Niemeyer y la longaniza

Por Luis M. Alonso (30 de noviembre, 2008)

Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares Filho, que ya tiene la medalla de oro de la ciudad, le quieren regalar ahora por su cumpleaños una tarta y una longaniza de Avilés. Lo primero no quita que no se merezca lo segundo; es más, todo ello forma parte, digo yo, de este homenaje no siempre espontáneo, pero sí algo improvisado y chusco al arquitecto brasileño que ha diseñado el centro cultural de la ría y que, según se ha dicho, nos pondrá en el mapa. En Avilés, como en cualquier lugar agradecido, se estila el homenaje. Existen, además, al igual que en otros sitios, peñas y sociedades dedicadas a ello. También disponemos de gran número de homenajeables, entre los de casa y los que surgen por añadidura.
Por eso, a Niemeyer, que cumplirá en diciembre, si Dios quiere, 101 años, lo han distinguido con el nombramiento de «abuelo del colesterol», premio que encierra un mayor mérito, si tenemos en cuenta que abuelos con colesterol debe de haber unos cuantos por ahí desperdigados. El colesterol excesivo, de hecho, es un lípido que se prodiga aquí, en Río de Janeiro y en cualquier parte.
No sé si Niemeyer tiene entre su cosecha centenaria un colesterol alto, ni si puede pegarle un mordisco a la longaniza envasada al vacío que le van a enviar desde Avilés. Desconozco si la monumental tarta que le van a regalar lleva 101 velas, un número considerable por monumental que sea la tarta. Los detalles son lo de menos, dado que el guión es propio de una murga de Cádiz.
A mí lo que realmente me gustaría es poder ver la cara que se le quedará a Niemeyer cuando reciba en Brasil, si es que llega a sus manos, la tarta, la longaniza y el pergamino con el nombramiento de «abuelo del colesterol». Ya sé que es difícil que algo le pueda asombrar a alguien a los 101 años de su vida, pero esto de que a uno lo nombren abuelo del año con una longaniza y a tanta distancia resulta asombroso. A Niemeyer tendría que entrarle curiosidad por saber qué van a hacer con su edificio en un lugar tan peculiar como éste.

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Test de diligencia municipal

Por Luis M. Alonso (30 de noviembre, 2008)

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Procedo a una humilde encuesta de urgencia para establecer prioridades en Avilés. La mayoría de consultados coincide en los accesos de la ciudad. La foto de Ricardo Solís desde el puente Azud confirma esa necesidad. Lo que el lector puede observar en la imagen, lo mismo que quien llega a Avilés, procedente de la autopista, es algo que difícilmente se congenia con una sociedad del bienestar, sino más bien con el llamado tercer mundo. O el cuarto. Lo que se ve en primer término es maleza y escombro y lo que aparece después, por delante de la línea de edificios, no descubre un humedal propiamente dicho sino un estercolero inhóspito y enfangado, próximo al casco urbano, en las inmediaciones de la tierra de promisión, el Niemeyer, etcétera.

El Ayuntamiento de Avilés ha sido incapaz en todos estos años de juntar una peonada para adecentar los accesos, que son la primera y malísima impresión que se lleva el visitante. Nadie en su sano juicio, ni tan siquiera con una imaginación desbordada, podría imaginarse que es precisamente en el corredor urbano peor tratado donde se proyectan las principales actuaciones del futuro. Cabría pensar, si no fuera porque el futuro lo venden a un plazo larguísimo, que los promotores de la idea han empezado una vez más la casa por el tejado.

Fíjese el lector que no hablo siquiera de urbanizar, sino que me refiero exclusivamente a limpiar o adecentar un espacio más propio de la Bosnia de posguerra, incluso del África subsahariana, que de una ciudad que aspira a que su imagen cultural se proyecte en el mundo a través del diseño de uno de los arquitectos con mejor historial, al que, disculpen el paréntesis, le quieren ahora enviar a Río de Janeiro una tarta y una longaniza envasada al vacío para que celebre su 101 cumpleaños recordando a Avilés. Que cosas.

Arreglar los accesos a la ciudad no es algo que suponga cantidades ingentes de dinero. Pero sí hace falta un pequeño esfuerzo de gestión que este Ayuntamiento ha escatimado a los avilesinos. En el caso de que se tratase de falta de liquidez -la partida para inversiones resulta insignificante en el presupuesto municipal, sólo un 7 por ciento en 2009- el llamado fondo anticrisis de Zapatero podría ser una ventana a la esperanza. Se trata de catorce o quince millones que Avilés puede aprovechar en la difícil coyuntura económica municipal para poder hacer lo que sus limitados recursos le impiden. Todo ello sometido, como es lógico, a un test de diligencia. El gobierno ha adelantado un guión para actuaciones susceptibles de financiación: mejora de entornos urbanos, equipamientos e infraestructuras viarias, saneamiento, alumbrado, protección del medio ambiente y redes de abastecimiento de agua. ¿Se les ocurre algo? La primera bombilla que se le ha encendido a la Alcaldesa es la de la llamada factoría cultural (locales de ensayos para artistas), la supresión de barreras arquitectónicas de Avilés a La Carriona y una guardería. De los accesos no hay nada, pero tampoco conviene abandonar la esperanza. ¿O acaso no figura la mejora de entornos urbanos en el guión que facilita el gobierno?

No sé los peones que se pueden emplear en arreglar los accesos a la ciudad. Pero seguramente unos cuantos, que sumados a los de los trabajos para eliminar las barreras arquitectónicas, los de la obra de la factoría cultural o de la guardería pueden servir para ir cubriendo la línea de puntos del plan anticrisis, que consiste en maquillar con puestos eventuales la triste realidad de las listas del paro. Existe, además, cierta prisa que obligará a los ayuntamientos más remisos a un test de diligencia. Es ahí donde hay que demostrar la dedicación que no se ha tenido hasta ahora. De momento, todo son facilidades.

KRAUZE SOBRE VENEZUELA
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El historiador y ensayista Enrique Krauze ha escrito un libro que es un compendio de géneros a propósito de Hugo Chávez, el déspota que gobierna en Venezuela. En él se conjuga el propio ensayo, la crónica, el reportaje, el perfil biográfico y la entrevista. El resultado es una interesante lectura que recorre la reciente historia política del país caribeño, que supo sacudirse el polvo de las dictaduras de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez para emprender tránsitos democráticos, algunos de ellos duraderos, presididos incluso por políticos excepcionales para la realidad iberoamericana como Rómulo Betancourt o Rafael Caldera. Hasta llegar a los períodos de corrupción de Carlos Andrés Pérez, Herrera Campins o Jaime Lusinchi, al «caracazo» o al fin de la democracia liberal decretada por Chávez. A Krauze se debe la «Trilogía Histórica de México», que recoge «Siglo de Caudillos», «Biografía del poder» y «La presidencia imperial», tres volúmenes imprescindibles para conocer los precedentes mexicanos. Igual que ahora con éste de Venezuela.

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Con un par de zapatos…o de tacones

Por Luis M. Alonso (29 de noviembre, 2008)

Esperanza Aguirre es, sin duda, una mujer con coraje. El otro día, probablemente el más peligroso de su vida, entró confiada en un gran hotel de Bombay bajo una lluvia de pétalos de rosa y salió de él descalza, pisando charcos de sangre, en medio, como ella misma dijo, de una ensalada de tiros con motivo de un ataque terrorista.

Pocas horas después, aterrizaba en Madrid excusándose ante los periodistas por la «toilette» improvisada: unos calcetines blancos cortesía de la aerolínea y unos zapatos que le llevaron al aeropuerto que, pese a ser del mismo color, no eran a juego. Da igual, porque nunca se le ha dado tanta importancia a unos pies. Yo, al menos, me he quedado prendado de ellos sabiendo lo que han recorrido y por dónde han resbalado hasta encontrar descanso.

La presidenta de la Comunidad de Madrid ya tuvo un gesto admirable cuando se cayó el helicóptero donde viajaba y salió de él como si no hubiese pasado nada, sacudiéndose el polvo de la ropa y preguntado cómo estaban sus acompañantes de vuelo. El otro día, en el tránsito desde que perdió las alpargatas hasta que se puso los calcetines, para dar las primeras explicaciones en Barajas, tuvo tiempo a todo: interesarse por la situación, dar órdenes, agradecer las atenciones e incluso bromear. No hay quien pueda con su habilidad para interpretar el populismo y nadie transmite un imagen tan decidida.

Esperanza Aguirre no sólo sale bien parada de las peores situaciones, sino que las aprovecha a su favor. La duda que cabe es sobre su capacidad de maniobra para asumir un liderazgo en un partido que lo necesita y en un país desasistido de líderes. Yo, sin tener apenas confianza en los políticos, confío en que las mujeres con coraje nos salven de la agónica pereza de Zapatero y Rajoy, de la petulancia insoportable de Gallardón, y de todos los pepiños. No sé la suya, pero mi esperanza no es una, sino tres, la propia presidenta de Madrid, la añorada María San Gil y Rosa Díez. Dos liberales y una socialista. A por ellos.

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El gordo que hacía reír, víctima de una broma pesada

Por Luis M. Alonso (29 de noviembre, 2008)

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Cuando Roscoe Conkling Arbuckle, más conocido por Fatty, fichó por la Paramount, las revistas de Hollywood escribieron que su secreto residía no sólo en que el público se riera de él, sino con él, ya que el gordinflón no temía ser víctima de los chistes. Y así fue hasta que una inflamada opinión pública lo hizo llorar de desesperación hasta hundirlo en la miseria por un crimen del que fue absuelto y seguramente nunca llegó a cometer: la violación y muerte, durante una fiesta en San Francisco, de una aspirante a actriz de 30 años, empapada en alcohol, llamada Virginia Rappe, con la que había coincidido al principio de su carrera en Keystone, el estudio cinematográfico y fábrica del humor donde empezaron también Charles Chaplin y Buster Keaton.

La Rappe ya le había mirado a los ojos a una distancia de centímetros a la mitad, como mínimo, del personal de Keystone, según el relato de Jerry Stahl contado desde la perspectiva del propio Fatty, pero muchos coincidieron entonces en que se trataba de una joven inocente y virgen víctima del apetito voraz de un monstruo depravado. Después de una agitada fiesta, el 5 de septiembre de 1921 en el hotel St. Francis, en la que todos tenían sed del alcohol prohibido por el acta Volstead y donde se bebió hasta el agua de los floreros, Maude Delmont, compañera de Rappe y cotilla, testificó en contra de Fatty, al que se acusó, sin pruebas, de forzar a la aspirante a actriz, que murió a los pocos días de una peritonitis. Después de dos juicios, el jurado se pronunció de la siguiente manera: «La libertad no es suficiente para Roscoe Arbuckle. Creemos que se ha cometido una grave injusticia en su persona y que no hay la menor evidencia para involucrarle en modo alguno con ningún crimen». Pero casi nadie creyó al gordinflón y el calvario prosiguió después de la sentencia. Hoy ya apenas nadie lo ve culpable, pero entonces desde «The New York Times» hasta el «Examiner», de William Randolph Hearst, y sobre todo este último, se cebaron con Arbuckle. Los estudios se autocensuraron para sacudirse la ola «moral» de indignación. Luego vino el código Hays.

En plena campaña contra aquel aprendiz de fontanero rollizo que descubriera Mack Sennett, unas damas agraviadas de Hartford (Connecticut) rasgaron la pantalla de un local donde se exhibía una de sus películas, casi al mismo tiempo que un centenar de vaqueros de Thermopolis (Wyoming) disparaba contra unos de sus cortos mientras se proyectaba en la sala del pueblo. El pobre Fatty, que se había hecho famoso lanzando tartas a los demás, no sabía dónde esconderse para huir de los proyectiles, huevos, tomates, y botellas, de quienes le culpaban de haberse sobrepasado y veían en Hollywood y sus escándalos la raíz de todos los males. Como cuenta Stahl, los cines del sur de California habían prohibido sus películas hasta que Jesucristo volviese a la tierra con una máscara antigás y un sombrero panamá.

Bibliografía
«Yo Fatty». Jerry Stahl. Anagrama
«Hollywood Babilonia». Kenneth Anger. Tusquets

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Narcóticos anónimos

Por Luis M. Alonso (27 de noviembre, 2008)

Narcotización es la palabra que más escucho decir cuando se habla de atonía crítica en la sociedad española. El otro día la empleaba un colega amigo para referirse a lo que está sucediendo en una España en la que los líderes sociales no están a la altura y sólo algunos deportistas consiguen una aceptación generalizada, no ya por sus éxitos, sino por su comportamiento cívico allá donde compiten. El último ejemplo es el del equipo de tenis de la Copa Davis.

«La gente es como si estuviese narcotizada», oigo a unos y otros refiriéndose a este pasotismo muelle que nos embarga, que impide a muchos españoles reaccionar ante la idiocia imperante en la casta política y la dejación de funciones del resto de los dirigentes sociales, sindicales, empresariales, etcétera. Los medios de comunicación, en fin. Pocos se salvan de la miopía o de la sedación que nos permite aceptar el fraudulento espectáculo al que asistimos y que acabará por convertir a este país en un sarcasmo.

¿A qué se debe esto? La pregunta probablemente tiene varias respuestas. La narcotización de marras se relaciona, en primera instancia, con la comodidad en que se han desenvuelto las últimas generaciones, alejadas en unos años de bonanza de los problemas que normalmente afectan a cualquier sociedad. Es posible que la vida muelle y fácil haya contribuido al desentendimiento de los principios y los valores, etcétera. Pero seguramente también tiene que ver en ello la deficiente educación, la corrección política llevada a extremos inquisitoriales, las televisiones aborregantes sujetas al poder, el buenismo, el adanismo y, sobre todo, mantener la creencia de que todos los pasos que se dan en España tienen vuelta atrás cuando algunos son irreversibles.

Nunca ha habido un peor presidente del Gobierno y un peor líder de la oposición. Nunca hemos estado peor administrados. Nunca hasta ahora a nadie se le había ocurrido regalarle a la mafia rusa la empresa más estratégica que tenemos. No pasa naaada…

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La Plaza, segunda reconversión

Por Luis M. Alonso (26 de noviembre, 2008)

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El mercado de abastos de la plaza de Hermanos Orbón afronta su segunda reconversión en los últimos veinte años. Primero se suprimieron los puestos exteriores y el espacio de venta quedó reducido a la mitad. El edificio central del mercado quedó como una pieza insignificante dentro del envidiable conjunto arquitectónico de soportales y galerías. Ahora de lo que se trata es de mejorar sus prestaciones de manera que pueda seguir prestando los servicios comerciales que siempre prestó antes de la primera e inútil reforma.

No hace mucho, en el libro coral «Avilés. Episodios y relatos», escribí sobre Hermanos Orbón lo siguiente: «La original plaza de las Aceñas, donde se conjugó la gran sinfonía ambiental de Avilés, lleva desde hace tiempo el nombre de Hermanos Orbón. Rectangular, asoportalada, de balcones y miradores, con preciosas galerías de madera sostenidas por columnas de hierro, se trata del conjunto arquitectónico más singular de la ciudad. Y posiblemente también de un espacio desaprovechado desde que se redujo el mercado de abastos y no se abrió ante ella una nueva expectativa de vida como plaza mayor.

El arquitecto y dibujante Peridis le dedicó grandes elogios. Carlos Ferrán, autor del plan especial de protección del casco histórico, propuso una actuación puente de enganche con el parque del Muelle y la ría para revitalizarla en la medida que se merece. La plaza de Hermanos Orbón ha sido un centro neurálgico de la vida avilesina, un lugar a resguardo para el paseo en las primeras décadas del siglo pasado, una pista ideal para patinadores furtivos y el escenario donde todos los sábados asistíamos maravillados al milagro de los peces en los abastecidos mostradores de las pescaderías. Ha sido todo eso y es, además, una verbena de hortalizas y puestos ambulantes de mercadería variada, cada lunes del año».

No soy el único, pero echo de menos en estas páginas a Paco Álvarez-Buylla. A propósito de la nueva remodelación de la Plaza, que es como se conoce desde siempre en Avilés tanto al mercado como el resto del conjunto, Buylla habría recordado el episodio de Peridis, que tampoco ha sido el único en quedarse boquiabierto ante el recinto de Hermanos Orbón. José María Pérez González, Peridis, ha llegado ahora al ecuador de su gran obra «Enciclopedia del románico en la Península Ibérica», que consta de 72 volúmenes. En los primeros treinta ha liderado un equipo de 500 investigadores. Para Peridis el románico es la seña de identidad de Europa. Lo dijo el otro día durante la presentación del proyecto editorial en la sede del Instituto Cervantes. Leo en «El País»: «Es un arte que unifica Europa, desde Oslo hasta el Mediterráneo. Todo el territorio está marcado por él». Asturias, junto con Castilla-León, La Rioja y Navarra, sigue Cataluña en riqueza románica. Como dice Peridis, el románico es un arte enclavado en el paisaje de la franja norte española del mapa que quedó tras la batalla de las Navas de Tolosa.

Bueno pues nuestro arquitecto enamorado del románico quedó también asombrado de la belleza de la plaza de Hermanos Orbón. En Lucca (Toscana), la plaza del Mercado, que ocupa el viejo anfiteatro romano, tiene forma de elipse y está rodeada de edificios que en su parte inferior disponen de 54 arcos. Es todo un espectáculo. La Plaza de Avilés, con sus galerías atlánticas, también lo es. Se trata de bellezas paralelas.

Los comerciantes de Hermanos Orbón han encontrado, creo yo, una fórmula interesante para relanzar el tradicional espacio alimentario de la ciudad. Ya tienen un logo de marca para dar a conocerse. De momento y de modo provisional se trasladarán al paseo central del parque de Las Meanas hasta que finalicen los trabajos de remodelación en el recinto, previsto en 2010, y luego volverán al lugar de siempre, que habrá experimentado una modernización y contará, además, con un restaurante.

Es posible que, en el conjunto edificado en terrenos desecados de la marisma en la segunda mitad del siglo XIX, nunca veamos la plaza cubierta con la gran bóveda de cristal que proponía Ferrán, ni prolongándose hasta el Parque del Muelle por medio de un pasaje pavimentado y confluyendo con un invernadero, en las inmediaciones del quiosco de la música, a unos metros de la ría. Quizás no veamos nada de eso. Pero las galerías y los soportales seguirán ahí para asombro de los visitantes y orgullo de los avilesinos. Hay que esperar que el mercado funcione y vuelve a ser un epicentro de la animación comercial.

Bayly, simpático y sentimental
Conocía al personaje, pero nunca había leído nada de Jaime Bayly. Ahora que estoy leyendo «El canalla sentimental», editorial Planeta, me declaro jaimeadicto. Se trata, si es que se puede llamar así, de una novela autobiográfica sobre el día a día del autor, los enredos con su ex mujer y su amigo íntimo, de Miami a Buenos Aires y de Buenos Aires a Lima, los momentos entrañables con sus dos hijas, etcétera? La novela es tan autobiográfica que Bayly en la ficción es Baylys. Pero tampoco se le puede llamar ficción a un relato que tiene por principal virtud la sinceridad del que cuenta todo lo que le ocurre. Jaime Bayly, además de un tipo ocurrente y simpático, es una persona de una sinceridad aplastante. Da la impresión de que no se come nada. Yo eso ya lo sabía por sus programas de televisión y sus grandes polémicas. Desconocía, ya digo, la altura narrativa de Bayly y su calidad humorística. He aquí un libro desternillante con pasajes brillantísimos y situaciones maravillosamente resueltas. Absolutamente recomendable. Y una vez más, habrá que preguntarse por la calidad literaria que produce Perú, de donde salen tan buenos narradores, empezando por Mario Vargas Llosa, siguiendo por el fallecido Julio Ramón Ribeyro y por Alfredo Bryce Echenique, otro excelente humorista, hasta llegar a este Bayly, liberal sincero, chiflado e irrepetible.

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Atrapar el instante

Por Luis M. Alonso (23 de noviembre, 2008)

La exposición de Miki López en el CMAE ha logrado un récord de visitas diarias. Me alegro por dos motivos: uno, por mi compañero y, otro, por el enorme interés que suscita ese instante supremo del reporterismo que es la fotografía. Miki López, no les voy a descubrir nada que no sepan, es un fotógrafo excepcional, creativo y poseedor de una técnica sobresaliente. Pero es también un periodista observador de la jugada. Eso es muy importante, porque la jugada cuando se trata de la noticia o el rasgo del perfil humano que toca retratar se produce a veces a la misma velocidad que una ráfaga de viento, por lo que conviene estar atento para no quedarse fuera de juego.

Las fotos, muchas de ellas deslumbrantes, de Miki López han atraído a más de un millar de personas, algo menos que las exposiciones de renombrados artistas como Chillida, Tàpies y Barceló, pero todo ello teniendo en cuenta que estas últimas muestras se prolongaron durante el doble de tiempo. Se puede entender, por tanto, que en igualdad de condiciones nuestro pequeño maestro hubiese superado en interés de público a sagradas figuras del arte.

La fotografía es, como el cine, un oficio del siglo XX que concita la curiosidad del momento. En «Asturias, siglo XXI», la serie de LA NUEVA ESPAÑA que el fotoperiodista realizó en colaboración con Eduardo Lagar, Miki López ha sabido captar la esencia rural y también el medio urbano, que en esta región producen contrastes insospechados por la cercanía. Uno sale de la ciudad y apenas tiene tiempo para darse cuenta de que se encuentra en el campo. El mismo tiempo con el que cuenta el periodista para saber interpretar y acompasar la dicotomía informativa, de la luz y del color.

Asturias, nos lo han contado Miki López, Garci y Gonzalo Suárez, en sus películas, tiene una luz especial. Pero, al mismo tiempo que es agradecida para el retrato, el paisaje hay que saber fundirlo con el paisanaje y acertar con el instante. Todo eso es lo que Miki López sabe entender. Para muestra, su exposición.

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El lujo se salva

Por Luis M. Alonso (22 de noviembre, 2008)

El día en que quebró Lehman Brothers, el modista Óscar de la Renta vendió un abrigo de cien mil euros. Eso le ha llevado a decir al modisto, perdón al modista, que el lujo no es un artículo de crisis. Mejor dicho, que la recesión económica no afecta a los artículos de lujo. O sea, que la recesión es un lujo del que prescinden sin ningún problema ciertos artículos.

Desde luego, la crisis no es para todos pero sí para muchos, entre ellos los que no pueden pagar cien mil euros por un abrigo. Por mucha piel que tenga, no acierto a entender cómo un abrigo puede costar ese dinero. Tampoco entiendo demasiado bien, ni por supuesto comparto, que la piel de los animales salvajes sirva para hacer abrigos, salvo que los use un esquimal o un lapón en las circunstancias requeridas que ya todo el mundo conoce. Los esquimales no compran, sin embargo, en las tiendas de Óscar de la Renta. Y a alguno de ellos le daría un pasmo si supiese que un abrigo de pieles puede llegar a alcanzar el precio del que se vendió justo el mismo día en que quebró Lehman Brothers.

Ahora bien, Óscar de la Renta puede que tenga razón en su finísima y cínica percepción de la crisis. Él, tan fino, asocia caprichosamente el lujo con la moda y dice que nadie puede vivir sin esta última. Vestirse es importante, sin duda, aunque para ello tenga que ponerse uno un abrigo de piel de foca de Benarroch o un leopardo de De la Renta. El problema surge en el momento en que vestirse normalmente se convierte en un lujo para el que no llega a fin de mes.

El modisto, qué digo, el famoso modista, no puede andarse por las ramas cuando se trata de hablar de dinero, primero porque es un cualificado profesional de la moda y la moda se paga. Y, segundo, porque se apellida De la Renta y la renta hace tiempo que está de actualidad. Es decir, nunca ha dejado de estarlo, salvo para aquellos que no tienen inconveniente en gastarse cien mil euros en un abrigo de no sé qué. El lujo no está en crisis, lo ha dicho un señor con apellido millonario.

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El jefe de la tribu

Por Luis M. Alonso (22 de noviembre, 2008)

El jefe de la tribu ha recibido un premio que se concede para homenajear a los reporteros caídos, los colegas que él bautizó. Probablemente no exista nada más justo que Manu Leguineche reciba un premio de reporterismo, aunque también podría haberlo recibido de humanidades. Leguineche nos ha enseñado periodismo, geografía e historia en sus crónicas y en sus libros. De él hemos aprendido algunos a situarnos en un mapamundi y a recomponer los trazos de los pueblos.

Cuando se retiró a su casa de la Alcarria y lo contó, al mismo tiempo que leíamos su relato podíamos sentir nostalgia por el corresponsal de guerra. Él también, mientras lo escribía, porque entre partidas de cartas con los paisanos del pueblo y atardeceres en compañía del botijo, nos iba recordando su experiencia en episodios cruciales del siglo XX, la caída de Saigón o del Muro de Berlín, el conflicto de la antigua Yugoslavia o el despertar de China. A Manu lo hemos seguido ávidamente desde el principio las generaciones prendidas del periodismo. Y siempre hemos obtenido la recompensa de la crónica timbrada y bien escrita.

Ahora, Leguineche ha dicho, con la humildad que le caracteriza, que el periodismo está, más o menos, acabado. El periodismo, no los periódicos. Sobre ello se está hablando mucho y con razón. A este viejo oficio lo están rematando los gabinetes de comunicación, la especulación empresarial, los políticos altamente contaminantes en el léxico y también los burócratas que han elegido este trabajo lo mismo que podían haberse dedicado al cultivo del champiñón. Las redacciones no son lo que eran: siempre hay un comunicador o una comunicadora que ya no es periodista, probablemente porque nunca lo ha sido, que pretende dar lecciones. Como dice Enric González, no queda ya ni la vieja mística que permitía soportar la cadena de servidumbre. La tribu, no digo la de Leguineche, sino la de los indios en general, está siendo irremisiblemente conducida hacia una reserva. Como les ocurrió a los sioux.

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La autoestima del héroe infantil

Por Luis M. Alonso (22 de noviembre, 2008)

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Guillermo Brown posiblemente no sea un personaje apto para todos los públicos. Como les ocurre a otros héroes literarios de la infancia, está encasillado en el tiempo más perecedero de la vida. Permítanme que les explique a quienes hayan llegado tarde o no lo sepan que el personaje al que me estoy refiriendo era un auténtico héroe para los niños españoles en las décadas de los cincuenta y los sesenta, él marcaba la raya que separaba el mundo adulto del infantil. Lo hacía junto a los proscritos, Douglas, Enrique y Pelirrojo, y al lado de «Jumble», un perro mil leches compañero inseparable de correrías.

El personaje, protagonista de 38 libros, se debe a la imaginación de Richmal Crompton Lamburn, nacida a finales del siglo XIX en Lancashire hija de un pastor anglicano. Crompton escribió también cosas para adultos, pero, al menos en este país, quienes no la conozcan por sus libros infantiles seguramente no se tomarán la molestia de leer «Bruma» y «La morada maligna», el primero de ellos un volumen de relatos sobre fantasmas traducido por Javier Marías y publicado en Reino de Redonda, igual que el segundo, una novela de terror.

Pero de lo que yo quiero hablarles es de los libros que en España editaba Molino, de tapa dura, tamaño muy manejable y atractivas portadas con las maravillosas ilustraciones de Thomas Henry. Las peripecias de Guillermo Brown fueron traducidas a varios idiomas, pero se suele decir que en ningún otro sitio, con la excepción de Inglaterra, obtuvieron el éxito de aquí. No sé si ello tiene que ver con la buena labor de promoción llevada a cabo por Molino o, como ha especulado Fernando Savater, devoto del personaje, a que en aquellos años del franquismo resultaba estimulante para un niño identificarse con el barbián de los libros de Crompton, un símbolo de rebeldía. Esto último me parece algo rebuscado, ya que el anarquismo infantil de Guillermo Brown podría reencarnarse en niños de cualquier lugar desarrollado o en vías de desarrollo. Sí acierta, sin embargo, Savater cuando explica en «La infancia recuperada» cómo el primer libro que despertaba la curiosidad sobre Guillermo llegaba de la mano de una tía solterona o de una amiga de la familia. En mi caso, dieron en el clavo al empezar por el principio y regalarme el número uno de la colección, «Travesuras de Guillermo», que en inglés se llamó «Just William», publicado por primera vez en 1922. La saga infantil de Crompton comienza ese año y se prolonga hasta 1970 con «Guillermo el bandido», editado un año después de la muerte de la escritora en su casa de Farnborouhg (Kent), un lugar muy parecido al escenario de sus historias, entre «cottages», primorosos parterres, reuniones en la vicaría, colectas y litros de té. Lo curioso es que este marco costumbrista convencionalmente inglés nos pareciese entonces tan exótico como los grandes espacios abiertos de Karl May, el Borneo de Emilio Salgari, las intrincadas selvas africanas de Edgar Rice Burroughs o las remotas islas de Stevenson. Aunque bien pensado era la forma que teníamos los pequeños lectores de interactuar con Guillermo Brown, empeñado en recrear en la desesperante somnolencia de la campiña inglesa el corazón de la jungla o la inmensa pradera de los piel rojas. Posiblemente fuese esa extrapolación inocente del exotismo y la aventura lo que haya que achacarle al mundo cerrado en que vivíamos.

Pero el personaje de Richmal Crompton nos permitía soñar y, al mismo tiempo, aplicar cierta lógica y no poca ironía, muy por encima de las posibilidades infantiles. He aquí un ejemplo:

-Lo que se me antoja francamente horrible -gruñó Guillermo, insistiendo en uno de sus temas favoritos-, es haber vivido todos estos años sin haber hecho aún nada importante.

-A mi modo de ver, has hecho bastante -masculló su madre-. De momento, has roto todas las ventanas de la casa, has hecho explotar dos veces el géiser, has echado a perder el mosaico de madera deslizándote por él y has llenado de alquitrán toda la alfombra por el vestíbulo.

-¿Qué culpa tengo yo de que pongan alquitrán en las calles? -protestó Guillermo ofendido por la injusticia de la acusación-. Por algún sitio tengo que andar, ¿no te parece? No voy a volar.

De esa manera, un niño inglés con las medias caídas, el gomero en la mano y un amasijo pringoso de bolas de grosella en los bolsillos del pantalón reforzaba nuestra autoestima frente al muro incomprensible de los adultos. Gracias por todo, señora Crompton.

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