La bomba de relojería

Por Luis M. Alonso (28 de febrero, 2009)

Garzón es una bomba de relojería que se activa o desactiva según conveniencia política. Ahora, está activada en una dirección del mismo modo que en otro tiempo circuló en la contraria tras haberse establecido interesadamente en ella. O sea, después de haber figurado como candidato en las listas del partido que ahora lo protege, supuestamente velando por una independencia que no existe.

Casi nadie pone en duda que al Partido Popular le ha salido una troupe de chorizos asociados. El jefe de la trama empresarial, el de los trajes, un consejero cesado y hasta un tesorero. Con esos implicados, la artillería mediática cercana al Gobierno ha dibujado una red de corrupción que termina en Francisco Camps, Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy y hasta en Francisco Álvarez-Cascos. Eso en el caso de que se pruebe que estos últimos han tenido que ver con los primeros, amparaban o conocían sus actividades. En el caso contrario, al juez instructor de la operación Gürtel siempre le queda la opción de colocar una equis en el casillero del principal protagonista. ¿Recuerdan lo de la equis?

Pero de la misma manera que nadie duda de la operación chorizo, existen también razones para creer en la parcialidad de Garzón. Nadie en su sano juicio dejaría de hacerlo, dado el historial del juez, los precedentes y todo lo demás. Ello sin contar la famosa cacería en compañía del ministro cazado.

Sí, sí, claro que el PP está metido en un lío y busca protegerse. Pero ¿se le ocurre a alguien mejor idea que recusar a un juez situado del lado del adversario político? ¿Quién se puede imaginar en cualquier otro país garantista que a un partido lo investigue un magistrado que fue candidato de su principal adversario en las elecciones? Sí, sí, también se podrá decir de Garzón que lo mismo que acompañó a Felipe González en una candidatura se propuso inmediatamente actuar contra él cuando no le dio lo que pedía. También, pero lo que hay en estos momentos es lo que hay…

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La dieta de Areces

Por Luis M. Alonso (27 de febrero, 2009)

Está bien alimentado el presidente de Asturias? ¿Se le trata con la debida cortesía allí donde va? La asombrosa preocupación por la dieta de nuestro político más pletórico ha empezado a preocuparnos justo en el momento en que a un concejal socialista le ha dado por abrir un debate sobre si a Areces le dieron pinchos fríos o calientes en una inauguración oficial en Tapia.

Según el portavoz municipal tapiego del PSOE, al Presidente lo despacharon con un par de pinchos en el acto del que les hablo, celebrado el pasado octubre. La indiscreción fue todavía más allá, al desvelar también que tuvo que parar en un bar del camino para matar el gusano del hambre. El alcalde anfitrión, del Partido Popular, ha respondido que a Areces se le dio lo que pidió, o sea, tortilla de patata y que si no se sentó a la mesa para continuar con los calamares y el bonito fue porque tenía que proseguir hasta Oviedo.

Que un concejal se brinde a abrir un debate en un Pleno, cuatro meses después, por lo que come o deja de comer la primera autoridad del Principado resulta tronchante por la risa que produce, pero se presta a algunas reflexiones. Primero, por la torpeza del concejal indiscreto en involucrar de manera gratuita a un superior que no es sospechoso de pasar fatiga por causa del hambre. Segundo, porque es una grosería hablar de lo que comen los demás en público y mucho más hacerlo en unas circunstancias en que verdaderamente hay gente angustiada con llegar a fin de mes comiendo todos los días. Tercero, porque toda esta sarta de memeces en boca de políticos que deberían preocuparse de otras cosas denota una ociosidad insultante para el ciudadano.

Posiblemente, el debate pendiente en esta región sea no que faltan pinchos, sino que sobran ayuntamientos, asesores y concejales dedicados a discutir sobre la tortilla de patata, el calamar o el bonito en el menú del Presidente. ¿No les parece? Pues empecemos a batir huevos.

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Belmonte, por Chaves Nogales

Por Luis M. Alonso (26 de febrero, 2009)

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Reedición de las confesiones del Pasmo de Triana: retrato de un tiempo
El día en que el toro llamado Bailador mató a Joselito en Talavera, Juan Belmonte se hallaba jugando al póquer. Al principio, no daba crédito a lo que le contaban. Finalmente, se recostó sobre un diván mientras contemplaba embobado las fichas que sus compañeros de juego habían dejado esparcidas por el tapete antes de abandonar conmovidos la mesa. «Poco a poco fue invadiéndome una pavorosa congoja. Mire a mi alrededor y tuve miedo. ¿De qué? No lo sé. El pecho se me anegaba de una linfa amarga y cuando ya la garganta no pudo contener por más tiempo aquella inundación de dolor, estallé en sollozos. Lloré como no he llorado nunca en la vida. El llanto me hacía mucho bien. Hubiera querido seguir sollozando durante mucho tiempo, porque la extraña conmoción del llanto, a la que nunca, hasta entonces, me había entregado, me libraba de aquel martilleo seco del cerebro, que repetía: ¡A Joselito le ha matado un toro! ¡A Joselito le ha matado un toro!».

¿Quién dijo miedo? La teoría de que a los toreros les crece la barba por causa del miedo se la atribuye Manuel Chaves Nogales a Belmonte, el «Pasmo de Triana», y es uno de los mejores párrafos del gran periodista sevillano. Lean: «El día en que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente, el miedo. Durante las horas anteriores a la corrida se pasa tanto miedo que todo el organismo está conmovido por una vibración intensísima, capaz de activar las funciones fisiológicas hasta el punto de provocar esta anomalía que no sé si los médicos aceptarán, pero que todos los toreros habrán podido comprobar: los días de toros la barba crece más aprisa».

En la biografía novelada Juan Belmonte, matador de toros, que ahora reedita Libros del Asteroide después de que lo hiciera hace unos años Alianza Editorial, Chaves Nogales hace hablar al torero de los miedos, las supersticiones, el hambre y la felicidad. También de la tauromaquia. Y, por supuesto, de la muerte. No se torea a voluntad, pero la muerte de Joselito significó para Belmonte el inicio de uno de sus peores momentos. Entre los dos se había establecido la competencia más famosa de «la edad de oro del toreo». Uno, el hijo de Fernando Gómez, «Gallo», representaba el clasicismo; el otro, la evolución. El público llego a emocionarse y a enfadarse con ellos hasta el punto de que las últimas palabras que el Pasmo de Triana escuchó de Gallito fue que debían ausentarse del cartel de Madrid.

Eso era en 1920, el año trágico. Sin embargo, aquel 2 de mayo de 1914, el día en que coincidieron por primera vez en el coso de los Madriles, junto con Rafael Gómez Ortega, «el Gallo», hermano de Joselito, la cosa fue muy diferente. En la plaza de la Carretera de Aragón había mucha mucha luz. Los ojos de los espectadores se salían de las órbitas. Las entradas, que costaban seis o siete pesetas, se llegaron a pagar hasta a doce duros por la expectación que había suscitado la rivalidad. Por la calle de Alcalá no se podía circular a causa del tapón de coches y tranvías. A Belmonte lo inspiró el cielo en el sexto de la tarde. Don Modesto, testigo durante cuarenta años del devenir taurino, juró por la gloria de sus abuelos y su honor de hidalgo castellano que nunca antes había visto una faena de muleta semejante, tan monstruosa, tan increíble como aquella que a las seis y diecinueve minutos de la tarde había realizado Juan Belmonte, torero natural de Sevilla, barrio de Triana, calle de Castilla, conforme se entra a la derecha. «Belmonte le dio siete lances de capa estupendos -¡qué manera de parar!, ¡qué juego de muñeca!- merecedores del rugido del público?; y luego ya con la franela roja en la mano, hizo todo esto: un pase ayudado por alto, formidable; uno natural, girando sobre los talones, estupendo; un molinete; otro, luego; tres pases de rodillas, siempre pasándose el toro por delante del pecho, siempre con los pies clavados en la arena. Cada muletazo era una explosión. La multitud estaba ronca de gritar», recoge Francisco Narbona en Juan Belmonte, cumbre y soledades del Pasmo de Triana, una segunda biografía del gran torero de 1995, cuyo objeto era completar con un relato de los últimos años las confesiones que el matador hiciera a Chaves Nogales.

Pero volvamos a este último, que había ganado el premio «Mariano de Cavia» por un reportaje sobre la aviadora Ruth Elder, la primera mujer en cruzar el Atlántico. Era un periodista valiente y desencantado del tiempo que le tocó vivir, pero tenía guasa. En broma llegó a pedirle a Manuel Azaña el Gobierno Civil de Sevilla. Su narración en primera persona de la vida de Belmonte está considerada como una de las mejores biografías que se han escrito en español. No sé si es para tanto, pero sí que se trata de un libro magnífico, muy bien escrito y ameno. No sólo hay toros en él, sino un transparente retrato social de la época.

Liberal, anticomunista y antifascista, decía que había contraído méritos suficientes para ser fusilado por cada uno de los bandos que se enfrentaron en la Guerra Civil. Escribió en periódicos sevillanos y madrileños. En El Heraldo coincidió con González Ruano, que lo consideraba uno de los mejores. Es autor de un gran libro sobre la Revolución Rusa y de una estupenda novela, El maestro Juan Martínez, que estaba allí (1934), además de unos relatos memorables, A sangre y fuego, sobre la contienda nacional. Su último reportaje antes de abandonar España lo tituló Bajo el signo de la svástica y el fascio de los lictores. Murió en el exilio de Londres en 1944. Le leí a Aquilino Duque que había sobrevivido al Blitz pero que, sin embargo, lo tumbó una peritonitis.

La versión oficial de la muerte de Belmonte (1892-1962) fue que se le ha había disparado una pistola mientras la manipulaba. Nadie lo creyó. Todos sabían de sus pavorosas congojas.

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La dignidad y la ira

Por Luis M. Alonso (26 de febrero, 2009)

Lo de Emilio, el ciudadano cabreado que destrozó la «herriko taberna» de Lazkao, resulta fácil de entender. Y, al mismo tiempo, de disculpar. En último caso se trata del digno arrebato de un hombre desesperado en un país donde impera la violencia y, al mismo tiempo, existe una indefensión frente a ella, debido en parte a la actitud de todo un pueblo atemorizado.

A Emilio, un chico encantador y pacífico, según los que le conocen, le destrozaron de un bombazo la casa que acababa de reformar con sus manos y la ayuda de su padre para irse a vivir allí con la novia. Por si esto no fuera suficiente tuvo que aguantar, además, las burlas hirientes de los amigos de los agresores. Lo que hizo a continuación ya lo conocen, fue coger una maza y emprenderla a mazazos con «la casa» de los radicales y de los terroristas etarras. Digo lo de la casa, haciéndome eco de sus palabras, para referirme a uno de estos antros donde el chacolí se mezcla con la sangre derramada de las víctimas de la intransigencia asesina.

Pues sí, lo de Emilio es comprensible, pero resulta también asombroso que sucedan cosas así en una sociedad tan atenazada por el miedo. Asombroso, ejemplar y hasta heroico. Comparen la digna ira del vecino harto de las burlas y de las agresiones con la indiferencia de los que, por ejemplo, prefieren seguir jugando al tute cuando el amigo cae tiroteado a unos metros.

Pero la cosa lamentablemente no es como desde la dignidad se quiere entender. Ahora, el ciudadano que plantó cara a los violentos tendrá que irse del pueblo para salvar su vida amenazada, mientras prosigue la partida de tute. No cundirá el ejemplo, tranquilos, porque si en el imperio del terror hubiera habido muchas más reacciones como la de Emilio, no necesariamente a mazazos, el aire sería más respirable fuera de las tabernas donde abrevan y ríen las hienas.

Yo, qué quieren que les diga, entiendo más que nunca la ira de un ciudadano.

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La pieza, digna del cazador

Por Luis M. Alonso (25 de febrero, 2009)

De la cacería nos hemos quedado con la escasa puntería del cazador cesado, pero ello no quita para que la pieza objeto de la persecución pueda caer próximamente en cualquier trampa. El Partido Popular es en estos momentos el ejemplo vivo de la vulnerabilidad. No tiene un liderazgo claro y en él despuntan golfos y apandadores de conexión variopinta. Lo último es consecuencia de lo primero. A río revuelto, ganancia de pescadores, se suele decir. Y hay que ver todavía cuántos cadáveres aguardan en el armario.

Al principal partido de la oposición le ha salvado esta vez probablemente la campana, pero está tan tocado que hay quienes aseguran que tendrá que volver a nacer para ganar unas elecciones generales en este país. La confianza de sus simpatizantes se ha disipado en buena medida y los afiliados de a pie no cuentan en algunas comunidades con voz para expresarse dentro de un partido que carece de democracia interna.

No es seguro, además, que todos los tripulantes del barco quieren llevarlo a buen puerto. El desestimiento ha sido una constante en el PP, que se confirma, por ejemplo, en Asturias cada vez que repite el mismo candidato para volver a perder las elecciones. A Gallardón, escondido en la cacería, le ha dicho Pepiño Blanco el otro día en Galicia que siempre que a los socialistas les vaya bien también le ocurrirá lo mismo a él. Gallardón necesita el fin de una etapa para comenzar otra al frente. Por eso Blanco les desea una hecatombe a los suyos, convencido de que al alcalde de Madrid lo único que le sirve es resurgir de las cenizas. Pero yo no creo, sin embargo, que, de hundirse, el náufrago pueda permanecer a flote.

El PP de Rajoy es incapaz, al igual que su propio líder, de hacerse con la confianza de los españoles en el momento más crítico de la reciente historia del país y teniendo en frente al peor Gobierno imaginable. Es una oposición amortizada, digna consecuencia, creo yo, de cómo nos van las cosas.

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El tiro por la culata

Por Luis M. Alonso (24 de febrero, 2009)

Ahora si que al cazador le ha salido el tiro por la culata. En todos los órdenes, incluso en el del escarnio, la mofa y la befa que supone que a uno le obliguen a dimitir y tenga que escuchar, al mismo tiempo, que la suya es una decisión valiente. Y eso, mucho me temo, es lo que le ha pasado al ministro que abatía muflones sin enterarse, según él, dónde, si en Jaén o Puertollano, y si era necesario disponer de licencia para matar en ésta y en la otra comunidad.

A Bermejo, al que los suyos primero llamaron torero, digo yo que por su entereza y coraje, le aplauden ahora por dimitir. Y los que no lo hacen le expresan su rendida admiración y hasta cierta envidia. El propio presidente del Gobierno ha dicho que él no tenía la intención de destituirlo y que fue el mismo ministro de Justicia el que tomó la decisión. Calificó su iniciativa de ejemplar, quitando importancia a la cacería con el juez campeador y el jefe de la Policía judicial, «un olvido», a su juicio.

Pues nada, mi modesta enhorabuena al hombre que se ha comportado con tanta cautela y esmero en el ejercicio de su responsabilidad pública. Mi enhorabuena por la dimisión y mi admiración sin reservas por todo lo que ha hecho durante este tiempo por la Justicia. El ministro Mariano Fernández Bermejo pasará a la historia de España como uno de los servidores públicos que más ha contribuido a las relaciones en el ramo que representa -sólo hay que ver su grado de aceptación entre los jueces-, a favorecer la concordia entre los españoles de diferentes credos políticos y, sobre todo, por su apego a la salud de los muflones y los jabalíes. No hay nada reprochable en su estricta conducta de hombre de Estado. Sólo los muy sectarios no sabrán reconocerle el mérito de su conducta y el arrojo de su dimisión.

Solbes se ha apresurado a manifestar que envidia a Bermejo. Y Magdalena Álvarez ha declarado desde Siberia: «La dimisión me deja helada. Pero me estoy calentando las manos de tanto aplaudir».

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"El Ogro" cumple su sueño infantil

Por Luis M. Alonso (23 de febrero, 2009)

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foto www.cariverplate.com.ar
Cristian Fabbiani, tras declararse en rebeldía para poder jugar en el River Plate, el equipo de sus amores, se convierte en el revulsivo del club argentino, que tuvo sus horas más bajas en el pasado torneo «Apertura»

No descubro la pólvora si digo que los futbolistas profesionales cobran, generalmente, muy por encima del salario social y muchos de ellos cifras millonarias difíciles de obtener dedicándose a otras actividades. Por eso, el gesto de Kaká, que rechazó una oferta jugosa del Manchester City para quedarse en el AC Milán, ha recibido elogios, al tratarse de alguien que entre el dinero y los colores de un club en el que lleva jugando ya años, ha elegido lo último. También es verdad que no es lo mismo jugar en una escuadra cargada de gloria, que en el segundo equipo de Manchester.

La identificación con la camiseta se considera una excepción en el fútbol actual, uno de los negocios donde la circulación de maletines es más intensa y las cantidades que se pagan por los servicios de las grandes estrellas resultan desde hace tiempo astronómicas. Por eso, aunque bien pagados, los astros del balón que mayor grado de vinculación tienen con sus equipos suelen ser también los más valorados, no ya sólo por los seguidores de esos clubes, sino por los aficionados en general. Ya conocerán, entre otros, el idilio de Maldini con el Milán, equipo en el que siempre ha militado; el de Toti y la Roma, o, sin ir más lejos, el de Raúl y el Real Madrid.

Frente a estos casos de fidelidad a una marca están los de otros jugadores, la mayoría, que prueban suerte en más de dos y tres equipos durante su vida profesional. En Italia, Toti y Maldini son rara avis comparados con la frecuente ida y venida de futbolistas en los distintos clubes.

El trotamundos más reconocible de la Liga española es Soler, que vistió los colores del Espanyol, Barcelona, Atlético de Madrid, Sevilla, Real Madrid, Zaragoza y Mallorca. Todo ello durante veinte temporadas y sin que jamás fuese expulsado de un terreno de juego, circunstancia ésta que lo equipara al militante Raúl, con el que coincidió en las alineaciones y que figura junto a él en el selecto club de los futbolistas que han jugado más de 500 partidos en Primera División.

Ahora bien, lo del delantero Cristian Fabbiani es otra cosa. Fabbiani acaba de hacer realidad su sueño de jugar con el River, el club de sus amores desde que era niño, a los 26 años después de haber dado tumbos de un equipo a otro: Lanús, Club Deportivo Palestino (Chile), Beitar Jerusalén (Israel), CFR Cluj (Rumania) y Newell’s Old Boys. En todos ellos no permaneció más de una temporada, salvo en el Lanús, donde estuvo tres de manera intermitente.

El otro día, «el Ogro», como se le conoce, debutó en el torneo «Clausura» con los «millonarios», coincidiendo con la segunda jornada del campeonato, en la «cancha» de Rosario Central, y levantó al equipo que dirige Gorosito del sopor y la mediocridad que le caracterizan últimamente. Tranquilizó a los suyos y sacó de quicio al contrario. El River, que perdía, acabó ganando por 2 a 1, gracias a un gol de Fabbiani, en medio del fervor de la «barra brava». La motivación del delantero posiblemente fue doble al enfrentarse con el equipo de su infancia a «los canallas», odiados rivales rosarinos del Newell’s, en el que militó hasta hace unos días y se propuso hasta pagar lo que le debían para poder fichar por el River Plate. Al «Ogro» también le llaman «Shrek»; en su tira y afloja para abandonar a «los leprosos», así se les conoce, expuso la necesidad perentoria de jugar en un equipo de Buenos Aires para estar cerca de su hija. «No me importa cuál», llegó a decir. De modo que, inicialmente fracasadas las negociaciones entre el club de Rosario y el River, firmó por Vélez Sarsfield, satisfecho de que hubiera abonado por él lo que pedía su anterior equipo. No llegó a jugar en el club de Liniers y se declaró en rebeldía hasta que, finalmente, el equipo de sus sueños infantiles llegó a un acuerdo para hacerse con sus servicios. «En el River, juego gratis», dijo.

Cristian Fabbiani es un tipo muy peculiar, empezando por su perfil atlético. Mide 1,89 y pesa 97 kilos. Agresivo y, al mismo tiempo, habilidoso, posee una indiscutible técnica y buen instinto goleador. Gordo como está, es mejor él solo que los otros diez juntos en cualquier alineación actual del equipo más laureado de Argentina, que no atraviesa precisamente por sus mejores momentos. En internet, los aficionados han seguido con entusiasmo el culebrón de su fichaje, influyendo seguramente en la decisión final que ha tomado el River de incorporarlo a sus filas como un revulsivo. De hecho, «el Ogro», lleno de ilusión, lo primero que hizo fue acercarse al Estadio Monumental vistiendo una camiseta que reza «amor al River».

A Fabbiani, el nuevo ídolo, le ha saludado el diario «Olé» («cada día te quiero más») en su portada con el siguiente titular: «Grasas por el fútbol». Él ha dicho: «Yo juego al fútbol, no canchereo». «El Ogro» no soporta que le llamen gordo.

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Al fin, una ESpaña

Por Luis M. Alonso (23 de febrero, 2009)

Manuel Chaves, presidente eterno de los andaluces, reclama una licencia de caza válida para todo el territorio nacional. Pues, claro. No sé cómo hasta ahora nadie se había dado cuenta de ello. Ha tenido que ser el virrey de Andalucía quien nos abra los ojos ante una necesidad perentoria, algo que el país requería urgentemente. Pero ¿cómo hemos podido vivir sin ella hasta ahora? ¿Qué clase de país es éste donde un cazador tiene que sacar diecisiete permisos diferentes para poder dispararles a los muflones y a los jabalíes en el lugar y a la hora en que le salga de los dídimos?

Hablamos a todas horas, sin descanso, de la España solidaria y vertebrada de las autonomías. Nos quejamos de las desigualdades en la financiación autonómica y del federalismo asimétrico. No entendemos cómo a algunos españoles se les priva del derecho constitucional de poder recibir educación en la lengua oficial de Estado. Etcétera, etcétera? Pero nadie hasta ahora se había percatado, salvo Manuel Chaves, del inconveniente que se nos plantea para poder cazar unidos. ¿Por qué un ministro de Justicia tiene que responder ante la ley por matar a unos venados sin permiso? ¿En qué país vivimos? ¿Acaso el derecho de pernada ha tenido alguna vez fronteras para los señores de la hacienda y de la guerra?

Muy oportuno, Chaves. Lo de las diecisiete licencias de caza no es baladí. Cada español se levanta por las mañanas pensando qué se puede cazar y dónde. El paro no es un problema esencial, lo importante es velar por la legislación cinegética. Y los políticos están para aportar soluciones. Menos mal que alguien vela por la solidaridad y la igualdad de todos ante la ley.

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Del cerdo, hasta los andares

Por Luis M. Alonso (22 de febrero, 2009)

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Todos los disfraces del gochu en Antroxu
Al cerdo siempre le han llovido los piropos. De él se ha oído decir que todo lo que tiene es bueno, hasta la forma de andar, e incluso que es el invento más grande del Altísimo. No sólo la cristiandad le rinde honores. El año del cerdo consiste para los chinos en comer, beber y ser feliz. Representa la época de la diversión y de la indulgencia con uno mismo: el tiempo de prosperidad. Es fácil sentirse satisfecho no haciendo caso de las cuentas o las deudas que se acumulan durante el año del cerdo. Aunque a continuación viene el de la rata, el momento de hacer frente a la dura realidad. Llegados a este punto, conviene recordar que el último año chino del cerdo fue en 2007 y, a estas alturas, apenas hemos salido del de la rata. Dadas las circunstancias, saquen sus propias conclusiones sobre la puntería de ciertos horóscopos.
Pero vamos a lo nuestro. El marrano se merece un monumento en estas fechas en que don Carnal libra la batalla con doña Cuaresma. Se puede decir que la comida del Antroxu empieza y acaba en él, si exceptuamos las bollinas, las casadiellas o los frixuelos. Este tipo de pitanza es un desafío a cualquier digestión razonable. Hace que uno se retuerza a veces como una boa si se mueve más de lo imprescindible, pero redime el espíritu, tonifica el ánimo y devuelve el resuello por mucho que la digestión se alargue. Es bueno, por tanto, que el descanso y el sopor sigan a la comida: se trata de una anestesia muy llevadera.
Hay quien dice que del cerdo le gustan hasta los andares y es justo reconocer que se trata de un animal muy resultón. Sobre él puede recaer el sustento de toda una temporada. Con él no cabe, sin embargo, detenerse en consideraciones sobre el colesterol y el ácido úrico. De lo contrario, deberíamos ocupar nuestra salud en otras cosas.
El cerdo es punto y aparte. Desde la cabeza a los jamones se traduce en una gloriosa sinfonía de la carne. Lleva tatuada la firma de Rabelais y de sus personajes, Gargantua y Pantagruel. Estos días se convierte en casi ineludible. Desde el picadillo, el pote, los callos hasta los solomillos. A la fiesta gastronómica del cerdo se han ido incorporando, además, en las mesas y desde hace tiempo otras magníficas pruebas de la matanza: las carrilleras, la presa, el secreto, etcétera.
Y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, habría que detenerse en el jamón. El cerdo ibérico es un animal magnífico. Goloso de las bellotas y devoto de la gimnasia en la montanera, le gusta, a diferencia de su mucho menos agraciado hermano, el blanco, hacer el amor en libertad, bajo los alcornoques y las encinas del territorio de la dehesa que acaba por agotarle. Se trate de un humilde picadillo o de unas lonchas bien cortadas de jamón de pata negra, el territorio porcino es inabarcable. El Antroxu es al gochu lo mismo que la paella a Valencia. De hecho, hay una asadura ancestral llamada careta de cerdo. Una manera de comerla es al horno. Se trocea con unas tijeras y se ponen los morros a asar durante media hora con un chorrito de aceite. Finalmente, otros cinco minutos en la parte superior para que quede dorado y crujiente. Se puede acompañar de un puré de manzana.
Julian Baggini, editor de «The Philosopher´s Magazine», ha escrito un libro estupendo que se llama «El cerdo que quería ser jamón». En él se hace más de una pregunta, entre ellas qué dirían los vegetarianos en el caso de que los cerdos sintieran un placer masoquista durante su ordalía por convertirse en un apetitoso jamón. «Tras cuarenta años de vegetarianismo, Max Berger se disponía a participar de un banquete de salchichas de cerdo, jamón, bacon crujiente y pechugas de pollo a la plancha. Max siempre había echado de menos el sabor de la carne, pero sus principios eran más fuertes que sus ansias culinarias. Sin embargo, ahora era capaz de comer carne sin cargo de conciencia. El jamón, el bacon y las salchichas procedían de una cerda llamada Priscilla a la que había conocido la semana anterior. Había sido genéticamente diseñada para poder hablar y, lo que es más importante, para querer que se la comieran. Priscilla había deseado toda su vida acabar en una mesa, y el día de su matanza se despertó toda esperanzada. Le había contado todo esto a Max justo antes de dirigirse presurosa al confortable y humano matadero. Después de escuchar su historia, Max pensaba que sería irrespetuoso no comérsela. El pollo procedía de un ave genéticamente modificada que había sido «descerebrada». En otras palabras, vivía como un vegetal, sin conciencia de sí mismo, del entorno, del dolor o del placer. Por consiguiente, matarlo no era más cruel que arrancar una zanahoria. Pese a todo, cuando le pusieron delante el plato, Max sintió un amago de náusea. ¿Se trataba de un simple acto reflejo, provocado por una vida de vegetarianismo? ¿O era el indicio físico de una justificable aflicción psíquica? Sobreponiéndose, cogió el cuchillo y el tenedor…».
¿Cabe mayor ternura y resignación?

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Palabra de sumiller

Los vinos elegantes y amables de Custodio Zamarra
Escupir el vino que uno prueba es de mala educación y muchas veces hasta un sacrilegio. Custodio Zamarra, sumiller de Zalacaín, no escupe. De manera que en una jornada de trabajo puede llegar a trasegar hasta dos litros de vino. «Jamás me he emborrachado», se apresuró a aclarar el pasado martes en Avilés, coincidiendo con el Salón de la Alimentación que se celebró en el ferial de La Magdalena.
Zamarra sostiene que el vino es un vehículo de felicidad. Que ninguna botella vale realmente más de 30 euros y que la relación calidad precio de los vinos españoles es superior a otras en cualquier otro país. Y añade también que entre las cien mejores referencias del mundo caben en estos momentos, al menos, veinte españolas. El problema es que los vinos no deberían parecerse unos a otros y lo que sucede últimamente es precisamente lo contrario. Custodio_Zamarra está con el «terroir» (terruño) y reniega de la dureza de algunos caldos prestigiados por el crítico norteamericano Robert Parker. «Un buen vino debe tener elegancia, finura, equilibrio y amabilidad».
El sumiller de_Zalacaín se mostró contrario a la confusión y el agotamiento que produce, en un menú largo, la elección de un vino para cada plato. Lo que_Custodio Zamarra hace es proponer a los clientes del restaurante un vino adecuado para todos los platos, a lo sumo dos: lo razonable. Tantos vinos marean y, no digo ya, el número desorbitado de platos. A Zamarra lo presentó Lorenzo Díaz, su biógrafo en el precioso libro publicado en 2003 por Armero Ediciones, Memoria de un sumiller.
Para finalizar, sugiero dos vinos amables: un blanco de barrica de 2004, Vallegarcía, elaborado con uva Viognier, de Castilla, y un tinto de Mencía, Ribas del Cúa 2005, con denominación de origen Bierzo. El primero de ellos, de un precioso color amarillo, potente, untuoso, amplio y largo, con estupenda nariz, notas de almendra tostada, anís, mantequilla y albaricoque. Madera fina. Unos 14 euros la botella._El segundo, muy mineral, frutas maduras y taninos aún por pulir. Sobre los 11 euros.

Categoría: La mirada de Lúculo | Comentarios(0) | febrero 2009 |

La normalidad del Antroxu

Por Luis M. Alonso (22 de febrero, 2009)

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El Antroxu debe de ir por los veinticinco años en Avilés desde que remontase en su nueva etapa. La sensación de normalidad es lo que más distingue al Carnaval en estos momentos. Alguien podría pensar que un Carnaval basado en la normalidad es en sí mismo una anomalía. Pero no. Digamos que la ciudad vive, por obra y gracia de sus concejales, una ficción todo el año y cuando llegan estas fechas lo que toca es replegarse en busca de la autenticidad. Y se consigue, aunque sea recurriendo como leitmotiv a la televisión, la caja que mejor interpreta nuestro catódico surrealismo.

Pero el Antroxu avilesino no siempre fue normal. En otra época no demasiado lejana tuvo un componente de transgresión impropio de una celebración de estas características. Porque ¿díganme qué Carnaval reconocido en el mundo no funciona de manera reglada? Ninguno, verdad. ¿O acaso no está reglado el frenesí de las escolas de samba en Río? ¿O cualquier baile de máscaras en Venecia? ¿Qué creen qué pasa con las murgas de Cádiz? ¿O el pastiche carioca de Tenerife?

En Avilés el Antroxu tiene sus reglas, que son las que, al paso de los años, le han permitido convertirse en normal. Tener un aire de normalidad y un aspecto de burbuja bastante más creíble que cualquier otra propuesta municipal.

Sigue el globo

El actor Kevin Spacey ha asistido en Barcelona al congreso mundial de teléfonos móviles. Elogió las virtudes de los celulares como nuevos soportes para ver en ellos películas de cine. Spacey es como si siguiera encasillado en el papel que interpretó en «Glengarry Glenn Ross». Y puestos a vender, lo último que ha vendido es que le gustaría hacer de Avilés uno de los principales centros dramáticos del mundo. Eso sí, el actor norteamericano suspendió su visita a la ciudad que ve como un referente del teatro por problemas de agenda. «El Niemeyer se está convirtiendo en uno de los centros culturales más importantes del mundo y quiero respaldar toda la actividad que allí se desarrolle, en especial las que estén relacionadas con el teatro». Inmediatamente voló a Roma. Y sigue el globo.

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Un buen salón

El Salón de la Alimentación y del Equipamiento del Norte, que se ha celebrado esta semana en el pabellón de exposiciones de La Magdalena, ha resultado un éxito, por el que habrá que felicitar a la Cámara de Comercio de Avilés. La presentación de los stands, el interés de lo expuesto y la alta afluencia de público confirman el buen trabajo realizado por los organizadores. Las actividades en torno al vino y a la gastronomía han significado un brillante contrapunto de la programación centrada en la hostelería y los jóvenes cocineros que compitieron en los concursos.

De la misma manera habría que felicitar también al Ayuntamiento, que, por primera vez, presenta un pabellón de exposiciones digno de ese calificativo, tras las reformas en el recinto. Ahora bien, la pregunta es si se va a insistir en que la feria de ganados se siga celebrando allí. ¿Resulta tan complicado ver la incompatibilidad?

Avilés confidencial
El Ayuntamiento de Avilés se ha resentido en los últimos tiempos por la fuga de funcionarios valiosos. Dos de ellos abandonaron no hace todavía demasiado la Intervención y la Tesorería. Otro, en un tiempo tampoco demasiado lejano, dejó Urbanismo. Ahora, la siguiente baja podría ser la del secretario municipal, José Valdés Cao, desde la década de los ochenta en el Consistorio. Se trata de una pieza fundamental en el funcionamiento de la Administración avilesina. Valdés Cao está pensando en cambiar el Consistorio avilesino por la Diputación de León, donde podría ocupar la vicesecretaría. La encargada de sustituirlo sería la actual oficial mayor, Pilar Pontón, otra excelente profesional, pero, a su vez, está dudando si acepta una oferta de Cadasa. La probabilidad de que ambos dejasen la Administración local sería una mala noticia para el Ayuntamiento de Avilés. De hacerlo uno de los dos, sería la mitad de una mala noticia.

Categoría: La espuma de las horas | Comentarios(0) | febrero 2009 |

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