Del amor y la guerra fría

Por Luis M. Alonso (28 de mayo, 2009)


Isaiah Berlin y Ajmátova pusieron en guardia al stalinismo

La tarde de Leningrado de 1945 en que Isaiah Berlin, en compañía del historiador Vladimir Orlov, cruzó el puente Anichkov para visitar en su domicilio a Anna Ajmátova no se imaginaba ni por lo más remoto que el encuentro iba a quedar registrado como uno de los episodios que dio inicio a la guerra fría. El ambiente era nevoso en la ciudad de los zares y el canal Fontanka aparecía envuelto en una tenue luz otoñal. La escayola amarilla en la fachada del Fontanny Dom, palacio barroco del siglo XVIII de la familia Sheremetiev, estaba desconchada por el paso del tiempo y parcialmente agujereada por la metralla, según el relato de Michael Ignatieff sobre la vida de Berlin.

Berlin se había interesado por el paradero del Ajmátova y de Mijaíl Zoshchenko, escritor popular en los años veinte gracias a Escenas de la casa de baños. Anna Andreyévna Gorenko, verdadero nombre de Anna Ajmátova, condenada a la condición de «enemiga de clase» por el stalinismo, vivía desposeída de bienes en una habitación oscura del abandonado palacio que daba al patio, sin alfombras en el suelo y cortinas en las ventanas, rodeada de paredes desnudas salvo por uno de los dieciséis dibujos que le había hecho en París Amedeo Modigliani. La belleza de Ajmátova impresionaba. Modigliani no se cansó de dibujarla, pero muchos de los apuntes, que conservó al principio, se perdieron en la casa de campo de Tsarskoye Seló, cerca de Petersburgo, donde Anna se crio y volvía siempre que podía. Los guardias rojos, que se acuartelaron allí en los primeros años de la Revolución, se los fumaron después de haber liado los pitillos con ellos.

La Ajmátova gruesa pero de porte distinguido y hasta majestuoso, que recibió a Berlin, era treinta años mayor que la mujer que inspiró a Modigliani. Tampoco tenía que ver con la que idealizó Joseph Brodski, que aun habiéndola conocido ya rebasados los sesenta, la describió en todo su esplendor. «Su mirada te cortaba el aliento. Alta, de pelo oscuro, morena, esbelta y ágil, con los ojos verdosos de un tigre polar, durante medio siglo la ha dibujado, pintado, esculpido en yeso y mármol, fotografiado un sinnúmero de personas. Los versos dedicados a ella forman más volúmenes que su obra entera».

Ignatieff cuenta que cuando se sentaron uno frente al otro en dos extremos de la habitación Berlin, al que Ajmátova le sacaba veinte años, sólo sabía de la gran poeta autora de Réquiem que había sido «la estrella más fulgurante del avant-garde» en San Petersburgo durante la Primera Guerra y también la artista más hermosa del círculo prerrevolucionario de los acmeístas. Desconocía el resto y el resto era lo que le había ocurrido después de la Revolución. Los años del terror se llevaron por delante a su primer marido. Nikolai Gumilyov había sido ejecutado en 1921 bajo la acusación falsa de haber conspirado contra Lenin. Con Osip Mandelstan, uno de sus grandes amigos junto a Pasternak, vivió en la confianza de que la represión no podía durar siempre, pero en 1934 fue testigo de cómo se lo llevaron para no volver. Cuatro años más tarde detuvieron a su hijo Lev. Permaneció diecisiete meses sin saber si estaba vivo o muerto. Fue entonces cuando Ajmátova se convirtió en la voz de los oprimidos. Durante esos años guardó cola con otras mujeres a las puertas de la cárcel de Kresty en Leningrado, esperando noticias. Réquiem refleja el sufrimiento de esa generación. Ajmátova leía ante un público que, conmovido, se ponía en pie para aplaudir. Inmediatamente después quemaba en silencio lo que había escrito. Stalin empezó a preguntar quién organizaba las ovaciones.

Lo que vino después de la tarde con Berlin en la habitación de la Fontanka fue una consecuencia de la obsesión del stalinismo con Ajmátova. De repente, en el patio empezó a resonar la palabra «Isaiah». Berlin se asomó a la ventana y vio a Randolph Churchill vociferando su nombre. El hijo de Winston Churchill, como miembro de la fuerza aérea, había llevado a cabo alguna que otra misión diplomático-militar durante la II Guerra Mundial, pero aquella tarde en Leningrado era un inglés más, dedicado a sus amistades inglesas y a hacer turismo. Inoportunamente pretendía que Berlin, al que conocía de los tiempos de estudiantes, lo acompañara al Astoria, donde ambos se hospedaban, para que explicara al personal del hotel que era necesario conservar en hielo un caviar que había comprado aquella misma tarde. Sin embargo, se empezó a extender el rumor absurdo de que su presencia allí se debía a una operación británica de rescate de Ajmátova, que, a partir de entonces, sintió todavía más la opresión del régimen, que colocó escuchas para espiarla y promovió un vacío hacia ella en el Sindicato de Escritores.

La gente la rehuía. Con Berlin volvió a verse un par de veces más. Aquel mismo día se reencontraron en la misma habitación a las nueve de la noche y cuando el pensador británico abandonó Fonntany Dom, después de besarle la mano, a las once de la mañana del día siguiente, cuentan que lo hizo deslumbrado y exaltado. Brenda Trip, la química orgánica del British Council que lo acompañó a Leningrado, le oyó decir al caer rendido sobre la cama: «Estoy enamorado, estoy enamorado?».

Como escribió Ignatieff, él volvió a su mundo exterior; ella, a la soledad de Fonntany Dom. La tristeza por la partida tiene su explicación poética en Cinque, un ciclo de poemas de amor. «(?) ¿Qué suerte de fulgor invisible / nos volvió locos antes de amanecer?». Luego, la euforia se adueñó de Anna de todas las Rusias: «No será un amante esposo para mí / pero lo que nosotros, él y yo, logramos / inquietará al siglo veinte». Al menos sí inquietó a un paranoico llamado Jossif Vissariónovich Dzhugashvili.

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Vamos al grano

Por Luis M. Alonso (24 de mayo, 2009)


En nuestro mundo, el arroz pertenece al Mediterráneo y a la buena convivencia, pero, a veces, la frase «veréis qué paella os hago» siembra de inquietud el patio
En nuestro mundo, el arroz pertenece al Mediterráneo, a la buena convivencia y al recuerdo de largas tardes de primavera o verano. Eso no quiere decir que no se pueda disfrutar de un buen plato de este cereal, digamos que con almejas, en invierno u otoño brumoso, solo y al lado del Cabo Peñas. No será lo mismo, pero será.

Por ejemplo, para el escritor Manuel Vicent, levantino, el arroz al horno, el que más hondo y lejos le lleva con la memoria, es la cassoleta del solsticio de invierno, porque de pequeño lo llevaban en compañía de otros niños al campo a comerla cada 21 de diciembre, coincidiendo con Santo Tomás y el inicio de las vacaciones escolares de Navidad. Se recuerda a sí mismo sentado bajo los pinos, en medio de naranjos, en la explanada de una ermita y con el mar enfrente. Vicent debe de tener asociados al mismo recuerdo, como se asocian los olores a la infancia, el perfume del tomate y el azafrán que, según él, le añadían a la cassoleta de rossejat una luz interior. Yo que no soy del todo mediterráneo, tengo la misma noción poética del arroz atribuida a los pinares y colinas rocosas con aromas de tomillo y de romero, esparcidos por el viento marino.

El rossejat -así se llama a los arroces de color dorado- se cocina al fuego en un perol y se remata poco antes de que se complete la cocción en el horno, donde quiere ese tueste característico que se asemeja al oro viejo. Es junto al caldoso, el popular caldero, y los arroces secos, una de las tres variedades gastronómicas españolas.

El arroz es en este país un alimento básico y, además, el ingrediente de uno de los platos nacionales, la paella, que debe su nombre a la sartén donde se suele cocinar. Paella, no paellera como todavía se escucha y está vulgarmente extendido, razón por lo que finalmente lo ha admitido la Real Academia Española de la Lengua. Para mí y con todos los respetos a los académicos, la paellera seguirá, siendo en todo caso, la señora dedicada a cocinar el arroz.

La prueba de que hay una devoción por este cereal es que en Valencia y en todo el Levante, el arroz no sólo se cultiva y se dora, sino que se adora hasta el punto de que no hay apenas una celebración donde no se coma. Otro levantino, el dibujante y pintor, Alfonso Ortuño cuenta en su libro Viaje a los arroces cómo en Valencia hubo un tiempo en que los arrozales se extendían hasta las mismas puertas de la ciudad, «sirviendo de escondrijo a toda suerte de maleantes, lo que motivó que la autoridad competente tomara cartas en el asunto y limitara su cultivo a la zona de la Albufera».

Los arroces cocinados en paella son la seña de identidad española, junto con la bandera y el himno nacional, y últimamente con una aceptación más generalizada por parte de la afición. No obstante, la popular paella puede acarrear discusiones y hasta enfrentamientos, teniendo en cuenta que no hay una preparación o un punto en el que coincidan todos los gustos. La fabada, otro de los grandes platos naciones, se presta menos a consideraciones. Una buena fabada es la que todos conocemos y casi nadie discute por ella. La paella, en cambio, resulta más conflictiva desde el momento en que raro es el español que no se precie de tener buena mano para el arroz. La frase «veréis qué paella os preparo» siembra el patio de inquietud. A mí, me ha producido en muchas ocasiones una seria zozobra. A Ortuño que lo cuenta de manera muy graciosa en su libro que ya es un clásico sobre los arroces, también: «Una mala paella puede ser la causa del rompimiento de una vieja amistad, de descrédito social, de la disolución de la familia o del fin de una relación amorosa. De modo similar, una paella en condiciones puede proporcionarnos prestigio, autoestima, amplitud de miras e incluso algún ligue de placenteras consecuencias. Se sabe de siempre que un estómago agradecido es generoso, la buena comida es salud y medicina, estimula el sentido genético y físico, hace fácil la elocuencia, predispone a la benevolencia, el perdón y el heroísmo».

Vicent comparte en Comer y beber a mi manera la idea extendida de que la paella tiene un desarrollo táctico distinto, según la guise un hombre o una mujer. «Cuando la paella la guisa un hombre, que no es cazador o marinero, en cuyo caso no hay literatura, empieza con que el cocinero se inviste de una gran responsabilidad que está entre la angustia y la euforia, como si fuera a oficiar una ceremonia sagrada. Las paellas hechas por aficionados siguen una estrategia determinada, según la personalidad de cada uno. En este sentido, existen varias clases de paella: la dubitativa, la operativa, la autoritaria, la frívola, la imaginativa, la alegre y la confiada». No les voy a aburrir con las conclusiones que Vicent saca de esta singular división paellera. Algunos ya las conocerán; en cualquier caso siempre será mucho mejor leérselo a él. Pero sí podría decirles que lo que él mantiene es que la paella dubitativa siempre es obra de un intelectual que actúa movido por la duda metódica e ignora que «el punto del arroz es un ente metafísico, inalcanzable, que siempre está más allá». Y luego, vienen las excusas, que si el fuego es de gas y no de leña, como debería ser, o si el agua no es de Valencia, cuenta Vicent.

Pero ya que estamos cocinando arroces, también me gustaría hablarles del carnaroli pavese y del risotto, que en Italia son una institución. El carnaroli es el rey para preparar un risotto mantecoso del estilo de los que se comen en la Lombardía y en otras regiones italianas. Cuece en 16 minutos y el grano conserva intacta la consistencia, incluso si la cocción es más prolongada, libera una gran cantidad de almidón durante el guiso y, sobre todo, absorbe el condimento como ningún otro tipo de arroz. Ni se pasa, ni se ablanda. Una joya, el carnaroli pavese. En España, se puede encontrar el que comercializa la marca Riso Gallo en tiendas gastronómicas bien surtidas. En Pavía, se come el «risotto alla certosina» (cartujana), que lleva cangrejos de río, ranas, hongos, pescado, zanahorias, pasta, cebolla y tomate.

Arroz amargo, la inolvidable película de Giuseppe de Santis, en la que descubrimos el filón erótico de Silvana Mangano, se desarrollaba en los arrozales del Valle del Po, un río que entre otras cosas divide a Italia en sabores, los parmesanos, por un lado, y las salsas boloñesas por otro. El carnaroli está entre las variedades que allí se cultivan y en las que destacan también el arborio, también muy compacto e ideal para risotto y timbales, y el vialone nano, de grano más pequeño e indicado para arroces más melosos o incluso caldosos. El padano, parecido al carnaroli, el lencino y el balilla, más popular, son otras variedades apreciadas.

El carnaroli con gambas y verduras es un plato tan elemental como sublime. Consiste en sofreír en aceite de oliva cebolleta, pimiento verde, tallo de apio, aceitunas negras, tomates cherry cortados a la mitad, calabacín y gambas troceadas. Se salpimenta. Acto seguido se añade el caldo de cocción de las cabezas y de los caparazones de las gambas, más o menos el doble de la medida del arroz. Se deja cocer a fuego medio, vigilando para incorporar algo más del caldo si fuese necesario. Finalmente, una vez que se aparta del fuego se incorpora mantequilla y se deja reposar hasta que adquiere la cremosidad oportuna. No es mala idea acompañarlo de un Chardonnay.

Respecto a los langostinos o las gambas para el arroz, aquí se suele preferir por su sabor la gamba arrocera, también llamada Luis XVI al tener algo separada la cabeza del tronco. El ingenio no tiene límites.

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La hora de la belleza en Cefalú

Por Luis M. Alonso (23 de mayo, 2009)


La hora clásica de la belleza de Cefalú, Sicilia, sorprende al final del día, cuando uno se asoma a la puerta que se abre al mar para esperar a que la luna encendida ilumine con sus destellos las aguas mientras las barcas proyectan sombras sobre la arena. Cefalú está cincelada en una roca, que en griego (kefalé) daría nombre al lugar, y es, al mismo tiempo, árabe, bizantina, normanda y española. Recorro la calle principal, el Corso Ruggero, que va de la Puerta Real a la iglesia de la Cadena, de Sur a Norte, y que corta en dos la ciudad. Cada casa, palacio, cada muro, piedra de esta calle es documento y memoria. En la Via Atenea d’Agrigento floreció la novela de Pirandello y en la Via Toledo di Palermo se elevó al cielo el canto inflamado de Luccio Piccolo.

En lo alto de la Rocca , el satanista Aleister Crowley, el hombre más perverso y odiado del mundo, según rezaba un reclamo de la época, ataba a las mujeres para ofrecerlas en sacrificio en una de aquellas ceremonias rituales que, inicialmente, tenían acojonados a los nativos y, más tarde, les arrancaban sonoras carcajadas. Crowley llegó a Cefalú en 1920 para refugiarse en la abadía de Thelema, acompañado de la inquietante presencia de «la mujer escarlata», su novia Lea Hirsig, y, después, se les unió otra de sus «groupies» llamada Ninette Shumway.

Les hablo de Cefalú que es lo mismo que hacerlo de una joya. O de uno de los lugares más preciosos que existen para quedarse. En verano, sus playas atraen a demasiadas personas, pero cuando la temporada cede se convierte en un sitio encantador para tomar un «scopino» o un «campari» en una de sus terrazas, en el atardecer del «lungomare». El Duomo, con el Pantocrator, es uno de los mejores monumentos normandos de la isla. En el museo Mandralisca se exhibe Retrato del hombre desconocido, una de las pinturas más hermosas de Antonello Da Messina, cuya enigmática sonrisa dicen que inspiró a Leonardo en su Mona Lisa. Cefalú es, además, el mejor punto de partida para explorar el parque nacional de la Madonie.

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El dinero de los avilesinos

Por Luis M. Alonso (23 de mayo, 2009)

Pilar Varela desconfía de los que dicen que el dinero está mejor en los bolsillos de los ciudadanos y luego piden un mayor desembolso a la Administración. Ya sé que no va por mí, pero tengo especial interés en no sentirme aludido, de manera que he de confesarles que soy de los que cree fehacientemente que el dinero de los avilesinos está mejor en los bolsillos de los avilesinos que mal administrado por un Ayuntamiento derrochador e ineficaz como el que nos ha tocado en desgracia. Pero, al mismo tiempo, he de añadir, y es por eso que no me siento aludido por las palabras de Varela, que yo nunca le exigiré a una Administración pública que gaste más de lo que pueda o deba gastar, empezando por los sueldos de los concejales.

Sí, ya sé que puedo llegar a ser insistente con este asunto, pero es que, de los once ediles, apenas se justifica que tengamos que pagarle el sueldo a cuatro. Y sobran siete, que podrían dedicarse a otras cosas, entre ellas a ganarse la vida de otra forma aunque sólo sea por una vez. De modo que, desde este punto de vista, que compartirán muchos lectores, el dinero sí estaría infinitamente mejor en los bolsillos de los contribuyentes, que tienen, además, que hacer frente a los gastos de sus haciendas y a sus negocios, en una coyuntura económica difícil.

Pero, ¿saben lo que ocurre? Los políticos profesionales, en general, y Pilar Varela, entre ellos, prefieren disponer del dinero de los impuestos para gastarlo, en muchísimas ocasiones por no decir la mayoría, en cosas que no resultan beneficiosas para el común de los ciudadanos, pero sí, en cambio, les ayudan a engordar su red clientelar de voto. La alcaldesa de Avilés habla de protección social, sin darse cuenta de que la mejor forma de proteger a los ciudadanos es no acribillarlos a impuestos, en último caso aliviarlos de esa carga. Eso es verdadera política social, no la que ella cree que imparte para salvar al mundo, ni las simples declaraciones de intenciones como la del pasado Pleno.

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El camarote de los Marx

Por Luis M. Alonso (22 de mayo, 2009)

Llamar política a lo que se hace en el Ayuntamiento de Avilés sería incurrir en una desproporción. Ahora bien, es justo admitir la peculiaridad del género que venden los concejales o los dirigentes de los partidos.

Para empezar, en el Consistorio de El Parche el partido que gobierna, el PSOE, y su socio, Izquierda Unida, se tienen declarada una guerra desde el principio del mandato, que lleva al último a acusar al primero hasta de promover la corrupción. ¿Alguien podría imaginarse algo similar en cualquier otro sitio?

Dos de los partidos que se presentaron a las elecciones y consiguieron representación municipal, PP y ASIA, han logrado, incluso antes de rebasar el ecuador del mandato, librarse de los candidatos que encabezaron sus listas. Si confiaron primero en ellos, no se explica por qué dejaron de hacerlo tan pronto. ¿Si los candidatos no estaban a la altura ni eran los idóneos por qué los eligieron? Uno de ellos, Manuel Peña, había sido, además, el más votado en 2003. ¿Alguien podría responder a esta inquietud?

Otra. Sin necesidad de tener que volver a insistir en que hay más concejales con sueldo y menos gestión eficaz que nunca, es obligado recordar que uno de los ediles, de ASIA, decidió en un gesto también de gran singularidad renunciar a su salario en favor de los necesitados. Desconozco en qué se ha traducido, pero hay que reconocer la peculiaridad del gesto, al que no estamos acostumbrados. ¿Alguien sabe de algo así en cualquier otro lugar? No menos singular es el hecho de que el concejal «desprendido» reclame ahora parte de los gastos de campaña a los ediles que decidieron apuntarse al transfuguismo. En total, 22.000 euros. Tampoco me suena la canción.

Socios de gobierno a la greña, candidatos defenestrados, tránsfugas perseguidos por el hombre del frac, el concejal de la beneficencia y una simple perrera pendiente de hacer después de 20 años. No me dirán que éste no es el camarote de los Hermanos Marx.

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Honorables padrinos

Por Luis M. Alonso (21 de mayo, 2009)

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Crónica pionera de Norman Lewis sobre la mafia siciliana

Tengo predilección por dos escritores de literatura viajera. Los dos, soldados y británicos, aunque esto último, en ambos casos, no sirva más que para describir simplemente una procedencia. El primero de ellos, Patrick Leigh Fermor (Paddy), tiene también sangre irlandesa y durante años ha vivido entre olivos en la península de Mani, al sur del Peloponeso (Grecia). El segundo, Norman Lewis, que murió en 2003, aseguró, cuando apenas había transcurrido su primer año entre italianos, que, si le hubieran dado la posibilidad de nacer de nuevo, habría elegido hacerlo en Italia, dada la historia y la cultura de este país y la capacidad inventiva de quienes lo habitan.

No es de extrañar entonces que Lewis, a partir de un diario de guerra, haya escrito uno de los mejores libros, Nápoles 44, sobre la capital de la Campania. Y que también se deba a él uno de los más grandes relatos sobre la mafia siciliana, La honorable sociedad, basado en reportajes escritos para la revista The New Yorker y recopilados en un volumen en 1964, que ahora edita Alba.

A Lewis casarse con una italiana le ayudó a entender mejor el país, pero eso jamás sería suficiente para adentrarse en la piel de Sicilia y extraer las claves del fenómeno feudal que la ha caracterizado desde los tiempos de Vito Cascio Ferro, considerado el primer padrino, hasta el último capo Bernardo Provenzano. Las claves aparentes, por supuesto, ya que uno de los aspectos que mayor fascinación produce de la Cosa Nostra es precisamente cómo sus maniobras han sido envueltas en la penumbra de la incertidumbre. Tanto es así que en la época en que Lewis escribió sus reportajes, la misma existencia de la organización era puesta en duda, a veces interesadamente, y lo que se publicaba sobre ella se atribuía a la prensa sensacionalista.

De hecho, Norman Lewis cita en La honorable sociedad la novela de Leonardo Sciascia El día de la lechuza, para tratar de explicar este intento de mantener vivo el secretismo, por medio de la conversación entre un político y un oficial de los Carabinieri que se ha atrevido a detener a un ciudadano importante supuestamente implicado en actividades mafiosas. «¿Usted cree -pregunta el político- que es posible concernir la existencia de una asociación criminal tan enorme, tan bien organizada, secreta y poderosa que pueda hacer su voluntad, no sólo aquí, sino también en Estados Unidos? (…) Muy bien, digámoslo así: ¿podría decirme un solo juicio que haya aportado pruebas de la existencia de una asociación criminal llamada mafia dedicada a encargar y cometer actos criminales? ¿Se ha encontrado un solo documento, y estoy hablando de auténtica documentación escrita, algún tipo de prueba, de hecho, que relacione la criminalidad con la llamada mafia?». Evidentemente desde que esto fue escrito por Sciascia en 1961 se han aportado más que pruebas sobre las actuaciones criminales. Los políticos el tiempo que no se ha dedicado a combatir a la mafia lo han empleado en aliarse con ella.

La historia que cuenta Norman Lewis parte, sin embargo, de los frutos de la alianza del gángster Lucky Luciano, el héroe de América para los sicilianos por su contribución patriótica a la liberación de la isla, con Calogero Vizzini, Don Calò, el Rey Sol, padrino de padrinos, un personaje de singular y repugnante grandeza que recibió como alcalde de Villalba, capital mafiosa, a las tropas americanas recién desembarcadas en Sicilia. Las tropas, tras el desembarco, se había encontrado, cerca del monte Cammarata, entre Villalba y Mussomeli, con la feroz resistencia de los hombres del coronel Salemi que, sin ayuda aérea, estaba dispuesto, por un acusado y heroico sentido del deber militar, a frenar el avance aliado.

Lewis cuenta cómo Don Calò se presentó al oficial estadounidense en mangas de camisa y tirantes, de manera distraída y patosa, frente al grupo de soldados que le esperaban en un tanque, nerviosos y asombrados de lo que veían. «En aquella época tenía sesenta y seis años, estaba gordo y su expresión era inerte, pero sus ojos se movían como lagartos». Relata también la manera en que el Padrino les mostró el pañuelo amarillo con una letra «L» pintada en negro que le habían lanzado desde uno de los aviones, dando a entender el hombre más poderoso de la isla que estaba dispuesto a colaborar con la invasión aliada como ya lo había hecho antes Luciano. El caso es que a la mañana siguiente, tres cuartas partes de los hombres de Salemi habían desertado convencidos por la mafia. El propio coronel no tardó en caer víctima de una emboscada. El avance prosiguió sin necesidad de disparar un tiro.

Norman Lewis formó parte durante una etapa de los Servicios de Inteligencia británicos, para los que trabajó en Yemen y en Italia, en cuya liberación participó durante la Segunda Guerra Mundial. En una ocasión aseguró ser la única persona capaz de entrar en una habitación llena de gente y marcharse sin que nadie se percatase de que había estado allí. Es posible que estas facultades de hombre invisible le sirviesen después para escribir sus agudas observaciones de viajero.

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Del mismo ovillo

Por Luis M. Alonso (21 de mayo, 2009)

Transparencia Internacional señala a los parlamentos como la segunda institución peor valorada después de los partidos. Los últimos nutren a los primeros, de manera que uno y otro vienen a ser parte del mismo ovillo. Qué no van a pensar los súbditos de su majestad británica de un diputado que tiene la desvergüenza de cargar al contribuyente los gastos de la comida del perro o de una ministra que justifica 800 euros de la compra de unas macetas, o del secretario de Exteriores que intenta colar la factura del carrito de un niño, se supone que hijo suyo.

Sus señorías de la Carrera de San Jerónimo dirán que ellos son incapaces de comportarse como lo hacen en Westminster. Pero cualquier día de estos nos podemos llevar cualquier sorpresa por lo que se esconde debajo de la alfombra. En la actualidad, se ha descubierto que la comida del perro, los trajes, los coches y las fiestas de cumpleaños los pagan sujetos como Correa y El Bigotes, supuestamente a cambio de favores de la Administración o de los propios partidos, pero ello no quiere decir que la fiesta termine ahí. Por lo que se sabe, la información que trasciende de los gastos en España resulta deficitaria.

El gratis total es una práctica extendida entre los que han hecho de la política su profesión y se comportan como auténticos gorrones del erario. Además de los elevados sueldos y las abultadas dietas, la posición de privilegio de sus señorías no ha pasado desapercibida y mucho menos en los tiempos que corren. Cuando se les acusa de falta de sensibilidad en la gestión de los fondos públicos, suelen rebatir las acusaciones diciendo que se trata de una generalización simplista y demagógica. Pero el lector sabe, cualquiera lo sabe, que no es así. Por eso, la valoración es tan mala.

El problema por lo que a España compete, y sin que se hayan destapado escándalos como el de Westminster, se podría multiplicar además por diecinueve parlamentos o asambleas. Cualquier día hablaremos del absentismo.

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El político irresponsable

Por Luis M. Alonso (20 de mayo, 2009)

El Partido Popular ha asegurado que apoyará a Camps pase lo que pase. Manifiesta una fe ciega en el muñeco, bien porque cree en su inocencia o porque las circunstancias obligan a ello. Un condenado por los GAL, el ex secretario socialista de Estado Rafael Vera, ha dicho en «Vanity Fair» algo que ayudará a comprender el terreno en que nos movemos.

Para Vera, Felipe González habría acabado en la cárcel, «si se hubiera responsabilizado». No les voy a decir de qué, prefiero que ustedes se lo imaginen. Según su teoría, lo que hay que hacer es declararse irresponsable. La irresponsabilidad es lo que le queda al político profesional para hacerse fuerte y no tener que ir al trullo. Tanto si se llama Felipe González, como si su nombre es Federico Trillo o Francisco Camps. La «X» es el estado anónimo ideal para el político en caso de apuro. Y siempre hay alguien dispuesto a mantener las incógnitas sobre las altas esferas del poder.

El Tribunal Supremo de Estados Unidos ha frenado, por ejemplo, los procesos a altos cargos de la etapa de Bush por supuestos abusos después del 11-S. Los conservadores ingleses exigen elecciones anticipadas por el albañal en que se ha convertido el Parlamento británico, tras descubrirse cómo despilfarraban los laboristas el dinero público. Los ejecutivos de Caja Madrid, empezando por el presidente, siguen utilizando los coches oficiales y la Visa Oro, sin que aparentemente les importe la tasa de morosidad y las restricciones de crédito a los ciudadanos que avalan con dinero público.

La campaña electoral anima el cotarro de la trama corrupta, de acuerdo con las intenciones o preferencias de los periódicos que asaltan las trincheras. A Camps le van a preguntar hoy o un día de estos si le daba algo a «El Bigotes» a cambio de los trajes. Sus compañeros de partido ya le han tomado la temperatura de la irresponsabilidad para no tener que utilizar el termómetro ellos mismos cualquier día y tener que admitirlo. Así funciona.

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La redención blanca y el jugador más pulcro

Por Luis M. Alonso (18 de mayo, 2009)

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n Florentino Pérez piensa en Kaká como primera pieza para recuperar el prestigio en el Real Madrid

Aunque ciertas opiniones resulten por prematuras arriesgadas, no hay nada más apropiado que un jugador considerado pulcro para un club blanco nuclear. Kaká es el paradigma de la pulcritud, no sólo por su juego radiante sino por su comportamiento deportivo. De acuerdo con esta teoría, la nueva galaxia que ensaya Florentino Pérez tendría en él a un hombre de referencia si finalmente, como se viene anunciado, el astro del Milán termina por vestir de blanco.

Además de lo que es capaz de hacer con el balón en los pies -no por azar es uno de los tres o cuatro mejores futbolistas del mundo- el rasgo de personalidad que más fielmente distingue a Kaká es ser un cristiano que resiste a las tentaciones. Lo hizo cuando rechazó la oferta millonaria del Manchester City para abandonar la entidad rossonera después de ser durante años una figura indiscutible asociada a los colores. Es cierto que el Milán, aunque atraviese malas temporadas, es un club grande de grandes jugadores y el City un segundón que quiere medrar a golpe de talonario, pero el brasileño dio entonces la impresión de promover una cruzada contra la codicia, basada en el principio de que el dinero no es todo lo que importa en esta vida.

Ricardo Izecson Dos Santos Leite, miembro de la organización Iglesia Renacer en Cristo, es un hombre de firmes convicciones religiosas hasta el punto de haber rezado muchas horas para entender cuál es el equipo donde le conviene jugar. Durante años supo que no era otro que el AC Milan y ahora es posible que interprete que lo que Dios le está indicando es el camino del Real Madrid. Lo importante para que el acuerdo cristalice es que Pérez se entienda con Galliani y Dos Santos Leite con el Supremo. Kaká cobraría 12 millones brutos por temporada durante cinco años y el equipo blanco se haría con el 50 por ciento de los derechos de imagen de uno de los jugadores de mayor carisma. El Milán ingresaría 60 millones que espera como agua de mayo. La crisis se ha aliado con el candidato a la presidencia del Real Madrid por la necesidad que otros clubes considerados grandes tienen de planificar la temporada partiendo de unas previsiones más ajustadas a los tiempos. Míster Galáctico tiene, sin embargo, la necesidad de gastar 300 millones en fichajes y la necesidad de comprarlo todo para poder hacer un año lo que, según él mismo admitió, sería obra de tres.

La historia del fútbol, como ocurre con otras actividades sujetas a hegemonía, se sustenta en ciclos. El del Real Madrid tiene que empezar, según los imperativos que se marcan los grandes, cuando todavía está en curso el del Manchester United y empieza a despegar el de un Barça que deslumbra por su juego. Lo que se discutirá a partir de la próxima temporada es el liderazgo europeo. El club con domicilio en Concha Espina está obligado a la prisa porque no tiene tiempo. Florentino Pérez ya ha empezado a casar los números del negocio que le permitan fichar antes de septiembre ocho jugadores, quizás algunos menos, para devolver la gloria perdida a un equipo que ya se sobrepuso al Barcelona de Kubala con la llegada de Di Stéfano, sobrevoló el nido del cuco con la Quinta del Buitre y recuperó la estima mundial con el espejismo del primer proyecto galáctico. ¿Nombres? Casi todos los zidanes y algunos pavones.

Por la gloria futura va a tener que rezar alguien más que Kaká.

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Dale con la Isla

Por Luis M. Alonso (17 de mayo, 2009)

No hay visos de realidad en la afligida política municipal. Sólo ficción. Nada es serio porque apenas nada se corresponde con lo que realmente sucede desde el punto de vista de los cuerdos.

Fíjense. El PP asegura ahora que no colaborará en el proyecto de la llamada Isla de la Innovación por causa del gerente Santiago Caicoya, implicado por su papel en las irregularidades que detectó en Sedes la Sindicatura de Cuentas y acusado por los populares de participar en chanchullos urbanísticos del Principado. Hasta ahí, bueno. Allá ellos con sus escaramuzas.

Ahora bien, el problema es que para colaborar en algo es imprescindible que ese algo exista y el proyecto de la Isla de la Innovación carece no sólo de presente, sino que es posible también que de futuro, al menos tal como estaba previsto en su andamiaje inicial, y dadas las perspectivas económicas. A esto de la famosa Isla, que presentaron como si se tratara de un parque temático, con cubos aquí, canalitos allá, la dimensión que le quieren dar los concejales, tanto los que están dispuestos a colaborar como los que se apean, no es de este mundo. Para empezar, el proyecto se sustenta financieramente sobre una operación de pisos, lo que en estos momentos resulta absolutamente descabellado. El modelo ladrillo ya no se lleva y es posible que nunca vuelva a llevarse de la manera en que se llevó. O sea, no hay pisos, no hay equipamientos, a no ser que el Principado o el Estado, es decir, los contribuyentes los paguemos.

Y si los pisos se construyen en Divina Pastora me gustaría saber a quién se los van a vender teniendo en cuenta las trece o catorce mil viviendas proyectadas en otros lugares de Avilés.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | mayo 2009 |

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