Camelot

Por Luis M. Alonso (28 de agosto, 2008)

Los Kennedy siempre han tenido vista para los negocios y una habilidad innata para influir lo más posible en la política. La suerte no es que les haya acompañado demasiado en las ocasiones que tuvieron pero nunca han perdido la oportunidad de volver a intentarlo, si no es con los suyos, a través de los demás. Ahora, a los Obama le vienen bien los Kennedy y los Kennedy han visto en los Obama el retorno de Camelot a la Casa Blanca, después de décadas de vaqueros en la Presidencia y primeras damas de escaso glamour. Por eso, el clan, o lo que queda de él, ha irrumpido en la campaña del aspirante demócrata.

Camelot, aparte de la reinvención de la leyenda artúrica como metáfora de gobierno, eran Jackie Kennedy y los habanos de JFK, que acordó el embargo comercial a Cuba tras haberse hecho con una provisión de Partagás. La primera que se desmarcó de sus sucesoras fue la propia Jacqueline Bouvier: días después del asesinato de su marido predijo en una entrevista con «Life» que en Estados Unidos podría haber en el futuro grandes presidentes, pero nunca se repetiría la reencarnación del mito.

Michelle Obama, versión María Pinto, es lo más parecido a Jackie Kennedy, sobremanera si se la compara con las primeras damas que han ocupado en las últimas décadas el ala oriental de la Casa Blanca. Tiene buena estampa la señora Obama, de hecho parte de la campaña de su marido está montada en torno a su presencia física, el vestuario y la supuesta autenticidad de su mensaje. En la campaña de JFK de 1960, se utilizó un marketing similar, basado en el nuevo estilo, los mensajes de pareja frente a la opacidad de Nixon.

Puede que los estadounidenses aspiren a un nuevo Camelot y que sobren las similitudes entre aquello y lo que se avecina, empezando por el desafío ruso en el Cáucaso y las posibilidades de un nuevo escenario de guerra fría. Volvemos a los Kennedy. A ver qué pasa esta vez.

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Rambo en México

Por Luis M. Alonso (27 de agosto, 2008)

La moda puede llegar a convertirse en una pesadilla violenta cuando se sobrepasan ciertos límites, porque una cosa es el mal gusto, y otra, salir a la calle luciendo como indumentaria un cinturón con 70 cartuchos de fusil M-1 percutidos. De esta guisa detuvo la Policía en Ciudad de México a un joven punk. El joven, de 19 años y probablemente con menos cerebro que una almeja, explicó a los agentes que había comprado el originalísimo cinturón «todo vestir» en una tienda por 1.200 pesos. Los agentes, que patrullaban por una de las ciudades más peligrosas del mundo pero sin esperar encontrarse a Rambo, pusieron el caso en manos del fiscal con el fin de averiguar la procedencia de la munición.

Óscar González, el punk, no llevaba el fusil encima pero basta con verlo en las fotos para darse cuenta de que los cartuchos podría haberlos disparado por la boca, masticado o metido a cualquiera por el ojo, según el día y estado de ánimo del angelito.

Hay un desaliño perceptible y generalizado en el atuendo, de eso no cabe duda. Sólo hace falta echar un vistazo por ahí alrededor. No estoy hablando de «la armonía en el vestir», según la entendía el duque de Bedford, pero hay demasiados adolescentes que arrastran la culera del pantalón a la altura de las rodillas al igual que Cantinflas para enseñar el calzoncillo o el culo a la primera de cambio. No me quiero extender con los ejemplos.

Lo que no se había visto hasta ahora por las pasarelas de la vida es al hombre munición, salvo en el terrorismo suicida y en casos especialmente dramáticos como el de la joven iraquí a la que obligaron a llevar adherido un chaleco con explosivos.

El tontolava es un individuo que se cae en un volcán y se queda ahí para siempre. El tontolava punk de México, ajeno a Al Qaeda pero con ganas de fiesta, seguro se convierte en el hombre de moda. De hecho ya empieza a estar de actualidad.

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Bazar Pekín

Por Luis M. Alonso (26 de agosto, 2008)

El orden de factores se ha invertido. Los chinos nos engañan como a ídem, conscientes, además, de que el que te vende la Coca-Cola está dispuesto a dejarse engañar con tal de seguir vendiéndola, lo mismo que la Europa egoísta de los mercaderes no tiene inconveniente en contemporizar con una dictadura espantosa pero volcada en los grandes negocios. Ninguna de las democracias occidentales es capaz de enfrentarse al gigante del consumo por mucho que el régimen comunista de Pekín se dedique desde hace décadas a pisotear las libertades individuales y los derechos humanos, o a someter a su yugo a los vecinos del Tíbet.

Por eso el Comité Olímpico Internacional ha permitido, apelando a la equidistancia deportiva, la celebración de unos juegos en el escenario de una de las tiranías más crueles del universo. Por eso, equidistantemente nos felicitamos por los fuegos artificiales y la pantomima que esconde la represión de miles de personas. O millones, porque resulta imposible manejar cifras en China.

Hemos asistido a una de las demostraciones más vergonzosas de hipocresía que puedan darse con la excusa de que unos juegos no deben interferir en nada que no sea exclusivamente la propia competición deportiva. Y, de paso, se ha dejado a una atroz dictadura mostrar su cara amable ante el mundo, a cambio de pingües negocios.

De la misma manera que Leni Riefenstahl se recreó en el decorado del Berlín de 1936 para resaltar el espíritu olímpico de la Alemania nazi de Hitler, Pekín nos ha vendido su chinería de bazar «high tech» para dejar extasiado al llamado mundo libre. Y algunos se han quedado boquiabiertos. Los mismos que cuando les recuerdas lo que asoma por debajo del oropel te dicen que no hay que confundir la gimnasia con la magnesia, cuando eso es precisamente lo que habría que hacer. A China, entre todos, le hemos puesto otra medalla más.

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Oro blanco

Por Luis M. Alonso (25 de agosto, 2008)

El nuevo «dream team» se las vio y deseó para ganar a nuestros jugadores de baloncesto. Y si, finalmente, lo hizo, fue, en gran medida, porque un árbitro lituano acobardado se empeñó en aplicar las normas de la NBA y no las de la FIBA, permitiéndoles a los «globetrotters» botar la pelota después de levantar el pie del pivote cada vez que subían el balón hacia el campo contrario o utilizar repetidamente técnicas de taekwondo debajo y por encima del aro, por no atreverse a sancionarlo. Sin ese arbitraje es posible que el «equipo de ensueño» tuviera pesadillas, a estas horas y en los días siguientes, gracias a los Navarro, Rudy Fernández, Gasol o cualquiera del resto, porque todos, desde el primero hasta el último, cayeron como leones y jugando uno de los mejores partidos de sus vidas. Ayer, madrugar, para los televidentes de este país, tenía recompensa.

Alguien dijo, no recuerdo quien, que la medalla obtenida por España no era de plata, sino de oro blanco. Efectivamente, la medalla olímpica de la ÑBA en baloncesto tiene un valor doble, al haberla conseguido el equipo español después de plantarle cara a otro superior ayudado por los árbitros, en un partido que será recordado por la entrega y la calidad del juego. Y todo ello, en medio de una batalla contra los elementos, pero esta vez con la «armada invencible» enfrente.

Se ha perdido con honor, dignidad y demostrando, además, que, en un día de gracia, hasta a un tipo como LeBron James, que sólo de mirarlo mete miedo, se le pueden poner los dídimos de corbata. Lo maravilloso del caso es observar cómo un país de pequeñitos ha crecido de la manera que lo ha hecho en un deporte de gigantes, gracias a la inmensa talla de una generación de jugadores extraordinarios en lo deportivo y, también, en lo personal.

La participación española en los Juegos Olímpicos no podía tener un final más reconfortante a falta de la felicidad plena. Ya digo, oro blanco y de ley.

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Respuestas sobre el caos

Por Luis M. Alonso (24 de agosto, 2008)

Los familiares de las víctimas del accidente de Barajas han coincidido en que no quieren políticos ni psicólogos. En la situación que nos ocupa, y que me disculpen los buenos profesionales de la psicología, ambos cosas vienen a ser a lo mismo. Los políticos tienen la costumbre de poner por delante la ayuda psicológica en medio del caos como si con ellos se resolviese de un plumazo la sensación de ansiedad de quienes lo sufren.

La ayuda psicológica puede ser necesaria y útil en algunos casos, pero lo que más puede contribuir a que las víctimas se sientan tranquilas y arropadas es el conocimiento de lo que sucedió para que cayese, acto seguido de despegar, un avión que acababan de revisar. El ciudadano entiende que lo que el Gobierno quiere es quitarse el asunto de encima con una terapia, y las indemnizaciones.

Probablemente sea todavía demasiado pronto, pero cada vez son más los hechos que demuestran que la muerte sembrada en el accidente aéreo que le costó la vida a 153 personas procede del caos. Resultaría imposible tener presentes los testimonios de dolor de estos días si no fuese porque, al final, todos derivan en preguntas sin respuesta. Resulta sobrecogedor leer cómo a algunos pasajeros se les impidió abandonar el avión cuando abrigaban la sospecha de que nada bueno les podía pasar, basándose en la confusión del momento, la poca seguridad que les ofrecía el aparato y el lógico temor a todo ello. ¿Cómo es posible que se pueda hacer desistir o prohibirle a una persona que se apee de algo que no está en marcha, sobremanera en unas circunstancias tan extraordinarias? ¿O acaso no era una circunstancia extraordinaria capaz de inducir cualquier temor o sospecha lo que estaba ocurriendo en Barajas con el avión de Spanair?

Este Gobierno debe ofrecer respuestas en un plazo de tiempo razonable, si no va a tener que ser él mismo el que tenga que someterse a tratamiento psicológico. Por una u otra razón, las víctimas de este país siempre quiere saber. Y no siempre pueden quedarse in albis.

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Para tirar cohetes

Por Luis M. Alonso (24 de agosto, 2008)

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La semana, tal como corresponde a los prolegómenos de cualquier fiesta, ha sido de traca. En todos los sentidos y con un protagonismo especial por parte del Puerto, desde donde el martes se lanzaron al cielo del orden de 5.000 cohetes para celebrar las fechas de San Agustín. Y cuando hablo de protagonismo del Puerto me refiero a que el mismo día en que se lanzaban los cohetes en las inmediaciones de la ría, el presidente designado por Vicente Álvarez Areces para sustituir a Manuel Ponga confirmaba lo que ya casi todos nos temíamos: que la papelera Ence sólo negociará con Gijón la salida de sus tráficos de pasta de papel. Manuel Docampo, que conocía esto de la misma manera que el resto nos lo temíamos, aseguraba, sin embargo, tan sólo un día antes, que la negociación seguía abierta para Avilés. Lo mismo mantenían otros con el fin de taparle las vergüenzas al Principado, que intervino en el acuerdo suscrito el día 4 para favorecer la opción de El Musel y, de paso, no sé si consciente o inconscientemente, tirar por tierra la solución que el propio Areces ha venido vendiendo para el entorno del Niemeyer.

Lo explicaré para que los lectores que no hayan seguido este asunto, o no se hayan percatado de él, puedan enterarse. Lo que Avilés se ha jugado en la disputa portuaria no es simplemente unos tráficos de pasta de papel o los que posiblemente también perderá de madera. No, lo que Avilés empieza desde ahora a poner en riesgo es la posibilidad de un ordenamiento urbanístico responsable en el entorno de la ría. O, para ser más claros, lo que Avilés ha ganado con los tráficos ferroviarios de Ence son trenes diarios de mercancías camino de El Musel pasando justo al lado del Centro Cultural Niemeyer. Lo más asombroso de esta historia es que los mismos que han vendido esa tierra de promisión al lado de la ría son los que ahora se empeñan en incrementar los obstáculos con más convoyes del ferrocarril de vía estrecha. La estrechez, en este caso, no sólo es ferroviaria.

La propuesta de las administraciones públicas ha consistido en descartar el soterramiento de las vías por complicado y caro y, en su lugar, «integrar el ferrocarril». ¿Alguno se preguntará qué es eso de integrar el ferrocarril? Pues, posiblemente ajardinar las inmediaciones de las vías, hacer que el tren circule por la trama urbana con mayor lentitud (el llamado «tren-tran») y aprovecharse de una reducción de las frecuencias de los trenes como resultado del adelanto de la estación. Esta última era precisamente la idea que más se vendió para disuadir de la necesidad del soterramiento de las vías, que muchos avilesinos siguen viendo como la única forma de librarse de ellas.

De manera que, muy bien, a partir de ahora, con mayor tráfico, habrá que buscar otro ardid para mantener viva la historieta del tren en circulación. Ya no vale el cuento del «tren-tran», así que a ver qué se les ocurre. Por el momento, y de manera provisional, puesto que aún no se ha contratado el enésimo estudio para solucionar el problema de la barrera ferroviaria, la Alcaldesa confía en que los convoyes circulen de noche del mismo modo que los feos hacen los recados, de acuerdo con el dicho popular. Pero los trenes, ni tan siquiera los de mercancías para embarcar, supongo que no estarán sujetos a horarios caprichosos.

Pilar Varela ha querido disculpar al presidente de Feve diciendo que no tenía por qué enterarse de los proyectos de Avilés puesto que es nuevo en el cargo. Por eso no tuvo en cuenta que a mayor número de tráficos de mercancías, mayor barrera para el Niemeyer. Feve, sin embargo, depende del Ministerio de Fomento, cuya titular, Magdalena Álvarez, firmó con el Principado el protocolo de las vías el pasado mes de febrero, en vísperas electorales, y del que no se ha vuelto a saber nada, salvo que el estudio está aún pendiente de contratar. Por si fuera poco y no hubiera ya suficientes motivos para tirar cohetes, el portavoz municipal socialista ha arrojado también tierra encima de lo que la Alcaldesa y el Puerto han vendido como una compensación de los tráficos de pasta de papel. Alfredo Iñarrea explicó que los citados tráficos se traducen en menos toneladas de lo que se piensa y que El Musel parte, una vez más, con ventaja, al presentársele a Feve la posibilidad de llevar a Navia de retorno las astillas en los mismos vagones que transportarán la pasta de papel. ¿No es para estar satisfechos?

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Reciprocidad legal

Por Luis M. Alonso (23 de agosto, 2008)

Circular por los feudos del nacionalismo periférico se está poniendo de lo más difícil. Y desde hace tiempo, además. Nos enteramos ahora del caso de un conductor al que, en 2003, multaron en Zarautz, Guipúzcoa, por saltarse una señal de prohibición de aparcar rotulada únicamente en euskara. El hombre llegó tranquilamente con el coche, leyó «Gehienez 60 min» y, pese a que la señalización advertía claramente que el aparcamiento tenía una limitación, allí lo dejo el tiempo que le dio la gana. ¿A quién se le ocurre?

Supongo que estarán de acuerdo conmigo en que todo el mundo, a estas alturas, debería entender lo que significa la palabra «geheniez», teniendo en cuenta que el euskara es un idioma que hablan millones de personas, pero, sin embargo, un juez anuló las dos multas que le pusieron al ciudadano infractor, entendiendo que es obligatoria la señalización en castellano, es decir en la lengua común de los españoles, que es, por otra parte, en la que todos procuramos entendernos. Que rara es la ley y que extravagantes los jueces por juzgar que en España las señales deben figurar en español.

Otro ciudadano, esta vez de Barcelona, decidió estos días atrás, ir un paso más allá y denunciar al Ayuntamiento de su ciudad por rotular exclusivamente en catalán. Resulta que le impusieron una multa por aparcar su vehículo en zona verde y no pagar. La multa la recibió, por si acaso, en castellano. Evidentemente, el catalán no es el euskara y para el resto de los españoles que no somos catalanes el esfuerzo que tenemos que hacer por comprender la bella lengua de Espriu es relativo, por no decir pequeño, pero el infractor entendió que si el Ayuntamiento de Barcelona podía incumplir, al no rotular en castellano, el Reglamento de Circulación, él también. Y yo creo que lo ha entendido bien. Entender y entenderse es fundamental en esta vida.

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Lógica del tranvía

Por Luis M. Alonso (23 de agosto, 2008)

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El tranvía número 28 es toda una leyenda en Lisboa. Su «percurso», como dicen los portugueses, es la historia misma de la ciudad. Parte del cementerio de Prazeres, atraviesa Estrela y São Bento, sigue por Camões, bordea el Chiado, penetra en la Baixa, continúa por la Alfama hasta alcanzar la Sé y el Castelo, Santo Tomé, São Vicente, el barrio de Graça y la Rua da Palma, cuna de fadistas, y concluye en el largo de Martin Moniz. Su trayecto no se atiene a horarios y nunca dura lo mismo a causa de los automóviles y del trámite algo torpe de los turistas, que lo abordan para subir al castillo. El pasaje se nutre en muchas ocasiones de carteristas y aficionados al vídeo que quieren emular a Alain Tanner en el rodaje de «En la ciudad blanca», aquella película de un suizo pedante que se empeñó en ver reflejadas las saudades portuguesas en el reloj de un bar que marcaba las horas en el sentido contrario, cuando para los parroquianos significaba una broma igual que otra cualquiera, como escribió José Cardoso Pires.

Para subir o bajar a Graça, la única posibilidad del número 28 es la rampa de Santo Tomé, que se convierte en el tramo más complicado de la línea por las curvas y la estrechez de la calle. El tranvía pasa a un palmo de los edificios y obliga en ocasiones al revisor a apearse para ver quién viene, quién desciende y quién asciende. Algunas veces coinciden dos tranvías de frente y entonces la maniobra resulta todavía más peliaguda. Los conductores de los tranvías de Carris tienen ganado un lugar de honor en la historia del transporte público. Me gusta el tranvía de Lisboa, porque de todos los medios de transporte urbano es el único que acompaña el latido de los ciudadanos con una misma medida del tiempo y del paisaje urbano. Mis apreciado José Ramón Cueva discrepó amistosamente, no hace mucho, de Eugenio Suárez a propósito del efecto de los tranvías. Cueva, rendido a este tipo de transporte, ha escrito numerosas glosas de los tranvías avilesinos barridos por un progreso mal entendido. En Avilés hemos tenido, primero, «La Chocolatera» y, después, el tranvía propiamente dicho que duró casi cuatro décadas. Los mayores aún lo recuerdan como una de esas cosas que uno pierde y se pasa media vida añorando.

El tranvía retorna a la memoria colectiva, la más adulta, cada vez que los políticos regionales se quieren aprovechar de la nostalgia y utilizan el «tren-tran» de señuelo para referirse simplemente a un tren de menor velocidad. Y cuando no es así, ahí está José Ramón Cueva para recordarnos, entre perfumes de ese mundo de ayer, que una vez hubo un tranvía que circulaba desde Villalegre a Piedras Blancas y cruzaba los pinares bordeando la costa. O Francisco Flecha, que nos contó la historia de Cova y Leo que se subieron un domingo de agosto a uno de aquellos vehículos de la línea «Avilés a Salinas y viceversa». Ensimismadas en sus pequeñas confesiones de jovencitas casaderas, llegaron a su destino y el tranviario las avisó, con la campanilla, de que debían apearse. «Fue entonces cuando Cova le dijo solemnemente aquello que quedó como herencia familiar: «No, no, perdone. Nosotras vamos a viceversa»».

Aunque esto no tenga nada que ver con la ensoñación de Cova y Leo, el de viceversa es, con más frecuencia de lo deseable, un camino que recorremos cuando nos apartamos de la lógica. Transitarlo en tranvía, por mucho que se empeñase la compañía del transporte eléctrico de Avilés, no conduce a la mejor de las metáforas, si se tiene en cuenta la coherencia urbana del vehículo, tan añorado.

Bibliografía

«Lisboa. Diario de a bordo (Voces, miradas, evocaciones)»
José Cardoso Pires.
Alianza Editorial Literaria

«28.Crónica de un percurso»
José-Augusto França
Pedro Soares (Fotografías)
Livros Horizonte
Carris

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Catástrofe

Por Luis M. Alonso (22 de agosto, 2008)

La espeluznante tragedia aérea de Madrid nos ha puesto de nuevo en guardia frente al destino más trágico de la vida. Sólo la muerte en carne propia nos libera del resto de las preocupaciones. La ajena nos distancia de ellas, pero únicamente durante los pequeños instantes que la siguen y después de prometernos solemnemente a nosotros mismos que todo tiene una importancia relativa ante el macabro espectáculo de 153 personas carbonizadas.

Ahora es cuando vienen las preguntas. La primera de ellas, la más repetida, es hasta qué punto el accidente del avión tuvo que ver con el estado defectuoso del aparato. Sobre esto, de momento, sólo hay evasivas. La falta de respuestas oficiales no impide, sin embargo, que se hayan puesto de relieve las condiciones precarias en que tienen que desenvolverse los trabajadores de las compañías que han reducido los costes por causa de los ajustes de la crisis. Aviones a punto de jubilarse, escaso personal para atender su mantenimiento, despegues en circunstancias límite, etcétera. Detrás de cada catástrofe aérea hay una revisión de los sistemas, obligados a fallar por una u otra razón. Y no siempre se encuentra la auténtica caja negra.

Las compañías que se dedican a volar nunca van a reconocer que el avión que despegó cargado de pasajeros debería haberse quedado en tierra por razones de seguridad. Eso sería tanto como admitir su propio fracaso y, al mismo, tiempo la defunción. Dentro del desapego por ciertas cosas, o probablemente por insensatez, jamás he tenido miedo a subirme a un avión, ni siquiera cuando un amigo piloto me contaba aquello de que pocos estarían dispuestos a hacerlo si supiesen las condiciones en que a veces se remonta el vuelo.

Habíamos olvidado los accidentes de aviación, por eso éste de Madrid nos coge flojos en defensas y en la época de movernos febrilmente de un sitio para otro sin mayor problema. Menudo palo y menudo mosqueo.

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El bolardazo

Por Luis M. Alonso (21 de agosto, 2008)

Puestos a ello, eso de que las ambulancias no puedan asistir a los enfermos en sus domicilios por causa de los dichosos bolardos tiene bemoles. Se conocen por bolardos los postes hincados en el suelo cuyo objeto es impedir el paso de los vehículos. En el supuesto de Avilés, habría que añadir que sirven igualmente para jorobar a los enfermos o a los accidentados que, al no poder recogerlos por las ambulancias en el sitio donde debieran hacerlo, los pasean en camilla por el casco histórico. Como le ocurrió el otro día a una mujer en pleno barrio de Sabugo ante la mirada atónita de los viandantes.

Ya hay tres casos registrados de bolardazo sanitario y el concejal de turno sigue sin explicarse y explicarnos por qué no existen medidas excepcionales para este tipo de emergencias, teniendo en cuenta que las medidas excepcionales consistirían simplemente en que el dichoso poste que impide el acceso de los vehículos pueda bajarse al paso de una ambulancia, por ejemplo.

No sé si sabe el concejal que las ambulancias son unos vehículos cuya misión primordial es acudir con la mayor diligencia posible a atender y trasladar a los enfermos que requieren cuidados inmediatos. Por ese motivo, las ambulancias deberían seguir teniendo acceso a lugares donde otros quizás no puedan llegar. Ésa es su misión, por eso cuando sus servicios son requeridos encienden luces y ponen en marcha alarmas pidiendo urgentemente paso. Así ocurre normalmente en todos los lugares del mundo menos en Avilés, donde la premura por llegar rápido y atender al enfermo o al accidentado se puede ver interrumpida por el bolardo del concejal.

Los bolardos, independientemente del repentino interés por colocarlos, acabarán demostrando, en Avilés y una vez más, cómo el remedio a veces es peor que la enfermedad. En este caso, no sabemos si por la propia peculiaridad del poste o por la peculiaridad del concejal.

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