Desbandada parlamentaria

Por Luis M. Alonso (31 de octubre, 2008)

La desbandada en el Congreso en una sesión de control dedicada a la grave situación económica debería avergonzar a los diputados, unos señores y señoras, mayormente culiparlantes, que cobran sueldos muy por encima de lo que percibe la inmensa mayoría de los españoles. No se ha apagado todavía el eco de las denuncias de Javier Gómez Navarro sobre la proliferación de vagos en los sindicatos, cuando sus señorías no dudan en tomar carrera e equipararse en méritos laborales con los llamados representantes de los trabajadores. Que bonito.

En resumen, doscientos diputados se ausentaron de sus bancos cuando lo que tenían que haber hecho era mantenerse pegados al asiento, atentos a las preguntas y a las respuestas, en una sesión que tenía por objeto un asunto que concierne al público en general y de gran trascendencia en estos momentos, como es el maltrecho estado de la economía. Pero está visto que la economía sólo le preocupa a una mayoría de los diputados, cuando se trata de decidir lo que va a cobrar en los próximos años de legislatura. Lo mismo que los leones tienen derecho a bostezar en el palacio de la Carrera de San Jerónimo, a sus señorías les debería estar prohibido el aburrimiento y, mucho menos, abrirse de manera tan descarada y grosera cuando se discuten los asuntos que afectan a los españoles.

Nosotros, ustedes y yo, sí tenemos todo el derecho del mundo a indignarnos con estos comportamientos. Los diputados, sí señor, cobran muchísimo más de lo que deberían por un trabajo que, además, no están dispuestos a respetar ni siquiera dentro del horario establecido. He leído y escuchado, cuando se discute el sueldo de los políticos, que los parlamentarios españoles ganan menos que sus homólogos franceses, alemanes o italianos. Es verdad, pero también lo es que el resto de los visigodos de pata corta tenemos sueldos inferiores a los de nuestros vecinos. Un tornero fresador cobra menos aquí que en Alemania, y lo mismo ocurre con un auxiliar administrativo.

La pregunta, ahora, es si los diputados se van a quedar sin empleo como le podría ocurrir a cualquier otro contribuyente por darse el piro en horario de trabajo y sin explicaciones.

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La felicidad

Por Luis M. Alonso (30 de octubre, 2008)

La felicidad era una canción de éxito de Palito Ortega, pero ahora me entero de que también es un estado pasajero de la locura que embarga a nueve de cada diez asturianos, que se consideran bastante o muy felices. Sólo un 2 por ciento de los encuestados se tiene por absolutamente infeliz, o sea, por unos desgraciados.

El lector, a falta de otros datos, tiene todo el derecho del mundo a preguntarse en qué consiste eso de ser feliz. El ánimo superlativo de los asturianos encuestados no lo explica, quizá porque la felicidad resulta difícil de desmenuzar, como todo aquello que tiene que ver con la euforia.

Yo creo que la felicidad tiene un antes y un después. Para unos, puede ser que dejen de dolerles las muelas; para otros, simplemente encontrarse a gusto con su conciencia. Hay en todo esto comodidad material y moral, pero la mayor parte de las veces lo que se transmite es la ilusión de ser feliz como una perdiz.

La felicidad es más conservadora que los gatos; se produce cuando uno no quiere cambiarse por nada, ni que nada cambie. Es todo lo contrario a la ambición. Alguien dijo que la felicidad es como unas ganas de dormir, y esa es de todas la mejor definición que existe sobre un estado de ánimo del que todo el mundo le ha dado por hablar y decir las cosas más curiosas. Leon Tolstoi escribió que todas las felicidades se parecen, pero cada desgracia tiene una fisonomía especial. Y no sé quién más explicó que ser feliz consiste en tener buena salud y mala memoria.

Salud y felicidad cabalgan juntas. De hecho, la encuesta sobre la felicidad de los asturianos proviene precisamente del ámbito de lo saludable. Siempre se dice que lo primero de todo es contar con buena salud, así vengan torcidas. Jules Renard, que asociaba sus estados de ánimo a la economía, dijo que el dinero habría que devolverlo en el caso de que no proporcionase felicidad a quien lo tuviese. Los asturianos de la encuesta han hablado de sus problemas de salud con moderación y de la felicidad con gran optimismo. En último caso, como se dice por ahí, jodidos pero contentos.

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Haberlo dicho antes

Por Luis M. Alonso (29 de octubre, 2008)

La insistencia, no sé ya si cómica o patética, de Zapatero en acudir a Washington a la reunión del G-20 está haciendo que nos preguntemos todos los días por el verdadero papel de España en la economía mundial. Y todos los días llegamos a conclusiones diferentes y alcanzamos distintos puestos en el ranking. No hay nada más fácil que agitar los indicadores económicos para obtener respuestas contradictorias sobre lo que realmente representamos en el concierto de las naciones.

En competitividad económica, por ejemplo, la realidad nos sitúa lejos de un hipotético G-8 e incluso ya no figuraríamos por méritos propios en un G-15. El Foro Económico Mundial ha empezado a considerar al español como un Estado miembro digno de admiración por detrás de Chipre y Eslovenia. Y no me parece a mí que los presidentes de estos dos países pongan tanto empeño en estar presentes en la llamada refundación del capitalismo.

Zapatero se está enzarzando en una cuestión que sobrepasa incluso el prurito para no quedarse fuera de una cumbre o de una foto, que vienen a ser lo mismo, dadas las circunstancias y las escasas posibilidades de que el presidente del Gobierno pueda aportar en Washington una sola idea que no estén dispuestos a proclamar o defender los demás. Pero como no tiene abuela insiste en que irá a la cumbre del G-20 para hacer oír la voz de la socialdemocracia y del progresismo, todo ello con un par de nociones políticas y sin conocer un idioma.

En todo caso, lo de la socialdemocracia y el progresismo habría que haberlo dicho antes de que cursasen las invitaciones por si era de interés. Y tendría que haberlo hecho Pepiño Blanco, al que no se le puede tomar en serio todo lo que dice, aunque resulte de lo más gracioso. Pepiño, como ya saben, no quiere intervenir en los grandes procesos electorales y políticos del mundo para no influir en su resultado o desenlace. Cuando lo hace, sin embargo, mueve a la reflexión. Por ejemplo, ha dicho que la política es la que tiene que arreglar la situación del mercado. Y el paro, ¿cómo arreglamos lo del paro, Pepiño? Ilumínanos.

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A propósito de la ciudad y los perros

Por Luis M. Alonso (26 de octubre, 2008)

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Ni siquiera se puede decir que haya un tiempo para cada cosa en el Ayuntamiento de Avilés donde un mismo proyecto se estanca durante años sin que se vislumbre solución para él, tanto si se trata de una actuación clave como si es de menor trascendencia. El tiempo que ocupa todas las cosas es, a la vez, el encargado de perpetuarlas.

Cuando «aterricé» en este periódico hace veinte años, uno de los asuntos de actualidad en Avilés era el de la perrera municipal o comarcal que ya arrastraba unos cuantos más. Veinte años más tarde un grupo de amigos de los animales se manifiesta, una semana tras otra en la plaza de España, para reclamar dicha perrera. Después de haber vuelto a insistir en ella los concejales, día sí y día también, las últimas señales emitidas por el Ayuntamiento son de resignación: no hay terreno donde construirla. ¿No hay terreno para una perrera? ¿Cómo es posible? ¿Se puede creer que media docena de corporaciones intentasen solucionar un problema a simple vista sencillo y no lo hayan conseguido? ¿Puede el mismo Ayuntamiento que ha sido incapaz en veinte años de construir una simple perrera ocuparse de la llamada Isla de la Innovación o de resolver el problema de la barrera ferroviaria? Estas preguntas se las han hecho y se las hacen los avilesinos a propósito de la ciudad y los perros.

Hace año y medio el Principado y el Ayuntamiento anunciaron una sociedad para gestionar el ambicioso proyecto de la ría, servicios, instalaciones de ocio, viviendas, etcétera, aprovechando el tirón del futuro centro cultural Niemeyer. El pasado abril se hizo público que el ex alcalde Santiago Rodríguez Vega se ocuparía de la gerencia. Para constituir la sociedad había que elaborar antes un borrador de estatutos conforme a los intereses de las administraciones públicas que van a participar en ella: la SEPI, en nombre del Estado, propietaria de la mayor parte del suelo; el Principado, que no dispone de parcelas; el Ayuntamiento, que sí las tiene, y la Autoridad Portuaria, a la que le han reservado el papel más testimonial. Se supone que de ese conglomerado que se ha dado en llamar «masterplan» tendrá que salir en el futuro la solución definitiva para acabar con la barrera ferroviario, el obstáculo urbanístico que ha impedido hasta ahora el encuentro de la ciudad con su ría.

De la eliminación de las vías, el tiempo es testigo de ello, se viene hablando en Avilés desde 1997 en que el Partido Popular presentó el anteproyecto de una ingeniería de León para soterrar el trazado en el tramo que va desde la entrada de la ciudad hasta San Félix. La actuación, considerada clave para el futuro desarrollo, trajo consigo movilizaciones, debates, discusiones y hasta un principio de acuerdo, que enseguida demostró ser un producto del fingimiento político. Con el cambio del Gobierno en Madrid, el soterramiento, que hasta ese momento había sido una prioridad inalcanzable, pasó a convertirse en algo imposible de llevar a cabo por su dificultad y coste. Más años, más discusiones, nuevas propuestas: una losa, los convoyes circulando por el aire, el adelantamiento de la estación de Renfe y el tren tranvía. Después se empezó a jugar con las palabras: el soterramiento de las vías cedió ante la eliminación de la barrera ferroviaria por otros métodos y acabó convirtiéndose en integración del ferrocarril. La novedad vendrá de la mano de la Isla de la Innovación, como corresponde en estos momentos. Y habrá que volver a esperar.

El problema es que la Isla de la Innovación o nueva centralidad se dispara en cuanto a expectativa. Si al principio lo fiaban a diez o doce años, es posible que el horizonte se sitúe en estos momentos más lejos a juzgar por la calma con que se lo están tomando y las actuales circunstancias económicas. Pensar en construir pisos y en invertir en equipamientos en estos momentos y sin saber cuándo se va a producir un cambio de ciclo resulta de lo más descabellado. Eso sí se puede dedicar el millón de euros del capital social a elaborar un plan especial y pagarle el sueldo al anunciado gerente, aunque sólo sea para simular que se hace algo. Ahora bien, el sentido de la oportunidad aconseja mayor realismo.

Como cada año, los relojes han vuelto a atrasarse una hora. Llegados a este punto es necesario admitir que no estamos teniendo suerte con los proyectos. Ni los avilesinos, ni los perros.
Nardo Villaboy, muchas horas de vuelo
Nardo Villaboy tiene ya muchas horas de vuelo, lo que le faculta para hacer fotos desde el aire, pero también en otras situaciones, de día y de noche. Villaboy ha fotografiado Asturias, sus ciudades y sus pueblos, de cabo a rabo; Orense, León, Arosa, Vigo, Castilla-La Mancha, siguiendo los pasos del Quijote; Madrid, la Comunidad Valenciana, Canarias, San Agustín de la Florida, Mathausen, los ayuntamientos, las puertas amigas y artísticas, los campos de fútbol y las praderas. Villaboy dispara a lo que está quieto y también a lo que se mueve. Lo último, a la espera de otras cosas, es un libro que se llama «Asturias desde el aire. Una ventana al paraíso», con prólogo del presidente de la Asociación de Directivos de Comunicación, José Manuel Velasco y textos de Francisco J. Alonso. Libro de presentación lujosa y fotos acordes. Se recomienda, eso sí, transportarlo, por su peso, en un carrito de la compra. Enhorabuena, Nardo.

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La apariencia y el deseo

Por Luis M. Alonso (25 de octubre, 2008)

La tenacidad no siempre da frutos, pero no por ello deja de serlo. Requieren la atención de los lectores estos días dos ofensivas en busca de objetivos que no se corresponden exactamente con lo que realmente se pretende o está en juego por parte de quienes las llevan a cabo. En primer lugar, están las presiones del Gobierno para que España sea admitida en la famosa cumbre de los 20 de Washington. En segundo, las tretas de Garzón frente a la fiscalía para seguir adelante con su proceso al franquismo.

En ninguno de los dos casos la apariencia concuerda con la verdadera pretensión de los protagonistas. O, al menos, no en toda la dimensión del deseo. El argumento del juez en la causa contra Franco y sus colaboradores, un auténtico disparate según los juristas, encierra una realidad más palpitante y es la obsesión del propio Garzón por ganar tiempo y poder abrir la fosa de García Lorca, momento en que volverá a sentir proyectada sobre su imagen los focos. Se trata de utilizar de manera oportunista los sentimientos de quienes tienen derecho a saber lo que ocurrió con sus seres queridos en un conflicto ya juzgado por la historia. El juez de la Audiencia Nacional, que ha puesto una operación de garganta como disculpa para negarse a atender la reclamación del ministerio público, verá cubierto su principal objetivo con la fotogenia. Sólo hace falta esperar para comprobarlo. Luego, no hay que descartar la apertura en falso de cualquier otra causa.

La ofensiva para que Zapatero asista a la cumbre de Washington tiene también más que ver con la foto histórica que con la presencia de España en una reunión en la que debería estar y que si no está es precisamente por los errores en política exterior del Presidente. Zapatero decía hace unos años que el G-8 era una obsesión de Aznar y no una prioridad. Ahora no ha dudado en arrastrar la dignidad nacional para conseguir lo que antes menospreciaba.

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Las deudas y los "negros"

Por Luis M. Alonso (25 de octubre, 2008)

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La deuda, tan de actualidad, ha sido el hilo conductor de la novela francesa decimonónica, tanto en lo que atañe a la ficción como en lo que se refiere a los escritores o quienes formaban parte del entorno. A Madame Bovary, como ha dicho últimamente Margaret Atwood, la escritora canadiense premio «Príncipe de Asturias» de las Letras, la hundieron las deudas, no el adulterio, en la novela de Flaubert. Balzac vivió asediado por los acreedores y Alejandro Dumas, otro amante de los placeres y del lujo, no podía hacer frente al tren de vida que llevaba. A muchos otros, por iguales o distintos motivos, les pasaba lo mismo.

Claude Schopp acaparó hace ahora un año el renacimiento de Dumas con una novela inédita, «El caballero Héctor de Sainte-Hermine», del autor de «Los tres mosqueteros». Schopp, auténtico especialista en la obra de Dumas, declaró que sus primeras sospechas sobre la existencia de dicha novela se habían suscitado tras leer una carta suya en la que comentaba un texto escrito por él mismo sobre las deudas contraídas por la emperatriz Josefina y los problemas que podría acarrearle la publicación con los periodistas afectos al bonapartismo. La obra se publicó finalmente por entregas en «Le Moniteur Universal» del 1 de enero al 26 de octubre de 1869. Schopp explicaría más tarde que el hallazgo de las entregas y sentirse Colón descubriendo América fue la misma cosa.

Las deudas llevaron a los escritores a doblar su producción. Dumas, uno de los ejemplos más prolíficos, vivió 68 años y escribió más de 300 obras. Teniendo en cuenta su dedicación a las mujeres, la comida, el vino y las fiestas, resulta improbable pensar que se entregara en cuerpo y alma a la literatura, por lo menos a la ardua tarea de elaborar los voluminosos textos que firmaba sin contar con colaboradores amanuenses. Así que siendo mulato, se le conoció como «el negro de los negros». En literatura se tiene por «negro» al que hace el trabajo que al autor no está dispuesto a hacer y plasma en el folio lo que a éste se le ocurre. A veces lo que se le ocurre a él mismo. Es famosa la anécdota de Dumas padre que le pregunta al hijo si ha leído su novela. Y el hijo le responde: «Sí, ¿y tú?».

El drama económico domina «La comedia humana» de Balzac, alcohólico y ludópata, que recurrió a amantes para que le financiasen incluso sus negocios ajenos a la literatura. La necesidad de dinero le obligó a mantener un ritmo de producción que sólo podía sobrellevar con la ayuda de colaboradores. Hay una historia de la negritud paralela al esclavismo en los escritores. Ello no quiere decir, sin embargo, que quienes las firmaban no fuesen los autores de las historias. Los «negros», por lo general, se limitaban a cumplir órdenes y en pasar a limpio las ideas que se les ocurrían a Dumas o Balzac, en los momentos más lúcidos de la borrachera o en los más livianos de la resaca. Ambos escribían o lo hacían a través de otros para pagar las deudas. El trasunto era conocido por la sociedad que frecuentaban y no por ello se les quería menos. Siglos más tarde yo los sigo queriendo a los dos. Sin ser lo que se llama un mitómano, he seguido los pasos de Balzac, allá donde he podido y existían unas pistas. A Dumas le agradeceré toda mi vida que haya escrito las historias de los mosqueteros, con las que tanto disfruto cada vez que abro algunos de sus libros. Como en el caso de Stevenson, son para mí bastante más que tesoros de juventud. Digamos que, para no apartarnos del guión, tengo una deuda con ambos.

El último «negro» de Dumas fue Schopp, que manejó durante años la obra inédita e inacabada del célebre autor hasta darle forma. «El caballero Héctor de Sainte-Hermine», que cuenta, asimismo, la historia de un deudor de la venganza de su padre y sus hermanos, fue seguramente producto, a partes iguales, de la deuda y de un primer «negro». Todo aquello estaba íntimamente relacionado.

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El pacto del mus

Por Luis M. Alonso (24 de octubre, 2008)

La política es una partida de mus muchas veces mal jugada, con envites a destiempo y órdagos fuera de lugar. En cualquier caso, es una partida que se disputa casi siempre a espaldas de los ciudadanos y sus intereses.

Así, por ejemplo, un concejal asegura que él no negociará con sus socios de gobierno municipal la aprobación del presupuesto de la ciudad si antes no hay una reunión para hablar del pacto político. El pacto político al que se refiere no ha tenido hasta ahora mayor significado positivo para nadie, salvo en los sueldos de los pactistas. A los ciudadanos, en general, lo del pacto les da igual. Y entre los militantes, que no pasan de unas docenas, las relaciones de los socios tampoco adquieren tintes de dramatismo.

El presupuesto municipal es, por otra parte, un documento cada vez más desmejorado que únicamente tiene la misión de soportar los gastos corrientes y de personal del Ayuntamiento, cubrir los servicios por los que los contribuyentes pagan sus impuestos y atender la farfolla propagandística. Las inversiones en obras y proyectos apenas existen por falta de una gestión adecuada que permita mayores ingresos o favorezca el ahorro. La falta de ahorro, como la pescadilla que se muerde la cola, tiene mucho que ver con los sueldos que sobrepasan demasiado generosamente las necesidades de gestión en un ayuntamiento como el de Avilés.

La pregunta no es ya de qué quiere hablar el socio que pone condiciones para aprobar los gastos del Ayuntamiento, los sueldos de los concejales, las bombillas, etcétera. La pregunta es qué sentido tienen los pactos entre dos, bajo la amenaza de uno de apearse en marcha cuando, además, se trata de elaborar un presupuesto canino sin expectativas de inversión. ¿Qué es lo que hay que negociar?

Esto de los pactos después de las urnas urge revisarlo. Bastaría con dejar que gobernase el más votado. Así no habría problema.

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El fruto del despropósito

Por Luis M. Alonso (23 de octubre, 2008)

Hace sesenta y cuatro años los representantes de 44 países se reunieron en un hotel de montaña para negociar las bases del orden económico mundial. Zapatero, un hombre para la historia de acuerdo con sus ilusiones, no quiere perderse el nuevo Bretton Woods, por eso se ha agarrado a los bajos del pantalón de Sarkozy para que incluyan a España en el G-20. Él viene a decir que se trata de una cuestión de mérito, ya que, según mantiene, la octava potencia económica del mundo no debe permanecer callada en el acto de refundación del capitalismo.

El problema de Zapatero es precisamente hablar a destiempo, en vez de callar, o sentarse cuando hay que permanecer de pie. Si se hubiese quedado de pie al paso de la bandera de Estados Unidos, las empresas españolas no se habrían resentido por la pérdida de importantes contratos, ni habrían sufrido durante estos años el desdén de un aliado, que es, además, la primera potencia mundial. Si no se hubiera comportado como un baladrón en Nueva York, haciendo de menos a Italia y Francia, y fanfarroneado sobre la solvencia económica española en el momento menos oportuno no tendría en estos momentos que andar de rodillas para rogar un sitio junto a los países ricos y los emergentes. España recoge así el fruto de una política exterior disparatada y de los arranques grotescos de su presidente de Gobierno.

Zapatero, que despreció el símbolo de una nación amiga y llamó fracasada a Angela Merkel, y que no hace mucho galleaba a costa de Sarkozy y Berlusconi, se quedará, si no se remedia, sin posar con los líderes mundiales. Aznar tuvo que aguantar lo que no está escrito por la foto histórica que, según sus detractores, no le favorecía. A Zapatero puede pasarle lo mismo por quedarse fuera de ella.

Lo peor de todo es que la factura por los despropósitos la paga España.

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Gazapos

Por Luis M. Alonso (22 de octubre, 2008)

Colma de satisfacción encontrarse con un concejal instruido. Es el caso de Román Antonio Álvarez, que, de manera sagaz y a la vez discreta, le ha llamado a uno la atención por un fallo mecanográfico. Resulta que uno, el otro día, se trabucó en dos teclas vecinas con tan mala fortuna que, en vez de escribir «geminada», refiriéndose a la celosía de una ventana duplicada o repetida, le salió sin querer «germinada», como si se tratase de un vegetal en vías de desarrollo. En cierto modo, a uno le está bien empleado, por pedante, ya que podría haberse ahorrado lo de la geminación en beneficio de la claridad. El caso es que Román ha estado atento y hasta caritativo al insistir en que no hay por qué preocuparse, ya que, según él, este tipo de errores apenas los percibe el lector.

No estoy tan seguro de ello. Es posible, pese a que la discreción del párrafo del error es equiparable a la del concejal, que a estas alturas la ventana «germinada» sea ya presa para algún cazador de gazapos. Los hay muy concienzudos, y no les falta trabajo. En el periodismo se dan meteduras de pata memorables.

Se me ocurren tres bastante graciosas que tienen que ver con los saltos caprichosos de las letras o el desorden de las palabras, como es el caso de aquel titular, creo que de un periódico navarro: «Osasuna venció por la minina», sin comentarios. O aquel otro: «Colisión de vehículos: tres muertos graves y dos leves», que conduce a pensar que morirse levemente es mucho menos problemático que hacerlo de verdadera gravedad. Está muy extendido en las antologías del gazapo este titular tan terrible como improbable en cuanto a veracidad: «Un empresario catalán se suicida por motivos económicos y después mata a su familia». Evidentemente, lo último tuvo que preceder a lo primero, por mucha premura económica y muy catalán que fuese el empresario. En fin.

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La rebelión de las puñetas

Por Luis M. Alonso (21 de octubre, 2008)

Los jueces, masivamente, han elegido internet para protestar contra el Gobierno. El «caso Tirado» ha sido el detonante, al parecer, de esta insólita rebelión. Sus señorías, los magistrados, reclaman medios para poder ejercer su trabajo de la manera adecuada e independencia del poder ejecutivo. Planteada así, la revuelta es de lo más razonable.
El follón judicial se veía venir y amenazaba todavía ayer con un cierre generalizado de los juzgados. De hecho, los secretarios ya han tomado la iniciativa de plantarse. Habrá quienes piensen que los jueces se quejan por capricho. Algunos dirán, claro si todos se dedicasen como Garzón a abrir causas contra el franquismo no tendrían motivos para protestar por las condiciones de trabajo.
Garzón desconoce lo que son los atascos en la justicia: sus detenidos entran por una puerta y salen por la otra. Las instrucciones de sus casos son agilísimas, a veces etéreas según lo que dicen algunos de sus propios compañeros. Por ejemplo, los sospechosos de ayudar a los terroristas de la célula que detuvo a finales de la pasada semana ya han quedado libres. Los que permanecen en la jaula es porque ya estaban encerrados por culpa de otros delitos.
El juez de la Audiencia Nacional, por mucho que quiera dedicarse a esto y a lo otro, no puede desviarse, como cualquier persona sensata sabrá comprender, de ese destino universal de poner a la historia y a sus personajes en el banquillo. Ahora y aquí ha empezado por Franco, pero nadie nos asegura que mañana otro día pueda darle por encausar a Recaredo. Es disculpable, por tanto, que se mantenga al margen de este clamor que ya ha recibido el nombre de 8 de octubre.
La rebelión de la puñeta está en la red, cosa insólita, y no lo digo sólo por el vuelillo de los puños de sus señorías magistrados, sino por las molestias que puede acarrear en unos tribunales ya colapsados.

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