Libertad para opinar

Por Luis M. Alonso (31 de mayo, 2008)

Un alcalde conocido por su ambición desmedida ha sentado en el banquillo al periodista más incómodo para los políticos. Para todos. Como muy bien ha recordado David Gistau, el juicio no se entiende esta vez como el de la política contra el periodismo, al estar excluido el locutor acusado de un corporativismo solidario que en estos casos suele funcionar de modo automático. En cambio, y con motivo del juicio, sí ha florecido el corporativismo de una casta política tan encerrada en sí misma en las cuestiones de la familia como podría estarlo la mafia. Ojo, con esto no estoy diciendo que los partidos sean organizaciones equiparables a la Cosa Nostra, no vaya a ser que a alguien le dé por llevarme a un Juzgado.

El supuesto y verdadero delito que se le atribuye al director de «La Mañana» es el de la libertad de expresión, pero ello no ha significado, sin embargo, una reacción más o menos unánime en defensa del acusado, teniendo en cuenta lo que se juega el oficio de la palabra en este envite. La osadía de ser valiente y practicar, además, una independencia algo tarasca se paga en este país entre los propios colegas. En algunos casos porque lo que abunda es el periodista pastueño; en otros, porque prima el servilismo. El argumento más suave frente al locutor irreverente es que se pueden decir las cosas sin insultar. Pero se trata de un diagnóstico exclusivo para este señor. ¿O acaso nadie recuerda cuando a Aznar se le llamaba asesino desde la televisión y la radio?

Lo de Gallardón con Losantos, además de insólito, es otra cosa. El locutor no acusó al alcalde de Madrid de cometer ningún delito ni se metió en su vida privada, simplemente lo criticó interpretando unas declaraciones. Espero que no prospere la demanda por lo que puede suponer contra la libertad de información, pero dentro del oficio habrá quienes prefieran lo contrario.

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El cóctel del K.O.

Por Luis M. Alonso (31 de mayo, 2008)

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El preparador gordo de orejas de coliflor y ojo de cristal al que me referiré debería figurar con todo merecimiento en un lugar de honor de la historia universal de la infamia. Se llamaba Bobby Diamant, casi nadie recuerda dónde diablos nació, pero sí que se hizo famoso por su habilidad para amañar combates de boxeo y envenenar a sus púgiles en los rincones del cuadrilátero.

Lo hizo con «Panamá» Al Brown, más conocido por «la araña negra»; el gitano Theo Medina, al que le puso estricnina en la bebida en una pelea en Londres contra Fitton y, en 1936, con nuestro Baltasar Sangchili, que cayó repentinamente al suelo y sin que nadie le hubiese tocado en el decimocuarto asalto de su combate contra Tony Marino, un boxeador filipino americano que moriría un año después víctima de una hemorragia cerebral tras perseguir fantasmas por el ring dando guantazos y desplomarse finalmente de bruces sobre la lona en un fatídico combate con «Indian» Quintana en Brooklyn.

Bobby Diamant era el demonio en persona, pero, a la vez, un rey de los combinados. De hecho, se dedicó durante un tiempo a servirlos. A Panamá «Al Brown» lo champanizó, día a día, las semanas que precedieron a la pelea con Sangchili en Valencia. Diamant traicionaba a sus boxeadores y se pasaba al contrario. Ese juego lo practicó durante años. Sus pócimas no las empleó sólo para tumbar al pupilo sino para reanimarlo de acuerdo con la conveniencia y el ritmo de las apuestas, echando mano del «doping». Robert Cohen, campeón de los pesos gallo, rememoró así un durísimo asalto con el siamés Songkitrat. «En el decimotercer round no tenía piernas. Al volver al rincón le dije a mi manager, Bobby Diamant, que tirara la toalla. Me dio algo para beber. En el catorce, el árbitro me levantó el brazo y era campeón del mundo. No me pregunten cómo regresé al vestuario porque no lo sé. ¿Qué bebí? Todavía estoy preguntándomelo».

«Panamá» Al Brown recordó durante mucho tiempo lo que bebió aquellos días de vino y rosas en Valencia antes de medirse a Sangchili y morder el polvo. Eduardo Arroyo cuenta cómo vigiló atentamente que el vaso del campeón panameño estuviese siempre lleno, a veces de veneno, la larga temporada del infierno antes del combate. En el pesaje, «la araña negra» había superado en 700 gramos el límite de los gallo. Lo que se le exige a un boxeador en esas circunstancias es que sude lo suficiente y vuelva a la báscula con el peso justo para enfrentarse a su rival en los términos que estipula el contrato. Pero Al Brown protestó; se había pesado en el hotel media hora antes y se encontraba dentro de lo establecido. Arroyo explica que las autoridades recorrieron varias farmacias en busca de un pesaje fiable y todas las básculas marcaban lo mismo. «La única báscula falseada era, precisamente, la que estaba en el cuarto de baño de su habitación: Bobby la había amañado. Había montado un engaño semejante al de Johnny Cuthbert años antes».

A Brown le costó bajar el peso para poder enfrentarse al boxeador de Torrente, un púgil rocoso y moderado en los vicios, pero que acabó siendo también víctima de Diamant, que lo noqueó con ponche amargo la tarde que precedió a su combate del Madison con Marino y después de haber vendido la pelea. «Le gran virtuose de ring», como conocían los franceses a Brown, era un boxeador fibroso, como una vara de bambú, ágil, estilista y técnico. Dominaba como nadie la derecha y tenía gran capacidad para asimilar el castigo. Era un prodigio, pero le gustaban los muchachos, el coñac, la marihuana y el claqué. Y todo eso lo llevó a la lona en Valencia, debilitado como estaba, además, por el adelgazamiento al que tuvo que someterse.

Alfonso Teófilo Brown, que así se llamaba realmente el boxeador nacido en Colón, se retiró arruinado a París para dedicarse al cabaret y ser «garçon» inseparable durante una temporada del escritor Jean Cocteau. El novio oficial de este último, el actor Jean Marais, llegó a decir que Alfonso era amigo de Cocteau porque éste se bañaba sin vaciar el agua de la bañera donde él se había bañado antes.

Bobby, el envenenador, que había vendido el combate al de enfrente, corrió junto a Sangchili. Y vuelta a empezar.

Bibliografía
«Boxeo y mafia». Fernando Vadillo. Ediciones Taxco.
«Panama» Al Brown 1902-1951″. Eduardo Arroyo. Alianza Tres.

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La papeleta del Lendakari

Por Luis M. Alonso (30 de mayo, 2008)

El Lendakari nos ha enseñado la papeleta de una consulta con dos preguntas sobre el «final dialogado de la violencia» -él lo llama así- y acerca del derecho a decidir del pueblo vasco. Lo que pretende, ya lo conocen, es un referéndum soberanista, pero no sabemos hasta dónde está dispuesto a llegar. Zapatero le ha facilitado el combustible suficiente para llegar hasta aquí y busca en las urnas una respuesta. El desafío planteado consiste en una carrera hasta el precipicio con el lógico peligro de despeñarse. Uno de los dos corredores, el presidente del Gobierno, tiene probadas mejores dotes de estratega y un amor indudable por las situaciones arriesgadas. Él cree en esa otra España confederal o confederada a la que ya se está arrimando el PP, un partido que a partir de ahora va a servir de ejemplo a las próximas generaciones de cómo suicidarse políticamente.

Zapatero ha demostrado en su inquietante trayecto que su técnica consiste en engullir al adversario. Lo ha hecho con Rajoy, que lo llamó bobo solemne, y ha acabado por cometer la tontería de querer parecerse a él. Ahora se quiere comer a Ibarretxe para hacer su España descuajeringada, pero con el País Vasco.

La resistencia, por ahora, consiste en lamentarse de que los dos principales partidos españoles hayan optado, primero uno, y, después, otro en adaptarse a los nacionalismos cuando no era necesario. Ni hace cuatro años, ni ahora.

A muchas personas les gustaría responder al «bai» y el «ez» que plantea Ibarretxe en su desafío anticonstitucional con un referéndum entre el resto de los españoles para decidir qué hacemos con los vascos. Si no fuera porque los vascos no son sólo los nacionalistas, sería divertido hacerse en el resto de España la siguiente pregunta: ¿quiere usted separarse del País Vasco? En fin, adelantarse a este sujeto tan pelma con cara de murciélago.

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Declaración de bienes

Por Luis M. Alonso (29 de mayo, 2008)

He conocido muchas Corporaciones, por lo general lo suficientemente desmarcadas de los intereses de los avilesinos, pero no recuerdo una sola, incluso en los momentos de enfrentamiento, más ajena a la gestión municipal. Al menos, en lo que se percibe. Pero todavía es mucho peor, si tenemos en cuenta que nunca hubo mayor número de concejales liberados, ni en el gobierno ni en la oposición.

No sé si hay un par de excepciones individuales y alguna particularidad que merezca la pena salvar del conjunto, pero el perfil a grandes rasgos, cuando se va a cumplir un año de mandato, no alcanza siquiera la mediocridad. A los cien días se podía abrigar alguna duda, pese a ser la mayoría repetidores; a los doscientos, la ausencia de hechos era ya una confirmación y ahora resulta un juicio inapelable. Los ciudadanos son testigos de la incuria. No hace falta recurrir a la prueba del algodón. La inactividad queda reflejada en la agenda. ¿Qué han hecho significativo o digno de mención durante todo este tiempo los concejales y concejalas de Avilés con la alcaldesa a la cabeza? ¿Esperar sentados por el Niemeyer?

La pereza casi siempre es intelectual. Por ello y por un desconocimiento de la responsabilidad al asumir el cargo, tenemos también que los concejales, con la honrosa excepción de los de IU, no quieren saber nada de hacer públicos sus bienes e ingresos, porque no lo consideran de interés informativo. Pero ¿qué sabrán ellos de interés informativo? En Gijón, han tomado la iniciativa de descubrirse, que es lo mínimo que se le puede pedir a un servidor público. La alcaldesa de Avilés sostiene que ella no tiene inconveniente pero que a los contribuyentes -que les pagan por no hacer en muchos casos nada- no les debe de interesar lo que tienen o no tienen. Que lo importante es cumplir con el compromiso electoral. Eso, por cierto, nunca lo hacen.

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Los italianos y el pomodoro

Por Luis M. Alonso (29 de mayo, 2008)

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En Italia, donde se hizo popular una canción que decía que una pasta «senza pomodori» es como un «giardino senza fiori», hay tantas clases de tomates como meses del año. Eso cuando menos; porque de las castas de un cultivo siempre salen apéndices o variaciones. De manera que comer «pomodoro» resulta siempre rico, saludable y sobre todo variado, en el país transalpino.
En España, las variedades extendidas se reducen al tomate común propiamente dicho, según zona, el tomate en rama, el de pera o el cherry (cereza), tirando a dulce insípido que tanto se usa en la decoración de ciertos platos. La variedad raf, producto de la selección de otros tomates, tiene en la actualidad no pocos adeptos.
Pero en Italia, el «pomodoro» es la estrella de las hortalizas. El tomate se come al natural, en «passata» (puré) para incorporar a cualquier aderezo culinario o en salsa (boloñesa, napolitana, amatriciana…). Fresco y seco («secchi»).
El seco se prepara partiendo los tomates a la mitad y asándolos a la parrilla. Luego, como acostumbran «la mamma» y «la nonna», se ponen en un lugar soleado y, finalmente, se conservan en tarros con aceite. La temporada ideal para hacerlo es el verano.
En Italia hay, al menos, una docena de variedades de tomate notables. A mí me salen en estos momentos trece: San Marzano, alargado; Sorrento, tirando a blando y bueno para las salsas; Casalino, pequeño y dulce; Ceriñola, tipo cherry, aromático y dulce; Marena, muy rojo y dulce; Roma, el más utilizado en las conservas; Pachino, siciliano, pequeño, intenso y ácido, para comer al natural; Perino, alargado, de pera; Sardo, de carne aromática como el murciano de color oscuro; Ramato, como el nuestro en rama; Napoli, intenso, cultivado en las laderas del Vesubio; Palla di Fuoco, arrugado en forma de bolsa, del norte italiano, y, finalmente, Cuore di Bue («corazón de buey»), grande, con forma de pimiento y especial para comer en crudo con sal, aceite y pimienta. Excepcional.
La «manzana dorada» («pomo d’oro») es la hortaliza de la subsistencia en el Mediterráneo. El trinomio vital con el aceite y el pan, aquí en casa. Y la Biblia en verso si se acompaña de jamón ibérico. El tomate en rama, el Sardo o el Pachino acompañan la mozarella con aceite y albahaca. En Toscana, un plato de campesinos consiste en desgajar el tomate entre pedazos de pan de leña reblandecidos en agua, con un chorro de aceite, sal y orégano.

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Con los cuchillos afilados

Por Luis M. Alonso (29 de mayo, 2008)

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La guerra está declarada y no hay, por ahora, posibilidad de armisticio. Los cocineros tienen además, a su alcance todo lo que se necesita: cuchillos y fuego. El libro de Santi Santamaría, «La cocina al desnudo», en el que se critica abiertamente la vieja práctica de dar gato por liebre y hacerlo con un supuesto peligro para la salud, utilizando gelificantes y emulsiones de laboratorio, será seguramente un «best seller», teniendo en cuenta la afición que existe en este país por encumbrar, primero, y despeñar, después, a los mitos. La cocineros habían elegido el camino del espectáculo y ahí lo tienen.
Los mitos venían siendo Ferran Adrià, considerado sumo sacerdote de los fogones y toda una corte de seguidores empeñados en la idea de que nos emocionemos comiendo majestuosas preparaciones: desde el aire de zanahoria y una raspa de sardina caramelizada hasta la majadería de las algas espolvoreadas de azúcar, la ostra y el iPod con el sonido del oleaje del mar para acompañar la comida, gentileza del famoso Heston Blumenthal, patrón de The Fat Duck, en Bray, al noreste de Londres. Todo ello, además, carísimo, para que el comensal, aparte de comer en un restaurante único cosas que jamás se hubiera imaginado, se vaya con la idea de haber estado en la capilla Sixtina.
Santi Santamaría, el que más estrellas Michelin acumula de los cocineros españoles, se ha rebelado contra las tiranías de la moda. Lo habrá hecho por sentido de la oportunidad u oportunismo, eso dicen algunos, entre ellos ochocientos compañeros de fogones, pero es posible que en él anide el arrepentimiento que ya empezó a mostrar hace unos años. Representa en cualquier caso la figura del «pentito», dispuesto a declarar ante la mirada atónita de los comensales.
Antes de la polémica del libro, el patrón de Can Fabes ya se había pronunciado abiertamente en ese circo anual que se llama «Madridfusión». «Si la cocina es arte, éste se escapa de la comprensión científica. No me interesa saber qué hay detrás de un tomate, me importa un pimiento qué proceso ha seguido hasta llegar al plato, porque lo único que quiero es comérmelo». Pero lo que realmente ha colmado de indignación a sus compañeros es que a esa opinión profesional haya sumado ahora sus sospechas sobre el riesgo que uno asume ante la llamada cocina química o molecular. «Muchos cocineros no se comerían lo que preparan en sus restaurantes», ha sentenciado el chef catalán.
Arcadi Espada, con el que estoy de acuerdo en casi todo, ha escrito, a propósito de la guerra de los fogones, que el plato guisado por Santamaría reúne los ingredientes necesarios para atraer a una parte importante de público: ignorancia, melancolía y resentimiento. Y que al mencionar la palabra química ha añadido el aderezo sustancial que denota intoxicación y fraude. Es posible que haya melancolía y resentimiento en esta receta clásica del cocinero de Can Fabes, pero lo mismo que existe una buena parte del público que no comulga con ruedas de molino cuando le hablan de una mousse de té verde escalfado en nitrógeno líquido y suspira por una menestra del tiempo de las de toda la vida, también hay otra dispuesta a inmolarse en nombre de la modernidad. La palabra química no creo que intranquilice a estos últimos.
Curnonsky, príncipe de los gastrónomos en la primera mitad del siglo XIX, decía que las cosas deben saber a lo que son. Y, en cualquier caso, la gran cocina está para realzarlas. El concepto que se me escapa de la llamada cocina molecular, que inventó el científico Hervé This, para obtener los sabores específicos originales añadiendo aromas o mediante reacciones químicas, puede tener sentido en la investigación industrial alimentaria. De hecho así ha ocurrido, pero no le veo la gracia a experimentar con unos cartílagos de pavo hasta lograr la textura y el sabor de unos callos de vaca ¿Acaso no tenemos ya los callos? ¿Para que quiero emular el aroma de jengibre con otro producto si ya tengo el jengibre?
Emular o cocinar con «el ingrediente cerebral o el sabor de la memoria», como ha dicho el propio Blumenthal, puede ser lo que nos lleve a sospechar del gato por liebre. Las cosas tienen que saber a lo que son y para eso hay que utilizar verdadero y buen producto. Por ejemplo, en el caso de que la raya sea un pescado que deba comerse incluso con mantequilla negra, siempre será mejor el propio pez que sus cartílagos caramelizados o achicharrados. Santi Santamaría ha dicho que la factura del restaurante debe reflejar, al menos en un tercio, lo que ha costado la materia prima. La cocina molecular o creativa puede ser un banquete «gustronómico», pero hay serias dudas sobre la existencia en ella del producto que siempre se ha valorado en la gran cocina. Aparte, por supuesto, del valor que supone la novedad, la sorpresa: lo que no hemos comido y estamos dispuestos a probar servido por el genio de los fogones.
Dejando a un lado la polémica, los fogones, de momento, han dejado de arder a la misma intensidad que lo hacían. Las cocinas ya no son los infiernos que tan bien describieron Anthony Bourdain -el cocinero mediático neoyorquino que acusó inicialmente a sus compañeros creadores de «mear fuera del tiesto»- y el escritor Bil Buford, en su libro recientemente publicado «Calor». Hace ya un tiempo que son laboratorios, como recoge Miguel Sen en su atractivo ensayo, «Luces y sombras del reinado de Ferran Adrià».
Es cierto que el estofado goza ya de otra vida. El guiso ha dejado paso a la liofilización, el asado a la fusión y la fritura al aire. Posiblemente haya melancolía, resentimiento y oportunismo en Santi Santamaría. Si a uno le ofrecen trocitos de papel comestible impresos con fotos de sushi en tinta con sabor a pescado o algas, como hace otro de los grandes creadores actuales, Homaro Cantu, o humo de canela a través de un tubo de cristal, como Grant Achatz, para consolarse habría que pensar en el primer hombre que probó la salchicha alemana. En cualquier caso no está de más acordarse de vez en cuando de las langostas, igual que hacía Samuel Pepys.

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Memoria liberal

Por Luis M. Alonso (25 de mayo, 2008)

Resulta doblemente oportuno que este periódico tenga la iniciativa de difundir a partir de hoy, con un coleccionable sobre la guerra de la Independencia, el grito de libertad que surgió de las gargantas españolas en 1808 y que supuso el paso del Antiguo Régimen al liberalismo. Doblemente oportuno, digo, porque precisamente doscientos años después está en almoneda todo aquello que defendió el pueblo en una lucha heroica y desigual contra el invasor y al margen de las instituciones que habían decidido entregarse sin presentar batalla, colaborando incluso en la destrucción del país. La nación, que entonces estaba en la conciencia de los amotinados contra el absolutismo y contra los que venían de Francia a imponer otro tipo de cadenas, se encuentra ahora en uno de sus peores momentos. La historia se repite con otros protagonistas, igual de pésimos para nuestro futuro.

Y todavía resulta más desazonador desde el 9 de marzo por las señales preocupantes de cambio que el único partido mayoritario, dispuesto a defender ese concepto liberal de nación, está dando en el inicio de la legislatura. Ahora que la desigualdad territorial parte incluso de la propia financiación por los sucesivos guiños al nacionalismo periférico, no está de más recordar las palabras de Muñoz Torrero ante las Cortes de Cádiz: «Yo quiero que nos acordemos de que formamos una sola nación y no un agregado de varias naciones».

Esa nación de ciudadanos iguales en derechos y deberes es la que debemos seguir reclamando a una casta política embobada y ajena a las preocupaciones generales. Una casta que sólo se preocupa de cómo ganar las próximas elecciones para seguir asegurando la poltrona y que, en algunos casos, no sabe siquiera hacer la lectura correcta de los resultados para obrar en consecuencia.

El levantamiento de 1808 en Asturias y en otros lugares es una verdadera lección de ética y coraje. Y recordarlo es un deber, sobre todo teniendo en cuenta la infeliz coincidencia de nuestros días.

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Sánchez Calvo y la incomprensión

Por Luis M. Alonso (25 de mayo, 2008)

El humo ciega los ojos, pero, en esta ocasión, aviva también la memoria. Como ocurrió en su día, aunque de manera totalmente devastadora con La Fenice, las llamas han consumido parte del templo de Karajan, la Filarmónica de Berlín, un edificio diseñado por Hans Scharoun para oír la música mejor que en cualquier otro lugar. Comparto en buena compañía el recuerdo, aún reciente, de la tarde en que escuché la sexta de Anton Bruckner, por Nagano, con la Sinfónica berlinesa, en medio de una acústica perfecta para los espectadores y los intérpretes, como bien recordaba estos días Cristóbal Halfter refiriéndose a las características de la sala destruida por el fuego. Como a un paciente querido, le deseo a la Filarmónica la mejor de las recuperaciones posibles en ese espacio casi mítico del Tiergarten y la Potsdamer Platz, donde convive o convivía con la Nueva Galería Nacional, de Mies
Van der Rohe, y la biblioteca estatal.

Los verdes del Paraíso Natural se han acentuado con las peripecias sexuales de tres osos y un urogallo en celo. A todo este asunto se le ha imprimido la literalidad de un romance, en el caso de los osos, en que se persigue un proyecto de reproducción de una especie amenazada, y en el del urogallo, se exalta la confianza de «Mansín», que por eso ha recibido este apodo, en el vecindario de Tarna. La prueba de fertilidad de los osos está resultando, además de naturalmente pintoresco, un espectáculo para todos los públicos, pese a la carga sexual. El asunto se presta también a los chistes facilones y a la rusticidad de personajes, como el presidente de Cantabria, que no pierde ocasión en las televisiones, o allá donde se le pregunta, de hablar de «Furaco», el oso, al que quiere convertir en un campeón regional, como ocurría con el toro semental de Hormaechea, «Sultán», creo. Revilla presume ante el famosísimo Buenafuente de las portentosas facultades sexuales del oso macho de Cabárceno. Son los chistes de siempre contados por los mismos, pero producen regocijo en esta España de «Chiquilicuatre», no sé si se escribe así pero me da exactamente igual porque todo el mundo sabrá a lo que me estoy refiriendo.

Visto desde la óptica del humor es mucho más gracioso, por ejemplo, lo de la funcionaria de la Generalidad de Cataluña que ha venido cobrando 60.000 euros anuales por una oficina que no existe dedicada a perseguir el fraude. Todo ello durante tres años y con el consentimiento del Tripartito. El departamento se había puesto en marcha supuestamente, o sea, no se había puesto en marcha, para controlar las contrataciones a dedo, entre ellos los informes contratados con amigos sobre el murciélago nana, un estudio trascendental sobre la chufa, y otro más de la trufa del Pirineo. De haber existido, la oficina acumularía mayor número de expedientes que cualquier otro negociado, pero, ya digo, jamás llegó a estrenarse. Entre los diversos motivos, porque la propia oficina era parte activa del fraude, algo, por otro lado, bastante extendido y sobradamente conocido.

Me doy una vuelta por las calles Julia de la Riva y de Sánchez Calvo, donde los comerciantes han sido víctimas del famoso «bolardazo» (pivotes para cerrar el tránsito) y se sienten tan injustamente tratados por el Ayuntamiento y en su ciudad como podría haberse sentido el propio filósofo que le da el nombre a la última de ellas.

En Avilés, han existido marinos de renombre, pintores, algún que otro escritor, artistas en general y políticos que llegaron a ejercer desde las altas cotas del poder, pero lo que se dice filósofos, Estanislao Sánchez Calvo ha sido una curiosa excepción. Autor de «Filosofía de lo maravilloso positivo», como tal excepción acabó siendo víctima del olvido. Escribió una vez Ignacio Gracia Noriega que tuvieron que pasar más de cien años desde su fallecimiento, ocurrido en 1895, para que Sánchez Calvo entrase por la puerta grande de la Universidad de Oviedo por una tesis doctoral. Hasta ese momento, lo único que Sánchez Calvo recibió fueron adhesiones intelectuales desperdigadas: las de Clarín, Armando Palacio, Constantino Suárez «Españolito», Juan Cueto Alas o el propio Gracia Noriega. Avilés, en particular, Asturias, en general, no son deudoras de los suyos, a los que olvidan con frecuencia e incluso arrinconan.

Gracia Noriega definió al filósofo avilesino como un francotirador, «un lobo solitario», que no comulgaba con los krausistas ni con los escolásticos. Y en esa tesitura perseguía la pieza en medio de la incomprensión de finales del siglo XIX, como un especímen raro. Entre otros libros, publicó «El nombre de los dioses» y «Filosofía de lo maravilloso», que se reeditó en 1997 con prólogos de Manuel Asur y César García de Castro Valdés.

El polígrafo avilesino no traspasó el umbral del reconocimiento en su tierra. Nadie es profeta entre los suyos y menos un filósofo. Pero sí llegó a penetrar el «sánchezcalvismo» entre unos cuantos, que fueron quienes finalmente divulgaron la obra del pensador: sus rarezas literarias y teorías.

La incomprensión se acompaña, a veces y para compensar, de algo de aliento. No sé si en el caso de los comerciantes de la calle del filósofo incomprendido, porque los negocios o el dinamismo son cosas distintas aunque tampoco las sepan tratar con la suficiente sensibilidad quienes deberían hacerlo.


Dos libros y dos discos para reconciliarse con el buen gusto y el entretenimiento

El rumano Mihail Sebastian escribió entre 1935 y 1944 uno de los mejores diarios que se pueden leer, testimonio de la ascensión del fascismo y los siguientes años en su país, sus relaciones tempestuosas con Mircea Eliade, Ionesco o Cioran. El libro editado en España por Destino es una lectura recomendabilísima. Ahora, tenemos una novela de Sebastián en las librerías, «La ciudad de las acacias», publicada por Pre-Textos, también muy recomendable, una pieza sensual sobre la adolescencia, que entronca con la mejor tradición del romance francés «fin de siecle». Bucarest era, sin dudarlo, el «París de los Balcanes».

Más literatura de primera. Reedición de «Veinte años después», de Alejandro Dumas, continuación de una de las mejores novelas de todos los tiempos, «Los tres mosqueteros». Dumas quiso teñir de melancolía esta secuencia de los mosqueteros cuarentones pero ávidos, todavía, de aventuras y servicios al rey. Conservo la vieja edición ilustrada por De la Néziere, lo mismo que en «El vizconde de Bragelonne». Esta de «Veinte años después», con prólogo y notas de Carlos Pujol, editada por Edhasa, vale los 40 euros que cuesta. Un libro gozoso y perdurable, repetible cuantas veces quiera para el que lo ha leído y un descubrimiento del placer para el que no lo tuvo en la infancia.

La sexta de Anton Bruckner a la que me refiero en el texto superior de la crónica, interpretada por Kent Nagano y la Deutsches Symphonie-Orchester de Berlín, figura o figuraba, al menos, en España, en el sello Harmonia Mundi, para el que Nagano también grabó la número tres, con la misma orquesta.

Otra recomendación musical, aunque de distinta tonalidad, es el último disco de Neil Diamond, «Home before dark», que confirma, a los 67 años, lo que siempre tuvo y no todos le han sabido reconocer por su inclinación comercial. Un puñado de canciones preciosas, acústicas, sobrecogedoramente íntimas, del autor de «Sweet Caroline». Hay que liberarse de los prejuicios para disfrutar de las cosas auténticas. Editado en España por Columbia /Sony-BMG. La espuma de las horas

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Mariano disimula

Por Luis M. Alonso (24 de mayo, 2008)

A Mariano Rajoy Brey le piden que dimita los acordeonistas rumanos y hasta los vendedores del «top manta», pero él sigue sin querer darse por enterado. Muchos de sus votantes, los que lo expresan y los que no, ya le han retirado el saludo de por vida, él insiste, sin embargo, en que con el centro izquierda va a lograr trece millones de sufragios en las próximas elecciones ¿Por qué no catorce?

Ayer, Mariano demostró cómo siendo de Pontevedra se puede ser, al mismo tiempo, de Estocolmo. Con una cara más dura que el cemento armado, desviaba a los alcaldes de su partido los insultos de «traidor» que proferían contra él los manifestantes en favor de María San Gil y Ortega Lara. El disimulo, como el engaño, está en el arte de la política, pero hasta para hacerse el sueco hay que tener algo más de cuajo que este hombre dispuesto a arrastrar por el suelo su dignidad pero no a tirar la toalla.

Posiblemente muchos de sus votantes no perdonen nunca haber sido engañados por un tipo al que se le ha fundido la bombilla en medio de una noche oscura. Rajoy sigue diciéndoles cosas sin demasiado sentido, si no se explican convenientemente, cómo que hay que moverse o que no les va a decepcionar. Pero no sólo a ellos, sino a los tres o cuatro millones más que supuestamente va a pillar por el centro izquierda, en compañía de Gallardón. Yo me pregunto cómo lo va a hacer, dadas sus limitaciones, el escaso liderazgo y que muchos de los diez millones y medio de votos que obtuvo el 9 de marzo fueron por ser la única alternativa a Zapatero, no por llamarse Mariano. Ahora, si Mariano quiere parecerse a Zapatero -no lo sabemos del todo, porque sigue sin explicarse- ¿para qué votarlo?

El que se expresa abiertamente es Gallardón, jefe de campaña y de centuria, al lado de Fragasaurio. ¿Éste es el centro izquierda que nos quieren vender?

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Camba, los españoles y otras cosas

Por Luis M. Alonso (24 de mayo, 2008)

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Julio Camba vivió trece años en la habitación de un hotel por gentileza del dueño y porque, entre otras cosas, no tenía otro sitio donde quedarse. Se le llegó a conocer como el solitario del Palace. En una ocasión un grupo de compromisarios municipales se acercó al gran columnista para informarle de que el Ayuntamiento había decidido ponerle una calle.

-¿Una calle? ¡Pero si yo lo que necesito es un piso!

Camba dedicó su vida al ingenioso afán de sacar petróleo de las situaciones más dispares. Lo suyo era el arte de expresarse en profundidad portando un leve atuendo literario. Posiblemente sea el mejor articulista que hemos tenido en un país donde en el siglo XX ha habido, al menos, una docena de ellos brillantes. Pero él vivía pendiente de otras cosas, entre ellas ir arreglándose con sus facturas. Le pasaba como a Balzac y a otros muchos. Cuando escribió «La casa de Lúculo», su tratado de la culinaria, Luis Calvo, ex director de ABC, elogió la sintaxis.

-¿Pero qué es eso de la sintaxis? ¡La sintaxis! Hasta ahí podíamos llegar, ¿quién te crees que soy yo?

A Camba, que le importaba casi todo un pimiento, le disgustaba que lo considerasen humorista, pese a ser uno de los más distinguidos de nuestra historia. «Ésos son los que cuentan chistes en un escenario. Yo no me dedico a esas cosas», solía decir.

Aunque no se note, a Camba siempre lo tengo presente y no es la primera vez que escribo de él. Pero estos días contamos en las librerías con una preciosa selección de sus artículos bajo el título «Maneras de ser español». Se trata de piezas inéditas que ofrecen una visión bastante general del autor, ya que fueron escritas entre 1904 y 1961. Las primeras de ellas poco después de haber regresado a España desde Argentina, expulsado junto a otros anarquistas españoles e italianos, como recordaba días atrás Arcadi Espada. Camba. Él mismo lo decía, fue protagonista de novelas libertarias antes de escribirlas o convertirse en conservador inglés. Porque Camba era algo inglés en las maneras y por el día, mientras que por la noche procuraba ejercer de gallego, natural, por más señas, de Villanueva de Arosa.

Leo y releo sus artículos. Con la misma admiración que los de Josep Pla, otro escritor que supo desprenderse de la carga onerosa de la españolidad decimonónica para ser finalmente entendido como un gran autor de aquí.

Nuestro hombre utiliza siempre que puede la comparación para atravesar con puñaladas certeras el tópico que en otros puede llegar a resultar algo pesado. El español prototipo, comparado con un inglés o un alemán, es para Camba y, según su descripción, «un hombrecillo débil y violento, uno de esos cascarrabias chiquirritines, con los ojos saltones y los bigotes revueltos, que asestan puñetazos heroicos a las mesas de los cafés y luego comienzan a dar gritos porque se han hecho daño». Umbral, algo más elíptico, definió el modelo como «visigodo de pata corta».

Hay, sin embargo, matices, como el que ilustra su artículo «Escuelas de españolismo» (1912). Camba habla en él de los españoles que viven en Londres y en París y son capaces de amoldarse a circunstancias distintas, pero sin olvidarse, en definitiva, de lo que son. Lean: «El español de Londres es serio y, cuando viene a París, siente una indignación contra la vida parisiense. El de París no puede pasar más de dos días en Londres. Parece que el español de Londres está muy acostumbrado a Londres y el de París se encuentra muy bien en París. Nada de eso. Como ambos son españoles, ambos se pasan la vida protestando: el de París, contra Francia, y el de Londres, contra Inglaterra. Mientras tanto, ustedes, los españoles que no han abandonado España, protestan contra ella.

Así es la vida.

Bibliografía

«Maneras de ser español». Julio Camba. Luca de Tena Ediciones.
«La Casa de Lúculo». Julio Camba. Colección Austral.
«Esto, lo otro y lo de más allá». Julio Camba. Catedra.
«Haciendo de República». Julio Camba. Luca de Tena Ediciones.
«Aventuras de una peseta». Julio Camba. Colección Austral.
«La rana viajera». Julio Camba. Colección Austral.
«La ciudad automática». Julio Camba. Alhena Media.

Categoría: Bloc de Notas | Comentarios(0) | mayo 2008 |

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