Guerra de galaxias en los fogones

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2009)

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La revista británica «Restaurant» distingue una vez más en los primeros puestos de su top 100 a los cocineros españoles y pone de manifiesto una influencia culinaria anglosajona cada vez mayor frente al criterio Michelin

Tres de los cuatro chefs españoles que la revista «Restaurant» ha premiado entre los 100 mejores de 2009 se declararon no hace mucho fervientes admiradores de la cocina japonesa. «El lujo de la sensibilidad puede ser la revolución que está por venir en el mundo de la gastronomía», dijo Ferran Adrià durante la primera conferencia del festival Tokyo Taste (Sabor de Tokio). Más o menos lo mismo mantuvieron, en aquella ocasión, Juan Mari Arzak y Andoni Luis Aduriz.

El Bulli, de Adrià; Mugaritz, de Aduriz, y Arzak figuran, respectivamente, en los puestos primero, cuarto y octavo de la relación que elabora la revista británica y que es ya una referencia indiscutible de las tendencias culinarias actuales, además de una alternativa a los dictados franceses impuestos por la guía Michelin. El Celler de Can Roca, de Gerona, ha irrumpido al número cinco del top.

La primera incorporación nipona en la lista hay que buscarla en el escalón número veinte, donde se encuentra Narisawa Aoyama, un chef cuyo lema son los paisajes comestibles y que, a su vez, se declara entusiasmado por la cocina española. Narisawa ha visto «valentía, dolor y recogimiento» en una comida preparada por Aduriz. «Cuando uno hace algo nuevo se hiere a sí mismo porque es arriesgado. Pero también es un acto de generosidad hacia los otros», subrayó abriendo una vía a la perplejidad con motivo de la cumbre gastronómica celebrada en febrero en Tokio.

Frente a este idilio culinario de los chefs españoles y japoneses y la atención que les presta la prensa anglosajona, cabría preguntarse qué es lo que piensan los franceses, qué mosca les ha picado. Hay que tener en cuenta que en el dictamen de «Restaurant Magazine» sólo el gran Michel Bras, en el puesto siete, y Pierre Gagnaire, en el nueve, figuran entre los diez mejores. Que un modesto asador vasco de Atxondo (Vizcaya), el Etxebarri, del ex bombero Víctor Arguinzoniz, especialista en chuletas de vaca vieja asadas al sarmiento, está en el 39.º, cinco puestos por delante de Le Louis XV, de Alain Ducasse, templo de la cocina mediterránea de Monaco. Y que, al mismo tiempo, se mantiene muy por encima del famoso L’ Arpege, de Alain Passard, otro tres estrellas Michelin, en el corazón de París, o del mítico chef Joël Robuchon. Ya podrán imaginar entonces hasta qué punto se sienten maltratados los franceses y, en menor medida, los italianos, cuyas primeras referencias hay que buscarlas en la Osteria Francescana, el gran restaurante de Módena, en el puesto trece, y en la elegancia de la cocina de Carlo Cracco, de Milán, en el veintidós.

Este reparto de la gloria culinaria es caprichoso. Nadie lo duda, salvo cuando se trata del indiscutido Ferran Adrià o del prodigioso Aduriz. Pero, en cualquier caso, lo mismo ocurriría con Michelin que se ha dedicado todos estos años, a juicio de muchos cocineros españoles e italianos, a barrer para casa. La guía francesa también le ha declarado el amor al Japón, donde cada vez es mayor el estrellato Michelin. Pero en el caso de los llamados premio «Pellegrino», que publica la citada revista británica, 35 chefs con tres estrellas se han quedado fuera del top 100. Los criterios que establece «Restaurant Magazine» para llevar a cabo su selección son, según sostienen los propios editores de la revista, la capacidad de sorpresa de los cocineros para emocionar a los clientes y, obviamente, la calidad. Pero no es seguro que no influyan otro tipo de factores en esta guerra de las galaxias de los fogones. Y sí existe, desde luego, una tendencia a primar a restaurantes de Estados Unidos y escandinavos, contraria al estilo impuesto por los franceses.

Dos cosas más: se espera una declaración de Sarkozy y no se entiende demasiado bien que Heston Blumenthal no se haya movido del segundo puesto tras la intoxicación masiva en el célebre The Fat Duck de Bray (Berkshire).

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La dualidad de Marsé

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2009)

El discurso del novelista Juan Marsé es el del hombre auténtico que siempre ha sido. Tiene música y verdad. Lo vamos a repetir, incluso tararear largo tiempo, porque es, además, muy pegadizo. «Soy un catalán que escribe en castellano» -ha dicho- «y hay quien piensa que es una anomalía». Podríamos añadir que Marsé es efectivamente un catalán que escribe en castellano, de la misma manera que Joyce y Conrad eran un irlandés y un polaco que escribían en inglés, y Kafka, un checo que lo hacía en alemán. Pero también será acertado y hasta razonable admitir que Marsé es un español nacido en Cataluña que escribe en español, una de las dos lenguas oficiales del lugar donde ha vivido y vive. En último caso, escribirá en el idioma que le venga en gana.

Lo peor de todo este asunto es que alguien sea incapaz de admitir lo que resulta tan sumamente sencillo. Los catalanes representan en este país una dualidad lingüística que debe respetarse en las instituciones públicas y en la escuela. No hacerlo significa vulnerar la Constitución, pero, al mismo tiempo, privar a los ciudadanos de formarse y expresarse en una de las lenguas más cultas habladas.

La terca y persistente dualidad lingüística de la que habla Marsé no la pueden borrar ahora de un plumazo los excluyentes censores del nacionalismo. Digo que no pueden, otra cosa es lo que intenten una y otra vez de la manera más pelmaza y grosera. El absurdo que España exporta al mundo, dando a entender, como lo está haciendo, que hay regiones subvencionadas por el Estado donde los ciudadanos encuentran restricciones para educarse o hablar en la lengua oficial y común no tiene precedentes.

Lo lógico en estos casos sería pedirle a la Generalidad de Cataluña que dejase de una vez de hacer el ridículo y atendiese a criterios de razón para no seguir insistiendo en triturar esa dualidad lingüística que le ha permitido a uno de los mejores escritores catalanes recibir el «Cervantes».

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El largo parto de la rula

Por Luis M. Alonso (24 de abril, 2009)

Avilés tiene por fin una nueva rula que ya parece hasta vieja a juzgar por el tiempo que han tardado en abrirla desde que concluyeron las obras. Y mucho más si se tienen en cuenta los ocho años que ha durado el proceso. Pero como, conociendo el género, también podría haber permanecido cerrada otros ocho años más, lo primero que hicieron ayer las partes implicadas en esta rápida y eficaz gestión de la pesca fue felicitarse por el éxito.

El secretario de los socialistas locales, que personalmente orquestó desde la sombra los enfrentamientos en el sector, se permitió incluso el lujo de sacar pecho ironizando sobre el asunto. «El supuesto complot del PSOE ha resultado una conjura inversora para hacer de Avilés la capital pesquera de Asturias», dijo. Como ven, Álvaro Álvarez se siente ganador a los puntos del largo combate que ha impedido tener en funcionamiento la lonja dos o tres años antes y que llevó a dimitir al ex secretario de Pesca, colaborador suyo en la escaramuza. No me pregunten el motivo de por qué alguien es capaz de atribuirse tantos así, porque la respuesta ya la conocen: está en el perfil del diputado avilesino.

Otro clásico, Manuel Ponga, que también se empeñó en echar gasolina al fuego, aseguró que lo que hacía falta era dar un giro a la gestión de la lonja. Una pregunta oportuna podría ser por qué, en vez de un simple giro, a lo que se han dedicado todos estos años es a dar vueltas y más vueltas ocasionando daños y descrédito a una actividad tradicional en la ciudad.

El caso es que la Alcaldesa, consejeros y hasta el presidente del Gobierno regional se apuntaron a la primera subasta ficticia de pescado en la nueva cancha. Pilar Varela se llevó una caja de xarda, unos tiñosos y hasta unos sanmartines. A Areces, al parecer, le dio por pujar a la baja y sólo pudo hacerse, a duras penas, con unos salmonetes. Hay una costumbre presidencial de pujar poco por casi todo y así le pasa a esta región lo que le pasa.

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El rey de los disfraces

Por Luis M. Alonso (23 de abril, 2009)

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El año Traven aviva las especulaciones sobre la identidad oculta del escritor

Prosigue la búsqueda del hombre que nunca olvidó, cuando se cumplen cuarenta años de muerto y los editores se han lanzado a reeditar sus obras objeto de culto, entre ellas El tesoro de Sierra Madre o El barco de la muerte. Las hipótesis sobre la procedencia y el paradero de B. Traven alimentan el mito. Tras esta identidad enigmática pudo haberse escondido un cerrajero polaco llamado Feige; un actor travestido en periodista radical en Múnich, de nombre Ret Marut; un emigrante noruego, Traven Torvsan; un marinero norteamericano que recaló en Europa después de haber desembarcado en Tampico para no volver a navegar; ¿quizá Jack London?, o mismamente Hal Croves, el sujeto que en 1947 se presentó a John Huston en el hotel Reforma de México como agente del autor de El tesoro de Sierra Madre, que inspiraba la película que el director empezaba entonces a rodar. A Huston le mostraron años después una foto del escritor invisible y le preguntaron si lo conocía. Respondió: «Claro que sí, amigo. He trabajado con este tipo durante diez semanas».

La historia se enreda todavía más porque B. Traven pudo haber sido el hijo ilegítimo de un industrial judío, Emil Rathenau, y de una actriz de nombre Josephine von Stendwarlt. O el bastardo del káiser Guillermo y de una actriz llamada Helen Mareck. El hombre, al que durante décadas se le han seguido los pasos, se esforzó en dejar pistas falsas sobre su misteriosa identidad. Fue un maestro en fabricar historias diferentes sobre sí mismo. «Mi vida es asunto mío», dijo en una ocasión y volvió a desaparecer sin dejar rastro, como si lo persiguiese el diablo.

La única fecha que se conoce con certeza es la de su muerte, en 1969. Un último deseo, también conocido, fue que sus cenizas se esparciesen por el río Jataté, en la selva de Chiapas, su lugar más querido. Tal era la obsesión con la privacidad que llegó a declarar lo siguiente: «Cuando sienta que se aproxima mi fin, me esconderé como una fiera en la maleza, allá donde nadie pueda seguirme. Allí esperaré la sabiduría infinita con devoción y reverencia. Volveré en paz a la gran unidad de la que surgí al nacer. Daré las gracias a los dioses si tienen a bien saciar con mi cadáver el hambre de los zopilotes famélicos y los perros abandonados, para que no quede ni un solo hueso de mí».

Su viuda, Rosa Elena Luján, con la que se casó en 1957, ha guardado celosamente durante todo este tiempo los secretos del escritor. El novelista y guionista Barry Gifford había establecido contacto con ella en los años setenta y gracias a ella consiguió un ejemplar en alemán de una de sus novelas, The Logs, que entonces no se había publicado en inglés. Sólo ahora cuando se conmemora el año internacional Traven, la viuda ha accedido a mostrar fotos del escritor, que casi nadie pudo o se atrevió a retratar.

Malú Montes de Oca de Heyman, una de sus hijastras, admitió que ni ella misma sabía la identidad del hombre que había considerado durante once años su padre. En una ocasión le contó a Gifford que, de encontrar algo con que compararlo, habría encargado un análisis del ADN de un pelo del escritor hallado en un salacot que utilizó en la jungla de Chiapas, para saber quién era en realidad.

¿Y quién era el misterioso padre de Malú? Volvemos al ovillo. Es posible que, dado su afán por esconderse, el propio Traven dudase de quién era. Si Traven, Torvsan o Croves. De hecho, fue los tres y una docena más de identidades. No obstante, hay quien dice que nunca olvidó. Barry Gifford escribió que en el lecho de muerte le confesó a su esposa que efectivamente él había sido Ret Marut y que ella podía hacerlo público. ¿Y a quién demonios se refería con Marut? Karl S. Guthke, autor de B. Traven: biografía de un misterio, proporcionó pistas sobre el personaje. Era, según parece, un anarquista bávaro condenado a muerte y que huyó de Alemania para refugiarse en México. El propio Traven-Marut certificaría en un diario en los años veinte el fallecimiento del Otro: «El bávaro de Múnich ha muerto».

Gifford traza una comparación entre la huida de Traven y la del Rimbaud desertor de la Marina holandesa, pero explica cómo éste último, al contrario que el primero, no escribió ni una sola línea en su nueva vida como traficante de esclavos y comerciante de armas. La obra de B. Traven aflora, sin embargo, a partir del enigma, lo mismo que ha ocurrido hasta su silencio con Salinger, otro aclamado escritor oculto.

En cualquier caso, poco importa, más allá del misterio que todo lo envuelve literariamente, quién fue un hombre capaz de escribir como él. Lean El tesoro de Sierra Madre, si no lo han hecho ya, El barco de la muerte, El puente en la selva o sus cuentos, y lo comprobarán. Lean, por ejemplo, cómo operaba el mecanismo que lo llevó a manifestarse contra el expolio del indígena: «La sortija de oro que rodea el dedo de una elegante dama o la corona colocada sobre la cabeza de algún rey ha pasado muy a menudo por las manos de criaturas que habrían hecho estremecer con su aspecto a esas damas y esos reyes. No cabe duda de que la mayoría de las veces el oro es lavado con sangre humana en lugar de jabón».

Albert Einstein declaró que se llevaría sus libros a una isla desierta. En cierto modo, es el mejor homenaje a un escritor que eligió mantener aislada su identidad.

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Italia honra a un periodista independiente

Por Luis M. Alonso (23 de abril, 2009)

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El centenario de Montanelli sirve para evocar, a los ocho años de su muerte, el enfrentamiento con Berlusconi

Los italianos se han preguntado qué diría en estos momentos Indro Montanelli sobre la situación de los medios de comunicación en la nueva etapa de Silvio Berlusconi. Ocho años después de la muerte del maestro de periodistas, consideran que su respuesta frente a los excesos del poder seguiría siendo igual de enérgica que entonces, pero lamentan que se haya equivocado en calibrar la fuerza del «capo del Governo», muy superior, según ellos, en la actualidad. Montanelli, premio «Príncipe de Asturias» de la Comunicación, en 1996, dijo poco antes de morir que lo único que había que hacer para protegerse del virus Berlusconi era vacunarse contra él. No son pocos los compatriotas que ven cómo la inmunidad frente a ese virus se resiente.

Ayer, con motivo de la conmemoración del centenario del periodista e historiador de Fucecchio, invocaron el espíritu libre e independiente que le llevó a enfrentarse al todopoderoso Berlusconi. Montanelli presentó la dimisión como director de «Il Giornale», el periódico que había fundado, cuando el accionista mayoritario decidió emprender la carrera política al frente de Forza Italia. Otro gesto de independencia le había llevado antes a dejar «Corriere della Sera», su periódico de siempre, por no estar de acuerdo con la línea editorial contemporizadora. Y también a rechazar el cargo de senador vitalicio que le ofreció el entonces presidente de la República, Francesco Cossiga. Su desapego al poder fue más que notorio. «Un periodista, para ser libre, no puede entrar en la política», dijo en varias ocasiones.

La herencia de este indómito caballero es él mismo, como él mismo dijo. El testimonio de su vida, recogido en periódicos, revistas, libros y objetos personales se expone desde ayer hasta el próximo 13 de septiembre en su querida localidad de Fucecchio, en Valdarno, Toscana.

De Fucecchio, a mitad de camino entre Pisa y Florencia, contó cosas realmente entrañables e incluso construyó una de sus metáforas más recurrentes sobre Italia. En «Gente cualunque» narró cómo, atendiendo a una antigua regla toscana, la población se había dividido en dos facciones: arribenses y abajenses. «Los arribenses eran los que habitaban arriba, en la parte antigua en torno al castillo y a la iglesia de la colegiata; abajenses los que moraban a abajo, o sea a lo largo de las carreteras provinciales que llevaban a Florencia, Pisa y Lucca. A principios de siglo (siglo XX), los arribenses estaban ya en minoría con respecto a los abajenses, pero aún se mantenían fuertes con prestigio de la tradición aristocrática: en efecto la flor y nata del pueblo estaba arriba y la constituían propietarios rurales, cuyos hijos ejercían profesiones liberales. Los abajenses, por su parte, más numerosos y activos, aspiraban a hacerse arribenses, pero como no podían conseguirlo por causa del espacio limitado, alborotaban para obligar a los arribenses a que fuesen abajo. Hasta hubo casos de abajenses que, una vez enriquecidos, fueron a vivir arriba, suplantando en sus palacetes a los arribenses que se habían comido el feudo». Todo aquello se dirimía en enfrentamientos.

En el año que precedió al nacimiento de Montanelli, los odios entre las facciones llegaron al colmo. Y de ahí a pequeñas guerras. Don Indro, que cumple su centenario, pertenecía por parte de madre al linaje de arriba y, por parte de padre, al de abajo. Siempre se notó.

Italia lo venera.

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El guión del cine español

Por Luis M. Alonso (23 de abril, 2009)

Juan Marsé sigue siendo respetuoso con el realismo. El escritor, que recibe hoy el premio «Cervantes», ha dicho, y luego lo ha mantenido, que el problema del cine español no es la piratería, sino la falta de talento. Evidentemente, el escaso interés que suscitan las películas españolas está ahí para darle la razón.

Las películas nacionales son, por regla general, soporíferas. Por eso, seguramente, la ministra de Cultura quiere subvencionar a los guionistas para ver si con guiones más potables los españoles deciden de una vez pasar por taquilla y atreverse a verlas. Hasta ahora son pocos los que se aventuran a hacerlo; mejor dicho, lo hacen cuando lo que programan las salas tiene interés.

Yo no digo que el cine español sea malo, el problema es que no interesa a los espectadores. Y como no es así, lo que pretenden los que se dedican a este negocio es que el cine sea subvencionado por el contribuyente como si se tratase de un artículo cultural o de imperiosa necesidad para nuestra supervivencia. Lo que habría que decirles es que no queremos rollos y mucho menos pagándolos dos veces: en la taquilla y con nuestros impuestos.

Pero esta especie de «lobby» de la pancarta debe de ser temible. Ya se ha llevado por delante a dos ministros que se han negado a decirle amén a todo lo que pedía. Y en el caso de César Antonio de Molina, a un buen gestor. Llegados a este punto, se preguntarán por qué el cine es una pieza tan sensible para Zapatero, incluso hasta el punto de hacerle reconsiderar la idea de suprimir un ministerio. La pregunta se responde con otra pregunta: ¿se acuerdan de los titiriteros de la ceja en la campaña electoral pasada o de los pancarteros en la anterior? Bien, pues ahí está la explicación. Los favores hay que pagarlos.

A Ángeles González «Sindescargas» -el mote es de los internautas- no debería preocuparle tanto lo de los guionistas, ya que las subvenciones seguirán lloviendo por los servicios prestados.

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El cine acude en ayuda del buen periodismo

Por Luis M. Alonso (22 de abril, 2009)

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«La sombra del poder», de Kevin McDonald, un canto a la prensa seria frente a la información, basada en el rumor, de los blogs y de las redes sociales

«La sombra del poder», un vigoroso thriller de Kevin McDonald, bien filmado, fantásticamente escrito e interpretado por estupendos actores, ha venido a poner las cosas en su sitio. Y lo ha hecho justo ahora que se empieza a dudar del papel rector de los medios impresos de comunicación y se augura que internet acabará con los periódicos, como consecuencia de unos nuevos hábitos entre los lectores y encadenado con la grave crisis económica.
En un tono romántico y crepuscular, como ocurre en otros grandes momentos del cine, la película plantea, de fondo, la batalla del buen periodismo de siempre frente a la información basada en el rumor y la frivolidad que destilan los blogs y las redes sociales de internet, con los que se pretende reemplazar la función vigilante, frente al poder, de las noticias bien testadas y elaboradas.
El filósofo Jürgen Habermas, premio «Príncipe de Asturias» de Ciencias Sociales, ha salido últimamente en defensa de la prensa seria como espina dorsal de la esfera pública en uno de los ensayos del libro «¡Ay, Europa!». Habermas ha querido dejar constancia, refiriéndose a los periódicos, de que la prensa despliega una fuerza estimuladora y formativa que obliga al sistema político a adaptarse y a ser más transparente. Los titulares en el papel han sido capaces de ejercer el contrapeso frente al poder que otros medios no alcanzan. La historia está llena de ejemplos que así lo corroboran. «Sin los impulsos procedentes de una prensa que tenga la capacidad de formar opiniones, de informar con fiabilidad y de comentar con escrupulosidad, la esfera pública puede dejar de suministrar ese tipo de energía. Cuando se trata del gas, de la electricidad o del agua, el Estado está obligado a garantizar el abastecimiento de energía para la población. ¿No debería estar obligado igualmente a hacerlo cuando lo que está en juego es otro tipo de energía, cuya ausencia provocará perturbaciones que terminarán perjudicando al propio Estado?», se pregunta el pensador alemán. Esa energía a la que se refiere Habermas es la que defiende a grandes fogonazos «La sombra del poder», una historia firmada por tres buenos guionistas, con una dirección y un reparto sensacionales, y que el productor Andrew Hauptman logró rescatar de una miniserie de la BBC de seis horas, aclamada en el Reino Unido, «State of play».
«Los buenos periodistas no tienen amigos, tienen fuentes», dice en un momento de la película Cameron Lynne (Helen Mirren), editora de «The Washington Globe», un trasunto del «Post» y del «Globe», de Boston, periódico liberal de izquierdas que precisamente está atravesando sus peores momentos y ha tenido que prescindir de la red de corresponsales en el extranjero. Mirren se refiere a la amistad que une desde la infancia al veterano periodista Cal McAffrey (Russell Crowe) y al ambicioso congresista Stephen Collins (Ben Affleck). «The Washington Globe» tiene un nuevo dueño y sus ventas han caído en picado, al igual que ocurre con otros medios impresos.
A partir de la extraña muerte de una colaboradora directa de Collins, la editora se encuentra con que necesita imperiosamente publicar los detalles íntimos del escándalo, que afecta supuestamente a la vida personal del congresista, teniendo, al mismo tiempo, la convicción de que una empresa de seguridad se está beneficiando de contratos relacionados con las guerras que involucran a paramilitares y políticos. Para ello ha metido en danza a Della Frye (Rachel McAdams), una joven periodista que se ocupa de un blog vinculado a la vida social en el entorno de la Casa Blanca y del resto de las instituciones del poder en Washington. Finalmente, Frye, la primera en relacionar unos hechos que aparentemente no guardan relación, acaba trabajando en el reportaje junto a Cal McAffrey (Russell Crowe), un periodista que ha husmeado en la trama de corrupción que rodea al caso, y junto a él descubre la verdadera dimensión de la noticia y la importancia que para el lector tiene leerla impresa en el papel en las horas que siguen: «La bendición realista de la mañana», que escribió Hegel.
En un informe reciente donde se analiza el supuesto fin de los periódicos, la revista «Foreing Policy» reclama esa función vigilante de los medios impresos, acusados por sus detractores de acomodarse al poder, para recuperar los viejos hábitos de los lectores en un momento en que bajan las cifras de difusión y caen de manera estrepitosa los ingresos por publicidad. «Por eso, los diarios necesitan reinventarse más allá de una reestructuración de su negocio, imprescindible para mantener un periodismo de calidad insustituible ante un periodismo ciudadano sin obligaciones ni capacidad suficiente para dedicar recursos a la búsqueda, al reporterismo y a la edición de información relevante de calidad de manera continua y en cualquier situación, de la política a la guerra, pasando por los deportes», recoge esta publicación bajo el título «¿Adiós a todo eso?».
Y ¿por qué adiós si hay soluciones? El guión de «La sombra del poder» contiene, por ejemplo, viejos conflictos del oficio que se resuelven favorablemente. La editora se debate entre lo que le conviene a las buenas prácticas profesionales y al negocio, cosas que no siempre coinciden, cuando, con el gasto que ello supone, decide retener la edición a fin de cumplir el objetivo de informar como es debido a los lectores sobre lo que está ocurriendo. Russell Crowe se felicitó por que a los periodistas se les tratase en la película como seres humanos, sobre todo, en lo que se refiere a la implicación de su personaje en la noticia que está investigando, lo que en algún momento despierta recelo. La identificación de los actores con el mensaje se palpa. Helen Mirren, para interpretar su papel, se preparó participando en reuniones de trabajo de la redacción de «Los Ángeles Times». Rachel McAdams declaró que lo que más le interesaba de la película era la comparación del periodismo de siempre con los sucedáneos de ahora. Ante la presión de la Policía y la supuesta ocultación de unas pruebas, a la joven periodista le surgen dudas sobre si se está actuando correctamente y pregunta algo angustiada a McAffrey: «¿Acabas de infringir la ley?». McAffrey responde: «No, esto es lo que se llama periodismo del bueno».
Della Frye, la periodista «bloguera» que nunca tiene un bolígrafo a mano, acaba admitiendo frente al veterano Cal McAffrey que la gente quiere leer las verdaderas noticias en los periódicos cuando las investigan y escriben auténticos periodistas. Una buena historia siempre tendrá un alto valor, vienen a ratificar los guionistas de «La sombra del poder».
Los lectores sólo tienen que hacerse una pregunta para obtener sus propias conclusiones sobre la muerte de los periódicos. Es muy simple: ¿el llamado periodismo ciudadano o los blogs podrían haber sacado a la luz el «Watergate», los papeles del Pentágono o la guerra sucia de los GAL? La respuesta apenas debería arrojar dudas.

Un precedente en la película de Richard Brooks «El cuarto poder»

El cine americano puede presumir de un montón de buenas películas sobre el periodismo. Un precedente de «La sombra del poder» está en «Deadline USA» (1952), de Richard Brooks, que aquí se llamó «El cuarto poder» y que aborda la diferencia entre los periódicos de calidad y lo que en Estados Unidos llaman «commodity», una mercancía informativa sin valor que ya ha existido antes de internet. En la película, a punto de que el «New York Day» sea vendido por su propietario, el editor Ed Hutcheson (Humphrey Bogart) decide sacar a la luz los manejos de un importante jefe mafioso. Hutcheson, la ética periodística, se enfrenta a la presión. El final, con la rotativa en marcha e imprimiéndose la noticia que implica a los mafiosos, es memorable.

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El gerente de la Isla

Por Luis M. Alonso (22 de abril, 2009)

Un gerente cuestionado es, en estos momentos, el principal candidato para dirigir la llamada Isla de la Innovación. Estamos acostumbrados, de modo que este tipo de decisiones no puede cogernos por sorpresa. Sí, en cambio, sería asombrosa la elección de un perfil que no ofreciese dudas. Todo lo relacionado con el proyecto es susceptible de sospecha, empezando por lo que se anunció y seguramente jamás se hará.

Entre la renuncia del ex alcalde socialista de Avilés Santiago Rodríguez Vega a dirigir la sociedad y la elección del gerente cuestionado de Sedes, Santiago Caicoya, cabe preguntarse qué se ha hecho para escoger el perfil adecuado. Probablemente, el único motivo que ha llevado a tomar la decisión es quitar de en medio al técnico afín que se enfrentó en la Junta General a los diputados del partido de la oposición citando el cine negro de altura y relacionándolo con la Sindicatura de Cuentas. Resulta indiferente, en cualquier caso, quién dirija algo que está llamado, en las actuales circunstancias económicas, a embarrancar, como es el fantasioso proyecto de la innovación, que comprende, además, tropecientas mil viviendas más en medio de un dramático parón del sector inmobiliario. De manera que lo de Caicoya, al igual que lo de Santiago Rodríguez Vega, es seguramente algo insustancial o inverosímil, que diría Cantinflas para referirse absurdamente a la indiferencia.

En el caso de Rodríguez Vega, hay que entender que no le satisficieron las escasas perspectivas del proyecto o el sueldo que le ofrecían, que él creía, seguramente, superior. En el de Caicoya, habrá que pensar en que el objetivo fundamental es apartarlo de su ocupación actual y sus malas relaciones con la Sindicatura.

Esta famosa isla de pega, que se han inventado entre anuncios imposibles, seguramente no es la isla de los piratas del Caribe, como insiste el PP, pero sí una buena excusa para recolocaciones y confinamientos. Por eso es isla.

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El Arsenal ya no es mezquino

Por Luis M. Alonso (20 de abril, 2009)

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El club de Londres, que eliminó al Villarreal con un fútbol eficaz pero vistoso, camino de la redención

Habría que hurgar en el pasado de los gunners para entender por qué el Arsenal de Arsène Wenger, que el otro día dejó en la cuneta a nuestro Villarreal con un juego eficaz pero a la vez brillante, puede resultar en estos momentos hasta simpático fuera de su círculo de hinchas. Tendríamos, desde luego, que remontarnos a la etapa de los años treinta en que uno de los mejores entrenadores de todos los tiempos decidió hacer de su fútbol el más moderno del mundo, pero también el más aburrido.

Evidentemente, el gran Herbert Chapman no lo veía de esta manera cuando se dispuso a añadir un zaguero y, como consecuencia de la reforma de 1925, a aplicar en su esquema la táctica del fuera de juego, que consistía en adelantar la defensa en línea, de manera que los futbolistas rivales quedaban una y otra vez solos, en evidencia ante el portero, y a merced de la penalización arbitral. Hasta no hace mucho, todavía se recordaba en el Londres de los aledaños del viejo Highbury cómo los trenes en los que viajaban los equipos que se enfrentaban al Arsenal emitían pitidos parecidos a los del silbato de un colegiado al entrar en la estación de Charing Cross, para demostrar que sin poner los pies en el andén estaban en fuera de juego. Antes de la invasión de técnicos europeos, en el Reino Unido, entre los seguidores, el debate se reducía prácticamente a comparar dos estilos de juego: el destructivo de Chapman y el vistoso de Matt Busby, que llevó al Manchester United a hacer el fútbol de ataque que le ha caracterizado. El United y el Arsenal se situaron de ese modo en las antípodas.

Los gunners o gooners, como dicen los castizos, han personificado el patadón y el juego especulador. Pese a las grandes aportaciones de sus grandes estilistas, Charlie George, Paul Merson o Limpar, la imagen del club pertenece mucho más a Tony Adams, Storey o Talbott, sus otras leyendas. El grito de guerra de los cañoneros ha sido y es «uno a cero para el Arsenal». El «annus mirabilis» de los gunners fue el del doblete, en 1971. Hay hinchas que todavía son capaces de llorar recordando la imagen de Charlie George tendido de espaldas, boca arriba, con los brazos abiertos, sobre el césped de Wembley, tras el gol de la victoria de la Copa. Bueno, pues ese año de gloria el fútbol intimidatorio del club de Londres registró trece empates a cero y victorias por uno a cero en casa. Durante mucho tiempo se dijo que el Arsenal era el equipo más afortunado del mundo.

«Lucky Arsenal», decían sus rivales e, incluso, lo reconocían sus hinchas. Uno de ellos y también uno de los mejores, el escritor Nick Hornby, es capaz de admitirlo en las páginas de su libro «Fever pitch»: «Somos aburridos, tenemos una suerte que no nos la merecemos; somos guarros, petulantes, ricos y malencarados. (…). Yo supongo que lo de la suerte nació gracias al qué aburrimiento de Arsenal , que se oía repetidamente en aquellos sesenta años de victorias por 1-0, que ponen a prueba la credibilidad y la paciencia de los hinchas contrarios». Por si esto fuera poco, el Arsenal tenía que enfrentarse, eso sí con resultados mucho mejores, a la comparación con los vecinos exquisitos y, a la vez, enemigos irreconciliables del Tottenham y del West Ham. Tanto los spurs como los hammers, que generalmente no pasan de la mitad de la tabla, han representado el buen juego y hasta la poesía. Los primeros tienen que aguantar, además, los gritos ofensivos y nazis de los hooligans del Arsenal, por ser el club que históricamente ha pertenecido a la comunidad judía de Golders Green; mientras que los segundos conservan como legado la clase de Hurst, Peters, Brooking y, sobre todo, la del desaparecido Bobby Moore.

En la actualidad, hay quienes culpan a Wenger por haber defendido más el negocio que los resultados al desprenderse de jugadores hechos y apostar, en cambio, por los jóvenes. Pero el técnico alsaciano ha contribuido indudablemente a mejorar la imagen de uno de los clubes poderosos más antipáticos. Es evidente que Fàbregas, Van Persie o Theo Walcott han sido de gran ayuda para combatir la leyenda negra.

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Adrià y los pensadores del pienso

Por Luis M. Alonso (19 de abril, 2009)

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El cocinero de Gerona se ha convertido en un gurú para los artistas contemporáneos_que, tras el paso por la Documenta de_Kasel 2007, le dedican arrobados elogios

Richard Hamilton y Vicente_Todolí rinden culto a Ferran Adrià en «Comida para pensar. Pensar sobre el comer»
Mat Groening ha caracterizado como Bart Simpson al patrón de
El Bulli, que se halla _en gira promocional

He vuelto a acordarme de aquel estupendo alegato de Fernando Savater contra el mito y el culto estomagante a los cocineros. En un artículo titulado Los pensadores del pienso, el filósofo donostiarra expresaba como nadie su tremenda indigestión por la obligada pleitesía que desde hace años rinde una buena parte de la sociedad a sus majestades los reyes de los fogones, la innovación y la moda culinaria.
Ahora, el gurú del arte contemporáneo y padre del pop-art, Richard Hamilton, y el director de la Tate Modern, Vicente Todolí, han publicado
un libro sobre Ferran Adrià que se titula Comida para pensar. Pensar sobre el comer (Actar). Se trata de una aproximación artística a las creaciones del genio de El Bulli y la idea nace a partir de la participación de éste en la Documenta de Kasel 2007, un hecho, por otro lado, tan extravagante como insólito. Todolí, a propósito de ello, ha descrito su primera visita al restaurante de Cala Montjoi, a principios de los noventa, en compañía del propio Hamilton, como «una epifanía, una auténtica revelación que marcó un antes y un después en mi manera de entender lo que puede ser la cocina». Y, durante la presentación del libro, agregó: «Como cuando Thomas Bernhard escuchó por primera vez las Variaciones Goldberg por Glenn Gould». Para resumirlo, una sopa de letras con crujiente de engrudo.
Adrià, como no podría de ser de otro modo, tiene alrededor de su figura en estos momentos a una corte arrobada de admiradores entre el mundo del arte. Él mismo está considerado un artista en toda la extensión de la palabra, no simplemente por dar de comer bien al prójimo sino por la capacidad que tiene, según el director de la Documenta, Roger Buergel, de cambiar la percepción que tenemos de la comida o de «refinar un lenguaje hecho con lo que comemos», como ha dicho el propio Hamilton, el único cliente asiduo de El Bulli desde 1963 cuando sólo era un chiringuito de playa.
A Adrià le ha hecho, además, Mat Groening, un retrato en el que se parece a Bart Simpson. El estratosférico cocinero se encuentra de gira promocionando su descomunal libro de secretos de El Bulli. Hay quienes se preguntan no ya de dónde saca el tiempo para cocinar, sino para investigar. Pero tanto la cocina como el laboratorio siguen emitiendo destellos sublimes de su infinita e inimitable creación. Su más inmediato seguidor, el inglés del iPod marino, Heston Blumenthal, tuvo que cerrar después de intoxicar a cuatro centenares de clientes para volver a abrir sin dar explicaciones razonables sobre lo que ocurrió.
Ferrán Adrià es único e inimitable. Por eso estoy de acuerdo con lo que escribió el veterano periodista y escritor Miguel Sen: «Cada espuma creada por uno de los infinitos discípulos de Adrià acaba con la posibilidad de un plato bien construido, ligado a los productos del entorno y a técnicas culinarias referenciadas durante siglos. Exceptuando contadísimos cocineros, los mismos que, dentro de la Fórmula 1 tendrían capacidad para conducir un Ferrari, cada vez que un joven cocinero queda deslumbrado por uno de los experimentos de Adrià, nace una cocina condenada al fracaso, a la imitación sin garantías».
Comer en El Bulli es el sueño de la burguesía con pretensiones intelectuales. Pero, al mismo tiempo, se ha convertido en un sueño irrealizable. Tuve ese privilegio en una ocasión cuando el sagrado templo de la gastronomía mundial ya no era un chiringuito de playa pero tampoco resultaba imposible conseguir una plaza. Recorrí aquella carretera llena de baches asesinos desde Rosas en unos años en los que los propios empleados del restaurante se escabullían de dar explicaciones sobre su estado diciendo que lo habitual en muchos clientes era acercarse hasta allí en barco. Ahora, lo más cómodo, supongo yo, será llegar en helicóptero.
Adrià es único. Por eso se ha convertido en la estrella de Kasel y los artistas le han dedicado un libro en el que se recogen sus encendidos testimonios. Durante los cien días de la Documenta, el cocinero de Gerona extendió invitaciones a los artistas participantes para que fuesen a comer a su casa. Por Cala Montjoi pasaron unos doscientos y las impresiones de algunos sobre lo que allí experimentaron sólo caben ser interpretadas por los pingüinos. «Unos fuegos artificiales de la percepción, condensados, que se descargan en el interior de uno mismo», escribió Marlene Chedaoui, visitante de la muestra alemana. «Constantemente nos llevaba a límite. No podíamos saber hasta dónde nos conduciría», comentó Annya Gallacio, una artista escocesa que se dedica a hacer murales con gerberas rojas.
El caso es que para celebrar la presentación del libro –del que se han publicado por ahora 30.000 ejemplares en español, catalán, inglés y alemán–, Adrià sirvió el típico desayuno de forquilla, con el capipota, los huevos fritos y las judías con tocino. Él mismo explicó en Barcelona, y según recogió «La Vanguardia», que con ello quería dar a entender que la cocina tradicional y la moderna llamada de autor se llevan divinamente. «A mí cuando me preguntan cuál de ambas prefiero siempre respondo que la tradicional, ¿o se creen que estaría dispuesto a comer todos los días cocina de vanguardia?».
En fin, si no fuera porque es él mismo el primero en beneficiarse de su sueño de gloria y del circo que se ha montado alrededor, habría que compadecerle ya que tener que dar de comer a tanto pedante y cursi y luego escuchar sus adulaciones debe resultar sencillamente espantoso. Y disculpen que no les haya hablado todavía de los claveles de la alcachofa, que están en temporada, o de la costera del verdel o de la xarda, que, como ya sabrán, precede a la de la anchoa. Ocuparse de estos asuntos resulta mucho más interesante pero hay veces en que uno, como ya le ocurrió hace tiempo a Savater, le sacude la indigestión del pienso.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | abril 2009 |

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