «Ich bin berliner», pero según Eichhoff lo que el presidente intentó expresar con «Ich bin ein berliner» era que se trataba de un ciudadano de Berlín, mediante la identificación metafórica entre sujeto y predicado. Es decir, quería recalcar la condición de ciudadano. Otra teoría que viene en socorro de Kennedy y de Robert Lochner, el intérprete que tradujo las palabras del presidente al alemán durante la visita, es que el líder del mundo libre quiso recalcar con el uso del artículo que se sentía «como un berlinés» sin serlo, cosa que, por otro lado, nadie habría dudado. De hecho, las sonrisas entre los asistentes a Schöneberg se produjeron precisamente cuando Kennedy agradeció al traductor que le hubiera brindado la oportunidad de las palabras precisas en el idioma de Heine.

Hay muchas formas de perpetuar el mito. Una de ellas es la fonética. El discurso del «Ich bin ein berliner» forma parte de la historia y ha sido asumido por decenas de políticos. La ex secretaria de Estado de Estados Unidos, Madeleine Albright, buscó el paralelismo en Sarajevo: «Ja sam sarajevka». El propio Barack Obama se inspiró en su alocución de 2008 del Tiergarten en el discurso mítico que la leyenda urbana ha contribuido a reforzar con un donut de crema.

La verdad es que no sería lo mismo decir «soy un carbayón» que «soy carbayón», cuando uno se quiere referir a Oviedo y no a su pastel más representativo.

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Un puñado de lecturas

Por Luis M. Alonso (25 de junio, 2009)



Von Cziffra sobre Roth; Kusniewicz, Berlin, Safranski, Coetzee…

Joseph Roth creía en las ventajas que ofrece la posteridad. O, al menos, lo hacía de la forma en la que su pesimismo le permitía confiar en este tipo de cosas. El caso es que, según cuenta su amigo Géza von Cziffra en sus recuerdos del autor de La marcha Radetzky, Roth estaba plenamente convencido de que la obra que había escrito sería leída después de su muerte. Acertó y, como explica el amigo, al igual que Ödön Von Horvath, alcanzó esa gloria posterior después de la caída de del régimen de Hitler, que precisamente había ordenado quemar los libros de ambos. Con «el empapelador» sólo habría estado garantizada la posteridad de la barbarie absoluta. A Von Horvath, que no sobrevivió al nazismo al haberle caído encima una rama que se desgajó de un árbol durante una tormenta, le debemos uno de los frescos más logrados de aquellos años infames en Un hijo de nuestro tiempo, novela que narra la peripecia de un joven que, cautivado por los nazis, se alista voluntario para combatir como un lansquenete y que, con un cinismo a prueba de bomba, reza al santo egoísmo para que se apiade de él en la hora de los asesinatos. Quienes escribieron sobre Roth casi siempre aportaron interesantes destellos de su brillante personalidad, caprichosa como la vida. El leve retrato en la distancia corta de Von Czifra que Acantilado publica ahora bajo el título El santo bebedor es una pequeña obra maestra que revela planos íntimos de las facetas complejas y desconcertantes del hombre que se levantaba como un obediente católico nostálgico del Imperio austrohúngaro y se acostaba siendo un judío combativo. La única e indiscutible certeza era que odiaba a Hitler, «el empapelador», aquel sujeto despreciable que se había empeñado en que los alemanes no leyesen lo que publicaba.

Von Cziffra, escritor, guionista, director de cine y de teatro, recuerda cómo Roth apretó contra su mano una nota con la frase de Von Kleist -«la verdad es que a mí no se me podía ayudar en la tierra»- que pretendía que se grabase en su tumba. Así empieza el relato; de un modo que resulta imposible no seguirlo.

«-Alférez, si está usted cerca cuando vengan a buscarme los ángeles, cuide que esta frase sea inscrita en mi lápida.

-A sus órdenes, mi teniente -dije, y saludé desde mi asiento. Después leí la futura inscripción funeraria y pregunté: ¿La ha escrito usted?.

-No, no yo, sino un poeta alemán con el que me siento emparentado: Heinrich von Kleist, respondió mi amigo. Acto seguido añadió un reproche: En realidad es una gran laguna cultural que usted no lo conozca, pero proviniendo de un cadete de Su Majestad Imperial no se lo tomaré en cuenta.

-Muy generoso, mi teniente, dije y volví a saludar.».

Junto con los recuerdos de Roth, me gustaría citar algunos otros libros que me he propuesto empezar a leer por si a los lectores les apetece hacer lo propio. En primer lugar, y ya que nos hemos referido al imperio del águila bicéfala, me siento tentado de revisar El rey de las Dos Sicilias, de Andrzej Kusniewicz, cuya traducción acaba de reeditar Anagrama. Se trata de la mejor novela del gran autor polaco y una inolvidable evocación de la monarquía austrohúngara. Siguiendo con ficción, voy a intentarlo por primera vez con un autor turco del que no he escuchado más que buenas palabras que se llama Zafer Senocak. El título publicado por Pre-Textos, Una herencia peligrosa, nos conduce a una intriga en la que el protagonista recibe de sus antepasados una herencia genética que le vincula, por un lado, a las víctimas del nazismo, y, por otro, a los verdugos del genocidio armenio. Una novela más apilada en la mesita es Los hombres de la guadaña, del irlandés John Connolly, nueva entrega de la estupenda serie del ex policía Charlie Parker.

Por último, tres ensayos a tener muy en cuenta: el primero de ellos, de Isaiah Berlin, en el centenario de su nacimiento, versa sobre un asunto muy conocido para el gran pensador liberal, la cultura rusa bajo el comunismo. Los escritos de La mentalidad soviética son los que incluyó para un memorándum encargados por el Foreign Office sobre la situación del arte y las letras bajo la opresión de Stalin. J. M. Coetzee recoge en Mecanismos internos los ensayos literarios que publicó en New York Review of Books sobre diversos autores. Finalmente, el historiador Rüdiger Safranski bucea en el espíritu alemán en Romanticismo, una lectura prometedora.

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Los espías están de moda

Por Luis M. Alonso (25 de junio, 2009)

El precedente del CNI, en Mortadelo y Filemón

Los espías están de moda y, por tanto, de actualidad. Después de la entretenida serie sobre el supuesto espionaje de la Comunidad de Madrid, llega esta otra del director del CNI, que es una auténtica descojonación, desde el trucaje de la foto de la pesca en Senegal hasta lo de la «máquina de la verdad». No se podría creer si no fuese porque lo más característico del espionaje español han sido hasta ahora Mortadelo y Filemón y el mismísimo Anacleto, agente secreto, personajes de tebeo que no difieren demasiado de los de carne y hueso que nos ocupan en Esta España de albañales y chapuzas.

El episodio de la pesca, de la caza y de las facturas a cargo del erario por parte del jefe del CNI demuestra que hasta los altos cargos que tienen que mantener mayor discreción, aunque sólo sea por el hecho de ser responsables, como es el caso de Saiz, de los servicios secretos, se comportan en este país con la más indiscreta y chusca inmoralidad. Al jefe del CNI lo pillan pescando peces espada en Senegal y le echa la culpa de la filtración a un rencor endogámico entre los espías que no lo aceptan por haberse dedicado antes a los parques forestales. Al ex ministro de Justicia lo cazan mientras abatía muflones sin licencia y dice desconocer la ley para eludir la responsabilidad. Decididamente, esto es Mortadelo y Filemón, no hay ya por donde cogerlo.

La pesca oceánica y la caza mayor, por un lado, y el convoluto que se va viendo en el «caso Gürtel», por otro, han convertido ciertas zonas oscuras de la política en la ciénaga que ya conocíamos durante el felipismo. Ahora sólo hace falta observar si se reproduce como entonces la tendencia de los partidos a engolfarse de la misma manera que los partidarios que no tienen una noción clara de las reglas del juego ni de la decencia.

Rajoy ha puesto la mano en el fuego por algunos de los implicados en el «caso Gürtel» y Zapatero dice que apoyará a Saiz mientras siga en el cargo. Pero, ¿debe seguir en él?

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La carrera de Tini

Por Luis M. Alonso (24 de junio, 2009)

El Presidente percibe desencanto por su gestión

En un ejercicio de agudeza interpretativa acerca de los desvelos de los asturianos, Areces, después de diez años, ha percibido cierto desencanto con su gestión al frente del Principado. El Presidente ha dicho que hay gente interesada en darle una bofetada en la cara de los funcionarios, a propósito del fallo judicial por el que 14.000 empleados de la administración pública verán mermadas sus nóminas. El Gobierno socialista aprobó en vísperas electorales unos incentivos que, como saben, ahora han sido declarados ilegales.

Areces tiene derecho a sentirse desilusionado por el varapalo de la justicia. Incluso a insistir en que los incentivos aprobados siguen siendo una magnífica idea, pese a que los jueces los consideren huérfanos de base legal. También tiene derecho a rechazar categóricamente la intención electoralista que sería capaz de ver hasta un niño. La intención electoralista en el presidente del Principado existe, como ocurre con otros políticos, desde el mismo momento en que posa el primer pie en el suelo, por la mañana, después de levantarse de la cama hasta que se acuesta para dormir. Existe en sueños, mientras come un pincho de tortilla, se lava los dientes o se ducha. El celo electoral del presidente del Gobierno asturiano es algo consustancial a él mismo. Areces no hace nada sin intención electoral, ni Areces ni nadie de la casta que gobierna o aspira a gobernar algún día.

Toda queja puede estar justificada en la aversión que los políticos tienen, primero, a reconocer que no han hechos las cosas como debieran, segundo, a la simple crítica que de ello se deriva. Lo que ya resulta injustificable es que el presidente del Principado sea incapaz de percibir responsabilidad alguna en un asunto como este de la carrera profesional, con unas connotaciones tan claras.

En fin, Areces puede ver la bofetada donde quiera. En su caso, asombrarse de la discrepancia y no responsabilizarse del error es pura soberbia.

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