No es eso, es otra cosa

Por Luis M. Alonso (21 de febrero, 2009)

Ya sé que no se debe bromear con las enfermedades. Al menos, con las ajenas. Pero el hecho de que al juez Garzón le haya sobrevenido una crisis de ansiedad podría tomárselo cualquiera como una consecuencia de su inquietante y febril conducta. Una de las formas más padecidas de ansiedad es el miedo escénico. Pensábamos que Garzón tenía dominada la escena por su capacidad para apuntarse a un bombardeo, pero es posible que estuviéramos equivocados. Puede que la soltura acompañe menos al personaje de lo que creíamos, no ya sólo en lo que tiene que ver con las instrucciones de los sumarios, sino con la entereza para enfrentarse al vendaval que se ha desencadenado.

Para eso se necesita la caradura del ministro de Justicia, su acompañante en las monterías, que se siente inoportuno y hasta desolado por haberse dedicado a cazar en las fechas en que lo hizo y sin percatarse, según él, de que era necesario disponer de una licencia. La inoportunidad y la desolación son dos categorías más llevaderas que la ansiedad. Pero no sirven para justificar los errores cometidos por estos dos cazadores pillados en medio de una guerra político-mediática y a los que el tiro podría salirles por la culata.

Escribió Ussía estos días atrás sobre la diferencia que hay entre la inoportunidad y el delito. Ponía cómo ejemplo de inoportunidad la presencia inesperada del duque de Ashford en su dormitorio mientras su esposa, lady Clementine, se entregaba al fornicio con el jardinero. A mí se me ocurren otros casos. Por ejemplo cuando en agosto de 1883 un secretario despertó a las cuatro de la madrugada al entonces jefe del Gobierno para informarle de que dos regimientos en Badajoz, uno en La Rioja y otro en Cataluña se habían sublevado contra la República y Sagasta respondió:

-Hombre. ¡A estas horas!

En el caso que nos ocupa, ni la ansiedad de Garzón puede considerarse simplemente inoportuna. Merece otro tipo de calificativos.

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Salud mental y periodismo

Por Luis M. Alonso (20 de febrero, 2009)

La salud mental tiene un divulgador incansable en el psiquiatra Juan José Martínez Jambrina, que es, además, un bloguero reconocido y un buen articulista vecino de página. Jambrina, junto a tres compañeros de profesión, ha organizado un seminario para profundizar en el tratamiento que los medios de comunicación dan a los asuntos relacionados con las enfermedades mentales. Es decir, para tirarnos de la oreja por el enfoque sesgado de las noticias o el abuso, en los artículos de opinión, de palabras que pudieran contribuir a la estigmatización de la locura.

Jambrina, y supongo que también los psiquiatras autores de los trabajos que ayer se dieron a conocer en Avilés, es consciente de que a las cosas hay que llamarlas por su nombre. Pero también sabe, como somos conscientes muchos periodistas, que las urgencias del oficio en el momento de hacer una información y la falta de conocimiento de los asuntos que se tratan, relacionados con la salud mental y otros, inducen frecuentemente al error.

Lo dijo, con su frescura habitual, otro vecino y miembro de la cofradía de la columna, el maestro Eugenio Suárez. «Los periodistas no sabemos de esto ni de otras muchas cosas». Y mucho antes que Eugenio Suárez ya lo había manifestado con su habitual cinismo el magnate de la prensa británica, lord Northcliffe, un hombre que para crecer favoreció el sensacionalismo que siempre había reprobado: «Periodista es quien escribe de cosas que ni él mismo entiende».

Ahora bien, dicho esto, convendría también recordar, por si alguien lo cuestiona, que al hombre que, por ejemplo, mata a otro a hachazos presa de enajenación mental cabe considerarlo un loco. Una vez confirmada la locura del homicida, el primer servicio al lector es incluirla en el titular.

Por lo demás, no está mal fomentar las buenas relaciones entre psiquiatras y periodistas, en el caso de que hubiera que lanzar un SOS desde las redacciones. Y, créanme, no hay nada trivial en ello.

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Un episodio sofocante

Por Luis M. Alonso (19 de febrero, 2009)

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Eça de Queirós detestaba el calor, que le impedía escribir

La muerte vino a visitar en París a José Maria Eça de Queirós un 16 de agosto, a las cuatro y media de la tarde, cuando el verano resultaba más sofocante. El escritor yacía con los ojos cerrados en una cama en medio de un cuarto que daba a un jardín. Las ventanas estaban abiertas de par en par en el momento en que llegó el sacerdote a administrarle la extremaunción al moribundo, que había renegado de la poesía decadente, de la resurrección del fervor religioso y del esnobismo «fin de siècle», y a quien, sobre todas las cosas, le desagradaba profundamente el calor.

El verano de 1900 fue uno de los más calientes de la década. Después de las exequias, el 12 de septiembre, cuando el cadáver de Eça fue trasladado a Lisboa por la estación de Saint-Lazare, desde donde siguió para El Havre y de ahí a la desembocadura del Tajo, las altas temperaturas proseguían. Cuatro días más tarde, el bochorno era tal que el presidente del Gobierno de Portugal, Hintze Ribeiro, tuvo que abandonar el cortejo antes de que acabara el entierro. Eça de Queirós no sufrió por una vez el calor.

Pero sí lo había hecho antes y de manera perturbadora en algunos momentos de su vida. Por ejemplo, al poco de haber puesto los pies en Cuba, adonde fue enviado en misión diplomática, ya quería irse al no soportar ni el calor ni la devastadora humedad de La Habana, que, según le explicó por carta a Ramalho Ortigão, no tenía el componente de civilización que él necesitaba para vivir. «Salgo de mi atmósfera y vivo inquieto en un aire que no es el mío». En su exilio consular antillano, suspiraba por el invierno. Tenía saudades del sol de enero que caía sobre Lisboa, proporcionándole la luminosidad de días como aquel en que Carlos de Maia (Los Maia) se encontraba con María Eduarda en la puerta del Hotel Central. No quería acordarse, sin embargo, del verano en que los colores desaparecían difuminados por la calima y los pájaros caían a plomo desde los árboles.

El tiempo que pasó en La Habana fue de una improductividad preocupante. La socióloga María Filomena Mónica, una de sus biógrafas, recuerda cómo naufragó el intento de escribir una novela sobre la insurrección habanera. «Pero los insurrectos de la colonia le interesaban menos que un cura de Leiría que le tenía asediado», escribe.

En los dos años que estuvo en Cuba, apenas logró terminar un cuento que publicó en «O Diário de Notícias». En su correspondencia figuran largas disertaciones sobre su tortuosa existencia. «Me encuentro aburrido, enfermo y estúpido. Las familias con las que trabé relación en el invierno y que eran de Nueva York ya han regresado a casa: los libros no los he abierto desde que dejé Portugal y, con él, la salud. Este verano abrasador e implacable me está perturbando». Despreciaba a la gente grosera, la ordinaria prosa de los periódicos y el persistente sudor que lo empañaba todo.

Un violento cambio de destino le supuso el incentivo que necesitaba para volver a escribir. Al final de 1874, un año después de su misión caribeña, fue enviado como cónsul a Newcastle. La primera impresión que recibió del primer centro socialista de Inglaterra no fue agradable. Volvió a escribir a Ramalho: «Imagínese una ciudad con tejados negros, medio ahogada entre chimeneas, con una espesa atmósfera de humo, poblada por 150.000 obreros descontentos, mal pagados y enfadados y por 50.000 patrones lúgubres y horriblemente ricos: es Newcastle-on-Tyne». Además, los asuntos de los que tenía que ocuparse en una ciudad dedicada fundamentalmente a la exportación del carbón no eran precisamente de su interés. Pero, aun así, con el paso del tiempo, supo reconocer el lado bueno de todo aquello. «Al principio, la sensación fue desoladora. Esta ciudad de Newcastle me parece efectivamente inhabitable. Tiene las calles sucias y negras como el fango. Está edificada como si se tratase de una prisión. La gente que la puebla es soez y posee un aire de mal humor y tedio. En aquellos momentos lo que me pedía el cuerpo a gritos era que alguien me sacase de aquí. Pero Newcastle es también un excelente gabinete de estudio; nada le distrae a uno, ni la gente, ni la naturaleza, ni los teatros, ni las mujeres son capaces de atraer a nadie. El frío y la lluvia, constantes, obligan a quedarse en casa junto a la lumbre: ¿qué se puede hacer además de fumar, tomar té y leer?». Alejado, como él decía, de las «ciudades alegres de climas bonitos» que habrían repercutido negativamente sobre su producción literaria, Eça se reencontró en la horrible Newcastle de principios del siglo XX. De hecho, fue allí donde concluyó El crimen del padre Amaro y escribió El primo Basilio.

Cinco años más tarde, estaba ya en Bristol. Allí, en la década de 1880, además de El mandarín y La reliquia, escribió la que se considera su obra más importante, Los Maia. Más que deprimirle, el frío le animaba. En un artículo publicado por esas fechas, contaba sus paseos por la orilla del río Severn: «(…) Hay un silencio de una extraordinaria limpidez, como el que debe de haber sobre las nubes, un silencio que no existe en el paisaje de clima caliente, embargado por el rumor insistente de las selvas, un silencio que se posa en el espíritu como una caricia». Y esa opinión romántica él, que había nacido un fresco otoño en Póvoa de Varzim, la mantuvo hasta la muerte cuando en el lecho recibió la última bocanada de calor.

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Sentido común

Por Luis M. Alonso (19 de febrero, 2009)

La Eurocámara ha defendido que los padres puedan elegir la lengua oficial en que se educa a sus hijos. Cosa, por otro lado, absolutamente lógica. Hasta hace unos años nadie en su sano juicio lo habría puesto en duda, por una mera cuestión de sentido común. Sin embargo, el Parlamento europeo tendrá que pronunciarse en marzo sobre un asunto que parece indiscutible. Nuestros vecinos, si no fuera porque algo nos conocen, deben de tenernos por raros.

Que un ciudadano español haya adquirido desde la cuna el derecho de ser educado en la lengua materna, que además resulta que es la oficial, no debería asombrar. Lo mismo que un francés resulta impepinable que lo tenga en la suya. O en un inglés, en la propia. Y así. Pero a la Generalitat, sin embargo, esto le parece un sinsentido. Dicen que es absurdo establecer clases separadas en función de la lengua que hablen los alumnos. De modo que nada de dobles líneas en la educación.

El PSOE se opone a la resolución europea. Y, seguramente, habrá muchos socialistas que se pregunten en estos momentos por qué motivo o motivos. Yo realmente no entiendo por qué el partido del Gobierno de España rechaza la relevancia en la educación de la primera lengua nacional, que se habla en todo el territorio. Podría entenderlo si se tratase del Gobierno de otro país, pero no del que representa los votos de la mayoría de los españoles, desde luego todos ellos castellanohablantes.

Si se trata de hacer lo que a la Generalitat le venga en gana, habrá que recordar que la ley catalana de Política Lingüística recoge en perfecto catalán el derecho de los padres de solicitar que sus hijos reciban educación en español siempre que lo consideren oportuno. Y oportunamente es algo que ya le ha recordado al Parlamento de Cataluña el Tribunal Supremo, que en un reciente fallo obliga a preguntar a los padres por la lengua. Lo que ocurra en marzo, si no les encaja, se lo pasarán por el forro. Como hacen con la ley.

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La boda y la cacería

Por Luis M. Alonso (18 de febrero, 2009)

El Partido Popular tiene un problema de salud y de credibilidad que se agrava ante la opinión pública cada vez que aparecen publicadas las fotos de los invitados a la boda de la hija de Aznar, con el supuesto jefe de la trama corrupta, Francisco Correa, y «el bigotes», puro en ristre, arrastrando el chaqué. La «boda de la niña» permanece en el recuerdo colectivo como uno de los espectáculos más horteras y posiblemente uno de los mayores errores del ex presidente del Gobierno. En cuanto a estética, resulta equiparable al de la montería del ministro de Justicia y el juez campeador.

Bermejo ha dicho, con el fin de esquivar la polémica, que la cacería pudo ser inoportuna. Son inoportunas las dos docenas de venados abatidos y el ventajismo de que en este tipo de caza le pongan a uno a tiro todo lo que se mueve, cuando al común de los cazadores le lleva horas bajarse un par de pájaros. El problema es de estética y también de ética. Un ministro de Justicia no debe acompañar en una montería al juez que investiga al partido de la oposición, en vísperas de producirse las primeras detenciones. Tampoco a la fiscal jefe de la Audiencia Nacional y al jefe de la Policía judicial, por razones más que obvias. Las formas están para guardarlas y el Estado de derecho debe mantenerse intacto y obligado el respeto a la separación de poderes.

Al mismo tiempo que se producían las declaraciones del Ministro, Mariano Rajoy, uno de los principales damnificados por la cacería, ha empeñado su palabra en que el Partido Popular no se ha financiado ilegalmente con los negocios de los invitados a la boda, a fin de evitar las comparaciones con el PSOE a propósito de Filesa y otros. Demostrarlo debe ser el primer objetivo para evitar males mayores, pero lo que va a resultar imposible es borrar ante la opinión generalizada de los españoles el hecho de que si los partidos no son todos iguales, sí, al menos, resultan de lo más parecido. La clave está en saber si se lo llevan crudo.

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Chávez

Por Luis M. Alonso (17 de febrero, 2009)

Venezuela tiene dictador para rato. El chavismo se ha impuesto en el referéndum del domingo frente a una oposición entusiasta pero desdichada que ha reconocido la victoria y, al mismo tiempo, denunciado los abusos de poder y el ventajismo del régimen. A partir de este momento, y dadas las amenazas, los estudiantes deberán tener la precaución de no manifestarse contra el Gorila de Caracas si no quieren que les gaseen «con gas del bueno». El rabino tendrá que estar atento para que no le quemen la sinagoga y los alcaldes, contrarios al Gobierno, pendientes de los asaltos de las fuerzas de choque bolivarianas.

El riesgo para todos los que creen en la libertad crece considerablemente, como aumentan las fortunas de quienes se hacen ricos amparados por la nueva clase dirigente. Los venezolanos demócratas son dignos en estos momentos de compasión por tener que soportar la nueva etapa «revolucionaria» que les aguarda.

Chávez se ha definido como «un soldado de Dios» dispuesto a proseguir con la tarea que, como él dice, el pueblo ha vuelto a encomendarle en el segundo intento, esta vez con éxito, de perpetuarse en el poder. Cuando alguien se define así hay que pensar que se trata de un orate o de un dictador. El caudillo venezolano es las dos cosas a un tiempo.

La oposición, que engloba a todos los resistentes, de la derecha a la izquierda, incluidos la disidencia chavista, no puede confiar en que las elecciones generales de 2012 se celebren con las mismas oportunidades para todos. Con más del 45 por ciento de los votos de la consulta, representa el rechazo a las pretensiones de Chávez de retorcer la Constitución para lograr sus fines. Pero asimismo la desesperanza.

Mientras, el caudillo venezolano no se reconoce como dictador y expulsa violentamente del país a quien se lo recuerda. Es asombroso que el PSOE, un partido que debería situarse en sus antípodas, admita la impercepción que tiene de sí mismo. Franco también ganaba estas consultas y con mayor claridad. Pobre Venezuela.

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La pesadilla de Ricardo Zamora

Por Luis M. Alonso (16 de febrero, 2009)

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Ahora que los «pross» son incapaces de batir la puerta española, harían bien en acordarse de Dixie Dean, uno de los grandes goleadores de la historia y verdugo de la selección en la triste derrota de 1931

Ahora que España ha mantenido por tercera vez consecutiva su puerta sin batir frente a Inglaterra, los «pross» harían bien en acordarse de Dixie Dean.

El legendario William Ralph Dean, delantero centro del Everton y de la selección inglesa en los años veinte y treinta, atesoró todo el reconocimiento que puede tener un futbolista, entre ellos el de haber hecho más goles que nadie. Sólo lo superó Arthur Rowley, pero en un número de partidos muy superior. Poseía un juego insuperable por alto y fue la pesadilla del gran Ricardo Zamora en aquel triste partido de Highbury, de diciembre de 1931, en el que España perdió por 7-1 contra los británicos y El Divino, los tapones de cera que se ponía en los oídos en los choques con los rivales. Smith, Johnson y Crooks anotaron dos tantos cada uno y Dean, que participó en todos ellos, marcó el séptimo. Inglaterra se tomó la revancha por el 4-3 del Metropolitano, dos años antes, en un día memorable del valenciano Gaspar Rubio, «El Rey del Astrágalo», jugador tan prodigioso con el balón como inestable en su vida.

Ricardo Zamora era más que un guardameta. Llegó a convertirse en un fenómeno mediático en un país sin apenas «mass media». Tampoco existían las colecciones de cromos que vinieron después y, sin embargo, todos los niños querían ser Zamora. Si en España ha habido, después, porteros sobresalientes se debe en gran medida a él. De la misma manera que se debe a Santana la proliferación de buenos tenistas hasta llegar al mejor de todos los tiempos, Rafa Nadal. Su fama traspasó fronteras y meterle un gol llegó a ser un desafío para los artilleros de medio mundo. Cuando se proclamó la II República, le llevaron a Stalin la noticia de que Zamora (Niceto Alcalá) había sido elegido presidente, Josif «el Terrible» preguntó si se trataba del futbolista.

Zamora, que a los 15 años era ya guardameta titular del Espanyol y a los 18 defendía la puerta del Barcelona, empezó siendo el jugador amateur mejor retribuido del fútbol español. En 1930, el Real Madrid pagó por él la escalofriante cifra de 150.000 pesetas, todo un récord en los tiempos que corrían.

Pero ¿quién era Dixie Dean? Se trataba de un jugador temible en el área, veloz, con una pierna derecha potente y gran capacidad para desmarcarse del contrario. Los lanzamientos desde la esquina eran medio gol cuando Dean se aprestaba al remate con la cabeza, su arma más poderosa. Con motivo de un accidente en una moto en el que fracturó el cráneo, los médicos le insertaron unas placas de metal. Se llegó a decir que el secreto de su potencia rematadora se debía a ello.

Ganó más de veinte títulos. En la temporada 1928-1929 se convirtió en el cañonero con más puntería de la historia de Inglaterra, al lograr 60 goles en 39 partidos, una marca por la que todavía suspiran en la Premier League. Llegó a conseguir 349 goles en 399 partidos, algo propio de extraterrestres. En el Everton, su equipo, le acompañaban, en la época dorada, Sagar, portero de la agilidad de un gato, con el que ensayaba sus cabezazos en los entrenamientos, y Cresswell, otra vieja gloria del fútbol británico. Le llamaban Dixie porque su piel era tan morena y su pelo tan rizado que permitían bromear con un supuesto origen afroamericano. Su popularidad, como la de Ricardo Zamora, era inmensa. En Hampden Park fue protagonista de un hecho sin precedentes cuando el público escocés le obligó a reaparecer en el campo para recibir una cerrada ovación después de concluido el partido. Su prestigio creció en una gira por la Alemania nazi después de negarse a estrechar la mano de Adolf Hitler. Babe Ruth, la estrella entonces del béisbol y uno de los más grandes peloteros de la historia, hallándose en Europa, quiso acercarse hasta Londres para saludarlo personalmente. La foto la recogieron en sus portadas varios periódicos de Estados Unidos. Bill Shankly, también leyenda británica y rival de Dean en el equipo de la otra orilla del Mersey, dijo de él que era al fútbol lo que Mozart a la música.

El mejor «toffee» de la historia murió en Liverpool a causa de un infarto que le sobrevino en Goodison Park, el estadio escenario de sus grandes tardes. Allí, hay una escultura suya con la siguiente inscripción: «Footballer, gentleman, evertonian». Pero aquel caballero del área le debe parte de su fama al guardameta que probablemente soñó con él la noche de la triste derrota en el viejo estadio del Arsenal, donde Herbert Chapman ensayó por primera vez la táctica WM (3-2-2-3). Pero ésa es otra historia.

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Terribles menús para decadentes

Por Luis M. Alonso (15 de febrero, 2009)

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La historia recuperada del restaurante que hubiera elegido para cenar el marqués de Sade
Hace ya unos años, a mediados de la década de los noventa, «The International Cookbook Review» saludó la publicación de «Una cena con Calígula» («The Decadent Cookbook») como a un libro de recetas destinado a cambiar el curso de la cocina contemporánea, un reclamo de solapa algo exagerado y que evidentemente no se correspondía con las intenciones de quienes lo escribieron, pero que sí podemos digerir en la medida humorística de los platos que contiene, incluido el entrecot de rata a la bordelesa. De sus autores, Medlar Lucan y Durian Gray, dos sujetos enigmáticos, apenas se conoce el paradero y tampoco demasiadas cosas sobre su vida. Sí se sabe que, después de su tratado sobre la cocina depravada –nadie puede invitar a Calígula a una mesa sin tener en cuenta la depravación–, publicaron otros dos títulos curiosos: «El jardinero decadente» y «El viajero decadente». No me digan, porque no los he leído.
También se sabe, porque el mismo libro del que les hablo lo cuenta, que Lucan y Gray fueron durante tres años dueños de un restaurante en el primer piso de una casa de Edimburgo, The Decadent, de decoración oscura y suntuosa, que finalmente tuvo que cerrar en medio de sonoros escándalos. El local disponía de dos comedores y tres «cabinets particuliers», uno de ellos decorado con motivos marinos y mapas, otro con terciopelos, fragancias orientales y sedas de Fortuny, y un tercero, de carácter monástico, con maderas, velas tenues de color blanco y platos de peltre. Quienes reservaban los «cabinets» eran dueños de ellos toda la noche. El propio restaurante proveía de licores, incienso, almohadones y músicos para amenizar las veladas hasta la hora que fuese necesario. Los apuestos camareros, algunos de ellos actores de quinta fila, servían las mesas, bien con grandes delantales blancos y corbatas de lazo, a la moda parisina de los cafés, o como en las cenas venecianas de_Longhi, del siglo XVIII, con pelucones empolvados, bombachos y medias de seda.
La carta no era menos singular que el resto del restaurante. La inspiraban la historia y grandes dosis de imaginación. En ella figuraban platos rurales y burgueses, preparaciones de los grandes festines de los ricos y minutas de las familias reales._El modo de conducirse era también muy peculiar: los platos que los dueños sabían que ya todos habían probado no volvían a cocinarse. Las aves se asaban en gigantescos espetones y el local conservaba una réplica de la famosa jeringuilla de plata con que Rossini inyectaba foie-gras en los canelones. «Todo en The_Decadent era peculiar, pero nada lo era más que la comida. Durian y Medlar volcaron toda su turbulenta energía, su fantasía, sus ganas de jugar y su extremismo estético en una serie de menús que conseguían que la boca se te hiciera agua y se te erizase el cabello, al mismo tiempo. Aparte de ser insólita y siempre extravagante, la comida se cocinaba de forma exquisita. Incluso cuando comías gato en salsa de tomate, estofado de genitales de toro o salchichas de armadillo sentías que estabas en buenas manos».
En un establecimiento de estas características, el comensal ávido de nuevas experiencias podía esperar que le ofreciesen caniche o una receta filipina de perro al estilo de_Manila, ibis asado con salsa de intestinos, pastel de kakapú o tigre de Tasmania asado. El ibis, ya saben, es esa ave zancuda y el kakapú, un loro búho originario de Nueva Zelanda. Todas ellas son recetas que vienen en el dietario de cocina de Lucan y Gray.
En The Decadent se hubiese encontrado muy cómodo el marqués de Sade, al que los autores del libro dedican un capítulo. Donatien-Alphonse-François de_Sade era, además de un notable decadente, un gran aficionado a los placeres de la mesa. La comida resultaba para él un asunto de suma importancia. Como recuerdan Lucan y Gray, el marqués pedía continuamente comida, lo que no resulta extraño si se tiene en cuenta que pasó más de la tercera parte de su vida entre rejas. En el recetario que le gustaría a Sade incluyen, por ejemplo, tres recetas turcas, entre ellas dos postres, los pechos de virgen y los ombligos de dama. También el españolísimo brazo de gitano.
Otro renombrado estilista, Giacomo Casanova, hubiera sido, asimismo, asiduo de los «cabinets particuliers». Seductor universal, libertino impenitente y aventurero, Casanova supo conjugar a lo largo de su vida los placeres refinados de la mesa con los más sensuales de la alcoba. Sus memorias, penetrantes, divertidas, son, además, cumbres literarias. Para él era excitante apurar el último sorbo de una copa de champán en la que segundos antes había derramado su lágrima la amante intermitente, la mujer despechada. Una cena seductora para paladares clásicos inspirado en los gustos de Casanova consistiría, en primer lugar, en una docena de ostras por persona con una botella de champán francés (Dom Perignon, Cliquot, Roederer, etcétera…). Después podría ser un hígado de ternera a la veneciana, en el que los filetes se marinan durante una hora en leche y se incorporan a la sartén después de haber sofreído en ella la cebolla con mantequilla. Al hígado cocinado pocos minutos se le agrega sal Maldon y pimienta espolvoreada, además de un chorrito de balsámico. Finalmente, unas peras o unas ciruelas al vino endulzarían la velada.
Perdonen la digresión final en el menú decadente, pero me siento obligado a resarcirles por el entrecot de rata a la bordelesa y el ibis asado con salsa de intestinos.

Guía de vinotecas y tiendas gourmet
Dos vinotecas y dos tiendas gourmet asturianas figuran en la guía anual que publican «Vino+Gastronomía» y el Aula de_Marqués de_Arienzo. Latas y Botellas (teniente Coronel Teijeiro 5-7), de_Oviedo, y Rincón del Vino y del Gourmet (Pidal, 17), de_Llanes, están incluidas en el primer apartado, mientras que en el segundo, las elegidas son Coalla Gourmet (Munuza, 7), de Gijón, y Delicatessen Antonio (Los Jardines-Las Meanas, 2), de_Avilés.
La guía, bien editada y de utilidad, reparte su top 2009 entre varios establecimientos. La mejor imagen de tienda corresponde a Monvínic, de Barcelona; el Celler de_Gelida, también de Barcelona, dispone de la mejor selección de whiskys; La_Carte de Vins, una cadena en expansión –33 tiendas distribuidas entre España, Francia y Suiza– recibe el distintivo a la mejor trayectoria; Enopateca.com, de Malaga, ha sido calificada como la novedad más destacada entre los establecimientos del ramo, mientras que Vila Viniteca, de Barcelona, se destaca por la mejor selección de vinos entre las 7.000 referencias que mantienen a la venta.
Finalmente, Juan Carlos Navares, propietario de Bodegas Pipo, ha sido elegido por la Guía como el mejor profesional del año.
En total, la publicación de este año recoge un centenar de locales donde el cliente puede comprar vino y otros productos relacionados con la gastronomía._Además de una veintena de tiendas gourmet o delicatessen. De lo que conozco, al menos, todo ello merece figurar en la guía, por distintos motivos.
Para concluir, me gustaría recomendar un tinto joven con crianza, de_Alicante, resultado de las uvas Cabernet Sauvignon, Monastrell y Garnacha Tintorera, de gran intensidad, equilibrio y una interesante carga de fruta. Se llama Puerto Salinas 2004, de las Bodegas Sierra Salinas, en Villena. La familia Castaño, propietaria de los vinos más reconocidos de la D.O. Yecla, Hécula y Casa Cisca, tiene el control de la bodega, bajo la dirección enológica de Dominique Roujou de Boubee y Juan Emilio Gómez Palomares, este último un hombre de la casa. Aunque se trata de un coupage, la Monastrell, autóctona, es la predominante en la vid y en la botella. Tinto elegante con quince meses de crianza en barrica de roble francés. El precio, sobre diecisiete euros.

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Sangre y moscas

Por Luis M. Alonso (15 de febrero, 2009)

Nada tan lamentable. Ni tan desprovisto de ética y de estética como el espectáculo de la cacería, estos días de actualidad. No se podría haber elegido una metáfora mejor para representar el momento político, pero tampoco un escenario tan pestilente, cargado de conspiración y revanchismo con la connivencia de los poderes. Propio de un país bananero.

Por un lado, un ministro, que ha dado muestras suficientes de ineficacia y sectarismo, y un juez campeador ávido de protagonismo, empeñado en saltarse la justicia o en esquivarla instruyendo defectuosamente los sumarios. Por otro, la llamada «banda de la gomina», «el Correa» y «el Bigotes», los capos madrileño y valenciano, dos asalta-partidos en la mejor tradición ibérica. Y, finalmente, el partido cazado, que espera bien la redención o que los altos cargos supuestamente implicados en la trama por el juez cazador no le exploten en la cara como les ocurrió a los socialistas en el escándalo Filesa.

De un lado, un partido, el PP, bajo sospecha por culpa de una trama que enreda a allegados supuestamente corruptos y ayuntamientos controlados por los populares. Enfrente, los poderes conniventes, el juez de los cuatro venados por montería y el ministro Mariano Fernández Bermejo, su amigo escopetero, dispuestos a disparar a todo lo que se mueve, venados o adversarios políticos. Y, al fondo, un país estupefacto, en cierta medida asqueado.

La caída del consumo contrasta con las dos docenas de venados, a 6.000 euros la pieza, que Garzón inspecciona en las fotos de la montería. Volvemos a lo de siempre: sangre y moscas. El ruedo ibérico.

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La Magdalena, el pleito eterno

Por Luis M. Alonso (15 de febrero, 2009)

El acuerdo que no llegó a firmarse con el Ayuntamiento, cuartel de la Policía incluido, puso la operación residencial en manos de Sogepsa y posteriormente ante los tribunales
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El Tribunal Superior de Justicia de Asturias se ha pronunciado en contra de las reclamaciones de los promotores expropiados del plan de La Magdalena, la segunda operación residencial en cuanto a número de viviendas (950) que se proyecta en la ciudad y que, en estos momentos, se encuentra ya en fase de urbanización. El alto tribunal sostiene que los promotores deberían centrarse en el acuerdo del 8 de julio de 2004 -fecha en que el Ayuntamiento decidió traspasar la actuación urbanística a Sogepsa- en vez de insistir en su nulidad. El fallo será recurrido ante el Tribunal Supremo, según se anunció esta semana desde el despacho del catedrático de Derecho Administrativo, Raúl Bocanegra, que representa a los promotores.

La legalidad de dicho acuerdo se pone en entredicho al existir abundante jurisprudencia europea sobre cómo debe hacerse la contratación pública en los países de la UE. Según esa jurisprudencia, la urbanización de La Magdalena supera los 5 millones de euros, por lo que debería haberse sometido a licitación pública. Los expropiados han recordado el «caso Cabanyal 2010», en la Comunidad Valenciana, donde operó una sociedad instrumental del suelo equivalente a la asturiana y que se saldó con una demanda al reino de España por violación de las normas comunitarias.

Amparándose, también, en casos tan conocidos como el de La Scala de Milán, los promotores sostienen que, aunque las administraciones públicas puedan ejecutar obras mediante sociedades instrumentales y sin contravenir las directivas comunitarias, esa posibilidad no es aplicable a Sogepsa al tratarse de una sociedad que cuenta con participación de capital privado y que, además, no depende en exclusiva del Ayuntamiento, que es para quien se hacen las obras. Igualmente, el hecho de que Sogepsa adjudique a otros los trabajos de urbanización mediante licitación pública no evita la violación del derecho comunitario al ser ella concesionaria directa de la gestión. Etcétera, etcétera…

Pero hay una infrahistoria en este asunto. Al promotor inmobiliario Pedro Acevedo, de Invacefer, la sociedad que pleitea por los terrenos no se le olvidará jamás el día en que la posibilidad de edificar se fue al garete y la pelota pasó al tejado de sociedad del suelo del Principado. Lo ha contado en más de una ocasión y siempre repite la palabra cuartel y la cifra de 200 millones de pesetas. Los promotores dueños mayoritarios del suelo en La Magdalena aseguran que el Ayuntamiento de Avilés desistió del convenio urbanístico, en manos de Sogepsa, apenas cuatro meses después de que ellos mismos presentasen por registro un acuerdo con el propio alcalde, Santiago Rodríguez Vega, y el entonces concejal de Urbanismo, Eduardo Font, y tras aceptar todos los requisitos que se pedían para modificar el plan urbano. Incluidos los 200 millones de pesetas de entonces de un cuartel de la Policía Local que los propios empresarios se empeñaron en que figurase por escrito en la propuesta, para evitar que se les pidiese más dinero, junto al 10 por ciento de la cesión obligatoria de suelo ya urbanizado. El cuartel, por curioso que parezca, ya no figura en la actuación.

Con el cuartel pasa como con el Guadiana. Aparece y desaparece como pretensión de las negociaciones con constructores, mientras que la Policía Local prosigue en los bajos del estadio Suárez Puerta, en unos locales que, según se dijo en su día, iban a servir de acomodo provisional.

Disputa infundada

Leo que la nueva sociedad de la rula mantendrá a toda la plantilla con la que contó la Cofradía «Virgen de las Mareas». La nueva lonja se abrirá presumiblemente en abril, después de casi tres años de disputas entre los armadores, alentadas asombrosamente por la Administración regional, dirigentes políticos y otros. Entre los motivos de preocupación por el futuro de la rula y la nueva gestión estaba precisamente el mantenimiento de la plantilla. Ahora se ve que era un temor infundado, como infundada era la disputa.

Wharton en Marruecos y Harry Starks en el East End

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El Marruecos de Edith Wharton es un país diferente al actual, pero en cualquier caso no tan diferente se podría pensar por los años que han transcurrido desde que la escritora norteamericana se propuso escribir una guía de viajes. Wharton estuvo en el país del Atlas durante la Primera Guerra Mundial. Dejó escrita una crónica de su estancia que ahora ha publicado Pre-Textos. En Marruecos contiene una descripción pormenorizada de los pasos de la escritora que viajó desde la costa atlántica hasta el Alto Atlas en un jeep del ejército, Rabat, Fez, Meknes, Salé y Marrakech.
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Harry Starks, personaje de las novelas de Jake Arnott, es un gangster orgulloso de serlo. Producto de los Swinging Sixties, asiduo de los clubes del East End londinense, elegante y amante de los placeres de la vida. Rodrigo Fresán, en la introducción de Delitos a largo plazo (The Long Firm), primera novela de la trilogía de Arnott, The Long Firm Trilogy, publicada en España, presenta a Starks como un descendiente directo de Jack el Destripador y Mr. Hyde. Pero el personaje se inspira realmente en la leyenda del sádico y esquizofrénico Ronnie Kray, uno de los gemelos Kray que regentaron en los cincuenta y los sesenta locales nocturnos en Londres. «Fueron los mejores años de nuestra vida. Los llamaron los «Swinging Sixties». Los «Beatles» y los «Rolling Stones» eran los amos de la música pop, en Carnaby Street estaban los amos de la moda? y mi hermano y yo éramos los amos de Londres, intocables», escribió Ronnie Kray desde su celda en el hospital para criminales dementes donde fue recluido. Arnott, influyente miembro de la comunidad gay, describe sus novelas como ficción histórica y «gay noir». Algunos críticos han comparado «Delitos a largo plazo», «Mondadori» (roja&negra) con «Pulp fiction». Yo, francamente, me he divertido con su lectura.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | febrero 2009 |

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