Cuántos sacos

Por Luis M. Alonso (31 de marzo, 2009)

La diputada socialista avilesina, Mariví Monteserín, se ha quejado de que a sus señorías las metan a todas en un mismo saco cuando se juzga la dedicación exclusiva en el Congreso. Lo que ella quiere decir es que no es justo tener que pagar el mismo descrédito -al final, lamentablemente, sólo queda en eso- por percibir ingresos de unas conferencias, o en su caso en derechos de creación literaria (?), que por mantener una o distintas actividades profesionales y paralelas, de forma regular. Como ocurre por ejemplo con su compañero Álvaro Cuesta, los populares José María Michavila, Fernando Amor y otros pluriemplados del parlamentarismo español.

Igual, la solución es hacer sacos distintos, más grandes o pequeños, como prefiera la diputada, pero evidentemente hay que meter a la gente en sacos, porque todo aquello que sea cobrar más de lo que suponen los ingresos por la labor en el Congreso no tiene el menor pase y, menos, en las circunstancias actuales. Una conferencia, una mesa redonda, un artículo, un bufete, la gestión de patrimonios o la venta de los derechos del fútbol son trabajos al margen del cometido por el que cobran sus señorías. Como sus señorías están, además, muy bien retribuidas por el erario con respecto a la mayoría de los españoles, lo único que se les pide es respeto a las incompatibilidades. ¿Es mucho exigir?

Finalmente, están los diputados que comparten su escasa dedicación al Congreso con su aportación a los ayuntamientos, pero que, sin embargo, siguen cobrando las dietas de un sitio y, al mismo tiempo, del otro. ¿Habrá mayor desvergüenza que duplicar las dietas?

Un total de 250 diputados han reconocido ingresos que se suman a su sueldo oficial que, por lo general, roza los 5.000 euros. Ya me dirá la diputada avilesina en qué sacos los vamos metiendo a cada uno, en función de lo que trincan, pero el caso es que no hay por donde cogerlo. Encima hay absentismo.

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Los dos grandes capitanes de la Bienamada

Por Luis M. Alonso (30 de marzo, 2009)

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Javier Zanetti llegó al Inter por la puerta de atrás de la mano de Massimo Moratti y allí ha permanecido catorce años; ahora ha superado el récord de partidos del mítico Facchetti, el futbolista que inventó el carril

Si hay un jugador identificable con unos colores es el argentino Javier Zanetti, gran capitán de la «neroazurra». Zanetti llegó al Inter de Milán sigilosamente y allí han transcurrido los catorce últimos años de su vida, fijo en las alineaciones y sin sufrir jamás un dolor de estómago, como ha recordado estos días atrás «La Gazzetta dello Sport».

La semana pasada, en un choque con el Reggina, alcanzó los 635 partidos con la misma camiseta, superando nada menos que a Giacinto Facchetti, un nombre mítico en la sociedad deportiva de la Via Durini, también conocida por los italianos como la Bienamada. Hay que tener en cuenta que Giacintone lo fue todo en el Internazionale, «capitano» de una potente escuadra y, después hasta su muerte en 2004, presidente de un club que en los últimos años ha vuelto a ganar escudetos tras una larga sequía de títulos desde 1989.

Empecemos por Facchetti, un defensa sprinter que, cuando debutó en el Inter a los 19 años, contaba con físico de decatlonista -1,88 metros de altura y 85 kilos de peso- y corría los cien metros en menos de 11 segundos. El Tanque, como también lo llamaban, revolucionó la banda con sus veloces subidas al área contraria, de la misma manera que Beckenbauer dio sentido al puesto de líbero, más allá del prototipo del defensa central marcador. Facchetti inventó una nueva circulación por el carril lateral de los campos de fútbol. En el Inter, su club, y en Italia, su país -fue internacional en 94 ocasiones, ganando la Eurocopa de 1968 y disputando la final del Mundial de 1970- nunca le estarán lo suficientemente agradecidos.

Entre los recuerdos rescatados de la infancia tengo el de aquel fabuloso Internazionale de Helenio Herrera, de las dos copas de Europa sucesivas, cuya alineación sabíamos de memoria: Sarti; Burgnich, Guarneri, Facchetti; Bedin, Picchi; Jair, Mazzola, Peiro, Suárez y Corso. La primera de ellas fue frente al Real Madrid de Di Stefano, en 1964. Tres a uno en el Prater de Viena, con dos goles del gran Mazzola y uno de Milani. Felo marcó para el Real Madrid. Di Stefano nunca olvidaría aquel partido y mucho menos la discusión que mantuvo con Miguel Muñoz por el fallido planteamiento táctico. Resulta que Muñoz estaba obsesionado por Facchetti y sus rápidas incursiones por la banda izquierda. «Le había dado una importancia bárbara como si fuese Gento», contó después la Saeta Rubia.

El caso es que el entrenador madridista decidió colocar a Isidro, atento exclusivamente a frenarlo en sus subidas, y la respuesta de Facchetti fue simplemente no moverse y permanecer en su demarcación defensiva retrasada. Resultado: el Real Madrid jugó con uno menos. Di Stefano y Muñoz acabaron mandándose a freír espárragos durante el partido, que, además, fue el último disputado en el Real Madrid por el extraordinario jugador.

En la surtida baraja argentina del fútbol hay reyes como Di Stefano o Maradona y grandes gregarios, como es el caso de Javier Zanetti, que a los 35 años y después de catorce sirviendo al mismo club aún parece tener cuerda para rato y está dispuesto incluso a igualar, aunque resulte sumamente complicado, los 750 partidos de otra leyenda interista: Giuseppe Bergomi.

Zanetti llegó al Inter en 1995 procedente del Banfield. Lo hizo de la mano de Massimo Moratti, un singularísimo presidente, famoso por equivocarse en las adquisiciones y todavía más en los traspasos de futbolistas. Moratti esa vez no erró. Se le conoce por el Tractor y también por Il Gran Capitano. Su juego, por la banda derecha, o en posición algo más avanzada como volante, tiene muchas de las características del de Facchetti. Velocidad para incorporarse al ataque y también para replegarse a defender. Su liderazgo, influencia moral y anímica sobre los compañeros es indiscutible. En las gradas lo adoran. Los «tifosi» le han dedicado una canción en la que comparan su dribling con el de Pelé.

El bienamado de la Bienamada se llama Zanetti. Como durante tantos años lo fue aquel jugador que le amargó la final del Prater a Di Stefano.

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Shalom, encended las velas

Por Luis M. Alonso (29 de marzo, 2009)

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Kosher, delicatessen, la combinación de sabores centroeuropeos y mediterráneos de una cocina alimentada por la diáspora en vísperas de la celebración de la pascua judía

Las delis introdujeron _la costumbre de comer fuera de las familias judías que emigraron _a Nueva York en las primeras décadas _del siglo pasado

Se suele decir que el ingrediente básico de la cocina de las madres judías son las lágrimas. Nadie se explica entonces de dónde provienen los dulces, por ejemplo la plava tan típica del pésaj. He oído también que el único plato auténticamente judío es el gefilte fish, pescado relleno, que se come con jrein (mezcla picante a base de rábano rallado). Tradicionalmente se hacía en Europa central con no menos de tres tipos diferentes de pescado de mar y de río, porque los pobres sólo podían comprar los restos en las pescaderías. Hay quienes sostienen que la verdadera cocina judía es un compendio de amargura y escasez, pero esa teoría se viene abajo en el momento en que uno se sienta a la mesa y por ella empieza a desfilar el variado repertorio producto de la diáspora. Los judíos se adaptaron a cada lugar y tomaron tradiciones que había en los lugares a donde llegaban. Hay una cocina romana judía que viene de siempre, hay comida judía polaca y comida judía india. Cada familia fue adaptándose al lugar. El patrimonio culinario se enriqueció.
Si no fuese por los preceptos y los rituales la tradicional cocina judía nos llevaría sin más a una combinación de sabores de platos tradicionales centroeuropeos, por un lado, y mediterráneos, por otro. La kashrout conjuga las leyes dietéticas. Se trata de un conjunto de prescripciones alimentarias basadas en la Ley Divina, en la Biblia y en el Talmud. Kosher significa apto para el uso. Comer alimentos elegidos, preparados y combinados según sus reglas es sinónimo de calidad, pureza, salud del cuerpo y del alma. El ternero no debe cocerse en la leche de su madre, según un pasaje del Deuteronomio. Por eso es necesaria la separación de ciertos alimentos, los lácteos y la carne. Esta última deberá desangrarse durante el sacrificio. Sólo se comerán aquellos animales que sean rumiantes y tengan la pezuña partida en dos. Son impuros el cerdo, que sí tiene la pezuña partida pero no es rumiante, o el conejo, que es rumiante pero no tiene la pezuña partida, al igual que el camello. Los pescados con aletas y escamas pueden comerse, pero no así los mariscos. El judaísmo es consciente de la irracionalidad que entraña no comer, por ejemplo, cerdo. Pero también se entiende que en ocasiones hacemos cosas irracionales para satisfacer a los seres queridos. En este caso a Dios. Pero ¿son todos los mitzvot caprichos divinos sin explicación racional? No. Los preceptos de la Torá se dividen en tres categorías: mishpatim (leyes racionales), no asesinar, no robar, honrar a los padres, etcétera; edot (leyes testimoniales), el shabat, el pésaj, tefilín y otras; por último, jukim (estatutos irracionales), que comprende la prohibición de comer carne de cerdo o cocinar carne con leche.
El hilo de la historia nos lleva a la Pascua judía. El próximo 8 de abril se encenderán en cientos de hogares judíos las velas del séder, la gran cena pascual, y habrá que elevar la copa de vino en cuatro ocasiones, para proceder a la bendición, al haggadah (palabra de Dios), a la redención, la alabanza y la paz. El pésaj es la festividad que conmemora la salida del pueblo hebreo de Egipto. La gran cena consiste en el pan ácimo (matzoh) que el jefe de la familia o el líder espiritual reparte como símbolo de unidad. Se comen las hierbas amargas (perejil o cualquier otra similar) remojadas en agua salada, el cordero asado, el charoset (potaje hecho con almendras, manzana, canela y vino) y el huevo cocido. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta la presencia de un hueso seco para recordar el «cordero de Dios que quita los pecados del mundo».
Las delis (delicatessen) introdujeron la costumbre de comer fuera de las familias judías que emigraron a Nueva York en las primeras décadas del siglo pasado. El hábito hasta entonces era hacerlo en casa. De modo que el Lower East Side se pobló de granjas, establecimientos donde se almorzaban sopas vegetales, borek (empanadas de queso y espinacas, de tradición búlgara), y pastas saladas. También de charcuterías alemanas, con barriles llenos de pepinillos y coleslow (ensalada de col), morcillas, jamones, speck (carne de buey secada al aire libre), pastrami (buey ahumado), corned beef (carne de buey salada), lengua encurtida, además de arenques, albóndigas de lucio, salmón ahumado y blinis, goulash y sopas del este de Europa, empezando por el bortsch ruso, cuyo principal ingrediente es la remolacha.
Katz´s Delicatessen, del Lower East Side, donde se pueden comer incomparables pepinillos al eneldo y los mejores bocadillos de pastrami de Nueva York, es también el lugar donde Meg Ryan simuló su orgasmo en la película «Cuando Harry encontró a Sally». La última vez que estuve en el local se seguía despachando en las mesas y en los mostradores como seguramente lo hacían cuando se abrió en las primeras décadas del siglo pasado. Y la cosa, según he leído y me han dicho, no ha cambiado mucho. Para los famosos pepinillos al eneldo (pickles) y demás encurtidos existe también Essex St. Pickles, en el mismo barrio, y en la misma tradición judía.
Nueva York es paraíso de las «delis». En el Lower East Side proliferan por todas las esquinas, junto a las charcuterías de grandes escaparates y las lecherías, donde se comen borek, panecillos de todas las clases y crujientes bagels (roscas) rellenos de crema agria.
Los bocadillos de pastrami, speck o corned beef hay que servirlos con las lonchas de la carne cortada muy fina y haciendo montaña dentro del emparedado. El pan del sandwich es necesario que sea también muy fino, tostado o sin tostar. Otra de las ofertas apetitosas de las mejores delis es cenar caviar o salmón con blinis, acompañado de una botella de vino blanco o, si uno se siente pletórico, con vodka.
En la deli de Jo Goldenberg, 7, Rue des Rosiers, París, se pueden comprar y comer estupendos blinis, caviar, salmón y uno de los mejores pastrami. El restaurante, que reúne una colección preciosa de samovares, ofrece una muestra completa de cocina centroeuropea con buen zakouski (patés rusos) y alguna que otra concesión mediterránea (la mousaka) o francesa (el tradicional puchero de carne y verduras, (pot au feu).
El 9 de agosto de 1982 fue una fecha que nunca se olvidará en el viejo distrito del Marais. Dos encapuchados entraron en el popular restaurante y abrieron fuego, matando a seis personas e hiriendo a otras veintidós en un atentado antisemita. Goldenberg sigue siendo dos décadas y media después un lugar muy frecuentado, en pleno enclave judío. El viejo propietario, Joseph Goldenberg, perteneciente a una familia de supervivientes rusos de los campos de exterminio nazi, seguía hasta no hace mucho interesándose en las mesas por los clientes que hablan yiddish.
La cocina judía no es una sola sino varias, dependiendo de la procedencia. Los ashkenazi y los sefardies, que son los dos grandes grupos hebreos, marcan las tendencias. La primera, centroeuropea, es delicada, con especial atención a las legumbres en salmuera, los pepinillos, las carnes de buey, la alta charcutería y la repostería. En la segunda, mediterránea, domina el cordero, el aceite de oliva, las berenjenas, las alcachofas y las especias.
En ambas, el pan tiene un papel esencial: los bagels (roscas con distintos sabores), el pumpernickel (con melaza), el challah (en forma de coleta) y el matzoh, omnipresente en las preparaciones de la cocina kosher.
Se encienden las velas. Sin luces no hay fiesta. Shalom.

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Sastres a medida de los políticos

Por Luis M. Alonso (29 de marzo, 2009)

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La relación del poder con la alta costura tuvo tiempos mejores que los de ahora con la polémica de los trajes de confección de Camps
El zapatazo de Kruschev en la ONU_le abrió las puertas de la historia a Litrico, precursor de un estilo italiano en el vestir y sastre de jefes de_Estado
El término inglés «bespoke» podría traducirse al castellano por apalabrado. Durante años se ha utilizado como el distintivo en Savile Row, la calle con más sastrerías de Londres, en el distinguido barrio de Mayfair. De hecho, la asociación de sastres local lleva el nombre Savile Row Bespoke. Los grandes maestros del paño han hecho historia en Inglaterra y en estos momentos atraviesan horas bajas debido a la invasión de los trajes hechos a máquina que cuelgan en los escaparates de Sartoriani, en la vecina Old Bond Street. De una calle a otra media la diferencia entre un traje «bespoke» de 5.000 libras (6.300 euros) y uno de 495 libras (625 euros). No hace todavía mucho, Mark Henderson, presidente de la asociación de sastres londinenses, hizo una advertencia pública: «Que nadie piense que un traje de 500 libras pueda estar hecho totalmente a mano. Una máquina no puede sustituir la experiencia, la calidad artesana y el quehacer experto».
El primer revés ya lo sufrió Savile Row cuando Lindy Hemming, responsable del vestuario de la serie cinematográfica de James Bond desde «Goldeneye» (1995) hasta «Casino Royale» (2006), decidió que al agente 007, en vez de un sastre londinense, debería vestirlo la firma italiana Brioni. Ian Fleming no había mencionado en sus libros marcas ni etiquetas para su popular personaje, pero fue Terence Young, director de «Dr. No» (1962), quien propuso que fuese su propio sastre, Anthony Sinclair, el encargado del vestuario de Sean Connery, con el fin de imprimirle personalidad. Así ocurrió, película tras película, durante un largo tiempo. Ahora, en la nueva etapa con Daniel Craig, Brioni ha sido sustituida, a su vez, por los servicios del estadounidense Tom Ford.
El gremio de sastres de Savile Row, que ha alzado la voz para prevenir al cliente sobre la diferencia entre un traje hecho a máquina con pretensiones y uno cortado y cosido a mano, no tendría grandes pitos que tocar, al menos, entre los políticos varones españoles a los que se les ha empezado a revisar el porte con motivo de la polémica sobre el vestuario del presidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps, un asunto que ha acabado en los tribunales. Como tampoco tiene nada que hacer el manchego José María Reíllo, presidente del Club de Sastres, o el valenciano Antonio Puebla, que ha cortado trajes a medida, entre otros, para Salvador Dalí, Orson Welles y Eduardo Zaplana, como se ha oído estos días una de las pocas excepciones entre los dirigentes políticos españoles que, por lo general, suelen sentirse más cómodos con modelos de Hermenegildo Zegna, Emidio Tucci, Caramelo, Milano o Forever Young, marcas todas ellas de prestigio en el mundo de la confección pero no de la más alta etiqueta sartorial. Al Club de Sastres le ha sentado mal que a José Tomás, el hombre que surtía el guardarropa de Camps, y que ha declarado ante el juez Baltasar Garzón, se le considere del gremio cuando, según esta sociedad, sólo se trataría de un simple vendedor, todo lo más de un costurero.
Sastres ingleses, españoles, italianos… ¿Qué no diría, por ejemplo, el legendario Angelo Litrico, del gusto de los dadivosos proveedores de Camps? Aunque ahora no ocurra así, hubo un tiempo en que fueron los políticos quienes encumbraron a la alta costura masculina. Es, por ejemplo, el caso de Litrico, considerado el sastre más célebre de Italia, precursor del éxito de la moda transalpina en el mundo y un hombre al que Nikita Kruschev elevó a la categoría de mito.
Nacido en 1927 en el seno de una familia humilde de Catania (Sicilia), fue allí donde también comenzó a trabajar en una pequeña sastrería. Convencido de su capacidad, se trasladó a Roma; abrió un negocio y pronto empezó a tomarles la medida a las celebridades. Su primer cliente famoso fue el actor Rossano Brazzi, al que le hizo un esmoquin de seda, que luego otros quisieron imitar. Por sus manos pasaron famosos como Marcello Mastroianni, Renato Guttuso, Vittorio Gassman, Amadeo Nazzari, Richard Burton, John Huston, Domenico Modugno, Christian Barnard y hasta Ungaretti. O jefes de Estado y políticos: John F. Kennedy, Bob Kennedy, Tito, Enrico Berlinguer, Nixon, Perón, Hussein de_Jordania, Eisenhower y el citado Kruschev. Entre todos ellos le abrieron las puertas de la Historia.
Pero ¿qué pasó con Kruschev? El mandatario soviético le encargó en 1959 al sastre de Catania un guardarropa para no desentonar del resto de los líderes mundiales. Litrico viajó a_Moscú para cumplir con el pedido. El encargo incluía hasta el zapato del que se valió un año después en aquella sesión de la ONU para expresar coléricamente su disconformidad con la intervención del jefe de la delegación filipina. La prensa mundial reflejó el incidente y en 37 lenguas distintas. Fue el espaldarazo definitivo del mito.
Angelo Litrico murió en 1986. La firma la heredó la familia. Ella mantiene en la plaza Campitelli de Roma abierta su sastrería, que incluye un pequeño museo sobre el precursor de un estilo en el vestir. El negocio ha crecido. Con la habilidad que caracteriza a los italianos, ha sabido compaginar el prêt-à-porter y la exportación, con la tradición artesanal, lo que no ha ocurrido en_Savile Row.
La clientela política sigue siendo fiel a_Litrico, aunque en un plano más discreto.

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Igual que ayer

Por Luis M. Alonso (29 de marzo, 2009)

El partido coleccionista de conflictos se encuentra de nuevo a la espera de lo que diga el juez para ver si puede seguir adelante con un congreso local que divide a la militancia. Una parte de ésta cuestiona a su presidente, el diputado regional Joaquín Aréstegui, de la misma manera que lo hacía hace algo más de cuatro años, por los mismos motivos y en las mismas circunstancias: ventajismo y supuestas ilegalidades.

Aréstegui, que quiere alcanzar en el PP de Avilés el récord de Álvaro Álvarez en el PSOE y que se postula, además, para las mayores metas en el Principado, ha logrado dos cosas que lo distinguen y que hacen de él un dirigente admirable: dividir a la militancia, ganarse el desafecto hasta de sus antiguos colaboradores y perder una tras otra las últimas elecciones. Su mérito, por tanto, es extraordinario y no son de extrañar sus aspiraciones. Sus detractores lo tienen desde hace tiempo identificado, pero son incapaces de tomarle la medida. Aseguran que hace trampas y por eso es imposible ganarle unas elecciones. La verdad es que, por una u otra razón, nunca llegan a tiempo. Seguramente, si el juez no decide otra cosa, ocurrirá lo que otras veces y dentro de cuatro años el PP volverá a lo mismo con Aréstegui, que para entonces habría acumulado ya cerca de veinte años, o con un apéndice de él.

Lo triste de todo esto es que en un partido tengan problemas para pronunciarse hasta los propios afiliados cuando debería poder hacerlo todo aquel que quisiese, tenga o no carné de militante ¿O no le estamos pagando todos los contribuyentes al PP existencia y manutención? ¿Acaso alguien se cree que sale de las cuotas de sus atribulados seguidores? Eso es lo triste; lo peor es estar en manos de estos demócratas de pacotilla o poder llegar a estarlo algún día.

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La música callada de los nazarenos

Por Luis M. Alonso (29 de marzo, 2009)

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Rufino Arrojo, hermano mayor de Nuestro Padre Jesús de la Esperanza, aboga por una mayor colaboración entre las cofradías de la mejor Semana Santa, que estrena pasos

Cuentan que sucedió en el siglo XVII, pero no hay fecha concreta para datarlo. Al Cristo de la Agonía lo arrastró el mar desde Irlanda hasta nuestras costas. Unos pescadores avilesinos encontraron la imagen y la llevaron en procesión hasta la vieja iglesia de los Padres Franciscanos. Los zapateros, que lo eligieron su patrono, le confeccionaron calzado de plata y permaneció en el templo hasta la Guerra Civil. Luego, al igual que fueron quemadas otras imágenes religiosas, acabó siendo pasto de las llamas y de la intransigencia, tan sólo a unos pasos en la plaza de Carlos Lobo.

Rufino Arrojo, hermano mayor de la Cofradía Nuestro Padre Jesús de la Esperanza, cuando se le pregunta por la imaginería de la Semana Santa local, recuerda el patrimonio que se perdió en los años de la contienda.

-Pero todavía hay valiosas imágenes. No hay que olvidar que Jesús de Galiana es del famoso escultor Luis Marco Pérez.

Efectivamente, la talla de Jesusín de Galiana, de conmovedora belleza y gran expresividad, es obra del conquense Luis Marco Pérez, uno de los mejores imagineros españoles del siglo XX, fallecido en 1983. En su honor, compuso el maestro Alfonso Cabañas la marcha procesional que lleva por título: «Marco Pérez ha muerto». Y en la leyenda que rodea a la talla avilesina figura que el Señor le preguntó al imaginero: «¿Dónde tú me viste que tan bien me hiciste?».

La belleza en las procesiones españolas de Semana Santa la transmiten a devotos y no devotos artistas como Salcillo o el propio Marco Pérez, los Cristos de Montañés o la Dolorosa de La Roldana. Hay pasos muy emocionantes, luces quietas, saetas y un misticismo en las calles que algunos llaman recogimiento. Y, sobre todo, una música callada.

La Semana de Santa de Avilés se ha convertido en una de las mejores del Norte. Ayudan la escenografía y el decorado del casco histórico, pero nunca será suficientemente recompensado el esfuerzo de los cofrades avilesinos por levantar una celebración que durante años sufrió fuertes depresiones. Suyo es el mérito de que la festividad sea de interés turístico regional.

La Dolorosa llorando, el desenclavo, el «baile» de los sanjuaninos, el Nazareno arrodillado con la cruz a cuestas, la imagen de la Verónica, el paño con la cara de Cristo, el emotivo paso de la Tercera Palabra, la Soledad entre luces y lágrimas, etcétera… Todo ello viene en estas fechas al encuentro de los avilesinos y de los visitantes. Sólo hace falta que acompañe el buen tiempo en las procesiones para no tener que esperarlas en las calles, impacientes, mirando el reloj por si desde el cielo a la Virgen le da por echar unas lágrimas. Nosotros no tenemos, como en Sevilla, la clepsidra del Guadalquivir para contar los minutos hasta que aparecen las primeras cofradías de Triana.

En Avilés, las procesiones no arrastran la dura gravedad de las castellanas, dice Arrojo, pero tampoco la levedad festiva de Andalucía. Digamos que se mueven en un plano intermedio entre las sombras y el espectáculo. A partir del próximo domingo están programadas diez salidas con quince o dieciséis pasos en los que participan más de mil nazarenos de ocho cofradías. Digo ocho, porque este año tomará la alternativa, un jueves al mediodía, la Hermandad del Paso de Judas, túnica blanca, fajín negro, capa negra y verdugo, con sede en San Nicolás de Bari.

San Juan Evangelista es la cofradía más antigua y la única que no admite mujeres; está integrada por varones, solteros, menores de 32 años. Porta a hombros el paso, con una energía que hace vibrar y hasta saltar al santo en algunos momentos del recorrido. Los cofrades de Nuestra Señora de los Dolores, también llevan a hombros a la Dolorosa. El resto de los pasos van sobre ruedas.

-Con ruedas ¿no pierden vistosidad?

-No tiene tanta importancia que el paso sea a hombros, a ruedas o con costaleros. Lo importante es llevarlo dignamente. Si no hay costaleros es porque se necesitan muchos y habría que detraerlos.

Arrojo es un libro abierto sobre la Semana Santa. Administrativo en la lonja de Avilés, este año le ha tocado la organización de las procesiones y del resto de los actos programados. Es su tercer mandato al frente de una de las cofradías más jóvenes, fundada en 1997 en la iglesia de los Padres Franciscanos, y encargada de abrir las procesiones con el paso de la Borriquilla.

No le parece mal la sana competencia entre los cofrades, pero también dice que una mayor colaboración redundaría en favor de la Semana Santa. Buena ocasión para empezar a hablar de ello después de los momentos de tensión vividos por las cofradías a causa de la exhibición del lazo antiaborto, que finalmente se ha resuelto en paz y a gusto de todos.

-Ese tipo de cosas deben plantearse en otro marco. Habría que recordar aquello de «dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César».

Una vez más, lo trascendental y lo temporal.

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"Dedicación exclusiva"

Por Luis M. Alonso (28 de marzo, 2009)

He leído que de 350 diputados del Congreso, sólo 34 tienen dedicación exclusiva. Es decir, los otros cobran muy por encima de lo que percibe la inmensa mayoría de los españoles para representarles y no sabemos por qué ni a fin de qué.

Para que los lectores lo entiendan, si es que esto se puede entender, los diputados que no tienen dedicación exclusiva, a lo que se dedican es a votar. Por regla general, sólo van al Hemiciclo cuando se producen votaciones o tienen que asistir como palmeros a las intervenciones de los líderes de la mayoría y de la oposición, o simplemente de sus jefes de escuadra. Sé que cualquiera de ellos puede decir mañana o pasado eso que tantas veces hemos escuchado ya de que la labor de un congresista no se limita únicamente al escaño, que hay otras muchas funciones como son preocuparse de los problemas de los electores allá donde los tengan. Sí, sí.

En las Cortes de Cádiz, que ahora empezamos a conmemorar, se bautizó como culiparlantes a los diputados que no intervenían en las sesiones y cuyo único esfuerzo consistía en pegar y despegar el culo del escaño. Bueno, pues a eso es a lo que se dedican los 316 diputados de la Carrera de San Jerónimo sin la llamada «exclusividad», incontables diputaditos de las diecisiete autonomías españolas e innumerables concejales de ayuntamientos de todo el país. Cobran del erario pero no trabajan. El partido los elige en listas cerradas y los españoles los bendicen con su voto para que sigan derrochando esfuerzo con los suyos.

El paro les preocupa relativamente, sólo cuando se acercan las elecciones y pueden correr el peligro de que el partido los sustituya por otros tan inútiles como ellos pero más sectarios o serviles. En este caldo de miseria económica en que nos estamos cociendo, el absentismo prolongado de nuestros representantes, que sólo representan al partido que los coloca, es una bofetada diaria a la inteligencia, al civismo y a la decencia.

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Preguntas sobre Pepe

Por Luis M. Alonso (27 de marzo, 2009)

A Bernard Madoff y a José Pérez Díaz no hay mucho que les diferencie en su modus operandi, salvo la evolución propia del género de guante blanco, que, como ocurre en otros órdenes de la vida, se renueva para hacer de la estafa una de las bellas artes. Visto así, de la misma manera que a Pepe el del Popular se le conoce por «el Madoff asturiano» a Bernie, el hombre que modernizó la Bolsa de Nueva York, se le podría identificar también por «el Pepe Pérez de Manhattan». Lo que efectivamente hay entre estos dos artistas de la pirámide es una diferencia a escala, de millones: lo que va de estafar al Universo a limitarse a Santander. Esta diferencia en términos cuantitativos podría justificarse teniendo en cuenta que Madoff nació en Nueva York y nuestro Pepe, en Allande.

Pero, además de la cuantitativa, existe una diferencia interpretativa entre los dos estafadores. Mientras que el modernizador de Wall Street tenía claro, como declaró, que su detención podría producirse en cualquier momento y que este desenlace sólo era cuestión de tiempo, Pepe el del Popular parecía vivir ajeno a este tipo de circunstancias, después de dieciocho años a salvo en un mismo país y huido de la justicia. Si no, no se entiende que lo hayan pillado de modo tan ingenuo mientras tramitaba bajo nombre falso un visado en la Embajada de Estados Unidos.

Madoff entendía que el suyo era un camino hacia adelante y sin retorno, pero a José Pérez Díaz el tiempo transcurrido desde que salió de naja en 1991, tras el desfalco, debió de parecerle el mayor blindaje para su seguridad. Es cierto que intentaba viajar a Chicago con una identidad distinta y que ello puede servir para aclarar que era consciente de su situación, pero en un hombre con esa destreza para engañar a los demás resulta inexplicable que lo pueda delatar la huella de un dedo cortado.

La pregunta siguiente es qué hacía un tipo que se fugó con 36 millones de euros vendiendo azulejos.

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Grisha y el mundo de ayer

Por Luis M. Alonso (26 de marzo, 2009)

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Las tres ficciones autobiográficas de Von Rezzori en un tomo

Beatrice von Rezzori, o Beatrice Monti della Corte, como se llamaba antes de conocer a Grisha, había sido, del modo que la describe el escritor y trotamundos Bruce Chatwin, una «golden girl» de la generación de posguerra en Capri. Su Galería del Ariete, en Milán, fue de las primeras en Europa en exhibir la obra de la nueva escuela de Nueva York. Luego se casó con el novelista austriaco Gregor von Rezzori (1914-1998) y, juntos, se afincaron, a principios de los sesenta, en una casa de campo en la Toscana: Santa Maddalena, Donnini. De un gusto refinado y con gran habilidad para hacerse con gangas en el mercado del arte, hizo reformar una torre cerca del caserón, de la época de los güelfos y los gibelinos, que más tarde ordenó decorar por dentro a la manera otomana como si se tratase de un yali en el Bósforo. Chatwin, amigo de la familia, solía pasar allí largas temporadas.

En Donnini fue donde Grisha, es decir Von Rezzori, escribió La muerte de mi hermano Abel, Memorias de un antisemita y Flores en la nieve, piezas claves todas ellas de su puzzle literario habsbúrgico. Y allí, en el Valle de Arno, se reencontró con las huellas de su infancia en la Bucovina, las largas caminatas por los bosques, junto a los perros, y sus dos jabalíes domésticos, y las invernadas blancas que el escritor asociaba en el recuerdo a las horas pasadas en compañía paterna. «Donde me encontraba más a gusto era en el área boscosa que mi padre se había buscado, con sabiduría y exacto conocimiento del terreno, en el corazón de los Cárpatos de la Bucovina, entre dos aldeas tan remotas como Carlibaba y Rusmoldvitza, a unas decenas de kilómetros al oeste del paso de Bargau, cerca del cual se alzara, según Bram Stoker, el castillo de Drácula. Mi padre se había construido allí, mucho antes de que yo naciera, una cabaña de caza de madera, que con el paso de las estaciones adquirió una sedosa pátina gris. Se hallaba en un calvero inclinado, a orillas de un veloz y helado arroyo de montaña. En las profundas pozas de las incontables cascadas, escalonadas como un pergamino japonés, se acumulaban inamovibles las truchas; sólo el suave abanicar de sus aletas revelaba que estaban vivas…», cuenta en Flores en la nieve, los bellos e inolvidables retratos familiares de la autobiografía que aseguró jamás escribiría.

Pero lo que no habría de olvidárseles de la Toscana a Beatrice ni a Grisha fue el día en que los carabinieri cercaron Donnini con helicópteros y jeeps, en un despliegue policial sin precedentes, al creer por error que en la casa se escondían miembros de las Brigadas Rojas. Los Von Rezzori tenían de vecinos a un conocido director alemán y a su esposa, que, a su vez, invitaban con frecuencia a amigos relacionados con la extrema izquierda europea. Los carabinieri se empeñaron en que daban también asilo a brigadistas y, por si ello fuera poco, se confundieron de casa. Sólo se dieron cuenta del error cuando Grisha y Beatrice salieron con las manos en alto después de que les conminaran por medio de un megáfono a abandonar sin armas la vivienda. Gregor von Rezzori y su encantadora esposa no dejaron de bromear a costa de este incidente.

Anagrama ha recopilado ahora en una trilogía sus ficciones autobiográficas publicadas con anterioridad: Un armiño en Chernopol y las ya citadas Memorias de un antisemita y Flores en la nieve. La primera de estas novelas, de 1958, se centra de manera absolutamente festiva y burlona en el microcosmos fronterizo de Chernopol, trasunto de Czernovitz, que tras la caída del Imperio austrohúngaro pasó a ser rumana, Cernauti, acabó bajo el nombre ruso de Chernovtsy, y, finalmente, el ucraniano de Chernivtisi. Allí nació el poeta Paul Celan y allí vivían austriacos, alemanes, rusos, rumanos, judíos y comunidades de gitanos. «Tengo la Babel de esta fabulosa tierra en mis oídos: rumano, ucraniano, alemán, yídish, polaco, magiar, armenio…», escribió Von Rezzori, descendiente de una aristocracia austrohúngara periférica que procedía originalmente de Sicilia. La obra del autor, de la que a mí me gustaría recomendar su lectura por ser posiblemente unos de los mejores escritores del pasado siglo y también de los más injustamente olvidados, rezuma el humus de ese mundo de ayer en el que los intelectuales se sienten faltos de culpa por lo que ocurrió, pero también algo arrepentidos por no haber podido hacer más. Es el caso del nazismo y, también, de la corriente opresiva que sacudió a una parte de Europa con la llegada del comunismo. Sin embargo, Von Rezzori, anclado en sus raíces, fue capaz de darle la vuelta al antisemitismo aristócrata de su padre, un hombre que, a su vez, detestaba a Hitler, en Memorias de un antisemita, y de echar en falta el componente judío en una Viena que no volvió a ser una ciudad igual después del Anschluss.

Claudio Magris, amigo personal, a quien Grisha le debe reconocimiento y difusión, escribió: «Von Rezzori es el poeta de una abstracta esfera intermedia de la realidad, la misma en que nos movemos hoy». Léanlo y no se arrepentirán, porque realmente merece la pena hacerlo.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | marzo 2009 |

El estado de las cosas

Por Luis M. Alonso (26 de marzo, 2009)

El estado de las cosas es peor que lo que dictan las apariencias. Sobre todo en lo que toca a los edificios. Por eso, el Ayuntamiento de Avilés maneja el hecho fortuito como explicación del accidente de Rivero, donde a un joven le cayó encima el capitel de una columna. Efectivamente, hay que creer en la inocencia del concejal de Urbanismo cuando dice que no había indicios de que esto pudiera ocurrir, ya que en caso contrario se hubiera retirado la columna. Pero sólo es asumible su inocencia, no que se atreva a defender que el casco histórico es seguro después de lo que ocurrió. Evidentemente, no lo es, porque pudiera darse el caso de que existan otras columnas que no parece que puedan desmoronarse y, sin embargo, sí lo hagan hoy mismo, mañana o pasado.

Hay derecho, por tanto, a pensar que el accidente, como tal, sea fortuito, pero lo que resulta inconcebible desde la responsabilidad de un servidor público es fiar el futuro a la buena conservación del patrimonio después de lo sucedido. Lo más lógico por parte del concejal sería anunciar de inmediato una revisión de los edificios para comprobar realmente que su estado no entraña riesgos para los viandantes. O, en último caso, repartir entre ellos unos cascos para poder circular con seguridad; da igual que lleven ellos reflejados el lema «Avilés conquista» o publicidad del Niemeyer. Todo, menos que ocurra lo que le pasó al joven gijonés, ahora en coma por causa de una indiscutible negligencia. Las columnas no tienen por qué desmoronarse en una zona patrimonial protegida, donde, por cierto, ya se produjo el derrumbe de una casa.

El infortunio, aunque forme también parte de lo que ocurrió la madrugada del domingo en Rivero, es un argumento que carece de peso en manos de la Administración pública. Sus representantes tienen que valorar otro tipo de cosas antes de pronunciarse de esa manera. Entre ellas, la prevención para que accidentes de este tipo no se produzcan ni repitan.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | marzo 2009 |

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