Todos con "la roja"

Por Luis M. Alonso (14 de junio, 2008)

La estupidez es tremendamente contagiosa. De hecho, hay pocas cosas más contagiosas que la estupidez, que resulta insoportable cuando es por megafonía y repetida. La prueba de ello está en lo rápido que se ha extendido eso de «la roja», referido a la selección nacional de fútbol, a la que nunca, ni en los últimos tiempos, se identificó como tal, al contrario de lo que ocurre con Italia, que siempre ha sido «la azzurra». En el caso que nos ocupa, ha bastado simple y llanamente el incesante «agit-prop» de dos cadenas televisivas, en lo que va del último Mundial a esta Eurocopa, para difundir uno de los clichés más tontos de los últimos tiempos. De él abusan sus promotores y, lanarmente, el resto.
Bueno, pues hoy juega «la roja» y el equipo de Luis nos vuelve a pillar cabalgando en la esperanza. El rotundo cuatro a uno a Rusia ha encendido las ilusiones, como ya ocurrió en el Mundial. Ahora sólo nos queda ver para creer en el milagro de Luis Aragonés. A Luis lo llaman, curiosamente, «el Sabio de Hortaleza», cuando su sabiduría se reduce a una Copa, y ello pese a haber entrenado a todos los grandes, con la excepción del Real Madrid.
España, o sea, «la roja», se la juega esta tarde contra Suecia en los dulces verdes del Tirol. Confianza mucha, pero cabe estar prevenidos. Sobremanera «el Sabio de Hortaleza», porque en este país todo el mundo sabe de fútbol una barbaridad.
Como he escuchado más de una vez, en España, al director de la Filarmónica de Berlín -a cualquiera de ellos- le resultaría fácil someterse al criterio de los entendidos, que no son muchos, pero cuando se trata de fútbol, la cosa cambia. Sin ir más lejos, con lo que he oído del deporte rey, a listos y a tontos, a personas de inteligencia singular y de encefalograma plano, se podrían haber escrito varias enciclopedias. Hay más de un sabio. Ojo y puntería.

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Tomás, solo frente al toro

Por Luis M. Alonso (14 de junio, 2008)

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Una de las virtudes que se le atribuyen a José Tomás es la de haber liberado al toro de sus ataduras y haberlo dejado desnudo frente al torero, que en cada lance ha decidido jugarse la vida. La vida no es cualquier cosa, pero tampoco lo es la emoción del toreo, esa carga de tragedia amalgamada con gloria que escribió Joaquín Vidal. Solos, el torero y el toro, han empezado a comulgar con la verdad y de ahí la leyenda.

Hacía tiempo que un torero no se expresaba con tanta desnudez en la plaza como José Tomás. Antes ha habido muchos otros que han perdido la vida en la lidia, pero nunca nadie ha dicho con la rotundidad del diestro de Galapagar que es preferible morir en la arena que retroceder: «Prefiero una cornada a dar un paso atrás. En la fiesta hay sangre, del toro y del torero. Es un espectáculo con mucha verdad». Esto se resume en lo siguiente: de pillarlo a uno, el toro ha de hacerlo de frente y que la épica perdure.

Hasta que llegó Tomás uno de los defectos del toreo actual era la manía de desplazar hacia fuera a los toros. Lo sigue siendo por parte de muchos. Dicen los entendidos que si el torero está un poco «cruzao» con el toro, conviene entonces desviarlo algo de su trayectoria para evitar que lo arrolle. Pero una cosa es desviarlo ligeramente y otro sacarlo de España, como le escuché decir en una ocasión a un aficionado.

Enrique Ponce, siendo como es un torero estilista y elegante, se ha caracterizado en muchas ocasiones por romperle la embestida al toro. Y eso, entre otras cosas, es lo que le diferencia de Tomás. A este último lo que le gusta es dejarlo crudo, desnudo, para que pueda permanecer atento y así presentar el engaño en el momento de cargar la suerte.

Cargar la suerte es la piedra angular de la Fiesta. Todavía no demasiado lejos en el tiempo, muchos toreros prescindieron de los cánones de la tauromaquia para entregarse a una especie de carrera heterodoxa e innovadora que los aficionados de verdad se han cansado de maldecir. Tomás, y no sólo él, pero él con mayor decisión que nadie, ha venido a poner las cosas en su sitio, a restituir la pureza.

El planteamiento de cargar la suerte, un hecho que se produce en el segundo tiempo del lance de capa o del pase de muleta, lo explica con sus mejores palabras el recordado Joaquín Vidal: «El torero se sitúa frente al toro. Literalmente, frente al toro. No vencido hacia atrás, orillando su rectitud: lo que en la jerga llaman fuera de cacho. Situado de frente, se colocará dando el medio pecho. Es decir, no necesariamente encarado de frente, pero nunca de perfil: terciado. El toro estará a la distancia que dicten su bravura, su codicia y sus pies. Así colocado, el torero presenta el engaño. Si es con el capote, levantará más la mano próxima al toro que la contraria. Siempre estará algo más adelantada la pierna del lado del toro que la otra. Y la actitud del diestro habrá de ser natural, relajada. Adelantado el engaño, el toro se fija en él. El toro seguramente está cuadrado, en reposo sobre sus cuatro pezuñas, porque se comporta bravo y boyante. El toro, este que cita el torero en medio de una expectación tensa, es de capa berrendo, lucero y calcetero; de estampa, proporcionado, bien hecho, en sus carnes y guapo; de cabeza, equilibrado, y vuelta la cornamenta, que remata sus astas en pitones astifinos. Empieza a caer la tarde y el albero deslumbrante bajo el sol, ahora que éste empieza su ocaso, se vuelve oro viejo. Sobre el silencio absoluto del tendido se sobrepone un momento la corta, queda, melancólica melodía del campanal de la Giralda, y la Maestranza de Sevilla se estremece». Y así hasta rematar la faena sigue Vidal. De este escenario forma parte el toreo que reivindica Tomás. Pureza y soledad; silencio que no es únicamente ausencia de sonido, sino la manifestación más audible de la grandeza que reclama el arte.

El torero de Galapagar sabe a lo que se debe. Entiende como nadie que la suerte hay que cargarla cuando el toro ya ha arrancado. Leí en una ocasión que José Tomás no tiene un sólo natural sino tantos como el toro le exige. No se trata únicamente de austeridad expresiva, lo que hay es estética y tauromaquia como mandan los cánones. Toreo del bueno, del auténtico, nada de filigrana y pañuelito para entretener o divertir. Se acabó el circo, el espectáculo complaciente de los toreros artistas inútiles en la lidia. «En este espectáculo hay mucha verdad», ha dicho Tomás. Y es cierto, porque nada es más auténtico que la muerte.

Bibliografía

«El toreo es gtandeza». Joaquín Vidal. Turner
«Abriendo el compás». Felipe Garrigues. Alianza.
«José Tomás. un torero de leyenda. Carlos Abella. Alianza.
«José Tomás. Luces y sombras. Sangre y triunfo». Javier Villán. La Esfera de los Libros.

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La ministra nos distrae

Por Luis M. Alonso (13 de junio, 2008)

La ministra de Igualdad, que tanto nos entretiene como Pepiño, aunque sin llegar a su magisterio, es joven y simpática. Andaluza por más señas. Gaditana, es decir graciosa. A esta chica le salen a pares las ocurrencias y, gracias a ellas, el Gobierno pretende distraernos estos días de la peliaguda crisis y del espectáculo abrasivo y delincuente de los piquetes, que se dedican a quemar vivos a trabajadores indefensos.

Pero la ministra, doña Bibiana, es graciosa. No se le puede negar. Bromea desde el desparpajo y la ignorancia. Su padrino, el presidente de la Junta de Andalucía, la ha calificado como la ministra 2.0 por su feliz iniciativa en internet como autora de un blog. Y ha añadido que en las críticas hacia ella hay cierto machismo. De hecho, la misma Bibiana sostiene que los académicos son machistas y no entiende por qué si el diccionario de la lengua española admite «fistro», cosa que no es verdad, no reconoce, sin embargo, «miembra», que es su gran aportación, por ahora, al conocimiento humanístico.

Bibiana Aído, ya digo, se suelta a pares. Lo penúltimo, después de lo del teléfono del maltratador, es considerar que los homosexuales puedan tener permiso de maternidad y paternidad, igual que mamá y papá. Como llamar a los miembros y «miembras» de una pareja homosexual papá y mamá no tendría mayor sentido, a la ministra 2.0 se le ha ocurrido definirlos como cónyuge 1 y cónyuge 2. Sin embargo, una vez sentada la definición, digo yo que le va resultar complicado establecer el criterio de igualdad entre heterosexuales y homosexuales para justificar el permiso de los últimos en los supuestos biológicos que operan a favor de los primeros y que tienen como una circunstancia insoslayable el parto.

Pero da igual, la ministra de Distracción, digo de Igualdad, ya sabrá igualarnos o, en último caso, distraernos con sus cosas.

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Las palabras y los hechos

Por Luis M. Alonso (12 de junio, 2008)

El caos se extiende mientras el Gobierno permanece inerte ante la huelga más salvaje que se recuerda. Dos patronales, cuyos dirigentes incitan a la violencia, se niegan a desconvocarla, pese a un acuerdo de última hora firmado entre la práctica totalidad del sector del transporte y el Ministerio de Fomento.

La situación es delicadísima, por lo incontrolable que resulta y la falta de eficacia que se percibe en tomar las medidas adecuadas. Primero, mantener el orden público y poner a salvo los derechos de los ciudadanos frente a los de los huelguistas, dispuestos a excederse en cada momento por medio de las coacciones de los piquetes. Segundo, admitir que la situación económica es complicada y ponerse a trabajar para intentar aliviarla de la mejor manera posible.

Pero Zapatero, incapaz de encontrarse de una vez por todas con los hechos, se ha empeñado en perderse en las palabras. Para él lo que está sucediendo en España, y que empezó llamando desaceleración, sólo se puede calificar como «un período de dificultades objetivas». Sin necesidad de referirse al transporte o a la pesca, estas «dificultades objetivas» con las que Zapatero frivoliza han llevado, por ejemplo, a que Cáritas haya recibido en Asturias una avalancha de peticiones de ayuda para poder pagar hipotecas, algo sobrecogedor.

Esta España que Zapatero quería presentarnos como el motor de Europa la van a enterrar con ladrillos en medio de coces de sus políticos. Delante de aquel primer ministro de Francia, Clemenceau, apodado «El Tigre», ensalzaron un día la figura del gran Carpentier, boxeador aclamado. Y Clemenceau menospreció el papel de los púgiles: «Un boxeador puede matar a un hombre de un puñetazo, pero nosotros, con unas palabras, podemos hundir a todo un pueblo».

Aquí y ahora nos golpean con las palabras y con los hechos.

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Heinrich Zille, el zar de Berlín

Por Luis M. Alonso (12 de junio, 2008)

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Heinrich Zille (1856-1929) –artista, caricaturista e ilustrador– representa el viejo Berlín, algo que en la capital alemana tan huérfana de sus viejas señas de identidad arquitectónicas, borradas del mapa por los bombardeos, destaca sobremanera. De hecho, a él puede considerársele una víctima del sufrimiento berlinés, ya que gran parte de su obra fue destruida o desapareció en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Lo que ha sobrevivido de su ingente trabajo procede de las colecciones privadas, de los nidos particulares y, gracias a la familia, puede considerarse en estos momentos de dominio público. Zille conocía perfectamente a los berlineses y, por eso, los dibujó de manera tan extraordinaria. El interés por su obra ha ido creciendo a partir de la década de los cincuenta, al tiempo que se descubrían trabajos inéditos del autor.
Zille nació en Radeburg, una población cercana a Dresde, pero a los nueve años se mudó con sus padres a Berlín. En su costumbrismo satírico y callejero, acabaron por reconocerse los ciudadanos de la capital de Alemania y, con ellos, sus esquinas más habituales, los lugares más frecuentados, los parques, las tabernas y los restaurantes. Zille fue el gran maestro alemán de la escenografía urbana. Sus dibujos, como pueden ser en Portugal los de Rafael Bordalo_Pinheiro, guardan una estrecha relación con el mundo que lo rodeó y también con las circunstancias sociales a las que casi nunca fue ajeno el ilustrador, movido por la curiosidad y un sentido crítico con la realidad, muchas veces desde las páginas del semanario satírico «Simplicisimus».
En Alemania busqué reproducciones de trabajos de Zille por todos los lugares, desde las series de aguadas y acuarelas dedicadas a los bailes de máscaras, aquellas otras que tienen que ver con la difíciles condiciones de vida del pueblo y las que han quedado para el recuerdo y la nostalgia de los veteranos como bellas postales. Por ejemplo, el mercado navideño en Arkonaplatz, o el famoso restaurante Nussbaum. Zille era un gran publicista incluso antes de conocerse la publicidad tal como ahora la entendemos.
El museo Heinrich-Zille, de_Berlín, muestra la obra de uno de los ilustradores más sorprendentes de la historia, uno de los artistas que más ha contribuido a difundir la ciudad, su historia y sus personajes más populares. Un gran dibujante, Zille.

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El bocata universal

Por Luis M. Alonso (12 de junio, 2008)

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Todos los de mi generación, los de la anterior y algunos de posteriores quintas recordarán, si es que han vivido en_Madrid para contarlo con el debido conocimiento de causa, los bocatas de calamares fritos de los soportales de la plaza Mayor. No es que aquello perteneciese al paraíso del gourmet, pero sí forma parte íntima de esa memoria selectiva apegada a los sabores y a los olores de la infancia o de la juventud. En medio de los vapores de una fritanga sospechosamente ahumada, el sabor no era el de un calamar propiamente dicho, sino el del rebozo que básicamente ocupaba el bollo. El rebozo, o sea, la harina, se separaba fácilmente de la raba, de manera que lo que uno se llevaba a la boca finalmente era un amasijo de no sé qué y no sé qué más. Pero lo llamábamos bocadillo de calamares fritos. De la misma manera que, cuando críos, llamábamos bocadillo de atún o de bonito al bollo chusquero embutido de las migas de aquellas latas enormes, de 1 o 2 kilos, que adquiríamos a la salida del colegio, en un bar-tienda de cuyo nombre no puedo acordarme de la avenida de_Portugal, en Avilés.
No comemos tantos bocadillos como los norteamericanos, que son los reyes del bocadillo, pero siempre que uno tiene hambre y prisa, lo primero que se le ocurre es emparedar algo entre dos trozos de pan. Sin embargo, no se trata de meter cualquier cosa entre dos rebanadas. Los bocadillos merece la pena, como pasa con todo, prepararlos con cierto esmero. Seleccionar bien los ingredientes para combinarlos con el pan adecuado y en el momento adecuado.
Algunos, aparte de sacarte del apuro, se convierten, además, en remedios inseparables del hambre, compañeros de los momentos más solitarios de nuestra vida, cuando, por encontrarnos solos y no poder compartir mesa, preferimos no complicarnos. En primer lugar, está el campeón de los bocadillos: el suculento bocata de jamón ibérico, versión emparedada del pa amb tomàquet. Requiere, como ya muchos de los lectores sabrán, pringar el pan abierto payés o cualquier especialidad de leña con un tomate maduro, añadir unas gotas de aceite de oliva arbequina y unas lonchas finas de jamón. También está el sandwich de rosbif, rebanadas grandes de pan inglés untadas con mantequilla y tres lonchas muy finas de la carne, no caliente, sino templada tirando a fría. Tostar o no el pan, dos opciones.
También, otro clásico entre los bocadillos nacionales: el de caballa o melva con pimientos. Bollo de leña o chapata. Abrir el pan y rellenar con un tomate en rodajas, pimientos asados, la caballa o la melva en lata, aros de cebolla confitados en la sartén, aceite y unas gotitas de vinagre balsámico. Espectacular.
La cuarta elección es un «todoterreno» de los norteamericanos: el «tuna fish sandwich» o emparedado de atún. Picar atún o bonito del Norte de lata en un pequeño bol, junto un poco de cebolleta, regar con el zumo de medio limón y espolvorear ligeramente de pimienta blanca. Se utiliza pan inglés, preferiblemente sin tostar, y se sirve acompañado de unos pepinillos agridulces.
Hace ya tiempo, en Londres, me aficioné al sandwich de gambas, que acostumbraba a comprar en los «submarine shop», donde uno elegía los ingredientes y se los iban emparedando delante suyo. Simplemente, dos rebanadas de pan inglés untadas de mantequilla y unas gambas pequeñas poco más que hervidas. No es que tenga demasiada gracia el bocadillo, pero me resulta evocador. Otra debilidad, y ésta sí es una excelente opción para las tardes tontas del estío, es el sandwich caliente de mozzarella fundida con trufa de verano, dejando que el jugo de la trufa empape el queso.
El bocadillo tiene variantes muy famosas. El «croque monsieur», emparedado rebozado en huevo y pimienta de cayena, con jamón cocido y queso Gruyère, orgullo de Francia. Los diversos «panini» que uno puede comprar en Bolonia, por ejemplo. La hamburguesa, en fin. El gyro, griego y turco, con cordero y pan de pita. Los tacos, los burritos y las flautas, mexicanas. Todos conocidos, apenas merece la pena profundizar en ellos.
Y, finalmente, viene la apoteosis de los bocadillos de Estados Unidos. Los perritos calientes neoyorquinos, los populares «hot dogs», con col y mostaza. Y aquí es necesario hacer un inciso. Tomen nota de los mejores: por supuesto, Nathan’s Famous Hot Dogs, avenida Surf, 1310, Brooklyn, abierto en 1916 y conocido por sus concursos de quién es capaz de devorar su perrito en menos tiempo. Entre los mejores también se encuentran los de los carritos de Dominick’s Hot Dogs, Woodhaven Blvd. y 67th Avenue Rego Park. Famosísimos y formidables los de Grays Papaya, 2090, Broadway, un local laureado por los zumos de frutas. Y el mejor escenario para comerlos, el Yankee Stadium del Bronx, monumento a punto de desaparecer, un día de partido.
El sandwich italiano de Chicago, de carne asada y pimientos, servido con encurtidos, es también un clásico. El sandwich de pastrami (carne ahumada y curada), especialidad de las «delicatessen» judías de Nueva York, especialmente el del Katz’s Deli, calle 205 con Houston, toda una institución de la ciudad, ahora amenazado por la piqueta. Los panecillos con almejas fritas en manteca, de Boston, acompañadas de salsa tártara y limón. Los «po-boy» callejeros de Nueva Orleans, inventados durante una huelga del tranvía, a los que se les pone ostras, cangrejo e incluso pato. Una maravilla. Y las muffuletas, ajo, jamón, salame y provolone, también de la misma ciudad y que se pueden comprar en la inexcusable Central Grocery, en el 932 de_Decatur Street. Así que manos a la obra.

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Hay que orientarse

Por Luis M. Alonso (11 de junio, 2008)

En estos días en que ya se ha inventado el GPS de la tabla de surf para el que el surfista sepa dónde está cuando en el mar hay fuertes corrientes que lo desplazan, el ex director del Fondo Monetario Internacional Rodrigo Rato viajó a Avilés sin disponer en el automóvil del popular Global Positioning System. El viernes pasado, más despistado que un pulpo en un garaje, a la altura de la plaza de la Merced, pidió ayuda para encontrar el Palacio Valdés, adonde fue escoltado por un coche de la Policía que acudió en su socorro.

Rato pronunció en su discurso de las «Sardinas de oro» unas palabras obvias sobre la modernización, la globalidad e internet, que si el auditorio hubiera escuchado hace diez años no tendrían mayor problema, pero que dichas diez años más tarde forman parte de una reiteración y apenas suscitan mayor interés por ser fruto de una provisionalidad algo desdeñosa. También resultaron flojos los discursos de los otros dos premiados, Vicente Gotor, en nombre de la Universidad de Oviedo, y Francisco Javier Vallaure, embajador en Angola. La Fundación Sabugo hace todo lo que está en su mano para imprimir brillantez a la entrega de sus galardones, los más antiguos de Asturias, pero a la oratoria de los galardonados no siempre le acompaña la elocuencia que se espera de ellos.

Este martes, el fútbol ha venido a redimir mayores males con un resultado categórico de España frente a Rusia. Para apagar los fuegos internos siempre nos sirve Rusia, antes la Unión Soviética, de chivo expiatorio como cuando el famoso gol de Marcelino. Ahora el país envuelto en la huelga del transporte más desasosegante, en gran medida por la pasividad de un Gobierno que es incapaz de garantizar o conciliar los derechos de los huelguistas con los de los consumidores, los tres goles de Villa frente a Rusia son un balón de oxígeno para el optimismo general. Funcionamos así.

¿Preocupa el abastecimiento? Sí. El encargado de una gran superficie cuenta que ha vendido más botellas de agua que nunca. La leche es otro objeto de ferviente preocupación. Las estanterías se vacían como si se avecinase una guerra.

En las situaciones de emergencia, como ocurre con las huelgas generales, el consumidor es rehén de una disputa por la falta de entendimiento entre el Gobierno y los huelguistas. Sufre las consecuencias con la impotencia del que no puede hacer nada por evitar sentirse perjudicado. Se siente, además, abandonado a su suerte y lo único que se le ocurre es acaparar para encontrarse seguro ante lo que pueda venir. Hay una histeria generalizada en el supermercado por la falta de confianza en los interlocutores sociales.

Dentro de este escenario de turbulencia económica, la venta de coches ha experimentado un descenso notable. Es la desaceleración del motor; ahí sí cabe el eufemismo que ha utilizado el ministro de Economía para calificar la crisis. El parque de automóviles sigue siendo, no obstante, lo suficientemente grande para que aparcar el coche se presente como uno de los grandes problemas sin resolver en Avilés.

Las «zonas azules» -en el supuesto que sirvan para resolver el problema del estacionamiento- siguen años después sometidas a un criterio de la Corporación que no acaba de cristalizar. La ORA se multiplica en las horas, los días, los meses y los años. El reloj está francamente atrasado.

El GPS de Rato o de cualquier otro sería un arma absolutamente inútil para buscar aparcamiento en una ciudad que no lo tiene, salvo en los espacios restringidos de pago. Avilés es una coña marinera para el Global Positioning System. La sociedad del conocimiento de la que tanto se habla, a veces con una cursilería insufrible, resulta algo paradójica sobre todo por la facilidad que tenemos para invocar las tecnologías sin haber resuelto antes los problemas cotidianos ¿Hay alguien que se preocupe de esas cosas? Y si lo hay, ¿dónde se encuentra?

Doy un paseo hasta la plaza de España. Antes de llegar me siento en la terraza del Joey’s para tomar un aperitivo con un mazo de periódicos y compruebo, más o menos en todos, una sensación de improvisación por parte de los poderes públicos, que han descuidado la economía y ahora se escudan en unas declaraciones de Zapatero contra el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, al que le exige prudencia mientras el Euribor marca otro récord histórico. No se entiende.

La manipulación del poder y la verdad a medias en el periodismo

Ha dicho Ryszard Kapuscinski: «La manipulación de los modos en que piensa la gente, una práctica de enorme difusión, se emplea en numerosos sentidos y medidas. Ya no existe la censura como tal, con excepción de ciertos países; en su lugar se utilizan otros mecanismos -que definen qué destacar, qué omitir, qué cambiar- para manipular de manera más sutil. Eso importa a los poderosos de este mundo, siempre tan atentos a los medios, porque así dominan la imagen que dan a conocer a la sociedad y operan sobre la mentalidad y la sensibilidad de las sociedades que gobiernan». Pero también es legendaria la facilidad que ha tenido el periodismo para manipular la verdad y convertirla en una verdad a medias. Muchas veces se pone de ejemplo de virtuosismo la anécdota del arzobispo de Canterbury en su primera visita a Estados Unidos. Alfonso Ussía recuerda en uno de sus libros cómo a su dignidad le advirtieron en Southampton, antes de embarcar hacia Nueva York, del riesgo que corría. «Si le preguntan con inoportunidad o impertinencia, responda preguntando a su vez. No lo haga si no está seguro de la respuesta. Y allí le preguntaron los periodistas: «Qué opina su gracia de la cantidad de casas de putas que hay en Manhattan?». El arzobispo tuvo en cuenta el consejo y respondió: «¿Hay en verdad muchas casas de ésas en Manhattan?». Al día siguiente un periódico que informaba sobre la llegada del prelado, y como complemento a los titulares, recogió: «Lo primero que hizo el arzobispo al pisar Nueva York fue preguntar: ¿hay muchas casas de putas en Manhattan?». Verdad parcial, pero mentira a fin de cuentas.

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El teléfono del maltratador

Por Luis M. Alonso (11 de junio, 2008)

Lo peor de este Gobierno es la indefensión que produce. La última medida, si es que se puede llamar así, contra el maltrato no solamente resulta inquietante por su voluntarismo frívolo sino que invita al chascarrillo, en un asunto que no conviene tomarse a broma por su gravedad. A la ministra Bibiana Aído se le ha ocurrido, para estrenarse, la brillante idea de poner en marcha una telefonía para que los maltratadores «canalicen su agresividad». Es algo insólito.

-Oiga, me apetece pegarle una paliza a la mujer.

-No hombre, no sea usted bestia ¿Por qué no la invita al teatro o a cenar? ¿Qué tal unas vacaciones en Palma de Mallorca?

¿Alguien se puede imaginar al maltratador llamando a un teléfono para recitar sus obsesiones violentas antes de propinarle a la maltratada el castigo de turno?

Si es que hay algún maltratador -la propuesta sólo se dirige a uno de los sexos- dispuesto a poner en conocimiento de los demás la ira estúpida y brutal que le empuja a golpear a la persona que vive con él ¿qué se supone que hará a continuación de la llamada? ¿Desistir?, ¿aplazar la paliza?, ¿golpearla aún con más saña de lo acostumbrado?

La Ministra participa del mismo optimismo antropológico del presidente del Gobierno. Eso la lleva a considerar al maltratador habitual un hombre al que se le puede convencer por teléfono de que una paliza no es la mejor forma de entenderse con la compañera. Aído cree, al mismo tiempo y así lo ha dicho sin sonrojarse, en «otro modelo de masculinidad», como si ser ministra de Igualdad le permitiese poder borrar la violencia del comportamiento de los hombres o elegir al macho del futuro de acuerdo con una mecánica social que desconocemos.

Bibiana Aído es un producto genuino del zapaterismo. «Miembra», como ella dice en su afán por superarse, de una casta dirigente con la que uno ya no sabe si reír o llorar. Que cruz.

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El candidato de Pepiño

Por Luis M. Alonso (8 de junio, 2008)

Si los políticos son incapaces de resolver los problemas que se plantea la sociedad deberían sevir, al menos, para entretenernos. Para eso les pagamos. En ese sentido, Pepiño Blanco es un filón, por sus ocurrencias
El secretario general del PSOE ha anotado en su blog que siempre creyó en las posibilidades del candidato Barack Obama y que si antes no demostró públicamente sus simpatías hacia él fue para no interferir en el proceso del Partido Demócrata. Este tipo de cosas está bien que se sepan para poder respirar tranquilos, porque imagínese el lector lo que habría podido ocurrir de no comportarse Pepiño con la prudencia que le caracteriza, no sólo en los asuntos que afectan a España sino a los que tienen que ver con la política internacional. Supongamos que el secretario general de los socialistas se hubiese decantado desde un primer momento por el candidato afroamericano y sus declaraciones en favor de Obama hubieran sido recogidas por “USA Today”, ocupado un espacio preferente en los principales informativos de la televisión norteamericana, especialmente en el “Nightly News” de Brian Williams, en la NBC y, en vista de su importancia, analizadas como es debido por Thomas Friedman en su columna de “The New York Times”. No quiero ni pensar lo determinante que hubiera sido en el desenlace demócrata y la suerte posterior de la primera potencia.
Jack Stewart Smith, vecino de Des Moines (Iowa), se habría acostado esa noche, después de conocer el punto de vista de Pepiño, convencido de que respaldar a Hilary Clinton, como tenía pensado hacer, no era la mejor idea de su vida. Igual les habría pasado a Rose Collins Budford, de Birmingham (Alabama), Preston Martínez de Santa Fe Springs (California), y Elizabeth Dos Passos, de Beaverton (Oregon), todos ellos irremisiblemente interferidos. Con todo el derecho, la Clinton habría presentado, vía diplomática, una protesta por las interferencias. Obama, en cambio, habría llamado a Pepiño para agradecerle personalmente un apoyo tan decisivo.

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Cadáveres en danza

Por Luis M. Alonso (7 de junio, 2008)

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La historia de Elmer McCurdy pertenece al mundo de los muertos- vivos o de los cadáveres en danza, depende cómo se mire. A McCurdy, que había robado un par de jarras de whisky y 46 dólares en el asalto a un tren en Oklahoma en 1911 y al que le pegaron un par de tiros, fue embalsamado tan bien que acabó teniendo de fiambre la notoriedad que nunca hubiese adquirido en vida. Unos supuestos hermanos de la víctima pasearon la momia por todas las ferias hasta que decidieron vender sus restos a un museo del crimen.

El periplo del muerto siguió por el museo de cera de Hollywood y terminó siendo exhibido como «el hombre ahorcado» en la casa encantada de un parque de atracciones en Long Beach, entre el regocijo de adultos y niños. Un día, coincidiendo con el rodaje de una serie televisiva, se dieron cuenta al manipularlo y quedarse con uno de sus brazos en la mano de que no se trataba de un muñeco, sino de auténtica carne momificada. En aquel momento, 65 años después de su muerte, decidieron jubilarlo y volver a enterrarlo en su lugar natal. Cuentan que para evitar una nueva «gira artística», el sepulturero lo cubrió con una capa de hormigón. Y descanse en paz.

Hasta ese instante, Elmer McCurdy había competido como atracción de feria con la mujer barbuda, el hombre de dos cabezas y otros frikis, merecedores de protagonismo, en una película de Tod Browning.

La primera vez que oí hablar del «ahorcado» de feria fue precisamente en Estados Unidos cuando la noticia saltó con motivo del rodaje del episodio televisivo «El hombre de seis millones de dólares», una serie norteamericana exitosa basada en la novela «Cyborg» de Martin Cainin, sobre los trasplantes biónicos.

El triste devenir de McCurdy me hizo siempre meditar sobre la suerte de los cadáveres singulares que representan, en cualquier caso, una forma de relativizar la superioridad de la vida.

Un ejemplo superlativo de cómo el espectáculo sobrevive a la muerte es el de Carlos Gardel, el cantante de tangos universal que murió en un accidente aéreo en Medellín (Colombia) donde fue enterrado. Tras haber reclamado Argentina la repatriación, el cadáver recorrió gran parte del continente en tren y a lomos de mulas. No hizo el recorrido precisamente como podía pensarse racionalmente porque antes de llegar a Buenos Aires pasó también por Nueva York y Panamá. En cada sitio que se detenía «el Morocho» le rendían homenaje. La leyenda recoge, además en una de sus versiones, que el accidente, al despegar el avión de Medellín, se produjo tras una disputa de faldas entre Carlitos y el piloto. El primero le habría disparado al segundo por una discusión de faldas. En cualquier caso, se especuló con otras causas: una de ellas que el avión llevaba más peso del permitido y por ello se estrelló contra otro aparato, otra hipótesis fue que el piloto estaba borracho, que un empleado de una compañía rival cometió un acto de sabotaje y que el tiro que sufrió el piloto no fue de Carlos Gardel sino de Alfredo Le Pera, poeta, compositor y socio, que erró al disparar sobre el cantante por dinero.

Incluso circuló por ahí la versión de que el famoso tanguista se había salvado y, con la cara desfigurada y vendada como el hombre invisible, había sido localizado cuando intentaba pasar desapercibido en garitos de Centroamérica.

Pero ninguna historia supera a la del amor de Pedro I el Cruel e Inés de Castro, la doncella gallega de cuello de garza, asesinada por razones de Estado por los consejeros del padre del heredero de la corona, a fin de que no pudiese acceder al trono de Portugal. Pedro I esperó a la muerte de su progenitor para cobrarse la venganza debida y perseguir hasta acabar con ellos a los asesinos: Alonso Gonçálvez, Diego López Pacheco y Pedro Coelho. A este último, haciendo gala de un despiadado sentido del humor lo asó a la parrilla teniendo en cuenta su apellido, que en portugués significa conejo.

A Inés de Castro, la amada, la coronó reina después de exhumar el cadáver, que paseó ante la curiosidad de la multitud desde Coimbra hasta Alcobaça. Juntos, el esqueleto de ella vestido de blanco y él saludando al pueblo, hicieron el recorrido de ochenta kilómetros en una carroza guiada por dos corceles con penachos de colores y cascabeles de plata. Como cuenta Antonio Tabucchi en «Los volátiles del Beato Angélico», se podría argumentar que Pedro I estaba sustancialmente loco pero sería una evidente simplificación. Luego vino, digo yo, la luna de miel que la pareja no pudo tener en vida. Cosas de la muerte.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | junio 2008 |

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