La visión del horror

Por Luis M. Alonso (30 de abril, 2009)

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Joseph Conrad bajó a los infiernos en «El corazón de las tinieblas», que cuenta con una nueva y cuidada edición

Para ver en la oscuridad hace falta haber sido antes víctima de la iluminación. En 1890, el capitán de la marina mercante Konrad Korzeniowski, de origen polaco y nacionalizado británico, decidió aceptar hacerse cargo de uno de los vapores de la Sociéte Anonyme Belge, que navegaban el río Congo entre Kinshasa y Stanley Falls. La compañía, con sede en Bruselas, formaba parte del entramado comercial de Leopoldo II, el monarca que llevó a cabo la explotación colonial más sangrienta que se recuerda y que produjo, como revelaría años después el historiador Adam Hochschild, el exterminio de entre cinco y ocho millones de congoleños, sólo en el período que va de 1885 a 1906.

El Congo fue el gran negocio privado de Leopoldo II, una finca equivalente en superficie a media Europa Occidental que le permitió amasar una fortuna a costa del sufrimiento humano y el saqueo de los recursos, antes de que el resto de los gobiernos europeos le obligasen a traspasarlo al estado belga. La Compañía obligaba a los nativos, mediante coacciones militares, a servirle al monarca el caucho, la resina de copal y el marfil. Por poner un ejemplo de las atrocidades cometidas, a quienes no rendían la cuota exigida les cortaban las manos.

En estas circunstancias, Korzeniowski -en el futuro, Joseph Conrad- fue nombrado capitán del Florida, cuyo predecesor, un tal Freisleben, había sido asesinado por nativos. En Kinshasa, los directivos de la compañía le informaron que, en vez de ocuparse del barco asignado, que se hallaba todavía en período de reparaciones, se enrolaría como segundo en otro steamer bajo las órdenes del capitán sueco, Ludwig Koch. El trabajo encomendado era recoger, río arriba, a un agente de la Compañía, Georges Klein, que se hallaba gravemente enfermo. Klein murió en el viaje de vuelta y Koch cayó aquejado de unas fiebres. Conrad tuvo que tomar el mando. Antes de concluir 1890, enfermo, cansado y horrorizado por su aventura africana, regresó a Europa.

Nueve años más tarde, aprovechando sus recuerdos, se puso a escribir El corazón de las tinieblas, un libro que a los lectores se les hace más largo de lo que realmente es, como recuerda el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, en el prólogo de la última y cuidada edición española de Mondadori, con traducción de Miguel Temprano García. Se trata, en cualquier caso, de una de las novelas cortas más densas que se han escrito, con páginas y párrafos que incitan a continuas reflexiones, de profundidad y belleza casi inagotables. De hecho, el relato breve inicial que Conrad había pensado publicar en un número especial de la revista Blackwood’s acabó alargándose dos entregas más. La cosa crecía al mismo tiempo que los tentáculos de la memoria se apoderaban de la narración. A Ford Madox Ford le escribió contándole que el relato de marras le tenía agarrado y que se agigantaba igual que el genio de la botella.

Lo que el capitán Korzeniowski contempló con sus propios ojos en el Congo era el horror, la trastienda siniestra de una supuesta misión civilizadora que ocultaba uno de los mayores crímenes perpetrados en nombre de la codicia. Por eso, al escritor no le costó ponerse en la piel del capitán Charlie Marlow, en su narración de planos superpuestos, ni compadecerse de Kurtz, trasunto de Klein, el agente de la factoría belga dedicada al marfil.

El corazón de las tinieblas es la contraposición del bien y el mal en una atmósfera enrarecida, torrentes de imágenes misteriosas y, sobre todo, la presencia insistente de una pesadilla. Y es, también, la terrible transformación que puede sufrir una persona ante esa terrorífica tormenta devastadora. De hecho, Marlow cuando se enfrenta nuevamente al dolor de informar sobre lo que ha ocurrido intentar consolar a la prometida de Kurtz mintiéndole, porque las últimas palabras pronunciadas por él no fueron su nombre, sino el eco que nos acompaña durante el relato: «¡Ah, el horror! ¡El horror!».

A Joseph Conrad le reprocharon en su día que no fuese lo suficiente explícito para desvelar la anomalía criminal del lugar que ni siquiera cita por su nombre -la palabra Congo no aparece en la novela-. Pero como él mismo dijo «la explicitud destruye toda ilusión». Bella reedición de Mondadori, con ilustraciones del pintor Tià Zanoguera, para una obra infinita.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | abril 2009 |

"Martín-Santos fue un hombre que llegó antes de tiempo"

Por Luis M. Alonso (30 de abril, 2009)

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«Mi opinión es que era demasiado inteligente, crítico y libre para haberse convertido en un político profesional»

José Lázaro (La Coruña, 1956), profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid, es autor de «Vidas y muertes de Luis Martín-Santos», publicada por Tusquets y ganadora del XXI Premio «Comillas», presenta esta tarde a las ocho en el Club LA NUEVA ESPAÑA una interesante biografía sobre el desaparecido autor de «Tiempo de silencio», la novela que cambió el curso narrativo español del pasado siglo.

-¿Qué rasgo define más a alguien tan poliédrico como Luis Martín-Santos?

-La brillantez efímera. El resplandor del relámpago que atruena de repente el firmamento en calma, sorprende y sobresalta a quienes no lo esperaban y desaparece de inmediato. Martín-Santos irrumpió en la psiquiatría, en la política, en la literatura, en la vida; asombró con su inesperada y atronadora aparición; realizó una carrera fulminante en la psiquiatría, en la política, en la literatura, en la vida; desapareció, tan inesperada y bruscamente como había aparecido. Se decía en la Antigüedad que los elegidos de los dioses mueren jóvenes.

-Por su cultura y cosmopolitismo, ¿era Martín-Santos un hombre en un lugar equivocado? ¿Puede ser eso lo que determine, en cierto modo, una conducta arriesgada, temeraria y su dominio de la situación?

-Me gusta la idea del hombre en un lugar equivocado. O quizá podríamos decir un hombre en un tiempo equivocado. Un hombre desbordado por un discurso brillantísimo que se estrelló contra un tiempo de silencio. Un hombre que llegó antes de tiempo. Un hombre maduro, lúcido y libre que se encontró en un país infantilizado, adormecido y atado por un dictador de tercera categoría. Es verdad que reaccionó jugando a desafiar la realidad de una forma arriesgada y temeraria: hay en su historia infinidad de anécdotas que así lo demuestran. No estoy seguro de que pueda decirse que dominó la situación: quizá el juego se le fue de las manos y el «Tiempo de destrucción» sobre el que estaba escribiendo al final se mezcló con la tragedia en que acabó su vida.

-A «Vidas y muertes de Luis Martín-Santos» la han definido como un collage de géneros narrativos. Llama la atención la forma en que el autor ha buceado en la intimidad del personaje…

-Eso fue un desafío que conectaba con lo que el propio Martín-Santos escribió en el prólogo a «Tiempo de destrucción»: «Desaforado y loco me parece el intento de dar cuenta de todo lo que importa en la historia de Agustín». Él cuestionaba la posibilidad de comprender realmente con un libro la vida de un ser humano. Y yo me planteé escribir un libro para intentar conocer a un autor que consideraba semejante planteamiento desaforado y loco. Para ello era necesario recurrir a muchos géneros literarios (ensayo, narración, historia, biografía, reportaje?) e incluir a la vez muchas voces y muchas perspectivas.

-Su libro incluye los detalles pero deja abierta una puerta al suspense ¿Cree que Luis Martín-Santos y su mujer Rocío Laffon se suicidaron?

-En el primer capítulo del libro se narran con gran detalle las circunstancias de su muerte y queda claro que fue un accidente. En general, sobre todos los aspecto de la historia, he intentado mostrar los datos que he podido documentar y también recoger las opiniones de los testigos directos, incluso las que son contradictorias entre sí. Lo que yo pueda creer no tiene interés de ningún tipo y además no serviría más que para oscurecer las cosas.

-Martín-Santos despejó su futuro político. Pero hay quienes dicen que podría haber sido el líder del socialismo, en vez de Felipe González…

-Los paralelismos entre Martín-Santos y Felipe González son llamativos. Los dos hicieron una carrera rápida y brillante dentro del PSOE, que les llevó a su dirección. Los dos eran entonces jóvenes militantes que intentaron quitar el poder del partido a los viejos dirigentes exiliados en Toulouse para traerlo al interior del país . Pero Martín-Santos lo intentó en 1958 y fracasó. González lo intentó en 1974 y lo logró. Como le he dicho, Martín-Santos fue un hombre que llegó a muchas cosas antes de tiempo. Ahora bien, la carrera política de Martín-Santos fue muy corta: después de un par de años de intensa militancia clandestina prácticamente se retiró de la política. Y lo hizo por dos razones: la primera, que ya estaba «quemado»; la segunda, que ya se había aburrido. Mi impresión es que él nunca su hubiera convertido en un político profesional: era demasiado inteligente, demasiado crítico, demasiado libre. Un político está obligado a decir siempre lo que conviene a los intereses de su partido, lo que es oportuno y estratégicamente adecuado. Un intelectual del talante de Martín-Santos dice siempre lo que realmente piensa de las cosas. Y eso es rigurosamente incompatible con la actividad política.

-Del conflicto personal con Juan Benet hay, al menos, dos versiones. Una de ellas es su resquemor por el personaje que Martín-Santos le atribuye en «Tiempo de silencio» y otra la irritación que supuestamente le producía la resonancia de la novela en los ambientes intelectuales. ¿Hubo algo más?

-Había una compleja relación entre Martín-Santos y Benet, que compartían la vocación literaria, como la había también entre Martín-Santos y Castilla del Pino, que compartían la vocación psiquiátrica. En ese tipo de relaciones suele mezclarse el aprecio mutuo, la camaradería, la rivalidad, la complicidad, los celos, la admiración, la suspicacia y la envidia. Las cartas de Martín-Santos a Benet recogidas en el libro muestran por su parte una amistad profunda y una admiración muy noble hacia Benet, al que reconocía como un escritor superior. La dureza con que Benet juzgó «Tiempo de silencio» admite varios tipos de interpretaciones y ha sido objeto de bastantes especulaciones. Pero también hay un famoso artículo de Benet sobre Martín-Santos que, en mi opinión, demuestra un gran aprecio personal por su viejo amigo.

-¿Tiene alguna otra investigación en marcha, algún que otro «quest», como dicen los anglosajones?

-Sí y no, depende, como decimos en mi tierra gallega. Me interesó mucho la experiencia de contar a la vez una historia que se va investigando y la historia de cómo se va investigando. Eso no es nuevo, es, como usted bien dice, precisamente el tipo de relato que los anglosajones llaman «quest», el relato de una búsqueda articulado con el relato de lo que se va encontrando en ella. Como dice mi amigo José Antonio Marina, yo no escribo libros para enseñar, los escribo para aprender. Mi trabajo ahora se centra en ensayar narraciones teóricas en diversos formatos (incluido, en especial, el diálogo) sobre diversos temas. Después sí me gustaría usar la misma técnica de «Vidas y muertes de Luis Martín-Santos» para intentar aplicarla a una biografía grupal de cuatro autores vivos, contrastando la imagen que cada uno de ellos tiene de sí mismo, la que tiene de los otros tres, la que tenemos de los cuatro muchos de sus conocidos, la que tienen los que sólo los conocen por su imagen pública? También querría escribir la historia paralela de un hombre y una mujer asesinados por cuestionar ante sus compañeros la ideología por la que antes habían luchado. Proyectos, proyectos, proyectos?

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Avances en las obras

Por Luis M. Alonso (30 de abril, 2009)

Si hay algo de lo que sabemos es de los avances de la cúpula del Niemeyer y de la suma de detalles que rodean al famoso centro cultural de la ría, de su promoción política, del entusiasmo que produce y de las esperanzas depositadas en él. Lo que, en cambio, desconocemos es qué nos va a deparar en el futuro cuando las instalaciones entren en servicio. Digo, en servicio.

Jamás se podrán quejar ni el Principado, ni el Ayuntamiento de Avilés de la propaganda en los medios de comunicación. Lo mismo si se trata de la cúpula o del padre de internet, si de las vidrieras o el mobiliario de oficina del despacho del gerente. Nunca, que yo recuerde, han corrido tantos ríos de tinta para describir un fenómeno, ni tampoco he visto a los políticos hacer un funambulismo similar para referirse a otros proyectos. Hace tiempo que el Niemeyer viene siendo la palabra mágica en esta ciudad golpeada por la pérdida constante de empleo, la ausencia de suelo industrial donde invertir y la ineficacia de sus concejales. Es como si a la Alcaldesa le hubiesen dicho no tienes nada que hacer salvo esperar a que crezca el centro cultural en la margen derecha de la ría. Del resto, ya se encargará la publicidad.

Los concejales, unos y otros, salvo cuando discuten por la privatización del servicio del agua, viven a la sombra del Niemeyer, de las dichas y las desdichas. Y cuando no es el centro cultural, la lían con la célebre Isla de la Innovación, un proyecto adornado de ínfulas culturales que no tiene otro objetivo que los pisos.

Ya que el Niemeyer es todo o casi todo lo que se mueve, los avilesinos tendrán que empezar a hacer preguntas sobre sus contenidos. Más allá de la atracción turística o de la agenda que maneja Natalio Grueso, hace falta saber qué recursos le va a dedicar el Principado y en qué va a consistir realmente su programación cultural estable.

La cúpula, por otra parte, ya está totalmente hormigonada y se le están practicando dos aberturas. Para que vean.

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El virus tontaina

Por Luis M. Alonso (30 de abril, 2009)

El avance de la gripe porcina aconseja no besarse. Tampoco es recomendable viajar a México ni a Estados Unidos. Conviene, por tanto, quedarse en casa, estrechar las relaciones de vecindad. Y eso es lo que hemos hecho con nuestros socios en la lucha contra la ETA. Pero antes, Napoleón Sarkozy, al que un asesor del Gobierno Federal alemán ha comparado con Louis de Funes, se ha encargado de aclarar que nuestro Pepe Botella no es tan poco inteligente como había manifestado inoportunamente. No sólo es que no sea tonto, es que, además, es un amigo, ha recalcado.

No besarse. La gripe porcina avanza, según la OMS, que tiene como misión acongojarnos cada equis tiempo con una pandemia mundial. Pero en este país, independientemente de quién presida el Gobierno, nos invade una especie de virus tontaina, de consumo doméstico, no necesariamente exportable, que nos lleva a centrar las relaciones España- Francia en una princesa y una dama. Y así, entre tantos tocinos, sobran las gripes porcinas y aviares.

El famoso encuentro, al parecer, ha quedado en empate. La Bruni, con cara de mosquita muerta, muy bien. La nuestra, sin desmerecer, lo mismo. ¿Será posible que todo esto de las estudiadas poses de la primera dama francesa, la sobriedad de la Reina o la discreción de la Princesa Letizia nos ocupe más de un segundo? Pues, sí. Parece ser que es susceptible de nuestro interés, cuando el paro galopante nos desangra y hace inmunes a cualquier tipo de pandemia.

Francia, que siempre ha vendido alta costura y gastronomía, ahora nos vende en la pasarela del Elíseo a una cantante, Carla Bruni, candorosa en el gesto y cómplice con las cámaras. Pero, cuidado, nosotros hemos dado la réplica a los franceses con doña Letizia y el «savoir faire» adquirido estos años. Resultado: tablas. ¿Acaso no consiste en eso la diplomacia?

Yo, no sé ustedes, lo que quiero es bajarme en la próxima estación.

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Un churro de penalti cuando no lo tira Totti

Por Luis M. Alonso (27 de abril, 2009)

Casquero olvidará la paliza de Pepe y seguirá acordándose de su ridícula imitación de Panenka

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«Mo je faccio er cucchiaio». Francesco Totti, un maestro de la cuchara, lanza un penalti a lo Panenka contra la Sampdoria. Incluso el capitán de la Roma, que los mete hasta de tacón, falló uno contra el Lecce. flickr / top player

Para tirar bien el penalti que hizo famoso a Panenka hace falta saber meter la cuchara. La cuchara es la especialidad de Totti, uno de los mejores futbolistas italianos de todos lo tiempos. Consiste en un toque suave por debajo que eleva el balón y finalmente lo deposita mansamente en la portería contraria, siempre que el encargado de vigilarla haya perdido de vista su dirección, producto del engaño en el lanzamiento. En el jugador de la Roma ese toque es mágico y le ha dado buenos resultados muchas veces.

De hecho hay una colección de vídeos que circulan por la red de Totti haciendo la cuchara que sirven, en horas bajas, para reconciliarse con el fútbol. Entre ellos, se encuentra el gol que el delantero romano le hizo el 29 de junio del año 2000 a Van der Saar en la semifinal Italia-Holanda, justo en el inicio de la ronda de penaltis. Su compañero Maldini pensaba que se trataba de una broma cuando Totti avisó de que iba a meterle la cuchara a aquel gigante holandés que taponaba la puerta. Pero Van der Saar picó y los seguidores de la azzurra respiraron.

Francesco Totti es autor de un manual que trata sobre la cuchara, Mo je faccio er cucchiaio, dicho sea en auténtico romanesco de Alberto Sordi, donde cuenta su experiencia con ese toque refinado de balón del que es maestro. El capitán de la Roma, como ha escrito Enric González en Historias del Calcio, forma parte de la dinastía de Garrincha, Best, Gascoigne y Cassano, con la ventaja de que no es cojo, ni alcohólico, ni paranoico.

El problema de la cuchara y de los penaltis lanzados al estilo de Panenka es el riesgo que se asume dado lo difícil que resulta aplicar la creatividad en los momentos decisivos de un partido, en los que el entrenador, los compañeros y hasta los propios aficionados esperan del futbolista que resuelva la situación sin necesidad de complicarse la vida. Para acertar, se requiere estar sumamente convencido de que lo que se hace es la mejor opción y, a ser posible, no tener en frente un portero lo suficientemente bueno y frío para aguantar hasta el último instante y no caer en el engaño apresurándose hacia el lado equivocado de la portería. Y, por supuesto, disponer del toque de Panenka, de Totti o de Zidane en la final del Mundial de Alemania de 2006 ante el amurallado Buffon. El riesgo de hacer el ridículo y poner al equipo en un aprieto es, por otro lado, considerable. Y sucede en las mejores familias. Así le ocurrió, por ejemplo, a Ribéry frente a Jens Lehman, en un partido de la Copa contra al Stuttgart. El gran extremo francés lanzó un tiro suave por el centro y Lehman ni se movió. La pelota cayó mansamente en sus manos. Beckenbauer dijo más tarde de Scarface que con su juego enriquecía la Bundesliga, pero que tirar un penalti así era una auténtica provocación.

Sin ir más lejos, Casquero tardará en olvidar lo que ocurrió el pasado martes en el Bernabeu en un partido donde los puntos eran decisivos para su equipo, el Getafe. Razones tiene para ello, empezando por la inexcusable paliza que le propinó Pepe y terminando por la demostración que quiso hacer frente a Casillas, un portero demasiado bueno para que lo intente engañar un futbolista de tan poca entidad y en un momento trascendental de la Liga. Lo que hizo Casquero, incapaz siquiera de elevar la pelota, fue la apoteosis de lo absurdo. El propio Antonin Panenka, el hábil jugador checo que batió a Sep Maier, en aquella final de la Eurocopa de 1976 frente a Alemania Federal, aseguró que se trataba del peor penalti que había visto tirar a un profesional y exclamó: «¡Cómo se le ocurre hacer eso con Casillas delante!»

Los porteros odian los penaltis a lo Panenka. Detenerlos no tiene por qué significar más que atajar cualquier otro disparo y, sin embargo, corren el peligro de quedar en evidencia ante cualquier provocador. El pequeño y excepcional guardameta Ivo Viktor, compañero de equipo del autor de la frivolidad más célebre del fútbol, amenazó a Panenka con retirarle el saludo si se atrevía a lanzar en un partido de competición la pena máxima de la manera que lo hacía en los entrenamientos. Posiblemente se arrepentiría de ello después de la tanda de penaltis que le dio la Eurocopa 76 a Checoslovaquia y en la que fue declarado mejor portero del campeonato.

Casquero, sumido en la desesperación por la injustificable violencia de Pepe, probablemente buscó el desquite humillando a Casillas en el mismísimo Bernabeu, pero le salió el tiro por la culata. No sólo no tenía que haberse arriesgado probando un lanzamiento que pocos se atreven a realizar, sino que probablemente no tenía que haber tirado él el penalti inmediatamente después del momento de tensión que había sufrido. Pero el caso es que incomprensiblemente lo hizo y suyo es el mérito de ser el último de la fila de los panenkas, título acreditado por el propio autor del famoso lanzamiento. El jugador del Getafe habrá olvidado la paliza de Pepe y seguirá acordándose del día en que decidió hacer el ridículo después de ser vilmente pisoteado.

Categoría: Minutos de descuento | Comentarios(0) | abril 2009 |

Inercia

Por Luis M. Alonso (26 de abril, 2009)

Los seis parados por minuto acabarán por dejar noqueado a este Gobierno del pleno empleo. Pero lo peor es que su inercia nos arrastra a todos. Por no haber, no hay ni conclusiones medianamente razonables sobre lo que está ocurriendo. La nueva vicepresidenta económica se ha estrenado en el cargo con más de cuatro millones de desocupados, la cifra más alta en la historia reciente de España, y lo primero que se le ha ocurrido decir es que los 800.000 nuevos parados prueban que el despido no es caro. De manera que, según esta teoría, no hay que preocuparse, las empresas pueden seguir permitiéndoselo.

La vicepresidenta primera se decanta, sin embargo, por el guión que han utilizado los socialistas a lo largo de todo el proceso, que consiste en quitarles importancia a los hechos y calificar de catastrofistas a los que expresan sus temores por que la cosa pueda ir a peor. Se empezó hablando de una desaceleración y hasta tildando de antipatriotas a los que rebatían la confusión transmitida por los ejecutivos de Zapatero y, ahora, María Teresa Fernández de la Vega, fiel a la consigna, ha asegurado que la perspectiva de cinco millones de parados es «un augurio apocalíptico».

Míster Pleno Empleo dijo en su día, y lo repitieron hasta anteayer sus ministros, que no había que preocuparse, ya que en España jamás se llegaría a los cuatro millones de desempleados. Y ya ven los lectores: estamos en 4.010.700, de acuerdo con las cifras del Instituto Nacional de Estadística.

En el dramático caso que nos ocupa, resulta más pertinente desconfiar que frivolizar. Pero lo que habría que hacer es empezar a tomar las medidas oportunas.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | abril 2009 |

La hermosa cocina del "bel canto"

Por Luis M. Alonso (26 de abril, 2009)

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Rossini no escribió más música porque se dedicó a componer arias perdurables con el foie y la trufa l Pavarotti, que popularizó su propio espagueti, no dejaba de pensar en la comida

La ópera es un perfecto acompañamiento del guiso, lo hemos visto en las grandes películas sobre la mafia

Puede que sea un tic adquirido de la literatura o el cine, pero escuchar ópera me anima a cocinar. Y cuando lo hago pienso en Pavarotti y, sobre todo, en el gran maestro de_Pesaro, autor de recetas inolvidables, Gioacchino Rossini. No hay música mejor para disfrutar de la comida que la ópera. Cocinar relaja y aún más hacerlo escuchando una aria estimulante.
La muestra presentada el año pasado en Roma sobre la vida del tenor que emocionó al mundo reveló que junto al piano que presidía el salón de su casa en Módena, además de sus botas de montar, los sombreros panamá que solía utilizar y la camiseta con su nombre del equipo de fútbol de sus amores, la Juventus de Turín, figuraba un gorro de cocinero.
El gran Luciano Pavarotti era un refinado glotón. Le gustaba hablar de comida, incluso en el camerino antes de cantar. «Es la mejor manera que conozco de rebajar la tensión escénica», decía el maestro de Módena, la patria del balsámico. La pasta era su religión. Como el vino, el caviar o la carne. Y toda, por supuesto, italiana. Gran aficionado a la cocina, los ingredientes que utilizaba en las recetas eran de su país. Los mismos que le llevaron a alcanzar los 170 kilos que llegó a pesar en la época de máximo esplendor. No perdía la oportunidad de refugiarse en los fogones. En Bilbao, todavía es posible que recuerden las arias que cantó en la cocina del hotel Ercilla, –provisto de mandil y gorro de cocinero y usando un cazo por batuta–, cuando bajó en persona a prepararse unos espaguetis Pavarotti, cuya receta se popularizó más tarde en Italia y que llevan tomate natural, hongos, aceitunas negras, cebolla, alcaparras y parmesano.
A los chinos se les quedaron los ojos a cuadros, cuando, en el hotel donde se alojaba, tuvieron que reformar una habitación para instalarle un office y unas placas a fin de poder colmar su apetito en los ratos de descanso. Cuando en 2003, los indios yocopa le dieron la bienvenida en Mexicali, Baja California, para actuar en el recital «La noche del sol», Pavarotti ya había ordenado que se le instalase una cocina en los alrededores del escenario para poder comer algo después de cantar.
Dos neveras industriales le acompañaban en todas sus giras. Las instalaba en su suite llena productos italianos con los saciar su gula. El mejor regalo que se le podía hacer era un buen caviar beluga o una botella de vino de calidad.
Herbert Breslin, que fue su mánager durante más de treinta años, resumió las obsesiones del divo en su libro «El rey y yo»: «No deja de pensar ni un momento en la comida. Cuando entra en una habitación husmea como si fuese un perro hasta que identifica algún olor».
Si Vincenzo Camuccini, o sea Gioacchino Rossini, no escribió más páginas inolvidables de la música fue porque le tiraba su otra gran pasión: la cocina. De modo que se retiró antes de tiempo y consagró el resto de su vida a la «bella tavola». El músico de Pesaro amaba las trufas y los tomates secados al sol y, con los grandes productos al igual que con las notas, firmó grandes sinfonías. Era tan delicado, paciente y enamorado de la comida que inyectaba en las pastas huecas foie y trufas cuando nadie lo hacía y conseguía resultados muy asombrosos.
Si hay una cocina de la ópera se debe a Rossini. Pero eso no quiere decir que las obras de otros grandes compositores, no cocineros, no inviten a ponerse delante de los fogones. La ópera es un perfecto acompañamiento del guiso. Así, por ejemplo, hemos visto en las grandes películas sobre la mafia cómo se cocina con Caruso o la Callas de música de fondo. Recuerden, por poner sólo dos ejemplos, El Padrino o Uno de los nuestros.
La cocción de la boloñesa es lenta y dulce. Cuanto más tiempo esté en el fuego más rica y profunda de sabor. Por eso, no es descabellado cocinar la boloñesa al tiempo que se escucha Rigoletto, preparar unos caneloni Rossini, con La Cenerentola, o una pasta con sardinas e hinojo, al modo siciliano, a los compases de Cavallería rusticana.
Rossini enamoró a la soprano Maria Colbran hablándole de una nueva receta con trufas, no de El barbero de Sevilla, que justo se acababa de estrenar. Rossini se desentendía de una partitura cuando le entraba el hambre o le venía a la cabeza una receta. Cocina y música eran sus dos grandes ocupaciones, pero la alegría del paladar era superior a la de cualquier placer. El maestro, indiscutiblemente, sabía vivir.
Los canelones al modo de Pesaro son los famosos canelones Rossini, rellenos de trufa y de higadillos de pollo, además de la ternera, y envueltos en nata y parmesano. Toda una receta internacional, lo mismo que el tournedó Rossini, que consiste, como sabrán, en solomillo acompañado de lonchas de jamón, queso gruyere, salsa bechamel y vino de Marsala.
Cerca de Pesaro conocí un restaurante de un incondicional de Rossini, dedicado a sus especialidades culinarias y donde se escuchan operas bufas. Hace ya un tiempo, un canal de pago de televisión pasó una serie de programas realizados en Londres con las recetas de Carluccio, chef italiano afincado en la capital inglesa, con la música de Rossini como único sonido ambiente. Espectaculares las recetas y animada puesta en escena. Si tienen oportunidad de ver la serie, no se la pierdan.
De inspiración rossiniana hay una preparación que me gusta mucho. Se trata de emparedar anchoas y parmesano con hojas frescas de salvia, rebozarlas en pan rallado y freírlas en abundante aceite. Se sirven con ensalada tomate y mozzarella, con un aliño suave de aceite y orégano.
Y otra más. Un farfalle (pasta con figura de mariposa) acompañado de higadillos de pollo y trufas de verano. Se saltea cebolleta con mantequilla, se incorporan los higadillos, luego un poco de puré de tomate y media copa de jerez. Si espesa demasiado se rebaja con caldo de pollo. Se deja guisar un rato y en el último momento se incorpora el farfalle. Servir con la trufa de verano rallada y, si se prefiere, con parmesano.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | abril 2009 |

Baedeker para moverse en la intriga

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2009)

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Observación, enlaces y turismo en las novelas del género negro

No se me ocurre otra cosa mejor que hablarles de libros. La literatura es detalle y observación y no siempre es necesario citar como ejemplo de ese orden establecido a Nabokov. Sé por Chandler que el olor de los eucaliptos es el del rastro del gato macho marcando su territorio. Pero sólo me he atrevido a corroborarlo después de habérselo leído al autor de El largo adiós. Otras veces, un relato me ha traído de vuelta la imagen de un lugar, como ha ocurrido con Benjamín Black/John Banville cuando escribe sobre los crepúsculos neblinosos de verano en Dublín.

Dedico parte de mi tiempo mejor aprovechado a Andrea Camilleri y a su microcosmos siciliano. He leído la investigación sobre el caso de las monjas de clausura del convento de Palma di Montechiaro, Las ovejas y el pastor, y la lectura me ha llevado de inmediato al autor de El Gatopardo, por la relación del citado convento con la familia de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. De Camilleri leo también el diccionario sobre la mafia, «Vosotros no sabéis», interesante retrato sobre Bernardo Provenzano, pleno de color local, y de ahí salto a La honorable sociedad, de Norman Lewis, editado por Alba. ¿Quién ha dicho que sólo internet permite la navegación mediante enlaces? Para completar el ciclo hojeo Ardores de agosto, una novela más del entrañable comisario Montalbano, resignado a pasar con su novia el mes más caluroso del verano en la playa.

Sigo a cierta distancia a otros autores del llamado género negro que son, sin embargo y desde hace tiempo, muy populares. Las novelas de la escritora italoamericana Donna Leon tienen dos tipos de lectores: los que buscan en sus páginas el suspense de las historias que cuenta y aquellos otros que se sienten viajeros pendientes de un Baedeker poco convencional, en una Venecia fuera de los circuitos turísticos. Seix Barral ha publicado la última entrega de Leon, La otra cara de la verdad, una intriga, esta vez, relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. La nueva peripecia del comisario Brunetti, un personaje perfectamente identificable para quienes han disfrutado de Maigret en las novelas del gran Simenon, se lee en un pispás como otras novelas de la autora.

Si Brunetti nos lleva de paseo por una Venecia oculta a los ojos del turista, Kostas Jaritos, el comisario griego de Petros Márkaris, sirve de guía a los lectores para adentrarse en el dédalo de culturas de Estambul. Sorprendido en un viaje turístico con su mujer, Jaritos se ve obligado a investigar un asesinato junto a su colega turco Murat. Márkaris utiliza como telón de fondo la pequeña comunidad griega estambulita tras el éxodo de 1955, algo que él conoce perfectamente por haberlo vivido. Quien haya estado alguna vez en la vieja Constantinopla sabrá reconocerla en este párrafo: «Cruzo la plaza Taksim y me zambullo en la marea humana de Pera. Es extraño. Normalmente, el gentío que sube es más o menos igual al gentío que baja. Sin embargo, en todo momento tengo la sensación de que la gente se me echará encima y de que he de estar preparado para saltar a un lado». ¿Verdad que les suena?

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | abril 2009 |

Bath, curvas georgianas

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2009)

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Han pasado algunos años, pero aún retengo el momento. Estoy en la graciosa curva georgiana del Royal Crescent, sentado en la pradera verde intenso del Victoria Park, ojeando un par de libros que media hora antes compré en un anticuario cercano a Milson Street. Hago algo de tiempo hasta la hora del té, que no es a las cinco, como se insiste, sino apenas pasadas las cuatro.

He paseado desde Great Pulteney Street, cruzado el puente sobre el Avon, deteniéndome en los escaparates de los comercios, sin dejar de prestar atención a los viandantes. En algún momento he sentido curiosidad por testar en las calles las palabras de la residente más ilustre. Jane Austen escribió que el inconveniente de Bath, una ciudad que deslumbra por su arquitectura, es la inversa proporción en belleza de sus mujeres. «El pero de esta población era el sinnúmero de caras insignificantes. No quería decir que no hubiera allí mujeres agraciadas, pero sí que el número de feas era desproporcionado», contó en Persuasión, donde uno de los protagonistas de la novela observa que a una cara hermosa seguían treinta o treinta y cinco adefesios. «Recordaba que hallándose una vez en una tienda de Bond Street, habían desfilado ante su vista, una tras otra, ochenta y siete mujeres, sin que entre ellas registrase un rostro pasable».

En cambio, la inglesa que me facilita información sobre el Bath de Jane Austen, en el centro de Gay Street dedicado a la escritora, se libra del estereotipo de fealdad. Gracias a ella sé que el Cavendish (Great Pulteney St.) es el lugar idóneo para comer el rosbif con pudin de Yorkshire y el salmón bañado en mantequilla de eneldo, pero que hay que tener precaución con los precios de la carta de vinos. Que las especialidades tandoori del Rajpoot (4, Argyle St.) son tan buenas como las del mejor restaurante indio de Inglaterra y que no hay que dejar de tomar el té cream de la Pump Room después de la visita obligada a los baños romanos. Y lo relajante que es darse una vuelta por el countryside. Al menos, hermosos consejos.

Categoría: Búsquenme allí | Comentarios(0) | abril 2009 |

La aromática Monastrell reina en un vino goloso

Por Luis M. Alonso (25 de abril, 2009)

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He aquí un vino intenso -procedente de un ensamble de monastrell (80%), cabernet sauvignon, garnacha tintorera y algo de petit verdot- para disfrutar en las largas tardes que se avecinan. Las Bodegas Sierra Salinas se fundaron en Villena (Alicante) hace cinco años aproximadamente. La familia Castaño adquirió en 2000, en la división con la provincia de Murcia, las parcelas de las que ahora sale un vino tan goloso como maduro, listo para beber.

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Otro Toro de Mariano García con personalidad
Maurodos elabora este tinto San Román, uno de los primeros en transmitir el gran potencial del viñedo zamorano. Mariano García, una de las personas que más sabe de vino de este país, fundó Mauro después de treinta años, muchos de ellos como enólogo, en las bodegas Vega Sicilia. Acto seguido buscó en Zamora la fórmula mágica de gran expresión y complejidad de la tinta de Toro. El resultado es San Román, que ya se ha hecho un vino grande.

Categoría: Vinos y otros tragos | Comentarios(0) | abril 2009 |

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