Belmonte, por Chaves Nogales

Por Luis M. Alonso (26 de febrero, 2009)

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Reedición de las confesiones del Pasmo de Triana: retrato de un tiempo
El día en que el toro llamado Bailador mató a Joselito en Talavera, Juan Belmonte se hallaba jugando al póquer. Al principio, no daba crédito a lo que le contaban. Finalmente, se recostó sobre un diván mientras contemplaba embobado las fichas que sus compañeros de juego habían dejado esparcidas por el tapete antes de abandonar conmovidos la mesa. «Poco a poco fue invadiéndome una pavorosa congoja. Mire a mi alrededor y tuve miedo. ¿De qué? No lo sé. El pecho se me anegaba de una linfa amarga y cuando ya la garganta no pudo contener por más tiempo aquella inundación de dolor, estallé en sollozos. Lloré como no he llorado nunca en la vida. El llanto me hacía mucho bien. Hubiera querido seguir sollozando durante mucho tiempo, porque la extraña conmoción del llanto, a la que nunca, hasta entonces, me había entregado, me libraba de aquel martilleo seco del cerebro, que repetía: ¡A Joselito le ha matado un toro! ¡A Joselito le ha matado un toro!».

¿Quién dijo miedo? La teoría de que a los toreros les crece la barba por causa del miedo se la atribuye Manuel Chaves Nogales a Belmonte, el «Pasmo de Triana», y es uno de los mejores párrafos del gran periodista sevillano. Lean: «El día en que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente, el miedo. Durante las horas anteriores a la corrida se pasa tanto miedo que todo el organismo está conmovido por una vibración intensísima, capaz de activar las funciones fisiológicas hasta el punto de provocar esta anomalía que no sé si los médicos aceptarán, pero que todos los toreros habrán podido comprobar: los días de toros la barba crece más aprisa».

En la biografía novelada Juan Belmonte, matador de toros, que ahora reedita Libros del Asteroide después de que lo hiciera hace unos años Alianza Editorial, Chaves Nogales hace hablar al torero de los miedos, las supersticiones, el hambre y la felicidad. También de la tauromaquia. Y, por supuesto, de la muerte. No se torea a voluntad, pero la muerte de Joselito significó para Belmonte el inicio de uno de sus peores momentos. Entre los dos se había establecido la competencia más famosa de «la edad de oro del toreo». Uno, el hijo de Fernando Gómez, «Gallo», representaba el clasicismo; el otro, la evolución. El público llego a emocionarse y a enfadarse con ellos hasta el punto de que las últimas palabras que el Pasmo de Triana escuchó de Gallito fue que debían ausentarse del cartel de Madrid.

Eso era en 1920, el año trágico. Sin embargo, aquel 2 de mayo de 1914, el día en que coincidieron por primera vez en el coso de los Madriles, junto con Rafael Gómez Ortega, «el Gallo», hermano de Joselito, la cosa fue muy diferente. En la plaza de la Carretera de Aragón había mucha mucha luz. Los ojos de los espectadores se salían de las órbitas. Las entradas, que costaban seis o siete pesetas, se llegaron a pagar hasta a doce duros por la expectación que había suscitado la rivalidad. Por la calle de Alcalá no se podía circular a causa del tapón de coches y tranvías. A Belmonte lo inspiró el cielo en el sexto de la tarde. Don Modesto, testigo durante cuarenta años del devenir taurino, juró por la gloria de sus abuelos y su honor de hidalgo castellano que nunca antes había visto una faena de muleta semejante, tan monstruosa, tan increíble como aquella que a las seis y diecinueve minutos de la tarde había realizado Juan Belmonte, torero natural de Sevilla, barrio de Triana, calle de Castilla, conforme se entra a la derecha. «Belmonte le dio siete lances de capa estupendos -¡qué manera de parar!, ¡qué juego de muñeca!- merecedores del rugido del público?; y luego ya con la franela roja en la mano, hizo todo esto: un pase ayudado por alto, formidable; uno natural, girando sobre los talones, estupendo; un molinete; otro, luego; tres pases de rodillas, siempre pasándose el toro por delante del pecho, siempre con los pies clavados en la arena. Cada muletazo era una explosión. La multitud estaba ronca de gritar», recoge Francisco Narbona en Juan Belmonte, cumbre y soledades del Pasmo de Triana, una segunda biografía del gran torero de 1995, cuyo objeto era completar con un relato de los últimos años las confesiones que el matador hiciera a Chaves Nogales.

Pero volvamos a este último, que había ganado el premio «Mariano de Cavia» por un reportaje sobre la aviadora Ruth Elder, la primera mujer en cruzar el Atlántico. Era un periodista valiente y desencantado del tiempo que le tocó vivir, pero tenía guasa. En broma llegó a pedirle a Manuel Azaña el Gobierno Civil de Sevilla. Su narración en primera persona de la vida de Belmonte está considerada como una de las mejores biografías que se han escrito en español. No sé si es para tanto, pero sí que se trata de un libro magnífico, muy bien escrito y ameno. No sólo hay toros en él, sino un transparente retrato social de la época.

Liberal, anticomunista y antifascista, decía que había contraído méritos suficientes para ser fusilado por cada uno de los bandos que se enfrentaron en la Guerra Civil. Escribió en periódicos sevillanos y madrileños. En El Heraldo coincidió con González Ruano, que lo consideraba uno de los mejores. Es autor de un gran libro sobre la Revolución Rusa y de una estupenda novela, El maestro Juan Martínez, que estaba allí (1934), además de unos relatos memorables, A sangre y fuego, sobre la contienda nacional. Su último reportaje antes de abandonar España lo tituló Bajo el signo de la svástica y el fascio de los lictores. Murió en el exilio de Londres en 1944. Le leí a Aquilino Duque que había sobrevivido al Blitz pero que, sin embargo, lo tumbó una peritonitis.

La versión oficial de la muerte de Belmonte (1892-1962) fue que se le ha había disparado una pistola mientras la manipulaba. Nadie lo creyó. Todos sabían de sus pavorosas congojas.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | febrero 2009 |

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