Los mejores deseos

Por Luis M. Alonso (31 de diciembre, 2008)

Volvemos al año y lo que queda de él. Apenas un par de suspiros para los que lean hoy este periódico y, para los que lean mañana, será un periódico de ayer, porque se trata de uno de esos días en que LA NUEVA ESPAÑA, por razones editoriales y de descanso de la plantilla, se dirige a sus lectores con el deseo de perdurar la Nochevieja y también el Año Nuevo.

Quiero hablar del año que se acaba o se acabó y no veo la forma de hacerlo de manera agradable. La verdad es que 2008 no nos ha dejado las sensaciones de armario de las cosas que estamos dispuestos a coleccionar en el apartado más agradable de nuestra memoria. Además, se nos han ido un montón de tipos entrañables. No pasa un año sin que perdamos a alguien entrañable, pero es que en 2008 han muerto, por ejemplo, Rafael Azcona, el guionista con mayor talento del cine español, al que debo muchas de las mejores sonrisas de mi vida, Richard Widmark y Charlton Heston, por poner los tres ejemplos que primero me vienen entre los desaparecidos. O Paul Newman, el hombre al que amaban las mujeres.

El cine es de todas las manifestaciones de la vida lo que mejor recordamos cuando se trata de la muerte, precisamente por la facilidad que las imágenes tienen de quedar grabadas en la retina. O por la capacidad de evocación que guarda nuestro oficio del siglo XX, que diría Guillermo Cabrera Infante, otro cadáver exquisito.

Entre el lector y el que escribe esta columna seguramente existe un grado de complicidad que a mí me gustaría sacar a colación en estas fechas más que nunca. Uno, aun entendiendo que lo que escribe no siempre tiene que ser compartido, ni mucho menos, aspira a escribir para que lo quieran. Eso, dirán algunos, es bastante complicado cuando el que escribe lo hace, como en mi caso, sin tapujos, ya que las palabras también pueden herir. En cualquier caso, inteligentes lectores, que el año que entra sea mejor para todos.

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Adiós a 2008 sin pena

Por Luis M. Alonso (30 de diciembre, 2008)

Aveces, muchas más de las deseadas incluso, el mejor final para una película es que acabe. Lo mismo puede estar ocurriéndole a 2008, un año al que nadie le ve cosas buenas, porque hemos llegado al último mes con el agua al cuello. He oído, posiblemente lo he leído también, que de 2008 sólo cabe destacar la epopeya del deporte español. En las circunstancias más difíciles siempre hay alguien dispuesto a recordarnos que esta vida no es sólo un valle de lágrimas. Y eso es lo que han hecho los futbolistas de la selección española, los chicos del baloncesto y nuestros tenistas, a bote pronto. El resto, por decirlo suave, se ha movido en la mediocridad más absoluta.

El deporte ha sido el principal protagonista de este año nefasto que tiene, además, la particularidad, como ha dicho el alcalde de Oviedo, de dejarle una herencia todavía peor al que viene. El deporte, efectivamente, ha sido el consuelo para el conjunto de los españolitos. «Couch potato» describe en inglés a los que se pasan horas tirados en el sofá viendo la tele. Pues bien, este ha sido un año apoteósico para los «couch potato» aficionados al fútbol, al baloncesto o al tenis. Hemos buscado el sentido a la vida en las hazañas de nuestros gladiadores, en vista del hastío que nos producen nuestros tribunos de tres al cuarto en la carrera de San Jerónimo y en los pequeños parlamentos de las pequeñas comunidades autónomas.

No quiero decir con esto, ya podría ser así, que el pueblo haya desenmascarado la palabra hueca del político que tanto sirve a los interés partidistas y tan poco a los generales. No quiero decir que los hayamos pillado con el carrito del helado, pero sí creo que en unas condiciones difíciles como las que se avecinan vamos a estar mucho más despiertos para que no nos la den con queso. Un pueblo en guardia, por las razones que sea y las económicas son poderosas, es mucho más difícil de engañar que uno narcotizado por la molicie. El que no se consuela…

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Excluyentes y redundantes

Por Luis M. Alonso (29 de diciembre, 2008)

El nacionalismo excluyente es el cáncer de este país. Aunque en los tiempos que corren pudiera parecer una redundancia, recalco lo de excluyente. El nacionalismo periférico, además de excluyente y redundante, es maleducado, poco democrático y se pasa la ley por el arco del triunfo.

Los nacionalistas catalanes, todos, también los nacionalsocialistas o mejor dicho los socialnacionalistas, se empeñan en incumplir las leyes que no les gustan, incluso la ley catalana de Política Lingüística que recoge en perfecto catalán el derecho de los padres de solicitar que sus hijos reciban educación en español siempre que lo consideren oportuno. Pues eso que está escrito en un papel no se cumple; de hecho son demasiados quienes denuncian la inmersión lingüística obligatoria.

Por ese motivo, el Tribunal Supremo ha obligado a la Generalitat a preguntarles a los padres la lengua habitual de sus hijos antes de escolarizarlos, para que puedan recibir su primera enseñanza, al menos, en el idioma que han hablado desde la cuna. Seguramente sucederá lo que ha venido sucediendo hasta ahora: la larga cambiada desde que el toro sale por chiqueros.

Hace falta una ley de lenguas, para cumplirla, que ponga a la lengua castellana en el sitio que le corresponde por ser la oficial, empezando porque todos los españoles puedan hablarla y ser educados en ella. Sin menoscabo de otras, pero no relegándola y, al mismo tiempo, desatendiendo los derechos elementales de los ciudadanos.

Igual que seguramente hará falta permitir, si es que se insiste en la tabarra de la selección de Euskal Herria, que los equipos vascos compitan en una Liga propia. Lo mismo que hacen los escoceses, los irlandeses del Ulster y los galeses, que, formando parte del Reino Unido, han decidido ser futbolísticamente singulares y tener su selección. Esto me parece equitativo, no la ley del embudo. Selección de Euskal Herria, sí. Pero también, Athletic-Barakaldo: bonito derbi.

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La digestión y la resaca

Por Luis M. Alonso (28 de diciembre, 2008)

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La legendaria revista «The New Yorker» está de actualidad por la traducción al español de una novela corta, «Adiós, hasta mañana» (Libros del Asteroide), de William Maxwell, que fue durante décadas su editor de ficción. Bajo Maxwell se publicaron los primeros relatos de Cheever, Capote, Updike o Salinger.

Abbot Joseph Liebling, uno de los periodistas más renombrados de « The New Yorker», escribió que la gente normalmente confunde lo que lee en los periódicos con las noticias. Lo que sigue obviamente no es una noticia al producirse calculadamente por estas fechas, cuando un año deja paso a otro. Ahora bien, si quieren considerarlo de modo distinto, coincidirán, al menos, en que se trata de un hecho de lo más importante. La prueba de ello es el estruendo con que se celebra.

Pero 2009 no es una noticia y tampoco se presenta como una incógnita por los tristes augurios de la economía. El porvenir lo pintan negro. Incluso, el presidente del Gobierno, considerado un optimista antropológico, ha dicho que los meses que vienen serán duros. No conviene, sin embargo, deprimirse. ¿Y qué es lo que hay que hacer? Pues, lo de siempre. Festejar de la mejor manera posible la entrada del año, siendo conscientes de las dificultades que se avecinan. Lo práctico, ahora, es preocuparse de las cosas más inmediatas, que tienen que ver con la digestión.

Aunque el futuro nos lo dibujen escaso, lo días que vivimos se caracterizan por los excesos en la comida y en la bebida. Del mismo modo que no conviene deprimirse, tampoco es aconsejable sucumbir a la tentación de las fechas y atracarse. La moderación es una sabia compañera.

Afortunadamente, la medida del banquete se ha ido recortando con el paso del tiempo. Para que se hagan una idea, en 1517, en Inglaterra, se emitió una proclama real que pretendía poner fin a los excesos. De este modo, se reguló el número de platos que podían servirse en un festín en función de la categoría social del comensal: los cardenales podían servirse legalmente nueve platos; un lord del Parlamento, seis, y un ciudadano con rentas de 500 libras anuales, tres platos. Durante el Segundo Imperio, los miembros del Club de los Grandes Estómagos se reunían en un restaurante de París desde las seis de la tarde de los sábados hasta el domingo al mediodía. Aquellos tragaldabas comían durante dieciocho horas, pero después del festín tenían toda una semana por delante para descansar. Vean la moderación.

¿Y la bebida? Cuidado con el alcohol, que produce estragos. Samuel Johnson decía que cada cual debe juzgar por sí mismo lo que ha de beber según el efecto que le produzca. La coctelería tiene remedio para la resaca con el combinado Prairie Oyster, que resulta de juntar una yema de huevo, una cucharadita de Worcester, dos gotas de vinagre y una de Tabasco. La yema debe mantenerse intacta a fin de que surta efecto.

Para prevenir este tipo de estragos se pueden tomar precauciones con un vaso de leche, que retrasa la absorción del alcohol y protege el estómago de posibles irritaciones. El alcohol, al ser diurético, provoca deshidratación. Por lo tanto hay que beber agua. Un remedio judío para combatir esa deshidratación es tomar caldo de pollo.

Piensen que a partir de enero la resaca puede tener efectos dobles y hasta secundarios. Cuídense.

Dos bohemios en distintos lugares
Ramón Gómez de la Serna escribió en «Automoribundia (1888-1948)», la autobiografía que acaba de publicar Marenostrum, que el oficio de literato consiste en perder el dinero que no se gana. Gómez de la Serna concibió la literatura como un todo en la vida mucho antes de que hubiera nacido Enrique Vila-Matas, el más notorio de nuestros escritores adanistas. Por las páginas de «Automoribundia», un texto de los que se pueden considerar imprescindibles, pasa la primera mitad literaria del siglo XX. Con esta cuidada edición se conmemoran, además, los sesenta años desde que el libro se publicó. Otro bohemio, de distinta época y diferente lugar, fue el irlandés Brendan Behan, poeta, novelista y dramaturgo, que murió en 1964 a los 43 años tras haberse definido a sí mismo como «un alcohólico con problemas de escritura». Hace ya unos cuantos meses que se tradujo su visión personal de Nueva York, «Mi Nueva York», que nos descubre la ciudad desde uno de los observatorios más interesantes: las barras de los bares. Hay otros sitios, claro, pero Behan siempre vuelve a los mismos.

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El carro

Por Luis M. Alonso (27 de diciembre, 2008)

La primera ronda de Zapatero con los presidentes autonómicos ha tenido un resultado desigual en cuanto a apoyos, percepciones o esperanzas de financiación. Eso quiere decir, a la espera de la segunda ronda, que el reparto de la tarta será asimétrico, que es la idea que nos ha quedado desde Maragall.

Aquí, entre algunos, no ha sentado bien que a Areces lo recibiese el presidente del Gobierno a la vez que al «bellotari» de Extremadura. Lo consideran un desdoro, como si esto fuese el ducado de Luxemburgo en renta per cápita. Peor hubiera sido, sin embargo, compartir la reunión con el «anchoari» de Cantabria, que no deja colocar palabra y de lo que dice sólo se le entienden los chascarrillos.

Existe un temor compartido a la bilateralidad que se huele desde el primer momento en que Cataluña ha pedido un trato singular y específico, perfectamente recogido en el Estatut. Asturias, además de ser una de las regiones más empobrecidas, juega también con la desventaja de que su población pinta poco a la hora de calcular el voto. En este contexto, con o sin Extremadura, que es lo de menos, no creo que invocar las pérdidas del pasado sea la mejor manera de presentarse ante un un futuro incierto. Habría, en cualquier caso, que ir desbrozando ese porvenir con las necesidades de financiación asociadas a él. Pero igual me equivoco y lo que hay que hacer es llorar.

Como se desconoce la propuesta de financiación, se habla de bilateralidad o asimetría, por un lado, y también de multilateralidad, por otro. Con lo que se ha quedado el pueblo llano, sin embargo, es con el mensaje del Rey que invita a todos a «tirar del carro» y en la misma dirección. Esto de Su Majestad se puede decir así o de manera algo más elaborada pero, en definitiva, es lo que piensa la mayoría de los españoles cuando se les pregunta qué es lo que habría que hacer. El consenso, como idea, se le ocurre a todo el mundo, la solidaridad territorial es un deseo que cualquiera está dispuesto a expresar, pero que cada uno lo entiende después a su manera. Por eso andamos bastante descarriados.

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La ficción necesaria

Por Luis M. Alonso (27 de diciembre, 2008)

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«La literatura es un lujo, la ficción una necesidad». El insigne y preclaro aventurero donostiarra, Fernando Savater, ha elegido una cita certera de Chesterton con que encabezar el prólogo del libro, regalo de estas fiestas, para mayores que no han dejado de ser niños. O para quienes alguna vez en la vida hemos soñado con ser piratas o buscadores de oro en el Klondike.

El libro al que me refiero se titula «Misterio, emoción y riesgo» y es un compendio de otras aventuras anteriores del autor de «La infancia recuperada», un personaje que hace años, a raíz de una ruptura amorosa, compró su primer vídeo, un Betamax, con la intención de encerrarse en casa en compañía de «King Kong», «El hombre que mató a Liberty Valance» y «Tiburón», noche tras noche, para viajar del oeste al mar, del mar a la selva, del arponero al pistolero y del pistolero al gorila, y así librarse de los ardores sentimentales. Hasta que comprobó que tendría que comprar más películas y que la felicidad, efectivamente, no consistía en estar con ella, pero sí con otra.

«Misterio, emoción y riesgo» trata, como explica el propio Savater, del «stratum ventrial», la zona cerebral donde, según los científicos del University College de Londres, se sitúa el afán de aventuras de los humanos. El propio escritor se transforma al final del prólogo en Kipling, precisamente uno de sus autores soñados, para recordarnos que su libro incluye todo aquello de cuanto ha escrito que palpita más cerca de lo que quisiera ser. ¿Y qué es lo que hubiéramos querido ser? Para serles sincero, a mí me habría gustado, como Jim, embarcarme en «La Hispaniola» siempre que la aventura la hubiese escrito indesmayablemente, capítulo tras capítulo, Robert Louis Stevenson. O también cruzar a galope, al igual que Ivanhoe, aquel bosque de robles añosos que quizás hubieran contemplado la marcha triunfal de los ejércitos romanos, tal y como lo describía el inigualable Walter Scott, otro escocés que envuelto en brumas hizo de una novela el mejor túnel del tiempo hasta la Edad Media, en aquella Inglaterra que esperaba el regreso de las Cruzadas de Ricardo Corazón de León, un monarca mitificado por la aventura y desposeído de méritos por la historia. Pero también me hubiera gustado ser, a mí como a Savater, Allan Quatermain, el gran cazador blanco, protagonista de las mejores novelas de Henry Rider Haggard, autor de «Las minas del Rey Salomón» y de «La venganza de Maiwa». Allan Quatermain era para los zulúes y los cafres «Macumazahn», el hombre que vigila mientras los demás duermen. Compton Bennet le puso enseguida cara en su versión cinematográfica de «Las minas…» y Quatermain fue para unas cuantas generaciones Stewart Granger, un actor encasillado en un papel.

El libro, ya digo, es un conjunto de aventuras leídas y vistas, estupendamente reseñadas. Acción, misterio, terror, fantasmas, piratas, Jack London, Julio Verne, Christopher Wren, Pierre Mc Orlan, Salgari, Zane Grey -nadie se acuerda ya de Zane Grey-, Arthur Conan Doyle, Edgar Allan Poe, Ian Fleming, los tebeos de Flash Gordon y de Tintín, el mundo de Tolkien, Andersen, Richmal Crompton y hasta Harry Potter. Pero también desfilan por sus páginas, de preciosas ilustraciones, Kafka, Oscar Wilde, Daniel Defoe, el venerado Charles Dickens, Groucho Marx y, ¿cómo no?, el autor de «El hombre que fue jueves» – «las personas no siempre son lo que parecen»-, o sea Gilbert Keith Chesterton, un bromista literario, según Savater. Un bromista que, sin embargo, se tomó en serio el producto inmediato y fresco de la imaginación.

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Navidad para cursis

Por Luis M. Alonso (26 de diciembre, 2008)

No estoy muy seguro de que los políticos, tan alejados de los ciudadanos y de sus problemas, puedan ofrecer una impresión distinta de la que tenemos de ellos por despojarse de las corbatas, contar chistes, incluir un perfil en Facebook o felicitar las fiestas con fotos de cuando eran unas criaturas absolutamente inofensivas. No lo creo y estoy seguro de que tampoco otros ciudadanos o votantes se lo creen, pero nuestros políticos están empeñados en sorprendernos con mil ocurrencias a fin de simular campechanería o presentarse como unos tipos de lo más entrañable.

El mayor ejemplo de esta cercanía impostada se encuentra en el Partido Popular. En Mariano Rajoy, sin ir más lejos. Rajoy es un hombre dispuesto a todo, menos a afeitarse, para darle la vuelta a las encuestas, que le dan siempre por debajo del aprobado. Don Mariano debe de creer que quien gana las encuestas se impone después en las elecciones y le han dicho, además, que su única posibilidad de derrotar a Zapatero es con un derroche de simpatía y de proximidad hacia los votantes. Por eso, él, que tiene imagen de cenizo, hace lo imposible para que lo consideren un tío familiar.

Lo último de Rajoy y su desenfadada dirección, o sea, Mariano, Soraya (Sáenz de Santamaría), Esteban (Pons), Javier (Arenas), María Dolores (De Cospedal), Pío (García Escudero) y Ana (Mato), ha sido felicitarles las fiestas por internet a los españoles con una foto de cuando la primera comunión. Les ha quedado de lo más ñoño, porque de donde no hay más que cursis sólo se puede obtener cursilería. Si alguien no se lo cree que eche un vistazo a la felicitación y verá a Pío con las orejotas de Dumbo o a Esteban, riéndose en una bicicleta como en «Verano azul», observen el aire algo panoli de Marianito y a Javi en bata.

El mensaje campanudo de sus señorías del PP es que quieren vivir en una España mejor. La duda es que estén haciendo algo por ello, aparte de felicitarnos las fiestas recordándonos que una vez fueron niños. Y que, ay, pudieron dedicarse a otras cosas.

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Desigualdad

Por Luis M. Alonso (21 de diciembre, 2008)

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se ha inventado un Ministerio de Igualdad para seguir promoviendo lo desigual. Lo desigual es, por ejemplo, darles un aguinaldo a los banqueros mejorándoles la fiscalidad, mientras el país se desangra en medio de una catarata de expedientes de regulación de empleo. No hay que entrar en la disquisición de si esto es lo que debe hacer un Gobierno socialista o de izquierda, porque por encima de las consideraciones y de los colores está la decencia. Y esto de rebajarles la fiscalidad a los banqueros, mientras el paro aumenta día a día, no es decente. Da igual si la medida procede de la izquierda o de la derecha, por otra parte dos definiciones lo suficientemente anacrónicas para poder explicar a estas alturas lo que está pasando con la política.

La Asociación de Subinspectores de Hacienda recurrirá en el Tribunal Supremo el famoso aguinaldo por considerarlo ilegal y discriminatorio para el resto de empresas, no hablemos ya de la discriminación hacia la inmensa totalidad de las personas. No sé lo que dirá el alto tribunal sobre este enojoso asunto, pero resulta innegable lo que significa favorecer a unos en perjuicio de los otros cuando teóricamente todos somos iguales ante la ley. ¿Cómo lo ve la ministra de Igualdad? Por cierto, ¿qué es de la ministra de Igualdad? A propósito, ¿qué es de la igualdad con este Gobierno dedicado a favorecer a unos ciudadanos y a perjudicar a otros en función de su condición o residencia? Los casos son abundantes, pero esta vez no me tomaré la molestia de citarlos. Es Navidad.

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Árboles que iluminan la noche

Por Luis M. Alonso (21 de diciembre, 2008)

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En El Parche, que es el kilómetro cero, han puesto como todos los años por estas fechas un árbol que ilumina la noche. La plaza gana en belleza y calor. El alumbrado, aunque de distinto modo que las calefacciones, es también un antídoto contra el frío. En tiempos de ahorro energético y de consumo moderado, no conviene olvidarse de la lujosa luz para saber valorarla en su justa medida cuando la fortuna vuelva a sernos propicia y podamos gastar algo más en kilovatios. Permítanme la licencia pero el frío, bien iluminado, resulta hasta menos oscuro.

En esa identificación que hacemos de las fechas señaladas con ciertos lugares, la Navidad guarda en mis recuerdos una especial relación con Londres. En diciembre, cuando anochecía a las cuatro de la tarde, lo más reconfortante era la potente iluminación de los grandes almacenes. Harrods, de Brompton Road, es el árbol navideño del que cuelgan más regalos. La historia de este establecimiento arroja pinceladas de singularidad. Para quienes no la conozcan, en 1849, Henry Charles Harrod, un comerciante de té de Eastcheap, compró una pequeña tienda de comestibles en Knightsbridge, que por aquel entonces era un pueblo. Doce años más tarde, el negocio pasó a su hijo Charles Digby Harrod. En 1867, la tiendita ya facturaba más de 1.000 libras anuales. En 1985, los hermanos Al Fayed se hicieron con el almacén por 615 millones de libras esterlinas.

Harrods, donde todo se puede comprar, es un monumento al consumo y al dinero. En su salón bancario las transacciones financieras se hacen con acompañamiento de piano. En ese mismo salón, se halla una maqueta de plata que conmemora la apuesta cruzada en 1917 entre Gordon Selfridge y Woodman Burbidge, dueño entonces de la tienda. Lo que se jugaban estos dos caballeros era que en seis años a partir del final de la Primera Guerra Mundial los ingresos de Selfridges, el otro gran almacén londinense, habrían superado a los de Harrods. Diez años después. Burbidge, por carta, reconoció ante su competidor que había perdido.

En Knightsbridge, comí por primera vez el célebre budín de la señora Beeton, cuya receta lleva grasa de novillo, frutas, nuez moscada, leche, ron, pasas y coco. El budín aquel me lo daba a probar recién hecho una camarera de cara afilada como un doberman, acompañado de dos o tres tazas de té y sandwiches de pepino.

Adornar el árbol con regalos, velas y golosinas es una tradición nórdica. Las tribus germanas, hace más de 2.000 años, celebraban el 24 de diciembre, alrededor del abeto, el solsticio de invierno. Cumplían con un rito ancestral que anunciaba el fin de los días cortos y las noches largas, como una clara metáfora del triunfo de la luz. Carlota de Mecklenburgo-Strelitz, esposa de Jorge III, aquel monarca aquejado de porfiria que acabó loco, llevó a Londres la costumbre del árbol de Navidad. Desde hace años, Oslo, como agradecimiento al asilo prestado a la familia real de Noruega y a parte de su población durante la invasión nazi, envía puntualmente a sus vecinos un abeto gigante que es colocado en Trafalgar Square. En el reinado de la reina Victoria, en el siglo XIX, esta costumbre se popularizó definitivamente, pasando a Estados Unidos. De allí, al resto del planeta. En España, se empezó a extender a partir de la década de los 60.

Cada 5 de diciembre a las seis de la tarde, con puntualidad británica, los londinenses encienden quinientas bombillas en el enorme abeto de Trafalgar Square, que permanece iluminado hasta el 6 de enero. Alrededor del árbol, una tarde tras otra, la gente se reúne para cantar villancicos. Los curiosos se acercan y visitan después la casa museo de Charles Dickens, el escritor que mejor supo describir la Navidad. Lean y recuerden: «El cielo estaba sombrío y las calles más cortas quedaban obstruidas por la niebla, una niebla sucia, semihelada, semidescongelada, cuyas partículas más pesadas caían como una lluvia de tiznados átomos; era como si todas las chimeneas de Gran Bretaña se hubieran puesto de acuerdo para arder y estuvieran haciéndolo para su propia satisfacción. Ni en el clima ni en la ciudad había nada alegre y, con todo, reinaba un ambiente de fiesta que el aire más puro del verano y el sol más intenso habrían luchado en vano por difundir. Los que quitaban la nieve de los tejados de las casas y se mostraban joviales y llenos de alegría; se llamaban unos a otros desde los parapetos y, de vez en cuando, se arrojaban, riendo de buena gana si acertaban y no tanto en caso de fallar, divertidas bolas de nieve, proyectiles mucho más benévolos que algunas bromas de palabra. Las pollerías aún no habían acabado de abrir y las fruterías lucían esplendorosas».

Los ponches marcan la tradición británica navideña en la cual se inspira esta crónica. En las casas, siempre hay una rama de muérdago en la puerta y un vino caliente, al otro lado de ella, que aguarda al invitado. El «mulled wine» es una de las variantes típicas. Anímense. Utilice tres botellas de vino tinto, no tiene porque ser el peor por el hecho de servirlo caliente, pero tampoco el mejor. Mezcle con la piel de una naranja. Agregue cuatro clavos, una pizca de nuez moscada, una tira de macís y una rama de canela. Incorpore un par de copas de brandy para alegrar la combinación. Caliente los ingredientes en una cacerola y no permita, esto es muy importante, que hierva ya que de lo contrario el alcohol se evaporaría. Otra peculiaridad británica en los aperitivos navideños es el Oporto (Ruby) calentado con una rama de canela y una ralladura de piel de naranja. Cuidado, de nuevo, con no llevarlo a ebullición. Se toma poco más que tibio.

Felices fiestas, que el calor les ilumine y la luz les reconforte. Cualquier tipo de luz.

Libros para regalar en estas fechas
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En primer lugar, dos estupendos libros de historia. Uno de ellos, la biografía del primer zar autócrata de Rusia, Iván IV, más conocido por El Terrible, a cargo de Isabel de Madariaga, catedrática emérita de Estudios eslavos en la Universidad de Londres y miembro de la Academia Británica. Madariaga, nacida en Glasgow hace 89 años, habla de su personaje como la viva reencarnación de Lucifer, pese a otras consideraciones sobre su papel decisivo en la moderna historia de Rusia. Sin embargo, no se puede negar su taimada crueldad: Iván el Terrible, encumbrado artísticamente por Eisenstein y Prokofiev, era un gobernante de cuidado: envenenaba, empalaba y arrojaba a los perros hambrientos a súbditos y rivales sin pensárselo dos veces. «Iván el Terrible» es una historia de poder y de maldad con un protagonista clave -según los especialistas la biografía definitiva de este zar- que publica Alianza Editorial. De la misma editorial, «Historia de las cruzadas», de Steven Runciman, autor de «La caída de Constantinopla», el mejor libro sobre uno de los hechos trascendentales para el posterior devenir de la civilización cristiana. Runciman, que murió en el 2000, está considerado como uno de los medievalistas más importantes del siglo XX y considerado el mayor experto en Bizancio. La suya es una interesante y esclarecedora lectura sobre las Cruzadas.

Por último, la impecable edición que Alba hizo el pasado año de «Martin Eden», el clásico de Jack London traducido por Marta Salís, un libro precioso para emocionarse en cualquier momento con la literatura y quedar bien regalándolo en estas fechas. Una historia casi autobiográfica de iniciación de un hombre rudo que busca en la vida el camino por el que perfilarse y conducirse de manera distinta a la que ha conocido en su mundo sin apenas oportunidades.

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Guantánamo

Por Luis M. Alonso (20 de diciembre, 2008)

La espesura del asunto de la prisión de Guantánamo se podría cortar con un cuchillo. No me refiero ya a los vuelos autorizados, tan secretos que ni siquiera está claro que se hayan producido. En cualquier caso, el Gobierno los niega. De lo que hablo es del siniestro penal que, según el presidente electo de Estados Unidos, cerrará dentro de dos años. La pregunta es por qué no ahora. La respuesta inmediata, porque el trámite hasta saber cuáles son los presos que deben ser juzgados es así de largo. No parece, sin embargo, que haya demasiada prisa.

Aun aceptando que la prisión sólo pueda cerrarse, como se ha dicho, después de un estudio pormenorizado de los prisioneros, lo más acongojante es oírle decir a Barack Obama que en dos años habrá punto final a las torturas, lo que quiere decir, si no hemos entendido mal, que los malos tratos se van a seguir produciendo hasta que se dilucide el futuro de los presos. ¿O no es así queridos socios protectores de los derechos humanos en Guantánamo?

Este extremo, como el de la retirada de las tropas de Irak, conviene aclararlo de inmediato, al menos por lo que se refiere a España, para evitar que los titiriteros pancarteros vuelvan a tomar las calles en señal de protesta. Asombra que no lo hayan hecho para oponerse al envío de más soldados españoles a Afganistán, pero es probable que los pancarteros se encuentren reuniendo pruebas para manifestarse contra todo al mismo tiempo: Guantánamo, las tropas de Irak cuya retirada llevará mucho más tiempo de lo que se pensaba y la intervención afgana.

De Guantánamo, lo que se está diciendo ahora es que no sólo hay problemas para buscarle juzgado a los presos supuestos terroristas sino también de encontrarles destino a los que queden libres. Respecto a Irak, las dificultades para sacar las tropas antes de junio de 2009 son grandes, según han dicho los militares.

En la política, siempre hay un margen de error entre lo que se predica y lo que se puede hacer.

Categoría: Sol y Sombra | Comentarios(0) | diciembre 2008 |

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